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Blog de Javier Memba

El insolidario

Protocolos de verano

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Diez     

       De ordinario los días son aburridos, plomizos y desafortunados como en noviembre y en febrero, acaso los meses más tristes del año. Lo normal es que sea invierno. El verano, más que extraordinario, es mentira. Ya ha habido oportunidad de dar cuenta en esta misma bitácora de cómo el estío es un fulgor juvenil, una celebración de los cuerpos gloriosos que se exhiben para la adoración de los demás. Ya maltrecho por la edad y los excesos, me escondo en estos días. Nunca han de volver a verme en bañador. Busco las sombras. Sombras que -vaya evocando a Luis Cernuda-, ya pesan en mi vida más que los cuerpos.

       Una vez más sin vacaciones, este de 2010 no está siendo un verano favorable. Como tampoco lo fueron el del 86 y el del 92. Sin embargo, estoy siendo muy feliz porque verifico la canícula en los protocolos estivales. Leer en la terraza, asistir a la sala de verano en la bienamada Filmoteca o simplemente poner la pantalla reflectora en el parabrisas del coche, cuando cae el sol de plano, me procuran la misma dicha que aquel viaje a Grecia en coche en el 85 o esos grandes agostos en Formentera, los que se fueron entre el 98 y el 2000. Es algo parecido a esos versos que vienen a contarnos cómo una rama puede sintetizar en sí misma la magnitud de toda la primavera. O mejor aún, ese átomo que entraña al Universo entero.

            Y así, encontrando la victoria en la derrota, como los protagonistas de las películas de John Ford, tengo el convencimiento de que, como en el 87, todo ha de enmendarse cuando llegue septiembre. Algo bueno y grande me aguarda en esos días. ¡Qué será de mí el día que deje de crecerme con la adversidad!

Publicado el 8 de agosto de 2010 a las 13:45.

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Elogio de las mujeres que florecieron antaño

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Nueve      

      Salvando las distancias, me pasa lo que a Jeff Beck. Por primera vez en mi vida, mi interés por el jazz discurre en paralelo al rock, del que siempre fui un dogmático, sectario y excluyente. Algún día contaré en esta bitácora cómo también yo fui dichoso con el Ritmo del Diablo. Que el jazz vaya templando mi pasión de otrora, demuestra que el próximo día once cumplo cincuenta y un años.

            Entre las perspectivas que me da la cumbre de mi edad -inevitablemente estoy más cerca de ir al encuentro de La Parca que del día en que vine al mundo- destaca la simpatía -"simpatía", puntualizo, que no amor ni deseo- que me inspiran las mujeres que florecieron en mis tiempos. Don Luis Buñuel, con la lucidez de su mirada, nos habla de la liberación que supuso para él, ya septuagenario, dejar de ser voluptuoso y no querer asomarse al escote de cuanta mujer le atraía.

            Afortunadamente, yo aún conservo el deseo -aunque como el amor al rock mucho más moderado-, pero vengo a hablar aquí de esas mujeres de mi quinta desde ese limbo asexuado del cineasta en su ocaso. Las veo andar por la calle Illescas todo lo arregladas que les permiten sus cuerpos -que como el mío ya empiezan a estar desvencijados- mientras van de la oficina al desayuno, enfrascadas en los asuntos del trabajo, y me inspiran cierta ternura. Comparable, ¿por qué no?, al alborozo que me procuraba el trasiego de dependientas, peluqueras y demás pibas en la media mañana del Paseo de las Delicias, cuando yo era vecino de La Arganzuela.

            "La femme qui est dans mon lit/ n'a plus vingt ans depuis longtemps", decía Moustaki en Sarah. Ya en el bar, mientras los tragos del sol y sombra me queman de nuevo las entrañas, como si quisiera adelantar ese encuentro con La Parca que va estando cada vez más cerca, vuelvo a observarlas dando cuenta de su frugal desayuno. Algunas son capaces de coger los churros con servilleta y otras delicadezas. Pero todas irradian el frescor de una limpieza que va más allá de la pulcritud de su atuendo. Tanto es así que se diría que, no obstante las miserias del trabajo y el medio siglo de vida, aún conservan su pureza.

            Calculo que todas ellas tendrán a alguien que las quiera tanto como yo a Cristina. Alguien que roncará y acaso tendrá deudas. No sé por qué -o si lo sé- me avergüenza seguir bebiendo junto a ellas. Dejo, pues, esperando a esa Camarada Seca que aguarda en el fondo de todas las botellas y concluyo que, incluso al envejecer, la vida es hermosa.

