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Blog de José Luis Gutiérrez Muñoz

Sonrisas de colores

Ronak y Deep

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Aunque esta es la tercera vez que trabajamos con ellos, en realidad los hermanos Deep y Ronak llevan poco más de dos años en Matruchhaya. Dos poderosas razones les han conducido hasta aquí. La primera, el fallecimiento de su madre en 2005, cuando ellos tendrían unos cinco y cuatro años de edad respectivamente. Ahora Deep tiene nueve años, y su hermano Ronak ocho. La segunda circunstancia que marcó el destino de estos menores fue la afición de su padre por la bebida, que se acentuó a partir del fallecimiento de la madre.

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Publicado el 11 de noviembre de 2009 a las 08:30.

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Parque acuático

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Aunque por mis limitaciones físicas no puedo participar en los bailes, ni en los juegos, ni en la mayoría de las actividades que nosotros mismos organizamos; en ningún momento me he sentido como un mero espectador, ni siquiera el pasado sábado 31 de octubre, cuando nos fuimos con todos los niños y niñas de Matruchhaya a un parque acuático y, mientras ellos se bañaban, yo tuve que conformarme con permanecer sentado en mi silla de ruedas observándoles.

A las siete de la mañana, un autobús grande esperaba en la puerta de Matruchhaya. Los habitantes del orfanato hacía días que conocían nuestro plan, y conforme se acercaba la fecha señalada, se les iba viendo más nerviosos. Guardamos comida, agua y toallas en el autocar, e hicimos un último recuento. 50 menores, más 20 adultos, entre los cuales estábamos nosotros cinco, un par de monjas, muchas cuidadoras, y el secretario del orfanato. A los más pequeños les colgaron del cuello unas tarjetas plastificadas que, en gujarati, llevaban anotadas su nombre, Matruchhaya y un número de teléfono en la parte posterior, por si alguno de ellos se extraviaba.

Aunque el parque acuático está en Baroda, a tan sólo 55 Km. de Nadiad, tardamos dos horas y media en llegar, y una vez allí, decidimos que lo mejor sería tomar el almuerzo previamente; en un bonito parque que se encontraba cerca. Como los niños y niñas estaban impacientes por ingresar en el recinto, en cuanto terminamos de comer, recogimos todo y entramos. En Matruchhaya pudimos solucionar la cuestión de los bañadores sólo para los niños, que podían utilizar un sencillo pantalón corto de deporte, y para algunas de las niñas más pequeñas, como Spana, Bavna, Kushi o Ravina; que utilizaron unos que las monjas tenían guardados, probablemente esperando una ocasión como ésta. Para el resto, tuvimos que alquilarlos.

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Publicado el 10 de noviembre de 2009 a las 10:00.

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Joty

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Matruchhaya habitualmente tiene internos a unos 75 niños y niñas de todas las edades; desde recién nacidos, incluso prematuros, que sacan adelante en incubadoras, hasta mayores de edad, niñas o niños que al cumplir los 18 años, dejan de pertenecer oficialmente al orfanato, pero las monjas no se desentienden de ellos hasta encontrar una solución de futuro para cada cual: que finalicen los estudios que han iniciado, ayudarles a encontrar un trabajo y un matrimonio concertado, en el que, si no hay ningún pariente que asuma la responsabilidad, las propias monjas hacen de intermediarias, contando siempre con el consentimiento de los contrayentes.

Por otro lado, hay un elevado porcentaje de niños y niñas con algún tipo de discapacidad física o mental. Las familias humildes encuentran dificultades para sacar adelante a su prole, pero ven imposible atenderles si tienen necesidades especiales, por eso lo más frecuente es que les abandonen. En estos casos, Matruchhaya, con el apoyo de su congregación religiosa, adquiere con ellos un compromiso de por vida.

Matruchhaya es un lugar limpio y acogedor, sus niños y niñas reciben todas las atenciones necesarias: comida, cuidados médicos y escolarización. Pero además, pese a ser una institución con un elevado número de menores, también tienen el afecto de cuidadoras y monjas, más todo el que se dan los menores entre sí. En realidad, en muchos sentidos, Matruchhaya puede considerarse una gran familia. A menudo, cuando estamos aquí viviendo, rodeados de amistad, belleza, color y alegría, tendemos a olvidar la faceta amarga de una institución como ésta, que no es otra que las circunstancias que han conducido hasta aquí a cada menor.

