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Blog de José Luis Gutiérrez Muñoz

Sonrisas de colores

Cap.2. 'Tres en raya', color en orfanatos de Nepal

Archivado en: Kathmandu, Nepal, 'Tres en raya'

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Bal Mandir es un enorme orfanato estatal de Kathmandu, la capital de Nepal. En él viven unos doscientos menores de todas las edades, pero más niñas que niños, y con un elevado porcentaje de discapacitados.

Ha sido la tercera vez consecutiva que trabajamos allí, aprovechando su periodo vacacional del Dashain, entre septiembre y octubre de 2008, para tratar de llevarles color, afecto y alegría.

Con ellos hemos dibujado, hemos pintado sobre las paredes de uno de los rincones más emblemáticos del orfanato, y hemos elaborado máscaras para una representación final.

Pero, en esta ocasión nuestro grupo de siete universitarios de la UCM, se ha visto ampliado por cuatro estudiantes de Bellas Artes de Kathmandu, más cuatro expertos de diferentes áreas, que se han sumado a nuestro grupo, y han podido incidir en cuestiones higiénico-sanitarias. Más imágenes

 

 

Publicado el 12 de enero de 2009 a las 18:00.

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Cap.1.'Tres en raya', color en orfanatos de Ecuador, Nepal e India

Archivado en: José Luis Gutiérrez Muñoz, Ecuador, Nepal, India, Sinincay

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Algunas de estas imágenes compondrán la muestra 'Tres en raya', que, con 60 fotografías, ilustra nuestro trabajo en Ecuador, Nepal e India durante el año 2008.

El pasado año llevamos nuestras actividades a tres puntos diferentes: un pueblo de Ecuador llamado Sinincay, Bal Mandir y Matruchhaya, los orfanatos de Nepal e India en los que venimos trabajando desde hace años.

El 6 de febrero inauguraremos esta exposición en el Centro Joaquín Roncal de la CAI Zaragoza.

Más tarde, en marzo, las expondremos en nuestra Facultad de Bellas Artes, en Madrid, y suponemos que se exhibirán en más lugares.

A continuación os cuento más detalles de nuestro trabajo en Ecuador:

COLOR EN SININCAY

Sinincay es un pueblo de Ecuador con unos dieciocho mil habitantes, en el que se estima que más de dos mil niños y niñas trabajan en la elaboración de ladrillos de arcilla.

Por otro lado, la pobreza hace años que viene empujando a muchos hombres y mujeres de Sinincay a buscar trabajo en el extranjero, generalmente en Estados Unidos o España, lo que ha aliviado la situación económica de muchas familias, pero ha introducido nuevos problemas, pues los hijos generalmente han quedado al cuidado de la madre, o de algún pariente, y se ha visto alterada la relación familiar.

Seis universitarios de la Universidad Complutense de Madrid trabajamos en este pueblo durante el mes de julio de 2008, con unos cien niños y niñas, de entre cinco y doce años de edad, que las monjas del “Jardín de Infantes Nuestra Señora de la Merced” habían dividido en cuatro grupos.

Nos alojamos en ese convento y utilizamos sus instalaciones para llevar a cabo diversas actividades creativas: dibujo, pintura, modelado y elaboración de figuras de papel maché. Pero, sobre todo, intentamos que nuestra estancia allí fuera motivo de alegría y esparcimiento para esos menores.

Siempre que hemos visitado las ladrilleras de Sinincay, hemos tenido la impresión de que retrocedíamos en el tiempo. La producción de ladrillos allí conserva un carácter netamente artesanal, como si la revolución industrial hubiera ignorado ese hermoso lugar.

Cada familia extrae arcilla de las laderas de la montaña con palas, la echan a una especie de poza circular, donde la mezclan con agua y la amasan haciendo caminar por ella a uno o varios toros que pisotean el lodo. Amasado el barro, utilizan cajones de madera como molde para que todos los ladrillos tengan el mismo porte. Cuando están secos, preparan la hornada. Apilan ordenadamente diez o doce mil ladrillos sobre una plataforma. Una fila de ladrillos ya cocidos hace de paredes de ese horno improvisado a la medida del contenido.

Recubren con lodo las juntas, encienden fuego bajo la plataforma, y lo alimentan con leña durante dos días. Mantendrán el horno cerrado durante quince días, tras los cuales, los ladrillos estarán listos para ser vendidos. Algún constructor acudirá allí para comprarlos, y pagará unos quince centavos de dólar por ladrillo, lo que dará a la familia lo justo para seguir viviendo, y en algunos casos pagar las deudas acumuladas a cuenta de la hornada.

Esta actividad es tan precaria económicamente, que difícilmente da para pagar salarios, por eso generalmente en las ladrilleras trabaja toda la familia, y es la razón por la que hay tan elevado número de menores empleados en esas labores, sin escolarizar. A nuestras actividades no acudió ninguno de esos niños ladrilleros; sí algunos que ayudan a la familia al salir de la escuela, o en vacaciones, e hijos de emigrantes.

LA VIDA DE ANA

Ana vive en el sector de La Dolorosa, arriba en la montaña, un barrio plagado de ladrilleras. Es muy alegre y comunicativa. Ayer mismo nos invitó a visitar la empresa de su familia en plena actividad. Tiene cuatro hermanas más, ella, con diez años de edad, es la pequeña.

Todos los días viene a clase con dos sobrinos, hijos de su hermana mayor, que ahora vive y trabaja en Estados Unidos. En la visita a su ladrillera conocimos a su padre, que dejó de trabajar en cuanto llegamos, para atendernos. También él fue emigrante en los Estados Unidos.