Publicado el 4 de agosto de 2010 a las 02:00.

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En memoria de Julia González

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Ocho

Esta vez, con su permiso, voy a contarles algo muy personal; algo irrelevante en el devenir del mundo, mínimo comparado con los grandes acontecimientos de la época, pero que a mí me toca en lo más profundo.

El pasado quince de junio hizo veinte años, acompañé a una gran dama a la muerte. Fui a buscarla a su casa, subí a un taxi con ella baldada por el dolor y la dejé en la entrada de urgencias de la clínica Puerta de Hierro. Me constaba que, después de haber caminado juntos durante tantos años, ya nunca volvería a verla andar. Pensaba que había sido un placer recorrer el primer tramo del camino a su lado. Era mi madre, Julia González González -viuda de Memba como puntualizaba ella-. Tal día como hoy, cuando el 6 de julio de 1990 moría, yo habría de comprender que, en lo que a mí se refiere, fue muchas más cosas amén de la autora de mis días. Me aficionó a la lectura y a buscar refugio en las películas; me acostumbró a pasear por Madrid y a comer en cafeterías; me infundió el orgullo, paralelamente a la justa creencia de que todas las personas son iguales; me convirtió a su alegría y a su tristeza; me enseñó, sobre todo, cómo se pelea por la vida. A decir verdad, exceptuando sus firmes creencias religiosas -que jamás logró inculcarme-, los cimientos sobre los que se alza mi existencia, fueron levantados por ella.

            Aun siendo una mujer de otro tiempo -de cuando los padres ejercían una férrea autoridad sobre los hijos- en ella siempre tuve a mi mejor camarada, cómplice, amiga. Incluso cuando la negué como a un dios -presa yo de los absurdos afanes de la adolescencia- y blasfemé en nuestro pequeño reino sólo por molestarla, al salir a la calle, el cariño que nos profesábamos mutuamente, era la admiración de cuantos en verdad nos conocían. Todavía me parece ir a llevarle mis artículos con ilusión a la cama del hospital en que la dejaron esperando su final, porque la finada, antes de dedicarse a la enseñanza para que pudiéramos seguir viviendo, también fue periodista. Nadie recuerda ya los reportajes que escribiera en Journal des Voyages, la revista belga para la que colaborara. Eso sí, los que fueron sus alumnos, no la olvidan. Un lustro después, algunos aún me abordaban preguntándome por ella. Tampoco olvido yo su lección postrera, que me impartiera aquella triste tarde de junio del 90, cuando marchó a morirse por el pasillo de urgencias. De hecho, sus consejos siguen siendo la luz que me ilumina en las horas de desaliento. Sé que mi madre hubiese preferido que le encargara una misa, pero como sigo sin frecuentar la iglesia, va a su memoria este texto -escrito a imitación del buen español que hablaba ella-. De poder leerlo comprendería que, aunque todo sigue estando indeciso, su hijo sigue al pie del cañón, sin cejar en el combate por la vida.

 (Aparecido originalmente el quince de junio de 1995 en el diario El Mundo)

Publicado el 6 de julio de 2010 a las 18:30.

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Elogio del artificio

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Siete

            Inmerso en mi monstruosidad, no sé si estimo o no el artificio. Dado mi afán de ficción, en la que todo lo es, cabría pensar que sí. Pero a veces lo he negado para denostar ciertas obras. Empiezo a comprender que lo hice por antipatía hacia sus autores. Es una necedad criticar la creación cinematográfica o literaria por artificiosa.

            Y cuando hablaba de fotos, de instantáneas puras, además de ignorar que la fotografía, desde los primeros daguerrotipos, es una de las manifestaciones artísticas más dadas a la manipulación, no había descubierto las posibilidades de famoso Photoshop.

            Todo parece indicar que sí, que me complace la artimaña. No valoro especialmente la sinceridad, el último que me hizo una faena dijo hablarme con el corazón en la mano. Aborrezco a la gente sencilla, prefiero la comida industrial a la casera y, plenamente convencido de que la ciudad es el hábitat natural del ser humano, quiero que Madrid llegue hasta El Tirol.

            Pienso en el artificio al evocar el magnetismo que han ejercido sobre mí desde siempre los maniquíes, presos en sus escaparates, esas vitrinas de ese paisaje urbano que ha sido el mío desde que abrí los ojos.

