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España es el segundo país de Europa con mayor club de alternes por metro cuadrado por detrás de Alemania. El negocio más antiguo del mundo, en crisis como el resto de la economía española, genera miles de millones de euros en una España que se presupone moderna y en la que la prostitución sigue generando tabús, miedos y alguna que otra mano sobre la cabeza de algún que otro ciudadano y ciudadana.
Irremplazable y si me lo permiten solo comparable al negocio de la muerte, el sexo es uno de las empresas mejor pensadas del universo. No es de extrañar que, pese que algunos burdeles han perdido clientela, otros vean aumentada la misma debido a que, como en todo, los sueldos han bajado pero el precio que pagan los clientes se mantiene o incluso se ha incrementado por aquello de la subida del IVA.
El mismísimo ‘New York Times’ publicaba hace apenas unos días un reportaje en el que hablaba de España como un “paraíso de la prostitución” en el que jóvenes europeos cruzan la Junquera con el ánimo de encontrar carne fresca y barata con la que satisfacer sus deseos a un precio que, acorde con el sueldo de sus respectivos países, se asemeja con el de tomarse una hamburguesa en alguna conocida cadena de comida rápida.
Sexo rápido, sin preocupaciones, barato y encima legal, vaya chollo. Reza el artículo del famoso rotativo estadounidense en el que se deja claro que la mayor parte de las chicas que se prostituyen en España lo hacen obligadas y por sueldos míseros que no se corresponden con lo que, a las que aceptaron ofrecer su cuerpo a cambio de dinero y de una forma libre, les entendieron que les iban a dar mucho antes de pisar la tierra de Cervantes.
Como el españolito de a pie que ve recortados muchos de sus derechos a consecuencia de la crisis, las profesionales del placer son las que están padeciendo los efectos de una crisis que como en el resto de la economía la paga el último de la fila. Ni los dueños de los clubes ni los proxenetas están viendo recortada una tarta en la que en muchos casos han crecido las porciones gracias al boom de un turismo sexual en el que jóvenes de mediana edad de países como Francia, Italia o Alemania llegan a España con ‘paquetes vacacionales’ en los que se ofertan entradas para pasar horas de placer.
La parte triste se la llevan aquellas mujeres que ofertan su cuerpo a 20 euros la media hora o que son obligadas a hacerlo a cambio de no matarlas. Esa economía sumergida, en la que en muchos casos hay paraísos fiscales ocultos, es la misma que ahora cuenta con una Ley de Amnistia Fiscal; tan criticada por unos y alabada por otros.
La misma España que vende una imagen de abstinencia durante las celebraciones de Semana Santa y que tiene durante las noches su particular pasión escondida en los hoteles que se agolpan a un lado y a otro de la carretera. La España de la doble moral en la que muchos juegan a ser padres ejemplares y ‘puteros’ con los amigos. La que deja que reportajes como el del New York Times pasen desapercibidos, no vaya a ser que se nos vea el plumero y parezca que los que vienen de fuera no lo hacen para ir a ver los toros a Las Ventas, sino para contemplar otro tipo de monumentos por poco culturales que estos sean.
Publicado el 8 de abril de 2012 a las 18:45.