Asegura que allí ganaba mucho dinero, pero al poco tiempo enfermó, supone él que por fatiga y por la dureza del clima. Se vio obligado a regresar a Sinincay, y empezó a trabajar en la ladrillera. La madre y la hermana de Ana siguieron haciendo ladrillos durante nuestra visita, aunque cuando se acercaba la hora de nuestro regreso, dejaron de trabajar, y la hermana bajó por la ladera en busca de una botella de refresco y unos vasos.

Rocío, la única hermana de Ana que trabaja en la ladrillera, tiene dieciocho años, dice que al finalizar la escolarización primaria, a los doce años, tuvo que ayudar a la familia con una dedicación mayor. Trató durante un tiempo de compatibilizar su trabajo con el colegio, pero le resultó imposible. Actualmente trabaja desde las ocho de la mañana hasta las séis de la tarde, de lunes a viernes, con una interrupción para la comida.

El sábado se ocupa sólo media jornada. Raquel, una de las alumnas que forma parte de nuestro grupo, le preguntó qué hacía por las tardes cuando terminaba de trabajar. -Descansar -dijo la hermana de Ana. -¿Y los fines de semana? -insistió Raquel. -Descansar también -respondió Rocío. -El trabajo en la ladrillera es muy duro -añadió la chica tratando de justificarse.

La propia Ana asume que esa será también su obligación en cuanto cumpla los doce años de edad y finalice su educación primaria.

LA VIDA DE KERLEY

Kerlye es una niña de seis años de edad que un martes por la tarde se enamoró súbitamente de Santiago, un niño de once años, de su mismo grupo. La flecha de Cupido hizo blanco en el corazón de Kerlye, quien comunicó a sus primas, primos y hermano el repentino acontecimiento; y éstos, muy diligentes, se lo transmitieron a Santiago, e incluso concertaron una cita para el día siguiente, a las dos de la tarde, en el parque situado frente al convento.

Santiago aceptó, o simplemente no respondió, porque lo cierto es que es un niño muy tímido, el caso es que de inmediato nos hicieron partícipes a todos del feliz evento.

La fantasía de ellos se disparó, y empezaron a organizar un encuentro digno de las más románticas telenovelas. Kerlye, más pequeña que sus parientes, se dejó asesorar, y apareció deslumbrante el día señalado. Un precioso vestido rosa, con falda de tul, zapatos blancos de charol, y una flor blanca prendida del pelo, hacían que Kerlye pareciera una auténtica princesa.

Llenaron una bolsa con pétalos de flores, para lanzarlos al aire en el momento en que los enamorados se besaran, cosa que ya habían explicado a Kerlye que sería necesaria para poder sellar la relación, y ser novios de verdad.

Escribieron una declaración de amor plagada de corazones, y pidieron a Samuel que se escondiera tras unos setos, y tocara alguna dulce melodía con su flauta, algo a lo que nuestro alumno se negó. A las dos, Kerlye ya estaba sentada en un banco del lugar señalado, pero rodeada por una comitiva de parientes y curiosos de casi diez niños.

Poco después vimos aparecer por el fondo de la plaza a Santiago, quien, con cara de perplejidad miró al nutrido grupo, y asustado dio media vuelta. -¡Santiago,  ven aquí, Kerlye te está esperando! –gritaron los acompañantes de la niña.

En ese momento Santiago echó a correr, y los amigos de la novia salieron disparados tras él. Kerlye se quedó sola, con cara de sorpresa al principio, y de profunda tristeza después, cuando comprobó que Santiago corría como si lo siguiera el diablo.

Entonces empezaron a rodar unas lágrimas por sus mejillas, y Raquel y María, las dos alumnas de nuestro grupo, salieron del convento, desde una de cuyas ventanas observábamos a escondidas, y trataron de consolarla. A las tres de la tarde todos acudieron puntuales a nuestra sesión, incluidos Santiago y Kerlye, como si nada hubiera ocurrido.

Ese día teníamos programado realizar fotografías con cada menor portando su animal ya terminado. Allí estaba Kerlye con su vestido de princesa, todavía dibujada la decepción en su rostro, pero dispuesta a posar en la sesión fotográfica, como una verdadera modelo, sin reparar en lo extraño de su indumentaria. Por no aumentar su dolor, no le pedimos que se cambiara de ropa, y la fotografiamos vestida de esa guisa.

Publicado el 7 de enero de 2009 a las 19:45.

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Chandrika en España

Archivado en: Chandrika, Matruchhaya, Navidades

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Chandrika, la niña de Matruchhaya que salió en adopción hacia España mientras nosotros estábamos trabajando allí, ya está en su nuevo hogar, y por lo que me dice su madre, se encuentra plenamente feliz.

Está empezando a decir sus primeras palabras en español, y sigue tan risueña y alegre como siempre. Pablo, su hermano, también parece muy contento con su nueva hermana.

Seguramente nos veremos con ellos en Navidades. Mis hijas, que regresan a Madrid para pasar con nosotros las vacaciones navideñas, tienen muchas ganas de encontrarse con la segunda Chandrika de España. Que sepamos, la primera es nuestra hija menor. También a mí me ilusiona mucho reunirme aquí con niños o niñas que he conocido allí.

Publicado el 5 de diciembre de 2008 a las 17:30.

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El peligro de Bombay

Archivado en: India, Sapurtala, Bombay, Maharastra, Gujarat

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Madrid, 27 de noviembre de 2008

Hace sólo unos días que he regresado de la India. Como sabéis, he estado trabajando, con un grupo de alumnos de mi Facultad de Bellas Artes en Matruchhaya, un orfanato de Gujarat, una región vecina de Maharastra.

