martes, 26 de octubre de 2021 01:35 www.gentedigital.es
Gente blogs

Gente Blogs

Blog de Javier Memba

El insolidario

Recordando a Gonzalo Torrente Malvido. Apuntes para unas estampas madrileñas (III)

Archivado en: Apuntes para unas estampas madrileñas

imagen

            Conocí a Gonzalo Torrente Malvido en 1987, en un despacho que Antonio Huerga y Sagrario Fierro, entonces Ediciones Libertarias, tenían en el número 66 de la Gran Vía. Él acaba de publicar Teorema del mal y yo Hotel Savoy, mi primera novela. También fue en aquella colección, la de nueva narrativa española puesta en marcha por Huerga y Fierro, donde Malvido dio a la estampa sus Cuentos recuperados de la papelera. En ambos casos escondió su primer apellido tras su inicial. Yo mismo me enteré de quién era cuando me lo dijo la mayor arribista que he conocido en mi vida, a la que frecuenté mucho durante doce meses.

            Lejos de esos afanes de triunfos mezquinos, Gonzalo T. Malvido no quería glorias a costa de su padre, Gonzalo Torrente Ballester. Y bien es cierto que lo consiguió. Ya en sus últimos días, en las mismas entrevistas en que se daba noticia de que estaba durmiendo en un banco de la calle, se quejaba de la forma en que el pasado año se le ignoró en las conmemoraciones del centenario del nacimiento de su progenitor. Puede que el estigma con el que le marcó la literatura oficial sea tan discutible como la gloria que esa misma literatura concede a sus favoritos. Pero que Malvido hubiera podido decir mucho sobre el autor de sus días es algo que cae por su propio peso.

            No hay ninguna taquilla donde editores, críticos y -lo que es peor- distribuidores de las prebendas oficiales repartan las bendiciones y maldiciones. Sin embargo, eso es una práctica tan frecuente que incluso puede verificarse en la escasez de noticias necrológicas que ha provocado el óbito de mi amigo Torrente Malvido.

            No hace mucho, con motivo de la prematura muerte de un celebrado escritor, proliferaron los textos de dolor por su pérdida en Facebook. No crítico nada, sólo constato. Pero doy fe de que no he visto ni un solo apunte de dolor tras el fallecimiento el pasado lunes de Gonzalito, que le llamaba Moncho Alpuente cuando me contaba cómo el finado fue preso por una historia concerniente a unas máquinas de escribir.

            La calidad de una obra literaria siempre es algo subjetivo, nunca una ciencia exacta. Para enemistarse con quienes las ensalzan, subvencionan y promueven basta con no alagar sus opiniones. Fue la Iglesia la primera en elaborar un índice de libros prohibidos. Dicho de otra manera, fue la Iglesia la primera que maldijo y bendijo a escritores. Luego llegó el Estado. A las maldiciones de esa administración, que se le llama eufemísticamente al estado, no tardaron en unirse las de los críticos y últimamente las de los gestores culturales. Sólo siendo consciente de semejante cadena de arbitrariedades -¿qué derecho hay a denostar una obra porque su autor no sea solidario o no se atenga a cualquier otra de las normas del canon?- puede llegar a entenderse que el gran Philip K. Dick -que es a la ciencia ficción contemporánea algo así como H. G. Wells a los albores del género- publicara en ediciones baratas y viviera en la necesidad constante. Pero no divaguemos.

            Mucho antes de sus sonadas polémicas con Francisco Umbral y Arturo Pérez Reverte, me da la sensación de que Gonzalo Torrente Malvido quedó estigmatizado de por vida en 1968. Aquel fue el año en que ingresó en prisión. Pero no por motivos políticos, como hubiese sido debido en el tiempo de todas las revoluciones. Fue condenado, parece ser, por suplantación de personalidad. A mí se me antoja que estaba detrás esa historia de las máquinas de escribir que me contó Moncho Alpuente. Lo cierto es que el director de aquella cárcel fue quien le comunicó que había ganado el Premio Sésamo con su novela Tiempo provisional. En aquella reclusión se dedicó a las traducciones.

            Ya en los años 90, cuando yo le traté mucho en el Cañi de la calle Santiago, Torrente Malvido era todo un clásico en la bohemia madrileña. Recuerdo que tenía un billete de un dólar, no sé por qué con la efigie del Che Guevara, del que, convenientemente enrollado, se valía para darse a determinados placeres. Era un buen compañero en la alta madrugada, que hablaba de su reclusión en París junto a Leopoldo María Panero, el gran maldito de nuestras letras aunque siempre ha ejercido de hijo de Leopoldo Panero, el antiguo director del Instituto de Cultura Hispánica, uno de los grandes poetas falangistas. Y es que no hay reglas que valgan en el reparto de maldiciones y bendiciones.

