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Blog de José Luis Gutiérrez Muñoz

Sonrisas de colores

60 imágenes de 'color' en la UCM

Archivado en: Ecuador, India, Nepal, UCM, orfanatos

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Tres en raya. Color en orfanatos de Ecuador, India y Nepal se puede visitar hasta el viernes 3 de abril, en la Sala de Exposiciones de la Facultad de Bellas Artes de la UCM, de lunes a viernes de 9 a 14 horas, y además, lunes y martes de 15 a 17 horas.

Esta exposición consta de 60 fotografías de gran formato, que ilustran el trabajo que llevamos a cabo en 2008 con los menores que habitan los orfanatos de Matruchhaya (India) y Bal Mandir (Nepal), y con cien niños de Sinincay, un "pueblo huérfano" de Ecuador.

A pesar de que la exposición ya está abierta, el viernes 27 de marzo, a las 18 horas, en el Salón de Actos de la Facultad de Bellas Artes, haremos una breve presentación de los proyectos, Y estrenaremos el documental Color en Matruchhaya 2008 (27 minutos de duración). Después bajaremos a la Sala de Exposiciones, para ver juntos las fotografías y tomar un aperitivo. Vuestra asistencia será motivo de alegría.

Publicado el 24 de marzo de 2009 a las 12:30.

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Cap.3. 'Tres en raya', color en Matruchhaya

Archivado en: Gujarat, Matruchhaya, India, orfanatos

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Entre octubre y noviembre de 2008, coincidiendo con las vacaciones indias del Diwali, trabajamos con los huérfanos de Matruchhaya, en la región india de Gujarat.

Ha sido la quinta vez que acudimos allí para llevar a cabo diversas actividades artísticas con ellos, pero sobre todo para hacerles pasar unos días divertidos, en compañía de unos jóvenes universitarios dispuestos a dedicarles todo su tiempo durante un mes, y a darles todo su afecto.

Con ellos hemos pintado un mural en su patio de recreo. Además, desde España llevamos pintura especial para tela, en India compramos una camiseta para cada menor, y luego las pintaron con su nombre y con los dibujos que ellos mismos habían creado.

También elaboraron unas bolas que llamamos "cariocas", y una de nuestras alumnas les enseñó a bailarlas.

Publicado el 26 de enero de 2009 a las 11:00.

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Cap.1.'Tres en raya', color en orfanatos de Ecuador, Nepal e India

Archivado en: José Luis Gutiérrez Muñoz, Ecuador, Nepal, India, Sinincay

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Algunas de estas imágenes compondrán la muestra 'Tres en raya', que, con 60 fotografías, ilustra nuestro trabajo en Ecuador, Nepal e India durante el año 2008.

El pasado año llevamos nuestras actividades a tres puntos diferentes: un pueblo de Ecuador llamado Sinincay, Bal Mandir y Matruchhaya, los orfanatos de Nepal e India en los que venimos trabajando desde hace años.

El 6 de febrero inauguraremos esta exposición en el Centro Joaquín Roncal de la CAI Zaragoza.

Más tarde, en marzo, las expondremos en nuestra Facultad de Bellas Artes, en Madrid, y suponemos que se exhibirán en más lugares.

A continuación os cuento más detalles de nuestro trabajo en Ecuador:

COLOR EN SININCAY

Sinincay es un pueblo de Ecuador con unos dieciocho mil habitantes, en el que se estima que más de dos mil niños y niñas trabajan en la elaboración de ladrillos de arcilla.

Por otro lado, la pobreza hace años que viene empujando a muchos hombres y mujeres de Sinincay a buscar trabajo en el extranjero, generalmente en Estados Unidos o España, lo que ha aliviado la situación económica de muchas familias, pero ha introducido nuevos problemas, pues los hijos generalmente han quedado al cuidado de la madre, o de algún pariente, y se ha visto alterada la relación familiar.

Seis universitarios de la Universidad Complutense de Madrid trabajamos en este pueblo durante el mes de julio de 2008, con unos cien niños y niñas, de entre cinco y doce años de edad, que las monjas del “Jardín de Infantes Nuestra Señora de la Merced” habían dividido en cuatro grupos.

Nos alojamos en ese convento y utilizamos sus instalaciones para llevar a cabo diversas actividades creativas: dibujo, pintura, modelado y elaboración de figuras de papel maché. Pero, sobre todo, intentamos que nuestra estancia allí fuera motivo de alegría y esparcimiento para esos menores.

Siempre que hemos visitado las ladrilleras de Sinincay, hemos tenido la impresión de que retrocedíamos en el tiempo. La producción de ladrillos allí conserva un carácter netamente artesanal, como si la revolución industrial hubiera ignorado ese hermoso lugar.