Hará un par de semanas que organizamos una excursión en autocar con todos los niños y niñas del orfanato. Estuvimos barajando dos posibilidades: Sapurtala, un pueblecito de montaña hacia el norte, o Bombay, la capital de Maharastra. La monja que dirige el orfanato dijo que prefería en esta ocasión ir a Sapurtala porque en Bombay las cosas estaban revueltas.

Me pareció exagerado, pero, por supuesto, no discutí su decisión, porque pensé que ella conocía mejor que yo la situación de su país. La noticia de estos atentados confirma que la monja tenía sus motivos para el recelo. Dicen que han sido radicales islamistas, aunque también hay observadores que opinan que pudieran haber sido radicales hinduistas.

El hecho de que hayan atentado contra extranjeros parece que da más crédito a la primera tesis. Me temo que, de confirmarse esto, habrá pronto una violenta respuesta por parte de los extremistas hinduistas.

 

Publicado el 27 de noviembre de 2008 a las 14:45.

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Balance final 'Color en Bal Mandir 2008'

Archivado en: Kathmandu, Bal Mandir, Matruchhaya, Pinto, Dashain, Nepali Children Organization

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Madrid, 24 de noviembre de 2008

Cuando regresé de Kathmandu, el 17 de octubre, pasé varios días sin apenas poder dormir, no sólo por el desajuste horario, sino también porque continuamente me venían a la mente escenas de Bal Mandir, y cuando me acostaba, mi cabeza se empeñaba en tratar de encontrar soluciones imposibles a los numerosos problemas de ese orfanato.

Ha sido la tercera vez que trabajo allí. En anteriores ocasiones había regresado impresionado por todo lo visto, pero optimista en cuanto a las posibilidades de modificar esa cruda realidad. Esta vez, en cambio, me he sentido abatido, porque he tenido la impresión de que buena parte de nuestros esfuerzos han sido en vano. Bal Mandir sigue siendo el mismo lugar miserable, donde malviven doscientos niños y niñas en condiciones inhumanas, y me indigna pensar que alguien pueda estar lucrándose gracias a la mala situación de esos menores.

He dejado pasar un tiempo para serenar mis sentimientos. No deseaba hacer un balance final afectado por el pesimismo, la tristeza y la rabia que en esos días sentía. Por otro lado, sabía que era necesario dejar a un lado todos aquellos pensamientos negativos, porque en sólo unos días, el 23 de octubre, iniciaba un nuevo proyecto en Matruchhaya que requería toda mi atención, pero era consciente de que, tarde o temprano, tendría que ordenar mis ideas y tratar de extraer conclusiones de la última experiencia en el orfanato de Kathmandu.

En 2006 trabajé allí con cinco alumnos de mi Facultad, más otros cinco de la Facultad de Bellas Artes de Kathmandu. Nos propusimos llevar color y alegría a aquellos menores, desde el convencimiento de que lo necesitaban tanto como otros asuntos primordiales; pero lo cierto es que no nos conformamos con eso. Las condiciones de vida en ese enorme orfanato nos parecieron tan duras, que inmediatamente pensamos que debíamos de luchar para tratar de transformarlas.

Quizás fuimos demasiado ingenuos, pero lo cierto es que hicimos todo lo posible para que nuestra ayuda sobrepasara el ámbito de lo puramente lúdico o creativo.

En 2007 nuestro grupo fue de siete personas, más cuatro alumnos de Kathmandu. En esa ocasión conseguimos una donación económica adicional del Ayuntamiento de Pinto para la adquisición de artículos de primera necesidad para los huérfanos de Bal Mandir. Estábamos felices con ese logro. Compramos ropa y calzado para los menores de ese orfanato, y de otros cuatro que pertenecen a su misma red.

Por otro lado, con el dinero obtenido por la venta de algunas de las fotografías que expusimos, pudimos comprar muchos medicamentos, de acuerdo con las necesidades expresadas por el doctor que regularmente les visita; y además, a petición del director del orfanato, adquirimos un frigorífico grande para la mejor conservación de las medicinas. Colaboramos personalmente en la distribución de las distintas prendas. Los huérfanos de Bal Mandir parecían contentísimos con sus nuevas ropas y calzado.

Ese año, incluso nos atrevimos a diseñar un programa de becas para ayudar a los niños y niñas de dicho orfanato que deseaban seguir estudiando, y no podían hacerlo, al quedar fuera del amparo de Bal Mandir, por la edad. Creíamos firmemente en nuestra capacidad de transformar esa cruda realidad, con la ayuda de los numerosos amigos que empezaron a prestarnos su apoyo.

Gracias a eso, este año hemos tenido más recursos económicos que nunca, y el equipo ha sido suficientemente numeroso como para atender otras necesidades. Hemos podido distribuir ropa y calzado a más de quinientos niños y niñas de once orfanatos distintos de la red de Bal Mandir. Esta vez hemos sido once voluntarios españoles, más cuatro alumnos de Bellas Artes de Kathmandu. El grupo inicial, financiado por el Ayuntamiento de Pinto, estaba formado por siete personas, pero finalmente el Consejo Social de nuestra Universidad hizo posible ampliar el equipo con cuatro colaboradoras más.

Además de ropa, hemos vuelto a comprar gran cantidad de medicamentos. Para todo ello, hemos recurrido a la mediación de un buen amigo de Kathmandu, de absoluta confianza, al que transferimos la cantidad de dinero necesaria para poder hacer frente a estos gastos, de modo que, cuando llegamos a Kathmandu, el 18 de septiembre, buena parte de las prendas ya estaban distribuidas por los diferentes orfanatos, a la espera de repartirlas entre los niños el día grande del Dashain, el 2 de octubre.