Joty nació en septiembre de 1997, en un lugar extremadamente pobre. En septiembre de 2000 cuando le faltaban unos días para cumplir los tres años de edad, fue trasladada a Matruchhaya. Vivía con sus padres en una pequeña chabola en Bahunagar, y la situación se hizo insostenible, cuando al padre le diagnosticaron lepra. La misma congregación religiosa que dirige Matruchhaya, Hermanas de la Caridad de Santa Ana, regenta una leprosería en Bahunagar, en donde ingresaron al padre de Joty. En ese instante, el hombre rogó a las Hermanas que se hicieran cargo de su hija, porque a la pobreza extrema en que vivían, se unía cierta discapacidad mental de la madre, que la imposibilitaba para atender a la niña. Aunque en Matruchhaya intentan aceptar exclusivamente menores que sean huérfanos, pudiendo serlo sólo de padre o madre, cuando demuestran que no pueden ocuparse de ellos; en este caso, decidieron hacer una excepción.

La lepra dejó al padre de Joty sin dedos en las manos, pero después de un tiempo, la enfermedad fue detenida, y al hombre le permitieron regresar a su chabola, con su mujer, tras asegurar a todos sus vecinos que había dejado de ser contagioso. Pese a lo cual, a petición en sus padres, Joty continúa viviendo en Matruchhaya. Ambos quieren mucho a su única hija, y son conscientes de que sólo así la niña tiene asegurado todo cuanto necesita, más una buena educación.

Todo el mundo en Matruchhaya confía en que Joty podrá labrarse un futuro prometedor, porque es una niña trabajadora, inteligente y muy responsable. Pero ni Matruchhaya, ni la niña, ni los padres, deseaban una separación completa; por eso, todos los años, al terminar el curso escolar, hacia marzo, Joty pasa 10 ó 15 días en la pequeña chabola de Bahunagar con sus padres. Aunque ese periodo vacacional es más amplio, las monjas prefieren limitar la estancia de la niña en ese entorno depauperado e insalubre, para evitar contagios de enfermedades. Matruchhaya, comparado con la humilde chabola de los padres de Joty, es un palacio, pese a lo cual, Joty acude feliz cada año al reencuentro con sus padres, y en el orfanato consideran que para la propia niña es muy beneficioso mantener ese lazo familiar.

Publicado el 5 de noviembre de 2009 a las 08:45.

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Meetal

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Meetal nació en 1995, ahora tiene 14 años. No se sabe cuándo, su padre abandonó el hogar, y la niña quedó al cuidado de la madre, sin ningún otro apoyo familiar. Meetal tenía sólo cinco años de edad, cuando la madre falleció y, al no encontrar al padre, ni a ningún otro familiar, fue trasladada a Matruchhaya. Ingresó en el orfanato en el año 2000, y pronto empezaron a reunir toda la documentación necesaria para poder ofrecerla en adopción. Una pareja italiana, que había tramitado su solicitud a través de una agencia que trabajaba con Matruchhaya, aceptó su preasignación, y se puso en marcha la compleja maquinaria burocrática, para que la niña pudiese salir hacia Italia con sus nuevos padres.

En 2005, cuando Meetal tenía 10 años de edad, por fin todo estaba concluido. Había una sentencia de la Corte de Justicia que otorgaba la tutela de Meetal a la pareja italiana en cuestión, tras lo cual, Matruchhaya tramitó su pasaporte y su visado de entrada en Italia.
Sandeep, el secretario de Matruchhaya, me cuenta que la niña estaba ilusionadísima, pero desgraciadamente los padres le duraron un solo día; posiblemente el día más feliz de su vida, al menos el más ansiado, aunque precedió al más amargo.

Los padres de Meetal se habían alojado en el propio orfanato, como hemos hecho la mayoría de las parejas que hemos adoptado en Matruchhaya, cuando ha llegado el momento de recoger a nuestras hijas. El segundo día todo se torció. El hombre, muy perspicaz, vio cómo todas las niñas y niños, al regresar al orfanato después de haber ido a misa, dejaban sus chanclas junto a la puerta de acceso al edificio, para entrar descalzos, como es costumbre en India. No le pasó desapercibido el hecho de que su hija, tras descalzarse, cogió las chanclas en la mano y se dirigió con ellas hacia su habitación. Esa nimiedad, adquirió una importancia extraordinaria a los ojos del sagaz observador, y le condujo a la conclusión de que esa niña era retrasada mental.