Cada familia extrae arcilla de las laderas de la montaña con palas, la echan a una especie de poza circular, donde la mezclan con agua y la amasan haciendo caminar por ella a uno o varios toros que pisotean el lodo. Amasado el barro, utilizan cajones de madera como molde para que todos los ladrillos tengan el mismo porte. Cuando están secos, preparan la hornada. Apilan ordenadamente diez o doce mil ladrillos sobre una plataforma. Una fila de ladrillos ya cocidos hace de paredes de ese horno improvisado a la medida del contenido.

Recubren con lodo las juntas, encienden fuego bajo la plataforma, y lo alimentan con leña durante dos días. Mantendrán el horno cerrado durante quince días, tras los cuales, los ladrillos estarán listos para ser vendidos. Algún constructor acudirá allí para comprarlos, y pagará unos quince centavos de dólar por ladrillo, lo que dará a la familia lo justo para seguir viviendo, y en algunos casos pagar las deudas acumuladas a cuenta de la hornada.

Esta actividad es tan precaria económicamente, que difícilmente da para pagar salarios, por eso generalmente en las ladrilleras trabaja toda la familia, y es la razón por la que hay tan elevado número de menores empleados en esas labores, sin escolarizar. A nuestras actividades no acudió ninguno de esos niños ladrilleros; sí algunos que ayudan a la familia al salir de la escuela, o en vacaciones, e hijos de emigrantes.

LA VIDA DE ANA

Ana vive en el sector de La Dolorosa, arriba en la montaña, un barrio plagado de ladrilleras. Es muy alegre y comunicativa. Ayer mismo nos invitó a visitar la empresa de su familia en plena actividad. Tiene cuatro hermanas más, ella, con diez años de edad, es la pequeña.

Todos los días viene a clase con dos sobrinos, hijos de su hermana mayor, que ahora vive y trabaja en Estados Unidos. En la visita a su ladrillera conocimos a su padre, que dejó de trabajar en cuanto llegamos, para atendernos. También él fue emigrante en los Estados Unidos.

Asegura que allí ganaba mucho dinero, pero al poco tiempo enfermó, supone él que por fatiga y por la dureza del clima. Se vio obligado a regresar a Sinincay, y empezó a trabajar en la ladrillera. La madre y la hermana de Ana siguieron haciendo ladrillos durante nuestra visita, aunque cuando se acercaba la hora de nuestro regreso, dejaron de trabajar, y la hermana bajó por la ladera en busca de una botella de refresco y unos vasos.

Rocío, la única hermana de Ana que trabaja en la ladrillera, tiene dieciocho años, dice que al finalizar la escolarización primaria, a los doce años, tuvo que ayudar a la familia con una dedicación mayor. Trató durante un tiempo de compatibilizar su trabajo con el colegio, pero le resultó imposible. Actualmente trabaja desde las ocho de la mañana hasta las séis de la tarde, de lunes a viernes, con una interrupción para la comida.

El sábado se ocupa sólo media jornada. Raquel, una de las alumnas que forma parte de nuestro grupo, le preguntó qué hacía por las tardes cuando terminaba de trabajar. -Descansar -dijo la hermana de Ana. -¿Y los fines de semana? -insistió Raquel. -Descansar también -respondió Rocío. -El trabajo en la ladrillera es muy duro -añadió la chica tratando de justificarse.

La propia Ana asume que esa será también su obligación en cuanto cumpla los doce años de edad y finalice su educación primaria.

LA VIDA DE KERLEY

Kerlye es una niña de seis años de edad que un martes por la tarde se enamoró súbitamente de Santiago, un niño de once años, de su mismo grupo. La flecha de Cupido hizo blanco en el corazón de Kerlye, quien comunicó a sus primas, primos y hermano el repentino acontecimiento; y éstos, muy diligentes, se lo transmitieron a Santiago, e incluso concertaron una cita para el día siguiente, a las dos de la tarde, en el parque situado frente al convento.

Santiago aceptó, o simplemente no respondió, porque lo cierto es que es un niño muy tímido, el caso es que de inmediato nos hicieron partícipes a todos del feliz evento.

La fantasía de ellos se disparó, y empezaron a organizar un encuentro digno de las más románticas telenovelas. Kerlye, más pequeña que sus parientes, se dejó asesorar, y apareció deslumbrante el día señalado. Un precioso vestido rosa, con falda de tul, zapatos blancos de charol, y una flor blanca prendida del pelo, hacían que Kerlye pareciera una auténtica princesa.

Llenaron una bolsa con pétalos de flores, para lanzarlos al aire en el momento en que los enamorados se besaran, cosa que ya habían explicado a Kerlye que sería necesaria para poder sellar la relación, y ser novios de verdad.

