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Blog de José Luis Gutiérrez Muñoz

Sonrisas de colores

Aarati

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Ayer estuve hablando con Aarati, una niña de 11 años que parece feliz en Bal Mandir. No es la primera vez que escucho un testimonio optimista de la vida en este orfanato. En alguna otra ocasión, cuando lo he comentado con mis compañeros de grupo, han objetado que, tal vez, la niña o el niño en cuestión se expresan de esa manera tan favorable, por temor a que yo pueda trasladar su opinión crítica a la dirección del hospicio. Sinceramente, por la franqueza con la que se expresan estos niños, no creo que en sus mentes quepa ese tipo de argucia.

Sabido es que el color de la realidad depende de los ojos con que se mira, y este lugar, que a nosotros nos parece inmundo, puede ser percibido de manera bien distinta si uno proviene de una situación peor, o simplemente no conoce otra mejor.

Aarati tiene seis dedos en su mano izquierda. Donde debería haber un dedo gordo, en realidad hay dos. Esta singularidad física, que he visto ya en dos ocasiones en Bal Mandir, tendría acomplejada a cualquier chica de su edad, pero Aarati es tan positiva, que no sólo no le acompleja, sino que además ayer llevaba todas las uñas que esa mano pintadas de azul, excepto la del dedo gordo repetido que la llevaba pintada de verde, como si quisiera de ese modo resaltar su singularidad.

Aarati es sencilla, alegre, extrovertida, participativa y muy educada. Me contó que, cuando tenía aproximadamente cinco años de edad, falleció su madre, y su padre decidió quedarse con su hermano menor, y enviarla a ella a un orfanato. Su padre vivía en una aldea muy alejada del valle de Kathmandu, y desde entonces no ha vuelto a verle. Todo esto me lo decía sonriendo, sin dramatismo, respondiendo cortésmente a mis preguntas, como si su historia fuera de lo más común. Claro que, visto desde su perspectiva, su trayectoria vital se asemeja enormemente a la de la mayoría de sus compañeros de albergue. A cambio de sus respuestas, también yo le fui contando algunos detalles de mi biografía, que no es necesario relatar aquí.

-¿Te gusta ir a la escuela? -le pregunté.

-Me encanta -respondió ella inmediatamente. -Los estudios son lo más importante de mi vida -añadió con absoluta franqueza.

-Entonces, serás buena estudiante.

-Sí, muy buena -contestó Aarati sin arrogancia.

-¿Te gusta la comida de Bal Mandir? -le dije, tratando de analizar su grado de adaptación al lugar.

-Mucho -respondió ella arqueando las cejas para dar más énfasis a su afirmación. -Aquí no pasamos hambre.

-Entonces, ¿te gusta vivir en Bal Mandir? -insistí yo.

-Sí -afirmó ella con rotundidad, -aquí tengo muchas amigas, que para mí son mis hermanas. Nos divertimos, lo pasamos muy bien.

Este testimonio de Aarati, que comprendo perfectamente, porque también yo soy optimista por naturaleza, me ha hecho pensar que tal vez no estoy siendo justo en el análisis de esta realidad, porque estoy utilizando los parámetros de calidad de vida de mi entorno desarrollado, para enjuiciar las condiciones de un lugar que no se inserta en nuestra sociedad del bienestar, sino en uno de los países más pobres del mundo, y por tanto, los juicios de valor habría que matizarlos tras una comparación con su entorno inmediato, y con la situación global del país. Para un niño que viva en la calle, o en una de las muchas aldeas subdesarrolladas del país, o que esté obligado a trabajar desde pequeño, Bal Mandir puede ser un paraíso.

No obstante, ni mi optimismo ni el de Aarati pueden soslayar una ausencia objetiva: la falta de padres, con lo que ello implica de carencia afectiva. Es cierto que todo lo demás es relativo, pero no lo es la privación del cariño maternal. Las niñas como Aarati, y todos los demás habitantes de Bal Mandir, y de tantos otros lugares del abandono, no deberían crecer sin el calor y la protección de una madre y un padre.

José Luis Gutiérrez

Kathmandu, 8 de octubre de 2010

 

Publicado el 11 de octubre de 2010 a las 08:30.

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Jagadishwor

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En cada una de las cuatro ediciones anteriores de este proyecto en Bal Mandir, hemos dado prioridad a la pintura mural, por entender que era una actividad creativa que permitía la participación de buen número de menores, y porque con ella, a la par que deleitábamos a los niños, lográbamos una transformación estética del orfanato. Como nos sentimos obligados a reflexionar continuamente sobre nuestras acciones, porque cada una de ellas tiene repercusión en los niños y niñas del orfanato, moviliza ilusiones de muchas personas, y además requiere importantes recursos y no pocos esfuerzos; últimamente hemos estado cuestionando la pertinencia de esta actividad.

Todo se deteriora rápidamente en Bal Mandir, y las paredes que pintamos un año, con colores alegres, al año siguiente se ven sucias y envejecidas; pero la razón principal que nos ha hecho replantearnos nuestro trabajo con los menores en Bal Mandir, es que en una pintura mural no pueden participar 150 menores, que es el número de niños y niñas de más de tres años de edad que suele haber en Bal Mandir, por muy bien organizados que estemos. Aunque partimos de los dibujos de los más pequeños del orfanato, normalmente éstos quedan pronto apartados de la actividad pictórica directa sobre la pared, y la responsabilidad del acabado final de la pintura recae sobre los más mayores, y sobre nuestro propio equipo de trabajo. Finalmente los pequeños se sienten frustrados por tener muy limitada su intervención.

Este año no quedará una huella en el orfanato tan evidente de nuestro trabajo con sus internos, pero sin embargo, creemos que nuestro trabajo será más enriquecedor para ellos porque todos están participando intensamente en cuanto les proponemos. Hemos dividido a los niños y niñas en seis grupos, les hemos contado el cuento de Resham Firiri, y ya hemos empezado a elaborar máscaras que utilizaremos en la representación final. Con venda de escayola cubrimos la cara de cada menor, para después, pintarlas y decorarlas añadiendo alrededor pétalos de colores de papel, de manera que cada máscara sea a la vez una flor.

Como otros años, estamos contando con la colaboración de varios jóvenes nepaleses, dos de ellos estudiantes de Bellas Artes, y cinco chicos y chicas ex Bal Mandir. Uno de estos últimos es Jagadishwor, que es huérfano de solemnidad, quiero decir que no tiene padres, ni ningún familiar o pariente con quien celebrar el Dashain. Durante estos días nosotros, más todos los niños y niñas de Bal Mandir, seremos su familia. Jagadishwor se crió en Bal Mandir, y con 11 años de edad fue trasladado a Pachkal, un orfanato sólo para niños, fuera del valle de Kathmandu, perteneciente a la red de Bal Mandir. Esto es algo que hacen con los varones, para evitar riesgos de embarazos. Ahora Jagadishwor tiene 18 años. Según los papeles, en los próximos días cumplirá 19, aunque él afirma no estar seguro de que la fecha de nacimiento que le han asignado sea correcta.