Así mismo se lo explicó a Sandeep, ante la sorpresa de su propia mujer. El secretario del orfanato trató de no perder la calma, y como la monja que en ese momento dirigía Matruchhaya se encontraba de viaje por España, asumió la responsabilidad de resolver por sí mismo ese equívoco. Sacó el expediente completo de Meetal, y mostró a la pareja boletines de calificaciones que demostraban que la niña, no sólo no era retrasada, sino que además era una de las más destacadas de su clase. Les enseñó un diploma que acreditaba que había sido ganadora de un concurso de dibujo, otro sobre una competición de baile, y varios más de torneos deportivos. Los papeles demostraban claramente de la niña sobresalía en todos los ámbitos, tanto físicos como intelectuales.

A partir de ese momento, el hombre empezó a perder los nervios y reiteró una y otra vez, con un volumen de voz que progresivamente fue elevando, que la niña era retrasada mental. Entonces, la mujer contradijo tímidamente a su marido, afirmando que ella no pensaba que Meetal tuviera ningún tipo de discapacidad, y que deseaba seguir adelante con la adopción. Los gritos del hombre empezaban ya a escucharse fuera de la oficina. Probablemente Meetal se estuviera preguntando qué ocurría. El supuesto padre empezó a decir a voces que les habían mentido, que trataban de ocultarles la verdad para poder desprenderse de esa niña.

Sandeep se sintió impotente e indignado, y simplemente acompañó a la pareja hasta un hotel de Ahmedabad. Cuando regresó a Matruchhaya, todo el mundo estaba esperándole para que ofreciera alguna explicación, pero no dijo nada, simplemente les miró a todos con los ojos llenos de lágrimas, especialmente a Meetal. Ante ese silencio, que todo el mundo supo interpretar, la niña le preguntó directamente qué había ocurrido, pero él no pudo darle ninguna respuesta, porque ni siquiera él comprendía lo que había pasado.

Meetal estuvo llorando lo que quedaba de día y toda la noche, hasta la mañana siguiente. Sus compañeras de habitación la escuchaban, pero no podían hacer nada por consolarla, porque Meetal necesitaba una explicación, una razón que hiciera comprensible esa situación. Quería saber en qué se había equivocado, qué había hecho ella mal para que los padres que tanto ansiaba le duraran un solo día.

Ya no habría ninguna nueva oportunidad para Meetal, deshacer un proceso de adopción implica volver a pasar el caso por la Corte de Justicia; además, poco tiempo después, el Gobierno de Gujarat fijó en 11 años la edad límite para qué un menor pudiera salir de adopción.

Cuando Sandeep nos explicaba a Ramón y a mí lo sucedido hace cuatro años, sacó el expediente de la niña para demostrarnos que cuanto decía acerca de sus calificaciones y diplomas no era una exageración. De todas las fotografías y papeles que contenía su dossier, nos llamó la atención un pasaporte de la India. Lo abrimos por la página que contenía el visado de entrada en Italia con una foto de la niña. Estaba tachado con dos líneas de bolígrafo negro que recorrían, en forma de aspa, todo el visado, y pasaban incluso por encima del retrato de Meetal, como si el que trazó esas crueles y rotundas rayas, fuera consciente de que en ese momento se estaba segando la vida de la niña.

Publicado el 3 de noviembre de 2009 a las 08:45.

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Matilde

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El pasado martes fue un día grande. Uno de los más bonitos desde que llegamos a Matruchhaya.
El propósito de los globos que trajimos desde Ecuador, y los que elaboramos en España, era aprender a fabricarlos, para posteriormente enseñar a hacerlos a los niños y niñas más mayores de Matruchhaya. Los materiales necesarios son muy sencillos, y ya hemos comprobado que se pueden encontrar aquí fácilmente: papel de seda, varilla fina de caña, alambre, lienzo y parafina.

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Publicado el 2 de noviembre de 2009 a las 08:45.

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Cine en Matruchhaya

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Queremos que nuestra estancia en Matruchhaya signifique para sus menores un tiempo excepcional de esparcimiento y diversión. Por eso, el pasado sábado 24 de octubre, por la tarde, decidimos irnos al cine con todos los habitantes del orfanato. Hicimos extensiva nuestra invitación al personal que trabaja aquí: cocineras, cuidadoras, jardinero, conductor, secretario y monjas. Un total de 74 personas, 50 niños y niñas y 24 adultos incluyéndonos a nosotros, con la peculiaridad de que algunas cuidadoras tuvieron que ver la película el domingo, para no dejar desatendidos a los bebés.

Pedimos a las monjas que nos ayudaran a elegir una buena película, aunque por la experiencia de otros años, sabemos que para ellas es más importante la limpieza de la sala, que la calidad de la película. En esta ocasión pudimos hacer coincidir ambas exigencias, porque la película resultó atractiva, y muy divertida, a juzgar por las carcajadas de los niños; y además el lugar estaba impoluto.