Escribieron una declaración de amor plagada de corazones, y pidieron a Samuel que se escondiera tras unos setos, y tocara alguna dulce melodía con su flauta, algo a lo que nuestro alumno se negó. A las dos, Kerlye ya estaba sentada en un banco del lugar señalado, pero rodeada por una comitiva de parientes y curiosos de casi diez niños.

Poco después vimos aparecer por el fondo de la plaza a Santiago, quien, con cara de perplejidad miró al nutrido grupo, y asustado dio media vuelta. -¡Santiago,  ven aquí, Kerlye te está esperando! –gritaron los acompañantes de la niña.

En ese momento Santiago echó a correr, y los amigos de la novia salieron disparados tras él. Kerlye se quedó sola, con cara de sorpresa al principio, y de profunda tristeza después, cuando comprobó que Santiago corría como si lo siguiera el diablo.

Entonces empezaron a rodar unas lágrimas por sus mejillas, y Raquel y María, las dos alumnas de nuestro grupo, salieron del convento, desde una de cuyas ventanas observábamos a escondidas, y trataron de consolarla. A las tres de la tarde todos acudieron puntuales a nuestra sesión, incluidos Santiago y Kerlye, como si nada hubiera ocurrido.

Ese día teníamos programado realizar fotografías con cada menor portando su animal ya terminado. Allí estaba Kerlye con su vestido de princesa, todavía dibujada la decepción en su rostro, pero dispuesta a posar en la sesión fotográfica, como una verdadera modelo, sin reparar en lo extraño de su indumentaria. Por no aumentar su dolor, no le pedimos que se cambiara de ropa, y la fotografiamos vestida de esa guisa.

Publicado el 7 de enero de 2009 a las 19:45.

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El peligro de Bombay

Archivado en: India, Sapurtala, Bombay, Maharastra, Gujarat

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Madrid, 27 de noviembre de 2008

Hace sólo unos días que he regresado de la India. Como sabéis, he estado trabajando, con un grupo de alumnos de mi Facultad de Bellas Artes en Matruchhaya, un orfanato de Gujarat, una región vecina de Maharastra.

Hará un par de semanas que organizamos una excursión en autocar con todos los niños y niñas del orfanato. Estuvimos barajando dos posibilidades: Sapurtala, un pueblecito de montaña hacia el norte, o Bombay, la capital de Maharastra. La monja que dirige el orfanato dijo que prefería en esta ocasión ir a Sapurtala porque en Bombay las cosas estaban revueltas.

Me pareció exagerado, pero, por supuesto, no discutí su decisión, porque pensé que ella conocía mejor que yo la situación de su país. La noticia de estos atentados confirma que la monja tenía sus motivos para el recelo. Dicen que han sido radicales islamistas, aunque también hay observadores que opinan que pudieran haber sido radicales hinduistas.

El hecho de que hayan atentado contra extranjeros parece que da más crédito a la primera tesis. Me temo que, de confirmarse esto, habrá pronto una violenta respuesta por parte de los extremistas hinduistas.

 

Publicado el 27 de noviembre de 2008 a las 14:45.

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Saputara

Archivado en: Saputara, Matruchhaya, Gujarat, India, Maharashtra, Baroda, Ahmedabad, Diwali

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Nadiad, 15 de noviembre de 2008

El pasado martes 11 de noviembre, a las once de la noche, un autocar de sesenta plazas nos esperaba en la puerta del orfanato. Durante todo el día los niños y niñas de Matruchhaya estuvieron nerviosos, porque sabían que por la noche saldríamos de viaje hacia Saputara, un pueblecito de montaña, a tres mil metros de altitud, al sur de Gujarat, en el límite con la región de Maharashtra.

Invertimos nueve horas y media en hacer los trescientos cincuenta kilómetros que separan Nadiad del mencionado pueblo. Los niños no paraban de cantar y reír. Tal era la expectación que el viaje había despertado en ellos, que parecía imposible que se llegaran a dormir; pero afortunadamente, después de varias horas, uno tras otro fueron cayendo dormidos. Llevábamos cuarenta menores, desde los tres o cuatro años de edad de Bhauna o Sapna, hasta los dieciocho de Sanguita, todos ellos igualmente ilusionados. Además nos acompañaban diez cuidadoras, y cuatro trabajadores del orfanato. Toda una expedición.

Varios días antes habíamos preparado el viaje con Sister Pushpa, la directora de Matruchhaya. Queríamos que nuestra estancia aquí, además de las actividades lúdicas y creativas que desarrollamos, sirviera de excusa para hacer algo excepcional con los niños.

Hace dos años fue una visita al zoológico de Baroda, el año pasado fuimos al circo de Ahmedabad, y éste queríamos organizar algo diferente, más ambicioso incluso que lo de años anteriores. Sister Pushpa nos habló de Saputara, y nos dijo que unas Hermanas de su congregación regentaban un internado allí, que nos podría servir de alojamiento, pues los estudiantes estaban aún disfrutando de sus vacaciones del Diwali.