Por otro lado, el programa de becas se pudo hacer realidad, y ya son cinco los menores que se benefician de esta ayuda, que parte de la ilusión y el esfuerzo económico de muchos amigos españoles. Deseamos extender este tipo de ayudas a más niños y niñas, prestando especial atención a los que tienen alguna discapacidad. Creemos que la educación es la mejor herramienta para ayudarles a salir de la marginalidad y pobreza que les condujo al orfanato.

También hemos enviado a un hospital de India, con dinero de nuestros amigos, a dos adultos que acompañan a dos bebés ciegas de Bal Mandir, que en los próximos días serán operadas allí gratuitamente. Dicen que tienen un diez por ciento de posibilidades de recuperar la visión tras la intervención quirúrgica.

Todo esto es muy esperanzador, pero lo cierto es que, al poco de llegar a Bal Mandir, empezamos a ver cosas que no nos gustaban. Los niños y niñas, especialmente los más pequeños y los discapacitados, seguían utilizando las mismas ropas viejas, sucias y rotas de años anteriores.

Muchos de ellos seguían descalzos, y otros usaban unas chanclas tan gastadas, que casi equivalía a no llevar nada en los pies. Bal Mandir seguía siendo un lugar inaceptable para la vida de los niños. Los servicios apestaban, estaban llenos de excrementos diarreicos de los menores. Muchas veces los niños, para evitar pisar las heces de otros, hacían sus necesidades fuera del servicio. Las comidas seguían siendo muy pobres, casi exclusivamente arroz, un día tras otro. Bien es cierto que en estos aspectos ni siquiera hemos tratado de incidir, porque todavía no hemos encontrado el modo de hacerlo. Pero en la ropa y el calzado sí que habíamos gastado mucho dinero. Las prendas de este año todavía no habían sido distribuidas pero, ¿dónde estaban las del año pasado?

Empezamos a preguntar esto mismo a los menores de Bal Mandir. Para ser más concisos, les preguntamos por la prenda más cara del año anterior: un abrigo impermeable con forro polar en su interior, que habíamos comprado para trescientos cincuenta niños y niñas de esos cinco orfanatos de Bal Mandir, para todos los que estaban en edad de poderlo utilizar.

Las niñas más mayores sí conservaban las prendas que habíamos distribuido el año pasado, pero los pequeños afirmaban que el abrigo lo tuvieron varios días, hasta que finalizaron las vacaciones del Dashain, y luego desapareció. Fuimos a hablar con el director, quien se mostró sorprendido, y aseguró que averiguaría lo sucedido. También le dimos la queja a la presidenta del NCO (Nepali Children Organization), quien nos dijo que se sentía muy triste por lo que le contábamos, y que iniciaría una investigación.

Nos fuimos de Bal Mandir sin saber dónde estaban esos abrigos y todas las demás prendas que habían desaparecido. Todavía no hemos recibido una explicación, aunque no perdemos la esperanza, porque les hemos hecho saber que las futuras ayudas, en ese sentido, están condicionadas al esclarecimiento de lo sucedido. Otro día nos reunimos con ambos responsables del orfanato, y les comunicamos que el frigorífico que habíamos comprado el año anterior también había desaparecido. En su lugar, junto a la enfermería, habían colocado otro viejo, más pequeño, que estaba desenchufado y vacío, luego probablemente no funcionaba.

Nuevamente palabras de pesar y promesas de averiguación, pero ni una respuesta hasta la fecha. -"¿Y dónde están los medicamentos?" -preguntamos. -"Se habrán gastado, y los que no, habrán caducado" -nos respondieron.

Las niñas más mayores del orfanato ya nos habían hablado de la corrupción en todos los estamentos de Bal Mandir, desde la presidenta hasta las cuidadoras, pasando por el director y por todos los empleados de las oficinas, pero pensamos que exageraban, que era una forma de rebeldía adolescente.

También nuestros amigos nepaleses, externos a Bal Mandir, nos habían advertido de ese mismo problema, pero nosotros creíamos haber encontrado un modo directo e inmediato de hacer llegar las ayudas a los niños, jamás pensamos que alguien pudiera robarles la ropa y el calzado, después de haberlo marcado con el nombre de cada menor, y de haberlo usado en nuestra presencia durante varios días.

Hay gente sin escrúpulos, que se beneficia de las ayudas que las personas de buen corazón intentan hacer llegar a los más necesitados. Ganas dan de desistir, pero somos rehenes de nuestros sentimientos. Cuanto más conocemos a esos niños y niñas, más les queremos. Son personas muy especiales. Tienen una fuerza increíble para superar las adversidades, y una asombrosa capacidad para devolver con creces el poco afecto que reciben. Por ellos, y sólo por ellos, merece la pena seguir luchando, no podemos abandonarles, pero ya no podemos permitirnos más ingenuidades, debemos de ser muy exigentes con los que gobiernan esa casa, cautos y desconfiados, y estamos obligados a ser absolutamente sinceros con nuestros amigos.

Descárgate el artículo 'Color cántabro en el Orfanato de Bal Mandir' (El Mundo, 19/11/08)

Publicado el 25 de noviembre de 2008 a las 11:15.

