Las formas y las personas
Archivado en: Glen Murray, Muces
No soy un tipo al que le guste mucho hablar de la ciencia de la psicología, pero debe ser porque a veces me luce la prudencia –¡como lo oye!– y como no la entiendo, me callo, no porque desconfíe de su validez. Así qué me disculpará si no cito autores y sentencias magníficas a la hora de escribir estas líneas.
Es lo que tenemos los poco cultivados: que somos llanos y así, si nos encontramos con un ser humano incapaz de dosificar el poder que ostenta (mayor o menor, merecido o no, que en eso no me meto ahora), dirigido en sus acciones por el temor de poder equivocarse y por tanto, arbitrario; desmedido en sus respuestas y pendiente siempre de que le reconozcan el carácter de jefe, aunque eso ya debiera estar más que claro, no buscamos términos técnicos. Prepotente nos vale.
Murray -Glen, ya sabe, ese numismático que ha hecho más por la Casa de la Moneda y por Segovia que otros prohombres más reconocidos y que ha sido el azote de seis Corporaciones, que yo recuerde– se quedó sin entrar en la fiesta del cine organizada con motivo de la Muces. Me dicen que fue un caso único.
El guiri, más de Segovia que las amapolas que crecen cerca de su casa y más incardinado en la sociedad local que algunos "cristianos viejos", acudió a aquella celebración de acompañante de una invitada incluida al parece en la selectísima lista.
Ella pasó, pero él no, sin que la persona que ejercía el control en la puerta o el mismísimo jefe de Gabinete de la Alcaldía pudieran, al parecer, dar más explicación que la peregrina ausencia de invitación -mire, lo normal es que un "pase" sea para el nominado y su acompañante, salvo que se estén aplicando nuevas tendencias de esas chupi guay y lo de ir acompañado no se lleve- dejando así flotar libremente el poso ese de la existencia de una orden rabiosa de autoridades de más rango.
La gente, que es muy mal pensada. Bueno, eso y el inquieto Murray que contó su historia a cuanto invitado con derecho real de paso se acercaba por allí. Eso me han dicho, que reconozco que me perdí el sarao por lo que ya aprovecho y me disculpo ante el trabajador Eliseo de Pablos (y abochornado, me dicen también).
Si me pongo a contarle esto no es porque estemos ante un hecho aislado, que no son pocos los desplantes gratuitos -y los tenemos muy cercanos por aquí, ya se lo conté en el papel- que proporciona graciosamente quien se muestra incapaz de diferenciar el trabajo que desarrolla -habitualmente tasado en el tiempo, esperemos que nunca vitalicio- de su propia personalidad, que esa sí, dura para siempre.
Los más divertidos son los del coro de fieles, siempre dispuestos a ofrecerse como escudos. Me recuerdan a mi, que soy del Atletico de Madrid (un problema que me viene de infancia y que probablemente también sea digno de algunas sesiones de diván) y aún defiendo el juego que hace el equipo. Ya sabe, le llaman El Glorioso.
Publicado el 23 de noviembre de 2009 a las 18:15.