Nos pareció buena idea, y contratamos el viaje con un conductor de autocares, conocido de las monjas, que resultó ser un magnífico profesional del volante, que hizo sentirnos seguros en todo momento.

Cuando llegamos a Saputara, por la mañana, después de toda la noche de viaje, tres monjas del internado nos estaban esperando. Tras el desayuno, quisimos tomarnos un tiempo de descanso, pero los niños estaban tan alterados, que salimos inmediatamente hacia el teleférico.

Algunos expresaron cierto temor a la altura, pero arropados por el grupo, todos se fueron subiendo a las cabinas, excepto Bhauna, que al tener un problema de corazón, nos pareció más prudente que se quedara esperándonos, comiéndose un helado con su cuidadora.

La experiencia fue única para todos ellos, y las vistas preciosas. Cuando bajamos, caminamos hasta una planicie donde ofrecían paseos en camello. En esta actividad sí incluimos a Bhauna.
Regresamos a comer al internado y, después de un pequeño descanso, nos fuimos a dar un paseo en barca por el lago de Saputara. Llenamos tres barcazas, pero el dueño del negocio no quiso cobrarnos nada, al saber que los niños eran de un orfanato.

Por esa misma razón, las monjas consiguieron precios muy reducidos en el resto de los sitios a los que fuimos. Cuando volvimos al internado estábamos agotados, pese a lo cual, los niños no paraban de jugar y reír.

El jueves 13 de noviembre, por la mañana, emprendimos el regreso, pero decidimos tomárnoslo con calma, e ir parando en distintos lugares por el camino. Cuando se acercaba la hora de la comida, nos detuvimos junto a un río, en un lugar idóneo para el baño, pues se formaban pequeños remansos de poca profundidad. Entre bromas y salpicaduras, todos los niños y niñas se fueron metiendo en el agua con la ropa que vestían, aunque sin calzado.

Sister Koquila, que nos acompañaba desde Matruchhaya, se metió en el agua con el hábito; parecía una niña más, y ella misma se encargó de echar al agua, uno tras otro, a todos los mayores que parecían conformarse con contemplar la escena desde la orilla. Yo me sentía a salvo, tranquilamente sentado en mi silla de ruedas.

Sabía que les parecería demasiado peligroso arrastrarme hasta el agua; pero entonces, alguien pensó que si yo no podía ir hasta el agua, el agua sí podía llegar hasta mi, y Punam, una de nuestras niñas, se acercó a mí sigilosamente por la espalda, y vació sobre mi cabeza una botella grande de agua, de modo que, terminamos todos empapados, por lo que comimos al sol mientras nos secábamos. Entre unas cosas y otras, llegamos al orfanato a las tres de la madrugada del viernes.

Publicado el 17 de noviembre de 2008 a las 14:30.

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Sapna

Archivado en: Nadiad, India, Matruchhaya, Baroda, adopciones

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Nadiad, 8 de noviembre de 2008

Sapna tiene cuatro años. Es una niña muy activa, simpática, alegre, muy habladora y, en ocasiones, demasiado mandona. Llegó a Matruchhaya poco después de su nacimiento. Su madre la abandonó, a plena luz del día, en una calle transitada de Baroda, una ciudad grande, a unos sesenta kilómetros de Nadiad, con la probable intención de que alguno de los transeúntes reparara pronto en ella y avisara a la policía; pero un perro famélico se percató de su abandono antes que cualquier viandante, y de un certero mordisco le arrancó el carrillo izquierdo de su mofletuda cara.

Un hombre que vio la escena aseguró que no pudo hacer nada por evitarlo, y cuando acudió a socorrer al bebé, el perro ya huía a toda velocidad con la mejilla de la niña entre los dientes.

Sapna, Chandrika y Bhauna son buenas amigas. Aunque también pelean de vez en cuando, pasan muchas horas juntas y se llevan bien. Dentro de muy pocos días una pareja española se llevará en adopción a Chandrika. Seguro que sus dos compañeras de juegos la echarán de menos. Bhauna y Sapna también pueden ser adoptadas, pero lo tienen mucho más difícil.

Bhauna tiene un serio problema cardiaco, que los especialistas no se atreven a tratar de solucionar con intervención quirúrgica, porque la operación entraña mucho riesgo para la vida de la niña.

El problema de Sapna es diferente. La cirugía plástica hace maravillas en este tipo de lesiones, aunque los médicos estiman que es demasiado pronto para tratar de reconstruir su cara. Prefieren esperar, supongo que porque con esta edad la fisonomía cambia muy rápidamente. Pero, desgraciadamente este no es el único impedimento que tiene Sapna para ser adoptada. Además tiene enanismo.

Publicado el 10 de noviembre de 2008 a las 20:30.

