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El rojo en los labios

Archivado en: Inéditos, cine, "El rojo en los labios"

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            La cinefilia me ha vuelto paciente como nadie hubiera podido imaginar al verme hace cuarenta y cinco años, cuando era un niño mimado que cogía una rabieta si las cosas no eran cómo y cuándo él quería. Pero apenas empecé a sentir la necesidad imperante de ver películas y a leer sobre cintas pretéritas, títulos que muy a menudo habían dejado de distribuirse décadas atrás, sin más rastro de su paso por la cartelera que esa literatura en la que los descubría, tuve que armarme de paciencia. Se trataba de esperar a dar cuenta de aquellas imágenes, preservadas para la posteridad en mil palabras, cuando el azar tuviera a bien. El rojo en los labios (Harry Kümel, 1971) fue una de esas cintas.

            Supe de ella por primera vez en El vampiro en el cine, del inglés David Pirie. Dado a la estampa en 1977, también fue en aquél año cuando, publicado por el Círculo de Lectores, conoció su primera edición española. Siendo yo entonces un mero espectador, que no un cinéfilo, aunque el texto me llamó la atención en la revista de aquel club, que llegaba trimestralmente a casa de mi madre, no lo pedí. Fue doce años después, en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión que animó el Paseo de Recoletos en la primavera de 1989, cuando adquirí saldado un libro -casi álbum de tan profusa ilustración- que habría de ser fundamental en mi formación como amante de estos filmes. Es más, junto a El cine de terror en la Universal, un folleto de la bienamada Filmoteca -alabado sea por siempre su nombre-, original de Carlos Fernández Cuenca e impreso en 1976, El vampiro en el cine es uno de los pilares sobre los que aún se alza cuanto escribo sobre películas de miedo.

            En aquellas páginas aprendí a amar a la Hammer, descubrí a Jean Rollin y mitifiqué el extraño film franco-belga-alemán al que dedico estas líneas. Localizado "en un ambiente perdido que recuerda el escenario de un sueño", donde "aparece la alucinante figura de la condesa Báthory", escribe Pirie. "Quizás, el principal acierto de Kümel es que, al tratar de sugerir en la Báthory la imagen un pasado vicioso, recurre a los recuerdos cinematográficos y no a los históricos".

            Pero, salvo error u omisión, El rojo en los labios fue una de esas cintas nunca estrenadas comercialmente en España. Ante este panorama, fueron precisos veintidós años largos y la insaciable -y también loada- avidez de nuevos títulos del mercado del cine en casa para que descubriera una edición española en DVD de aquella antigua maravilla hace unos días. Esa misma madrugada, la hora más indicada para estas delicias, me puse a ver finalmente El rojo en los labios. Lástima que las criaturas de la noche no me acompañaran en tan grata sesión.

            Las esperanzas, tan largamente puestas en el filme de Kümel, no se vieron defraudadas. Aunque tampoco plenamente satisfechas. El mismo Pirie apunta: "Por desgracia, el final tan tradicional de la historia no está a la altura de la multitud de ideas y referencias que ésta contiene". Quiere esto decir que nos encontramos ante una obra fallida porque no satisface las expectativas que ella misma despierta. Hay algo de eso, no hay duda. Pero puestos en una balanza, pesan mucho más los pro que los contra de esta sobresaliente película.

            A fe mía que el primero de esos aciertos es la elección de Delphyne Seyrig -una de las actrices más elevadas de toda la historia del cine- para incorporar a la condesa Báthory, la Alimaña de Csejthe. Así llamada por Valentine Penrose en La condesa sangrienta (1962), la biografía novelada que dedicó a esta abominable aristócrata húngara que asesinó, entre terribles torturas, a cientos de vírgenes en la quimera de obtener de su sangre la belleza imperecedera.

            Cuando el recepcionista del hotel reconoce a la condesa, no puede creer que no haya envejecido en lo más mínimo, pese a los cuarenta años transcurridos desde que la vio por última vez, cuando él sólo era un niño empleado como botones en la casa. Ese dato es otro de los grandes aciertos de la cinta, pues no es sino el primero de los muchos tendentes a dotar de verosimilitud el misterio de la condesa. Ese empeño, el de encajar la fantasía en la realidad, es la gran tarea de toda ficción fantástica. Así, las mujeres vampiro de Fascination (Jean Rollin, 1979) lo son como consecuencia última de una anemia que padecieron de pequeñas. Curada a base de la ingestión de sangre animal, ése fue el origen de su gusto por la humana. Aunque desatinada, la génesis del fatal vicio se antoja mucho más verosímil que el mordisco de otro vampiro o una maldición. Por decirlo de otra manera, ese afán de dar trazas de plausible a la fantasía es como la famosa "máscara" de la Línea clara del cómic -mucho más próximo al cine que el teatro, nunca me cansaré de repetir-, que inserta personajes caricaturescos en un ambiente real.