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Publicado el 29 de octubre de 2009 a las 09:00.

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Geeta

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Geeta es una niña de 12 años de edad, que llegó a Matruchhaya el pasado 31 de julio, hace menos de tres meses. Entendiendo que la niña no podría sobrevivir mucho tiempo más en las condiciones que estaba soportando, por fin una vecina se atrevió a echarle un trapo por encima, cogerla en brazos, y hacer con ella un largo viaje hasta Matruchhaya. A pesar de su estatura, 149 cm., Geeta pesaba tan sólo 23 Kg. Me dicen que la niña era un auténtico esqueleto, y lo creo, porque ahora que ha engordado cuatro kilos, sigue mostrándose extremadamente delgada.

Geeta no tenía fuerzas para caminar, ni siquiera para mantenerse en pie, en realidad estaba al borde de la muerte por inanición. La vecina contó a las monjas de Matruchhaya, que la madre de Geeta había fallecido hacía varios años, y que el padre era vagabundo y alcohólico. Dijo que últimamente estaba siempre borracho, por lo que era incapaz de ocuparse de sí mismo, y mucho menos de su hija, a la que tenía desnuda y tirada en el suelo de la pequeña chabola en la que vivía, como si fuera un animal, pero sin proporcionarle ningún tipo de alimento.

Cuando llegó a Matruchhaya, la niña tenía convulsiones que la dejaban inconsciente. Inmediatamente la lavaron, la vistieron y la llevaron al hospital. Allí determinaron que además de grave desnutrición, la niña padecía ataques epilépticos y tenía un retraso mental del 75%.
Las monjas, las cuidadoras, e incluso los niños y niñas del orfanato, ven a Geeta tan débil y vulnerable, que se han volcado con ella. En los pocos meses que lleva aquí, probablemente Geeta ha recibido más afecto y atenciones que en toda su vida.

Todo el mundo sabe que el amor hace milagros, y en esta niña es evidente que se está produciendo una transformación espectacular. Ahora habla, y no sólo anda, sino que el otro día, cuando empezamos a bailar con los niños y niñas, nos quedamos perplejos al ver que Geeta también empezaba a bailar. Sus pasos eran torpes y desaliñados, como los de un animal recién nacido, pero era evidente que estaba tratando de imitar el modo en que se movían todos los demás al ritmo de la música.

Cuando terminen las vacaciones del Diwali, Geeta viajará a Ahmedabad con Etka y Punam, y será escolarizada en el mismo centro en el que ellas reciben educación especial desde hace años. Aunque seguirá perteneciendo a Matruchhaya, como Etka y Punam, permanecerá allí durante los periodos escolares, y regresará al orfanato sólo por vacaciones. Las Hermanas de la Calidad de Santa Ana, la misma congregación que regenta Matruchhaya, dirigen esa escuela para menores con discapacidad intelectual. Visitamos el lugar hace dos o tres años, cuando se acabaron las vacaciones del Diwali, y acompañamos a Etka y Punam. Nos pareció un lugar magnífico, del estilo de Matruchhaya: limpio y bien atendido, y tuvimos la impresión de que daban un trato exquisito a todos los internos.

La suerte de Geeta ha cambiado desde el día que llegó a Matruchhaya, y creo que ella lo sabe, por eso, aunque su rostro en ocasiones todavía refleja el horror que ha vivido, se muestra cada vez más alegre y participativa.

Publicado el 28 de octubre de 2009 a las 09:00.

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Colapso

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Después de un mes en Bal Mandir, con la mente volcada en nuestras actividades, y en los problemas de los niños y niñas que viven en ese orfanato, la llegada a Madrid ha sido dura. Reuniones, tareas atrasadas, el inicio del nuevo curso y los últimos preparativos del siguiente proyecto en Matruchhaya, reclamaban mi atención con urgencia, ya que, el próximo miércoles 14 de octubre saldré hacia India con un nuevo grupo, para trabajar con los menores que viven en el orfanato en el que, hace ya más de diez años, adoptamos a nuestras hijas Roshní y Chandrika.

El estrés, el cambio de horarios, la fatiga, el disgusto por el fallecimiento de mi mejor amigo de la infancia mientras estábamos en Kathmandu, o una simple infección de garganta, o tal vez la confluencia de todo esto, han debido provocar una especie de colapso en mi organismo, y de pronto me he visto sin fuerzas para moverme. No me he alarmado mucho, porque no es la primera vez que me ocurre pero, por si acaso, Aurora me llevó al hospital. Nada grave: reposo, beber mucho líquido, tratamiento con antibióticos durante tres días, y con eso, espero estar totalmente recuperado antes del próximo miércoles.