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Orígenes

Archivado en: Nadiad, India, Matruchhaya, orfanatos, Bombay, SIDA, Baroda, malaria, Gujarat, Asha Miró

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Nadiad, 7 de noviembre de 2008

Los días pasan tan deprisa, que no podemos digerir todo lo que está sucediendo. Matruchhaya es un lugar muy vivo, en continuo movimiento. En realidad, todos los días ocurre algo digno de ser contado, pero me falta tiempo y energías para relatarlo.

Hace unos días, Vijey tuvo que ir de urgencias con Meet, un niño de unos seis años de edad, que lleva pocos meses en Matruchhaya. La fiebre le había subido muchísimo, y no eran capaces de hacer que le bajara, de modo que, sin dudarlo, le llevaron al hospital de Baroda. Ha estado ingresado cinco días. Ayer regresó, y antes de subir a la habitación, para seguir reponiéndose, Vijey vino al patio con él para que le viéramos y nos saludara, porque todos los días preguntábamos por él.

Estaba más delgado, y tenía cara de cansancio. Por la tarde estuvo unos minutos con nosotros frente al mural. Los médicos le han diagnosticado malaria, pero dicen que se le ha complicado con un proceso vírico pulmonar. Meet ha estado al borde de la muerte, y aunque ya se encuentra fuera de peligro, tardará todavía varios días en recuperarse, y tendrá que convivir de por vida con la malaria, como muchos otros mayores y niños de Matruchhaya.

El lago que hay a orillas del orfanato, hace que aquí la prevalencia de esta enfermedad sea muy grande. Meet llegó al orfanato hace unos meses, porque sus padres y su único hermano, mayor que él, tienen SIDA, y ya no están en condiciones de cuidarle. Vijey me dijo que se vio obligado a comunicar a sus padres, a través de unas monjas, que habían hospitalizado a Meet. En cuanto lo supieron, los padres acompañaron a las hermanas hasta el convento próximo a su aldea, y desde allí telefonearon a Matruchhaya. Vijey dice que apenas podía comunicarse con ellos porque no paraban de llorar, y por simpatía, también Vijey lloraba. Pero dice que logró tranquilizarles, prometiéndoles que los médicos habían afirmado que Meet mejoraría en pocos días, como así ha sido.
Antes de ayer apareció en el patio de Matruchhaya una mujer que buscaba a la Hermana María, la fundadora del orfanato. Cuando le dijeron que había salido a Ahmedabad, y estaría todo el día fuera, se quedó charlando con nosotros, y nos explicó el motivo de su visita. Lucy-Ann nació en India hace treinta y cinco años. Sobre su origen sólo sabe que, a los tres años de edad, un orfanato de Bombay la dio en adopción a una pareja de Bruselas. Aparte del nombre del orfanato, sus padres adoptivos no han podido darle ninguna información acerca de su origen, y la necesidad de saber más sobre su pasado, le había movido a emprender este viaje en solitario.

Primeramente estuvo en el orfanato de Bombay, regentado por religiosas de otra congregación, y allí no tenían ninguna información. Ella llevaba varias fotografías que sus padres tomaron en el orfanato, hace ya treinta y dos años, y en una de ellas aparecía la directora del orfanato.

Ella era la persona que podría darle alguna pista sobre su origen, pero las monjas le dijeron que hacía seis años que había muerto. Una monja le contó que hacía muchos años, una monja de Gujarat, llamada María, les llevó alguna niña desde su propio orfanato, porque carecía de licencia de adopción internacional. Una monja de Matruchhaya, que escuchaba atentamente las explicaciones de Lucy-Ann, le dijo que creía que la Hermana María había empezado a acoger niñas en su casa hacía unos veinticinco años, no treinta y dos o treinta y cinco.

Pese a lo cual, esperó a poder hablar con la Hermana María, quien efectivamente le confirmó que en aquella época ella estaba ocupada en otros menesteres. No obstante, le indicó el nombre de una monja mayor, del sur de Gujarat, que tal vez podría darle alguna indicación.

Lucy-Ann ha permanecido en Matruchhaya un par de días, y ya ha emprendido viaje hacia el lugar que le ha indicado la Hermana María, en un peregrinaje que no sabe cuánto durará, ni si dará algún fruto. Durante la cena nos habló del libro de Asha Miró que describe una travesía hacia los orígenes, similar a la que ella ha emprendido. Imagino que Lucy-Ann necesita saber por qué fue abandonada, una explicación que le permita reconciliarse con sus progenitores, aunque no llegue a conocerles.

"Siempre pensé que era de Bombay, y ahora siento que debo de ser de esta tierra, de Gujarat", nos dijo durante una comida. Interiormente pensé que eso carecía de importancia, aunque, por respeto, no le dije nada. Me ha dado pena comprobar que todas esas cavilaciones que han tenido ocupada la mente de Lucy-Ann durante estos dos días, no le han permitido ver a los niños y niñas de Matruchhaya. Sí les ha mirado, y hasta creo que les ha fotografiado, pero no se ha detenido a charlar ni a jugar con ellos.