Publicado el 25 de junio de 2010 a las 21:45.

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La rutina de los aparatos

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Seis

El día comienza cuando enciendo el ordenador, aún con las pupilas haciéndose a esa luz de la nueva mañana que pone fin a los fantasmas de los recibos que tengo que pagar, que inexorablemente me abruman en las vigilas que interrumpen mi sueño. Hace ya tantos años que tengo la vista cansada que sólo hay un acto anterior a la comparecencia ante mi primer y más querido aparato: ponerme las gafas. Modelo ya antiguo y con más programas de los que debería, el encendido es un proceso lento. Mi Fujitsu Siemens necesita un tiempo para ponerse en marcha, que yo empleo en volver a mirar a las musarañas o en recordar a gente que dejé de ver hace veinticinco años. También en mi vida, como dice Cernuda, las sombras empiezan a pesar más que los cuerpos.

Quince o veinte minutos después, cuando vuelvo frente a la pantalla -la más querida de las cuatro en torno a las que transcurre mi vida cotidiana por ser toda una ventana al universo- es un verdadero alivio que el encendido haya sido satisfactorio. Dependo tanto de mi ordenador como David Bowman, Frank Poole y el resto de los tripulantes del Discovery de HAL 9000 en 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Pero a mí nunca se me ocurriría desconectarlo. Antes al contrario. Desde estas líneas hasta las películas que veo sistemáticamente, todo pasa por tan querida pantalla.

Pocas cosas me satisfacen tanto como verificar la rutina, la cotidianidad, mediante los aparatos. Y es tan reconfortante lo rutinario, que todo siga igual, como acostumbra ser fatal lo extraordinario. Desconfío de quienes abominan de las máquinas tanto como de quienes nos proponen la vuelta al mundo rural y a las labores del campo. La ciudad es el hábitat natural del ser humano.

Cuando aún entraba en casas ajenas, había algo que no me gustaba al llegar de visita y ver que no estaba en hora el reloj del vídeo o cualquier otro abandono electrónico. Como tampoco me gustan quienes nos dicen que hay que reducir la calefacción para que el planeta no siga cayéndose a pedazos. Es Góngora quien escribe sobre el buen brasero y las patrañas.

Amo a mis aparatos tanto o más que a esos recuerdos a los me entrego mientras se enciende el ordenador. Es tan grande mi sintonía con esa tecnología doméstica, cotidiana, que el último revés que me dio la vida -el último de los grandes- se me anunció por una actualización del antivirus de mi Fujitsu que no acababa de cargarse. La semana pasada se me torció por unos DVD que no se me grabaron y un mando a distancia que no responde puede arruinarme un día entero. Un auténtico calvario.

Publicado el 1 de junio de 2010 a las 13:45.

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La imagen y las mil palabras

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            Cinco

            Aquello de que "una imagen vale más que mil palabras" no reza para mí. "La imagen y las mil palabras" apostillaría yo. Como cualquiera que frecuente estas páginas sabe, la retórica en torno a la imagen fílmica es uno de los principales argumentos de mi obra.

            Otro de los grandes placeres que me proporciona esta escritura digital, también he de confesar, es poder acompañar mis textos con mis fotografías. Algo que hasta ahora raramente me fue dado. Y no es que aún conciba la fotografía como alarde. Lejanos ya los días en que hacer fotos fue para mí un deseo de exhibición, frustrado porque apenas he dado mis clichés a conocer, he comprendido el verdadero valor de la fotografía, que no es otro que el que surge en la primera apreciación: dejar constancia de un momento para la posteridad.

            Tanta grandeza no desmerece en modo alguno el pie de foto. La que ilustra este texto fue tomada el cuatro de agosto de 2009 en Formetera y muestra a Cristina en el Platé, mi favorito de cuantos bares conozco. Recién llegados, yo estaba sin dormir. La noche anterior se me fue escribiendo los pies de las ilustraciones de mi Vinilos rock español. Fue tomada con una Canon Power Shot A540, mi cámara digital. No por ella he renunciado a mis viejas Yashica analógicas. Aún me gusta escribir la palabra "cliché" y pasar la noche revelando con Dokumol. Permítaseme por tanto que anote que dos de las tres fotos del Chiado lisboeta, que ilustran el post de El libro del desasosiego, están viradas al selenio y que las de los primeros Textos rápidos fueron tomadas con película infrarroja.

