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Catherine Spaak

Archivado en: Inéditos cine, Catherine Spaak

Foto: Javier Memba

Una imagen de "La escapada" en mi ordenador.

            Hay películas que atesoro porque las vi por primera vez en una sala que como tantas guardaba las maravillas del cine de los sábados, pero que, sin embargo, estaba llamada a formar parte de mi mitología personal. Otras porque las descubrimos juntos mi madre y yo; y unas terceras, porque están interpretadas por Catherine Spaak. No tienen que ser cintas necesariamente buenas. Es más, el otro día me hice con El último obstáculo (Michael Winner, 1968), filme muy del montón que no tiene nada que ver con Catherine. Pero recordaba uno de los planos del elefante atravesando los Alpes, porque me fue dado por primera vez el Astoria -sala de cine en mi infancia, de conciertos en mi juventud- en una de aquellas sesiones continuas desde las cuatro de la tarde, que tantos buenos ratos nos procuraron a la autora de mis días y a mí.

            Fue precisamente en uno de aquellos programas dobles donde descubrí y quedé prendado de la belleza de Catherine Spaak. Creo recordar que fue en el cine Condado, que era a la Vía Carpetana algo así como el Astoria al paseo de Extremadura: una ventana al universo del suroeste de Madrid. La cinta en cuestión -sobre esto no me cabe duda- fue Los pájaros de Baden-Baden, la adaptación del relato homónimo de Ignacio Aldecoa llevada a cabo por Mario Camus en 1975. Ella interpretaba a Elisa, la joven que enamoraba al fotógrafo separado en aquel Madrid estival retratado en el filme.

            Como todas aquellas musas, discretas pero tan reales de las películas del siglo pasado, casi siempre italianas y de género[1], Catherine Spaak te cautivaba por su naturalidad, por su proximidad. Nada que ver con esas actrices despampanantes -que se las llamaba entonces-, reinas del erotismo de la pantalla estadounidense de la época. Todas muy sugerentes, muy exuberantes, muy de buen ver. Pero tan lejanas como California de la Vía Carpetana, donde yo descubrí a Catherine. Naturalmente no fui el único. Sé al menos de otro compañero en la dulce tarea de adorarla en la red (http://heduardo.blogspot.com/2009/08/catherine-spaak.html).

            Los programas dobles eran como los discos de vinilo y tantas otras cosas de antaño, que tenían cara "A", la del tema principal, y cara "B", la del relleno, la comparsa. Las películas americanas, de actrices también guapas pero distantes como las selenitas de las novelas de Julio Verne y H.G. Wells, eran la cara "A" de la sesión; las italianas de género o españolas, la "B". Pero, igual que el single de Come Together, de The Beatles, incluía en su cara "B" Something, otra canción igualmente memorable, había algo en Catherine, algo en su manera de moverse ("something in the way she moves", vaya evocando el primer verso de la hermosa canción que George Harrison le dedicó a Patty Boyd) que te llevaba de su mano de la "B" a la "A". Una "A" que además era versal y gótica. Como las chicas imposibles, como las grandes ilusiones, nada más verla, Catherine Spaak ya tenía forma de recuerdo.

            A mí me cautivó porque me hacía evocar a las chicas del Carmelo Teresiano, un colegio de monjas de San Ignacio de Loyola, que salían de clase con los libros contra el pecho. Sí señor, protegiendo su pudor exactamente igual que en la canción de Mamá. Y cuando tú te ponías a su vera para preguntarlas que si querían salir contigo, te decían que lo tenían que pensar. Al igual que Carol André y Mimsy Farmer, mis otras dos musas discretas por excelencia, Catherine me magnetizó adolescente aún, no creó que haya otra edad en la que pueda amarse a una ilusión.

            En cualquier caso, quiere esto decir que aún no me había hecho cinéfilo, que fue a posteriori cuando supe que era sobrina[2], ni más ni menos, que de Charles Spaak, el guionista de Jacques Feyder -La Kermesse heroica (1935)-, Jean Renoir -Los bajos fondos (1936), La gran ilusión (1939)- o Marcel Carné -Teresa Ranquin (1953)-, entre otros grandes del realismo poético y del cine francés en general.