Publicado el 10 de noviembre de 2008 a las 19:45.

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La recién llegada

Archivado en: Kinnari, Sweta, India, Matruchhaya, Sanguita, Doxa, Matruchhaya

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India

Nadiad, 5 de noviembre de 2008

El año pasado observé que Sweta entornaba los ojos para fijar su mirada cuando leía o veía la televisión. Se lo dije a las monjas, pero también se lo comenté a mis amigos Pilar y Jesús, los padres de Kinnari, la hermana biológica de Sweta. Antes de venir a la India, me pidieron que me ocupara personalmente de llevar a Sweta a hacerle una revisión oftalmológica, pues todo indicaba que podría necesitar gafas. Kinnari hace años que las utiliza. Me dijeron que ellos pagarían los gastos de la consulta, y de las gafas, en caso de que fueran necesarias.
Mis amigos siguen pensando en Sweta como un miembro más de su familia, a pesar de que no la conocen, y de que saben que por su edad ya resultará imposible adoptarla. El hecho de que sea la hermana biológica de su hija Kinnari, adoptada en Matruchhaya hace nueve años, para ellos es suficiente motivación para tratar de acogerla en su familia. Tendrán que esperar a que Sweta tenga dieciocho años (ahora tiene trece), y ofrecerle entonces la posibilidad de vivir con ellos en España.
Cuando hace días le expliqué a Sweta mi intención de hacer que le revisasen la vista, se apresuró a decirme que ella veía bien, que no necesitaba gafas. Pero sus amigas Sanguita y Doxa, que nos escuchaban, rápidamente dijeron que efectivamente forzaba la vista para leer o para ver la televisión. Sweta se enfadó con ellas, aunque le duró muy poco el enojo.
IndiaAyer por la tarde, cuando estábamos recogiendo, porque ya oscurecía, Bijey, el responsable de los niños, me dijo que Sweta estaba preparada para acudir a la consulta del oftalmólogo. Montamos los tres en un rikshaw que nos llevó hacia el centro de Nadiad. Observé de reojo a Sweta, que viajaba a mi lado, y me pareció que estaba más asustada que enfadada. Subimos por unas escaleras estrechas a la primera planta de un edificio viejo, y nos hicieron esperar en una antesala. El lugar no me inspiró mucha confianza, pero cuando pasamos al cuarto del especialista, mi opinión cambió. Todo estaba limpio y ordenado, y tenía similares aparatos modernos que en cualquier consulta oftalmológica de España.
El doctor nos recibió muy amablemente. Preguntó algo a Sweta en gujarati, y ella respondió en voz tan baja que el médico tuvo que repetir la pregunta. Sweta siguió dando respuestas cortas y casi inaudibles. Le colocó la cabeza frente a una máquina, y observó con detenimiento ambos ojos. Luego le mostró letras del alfabeto gujarati, al principio muy grandes, luego progresivamente más pequeñas, y la niña fue diciendo la letra que correspondía. Finalizada la exploración, el médico afirmó que Sweta necesitaba tomar durante un mes unas vitaminas que recetó, y que sin duda, debía de utilizar gafas. Yo le pregunté si únicamente para leer, y él me respondió que ahora Sweta, sin gafas, tenía un veinte por ciento de visión, con gafas un cien por cien; luego debería quitarse las gafas únicamente para dormir. En un papel anotó las dioptrías, para el óptico: cuatro y media en cada ojo.
Fuimos a la farmacia a comprar las vitaminas, y desde allí fuimos a una óptica para que la niña pudiera probarse varios modelos y elegir. Escogió uno sencillo. Al salir de la óptica le dije que sentía que tuviese que utilizar gafas. Ella me dijo que no me preocupase, y sonrió.
Llegamos a Matruchhaya ya de noche, y al poco, sentimos alboroto en la puerta de entrada al orfanato. Bijey salió corriendo, y el guarda le entregó con mucho cuidado un pequeño bulto envuelto en tela blanca. Cuando pasó a nuestro lado, comprobamos que era un bebé recién nacido. IndiaBijey tenía cara de preocupación, y pasó para adentro aprisa con el bebé en brazos, sin detenerse a mostrárnoslo, como hubiéramos deseado. Después nos explicó, que era una niña recién nacida. El motivo de su preocupación era que la niña había estado a punto de asfixiarse, pues la madre la dejó apresuradamente en el camino que pasa por delante de Matruchhaya, junto a la puerta exterior de acceso, y salió corriendo, para no ser identificada, en dirección al poblado de chavolas que hay junto al hospicio. Con los nervios y las prisas, no debió de darse cuenta de que el bebé quedó bocabajo, con su cara en contacto directo con la tierra del camino. Tenía la nariz y la boca cubierta de tierra y de polvo, de ahí la preocupación de Bijey.
Hemos visto a la niña esta mañana. También ha estado la policía para tomar nota del abandono. Las monjas calculan que tendrá siete días, y aparentemente está bien, aunque ya la han llevado al hospital para hacerle un chequeo completo. Pronto ocupará una cuna, en la habitación de los recién nacidos, y seguro que le espera un futuro prometedor, porque siendo tan pequeña, y sana, será muy fácil encontrar alguna pareja que quiera adoptarla.

