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Blog de Javier Memba

El insolidario

Más poderoso que el martillo de Thor

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Veintiuno

            Por mucho que las ventajas de la fotografía digital hayan acabado por convencerme frente a las de la analógica, como buen hijo del amado siglo XX, soy más analógico que digital. Así, cuando no me basta con tener la certeza de que el curso del tiempo, que por fortuna pone fin a todo, también ha de acabar con estos nefastos días del tercer milenio, que por desgracia nos han tocado en suerte, busco entre los recuerdos de mi centuria analogías para aguantar el tirón.

            Es entonces cuando evoco por sistema a un amigo entrañable al que nunca volví a ver. No recuerdo ni su nombre ni su cara. Pero sí la dignidad de su tristeza, pesadumbre que yo ya prefería al buen humor. En las horas de desaliento, su ejemplo ante aún me hace crecer.

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Publicado el 29 de octubre de 2012 a las 01:30.

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Nuevas perspectivas en los viejos negativos

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   Veinte        

         En esos transportes a las musarañas que me procuran las digitalizaciones de mis viejos negativos, descubro una nueva dimensión de mis fotografías. En su momento, cuando las tomé, dichas instantáneas obedecían a un afán de ficción: la de ese aplauso que busca el joven en la despedida del que nos habla Jaime Gil de Biedma. Ahora, pasada ya con creces la cumbre de mi edad, esas mismas imágenes tienen un cariz documental: son el testimonio de un tiempo perdido y por supuesto mejor que estos años malditos.

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Publicado el 9 de febrero de 2012 a las 03:00.

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Un recuerdo de las sombras

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   Diecinueve

         En las próximas semanas hará un año que no frecuento la noche. Mis mañanas se han vuelto más luminosas. Al menos lo suficiente como para redescubrir la gracia de lo que guardan las primeras horas. Ha sido como volver a un mundo apacible: el de Madrid al mediodía. Lo perdí durante los veintiocho años que mitifiqué las emociones que me proporcionaron las madrugadas. Ahora soy consciente de que esa gente que puebla la ciudad en las horas laborables con sus agobios, sus gestiones y sus mezquindades son lo verdadero. La noche es para los fantasmas, los alucinados y los jóvenes que aún creen en la seducción y otras supuestas maravillas.

            Hace un tiempo, entrevistando a un conocido artista con motivo de la inauguración de una muestra de su obra, mi interlocutor, recordando todo el whisky bebido en esas noches que perfectamente pueden prolongarse durante un par de días, me decía que lo que hay es esto: la sobriedad y las horas laborables. Buscar estimulantes para la realidad es engañarse. Más temprano que tarde caen todos los embustes y siempre traen consecuencias. El de la ebriedad es un don maldito. La vida transcurre de día. La noche es tiempo que se roba al sueño, más cercana a la muerte que a la existencia.

            Como se ve, he aprendido la lección. Ahora aborrezco la teatralidad de los borrachos con la intransigencia del converso. La lucidez del alcohol también es mentira. Y sin embargo, hay veces que recuerdo a aquellas camareras que se quedaron entre las sombras con su infinita gracia. Como las criaturas de la noche cuando despunta el día.

            Original de Luis Cernuda, Otros tulipanes amarillos era uno de mis poemas favoritos en mis primeras madrugadas. "Ya en tu vida las sombras pesan más que los cuerpos", reza uno de sus versos. Entonces me ganó por su lirismo. Ahora por su falta de retórica.

Publicado el 30 de noviembre de 2011 a las 02:45.

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Recordando a Sandie Shaw

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Diecisiete

            El pasado sábado Sandie Shaw cumplió sesenta y cuatro años y yo me sentí uno más lejos de aquel limbo en que la descubrí cantando descalza Marionetas en la cuerda. Aunque apuntó maneras, tuvo poco que ver con el rock & roll. Pero fue la primera bird del Swinging London que me dejó fascinado con el encanto de su mirada de miope. Es más, aún no sabía del atractivo que puede dar a una mujer la miopía ni lo que era el Swinging London cuando me deslumbró la modernidad de Sandie.

            De Marianne Faithfull, de Pattie Boyd, de Twiggy... De las grandes musas de aquel tiempo, supe después y a través de su leyenda. De la gran Sandie, por el fulgor de su estrella, admirándola en los medios de comunicación de mediados los años 60. Fue la chica yeyé por antonomasia, la mejor de aquellas a las que Concha Velasco parodiaba en esa célebre canción en la que se refería a ellas. Long Live Love (Viva el amor en su versión española), Tell the Boys (A los chicos les dirás), Message Understood (No lo comprendí)... el repertorio de Sandie era tan simple como mi vida entonces y ya cincuentón, en esas noches en que caía una botella de ron escuchándola interpretar Love Letters, la recordaba con el cariño que evocaba mi inocencia.