El año pasado, al cumplir la mayoría de edad, Jagadishwor quedó fuera del orfanato, sin más ayuda que una pequeña paga de Bal Mandir, que apenas alcanzaba para un mes de alquiler en un apartamento barato y compartido en Kathmandu. Su amiga Kalpana, para él su hermana, nos solicitó ayuda, y después de estudiar su caso, decidimos incluirle en el grupo de chicas y chicos ex Bal Mandir que están recibiendo nuestro apoyo económico a través de nuestro amigo Mahen, para poder continuar con sus estudios. Jagadishwor está en el segundo año de algo parecido a nuestro bachillerato de ciencias de la salud. Hoy mismo le he preguntado qué desea estudiar a continuación, y me ha dicho que le gustaría mucho cursar medicina, pero que no lo cree posible porque es una carrera muy cara, y dura cinco años. En nombre de todos los amigos y amigas que están contribuyendo económicamente a esta iniciativa, me he atrevido a decirle que nos deje preocuparnos a nosotros del dinero, y él se preocupe sólo de los estudios.

Esta tarde, al despedirse, ha hecho como Kalpana, me ha dado un par de besos, y me ha llamado papá. En ese momento, me he sentido un poco violento y sorprendido, pero después he pensado que efectivamente yo debo ser lo más parecido a un padre que Jagadishwor ha conocido.

José Luis Gutiérrez

Kathmandu, 6 de octubre de 2010

Publicado el 7 de octubre de 2010 a las 07:30.

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Sabitri y Nimu 

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En las vacaciones de Dashain de 2006, cuando llevamos a cabo nuestro primer proyecto en Bal Mandir, observamos que dos niñas se mostraban especialmente alegres: Sabitri y Nimu, de 10 y 12 años de edad respectivamente, y averiguamos que era porque sabían que iban a ser adoptadas, por una pareja alemana, la primera, e italiana la segunda. Cuando les preguntamos al respecto, ambas afirmaron que estaban felices al saber que pronto vivirían con sus respectivas familias, y pronunciaron algunas sencillas palabras en alemán e italiano.

En Dashain de 2007, nos sorprendió comprobar que Sabitri seguía en Bal Mandir, y pronto supimos que se habían interrumpido las adopciones desde Alemania, y la suya, a pesar de estar ya muy avanzada, no pudo concluirse. Todo el mundo en Bal Mandir comprendió que Sabitri había perdido su única oportunidad de formar parte de una familia como hija. Poco después Nepal suspendería las adopciones internacionales. Al menos Nimu había salido hacia Italia con sus nuevos padres, los mismos que habían adoptado a su único hermano, tres años menor que ella. En Nepal las adopciones son individuales, lo que ha implicado frecuentemente la separación de hermanos biológicos.

Sabitri

Sabitri ese año estaba triste, y apenas participó en nuestras actividades. Afortunadamente, en las siguientes ediciones del proyecto Sabitri ha vuelto a implicarse con entusiasmo en nuestras actividades.
En Dashain de 2009 mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme en Bal Mandir con Nimu. Al principio pensé que estaría allí de visita con su familia, pero pronto se desvaneció mi suposición, y supe que Nimu había sido devuelta al orfanato, en realidad estaba recién llegada, pero no pude averiguar por qué. No tuve ocasión de hablar con ella más que fugazmente pero, por lo que me contaron sus amigas, supe que Nimu había olvidado completamente el nepalés en los dos años que había estado viviendo en Italia. No era capaz de leerlo, ni de escribirlo, y lo que era peor, ni siquiera podía comunicarse con las niñas y niños de Bal Mandir.

Este año he encontrado a Nimu totalmente integrada en el grupo de internos de Bal Mandir, siempre acompañada de algunas amigas, sonriente y participativa, tal y como yo la recordaba de la primera edición. Hoy mismo he tenido tiempo de hablar tranquilamente con ella, en inglés, y al fin he averiguado la razón de su regreso al orfanato. Cuando se incorporó a la familia, dos años después de su hermano, encontró tremendas dificultades en su relación con la madre. Con el padre se entendía bien, y con el hermano no tenía problemas pero, en cambio, la convivencia con la madre le resultaba cada vez más difícil, hasta que llegó a un punto en el que pidió a su padre que la llevara de vuelta a Nepal, y el padre debió de comprender que efectivamente no había manera de salvar la relación familiar, e hizo lo que la niña solicitada. Nimu afirma que la adaptación a la escuela en Italia fue dura, pero que el motivo principal de su regreso al orfanato fue la incompatibilidad con su madre.

Nimu tiene 16 años de edad. Ha vivido en Italia entre los 13 y los 15 años de edad. No se arrepiente de su decisión, y afirma que no desea regresar allí. No le importa haber abandonado el lujo y la comodidad, para regresar a la pobreza. Dice que en Bal Mandir se siente bien. Además, ahora más que nunca se siente orgullosa de ser de Nepal, y es aquí donde desea vivir.

José Luis Gutiérrez
Kathmandu, 4 de octubre de 2010

Publicado el 5 de octubre de 2010 a las 13:30.

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Asilo

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Él único día de la semana no laborable en Nepal es el sábado. Como decidimos ajustarnos a esa costumbre, ayer sábado ha sido nuestro primer día de descanso desde que llegamos aquí, y lo hemos aprovechado para visitar la residencia de ancianos de Pashupatinath, que en muchos sentidos nos recuerda a Bal Mandir.

Al igual que nuestro orfanato, este asilo tiene abiertas las puertas para todo el que desee entrar, o salir; de hecho, parece carecer de cualquier tipo de vigilancia. También tiene en común con el albergue de menores, la autosuficiencia de sus habitantes, que en realidad deriva de su propia desatención. Aquí, como en Bal Mandir, los acogidos parecen apañarse por sí mismos en todo, a pesar de que muchos de ellos son muy mayores, están enfermos o tienen muy limitada la movilidad.

Varios toques de campana, hacia las cinco de la tarde, nos han recordado la comida en Bal Mandir, la única del día, también hacia esa misma hora, e igualmente precedida de ese tipo de llamada, aunque aquí no hemos encontrado a nadie repartiendo el alimento; simplemente, desde ese momento, hemos visto que los ancianos comían su plato de arroz, con la mano, exactamente igual que hacen los niños y niñas de nuestro hospicio, en cualquier lugar de la residencia.

Hemos visto cómo un hombre que aparentaba unos 80 años de edad, recogía de la cama a una anciana, que debía de ser su mujer, cargándola a sus espaldas, para transportarla con mucha dificultad hasta una mesa alargada, y sentarla en un banco, para darle algo de comida con sus propias manos, y después devolverla a la cama del mismo modo. No hemos encontrado en todo el recinto a ninguna cuidadora, aunque probablemente las habría. Quizás estaban tan mimetizadas con el entorno, que pasaban desapercibidas. Tras la comida, cada cual se ha encargado de fregar, como ha podido, su propio plato metálico, como en Bal Mandir, para después guardarlo junto a la cama, con sus escasas pertenencias.