Publicado el 5 de noviembre de 2008 a las 13:15.

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Soni, Roni y Jeni

Archivado en: Nadiad, India, Matruchhaya, orfanatos

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Nadiad, 4 de noviembre de 2008

Soni, Roni y Jeni son tres hermanos que viven en Matruchhaya desde que murió su madre, hace nueve años. El padre hace unos meses que ha muerto, luego ahora son totalmente huérfano, pero son muy mayores para poder ser dados en adopción. Soni, el más pequeño, tiene once años, Roni doce, y la mayor, Jeni, tiene ya quince, aunque ninguno de ellos aparenta esa edad. Parecen menores.

El padre se vio obligado a dejarles en el hospicio, porque no podía atenderles. Ya entonces el hombre estaba enfermo, y tras la muerte de su mujer, tuvo que ser asistido por su madre, la abuela de los niños. La señora quería atender al hijo y a los nietos al tiempo, pero resultaba imposible, la mayoría de los días ni siquiera conseguía algo que darles de comer. Aceptó que se llevaran a sus nietos al orfanato, y se quedó sólo al cuidado del hijo.

El año pasado conocí a esa brava mujer. Vino a Matruchhaya con la intención de llevarse a los nietos a su aldea, para pasar con ellos el Diwali. La directora de Matruchhaya le rogó que no se los llevara. Le explicó que un grupo de universitarios españoles habíamos venido para trabajar con los niños, y le dijo que Jeni, Roni y Soni estaban disfrutando y aprendiendo mucho.

En ese momento fue cuando la directora me llamó, y me presentó a la abuela. Era una mujer muy pequeña y delgada. Tenía la piel muy morena y arrugada. Si estuviéramos en España hubiera calculado que tendría más de ochenta años, pero aquí me resulta difícil hacer ese tipo de estimaciones.

Por medio de la monja, le dije que tenía tres nietos encantadores, a lo que ella asintió, dando a entender que ya lo sabía, y les pasó la mano por la cabeza uno a uno, en un gesto de enorme ternura. Finalmente consintió que los niños se quedaran en Matruchhaya, y regresó a casa sola; pero antes, cada uno de los tres nietos se agachó hasta tocar con las manos los pies descalzos de la abuela, y después se llevaron la mano a la frente, un gesto de respeto, reservado en la India para gente venerable.

Me dio pena que la abuela se marchara sola, aunque creo que se fue contenta por haber visto a sus nietos, y haber comprobado que estaban bien. Tras su ida, la directora de Matruchhaya me explicó que, aunque no estuviéramos nosotros, hubiera tratado de convencer la al mujer de que no se llevara a sus nietos, porque alguna vez que se los llevó por unos días, los niños volvieron hambrientos y llenos de piojos.

Cuando finalizaron las vacaciones del Diwali, poco antes de nuestro regreso, acompañamos a su centro a los pocos niños y niñas de Matruchhaya que estaban escolarizados en internados fuera de Nadiad. Roni y Soni pertenecían al internado de Amod, un lugar que yo conocía bien, porque en él estuvieron internadas durante muchos años mis hijas Roshní y Chandrika. Según nos acercamos al internado, Roni y Soni empezaron a llorar, y ya no pararon de hacerlo hasta que nos despedimos de ellos, después de haber visitado el internado, solo que en el momento del adiós, intensificaron el llanto.

Ello pese a que no son niños que lloren con facilidad. La situación me resultaba familiar, porque también Roshní y Chandrika se quedaron llorando las dos veces que finalizamos nuestra visita llevándolas de vuelta al internado. Es natural. En ese momento finalizaban sus vacaciones, y se despedían de nosotros. Pero además, el internado de Amod es uno de los lugares más pobres y austeros que he conocido. Nada había cambado en diez años.

Una habitación grande, absolutamente vacía, sin camas, mesas ni sillas, servía de dormitorio, comedor y aula a un tiempo. Allí los niños duermen en el suelo, sobre una especie de mantas que durante el día guardan enrolladas. Las clases las reciben en el suelo, sin sillas ni pupitres, y en la época de mis hijas, en lugar de cuaderno y lápiz, utilizaban una pizarrita sobre la que escribían con una especie de tiza fina y dura. Por supuesto, también comían sobre ese mismo suelo. Una auténtica sala multiusos. Por eso digo que me parecía razonable que los niños llorasen al regresar allí, después de haber pasado unos días de vacaciones en Matruchhaya, que comparado con aquello es un hotel de lujo.

