Archivado en: Lotería Navidad
Mire qué horas son y aquí estoy. Me he puesto a escribir porque he hecho el primer intento de meterme en la cama para dormir, que este miércoles es día de escuela, pero no ha habido forma: Todo el rato dando vueltas a la cosa. Qué si me toca el gordo paso la Nochebuena en Nueva York, viajando en primera y sólo un rato después de mandar a paseo con mala leche al director ese de mi entidad bancaria, el que me negó el crédito y un poco más tarde de ajustar las cuentas con el jefe de turno que no me diga usted ¡qué gusto sólo pensar que le levantas el dedo en la cara...
Lo de la lotería de Navidad es una de esas cosas especiales que uno no sabe bien por qué lo son: Suena a rancio, a España de después de la guerra. Si quiere hablamos de ello este miércoles, después de que salga el paisano desdentado, pero recién forrado, en el telediario de las tres diciendo que va "a tapar unos agujeros" con la billetada.
Pero también está lo de los niños esos de San Ildefonso, que tras esa imagen virginal y bien mirado, es repelente, que imagínese la cantinela en casa los días previos y el pavo con el que andan por el colegio.
El pago, en números reales, es escaso si se compara con cualquiera del puñado de loterías que se celebran cada día; si te toca y te descuidas, va y se entera el barrio entero, ¡Con lo malas que son las envidias! y encima, como andes torpe, puede tocarte un decimillo y acabar debiendo dinero, que te lías, te lías y al final...
Pues pese a todo, la mañana informativa se parará este miércoles para escuchar en la radio comentarios de puro relleno (ya me dirá usted qué se puede comentar, más allá de los tópicos, en un sorteo) con el fondo del niño repelente dando cuenta de miles de premios insulsos hasta que por fin salen los buenos, que es el momento estelar del desdentado de los agujeros. Hecho el día.
Me estoy torciendo, que no quiero aguarle la ilusión, sobre todo porque yo la tengo también (tiembla director de no sé qué, más director que yo, que tanto me das la coña día tras día) y si es necesario me arranco dos o tres dientes antes de que vengan los de la tele y los fotógrafos.
No, no es que juegue demasiado. Lo normal: las participaciones que me ha vendido el niño con recargo para que sea yo el que pague dos veces el viaje de fin de curso; las de los diez bares que tengo como habituales (siempre para tomar café, no se confunda); las que intercambio con mi cuñado, ese del que hablo todas las navidades y que en esto, dice que intercambiar cinco euros es poco, que mejor el décimo entero... ¡Uf, qué mal me cae!; el pastizal jugado en el periódico y el de esos sitios que "cómo no voy a llevar de aquí", yo qué sé por qué extraño mecanismo cerebral...
Vamos que otro año que caigo en la cuenta en una noche como esta de que podría llevar una semana en Nueva York flipando con las luces, recorriendo Manhatan en limusina de esas largas y comiendo como un poseso, eso sí, sin cuarenta décimos y participaciones en el bolsillo.
Qué raros somos. Yo por lo menos. Alguien me dijo hace unos días que soy arisco, que con los años pierdo el humor (si es precisamente con esa persona con la que recupero la chispa) y que no me río, pero yo quise tranquilizar las cosas argumentando que es transitorio, que estoy nervioso ante el sorteo, que encima es cierto.
A ver: Suerte en lo del sorteo, pero piense que sólo el trabajo honrado dignifica y el dinero ganado en el juego... ¡Cáscaras, que pedante y falso a la vez que soy! Que decía que suerte, que si no cae, pues más fortuna le deseo para 2011 y que si no, siempre nos quedan las comilonas y bebilonas pendientes en estas fechas de solsticio de invierno celebrado a todo trapo para ayudar a llegar a medio enero. Y ya está.
No sé cuántos millones de peeeeee setas. Ah, no, que son euros. ¿Ve como invita a lo rancio?
Publicado el 22 de diciembre de 2010 a las 01:45.