El año pasado visitamos este lugar por primera vez, porque Puja, una chica ex Bal Mandir nos dijo que en ocasiones acudía allí como voluntaria para echar una mano a los abuelos. Los niños y niñas de Bal Mandir no dejan de sorprenderme. Me parece increíble que una chica que se ha criado en un hospicio miserable, decida invertir parte de su tiempo libre en tratar de ayudar a personas que se encuentran en una situación muy similar a la suya hasta hace pocos años. Es más frecuente que los chicos y chicas que por su edad abandonan Bal Mandir, regresen al orfanato para compartir algún rato con los menores, que en cierto modo consideran sus hermanos.

Puja nos contó que en esa residencia de ancianos había conocido a dos hermanas gemelas que afirmaban haberse criado en Bal Mandir. Por supuesto, este detalle hizo que Puja se encariñara especialmente de ellas. Yo ansiaba conocer más detalles de esa sorprendente historia, por eso, el año pasado aprovechamos también un día libre para visitar el asilo, y tratar de conocer a esas hermanas. Acudimos allí, como en esta ocasión, con Sunita y Kalpana, dos de nuestras colaboradoras ex Bal Mandir, pero desgraciadamente no pudimos obtener más información, porque, según nuestras interlocutoras, todo cuanto decían en nepalés las gemelas, carecía de sentido. En opinión de Sunita y Kalpana, estaban demenciadas. No obstante, ante la pregunta de dónde se habían criado, ambas respondieron que en Bal Mandir.

En esta nueva visita hemos sabido, por otra interna, que una de las hermanas ha muerto, y con la otra no hemos querido hablar, porque estaba tumbada en su cama, tapada hasta la cabeza, aparentemente dormida.

Nuestro amigo Mahen estima que es imposible lo que afirman esas ancianas, porque Bal Mandir no tendrá más de treinta años de antigüedad. Tratando de encontrar una explicación a tan extraña afirmación, he pensado que esas dos hermanas probablemente dijeron eso a Puja para obtener a cambio un poco de afecto, para ganarse el cariño de aquella simpática joven que no acudía allí a visitar a ningún familiar, porque de hecho era huérfana, huérfana de Bal Mandir.

José Luis Gutiérrez

Kathmandu, 3 de octubre de 2010

Publicado el 4 de octubre de 2010 a las 08:15.

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Resham Firiri

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El festival del Dashain, la celebración hinduista más popular de Nepal, se acerca. Siempre elegimos estas fechas para trabajar en Bal Mandir, el orfanato más grande y poblado del país, porque los menores disfrutan de un periodo vacacional de unas tres semanas, y porque su orfandad se ve acentuada en estas fechas en las que todo el mundo intenta estar con su familia, como nosotros en Navidades.

Actualmente en Bal Mandir viven 200 niños y niñas de todas las edades, aunque muy frecuentemente llegan a los 250. Desgraciadamente hemos apreciado pocos cambios en la situación general de estos menores con respecto a la de años anteriores. Los más pequeños siguen estando llenos de mocos, sucios, mal vestidos y muchos de ellos sin calzado. Los servicios apestan, y todo en general adolece de una preocupante falta de higiene. Nuestros esfuerzos para tratar de mejorar esta situación, a menudo parecen estériles. De buena gana abandonaríamos esta iniciativa, que ya está en su quinta edición consecutiva, si no fuera porque para ese ejército de desamparados somos uno de los pocos motivos de alegría y diversión, y porque a pesar de todo, algo se va logrando.

Lata, Roji, Nimi, Usha y Upasana, todas ellas con parálisis cerebral, antes yacían tumbadas todo el día, sin ningún tipo de educación ni estímulo, y ahora están recibiendo atención diaria especializada, gracias al esfuerzo de Pablo, uno de los integrantes de nuestro equipo de trabajo del año pasado, que conmovido por la situación de estos menores, ha creado en España una asociación llamada Dididai, que está promoviendo cambios importantes para los menores con diversidad funcional de Bal Mandir. También Sujata, Ram y Madhushadam, antes sin escolarizar por su discapacidad mental, están ahora recibiendo una educación adecuada gracias a Dididai.

Por otro lado, numerosos amigos y amigas de España, están implicados en el apadrinamiento de algunos de los menores de este orfanato, para que puedan estudiar y vivir dignamente, durante el periodo escolar, en buenos colegios, y tengan así verdaderas opciones de futuro a través de la educación. También están ayudando a once chicos y chicas, ex Bal Mandir, para que puedan seguir estudiando en el momento en el que, por su mayoría de edad, dejan de recibir ayuda.

Este año hemos venido siete personas desde España: Sonia, Aurora, Blanca, Daniel, Sara, Mariana y yo; todos con cometidos diferentes, pero con un objetivo común: hacer que los menores de Bal Mandir pasen unas vacaciones de Dashain inolvidables, con actividades lúdicas y creativas; y facilitar, en la medida de lo posible, la incorporación a todas nuestras actividades de los menores con diversidad funcional.

En esta ocasión queríamos que la música y el baile tuvieran un protagonismo especial, por eso hemos inventado una historia, con la intención de que todos los niños y niñas puedan participar en una representación final teatralizada, que servirá como fiesta de despedida. Ensayaremos los diferentes bailes que intervienen en nuestro cuento, pero también tendremos que empezar a preparar los elementos para el decorado y el atrezo de esta obra, que se basará en una canción llamada "Resham Firiri", muy popular en Nepal.

Vivía en Nepal una polilla macho, llamada Resham, que se enamoró locamente de una bombilla, algo muy frecuente entre los insectos voladores. Un día le ocurrió lo que a muchos otros compañeros de su especie, que su pasión estuvo a punto de costarle la vida, porque se acercó tanto a su amada, que se le quemó el ala. Resham se recuperó de las heridas provocadas por la quemadura, pero no recobró el miembro perdido, de manera que nunca más pudo volar, a pesar de lo cual, trató de hacer una vida normal.

En una escuela de educación especial para polillas con diversidad funcional, conoció a Firiri, una polilla hembra sordomuda, que no era tan deslumbrante como la bombilla, pero a Resham le pareció la hembra más hermosa que había visto en toda su vida. Pronto se casaron y tuvieron tres hijos. La comunicación entre Resham y Firiri era por signos, y en su casa no había más sonido que el producido por la natural algarabía de los menores. Tenían un jardin que Resham cuidaba con esmero, pero por más que lo intentaba, entre la hierba jamás crecía ninguna flor. Aquel extraño fenómeno entristecía muchísimo no sólo a Resham, sino también a toda su familia. Resham empezó a comprender que la ausencia de flores, estaba relacionada con la falta de alegría y felicidad en su familia; por eso, no lo dudo, y se decidió a recorrer el mundo en busca del secreto de las flores.

-¿A dónde vas a y ir tú con una sola ala? No llegarías muy lejos -le dijo con el lenguaje de signos su mujer. -Será mejor que vaya yo.

