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Blog de Javier Memba

El insolidario

Kerouac encontrado y perdido

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "Visiones de Cody"

Foto: Javier Memba

Portada y texto de "Visiones de Cody"

Cody Pomeray es un claro trasunto de Neal Cassady -y de Dean Moriarty, por supuesto- y esta novela es, a todas luces, una variación sobre el mismo tema de On the Road. Tanto es así que está escrita en la misma época (1952) e incluso toda la parte que se refiere al padre de Neal/Cody en los billares pertenecía originalmente a On the Road. Y el final de estas Visiones -"Adiós, rey"[1]- es tan emotivo y mítico como aquel "Me acuerdo de Dean Moriarty" de En el camino, título de la traducción de Miguel de Hernán, publicada por Losada con pie de imprenta del año 75, que yo leí tres después.

Más que visiones son recuerdos de Cody lo que estas páginas cuentan sin más nexo de unión que el de la libre asociación de ideas. "Estilo surrealista" en palabras del propio Ginsberg, a quien la novela llegó a resultarle tan árida como a mí. De hecho, el mismo Dennis McNally -el gran biógrafo del autor de En el camino- califica de "muy tediosas"[2] esas conversaciones entre Cody y el propio Kerouac -yo creí iban a agilizar la narración pero resultan ser lo más plúmbeo de toda ella- que constituyen el centro de la obra. Esa pesadez y esa desmesura ha de ser la causa de que, salvo algunos fragmentos, aparecidos al parecer como críticas de jazz en revistas de 1957, Visiones de Cody permaneciera inédita hasta 1972.

En la primera parte, Kerouac va evocando a Cody mientras va a reunirse con él para esas conversaciones. Tras éstas, que tienen lugar en cinco noches y son registradas en cinco cintas, surgen nuevos viajes. Cody -el marginado por excelencia, hijo de un borracho, delincuente vitalista, bisexual llegado el caso- es para Kerouac un mentor, un hermano mayor. Es ese modelo de la generación beat, tal y como se le describía en las primeras noticias que tuve de él. Papel que sin embargo, en opinión de McNally, Casady ya está cansando de representar. Compañero en cualquier caso de esos viajes que constituyen -junto a las borracheras, las drogas y el jazz- el único argumento de estas páginas, Neal/Cody fue un hombre de ideas abiertas que dio a entender a Evelin, su esposa -Carolyn en la realidad- que se convirtiera en la amante de Kerouac.

De idéntica forma que ese hecho verídico pasa a formar parte de la novela, también se da cuenta de la muerte de la mujer de Burroughs -aquí Bull Hubbard- acaecida involuntariamente mientras escritor jugaba con una pistola[3]. La realidad se confunde con la ficción en la prosa de Kerouac y Visiones de Cody, como con tanto acierto se apunta en la solapa, es la culminación de la experiencia Kerouac, que a su vez no otra cosa que aquel: viajes, embriaguez, literatura y jazz. "Escribir sin intervalos que rompan la estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso"[4].

Esto no quita para que, el resultado de tan sublime concepción de la escritura, para el lector se convierta en una verborrea insufrible. Nada que ver con el monólogo interior, aunque a la postre se trata de un claro fluir de la conciencia.

Con todo, pese a ser el libro más aburrido que el leído en mi vida -en gran medida por su desmesura- es aquel en el que finalmente he acabado por comprender la "experiencia Kerouac". Hay algo en esa profusión de recuerdos que cautiva. Las alusiones a músicos de jazz son frecuentes: Miles Davis (pág. 355), Billie Holliday (357), Stan Getz (445), Charlie Parker (448), Lee Konitz o Lester Young, su favorito, a quien dedica las emotivas últimas páginas.

También es notable la cinefilia de Kerouac. En un fragmento se refiere a un rodaje que encuentra en la calle[5] y no faltan referencias a cintas y actores de la época. Cuando se entra en ese mare mágnum de recuerdos, en el que son frecuentes las páginas sin puntos y aparte, entre tanta evocación sí que se atisba un atractivo fresco de la América de finales de los años 40.

En cuanto a la introducción de Marcelo Covián -además de esa alusión a los amigos junto a los que descubrió a Kerouac, todos ellos muertos en 1975, fecha de la edición, muy probablemente víctimas de la dictadura argentina surgida del golpe militar de Juan Carlos Onganía en 1966- lo que más me ha llamado la atención son esas disculpas a las mujeres que pide el introductor. Terminada la lectura se entiende que para Kerouac, las mujeres no son más que una máquina de copular. En un momento dado, incluso hay una de que le acusa de que para él todas las tías sean unas "putas".

Por último, la traducción, también de Covián, deja mucho que desear. En la página 450 se dice que Frank Sinatra es kitsch y los "se" pronombres de la canción de la 475 llevan acento como si fueran del verbo saber. Ello no quita para en la nota al pie de la página 43 se explique con acierto el origen de la palabra "hippie".  A saber: "fue una variación de la voz hep que se relacionaba con el ritmo, el swing del jazz desde antes de 1915. La generación beat la populariza en todas sus variaciones (hispter, hepcat, etc). El poeta Rexroth dice que ser hip es ‘no tener ninguna filiación'. En 1955 se empieza a usar la palabra hippie y poco a poco llega a tener el significado actual".

 

 


[1] En español en el original

[2] Jack Kerouac, América y la generación beat. Una biografía. Pág 176, 3ª línea del tercer párrafo.

[3] Pág. 335.

[4] Pág. 28.

[5] Pág. 174 de Jack Kerouac, América y la generación beat. Una biografía.

Publicado el 15 de enero de 2011 a las 21:45.

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Comentarios - 2

1 | Yo Sostenido (Web) - 08/11/2012 - 15:32

Venderías Visiones de Cody?

2 | Javier Memba - 10/11/2012 - 04:54

Lo siento. Jamás vendo los libros que aprecio.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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