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Chandrika

Archivado en: Chandrika, Bombay, Nadiad, Matruchhaya, Veronika, adopción, orfanato

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Nadiad, 17 de noviembre

En este momento, Chandrika es la niña más feliz del orfanato. Sus padres adoptivos llegaron el sábado, y ella les recibió con absoluta naturalidad, como si les conociera de toda la vida. Hacía días que sabía que sus papás iban a venir a recogerla para llevársela a España, pero yo creo que ella no era consciente de lo que eso significaba, y aún hoy no puede siquiera intuir el cambio tan grande que esto supondrá en su vida.

Todos estábamos pendientes del primer encuentro. Tratábamos de imaginar cómo serían los padres que le habían tocado en suerte a la preciosa niña. Pablo y Rosa, los nuevos padres de Chandrika, nos causaron muy buena impresión, nos saludaron afectuosamente, y se interesaron por nuestro trabajo, aunque no podían disimular que el verdadero foco de interés para ellos era otro.

Rosa besaba y abrazaba a Chandrika como lo haría cualquier madre que llevara varias semanas sin ver a su hija. Se la veía nerviosa. Pablo en cambio se mantenía sereno, más distante. Su actitud me pareció prudente, era mejor esperar a que la niña iniciara por sí misma el acercamiento, no era bueno agobiarla, y parecía claro que la pequeña mostraba una querencia más clara hacia la madre. Chandrika no paraba de sonreír. Era el centro de atención de todas las miradas, pese a lo cual no se sentía intimidada.

Chandrika ahora tiene unos tres años y medio. Resulta imposible saber con exactitud su fecha de nacimiento porque fue abandonada en la estación de tren de Nadiad hace poco menos de dos años. Las estaciones ferroviarias en India son lugares tremendamente transitados; miles de personas se mueven a todas horas por el vestíbulo y por las inmediaciones de la estación, en todas las direcciones, y entre ellos, muchos vendedores ambulantes.

Un comerciante, que vendía unos bollitos que aquí llaman "cara de luna", vio un bebé junto a su carro, y se sorprendió porque no había visto a nadie dejarlo allí, pero en definitiva, tal era el trasiego, que era natural que le hubiera pasado desapercibido. Además ese día estaba haciendo muchas ventas. Tal vez por no interrumpir su buena racha, quiso pensar que la madre de la criatura la había dejado allí momentáneamente, pero regresaría pronto. Ninguno de sus clientes, ni los transeúntes, debieron de extrañarse, porque el bebé estaba tan próximo al carro, que debieron de pensar que era del tendero.

No tardó mucho en terminar de vender toda su mercancía, y entonces ya sí decidió hacer algo al respecto. Se acercó al bebé, y le pareció que se encontraba bien, incluso le dedicó una sonrisa. El hombre aprovechó que un policía pasaba por allí, para comunicarle el abandono.

A partir de ese momento se puso en marcha el protocolo establecido para estos casos: ficha policial, traslado al orfanato, examen médico, anuncios en prensa y en televisión, para tratar de encontrar a la madre, o a algún familiar que pudiera dar cuenta de su procedencia, y finalmente, transcurrido el tiempo reglamentado sin que nadie reclame a la niña, el consentimiento gubernamental para que la niña pueda ser ofrecida en adopción.

La fecha de nacimiento la determinaron en la comisaría de policía por estimación, y el nombre, Chandrika, que en gujarati significa "luz de luna", por alusión al humilde vendedor de "caras de luna" que la encontró.

El año pasado por estas fechas, trabajamos con ella por primera vez, y era una de las niñas más queridas del orfanato, por pequeña, por guapa, por simpática y por graciosa. Ahora ha pasado a ser la más afortunada de Matruchhaya. Todos nos alegramos por ella, y por Pablo y Rosa, que ahora concluyen un tortuoso periplo por la adopción, de más de cuatro años.

También los niños y niñas de Matruchhaya, que quieren mucho a Chandrika, se sienten felices de que su historia tenga un final feliz, pero es inevitable que en estos momentos se pregunten por su propio futuro. La mayoría no dicen nada, pero percibimos en sus caras cierta pena, no sólo por que su amiga se va, sino también porque ellos se quedan, y no ven en el horizonte cercano posibilidades de seguir el camino de Chandrika.

Estos días que han estado aquí Pablo y Rosa, hemos notado al resto de niños y niñas más afectivos con nosotros, más necesitados de cariño.

Veronika ya me ha preguntado tres veces si ella puede ir a España. No he sabido qué responderle. Hubiera querido darle una explicación, decirle al menos que, aunque nunca llegue a ser adoptada, en Matruchhaya y en España hay mucha gente que la queremos, y que la vamos a apoyar en todo lo que necesite; pero el idioma para este tipo de razonamientos es una barrera, pues estos niños saben muy poco inglés, y nuestro conocimiento del gujarati no da para tanto.

A estas horas Rosa, Pablo y Chandrika ya están de camino hacia Bombay. Allí tendrán que arreglar los trámites finales en el consulado español, y el jueves saldrán de India hacia nuestro país. Muy pronto en España habrá dos Chandrikas: mi hija menor, que ya ha cumplido veintiún años, y la pequeña Chandrika. Ojala que todas las niñas y niños de Matruchhaya tuvieran la misma suerte que ellas.

Publicado el 18 de noviembre de 2008 a las 11:45.

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Saputara

Archivado en: Saputara, Matruchhaya, Gujarat, India, Maharashtra, Baroda, Ahmedabad, Diwali

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Nadiad, 15 de noviembre de 2008

El pasado martes 11 de noviembre, a las once de la noche, un autocar de sesenta plazas nos esperaba en la puerta del orfanato. Durante todo el día los niños y niñas de Matruchhaya estuvieron nerviosos, porque sabían que por la noche saldríamos de viaje hacia Saputara, un pueblecito de montaña, a tres mil metros de altitud, al sur de Gujarat, en el límite con la región de Maharashtra.