Resham aceptó la propuesta de Firiri, que tenía unas alas poderosas; y a los pocos días ella salió volando de casa, dispuesta a viajar sin descanso hasta encontrar una solución para el problema que tanto les afligía. Firiri visitó numerosos países, y en todos ellos, al conocer su problema, fue recibida con música, canciones y bailes; y fue obsequiada con flores. No podía oír la música, pero a través del baile, la disfrutaba como si realmente la oyera.

A su regreso, además de mostrar las flores que le habían regalado, se esforzó por repetir los bailes que había aprendido en los distintos países. Resham y los hijos intentaron acompañar las danzas con música y canciones, y en ese momento Resham se dio cuenta de que llevaba muchos años sin cantar y sin escuchar música, los mismos años que hacía que conocía a Firiri. Por amor a su mujer, Resham había renunciado a la música, de hecho, sus hijos crecieron sin música ni canciones, y precisamente desde ese momento las flores desaparecieron de su jardín. Resham cantaba y cantaba con más fuerza, sorprendido al ver cómo su mujer bailaba como si verdaderamente escuchara la música.

En ese momento, los cuatro se maravillaron al contemplar que las flores volvían a brotar en su jardín, entonces cantaron y bailaron juntos con más fuerza, y se abrazaron y lloraron de alegría.

José Luis Gutiérrez

Kathmandu, 29 de septiembre de 2010

Publicado el 30 de septiembre de 2010 a las 08:00.

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Las hijas del peluquero

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Alegres, nerviosas y expectantes por descubrir lo que su nueva vida les depararía, Roshní y Chandrika no miraron hacia atrás cuando en junio de 1999 dijimos adiós a Matruchhaya. Pese a que la emoción del momento estaba cargada de indisimulada euforia, nos despedimos con pena de su padre biológico, el peluquero Raman, de las monjas y de todos los habitantes del orfanato, y emprendimos el anhelado retorno al hogar con nuestra nueva familia. Al señor Raman, que se mostró verdaderamente desolado, le prometimos que nos mantendríamos en contacto con él por correo, y así lo hicimos, hasta que en agosto de 2009 falleció.

Cuando dijimos adiós, los cuatro supimos que volveríamos a ese lugar. En definitiva, Roshní y Chandrika se habían criado allí, y Aurora y yo habíamos vivido en ese lugar los momentos más intensos, duros y felices al tiempo, de nuestra existencia.

A finales de 2004, regresé a Matruchhaya acompañado de varios alumnos de mi Facultad de Bellas Artes. Aprovechamos las vacaciones navideñas para dibujar y pintar sobre las paredes del patio de recreo del orfanato con sus niños y niñas. Era nuestra primera experiencia en el ámbito de la cooperación al desarrollo, y resultó tremendamente enriquecedora, tanto para los menores del orfanato, como para nosotros mismos, lo que me animó a tratar de dar continuidad a esa iniciativa.

Aunque no pude ver al papá Raman, regresé a casa con cientos de fotografías de los habitantes de Matruchhaya, imágenes que nuestras hijas contemplaron con avidez. Se sorprendieron al comprobar que muchas de sus amigas permanecían allí, algunas de ellas trabajando ahora como cuidadoras. Roshní y Chandrika habían imaginado que, al igual que ellas salieron en adopción con una nueva familia, el resto de niñas y niños de Matruchhaya, tarde o temprano, también encontrarían un nuevo hogar.

Cuando supieron que en 2005 me preparaba para viajar nuevamente a Matruchhaya con otro grupo de estudiantes de mi Facultad, quisieron unirse a la expedición. Al decirles que no podían acompañarnos porque no eran alumnas de Bellas Artes, mostraron cierto enfado, y afirmaron que Matruchhaya era su orfanato, y por tanto ellas tenían más derecho que nadie a viajar allí.

Cada vez que regresaba al orfanato indio, su fundadora, la Hermana María , que recogió a nuestras hijas cuando apenas tenían uno y dos años de edad, me preguntaba siempre por Roshní y Chandrika, y yo le informaba de todos los avances y novedades. De ese modo, en cierta ocasión le hablé del enojo de nuestras hijas por no poder participar en esas actividades.

-Diles que cuando quieran pueden venir a Matruchhaya -afirmó la gobernanta del hospicio. -Yo les doy comida y alojamiento, durante el tiempo que deseen, a cambio de que trabajen ocho horas diarias, cinco días a la semana, al cuidado de los bebés.

-De acuerdo -dijo Roshní, al tiempo que Chandrika expresaba también su conformidad, cuando les anuncié la oferta de la monja. En ese momento, me sentí orgulloso de nuestras hijas, por su determinación y valentía. Con la mayoría de edad recién cumplida, estaban dispuestas a viajar solas hasta India. Los tres empezábamos ya a fantasear con su visita a Matruchhaya.

-Más despacio -dijo mi mujer, que tiene mucho más talento que yo para la educación de los hijos. -Esa es la condición que pone la Hermana María. La mía es que vosotras mismas os paguéis el viaje.

-Si nuestra paga es de dos euros semanales, ¿cuántos años necesitaríamos para poder pagarnos los billetes de avión? -afirmó Chandrika con rapidez.

-Buscad algún trabajo para las tardes -respondió Aurora.

Aunque ella dice que no, siempre he sospechado que mi mujer lo tenía todo concertado con antelación, porque el día siguiente Roshní y Chandrika consiguieron un contrato de trabajo de tres horas diarias todas las tardes, en un restaurante de comida rápida que había a unos trescientos metros de casa. Empezaron a trabajar en diciembre de 2005, pocos días después de mi regreso de Matruchhaya, y en junio de 2006 ya tenían suficiente dinero ahorrado para emprender el viaje a India.

Mi mujer y yo las acompañamos al aeropuerto. Nos parecía mentira que nuestras hijas fueran capaces de embarcarse en semejante aventura sin la protección de sus padres, lo que nos hacía sentir miedo y admiración por ellas al tiempo. Cuando nos despedimos, entre besos y abrazos y algunas lágrimas, les dijimos que nos sentíamos orgullosos de ellas. Roshní tenía 20 años de edad, y Chandrika todavía no había cumplido los 19.

El viaje no fue fácil. Era la primera vez que salían solas. En la escala de Londres se perdieron, y cuando por fin llegaron a Ahmedabad, descubrieron que sus maletas no iban con las del resto de pasajeros, se habían extraviado. Salieron del aeropuerto con el equipaje de mano, para encontrarse con la Hermana María , como habíamos acordado; pero la monja olvidó ir a recogerlas. Allí estaban ellas, dos polluelos recién salidos del cascarón, rodeadas de cientos de personas que hablaban un idioma, el gujarati, que era su lengua materna pero que, tras siete años en España, habían olvidado. Finalmente, cuando comprendieron que ni la Hermana María , ni ninguna otra monja de Matruchhaya acudirían a darles la bienvenida, cogieron un taxi y le dieron la dirección del orfanato, en la ciudad de Nadiad.

Cuando llegaron al hospicio, la Hermana María se disculpó por el error, asegurando que estaba convencida de que llegarían el día siguiente. Comprobaron con alegría que conocían a muchos de los habitantes de Matruchhaya, y que a su vez ellos se acordaban de las hijas del peluquero.

