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Blog de José Luis Gutiérrez Muñoz

Sonrisas de colores

Soni, Roni y Jeni

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Nadiad, 4 de noviembre de 2008

Soni, Roni y Jeni son tres hermanos que viven en Matruchhaya desde que murió su madre, hace nueve años. El padre hace unos meses que ha muerto, luego ahora son totalmente huérfano, pero son muy mayores para poder ser dados en adopción. Soni, el más pequeño, tiene once años, Roni doce, y la mayor, Jeni, tiene ya quince, aunque ninguno de ellos aparenta esa edad. Parecen menores.

El padre se vio obligado a dejarles en el hospicio, porque no podía atenderles. Ya entonces el hombre estaba enfermo, y tras la muerte de su mujer, tuvo que ser asistido por su madre, la abuela de los niños. La señora quería atender al hijo y a los nietos al tiempo, pero resultaba imposible, la mayoría de los días ni siquiera conseguía algo que darles de comer. Aceptó que se llevaran a sus nietos al orfanato, y se quedó sólo al cuidado del hijo.

El año pasado conocí a esa brava mujer. Vino a Matruchhaya con la intención de llevarse a los nietos a su aldea, para pasar con ellos el Diwali. La directora de Matruchhaya le rogó que no se los llevara. Le explicó que un grupo de universitarios españoles habíamos venido para trabajar con los niños, y le dijo que Jeni, Roni y Soni estaban disfrutando y aprendiendo mucho.

En ese momento fue cuando la directora me llamó, y me presentó a la abuela. Era una mujer muy pequeña y delgada. Tenía la piel muy morena y arrugada. Si estuviéramos en España hubiera calculado que tendría más de ochenta años, pero aquí me resulta difícil hacer ese tipo de estimaciones.

Por medio de la monja, le dije que tenía tres nietos encantadores, a lo que ella asintió, dando a entender que ya lo sabía, y les pasó la mano por la cabeza uno a uno, en un gesto de enorme ternura. Finalmente consintió que los niños se quedaran en Matruchhaya, y regresó a casa sola; pero antes, cada uno de los tres nietos se agachó hasta tocar con las manos los pies descalzos de la abuela, y después se llevaron la mano a la frente, un gesto de respeto, reservado en la India para gente venerable.

Me dio pena que la abuela se marchara sola, aunque creo que se fue contenta por haber visto a sus nietos, y haber comprobado que estaban bien. Tras su ida, la directora de Matruchhaya me explicó que, aunque no estuviéramos nosotros, hubiera tratado de convencer la al mujer de que no se llevara a sus nietos, porque alguna vez que se los llevó por unos días, los niños volvieron hambrientos y llenos de piojos.

Cuando finalizaron las vacaciones del Diwali, poco antes de nuestro regreso, acompañamos a su centro a los pocos niños y niñas de Matruchhaya que estaban escolarizados en internados fuera de Nadiad. Roni y Soni pertenecían al internado de Amod, un lugar que yo conocía bien, porque en él estuvieron internadas durante muchos años mis hijas Roshní y Chandrika. Según nos acercamos al internado, Roni y Soni empezaron a llorar, y ya no pararon de hacerlo hasta que nos despedimos de ellos, después de haber visitado el internado, solo que en el momento del adiós, intensificaron el llanto.

Ello pese a que no son niños que lloren con facilidad. La situación me resultaba familiar, porque también Roshní y Chandrika se quedaron llorando las dos veces que finalizamos nuestra visita llevándolas de vuelta al internado. Es natural. En ese momento finalizaban sus vacaciones, y se despedían de nosotros. Pero además, el internado de Amod es uno de los lugares más pobres y austeros que he conocido. Nada había cambado en diez años.

Una habitación grande, absolutamente vacía, sin camas, mesas ni sillas, servía de dormitorio, comedor y aula a un tiempo. Allí los niños duermen en el suelo, sobre una especie de mantas que durante el día guardan enrolladas. Las clases las reciben en el suelo, sin sillas ni pupitres, y en la época de mis hijas, en lugar de cuaderno y lápiz, utilizaban una pizarrita sobre la que escribían con una especie de tiza fina y dura. Por supuesto, también comían sobre ese mismo suelo. Una auténtica sala multiusos. Por eso digo que me parecía razonable que los niños llorasen al regresar allí, después de haber pasado unos días de vacaciones en Matruchhaya, que comparado con aquello es un hotel de lujo.

