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Blog de Javier Memba

El insolidario

Hermosos y malditos

Archivado en: Cuaderno de lecturas sobre "Hermosos y malditos"

Foto Javier Memba

MI apreciada edición del texto de Scott Fitzgerald.

 

Ésta es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas que he descubierto en mucho tiempo. Su dilatada lectura se debe única y exclusivamente a mis problemas con ciertos placeres cuando dejan de serlo, que no a que esta excelente prosa, encomiablemente traducida, que tanto me atrajo siempre desde que leí esa observación sobre la ironía en la primera página -que es a la inteligencia algo así como esa última pasada con el cepillo que se da a unos zapatos ya limpios-, sea en modo alguno pesada.

Los protagonistas de esta maravilla son Anthony Patch y Gloria Gilbert. La narración comienza en 1913, cuando "el joven Patch", de 25 años, acaba de terminar sus estudios en Harvard y se dispone a afrontar su futuro. Heredero de la fortuna de su abuelo, Adam Patch, que asciende a treinta millones de dólares, Anthony se plantea su futuro en las primeras páginas. No sabe si quiere ser escritor -llega a esbozar un ensayo de tema histórico- o seguir el consejo de su abuelo y hacerse un hombre de provecho. Sus mejores amigos son Maury Noble y Richard Caramel, todos coincidieron en la universidad. Junto a ellos pasa sus primeras borracheras en su Nueva York natal. Vive en un lujoso apartamento y tiene un mayordomo inglés.

Para los tres amigos todo parece tan fácil como el éxito literario que alcanza Richard -Dick- con sus primeras publicaciones. La temporada está divertida en Nueva York para los últimos exponentes "de una generación a punto de desaparecer que había vivido una ilusión absurda y elegante al mismo tiempo". Así las cosas, el joven Patch conoce a Gloria Gilbert, una prima de Caramel que es la "sirena" más guapa de Kansas. La joven, que no ha hecho un café en su vida -como se nos referirá más adelante, al dársenos noticia de su decadencia- ha enamorado a infinidad de hombres -entre ellos a un judío productor de cine, responsable de Films Par Excelence, un tal Bloeckman- y nuestro protagonista es el último de la lista.

Este coqueteo constituye uno de los asuntos que más me han llamado la atención de una novela técnicamente clásica, escrita en pasado y en tercera persona, salvo fragmentos como el concerniente a la boda, redactado como una especie de guión. Es decir en presente y a través de los diálogos de los protagonistas, incluyendo alguna breve descripción de la acción entre paréntesis.

Ya casados, las juergas del matrimonio Patch prosiguen a la espera de heredar al abuelo. Anthony demuestra ser un cobarde durante un episodio en un hotel en el cual hace entrar a varios empleados en su habitación convencido de que hay alguien que quiere atacarle. Por su parte, Gloria ni siquiera es capaz de encargar que le laven la ropa cuando debe hacerlo.

Más adelante, tras una primera etapa dedicada a los viajes, como tantos jóvenes herederos que animan la costa oeste en la era del jazz, nuestros protagonistas alquilan un chalet para pasar el verano. Al principio les sirve una escandinava, más tarde un japonés al que Gloria no tarda en odiar tanto como el joven Patch al ascensorista negro de su casa de su casa de Nueva York, un emigrante caribeño al que el heredero aborrece porque le desconcierta su perfecto acento británico -Scott Fitzgerald es tan racista aquí como en El gran Gatsby-.

En las juergas de entonces surgen las primeras fisuras entre el matrimonio, las primeras discusiones serias, que ya han tenido un primer conato en cierta ocasión en que Gloria ha querido conducir el coche. Pero lo peor de aquellas fiestas en la casa de verano es que Adam Patch, el abuelo -hombre recto donde los haya- se presenta inesperadamente en una de ellas y, tras macharse muy asustado decide desheredar al joven Patch y legar su fortuna a Edward Shuttleworth, su secretario, para que la emplee en actividades filantrópicas.

Llamado a filas en 1917, el reclutamiento del joven Patch coincide con el comienzo del pleito en que impugna el testamento. Realmente, el frustrado heredero nunca llegará a marchar al frente. Su vida castrense se reducirá al periodo de instrucción en un campamento de Carolina del Sur. Mientras Gloria le sigue siendo fiel, por más que la antigua sirena aún siga siendo muy solicitada por los hombres -ahora todos héroes-, Anthony se lía con una tal Dot, un necia aldeana que ya ha sido seducida y abandonada por un par de hombres.

La vida castrense es un verdadero infierno para el antiguo alumno de Harvard. Degradado por engañar a un oficial, cuando el superior le sorprende regresando al campamento tras el toque de retreta después de haber ido a consolar a Dot, es arrestado. Posteriormente es víctima de unas fiebres y acaba medio enloquecido.

La licencia del ejército es también el principio de la degeneración de los hermosos y malditos. El pleito tarda en resolverse y la fortuna de los Patch va mermando a pasos agigantados. El heredero frustrado intenta ponerse a trabajar como vendedor de libros de autoayuda, pero apenas realiza las primeras visitas comienza a beber para darse ánimos ante los primeros fracasos y acaba borracho.