            Aunque Spaak (1903-1975) era belga de origen -como Hergé y el gran Tintín- y su gentil sobrina habría de brillar en la pantalla y la televisión trasalpinas, la dulce Catherine nació en París en 1945, un año después que su hermana Agnés. Al hilo del éxito de mi favorita, la mayor de las Spaak también habría de probar fortuna en la pantalla, yendo a colaborar -entre otros- con Jesús Franco en El secreto del doctor Orloff (1963). Pero la suerte habría de serle adversa.

            No fue ése el caso de la gran Catherine. Sólo contaba trece primaveras cuando intervino en el cortometraje L'hiver de Jacques Gauthier. Y aún era una adolescente cuando incorporó a la Nicole de La evasión (Jacques Becker, 1959). Esa creación fue la cinta que puso en marcha una filmografía que habría de extenderse a lo largo de 76 títulos, el último -Alicia-, una comedia de Oreste Crisostomi rodada este mismo año.

            Tras perder su rastro después del visionado de Por la senda más dura (1975), extraño western rodado por ese gran mercenario del cine italiano de género que fue Antonio Margheriti con el seudónimo de Anthony M. Dawson, reencontré a Catherine al hacerme con La evasión. Ya cinéfilo, ávido de atesorar películas, la recuperé con el entusiasmo que se renueva una ilusión. Y como esos deseos que pasaron sin cumplirse de los que nos habla Kavafis, para mí no había envejecido. Otra cosa será para los telespectadores italianos, en cuya antena es una presencia frecuente. Pero se engañan quienes no vean en ella más que a esa señora de sesenta y cinco otoños, muy elegante, que es en la actualidad.

            Para cuantos la guardamos entre los deseos que pasaron sin cumplirse, Catherine Spaak sigue siendo esa chica que tocaba la guitarra en esa misma antena italiana junto su segundo marido, Johny Dorelli, con un estilo que no distaba mucho del practicado por las pupilas de las monjas al interpretar el Romance anónimo y el Vals en sol. Esa chica de "picante ingenuidad, de espontánea y provocativa femineidad, a la que dio un valor de símbolo", que la definió la crítica en sus primeras películas.

            Mi recuento con ella se afianzó con la adquisición de El gato de las nueve colas (Darío Argento, 1971), muy probablemente la cinta en la que perdió su celebrada ingenuidad. No hacía mucho tiempo que Catherine, también periodista como su tío en sus comienzos, había empezado a colaborar en El corriere della sera, entre otros medios de comunicación italianos. En una de esas ediciones que se venden en los quioscos, me hice con La escapada (Dino Risi, 1962), donde esa ingenuidad, precisamente, alcanza su máxima expresión. Película que, además, hizo que me reencontrara con Risi, a quien tuve olvidado durante treinta y cinco años después del entusiasmo con que descubrí su impagable Perfume de mujer (1974). Atesoro igualmente Madamigella de Maupin (1966), una delicia de Mauro Bolognini basada en un relato de Teophile Gautier, y Por la senda mas dura.

            Mi gran desdicha es que se me han pasado dos coproducciones hispano italianas que sé más o menos frecuentes en la parrilla: No hago la guerra... prefiero el amor (Franco Rosi, 1966) y Aquí robamos todos (Giorgio Capitani, 1968). Son dos cintas que, cinematográficamente hablando, dejan mucho que desear. Pero en esta última, Catherine incluso nos brinda un pequeño baile junto a Philippe Leroy. Sólo vi fugazmente esa secuencia, pero su forma de mover las manos -como las coristas del viejo Hollywood- me cautivó. Desde entonces rastreo la parrilla en busca de dos películas malas, pero que entrañan una ilusión.

            En su página web (http://www.catherinespaak.com/index.cfm) asegura que conocemos su imagen pero no su corazón. Something in the way she moves.

 


[1] En esta misma colección de "Inéditos cine", véanse los post titulados "Carole André" y "La chica de More".

[2] En Internet Movie Data Base se afirma que es hija de Charles Spaak. Pero yo prefiero apuntar que es sobrina como reza en la Enciclopedia del Cine Ilustrada (Labor, Barcelona, 1970).

Publicado el 15 de noviembre de 2010 a las 23:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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