Invertimos nueve horas y media en hacer los trescientos cincuenta kilómetros que separan Nadiad del mencionado pueblo. Los niños no paraban de cantar y reír. Tal era la expectación que el viaje había despertado en ellos, que parecía imposible que se llegaran a dormir; pero afortunadamente, después de varias horas, uno tras otro fueron cayendo dormidos. Llevábamos cuarenta menores, desde los tres o cuatro años de edad de Bhauna o Sapna, hasta los dieciocho de Sanguita, todos ellos igualmente ilusionados. Además nos acompañaban diez cuidadoras, y cuatro trabajadores del orfanato. Toda una expedición.

Varios días antes habíamos preparado el viaje con Sister Pushpa, la directora de Matruchhaya. Queríamos que nuestra estancia aquí, además de las actividades lúdicas y creativas que desarrollamos, sirviera de excusa para hacer algo excepcional con los niños.

Hace dos años fue una visita al zoológico de Baroda, el año pasado fuimos al circo de Ahmedabad, y éste queríamos organizar algo diferente, más ambicioso incluso que lo de años anteriores. Sister Pushpa nos habló de Saputara, y nos dijo que unas Hermanas de su congregación regentaban un internado allí, que nos podría servir de alojamiento, pues los estudiantes estaban aún disfrutando de sus vacaciones del Diwali.

Nos pareció buena idea, y contratamos el viaje con un conductor de autocares, conocido de las monjas, que resultó ser un magnífico profesional del volante, que hizo sentirnos seguros en todo momento.

Cuando llegamos a Saputara, por la mañana, después de toda la noche de viaje, tres monjas del internado nos estaban esperando. Tras el desayuno, quisimos tomarnos un tiempo de descanso, pero los niños estaban tan alterados, que salimos inmediatamente hacia el teleférico.

Algunos expresaron cierto temor a la altura, pero arropados por el grupo, todos se fueron subiendo a las cabinas, excepto Bhauna, que al tener un problema de corazón, nos pareció más prudente que se quedara esperándonos, comiéndose un helado con su cuidadora.

La experiencia fue única para todos ellos, y las vistas preciosas. Cuando bajamos, caminamos hasta una planicie donde ofrecían paseos en camello. En esta actividad sí incluimos a Bhauna.
Regresamos a comer al internado y, después de un pequeño descanso, nos fuimos a dar un paseo en barca por el lago de Saputara. Llenamos tres barcazas, pero el dueño del negocio no quiso cobrarnos nada, al saber que los niños eran de un orfanato.

Por esa misma razón, las monjas consiguieron precios muy reducidos en el resto de los sitios a los que fuimos. Cuando volvimos al internado estábamos agotados, pese a lo cual, los niños no paraban de jugar y reír.

El jueves 13 de noviembre, por la mañana, emprendimos el regreso, pero decidimos tomárnoslo con calma, e ir parando en distintos lugares por el camino. Cuando se acercaba la hora de la comida, nos detuvimos junto a un río, en un lugar idóneo para el baño, pues se formaban pequeños remansos de poca profundidad. Entre bromas y salpicaduras, todos los niños y niñas se fueron metiendo en el agua con la ropa que vestían, aunque sin calzado.

Sister Koquila, que nos acompañaba desde Matruchhaya, se metió en el agua con el hábito; parecía una niña más, y ella misma se encargó de echar al agua, uno tras otro, a todos los mayores que parecían conformarse con contemplar la escena desde la orilla. Yo me sentía a salvo, tranquilamente sentado en mi silla de ruedas.

Sabía que les parecería demasiado peligroso arrastrarme hasta el agua; pero entonces, alguien pensó que si yo no podía ir hasta el agua, el agua sí podía llegar hasta mi, y Punam, una de nuestras niñas, se acercó a mí sigilosamente por la espalda, y vació sobre mi cabeza una botella grande de agua, de modo que, terminamos todos empapados, por lo que comimos al sol mientras nos secábamos. Entre unas cosas y otras, llegamos al orfanato a las tres de la madrugada del viernes.

Publicado el 17 de noviembre de 2008 a las 14:30.

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Sapna

Archivado en: Nadiad, India, Matruchhaya, Baroda, adopciones

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Nadiad, 8 de noviembre de 2008

Sapna tiene cuatro años. Es una niña muy activa, simpática, alegre, muy habladora y, en ocasiones, demasiado mandona. Llegó a Matruchhaya poco después de su nacimiento. Su madre la abandonó, a plena luz del día, en una calle transitada de Baroda, una ciudad grande, a unos sesenta kilómetros de Nadiad, con la probable intención de que alguno de los transeúntes reparara pronto en ella y avisara a la policía; pero un perro famélico se percató de su abandono antes que cualquier viandante, y de un certero mordisco le arrancó el carrillo izquierdo de su mofletuda cara.

Un hombre que vio la escena aseguró que no pudo hacer nada por evitarlo, y cuando acudió a socorrer al bebé, el perro ya huía a toda velocidad con la mejilla de la niña entre los dientes.

Sapna, Chandrika y Bhauna son buenas amigas. Aunque también pelean de vez en cuando, pasan muchas horas juntas y se llevan bien. Dentro de muy pocos días una pareja española se llevará en adopción a Chandrika. Seguro que sus dos compañeras de juegos la echarán de menos. Bhauna y Sapna también pueden ser adoptadas, pero lo tienen mucho más difícil.