Ni que decir tiene que cuantos han acudido a sus fiestas en la casa de la costa y el resto de los amigos de cuando eran herederos les van dado de lado, mientras comentan que Anthony debería de ponerse a trabajar. Muriel, una antigua compañera de Gloria, es una de las pocas que les visita y el joven Patch -cuyos ojos ya están destrozados por intentar leer estando borracho[1]-le monta un número tras asegurarle que por mucho que trabajara, la vida le resultaría imposible sin el dinero de su abuelo.

El descenso prosigue implacable, Anthony ha de darse de baja en todos sus clubes. El último dinero que le queda es para whisky -son los días de la prohibición, pero está completamente alcoholizado- y el nieto de Adam Patch verá como le clausuran la cuenta en el banco por tener en ella menos de quinientos dólares.

Mientras tanto, hay veces que Gloria se ve obligada a cocinar tres comidas al día, en tanto que consideran la posibilidad -si pierden la impugnación- de vivir en Italia mientras le quede dinero y suicidarse después. Bajo el título de La paliza[2], la desdicha alcanza el paroxismo un sábado que sólo les quedan dos dólares, un par de huevos y un poco de bacon. El heredero decide entonces salir a empeñar su reloj. Gloria -que según ha explicado a Muriel no sabe si perdona a su marido o si simplemente sigue adelante junto a él- intenta decirle que deje el dinero en casa, Anthony simula no haberla oído. Como imaginamos, el joven Patch va a beber.

Entre toda la excelencia que rezuman estas páginas, hay que destacar el acierto con que el autor describe las miserias del alcohol, desde los temblores de la abstinencia -aún en la cama-, calmados con la primera copa -aún en ayunas- hasta esa borrachera que surge sin querer y molesta a los demás. Cuando el antiguo alumno de Harvard entra en el club donde bebe ahora, su intención es tomar una rápida y marcharse a la casa de empeños. Tras la primera, sus camaradas le parecen la mejor gente del mundo: le invitan a beber y Patch también invita a algunas rondas.

Total, cuando sale del bar sin haberse atrevido a pedirles dinero a sus amigos, está borracho como una cuba. Las tiendas de empeño están cerradas y el nieto de Adam Patch sólo tiene unos centavos. Intenta volver al club donde se ha emborrachado pero ya está cerrado. Casualmente se encuentra a Maury Noble en compañía de una dama. Se acerca a él para pedirle dinero pero no se atreve. Maury -que ya apenas bebe y tiene el rostro gordo como un bostoniano- se siente muy incomodado ante la presencia de su antiguo amigo y le deja con la palabra en la boca.

En su delirio, Patch recuerda que, antes de salir de casa, Gloria le comentó que se presentó a una prueba para trabajar en las producciones de Bloeckman -quien ahora se hace llamar Black- y fue rechazada. El heredero decide entonces visitar a Bloeckman y se acerca al club donde le han dicho que se encuentra. El productor recibe al joven Patch con la misma mala disposición que de Maury Noble. Anthony no se atreve a pedirle dinero y le ordena que deje en paz a Gloria. Bloeckman. Le reprocha entonces que hable de ella estando borracho y Patch le llama "sucio judío". Cuando va a repetirlo, Bloeckman le da un puñetazo, el heredero intenta defenderse pero recibe nuevos golpes antes de ser echado a patadas del club.

Entra entonces en escena un "buen samaritano" que tras hacer entrar en razón al joven Patch -quien aún jura que va a matar a Bloeckman- se ofrece a acompañarle a su casa en taxi. Cuando, una vez en el domicilio del heredero, el "buen samaritano" comprueba que Patch no tiene dinero para pagar la carrera, le suelta un último puñetazo que rompe un diente al antiguo alumno de Harvard. El heredero se cae en la puerta de su casa y pierde el conocimiento. Cuando lo recupera ya está sereno.

El siguiente fragmento tiene lugar el día en que ha de hacerse público el fallo del jurado respecto a la herencia. Richard -el único de los viejos camaradas que no les ha dado de lado- se acerca al apartamento de los Patch para llevar a Gloria a dar un paseo antes de verse todos en el juzgado. El heredero empieza a beber en casa cuando se presenta Dot -a la que abandonó sin mayor problema- asegurando que le quiere. El joven Patch comienza a arrojarle los muebles. Cuando Gloria y Richard regresan para anunciarle que ha ganado la impugnación, que posee una fortuna de treinta millones, Anthony se encuentra desquiciado.

El último capítulo tiene lugar a bordo de un barco en el que viajan los Patch en compañía del médico de Anthony. Nos es referido a través de los comentarios de otros pasajeros. Gracias a los cuales sabemos que Shuttleworth se ha suicidado al tener noticia de que el juez falló en su contra. Según el autor, el joven Patch lo observa todo como un general triunfante vuelve la vista terminada una campaña.

Mucho menos experimental que Faulkner -e infinitamente más racista-, Scott Fitzgerald confirma en estas páginas la fascinación que me causó en El gran Gatsby.

 


[1] Página 479.

[2] Página 498.

Publicado el 6 de noviembre de 2010 a las 23:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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