No eran capaces de hablar el idioma del Gujarat, porque a los pocos meses de llegar a España, en 1999, Roshní y Chandrika dejaron de comunicarse entre sí en su lengua. Cuando tenían que contarse algún secreto, lo hacían en español, en voz baja, al oído, pese a que yo les decía que podían pregonarlos a gritos en gujarati, con la certeza de que en nuestro entorno nadie les entendería. Más tarde empezaron a comprobar, con pesar, que su idioma materno empezaba a borrarse de sus mentes, y cada vez les costaba más hablarlo, escribirlo o simplemente entenderlo. En esos casos, yo les decía que la lengua materna nunca se pierde, simplemente se adormece por falta de uso, y permanece aletargada en una habitación de la memoria, dispuesta a reactivarse en el momento que sea necesario.

No tardaron más de cuatro o cinco días en empezar a comunicarse con fluidez en gujarati con todos los habitantes de Matruchhaya. Uno de esos primeros días, avisado probablemente por las monjas, apareció en el orfanato el peluquero Raman, tal y como lo había hecho durante los diez o doce primeros años de vida de Roshní y Chandrika, hasta que vinieron con nosotros a España. Nuestras hijas, aun viviendo en un orfanato, nunca se sintieron totalmente huérfanas, porque su padre las visitaba con regularidad. De la madre, en cambio, nunca volvieron a saber nada desde que se fugó con otro hombre, abandonando a la familia, lo que provocó que el papá Raman tuviera que llevarlas al orfanato para poder seguir trabajando.

En India son raros los saludos efusivos en público, ni siquiera entre padres e hijos. Nosotros en cambio, educamos a Roshní y a Chandrika en las muestras afectivas con besos y abrazos, al estilo español, aunque en este sentido ellas nos superaron con creces, y se mostraron siempre muy cariñosas, mucho más que nosotros. Cuando vieron llegar el papá Raman, tras siete años sin verle, se abalanzaron sobre él dispuestas a darle un montón de besos y abrazos, como lo hubieran hecho conmigo o con Aurora en España. Olvidaron que en India para saludar a alguien, con independencia de la alegría que produzca el reencuentro, se deben juntar las palmas de las manos a la altura del pecho, al tiempo que se pronuncia "namaste". Nada de besos y abrazos. En esa ocasión, las manos del papá Raman, unidas a la altura del pecho, sirvieron además de para el saludo, para frenar a esas dos alocadas que se arrojaban sobre él. Pese a ese decepcionante incidente, producido por desconocimiento, para ellas fue una gran alegría volver a ver a su padre biológico.

Permanecieron dos meses en Matruchhaya. Disfrutaron del trabajo con los bebés, y del tiempo libre con sus antiguas amigas. El año siguiente, 2007, Roshní volvió a dedicar sus vacaciones de verano a trabajar como voluntaria en su propio orfanato.

Yo he continuado acudiendo a Matruchhaya todos los años, con alumnos, y algún compañero o compañera, profesores de mi Facultad, coincidiendo con su festividad del Diwali, un periodo vacacional más conveniente que el navideño para el trabajo con los menores, por durar casi un mes. La próxima, en noviembre de este año, será la séptima edición de nuestro proyecto en Matruchhaya, y habrá una novedad importante: Roshní será uno de los cinco integrantes del equipo de trabajo. Ahora sí está plenamente justificada su participación.

La esclerosis múltiple que me acompaña desde hace al menos doce años, fue responsable de que, pasado el tiempo, abandonara mi actividad artística puramente física como escultor, y tratara de buscar otros modos de satisfacer mi impulso creativo que no requiriesen fuerza ni destreza. Sin duda, la experiencia de la adopción de nuestras hijas, que implicó cuatro viajes a Matruchhaya antes de poder venir con ellas a España, junto con las limitaciones que en pocos años me impuso esta enfermedad neurológica, son las dos razones que me impulsaron a iniciar este tipo de trabajo en orfanatos, que tantas recompensas me ha dado.

Pero la esclerosis no está quieta, sigue avanzando, continúa imponiéndome nuevas limitaciones. La participación de mi mujer, que también es Licenciada en Bellas Artes, además del trabajo que ha desarrollado con los niños, junto con el resto del grupo, ha supuesto para mí una ayuda importantísima, que se ha hecho ya imprescindible.

Hasta el año pasado, en Matruchhaya no había necesitado la asistencia de mi mujer. Allí todos me conocen, me tratan como si fuera parte de su familia, y se muestran dispuestos a ayudarme en todo lo que sea necesario. Por otro lado, el mes que estoy en Matruchhaya es el único período en que Aurora puede descansar de mí, lo cual, dadas las circunstancias, es bastante necesario, oxigena nuestra relación.

En la edición anterior de nuestro proyecto en ese orfanato indio, comprendí que ya no debía viajar a ningún lugar sin la asistencia de mi mujer, o en su defecto, de alguna de nuestras hijas. Sufrí momentos, en el interior de mi alcoba, en los que hubiera necesitado ayuda para cuestiones tan sencillas e íntimas como levantarme de la cama, desnudarme o vestirme. Mi natural pudor me llevaba a buscar todo tipo de estratagemas para no tener que solicitar la ayuda de ninguna monja o cuidadora, ni de ninguno de los universitarios que formaban parte del grupo; a pesar de que sé que cualquiera me habría ayudado sin el más mínimo reparo. En dos ocasiones tuve que dejar a un lado el rubor, y llamar abiertamente a quien pudiera auxiliarme.

La primera vez fue el día en que Matruchhaya recibía la visita de la directora general de la congregación religiosa que regenta el orfanato, una monja que viajó desde España con el propósito de visitar todas las misiones que las Hermanas de la Caridad de Santa Ana tienen en India. A primera hora de la tarde, todos los habitantes de Matruchhaya, incluidos nosotros también, nos congregaríamos a la entrada del orfanato para recibir a la "generala". Yo calculé que tenía tiempo de echarme un rato sobre la cama, antes de bajar para participar en la ceremonia de recibimiento. Me quedé ligeramente traspuesto, y cuando desperté sentí que todo el mundo se dirigía ya hacia el exterior del edificio. En ese momento intenté incorporarle de la cama, pero fallé en la primera tentativa. Los músculos abdominales no fueron capaces de dejarme sentado sobre el colchón. Lo intenté nuevamente, y nada. Traté de utilizar alguna de las astucias que anteriormente me habían servido para solventar ese problema, colocándome de lado y ayudándole con los brazos, y vi que resultaba imposible. Cuantos más intentos fallidos, peor, porque las pocas fuerzas se iban debilitando. Llegó un momento en que comprendí que tenía que pedir ayuda sin demorarme mucho, pues en breve todos estarían fuera del edificio. Tenía que gritar, pero no quería hacerlo de modo alarmante ni lastimero, ya que mi situación no era grave. Entonces emití una voz potente, que fui repitiendo rítmicamente, cada cuatro segundos, alzando el volumen progresivamente.