En esta ocasión Roni ha estado sólo un par de días con nosotros, pues al tercero, le aparecieron unas llagas en las manos y los pies, y la directora de Matruchhaya, asesorada por un médico, rápidamente decidió apartarlo del resto de los menores para evitar contagios. Habló con un pariente de los niños que vive cerca de Nadiad, y logró convencerle para que se lo llevara hasta que la medicación hiciese su efecto, y pasase el riesgo de contagio.

La directora me comentó que estaba muy descontenta con el internado de Amod, y que por ello estaba sacando de él, y también de los demás internados, a todos los niños y niñas de Matruchhaya. De hecho, ya sólo quedan Roni y Soni en Amod, y Sima en otro internado, y su intención es escolarizarles en Nadiad el próximo curso, y que vivan en Matruchhaya.

El problema de Roni al parecer no era nuevo. Me dijo que se debía a falta de higiene en el internado. -Allí no tienen agua caliente, y yo creo que los niños se lavan muy poco en invierno -afirmó la monja. Echamos de menos a Roni, espero que regrese a Matruchhaya antes de que finalicen las vacaciones, y todavía tengamos tiempo para disfrutar de su compañía durante unos días.

Publicado el 4 de noviembre de 2008 a las 13:00.

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De cine

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Nadiad, 2 de noviembre de 2008

Este año hemos traído desde España colores especiales para pintar sobre tela. Por eso, dos días después de nuestra llegada a Matruchhaya, fuimos a Ahmedabad y compramos camisetas para todos. Les explicamos lo que queríamos hacer, y les pedimos que dibujasen sobre papel, lo que deseasen que apareciese en su camiseta, y que incluyeran su nombre. Salieron bocetos muy interesantes, y al día siguiente empezaron a pintar directamente sobre su prenda. Los pequeños ya las han terminado, pero las niñas mayores, muy meticulosas, todavía tendrán que dedicarle un par de sesiones más.

A mi me gusta especialmente la que está pintando Veronika, con unos soles amarillos preciosos; aunque reconozco que tengo debilidad por esta niña, que a pesar de estar casi ciega, trabaja con una alegría y un entusiasmo asombrosos. Veronika ha perdido por completo la visión de un ojo, y en el otro le queda sólo un veinte por ciento. Bueno, eso es lo que nos dijeron el año pasado, pero yo creo que este año ve menos.

Los médicos piensan que se quedará completamente ciega, por eso está escolarizada en un colegio para invidentes, en régimen de internado. Sólo regresa a Matruchhaya por vacaciones. El año pasado la acompañamos el día que se reincorporó a su internado, tras las vacaciones, y se la veía contentísima. Nos lo enseñó todo, nos presentó a sus amigas y a sus profesores, y se despidió de nosotros con unos besos, sonriente, y sin derramar una sola lágrima. Veronika es una niña feliz.

Los más mayores ya han empezado a colorear el mural de este año. Hemos partido de unos bocetos que elaboró Fátima en Madrid, aunque aquí se han enriquecido con motivos florales dibujados por las propias niñas de Matruchhaya. Queremos hacer que participen en este trabajo el mayor número posible de menores, lo que organizativamente es complejo.

Esta mañana nos hemos ido al cine con todos ellos, y con sus cuidadoras y alguna monja. Unos diez minutos caminando desde el orfanato. Además de las cuidadoras, cada niña mayor llevaba a su cargo a algún pequeño. Da gusto ver lo bien que se organizan en Matruchhaya. El año pasado hicimos esto mismo. Aquella era la primera vez en su vida que entraban en un cine.

La película del año pasado fue una historia de amor preciosa. A mí me encantó, aunque probablemente los más pequeños no la llegaron a comprender. Tal vez por eso, este año han elegido una comedia. A nosotros nos ha resultado aburrida, porque no comprendíamos los diálogos (en hindi, sin subtítulos), pero nuestras niñas y niños de Matruchhaya se han reído mucho. Por supuesto, Veronika formaba parte del grupo, y al finalizar, me ha dicho que le ha gustado mucho.

 

 Sanguita

Publicado el 2 de noviembre de 2008 a las 12:15.