En esta ocasión Roni ha estado sólo un par de días con nosotros, pues al tercero, le aparecieron unas llagas en las manos y los pies, y la directora de Matruchhaya, asesorada por un médico, rápidamente decidió apartarlo del resto de los menores para evitar contagios. Habló con un pariente de los niños que vive cerca de Nadiad, y logró convencerle para que se lo llevara hasta que la medicación hiciese su efecto, y pasase el riesgo de contagio.

La directora me comentó que estaba muy descontenta con el internado de Amod, y que por ello estaba sacando de él, y también de los demás internados, a todos los niños y niñas de Matruchhaya. De hecho, ya sólo quedan Roni y Soni en Amod, y Sima en otro internado, y su intención es escolarizarles en Nadiad el próximo curso, y que vivan en Matruchhaya.

El problema de Roni al parecer no era nuevo. Me dijo que se debía a falta de higiene en el internado. -Allí no tienen agua caliente, y yo creo que los niños se lavan muy poco en invierno -afirmó la monja. Echamos de menos a Roni, espero que regrese a Matruchhaya antes de que finalicen las vacaciones, y todavía tengamos tiempo para disfrutar de su compañía durante unos días.

Publicado el 4 de noviembre de 2008 a las 13:00.

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De cine

Archivado en: Nadiad, India, Ahmedabad, cine, orfanatos, Matruchhaya

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Nadiad, 2 de noviembre de 2008

Este año hemos traído desde España colores especiales para pintar sobre tela. Por eso, dos días después de nuestra llegada a Matruchhaya, fuimos a Ahmedabad y compramos camisetas para todos. Les explicamos lo que queríamos hacer, y les pedimos que dibujasen sobre papel, lo que deseasen que apareciese en su camiseta, y que incluyeran su nombre. Salieron bocetos muy interesantes, y al día siguiente empezaron a pintar directamente sobre su prenda. Los pequeños ya las han terminado, pero las niñas mayores, muy meticulosas, todavía tendrán que dedicarle un par de sesiones más.

A mi me gusta especialmente la que está pintando Veronika, con unos soles amarillos preciosos; aunque reconozco que tengo debilidad por esta niña, que a pesar de estar casi ciega, trabaja con una alegría y un entusiasmo asombrosos. Veronika ha perdido por completo la visión de un ojo, y en el otro le queda sólo un veinte por ciento. Bueno, eso es lo que nos dijeron el año pasado, pero yo creo que este año ve menos.

Los médicos piensan que se quedará completamente ciega, por eso está escolarizada en un colegio para invidentes, en régimen de internado. Sólo regresa a Matruchhaya por vacaciones. El año pasado la acompañamos el día que se reincorporó a su internado, tras las vacaciones, y se la veía contentísima. Nos lo enseñó todo, nos presentó a sus amigas y a sus profesores, y se despidió de nosotros con unos besos, sonriente, y sin derramar una sola lágrima. Veronika es una niña feliz.

Los más mayores ya han empezado a colorear el mural de este año. Hemos partido de unos bocetos que elaboró Fátima en Madrid, aunque aquí se han enriquecido con motivos florales dibujados por las propias niñas de Matruchhaya. Queremos hacer que participen en este trabajo el mayor número posible de menores, lo que organizativamente es complejo.

Esta mañana nos hemos ido al cine con todos ellos, y con sus cuidadoras y alguna monja. Unos diez minutos caminando desde el orfanato. Además de las cuidadoras, cada niña mayor llevaba a su cargo a algún pequeño. Da gusto ver lo bien que se organizan en Matruchhaya. El año pasado hicimos esto mismo. Aquella era la primera vez en su vida que entraban en un cine.

La película del año pasado fue una historia de amor preciosa. A mí me encantó, aunque probablemente los más pequeños no la llegaron a comprender. Tal vez por eso, este año han elegido una comedia. A nosotros nos ha resultado aburrida, porque no comprendíamos los diálogos (en hindi, sin subtítulos), pero nuestras niñas y niños de Matruchhaya se han reído mucho. Por supuesto, Veronika formaba parte del grupo, y al finalizar, me ha dicho que le ha gustado mucho.

 

 Sanguita

Publicado el 2 de noviembre de 2008 a las 12:15.

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José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz (Madrid, 1963), pofesor Titular y Director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Grupo de Investigación UCM "Arte al servicio de la sociedad". Responsable de diversos proyectos de cooperación al desarrollo que desde 2004 vienen llevándose a cabo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador.

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