No sé cuánto tiempo transcurría, pero a mí me pareció una eternidad, hasta que al fin una monja, acompañada de una cuidadora de los bebés, empujó la puerta de mi habitación, que como precaución dejaba siempre sin cerrar con cerrojo, y me ayudaron a la incorporarle de la cama. Esa misma monja, el día siguiente me dio una pequeña campana para qué la hiciera sonar en caso de necesidad.

Dejaba siempre la campanilla sobre la silla, de modo que pudiera llegar a ella desde la cama, pero también desde el suelo en caso de que me cayese. Pocos días después tuve ocasión de utilizarla cuando, después de la ducha, tropecé y caí al suelo. Como pude, me arrastre hasta el lugar donde posaba la campana, y la hice sonar sin importarme mi semidesnudez, pues sólo había tenido tiempo de ponerme los calzoncillos. En esa ocasión, acudieron de inmediato la monja que me había proporcionado la campanilla, y dos cuidadoras de los bebés. Entre las tres me levantaron del suelo, me sentaron en la cama, y no abandonaron la habitación hasta estar seguras de que me encontraba bien. En ese momento me prometí a mí mismo que no volvería a Matruchhaya sin la asistencia de mi mujer o de alguna de mis hijas.

Desde ese día perdí toda intimidad en mi alcoba, pues cada vez que las monjas o las cuidadoras oían algo parecido al sonido de una campana, irrumpían de súbito en mi habitación preguntando si necesitaba ayuda. Algunas veces oía el timbre de una bicicleta, y sabía que en pocos segundos recibiría la visita de quienes habían asumido la responsabilidad de mi cuidado.

Cuando regresé a España y relaté a mi mujer estos incidentes, me dijo que en adelante ella se sumaría al proyecto de Matruchhaya, como ya lo había hecho con los de Ecuador y Nepal. También Roshní y Chandrika se ofrecieron para la participar en el siguiente proyecto, prestándome la debida asistencia. Finalmente será Roshní quien asumirá esa responsabilidad, además de todas las que implica la participación en un proyecto de estas características.

José Luis Gutiérrez

Cabezón de la Sal , 21 de julio de 2010

 

Publicado el 22 de julio de 2010 a las 08:30.

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Celia y Andradas

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El pasado jueves 17 de junio, por la tarde, inauguramos la exposición de fotografías "Color en orfanatos" en el Edificio de Alumnos de la Universidad Complutense de Madrid. Acudieron numerosos amigos y amigas, entre quienes estaban Carlos Andradas, Vicerrector de Política Académica y Profesorado, y Margarita Barañano, Vicerrectora de Estudiantes. Hicimos una presentación en el salón de actos, muy cerca del amplio vestíbulo que denominan "el ruedo", donde se exponen las fotografías que ilustran nuestro trabajo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador en 2009. Tras los agradecimientos protocolarios, traté de explicar nuestra experiencia en esos lugares desde 2004, ilustrando mis palabras con imágenes.

Haciendo un somero repaso de las distintas actividades creativas que hemos llevado a cabo con los niños y niñas de Matruchhaya, Bal Mandir o Sinincay, llegó el momento de mencionar nuestra última experiencia en India con los globos aerostáticos de papel. Animado por la atenta mirada de Celia, una niña de unos cinco años de edad, que fue adoptada en Nepal hace algo más de tres años, hablé de las propiedades mágicas de esos sencillos artilugios voladores, capaces de dirigirse hacia un punto geográfico determinado, guiados por la voluntad de quienes nos congregamos para lanzarlos al aire.
Sentada en segunda fila, muy cerca del lugar desde donde yo hablaba, Celia miraba con atención las imágenes que proyectaba sobre una pantalla situada a mis espaldas, me observaba a mí, y después, en un gesto de incredulidad, giraba la cabeza hacia su madre, sentada a su lado, en busca de una señal que le hiciera discernir si aquello que yo contaba era cierto o simplemente una fábula.
En todas las ocasiones, la madre de Celia hizo un cómplice movimiento afirmativo con la cabeza, avalando la veracidad de lo que yo decía.

-Si ya resulta milagroso que estos globos de papel vuelen en el cielo, hasta perderlos de vista, confundidos por la noche con alguna estrella del firmamento; más admirable todavía es comprobar que no vuelan en una dirección cualquiera, sino hacia el lugar que el deseo de todos los participantes establece previamente -afirmé con seguridad, ante la mirada perpleja y desconfiada de Celia.

-En noviembre de 2009, cada tarde subíamos con los niños y niñas de Matruchhaya a la azotea de su orfanato, para desde allí lanzar al aire los globos de papel que les habíamos enseñado a elaborar y, en todas las ocasiones, los globos salían volando hacia el Oeste, hacia España, porque habíamos propuesto a los menores del hospicio llenar el aire de esos globos con buenos deseos, para mandárselos a nuestros amigos españoles, especialmente a quienes pudieran estar más necesitados de ánimo y cariño -añadí muy seriamente, sin dejar de mirar a la niña.

-Hace unos días hemos soltado tres globos desde España con la intención de que lleguen a Bal Mandir y, efectivamente, ascendieron en el cielo, y pusieron rumbo al Este, hacia Nepal -concluí, dando ya por sobradamente probado el carácter prodigioso de esos globos.

Al finalizar mi presentación, el Vicerrector Andradas, sentado a mi derecha, ofreció al público la posibilidad de intervenir. Oímos opiniones muy interesantes; entre otras, la de la propia madre de Celia, quien había visitado Bal Mandir antes de nuestra acción inicial allí, en 2006, y había regresado poco después con la niña, para concluir los trámites de su adopción, por albergar Bal Mandir las oficinas centrales de las adopciones en Nepal. La madre de Celia dio fe de la transformación que se produjo en el patio central del orfanato, gracias a aquella primera actividad creativa con los menores, una enorme pintura mural, que sirvió para llenar de color y alegría un lugar hasta entonces sucio y gris.

Carlos Andradas quiso ser el último en intervenir. Ante el asombro de Celia, que le miraba con los ojos muy abiertos, afirmó que ahora comprendía el extraño e intrigante suceso que vivió hace unos meses, cuando vio un globo de vivos colores en el cielo de Madrid, que lentamente se fue acercando hacia su casa, para finalmente aterrizar en su terraza.

-Aquel globo debía de ser vuestro -afirmó el Vicerrector, satisfecho de resolver por fin el enigma que tanto le había inquietado.

Celia miró a su madre, quien una vez más volvió a hacer un gesto de extrañeza aprobatoria, para reforzar la verosimilitud de ese sorprendente acontecimiento en la casa del Vicerrector. Finalmente la expresión de incredulidad desapareció del rostro de la niña, y nos obsequió una preciosa sonrisa.

Publicado el 22 de junio de 2010 a las 08:30.