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En la basura

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Nadiad, 31 de octubre de 2008

Cuando paseamos por los alrededores de Nadiad, lo miramos todo sorprendidos; también ellos nos observan como si fuéramos extraterrestres. Por aquí no debe de pasar ni un solo turista, y la única visita extranjera que reciben en todo el año debe de ser la nuestra. Los ojos azules de Nacho o de Fátima les sorprenden; también el pelo de Ana o de la propia Fátima les maravilla. Son amables miradas de asombro recíproco. Por ejemplo, jamás imaginamos que alguien pudiera dedicarse a recoger excrementos de vaca, para venderlos. A menos de cincuenta metros del orfanato hay una señora que colecciona boñigas. Las recoge de los alrededores, las amasa, las da forma de torta, las pone a secar al sol, y luego las vende como combustible para cocinar. Algunas veces la he visto pasar con una pila de tortas secas sobre la cabeza, supongo que para venderlas.

También resulta llamativa la cantidad de basura que hay en el entorno del orfanato. No obstante, desde hace unos años, hay unos grandes contendores metálicos, cuya finalidad es que no se arrojen los desperdicios diseminadamente por cualquier lugar. La verdad es que nunca he visto retirarlos o vaciarlos, a lo sumo, cuando están llenos, alguien los prende fuego. Generalmente son punto de atracción de vacas, perros y ratas; aunque también he visto a mayores y niños hurgando dentro de ellos. Da la sensación de que han sido diseñados para ser utilizados de este modo. El humo que sale de ellos, cuando les prenden fuego, junto con el polvo de los caminos de tierra, hace que, a menudo, la atmósfera de los alrededores de Matruchhaya sea irrespirable.
Es sorprendente lo que se puede encontrar en la basura.

Ravi acaba de cumplir seis años. Nació con un defecto congénito, que se denomina "labio leporino". La madre, al ver a su bebé con el labio superior hendido, con la forma en la que normalmente lo tienen las liebres, debió de asustarse. Seguramente no había visto nada parecido en toda su vida. Tal vez pensó que aquello era un castigo de los dioses, o que quizás esa criatura, con ese raro defecto, recibía dicha tara por los pecados cometidos en su vida anterior; o que posiblemente, por alguna extraña razón que sólo los dioses conocerían, su reencarnación no se había terminado de definir por completo, y se había quedado a medio camino entre liebre y hombre. Imposible saber lo que pasaría por la cabeza de la madre que parió a aquel desdichado, pero lo cierto es que en su profunda ignorancia, presa de un miedo inefable, arrojó a su recién nacido sobre un montón de basura.

No se sabe cuánto tiempo permaneció Ravi sobre aquel cúmulo de desperdicios, pero fue tiempo suficiente para que un grupo de ratas se percatara de su presencia, y con la tranquilidad que da el no sentirse hostigadas, empezaron a alimentarse con la cara del bebé, probablemente la única parte que tenía al descubierto. El llanto impotente y desconsolado del abandonado, alarmó a un hombre que transitaba por el lugar, tal vez buscando alimento entre las basuras, en competencia con las ratas. Aunque, en principio creyó que se trataba del lastimero gemido de algún cachorro de perro, se acercó al lugar de donde provenía el lamento, y comprobó horrorizado el macabro destrozo que estaban realizando las ratas en el rostro del recién nacido. Su presencia no las intimidó, tan suculento y extravagante debía de ser el bocado, que tuvo echarlas a patadas. Entre otras atrocidades, las ratas habían dejado sin párpados al bebé, y posiblemente le habían destrozado los ojos.

El hombre le llevó al hospital más cercano, donde le hicieron las primeras curas. Los doctores comprendieron que, incluso aunque el bebé lograra sobrevivir a las heridas producidas por las ratas, y a la consiguiente infección, sus problemas no terminarían ahí, de hecho ya podían dar por segura su ceguera. Además del daño producido por las roedoras; posiblemente, lo menos importante del "labio leporino" sea precisamente la forma del labio superior. Ravi tenía problemas internos en la estructura ósea del cráneo. Alguno de los médicos, consciente de la trascendencia de las lesiones del niño, contactó con las Hermanas que regentan Matruchhaya quienes, sin dudarlo, decidieron hacerse cargo de él.