            Banda sonora de aquel reino afortunado de mis primeros días, se fue con ellos cuando empecé a aprenderme los créditos de los discos y a pedirle a la música algo más que mera alegría. Y veinte años después, ya avezado en el culto al rock & roll y ávido de esos placeres colindantes, una de esas mañanas que suceden a otras muchas en que las cosas vienen mal dadas de forma inexorable, estando ya a punto de maldecir mi suerte, la bendije. Y fue porque escuché Long Live Love en una emisión radiofónica que me devolvió a mi pequeño reino afortunado durante los dos minutos y treinta y ocho segundos que dura tan entrañable pieza.

Publicado el 28 de febrero de 2011 a las 02:45.

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Mi tiempo perdido

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 Dieciséis

           Cada día me son más queridos mis recuerdos. Ávido siempre de nostalgia, hace ahora treinta y tantos inviernos, cuando -adolescente aún- carecía de experiencia suficiente como para tener una memoria considerable, me embargaba una gratísima tristeza por estas fechas postreras de diciembre: el encanto del devenir de los días. Ya era más del año viejo que del nuevo. Escuchaba canciones tristes, que hablaban de tiempos pretéritos, y me apoderaba de la nostalgia ajena. Imaginaba algo cautivador en el pasado y no me equivocaba.

            Vuelvo ahora a mis recuerdos como iba a la embriaguez ante los primeros reveses que me deparó la vida. Cuando las cosas me vienen mal dadas, evoco, no ya la infancia -aquel pequeño limbo del que me quedó la necesidad imperante de calor y la irrefrenable propensión al mito-, simplemente los primeros años 80. Que grato me fue volver a ver el lunes En la Ciudad Blanca (Alain Tanner, 1982). No ya por la gran película que es, sino porque me devolvió al año 82. A sus formas y a sus modos. Aquel precisamente fue el año en que yo conocí la Ciudad Blanca, Lisboa.

            Vuelvo ahora a mis recuerdos como iba a la embriaguez, y son ya tantos los reveses que me va dando la vida, que incluso bebido, cuando me pierdo en los bares de La Latina, me vienen a la memoria las innumerables tiendas de artículos de corcho que poblaban la zona en mi tiempo perdido. Mi memoria, como la de los ancianos, ya es más favorable a lo remoto que a lo inmediato. Duermo bien aunque todo vaya mal porque cierro los ojos pensando en lo pretérito y sueño con las antiguas maravillas. Ninguna como las de mi infancia en el colegio de la calle del Bosque -hoy del general Asensio Cabanillas-, en un Campamento aún en construcción y en un Madrid cordial donde todo el mundo me sonreía. Después llegaron los imponderables, los malos modos, las deudas... Prefiero el año pasado al que viene. Fui el niño más feliz del mundo en la España de los años 60 con mi madre, Tintín y los cines de la Gran Vía.

Publicado el 29 de diciembre de 2010 a las 15:45.

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Yo también amo la Gran Vía

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Quince.  

          De todas las conmemoraciones que se han celebrado este año que ahora acaba, sólo hay una que ha despertado mi interés: la de la Gran Vía. Visitarla fue todo un regalo; merendar aquellas tortitas con nata que se servían en sus cafeterías, uno de los primeros placeres que me deparó la vida.

            Años después, cuando la toxicomanía asoló Madrid, la Gran Vía y sus aledaños supieron de las miserias de los heroinómanos y las prostitutas. Para mí no contaba aquella decadencia. En aquellos días yo trabajaba en el gabinete de prensa del Imagfic, el festival de cine imaginario y de ciencia ficción, y uno de los mayores atractivos de aquel empleo fue que la oficina donde lo desempeñaba estuviese allí.

            Ya centenaria, la Gran Vía asiste al cierre de los últimos de sus cines de antaño. ¿Qué tiempo de vida pueden quedarle al Callao, al Capitol o al Palacio de la Prensa que tantas maravillas de los sábados guardaron para mí? Aún recuerdo los soldados de plástico que me compraban en almacenes Sepu y los elepés de Discoplay. Todo se ha desvanecido como esas lágrimas en la lluvia de las que nos habla Roy Batty (Rutger Hauer) en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Pero contemplar la Gran Vía desde la Red de San Luis o desde la esquina de la calle de Alcalá, sigue siendo la prueba irrefutable de la grandeza de Madrid. Y al volver a ella, pasada ya la cumbre de mi edad, todavía se me acelera el ritmo de mi baqueteado corazón.

 

Publicado el 12 de diciembre de 2010 a las 03:15.

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Mi primer recuerdo

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Catorce.

            Cuando caen las sombras, la luz que ilumina Madrid suele ser de ese tono amarillento que da el tungsteno. Pero en mi ciudad, el alumbrado nunca ha sido homogéneo. Las farolas del Paseo de la Castellana siempre han distado mucho de los faroles y farolillos del Madrid de los Austrias. Las piezas de estilo más moderno siempre han sido objeto de las invariables críticas que desata el mobiliario urbano. Las que evocan formas pasadas, como esos faroles de tres bombillas de la plaza de Oriente, suelen tener una mejor aceptación popular. Tal vez se deba a que traen a la memoria del paisanaje a aquellos faroleros que operaban taciturnos al ponerse el sol cuando el alumbrado aún era de gas.