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Globos en Cantabria

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Alguna vez he oído decir que la felicidad reside en saber adaptarse a las circunstancias que a cada cual le toca vivir, sobre todo si éstas son inexorables. Quizá sea cierto aquello de que cada vez que una puerta se cierra, otra se abre. La esclerosis múltiple que me acompaña desde hace doce años, me impone cada día nuevas limitaciones, pero a la vez me posibilita experiencias que de otro modo no estarían a mi alcance. Es una vaga impresión que raras veces verbalizo, porque no quiero parecer un necio alegrándose de su propia desgracia, y porque, cuando he insinuado tal pensamiento, mi mujer no ha tardado en protestar, ya que ella ve como nadie las consecuencias negativas de la enfermedad, y en consecuencia, se muestra reacia a admitir que en ello pudiera haber algo positivo.

El pasado fin de semana, seis personas implicadas en el trabajo que desde hace años estamos llevando a cabo en orfanatos, viajamos a Cabezón de la Sal para desarrollar con amigos, profesores y alumnos del Instituto de Educación Secundaria "Valle del Saja", un taller de globos aerostáticos de papel, actividad que también pretendemos realizar con los menores de Bal Mandir en octubre de este año, en la que será la quinta edición del nuestro proyecto en Kathmandu.

Como desde hace años los estudiantes del "Valle del Saja" están plenamente comprometidos con la ayuda a los menores de Bal Mandir, pensamos que a través de esta actividad podríamos simbolizar y reforzar el hermanamiento que se está produciendo entre jóvenes que habitan mundos tan distantes. Se nos ocurrió que podríamos fabricar globos aerostáticos de papel, como los que ya hicimos el año pasado en India, cada uno de ellos con el nombre de alguno de los niños o niñas de Bal Mandir: Keshab, Janak, Manika, Sunita, Kalpana, Sita, Kumari, Kamala, Sarita, Lata, Niruta o Sima; para después lanzarlos al cielo con la esperanza de que llegasen a Kathmandu, si no los artilugios de papel, sí al menos el cariño de todas aquellas personas, más el de muchas otras que no estaban allí.

Sudip, un huérfano de Bal Mandir, uno más entre los doscientos cincuenta que allí habitan, se ha convertido en un personaje muy querido en Cabezón de la Sal. Aunque él es ajeno a todo ello, y no alcanza a comprender la trascendencia de su persona en este pueblo de Cantabria, lo cierto es que su causa ha movilizado a cientos de jóvenes estudiantes, que han unido esfuerzos y voluntades en el empeño por darle una educación de calidad y un alojamiento y manutención dignos. Tal ha sido el tesón de los alumnos del "Valle del Saja", que en los últimos cursos han recaudado mucho más dinero del necesario para Sudip, y gracias a ello han podido extender su ayuda a otros menores de Bal Mandir como Susmita, Subas o Samjhana. Pero lo más importante es que están propagando su ejemplo a otros institutos, como el "Foramontanos", cuyos alumnos, a partir del próximo curso se responsabilizarán de los estudios de Puja.

Habíamos programado la actividad con muchos días de antelación. Cuando supimos que la predicción meteorológica auguraba abundante lluvia durante todo el fin de semana, pensamos que debíamos seguir adelante con el plan, porque ya se habían comprometido muchas personas. Además confiábamos en nuestra buena suerte.

Ajenos a la incesante lluvia, trabajamos durante la tarde del sábado, hasta elaborar veinte coloridos globos, cargados con su mecha de lienzo y parafina, dispuestos a surcar los cielos en cuanto que el tiempo lo permitiera. Llegó un momento en que la lluvia dejó de preocuparnos, no sé si porque su constante repiqueteo, de pura monotonía se hizo inaudible, o porque lo que estaba ocurriendo en ese salón de actos, convertido en improvisado taller, resultaba tan excepcional que todo lo demás dejó de tener importancia.

Algunas veces, contemplando el modo en que se desarrollaba el trabajo colectivo con menores de los orfanatos, me he sentido dichoso y privilegiado por ser testigo de un instante mágico, en el que todo parece desarrollarse armoniosamente, sin esfuerzo, con fluidez, alegría, camaradería y entusiasmo, como si no fuera necesario dar indicaciones. Generalmente, en esas ocasiones, además de feliz, me he sentido orgulloso de haber contribuido a propiciar esa extraña forma de comunión en torno al maravilloso acto de la creación en equipo. Aunque a menudo he pensado que yo no hago nada, que son los otros miembros del grupo los que lo hacen, o los propios niños; y yo simplemente estoy allí, creo que con mi presencia posibilito que todo eso ocurra, como si la escena no pudiese tener lugar si no existiese el público, y al estar todos los demás tan volcados en el trabajo, tan cerca de la acción, en rigor, yo fuera el único espectador.

Esos fugaces momentos han compensado sobradamente todas las fatigas, preocupaciones y desdichas que hayan podido acompañar la preparación de cada proyecto.

El pasado sábado este milagro se volvió a producir, y la tozuda lluvia no fue capaz de eclipsarlo. Una vez más tuve la reconfortante sensación de que formábamos un equipo bien acompasado, perfectamente sincronizado, como una buena orquesta sinfónica de donde la música parece fluir con facilidad, sencilla y naturalmente, sin esfuerzos, como el agua mana del grifo.

Sentado en mi silla de ruedas, en la retaguardia, unos metros por detrás de la acción, contemplé embelesado cómo trabajaban al unísono las cerca de cien personas, de todas las edades, que habían acudido al evento. Ramón y Sara, maestros discretos, apoyados por Aurora, Sonia y Sergio, se movían sigilosos por las mesas dando algunas indicaciones. Música celestial. No era yo el director de orquesta, pese a lo cual, me sentí orgulloso de haber propiciado ese encuentro de personas venidas de distintos lugares. En ese momento me importaba poco la lluvia, y si finalmente los globos podrían o no volar.

Habíamos pensado desplazarnos con los globos terminados hasta Oyambre, una preciosa playa a unos 20 Km . de Cabezón de la Sal , para volarlos por la noche en un paraje único, y de paso eliminar el riesgo de incendio en el caso de que alguno de los globos cayera al suelo con la mecha encendida, después de iniciar su ascensión. La intensidad de la lluvia había disipado ya por completo ese riesgo, pero también empaparía el fino papel de seda con el que estaban fabricados los globos, e impediría su vuelo.

De pronto, alguien que venía de la calle avisó de que en ese momento no estaba lloviendo. Salimos inmediatamente al patio del instituto y nos preparamos para volar un globo. Por supuesto, escogimos el que llevaba el nombre de Sudip. Fue maravilloso.

El globo ascendió rápidamente, temeroso de que la lluvia volviese a aparecer y nos arruinara la fiesta. Se dirigió con determinación hacia el Este. Empiezo a sospechar que estos globos, a pesar de su sencillez, poseen algún tipo de inteligencia, porque cuando los volábamos en India se dirigían hacia dónde nuestro pensamiento les sugería, hacia el Oeste, y ahora, obedeciendo el dictado de la lógica, hacia el punto cardinal que le correspondía.

La pertinaz lluvia nos permitió volar dos globos más: uno con el nombre de Kalpana y otro con el de Susmita. Ambos, al igual que el anterior, marcaron una nítida dirección hacia el Este, como ya todos esperábamos.