Conocí la historia de Ravi, y vi sus primeras fotografías en Madrid, en una reunión que había convocado la Hermana María, la anterior directora de Matruchhaya, para tratar de recaudar fondos para operar al niño. Me impresionaron aquellas primeras imágenes que la monja mostró escondidamente, tratando de que ningún menor las viera, porque pensaría que tales imágenes, difíciles de asimilar para un adulto, podrían ser traumáticas para un menor. Poco después viajé a Matruchhaya, por primera vez con mis alumnos, y vi en persona a Ravi. Me dicen que se ha sometido ya a cuatro operaciones, y que aun tendrá que pasar por el quirófano dos veces más.
Ravi permanece en la habitación de los bebés de entre uno y tres años. La hija del Gobernador de Illinois ha sido compañera suya de cuarto. Hace menos de dos años el Gobernador de ese importante Estado de América, vino al orfanato con su mujer, y con todo un séquito de sirvientes y guardaespaldas, para llevarse en adopción a una de las niñas de Matruchhaya. Organizaron una fiesta por todo lo grande para los niños de Matruchhaya, incluido Ravi, y se marcharon en sus impresionantes coches blindados. Aquella niña que tendría poco más de un año, en un día pasó de ser una pobre abandonada, a ser la hija de una de las personas más poderosas del planeta.
Claro que Ravi jamás correrá esa suerte. El seguirá en Matruchhaya por tiempo indefinido, aunque se haga adulto; y si alguna vez las autoridades responsables de los orfanatos, obligan a sacarlo de Matruchhaya por su edad, seguro que las monjas le buscarán acomodo en algún otro centro de su congregación, donde estará bien cuidado y atendido.

Publicado el 31 de octubre de 2008 a las 17:30.

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Sanguita y Sima

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Nadiad, 29 de octubre de 2008

Las hermanas Sima y Sanguita llevan seis años viviendo en Matruchhaya. Sima tiene doce años y Sanguita dieciocho. Lo primero que llama la atención es que son más altas que las niñas de su edad. Sanguita me dice que eso es porque su padre es muy alto y muy corpulento. Vinieron a Matruchhaya, junto con sus otros cuatro hermanos, desde Madhya Pradesh, un estado de la India vecino de Gujarat. Hablaban hindi, no sabían ni una palabra de gujarati, pero no tardaron en aprenderlo, porque ambos son idiomas que provienen del sanscrito. Pero ese no era el principal obstáculo que tenían que vencer, lo más difícil era no pensar a cada momento en la razón que les había traído aquí.

Su familia era aparentemente normal, muy pobre, pero como la mayoría de las que vivían en su aldea. La estructura familiar era muy amplia, como es habitual en India. El matrimonio con sus seis hijos, cuatro niñas y dos niños, vivía en la casa de los abuelos paternos, que es lo frecuente, siempre que el marido es el primogénito. También vivían con ellos dos tíos, hermanos del padre, aun solteros.
El padre de Sima y Sanguita era muy popular en su aldea, temido y respetado por su corpulencia, y por sus repentinos arranques de ira. Una mañana, hace seis años, cuando entró en su casa encontró a su mujer y a dos de sus hijas atareadas en la preparación de chapatis, el pan de la India. Su mujer, sin levantar la cabeza de la masa que estaba aplastando para darle forma de torta, le comunicó que se había vuelto a quedar embarazada.
-Felicidades mi amor. Que alegría. No te preocupes, saldremos adelante -hubiera sido la respuesta deseable, y hasta predecible. Pero el hombre respondió con un tremendo tortazo en la cara de su esposa, después la agarró de los pelos y la golpeó con una furia inusitada, al tiempo que la profería todo tipo de insultos. No conforme con eso, cogió un cuchillo de cocina y la dio varias puñaladas hasta que la mató. Las niñas Sima y Prety estaban aterrorizadas, encogidas en un rincón de la diminuta sala que servía de cocina, alcoba y comedor, a menos de dos metros de donde se desarrolló la escena, sin atreverse a hacer ni decir nada. Lo contemplaron todo con los ojos muy abiertos. Sima tenía seis años, y Prety catorce.