            Me recuerdo hace treinta y tantos, lector de revistas como Arte fotográfico y Photo, ávido de los nombres de los nuevos papeles y emulsiones, y me dejo llevar, no ya por la retórica en torno a la imagen, sino por algo tan prosaico como los datos técnicos de la instantánea, que también forman parte  de esa legión de palabras que proporcionan tanto placer. ¿Habrá alguien que aún se acuerde de la F22 de Valca, una película negativa de 100º asa y 21 din, muy económica y apta para casi todo? ¿Y de aquellos papeles de Negra, el Clorene y el Portrene, mucho más cálido este segundo, que tanto utilicé? ¿Qué fue del Acuspeed y de aquellos reveladores líquidos de Paterson que gastaba a comienzos de los años 80?

            Si no fuera por el agrado que me causa evocarlos, diría que mi recuerdo de aquellos productos fotográficos es tan inútil como mi pericia con las viejas moviolas cinematográficas. Son técnicas caídas en desuso hace ya muchos años. Pero su recuerdo es tan grato como el olor a fijador.

Publicado el 25 de mayo de 2010 a las 01:15.

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Yo no hago deporte

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Cuatro

            Unos por gregarios, otros por absurdos, a mi no me gustan los deportes. Ni el trabajo en equipo, ni correr tras pelotas, ni el esfuerzo en aras de una meta, a no ser que ésta sea dar con la cabeza en un pesebre, o mejor aún: contra un muro. Nada de eso va conmigo. He nadado, bien es cierto. Pero por motivos terapéuticos, una vieja lesión que me dejaron los tres mil folios que escribí con mi Olivetti Letrera 35. Es más, admitiré el placer que me proporcionaba meter la cabeza bajo el agua en cada nueva brazada y sentirme aislado del mundo. Ensalzo el boxeo -que concibo como lucha, no como competición- por enojar a los progres y a los pacifistas. Pero, incluso con el carácter sin formar aún, contadas fueron las patadas que di a un balón de niño. Ya entonces, hacer deporte, me parecía la forma más rápida de romperse un hueso. No obstante la cantinela del "contamos contigo".

            Me jacto de no haber hecho deporte en la vida. Y me jacto también de no haber militado jamás en organización alguna y de que ni siquiera se me haya pasado por la cabeza acudir a una manifestación. Fui, eso sí, un rebelde de salón al uso de mis días, que decía interesarse por la redención de los pobres, la enmienda de la injusticia y la tediosa canción protesta. Majaderías de juventud de las que sólo me queda un sincero ateismo y un convencimiento, aún más enraizado, de que el deporte obedece a ese "pan y circo" que hay que darle al pueblo -del que por supuesto me excluyo- del que nos habla Juvenal en su Sátira X (81).

            Aborrezco el fútbol con todo mi ser. Pero no más que al resto de los deportes. No diré aquello de mucho músculo y poco cerebro. Así que hoy escribo indignado ante las hinchadas de Milán y de Munich -no sé el nombre exacto de los equipos- que han campado por Madrid este fin de semana. Salvo vociferar como energúmenos y beber cerveza -que diferentes sus borracheras de mi autodestrucción- no les vi a hacer nada malo. Pero no hay que discurrir mucho para apuntar que el fútbol es un sustituto de la guerra, ya se llama "héroes" a los campeones. La eterna rivalidad entre las comunidades simplificada. Eso es el fútbol.

            Como a cualquier otro misántropo, me crispa ver a las masas -siempre tienen trazas de hordas dispuestas al linchamiento- y más si están enardecidas por el fútbol. Habrá que recordar que los neonazis surgieron en las hinchadas futbolísticas.

            La pesadilla no ha hecho sino empezar. Volverán los gritos por los goles. Volverá la histeria colectiva y será más exaltada. Ya han quedado atrás los días en que éramos rebeldes de boquilla y estaba mal visto el fútbol.

Publicado el 23 de mayo de 2010 a las 13:15.

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El pensamiento fácil

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Tres

            El pensamiento fácil, por así llamar a todo eso que va de la conciencia ecológica al torpe aliño indumentario -pasando por la creencia absoluta en la bondad infinita de los pobres e ir los domingos con el niño al hombro a las manifestaciones-, me carga. No soy rico. Es más, mi vida es un debate constante con las deudas. Pero aguanto mi propia desdicha sin premios ni subvenciones, que son siempre para los profesionales del buen rollito. Los hay que cobran, y muy bien, por mostrar su solidaridad con los pueblos supuestamente oprimidos. Antes muerto que gregario, a excepción de con Cristina, mi esposa, no tengo nada que ver con nadie. No me gusta dejar mis cosas ni tener gente en mi casa. Ninguna causa es la mía. Por eso soy un insolidario, un proscrito, inexorablemente inadaptado.