Bhauna tiene un serio problema cardiaco, que los especialistas no se atreven a tratar de solucionar con intervención quirúrgica, porque la operación entraña mucho riesgo para la vida de la niña.

El problema de Sapna es diferente. La cirugía plástica hace maravillas en este tipo de lesiones, aunque los médicos estiman que es demasiado pronto para tratar de reconstruir su cara. Prefieren esperar, supongo que porque con esta edad la fisonomía cambia muy rápidamente. Pero, desgraciadamente este no es el único impedimento que tiene Sapna para ser adoptada. Además tiene enanismo.

Publicado el 10 de noviembre de 2008 a las 20:30.

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Orígenes

Archivado en: Nadiad, India, Matruchhaya, orfanatos, Bombay, SIDA, Baroda, malaria, Gujarat, Asha Miró

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Nadiad, 7 de noviembre de 2008

Los días pasan tan deprisa, que no podemos digerir todo lo que está sucediendo. Matruchhaya es un lugar muy vivo, en continuo movimiento. En realidad, todos los días ocurre algo digno de ser contado, pero me falta tiempo y energías para relatarlo.

Hace unos días, Vijey tuvo que ir de urgencias con Meet, un niño de unos seis años de edad, que lleva pocos meses en Matruchhaya. La fiebre le había subido muchísimo, y no eran capaces de hacer que le bajara, de modo que, sin dudarlo, le llevaron al hospital de Baroda. Ha estado ingresado cinco días. Ayer regresó, y antes de subir a la habitación, para seguir reponiéndose, Vijey vino al patio con él para que le viéramos y nos saludara, porque todos los días preguntábamos por él.

Estaba más delgado, y tenía cara de cansancio. Por la tarde estuvo unos minutos con nosotros frente al mural. Los médicos le han diagnosticado malaria, pero dicen que se le ha complicado con un proceso vírico pulmonar. Meet ha estado al borde de la muerte, y aunque ya se encuentra fuera de peligro, tardará todavía varios días en recuperarse, y tendrá que convivir de por vida con la malaria, como muchos otros mayores y niños de Matruchhaya.

El lago que hay a orillas del orfanato, hace que aquí la prevalencia de esta enfermedad sea muy grande. Meet llegó al orfanato hace unos meses, porque sus padres y su único hermano, mayor que él, tienen SIDA, y ya no están en condiciones de cuidarle. Vijey me dijo que se vio obligado a comunicar a sus padres, a través de unas monjas, que habían hospitalizado a Meet. En cuanto lo supieron, los padres acompañaron a las hermanas hasta el convento próximo a su aldea, y desde allí telefonearon a Matruchhaya. Vijey dice que apenas podía comunicarse con ellos porque no paraban de llorar, y por simpatía, también Vijey lloraba. Pero dice que logró tranquilizarles, prometiéndoles que los médicos habían afirmado que Meet mejoraría en pocos días, como así ha sido.
Antes de ayer apareció en el patio de Matruchhaya una mujer que buscaba a la Hermana María, la fundadora del orfanato. Cuando le dijeron que había salido a Ahmedabad, y estaría todo el día fuera, se quedó charlando con nosotros, y nos explicó el motivo de su visita. Lucy-Ann nació en India hace treinta y cinco años. Sobre su origen sólo sabe que, a los tres años de edad, un orfanato de Bombay la dio en adopción a una pareja de Bruselas. Aparte del nombre del orfanato, sus padres adoptivos no han podido darle ninguna información acerca de su origen, y la necesidad de saber más sobre su pasado, le había movido a emprender este viaje en solitario.

Primeramente estuvo en el orfanato de Bombay, regentado por religiosas de otra congregación, y allí no tenían ninguna información. Ella llevaba varias fotografías que sus padres tomaron en el orfanato, hace ya treinta y dos años, y en una de ellas aparecía la directora del orfanato.

Ella era la persona que podría darle alguna pista sobre su origen, pero las monjas le dijeron que hacía seis años que había muerto. Una monja le contó que hacía muchos años, una monja de Gujarat, llamada María, les llevó alguna niña desde su propio orfanato, porque carecía de licencia de adopción internacional. Una monja de Matruchhaya, que escuchaba atentamente las explicaciones de Lucy-Ann, le dijo que creía que la Hermana María había empezado a acoger niñas en su casa hacía unos veinticinco años, no treinta y dos o treinta y cinco.

Pese a lo cual, esperó a poder hablar con la Hermana María, quien efectivamente le confirmó que en aquella época ella estaba ocupada en otros menesteres. No obstante, le indicó el nombre de una monja mayor, del sur de Gujarat, que tal vez podría darle alguna indicación.

Lucy-Ann ha permanecido en Matruchhaya un par de días, y ya ha emprendido viaje hacia el lugar que le ha indicado la Hermana María, en un peregrinaje que no sabe cuánto durará, ni si dará algún fruto. Durante la cena nos habló del libro de Asha Miró que describe una travesía hacia los orígenes, similar a la que ella ha emprendido. Imagino que Lucy-Ann necesita saber por qué fue abandonada, una explicación que le permita reconciliarse con sus progenitores, aunque no llegue a conocerles.

"Siempre pensé que era de Bombay, y ahora siento que debo de ser de esta tierra, de Gujarat", nos dijo durante una comida. Interiormente pensé que eso carecía de importancia, aunque, por respeto, no le dije nada. Me ha dado pena comprobar que todas esas cavilaciones que han tenido ocupada la mente de Lucy-Ann durante estos dos días, no le han permitido ver a los niños y niñas de Matruchhaya. Sí les ha mirado, y hasta creo que les ha fotografiado, pero no se ha detenido a charlar ni a jugar con ellos.