El hombre enardecido, trató de justificarse ante los vecinos, familiares y curiosos que acudieron a contemplar el macabro espectáculo, diciendo que, desde hacía tiempo, tenía la sospecha de que su mujer tenía un amante, y la noticia del embarazo había sido la evidencia de que le estaba engañando. No podía ser suyo, explicaba, todavía iracundo, puesto que sus relaciones sexuales eran cada vez más escasas. -Y si averiguo quién se estaba acostando con ella, también lo mato -añadió con rabia. La policía no tardó en detenerle.
El caso fue llevado a la Corte de Justicia, y el juez llamó a testificar a los únicos testigos de los hechos: Sima y Prety. Los abuelos de las niñas, y el resto de la familia, trataron de aleccionar a las niñas, y les explicaron qué debían decir. La primera en ser llamada a declarar fue la mayor, pero ante las preguntas directas del magistrado, arrancó a llorar y no fue capaz de articular palabra. A continuación fue llamada Sima. El padre, en el banquillo de los acusados, la miraba directamente a los ojos. Ella, con tan sólo seis años, no desvió la mirada, y cuando el juez le preguntó qué había visto el fatídico día, ella respondió fríamente, sin dejar de mirar a los ojos a su padre, y contó todo lo que había presenciado. El juez felicitó a la niña por su coraje, y acto seguido decretó el ingreso en prisión del padre, y a los seis niños les envió directamente a un orfanato de otra región, a Matruchhaya. El juez debió de entender que Sima y sus hermanos peligraban con la familia paterna, porque vio el modo en que intentaron defender y justificar a toda costa al padre.

El padre de Sima hace varios años que salió de prisión. No sé cuanto tiempo habrá permanecido en ella. Una monja me dice que no cree que haya estado encerrado más de seis meses, y asegura que, de hecho, ya se ha vuelto a casar con otra mujer, y tiene dos hijos con ella. El año pasado Prety trabajaba en Matruchhaya como cuidadora en la sala de los recién nacidos y prematuros. Daba gusto verla trabajar con los bebés, era toda ternura y delicadeza. Este año la he echado en falta, y pronto he sabido que ha regresado a su aldea natal, porque su padre desea casarla. En Matruchhaya sólo quedan Sanguita y Sima, los demás han ido saliendo del orfanato conforme se han ido haciendo mayores. La mayor de las hermanas ya está casada, y los dos varones están viviendo en casa de un tío.

Me parece asombroso que la familia y la propia sociedad (también la española) pueda asumir tragedias de este tipo con tanta facilidad, y pasar página en tan poco tiempo, haciendo como si nada hubiera pasado. Parece que todo el mundo entiende que un hombre puede tener un mal momento, un instante de enajenación que le lleve a cometer semejante atrocidad. Sé que es bueno perdonar, pero me asusta que el perdón llegue con tanta facilidad y rapidez, y me pregunto si habrá perdonado Sima. Cuando miro sus ojos creo ver un punto de tristeza, incluso cuando sonríe. Me parece que su cara todavía delata que ha sido testigo del mayor de los horrores.
Sanguta y Sima son muy buenas estudiantes, y ambas aseguran que no desean regresar a su aldea. Yo les he dicho que trataremos de apoyarlas en sus estudios, para que incluso puedan ir a la Universidad. Hablaré de ello con las monjas en los próximos días, pero temo que el padre tenga la última palabra.

Publicado el 30 de octubre de 2008 a las 17:15.

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De nuevo en Matruchhaya

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Nadiad, 27 de octubre de 2008