            Uno de aquellos, el encargado del final de la entonces calle del Bosque -hoy del general Asensio Cabanillas- dio lugar a mi primer recuerdo. Ya lo he evocado varias veces, pero volver a hacerlo siempre me maravilla. No consigo ponerle cara, pero es como si mirando a ese empleado municipal a través de la ventana del colegio hubiese abierto los ojos a la vida. Nunca supe su nombre, por supuesto. Abrir el cristal con una vara equipada al efecto, y luego la espita del gas mediante el mismo instrumento. Todo ello con la parsimonia del que lleva toda la vida haciendo una cosa y sólo le pide al futuro -que ya es mínimo- más de lo mismo. Aquella acción suya de cada atardecer inauguró mi memoria. No deja de ser una paradoja que mi primer recuerdo sea el de un desconocido.

Publicado el 18 de noviembre de 2010 a las 10:00.

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El camino a Brighton

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Trece         

           El destino siempre discurre por extraños vericuetos. Si hace tan sólo quince días me hubieran dicho que iba a conocer el camino del mítico Brighton, lo hubiera imaginado imposible. Como ha de antojársele a cualquiera que no haya tenido en el último verano horizonte más lejano que el de Carabanchel, tal ha sido mi caso, recorrer la ya extinta, e igualmente fabulosa, Ruta 66, que discurrió entre Chicago y Los Ángeles desde 1926 hasta 1985. Sin embargo quiso una extraña suerte, dicha (¿?) para mí, fatal para quien la puso en marcha, que esos fueran los hechos.

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Publicado el 28 de septiembre de 2010 a las 08:45.

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Aborrezco a la gente organizada

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Doce

            A mi juicio, la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano. Los políticos ponen en marcha las guerras y luego ellos no van. Dicen obrar en favor de la comunidad, cuando es harto sabido que sólo les mueven las ansias de poder o de lucro. Nadie como ellos para negar la evidencia y, cuando se trata de cumplir lo que prometieron, su memoria es más corta que la de los peces.

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Publicado el 27 de agosto de 2010 a las 09:30.

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Cumpleaños

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Once

            Hoy cumplo cincuenta y un años y tengo que apuntar que la vida no es ni tan corta ni tan miserable como suelo afirmar cuando las cosas vienen mal dadas. Quién hubiera dicho que llegaría este día hace ahora treinta otoños, mientras soñaba morir con treinta y tres primaveras al hilo de ese cuento de la vida rápida, el cadáver bonito y todas esas tonterías. Afortunadamente nadie me escuchó semejante desatino. No consta en ningún sitio que tuve miedo a la existencia después de la juventud. Ahora todo lo comparo con el impulso que mueve a ese falso suicida adolescente, que abre la espita del gas porque la que le inspira se muestra indiferente, pero se quiere matar coincidiendo con el regreso de sus padres a casa con el tiempo justo para salvarle.

            La vida me fue dada a las cinco menos cuarto de la tarde del once de agosto de 1959 en el hospital de San José de la madrileña calle de Cartagena. Unas veces arriba y otras abajo -en honor a la verdad, casi siempre abajo-, cincuenta y un años después me sigue pareciendo maravillosa. La aventuraría por algunas cosas. Pero entregar deliberadamente el alma -por así decirlo ya que soy ateo-, por nada del mundo.

Publicado el 11 de agosto de 2010 a las 14:00.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

 

 

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Enlaces

-La linterna mágica

-Obra en T&B Editores

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Unos apuntes sobre la aportación de Run Run Shaw a la pantalla internacional

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formetera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del iniferno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Luces y sombras del libro digital

Cuando la musa es una niña

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

Un festival de imágenes

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

La plástica del poder

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Reivindicación de Gustave Caillebotte

Una guía clásica de la ciencia ficción

Impresionistas y modernos

La Feria del Libro de Madrid cumple 75 años

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

Viajes a la Luna en la ficción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALGUNAS RESEÑAS:

Un adelanto de David Lynch, el onirismo de la modernidad en Zenda libros

Una entrada de El Insolidario accesit del Premio Paco Rabal

No halagaron opiniones en La Razón

No halagaron opiniones en El Mundo

No halagaron opiniones en elmundo.es

La nueva era del cine de ciencia-ficción en Lo que yo te diga

La nueva era del cine de ciencia-ficción en elmundo.es

Unas palabras sobre Cuanto sabemos de Bosco Rincón

No halagaron opiniones en Archivo de la Frontera

No halagaron opiniones en Literaturas.com

David Lynch, el onirismo de la modernidad en AISGE

 

 

CORTOMETRAJES:

Pandémica (1985)

El gran amor de Max Coyote (1989) (primera parte) en Youtube

El gran amor de Max Coyote (final)


El gran amor de Max Coyote en la web de RTVE

 

 



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