Publicado el 10 de noviembre de 2008 a las 19:45.

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La recién llegada

Archivado en: Kinnari, Sweta, India, Matruchhaya, Sanguita, Doxa, Matruchhaya

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India

Nadiad, 5 de noviembre de 2008

El año pasado observé que Sweta entornaba los ojos para fijar su mirada cuando leía o veía la televisión. Se lo dije a las monjas, pero también se lo comenté a mis amigos Pilar y Jesús, los padres de Kinnari, la hermana biológica de Sweta. Antes de venir a la India, me pidieron que me ocupara personalmente de llevar a Sweta a hacerle una revisión oftalmológica, pues todo indicaba que podría necesitar gafas. Kinnari hace años que las utiliza. Me dijeron que ellos pagarían los gastos de la consulta, y de las gafas, en caso de que fueran necesarias.
Mis amigos siguen pensando en Sweta como un miembro más de su familia, a pesar de que no la conocen, y de que saben que por su edad ya resultará imposible adoptarla. El hecho de que sea la hermana biológica de su hija Kinnari, adoptada en Matruchhaya hace nueve años, para ellos es suficiente motivación para tratar de acogerla en su familia. Tendrán que esperar a que Sweta tenga dieciocho años (ahora tiene trece), y ofrecerle entonces la posibilidad de vivir con ellos en España.
Cuando hace días le expliqué a Sweta mi intención de hacer que le revisasen la vista, se apresuró a decirme que ella veía bien, que no necesitaba gafas. Pero sus amigas Sanguita y Doxa, que nos escuchaban, rápidamente dijeron que efectivamente forzaba la vista para leer o para ver la televisión. Sweta se enfadó con ellas, aunque le duró muy poco el enojo.
IndiaAyer por la tarde, cuando estábamos recogiendo, porque ya oscurecía, Bijey, el responsable de los niños, me dijo que Sweta estaba preparada para acudir a la consulta del oftalmólogo. Montamos los tres en un rikshaw que nos llevó hacia el centro de Nadiad. Observé de reojo a Sweta, que viajaba a mi lado, y me pareció que estaba más asustada que enfadada. Subimos por unas escaleras estrechas a la primera planta de un edificio viejo, y nos hicieron esperar en una antesala. El lugar no me inspiró mucha confianza, pero cuando pasamos al cuarto del especialista, mi opinión cambió. Todo estaba limpio y ordenado, y tenía similares aparatos modernos que en cualquier consulta oftalmológica de España.
El doctor nos recibió muy amablemente. Preguntó algo a Sweta en gujarati, y ella respondió en voz tan baja que el médico tuvo que repetir la pregunta. Sweta siguió dando respuestas cortas y casi inaudibles. Le colocó la cabeza frente a una máquina, y observó con detenimiento ambos ojos. Luego le mostró letras del alfabeto gujarati, al principio muy grandes, luego progresivamente más pequeñas, y la niña fue diciendo la letra que correspondía. Finalizada la exploración, el médico afirmó que Sweta necesitaba tomar durante un mes unas vitaminas que recetó, y que sin duda, debía de utilizar gafas. Yo le pregunté si únicamente para leer, y él me respondió que ahora Sweta, sin gafas, tenía un veinte por ciento de visión, con gafas un cien por cien; luego debería quitarse las gafas únicamente para dormir. En un papel anotó las dioptrías, para el óptico: cuatro y media en cada ojo.
Fuimos a la farmacia a comprar las vitaminas, y desde allí fuimos a una óptica para que la niña pudiera probarse varios modelos y elegir. Escogió uno sencillo. Al salir de la óptica le dije que sentía que tuviese que utilizar gafas. Ella me dijo que no me preocupase, y sonrió.
Llegamos a Matruchhaya ya de noche, y al poco, sentimos alboroto en la puerta de entrada al orfanato. Bijey salió corriendo, y el guarda le entregó con mucho cuidado un pequeño bulto envuelto en tela blanca. Cuando pasó a nuestro lado, comprobamos que era un bebé recién nacido. IndiaBijey tenía cara de preocupación, y pasó para adentro aprisa con el bebé en brazos, sin detenerse a mostrárnoslo, como hubiéramos deseado. Después nos explicó, que era una niña recién nacida. El motivo de su preocupación era que la niña había estado a punto de asfixiarse, pues la madre la dejó apresuradamente en el camino que pasa por delante de Matruchhaya, junto a la puerta exterior de acceso, y salió corriendo, para no ser identificada, en dirección al poblado de chavolas que hay junto al hospicio. Con los nervios y las prisas, no debió de darse cuenta de que el bebé quedó bocabajo, con su cara en contacto directo con la tierra del camino. Tenía la nariz y la boca cubierta de tierra y de polvo, de ahí la preocupación de Bijey.
Hemos visto a la niña esta mañana. También ha estado la policía para tomar nota del abandono. Las monjas calculan que tendrá siete días, y aparentemente está bien, aunque ya la han llevado al hospital para hacerle un chequeo completo. Pronto ocupará una cuna, en la habitación de los recién nacidos, y seguro que le espera un futuro prometedor, porque siendo tan pequeña, y sana, será muy fácil encontrar alguna pareja que quiera adoptarla.

Publicado el 5 de noviembre de 2008 a las 13:15.

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José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz (Madrid, 1963), pofesor Titular y Director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Grupo de Investigación UCM "Arte al servicio de la sociedad". Responsable de diversos proyectos de cooperación al desarrollo que desde 2004 vienen llevándose a cabo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador.

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