Mi cabeza y mi corazón estaban todavía digiriendo todo lo vivido recientemente en Bal Mandir, el orfanato de Kathmandu en el que hemos estado trabajando durante un mes; cuando tuve que emprender viaje hacia India, para una labor similar en Matruchhaya, el orfanato de mis hijas. Hubiera preferido dejar más tiempo entre un proyecto y otro, pero no podía, porque pretendemos aprovechar los periodos vacacionales de los huérfanos con los que trabajamos. Entre las vacaciones del Dashain, en Nepal, y las del Diwali, en India, hay muy poco tiempo.
Cuatro días en Madrid no fueron suficientes para poner orden en mis sentimientos y en mis atolondrados pensamientos, de modo que, decidí conceder una prórroga a todas las ideas que se amontonaban en mi mente, prometiéndome a mí mismo retomarlas cuando las circunstancias lo permitieran, porque el nuevo proyecto que iba a iniciar, merecía el máximo de concentración.
Después de un largísimo viaje, llegamos a Ahmedabad el pasado jueves, de madrugada. Allí nos estaban esperando Sister Pushpa, la directora del orfanato, Philip, el conductor, y Sandeep, el encargado de las adopciones. Nos recibieron con alegría, e inmediatamente montamos en un pequeño autocar que nos llevó hacia Nadiad, la ciudad donde se encuentra el orfanato. Este proyecto lo costea íntegramente el madrileño Ayuntamiento de Pinto, que cada año suscribe un convenio con nuestra Universidad, que hace posible nuestro trabajo aquí, y también en Bal Mandir. El objetivo específico de nuestro proyecto vuelve a ser, una vez más, aprovechar este periodo vacacional de los niños para llevar a cabo con ellos diversas actividades creativas y lúdicas, y disfrutar juntos de una convivencia llena de afecto, amistad y alegría. En esta ocasión, el equipo de trabajo lo formamos cinco personas ligadas a la Facultad de Bellas Artes de la UCM, tres alumnos (Fátima, Nacho y Pilar) y dos profesores (Ana y yo); pero durante los primeros días también nos acompañará, y trabajará con nosotros, Arancha, una empleada del Consejo Social de nuestra Universidad.
El trayecto del aeropuerto al orfanato duró una hora y media. Estábamos cansados, pero nerviosos y expectantes por el encuentro con los menores de Matruchhaya. Los que viajaban conmigo lo miraban todo sorprendidos, porque éste es su primer viaje a India. Cuando llegamos, todos los niños y niñas del orfanato nos esperaban para darnos la bienvenida. Allí estaban Sapana, Chandrika, Sanguita, Doxa, Jeny, Pratik, Deep, Avinash, Anikesh, Manisha, Ashok, Nimisha, Naresh, Meena, Sweta y muchos otros más, hasta cerca de cuarenta, vestidos con sus uniformes escolares. Les noté más altos, más mayores, pese a que hacía sólo un año que no les veía. Nos entregaron un ramo de flores a cada uno, y nos pusieron un punto rojo en la frente, a modo de bendición. Después todos se fueron a la escuela. No debían de ser más de las ocho de la mañana. Aquel era el último día lectivo, a partir del día siguiente empezarían sus vacaciones del Diwali, la festividad hinduista más importante del año.
Esta es la quinta vez que trabajo en Matruchhaya con un grupo, siempre distinto, de universitarios. A algunos de los niños y niñas más mayores ya les conocía de mucho antes, pues este es el orfanato en donde mi mujer y yo adoptamos a nuestras hijas Roshní y Chandrika, hace casi diez años. En esta ocasión queremos pintar un nuevo mural con la participación de los niños y niñas del orfanato. También hemos traído pintura especial para tela, y hemos comprado suficientes camisetas, con la intención de que cada menor pinte la suya, partiendo de los dibujos que ya hemos empezado a hacer con ellos. Además queremos dedicar mucho tiempo a jugar.
He visto caras nuevas, pero también he echado en falta inmediatamente a algunos de años anteriores. Falta John, el niño de la sonrisa preciosa, que no tenía fuerzas ni para mantenerse erguido. No se sabe por qué razón, se lo llevó su madre hace unos meses, sin atender a las súplicas de las monjas, ni el llanto desconsolado del niño. También faltan las hermanas Mitova y Sushma, que vivían en Matruchhaya, no porque fuesen huérfanas, sino porque la extrema pobreza de sus padres les impedía cuidar de ellas. Ahora el Gobierno desea que los orfanatos estén habitados exclusivamente por huérfanos, y ello ha obligado a devolver a estas hermanas con sus padres, aunque las monjas les han empezado a ayudar económicamente.
No he podido evitar comparar en mis pensamientos Bal Mandir y Matruchhaya. El primero es un orfanato sucio, donde los niños malviven con muy poca atención; en cambio este orfanato es muy limpio, y los niños están bien cuidados. Matruchhaya, que en gujarati significa "el manto de la madre", proporciona a sus huérfanos un ambiente casi familiar; es un ejemplo a seguir en la organización de una casa de estas características. Su número de habitantes también facilita las cosas, en éste raramente llegan a los sesenta y cinco menores, mientras que en el orfanato de Kathmandu habitualmente pasan de los doscientos. Aquí nos alojamos y comemos en el propio orfanato, algo que sería impensable en Bal Mandir. Pese a estar bien atendidos, creo que los niños y niñas de Matruchhaya también necesitan mucho afecto. Nosotros estamos dispuestos a dárselo, y yo estoy seguro de que, como todos los años, nos lo devolverán multiplicado por cien.

Publicado el 27 de octubre de 2008 a las 13:00.

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José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz (Madrid, 1963), pofesor Titular y Director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Grupo de Investigación UCM "Arte al servicio de la sociedad". Responsable de diversos proyectos de cooperación al desarrollo que desde 2004 vienen llevándose a cabo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador.

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