            Torrente Malvido, que al igual que Alejandro Sawa -el triste patriarca de la bohemia finisecular decimonónica madrileña- alternó los tumbos en nuestra ciudad con los dados en la capital francesa, arrastró su estigma por la calle de Alcalá, donde me le encontré en numerosas ocasiones. Recuerdo especialmente una en que andaba yo en una de mis borracheras matinales para hacerme a la idea de que La Parca se acababa de llevar a mi queridísima perra. Era un 23 de abril y coincidimos en una de las primeras lecturas concelebradas de El Quijote del Círculo de Bellas Artes. Yo estaba de espectador, por supuesto. Nada colectivo es asunto mío.

            "A los cuarenta años, yo también bebía", me dijo en otra ocasión, cuando quien esto cuenta rondaba esa edad y arrastraba un ciego por las cervecerías de los aledaños de la Plaza Mayor. Aquel mediodía, cuando yo le comenté que no encontraba editor para mis ficciones, me dijo que él nunca había tenido problemas para publicar las suyas. Creo que nunca fue consciente de la dimensión de la maldición que obraba sobre él.

            Culto y buen conversador, como es debido en la gente de letras, en aquella ocasión también me habló del totalitarismo de Giménez Caballero y otros escritores falangistas a los que conoció de niño por la amistad que mantuvieron con su padre. Aquello fue en el año 2002.

            Ya metidos en el siglo XXI coincidimos con frecuencia en los bares de Lavapies. En el Candela, por supuesto, y en el efímero Artépolis. Fue en este laberíntico local donde mi amigo Gonzalo presentó su Puro cuento. Su editorial, Amargord, fue la última en la que habríamos de coincidir. Aquella noche le recuerdo dándome vales para copas. Es una lástima que ahora, que ya hace mucho que mis cuarenta años también quedaron atrás, no vaya a poderle decir que yo tampoco bebo.

Publicado el 29 de diciembre de 2011 a las 09:15.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Comentarios - 5

1 | Elvira (Web) - 29/12/2011 - 10:39

Te acompaño en el sentimiento Javi. Y me alegro de que ahora tú tampoco bebas.

2 | Héctor Léctor - 29/12/2011 - 18:52

Nunca hubo polémica de Malvido con Pérez Reverte, Javier, que sepamos. Con Umbral, sí. Un abrazo y enhorabuena por tu blog.

3 | Javier Memba (Web) - 29/12/2011 - 20:44

Hola Elvira.
Parafraseando a Eric Clapton, cuando cien copas no son suficientes, una sólo es demasiado. Muchas gracias.
Muchas gracias a ti también, Héctor Léctor. Me alegro de que te guste el blog. Un abrazo.

4 | Verónica Torrente - 31/12/2011 - 01:28

Javier,
Mi nombre es Verónica Torrente, o Beba -como mi padre siempre me llamo-, y quería agradecerte las palabras que aquí has dejado plasmadas.
Mi relación con mi padre tardo en llegar, pero cuando lo hizo fue realmente intensa. Y desde hace cinco años, estábamos realmente unidos (hasta escribimos un libro de cuentos hace dos años "Incesto Literario").
Ingreso en noviembre porque se encontraba ml (yo estaba con el); y volvió a ingresar el 20 de diciembre para quitarse ese bichito que tenía en el colon. Se lo quitaron. Y salió todo bien. Puedo decirlo porque yo no me moví de su lado desde el martes 20 hasta que falleció el 26 justo cuando yo entraba en la UVI a verlo. A mi también me ha sorprendido la falta de cariño mostrada ( de muchos lados); pero creo que el lo hubiera preferido así. Porque odiaba las tonterías.
Un abrazo fuerte, Javier. Gonga sigue en nosotros.

5 | Javier Memba (Web) - 02/1/2012 - 07:52

Hola Verónica:
Como verás, he sentido la muerte de tu padre, buen compañero en tantas madrugadas.
Un abrazo.

Tu comentario

NORMAS

  • - Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • - Toda alusión personal injuriosa será automáticamente borrada.
  • - No está permitido hacer comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
  • - Gente Digital no se hace responsable de las opiniones publicadas.
  • - No está permito incluir código HTML.

