Segobriganos de pura cepa
Archivado en: Patrimonio, Segobriga
Tengo un par de amigos -siempre pensé que lo eran y que lo son, aunque ya sabe que los ríos que van a dar a la mar a veces nos llevan por caminos bien diferentes- de esos con los que haces risas a la mínima a base de llamar al pan, pan y a lo de beber, un chato. Vamos, de "hacer un traje" al primero que pase por allí.
Pues me acordaba yo estos días de otros momentos no tan lejanos en el tiempo (eso querría yo) en los que girábamos nuestro punto de mira hacia lo que llamábamos "los culturetas".
Esa era una especie local de afectados con pose exagerada a los que te encontrabas en incipientes teatros rehabilitados (de gañote), algunas exposiciones (a recoger el catálogo) y documentados a base de recortes de revista especializada (tenían un primo que vivía cerca de Ópera que se las compraba) que desde su boca apoyada en el hombro se permitían aleccionar al prójimo.
A varios de ellos les sirvió el esfuerzo y se atrevieron después a poner en sus tarjetas de visita (hay que verlas) títulos como "crítico", "especialista" o "historiador", aunque todos sepamos que nunca acabó la carrera.
Vamos, que se incorporaron con contundencia a esa elite y hoy siguen presentes en primera línea de cuanta actividad "cultural" se celebre (de gañote, con catálogo o libro gratis y suscritos a la publicación oficial), muy cerquita del cargo público que organiza, si no son ellos mismos los que cortan la cinta.
Sólo ha cambiado que ahora, con sostenerles la mirada pierden toda esa arrogancia que les envuelve. Esa recua es la misma que entre abrazos al Acueducto (tengo opiniones encontradas sobre el acto, aunque sí le digo que la canción esa imposible en su escala del "cumpleaños feliz" me ha parecido siempre ridícula, más si se le canta a una piedra) se hace el loco ante dispendios de dinero o incluso errores de bulto, aunque sean inadmisibles.
Si. Estoy cabreado por ser "Segobrigano" por la gracia de Claudia de Santos y sus 5.000 ejemplares dedicados a los niños que me ha dejado sin autoridad moral para corregir a mi hijo cuando me suelte que Mérida viene de Emérita Augusta; Huelva, de Onuba Aestuaria y Segovia, de Segobriga. "Si lo pone en este libro", me dirá la sangre de mi sangre haciéndome sangrar y subrayando que lo ha escrito la concejalía de Patrimonio, que si fuera la de Hacienda sería más comprensible pensar en un error de esos (sin necesidad siquiera de hacer referencias al concejal titular).
Me cabrea, sí, que el departamento municipal dedicado a cuidar, proteger y promocionar nuestro legado histórico meta así la gamba y traslade el Acueducto ¡a Cuenca!; me saca de mis casillas que la política sea la de mantener y no reconocer y enmendar; me desquicia que aquellos culturetas de antaño se limiten a sonreír mientras se colocan bajo el brazo el ejemplar erróneo, casi seguro que sin pagar los seis euros (p.v.p.) -por cierto, De Santos no aclara cuanto ha costado la tirada-; me enloquece observar el silencio cómplice de los que llenan papeles de letras hasta que se agota el hueco; y me alucina el silencio de los políticos que no gobiernan.
Y dirá usted que esta polémica es de la semana pasada, pero es que me dura el mosqueo hasta hoy y se incrementó cuando oí la memoria de la Academia de San Quince, en la que se da un repasito serio -aunque camuflado en mitad de un denso discurso- a la política que se ejerce sobre el Patrimonio desde las administraciones, pero se subraya de un modo mucho más clarito la absoluta dependencia que tiene el organismo de las mismas entidades para sobrevivir económicamente...
Pues venga. Dediquémonos a dar besos y abrazos a las piedras a la vez que pateamos la historia inventando hasta los nombres antes de cascar 20.000 watios de sonido en pleno Azoguejo, por ejemplo.
¡Segóbriga!, ¡Viva Segóbriga! (la de las voces de gesta).
Publicado el 20 de octubre de 2009 a las 10:30.