Aunque quedaron diecisiete globos sin volar, todos estuvimos de acuerdo en que la jornada había sido un éxito. Propondremos a nuestros amigos de Cabezón de la Sal volar esos globos restantes, y algunos más que elaboremos, en el mes de julio, esta vez sí, en la playa de Oyambre.

Publicado el 15 de junio de 2010 a las 08:30.

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Ashok, Geeta, Kinnari, Araceli, Nathaly... salen de Atocha y llegan a la Universidad

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En las últimas semanas miles de personas han pasado por delante de las fotografías de nuestros niños y niñas de Sinincay, Bal Mandir y Matruchhaya; primero en la estación ferroviaria de Campo Grande, de Valladolid; y después en la de Atocha, en donde han permanecido hasta hoy.

Pero aquí no termina el periplo viajero de Ashok, Geeta, Kinnari, Araceli, Nathaly, Mayra, Jakeline, Asha o Sumit, entre otros; porque ahora colocaremos estas 24 imágenes en el recibidor principal del Vicerrectorado de Alumnos de la Universidad Complutense de Madrid, un magnífico edificio situado en la Avenida Complutense , s/n, enfrente de la boca de metro de Ciudad Universitaria. El jueves 17 de junio, a las 18 horas, inauguraremos la exposición, que podrá visitarse hasta el 29 de julio, acto al que, a través de este correo, invitamos a cuantos puedan estar interesados.

Los menores de los orfanatos en los que trabajamos, van a sentirse bien acompañados, no sólo el día de la inauguración, a la que acudirán numerosos amigos y amigas, sino también durante el resto de los días que estén en "el ruedo", como llaman al vestíbulo principal del Vicerrectorado de Alumnos; porque durante los próximos días cientos de estudiantes, con la selectividad recién terminada y aprobada, acudirán a ese lugar en busca de información para iniciar la matriculación en sus respectivas Facultades.

Publicado el 11 de junio de 2010 a las 08:30.

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Cuatro artistas

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El 4 de marzo de 2009 nuestro Departamento de Escultura decidió abrir las puertas de su "Taller de Técnicas de la Escultura" a dos jóvenes artistas muy singulares, a pesar de que ninguno de ellos era universitario. Así pues, hace ya más de un año que Rubén y Luisma, desahuciados del sistema educativo convencional, por la barrera comunicativa que impone su autismo, comparten espacio creativo con nuestros alumnos reglados, y de algún modo también ellos ahora son universitarios.
Al principio no sabíamos cómo comportarnos con ellos. Fueron Lola y Luis, sus acompañantes de "Debajo del sombrero", quienes nos dijeron que debíamos hacerlo con absoluta naturalidad. No anunciamos su presencia en el taller, simplemente dejamos que cada profesor explicara a sus alumnos, cuando éstos le preguntaran, que Rubén y Luisma suponían una buena oportunidad para aprender de su modo sincero, espontáneo y desinhibido de abordar la creación artística, además de una ocasión para descubrir una vía de utilidad social para la actividad creadora, ya que en esas personas, la expresión plástica es capaz de eludir el muro de aislamiento e incomunicación que a menudo les produce el autismo.

Durante el segundo cuatrimestre del anterior curso, el profesor Antonio Florentino tenía a sus alumnos de 1º de Grado en el área del taller en el que empezaron a trabajar Rubén y Luisma. Antonio iba corrigiendo individualmente a cada uno de sus alumnos, junto al propio banco de trabajo, ofreciéndoles detalladas explicaciones, e incluso cogiendo él mismo la herramienta para mostrar al alumno de modo directo el procedimiento idóneo de trabajo. Me sorprendió la primera vez que observé a mi compañero, que al llegar al banco de trabajo de Rubén, y posteriormente de Luisma, no hizo ningún tipo de distinción, y les corrigió el trabajo que estaban realizando, con todo tipo de explicaciones, como si se tratara de dos alumnos más. Me pareció magnífico, y entendí que ese era el modo en que debíamos tratarles. En adelante, cada vez que Antonio llegaba al puesto de trabajo de Rubén o Luisma, éstos dejaban de trabajar y escuchaban atentamente todo lo que les decía, aunque luego, como es natural, hacían lo que su propio impulso creativo interno les dictaba.

Daba gusto ver trabajar a estos dos muchachos grandullones que se concentraban en su obra de tal manera, que parecía no importarles nada más. Poco después, con permiso de nuestro Consejo de Departamento, incorporamos a Antonio, otro gigantón, en esta ocasión con Síndrome Asperger, un trastorno mental que se engloba dentro del espectro autista. Excluido también del sendero oficial de los estudios, Antonio conservaba intacta una insaciable curiosidad, y un apremiante deseo de experimentar en el campo de la expresión escultórica.

Luisma y Rubén tenían pocas habilidades comunicativas a través del lenguaje verbal, especialmente el primero, en cambio, Antonio parecía un profesor impartiendo docencia cuando la conversación entraba en alguno de sus temas de interés. A diferencia de Luisma y Rubén, a Antonio le gustaba pasear por el taller y observar el trabajo de los estudiantes. Recuerdo que un día yo estaba corrigiendo a una alumna mía llamada Candela, que había realizado un avestruz, de tamaño natural, con todo tipo de retales de hierro y objetos encontrados, como cucharas y tenedores. Antonio se acercó a nosotros, sin dejar de contemplar la gigantesca ave, y dijo:

-¿Me permitís que os dé mi opinión?
-Por supuesto -contesté yo, al tiempo que hacía las presentaciones formales.
-Candela, yo creo que estás eludiendo el elemento más expresivo del avestruz -dijo Antonio con autoridad propia de un catedrático.
-¿Qué consideras que está eludiendo Candela? -pregunté yo sin disimular mi perplejidad.
-Las pestañas -respondió Antonio con cara de no comprender que ninguno de nosotros nos hubiéramos dado cuenta de esa imperdonable omisión.

El jueves siguiente, nada más llegar al taller, Antonio se dirigió a la zona donde se trabaja el hierro, y comprobó lleno de satisfacción que Candela había añadido unas enormes pestañas de hierro a su avestruz.

Hace pocos meses, el Departamento de Escultura decidió sumar a este grupo a Belén, otra joven con algún tipo de déficit comunicativo o intelectual, pero con una tremenda inquietud creativa, y un riquísimo universo interior que parece explorar a través de sus propias invenciones artísticas.
Desde que estos artistas acuden cada jueves a nuestro Taller, hemos recibido la visita de varios periodistas que se interesan por su trabajo. El jueves 20 de mayo Teresa Isasi, una prestigiosa fotógrafa, estuvo tomando algunas imágenes de nuestros artistas invitados. 

Publicado el 28 de mayo de 2010 a las 08:30.

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José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz (Madrid, 1963), pofesor Titular y Director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Grupo de Investigación UCM "Arte al servicio de la sociedad". Responsable de diversos proyectos de cooperación al desarrollo que desde 2004 vienen llevándose a cabo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador.

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