* Campos obligatorios

Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

Miniatura no disponible

 

Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

 

 

COMPRAR EN KINDLE:

 

 

 



contador de visitas

Contador de visitas


 

Enlaces

-La linterna mágica

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados

Malditos, heterodoxos y alucinados de la gran pantalla

Nuevos momentos estelares de la humanidad

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Unos apuntes sobre la aportación de Run Run Shaw a la pantalla internacional

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formentera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del infierno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Una guía clásica de la ciencia ficción

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

Viajes a la Luna en la ficción

Los pecados de Los cinco

La última copa de Jack Kerouac

Astérix cumple 60 años

Getafe Negro 2019

Un actriz entrañable

Ochenta años de "El sueño eterno"

Sam Spade cumple 90 años

Un western en la España vaciada

Romy Schneider: el triste destino de Sissi

La nínfula maldita

Jean Vigo: el Rimbaud del cine francés

El último vuelo de Lois Lane

Claudio Guerin Hill

Dennis Hopper: El alucinado del Hollywood finisecular

Jean Seberg: la difamada por el FBI

Wener Herzog y la cólera de Dios

Gordad, el gran maese de la heterodoxia cinematográfica

Frances Farmer, la esquizofrénica que halló un inquietante sosiego

El hombre al que gustaba odiar

El gran amor de John Wayne

Iván Zulueta, arrebatado por una imagen efímera

Agnès Varda, entre el feminismo y la memoria

La reina olvidada del noir de los 40

Judy Garland al final del camino de adoquines amarillos

Jonas Mekas, el catalizador del cine independiente estadounidense

El gran Edgar G. Ulmer

La última flapper; la primera it girl

El estigmatizado por Stalin

La controvertida Egeria del Führer

El gran Tod Browning

Una chica de ayer

El niño que perdió su tren eléctrico

La primera chica de Éric Rohmer

El último cadáver bonito

La exnovia de James Dean que no quiso cumplir 40 años

Don Luis Buñuel, "ateo gracias a Dios"

La estrella cuyo fulgor se extinguió en sus depresiones

El gran cara de palo

Sylvia Kristel más allá de Emmanuelle

Roscoe Arbuckle, cuando se acabaron las risas

Laura Antonelli, la reina del softcore que perdió la razón

Nicholas Ray, que nunca volvió a casa

El vuelo más bajo de la princesa Leia Organa

Eloy de la Iglesia y el cine quinqui

Entiérralo con sus botas, su cartuchera y su revólver

La chica sin suerte

Bela Lugosi y la sombría majestuosidad de Drácula

La estrella de triste suerte

La desmesura de Jacques Rivette

Françoise Dorléac

Klaus el loco

Una hippie de los 70

Jean Esustache, entre la Nouvelle Vague y el ascetismo

Nadiuska, un juguete roto

Thea von Harbou

Jesús Franco

David Cronenberg

Sharon Tate, como en un cuento de Sheridan Le Fanu

Un guionista sediento

La reina del fantaterror patrio

Dalton Trumbo y los diez de Hollywood

La primera chica que arrojó una tarta 

El desdichado Hércules contemporáneo

En la tradición familiar

El músico del realismo poético

Otro tributo a la gran Patty Shepard

Elmer Modlin y su extraña familia

Las coproducciones internacionales rodadas en España

Marilyn Monrore y su desesperado último gesto

Un amor más poderosos que la vida

El actor atrapado en sus personajes

Entre el fantasma de su madre y el final del musical

Barbet Schroeder

Amparo Muñoz

Samuel Bronston más alla de Las Rozas

Chantal Akerman

Françoise Hardy 

Un antiguo dogmático

Jane Birkin

Anna Karina, su turbulento amor y el Madison

Sandie Shaw, ya con calzado

El gran Serge Gainsbourg

Entre la niña prodigio y la mujer concienciada

La intérprete de Shakespeare que inspiró a The Rolling Stones

La maleta del capitán Wajda

Val Lewton y su dramatización de la psicología del miedo

La alimaña de Whitechapel

Cristina Galbó

La caravana Donner

Eddie Constantine

Un nuevo curso del tiempo

Rosenda Monteros

Una criatura de la noche

Una carta a Nicolás I

Edison y el 35 mm

Barbara Steele

El felón Esquieu de Floyran acaba con los templarios

Entre Lovecraft y Hitchcock

Tchang Tchong Yen recuerda a Hergé

La musa del ciberpunk

 

ALGUNAS RESEÑAS:

Un adelanto de David Lynch, el onirismo de la modernidad en Zenda libros

Una entrada de El Insolidario accesit del Premio Paco Rabal

No halagaron opiniones en El Mundo

No halagaron opiniones en elmundo.es

La nueva era del cine de ciencia-ficción en elmundo.es

Unas palabras sobre Cuanto sabemos de Bosco Rincón

No halagaron opiniones en Archivo de la Frontera

David Lynch, el onirismo de la modernidad en AISGE

El cine negro español en Zenda Libros

Tres películas para el confinamiento en De Cine 21

 

EN TU MAIL

Recibe los blogs de Gente en tu email

Introduce tu correo electrónico:

FeedBurner

Archivo

Grupo de información GENTE · el líder nacional en prensa semanal gratuita según PGD-OJD