Publicado el 14 de mayo de 2010 a las 12:15.

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Reescuchar a Brel

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Dos

Reescucho estos días a Jacques Brel con motivo de unos textos sobre Bruselas que preparo y comprendo la verdadera dimensión de su obra -sería poco apuntar "canción"-, solamente atisbada cuando me interesé por él por primera vez. Compré mi primer disco del Grand Jacques -vaya evocando el título de una de sus piezas- en 1978. Fue el recopilatorio que se editó cuando la Camarada Seca se lo acababa de llevar, tan prematuramente: Sólo hubo un Jacques Brel. Entonces, para mí, la canción francesa -francófona por mejor decir- se reducía a Moustaki: mucho más accesible. Los crescendos del Grand Jacques me desconcertaban. Así que me quedé únicamente con Ne me quitte pas, que, como todo el mundo sabe, es una de grandes canciones de amor de la historia de la Humanidad. Pero mi primer acercamiento a este gran artista fue tan prematuro como su muerte.

Hace diez años, cuando adquirí mi primer compacto del Grand Jacques, me conmovieron en lo más profundo de mi ser dos temas: Les vieux y Mon enfance. Aquél por esa imagen meridiana de la senectud, que he podido ir comprobando en mis ancianos: no hablan y van de la ventana a la cama. De Mon enfance me cautiva esa idea de asociar la infancia al Far West que, amante del western por encima de todas las cosas, me toca tan de cerca. Ahora me quedo con el Brel de Jeff intentando que su amigo deje de hacer el ridículo como sólo lo hacen los borrachos. Canción francesa de mi juventud

Publicado el 13 de mayo de 2010 a las 08:00.

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Recuperar la calma

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Uno

            Hay algo en lo cotidiano que es sublime y, desde luego, me salva la vida. Quiero recuperar esa grandeza de los libros que me aguardan abiertos junto al ordenador en las mañanas que suceden a las noches en que duermo sosegado. Quiero recuperar el equilibrio perdido en los últimos días. Lucho contra ese otro yo que habita en mí y es mi peor enemigo. Hubo un tiempo en que decía, evocando uno de los sonetos del gran Blas de Otero, que escribía como escupo, contra el suelo. Era retórica, fulgor juvenil. En realidad es todo más sencillo: escribo para expresarme. No por pedantería. Estas notas me salvarán la vida. Pobre de mí. Yo no soy quién para consignar su nombre. Pero si se me permite, citaré a Pessoa, a los asuntos de su desasosiego, puesto a hablar de eso sublime de lo cotidiano. Esta será mi cita diaria.

Publicado el 12 de mayo de 2010 a las 08:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

 

 

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Enlaces

-La linterna mágica

-Obra en T&B Editores

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Unos apuntes sobre la aportación de Run Run Shaw a la pantalla internacional

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formetera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del iniferno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Luces y sombras del libro digital

Cuando la musa es una niña

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

Un festival de imágenes

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

La plástica del poder

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Reivindicación de Gustave Caillebotte

Una guía clásica de la ciencia ficción

Impresionistas y modernos

La Feria del Libro de Madrid cumple 75 años

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

 

ALGUNAS RESEÑAS:

Un adelanto de David Lynch, el onirismo de la modernidad en Zenda libros

Una entrada de El Insolidario accesit del Premio Paco Rabal

No halagaron opiniones en La Razón

No halagaron opiniones en El Mundo

No halagaron opiniones en elmundo.es

La nueva era del cine de ciencia-ficción en Lo que yo te diga

La nueva era del cine de ciencia-ficción en elmundo.es

Unas palabras sobre Cuanto sabemos de Bosco Rincón

No halagaron opiniones en Archivo de la Frontera

No halagaron opiniones en Literaturas.com

David Lynch, el onirismo de la modernidad en AISGE

 

 

CORTOMETRAJES:

Pandémica (1985)

El gran amor de Max Coyote (1989) (primera parte) en Youtube

El gran amor de Max Coyote (final)


El gran amor de Max Coyote en la web de RTVE

 

 



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