            La fidelidad a ese afán de verosimilitud se mantiene a lo largo de todo el metraje. Aquí apenas se muestran prodigios. La condesa es una asesina en serie de muchachas, deshacerse de los cadáveres es un auténtico problema, los sangrados se hacen de heridas abiertas en las muñecas y las hijas de la oscuridad -como las llaman en el título inglés original- son mucho más vulnerables que el común de las criaturas de la noche. Ilona (Andrea Rau), la adjunta y amante de la condesa, morirá atravesada por unos cristales, como hubiera podido perecer cualquier mortal.

            Mi actividad periodística me ha enseñado que vale más escribir que algo o alguien cuentan entre los mejores antes que afirmar categóricamente que es el mejor. Considerando que la abominable Erzébet Báthory, ese mismo año 71 había sido encarnada por Ingrid Piit en La condesa Drácula, de Peter Sasdy, y en el 74 lo sería por Paloma Picasso en el fragmento dedicado a la Alimaña de Csejthe de Cuentos inmorales, de Walerian Borowczyk, por no hablar de los trasuntos del personaje incorporados por Lucía Bosé y la maravillosa Patty Shepard en el fantaterror español, esa prudencia respecto a la excelencia se antoja aún más pertinente en el caso que nos ocupa.

            Si me atreveré a decir que la muerte de la condesa de Kümel es, plásticamente hablando, la mejor. Fallece atravesada por unas ramas cuando se estrella el coche en el que, agobiada por la fotofobia, huye junto a Valerie (Danielle Quimet), su nueva discípula, del amanecer. El último plano de esta secuencia, el de la silueta del cadáver de la mujer fatal, merece contar en la antología de las mejores imágenes del cine de terror.

            Otro de los grandes aciertos de Kümel es extraer la historia de los Cárpatos y trasladarla a Flandes -Ostende, Brujas-, a mundo veraniego, desolado en pleno invierno; a un hotel vacío en esa época del año. Esto convierte a El rojo en los labios en una cinta art decó -si se me permite la expresión- pero nunca gótica.

            Desde esta perspectiva, se me antoja muy próxima al maravilloso díptico del doctor Phibes de Robert Fuest. Tan elegante y decadente como aquellos títulos, el telón de fondo de Kümel son las sexualidades bizarras, en las que cae inexorablemente Valerie desde que se casa con Stefan (John Karlen), un perverso sádico.

            Como señalan algunos de sus detractores en ciertas reseñas que he tenido oportunidad de leer en la Red, El rojo en los labios se encuentra a mitad de camino entre el softcore de los 70 y los vampiros de la Hammer de esa misma década. A juicio mío, ambas cuestiones cuentan en el haber antes que el debe de esta notable película. De algún modo precedente del cine de Just Jaeckin -Emmanuelle (1974), Historia de O (1975), Madame Claude (1977)- hay algo en ella que, como el giallo italiano, me devuelve a la estética -y también a la ética, probablemente- de un tiempo que conocí: el de mi adolescencia en los años 70. Verla ha sido como volver a esos anuncios publicitarios, de elegante decadencia, que vendían desde tabaco hasta perfumes.

            Eso de retrotraerme a tiempos pretéritos que fueron míos, es algo que estimo en cualquier obra desde que empecé a envejecer. De ahí que muestre una condescendencia incomprensible con el Landismo. Pero lo cierto es que, en su absoluta falta de puesta en escena, me devuelve el Madrid, la España, de mi infancia. De ahí también que se haya elevado el Cuéntame al tema principal de la banda sonora de la memoria colectiva cuando en su momento, cuando lo interpretaban los Fórmula V y escuchábamos el sombrío y majestuoso rock sinfónico, era un horterada de mucho cuidado.

            Pero no divaguemos, sólo tengo una apostilla que hacer a El rojo en los labios: la poca gracia de Danielle Quimet. De ahí que mi satisfacción no haya sido plena, aunque mereció la pena esperar.

Publicado el 28 de octubre de 2011 a las 18:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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