Cuando me vi sin fuerzas para levantarme de la cama por mí mismo, o cuando necesité la ayuda de mi mujer para afeitarme, ducharme, vestirme y tomar el desayuno, no pude evitar acordarme de Lata, Roji y Nimi, prisioneras, como yo en ese momento, de su propio cuerpo.

Entonces pensé que una de las cosas más importantes que hemos hecho durante estos días en Bal Mandir, ha sido recuperar esa silla de ruedas que estaba almacenada en una habitación del orfanato, y utilizarla para sacar a Lata del cuarto en el que permanece recluida, junto con Roji y Nimi, desde hace años. Fue maravilloso ver a Lata recorrer pasillos, patios y exteriores de Bal Mandir; lugares que probablemente nunca había visto; o reírse y participar de la fiesta de despedida, rodeada de niños y niñas que bailaban y se divertían.

Pero somos conscientes de que, en realidad, todo esto sirve de poco si no somos capaces de darle continuidad, si la puerta de la celda de estas tres niñas se abre sólo una vez al año. Por eso, Pablo y Luis, los especialistas en educación especial que ha trabajado con nosotros en esta ocasión, están haciendo gestiones, para poder contratar a Pradeep, el estudiante nepalés que ha participado en las cuatro ediciones de este proyecto, para que vaya todos los días al orfanato para pasear a Lata en la silla de ruedas, y para tratar de estimular también, de alguna manera, a Roji y a Nimi.

Publicado el 13 de octubre de 2009 a las 09:15.

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Pintura mural

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Nuestro trabajo en Bal Mandir llegó a su fin. El lunes 5 de octubre partimos hacia Madrid, y nuestro último día con los niños y niñas del orfanato fue el viernes. Por la mañana dimos los últimos retoques al mural, y por la tarde organizamos una fiesta de despedida en el patio central.

Aunque la reflexión final sobre el resultado de esta nueva edición de "Color en Bal Mandir", habrá que hacerla en Madrid, después de dejar pasar un tiempo para serenar los sentimientos y las ideas, en alguna tertulia de sobremesa ya hemos cambiado impresiones, y parece que estamos de acuerdo en algunos aspectos que debemos mejorar en futuras ocasiones.

La pintura mural nos ha ocupado demasiado tiempo, más de lo que pensábamos. A pesar de que el edificio sobre cuyas paredes hemos pintado, es pequeño, finalmente ha sido una composición pictórica de muchos metros, y plagada de detalles. Sin duda, eso la hace más atractiva, y el cuento que hemos inventado para darle sentido, la hace más interesante; pero nos ha absorbido más de lo que hubiésemos deseado. A pesar de que en el mural han participado mayor número de niños que otros años, y han podido pintar durante más tiempo, lo cierto es que, la fase final ha quedado restringida a los más mayores y a nuestros voluntarios, lo que en cierto modo ha supuesto una frustración para los más pequeños, que hubiesen deseado seguir pintando.

Creemos que las sesiones de dibujo, algunas de ellas preparatorias del propio mural, y la elaboración de las cariocas, han sido muy provechosas. Además, el esfuerzo que hemos realizado para incorporar a nuestras actividades a los menores con diversidad funcional, ha resultado especialmente gratificante, y nos ha abierto una vía de trabajo que deseamos potenciar en el futuro. Ya sabíamos que el arte es una buena herramienta de expresión; pero ahora hemos comprobado que puede ser una forma de estimulación, y un extraordinario cauce comunicativo, para menores que tienen difícil acceso a los canales habituales. En este sentido, creemos que nuestra estancia en Bal Mandir, durante este mes, ha sido especialmente enriquecedora para Lata, Nimi, Roji, Nirmala, Ram, Suseta, Jayanti, Puspa, Madushudhan y Asha.

Publicado el 7 de octubre de 2009 a las 13:45.

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Bal Mandir diverso

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Esta es la cuarta vez que trabajamos con los menores de Bal Mandir. Al finalizar cualquiera de las anteriores ediciones, hemos sentido la satisfacción de haber realizado una labor provechosa para los niños y niñas del orfanato, o al menos haberles hecho pasar unos días algo más felices de lo habitual; pese a lo cual, en numerosas ocasiones nos hemos sentido frustrados porque, a pesar de nuestros continuos esfuerzos, Bal Mandir sigue siendo una dura realidad, difícil de transformar. Al hacer balance final de cada experiencia, hemos encontrado aciertos, pero también nos hemos dado cuenta de errores y aspectos que mejorar, no ya en Bal Mandir, sino en nuestra propia labor con los menores.

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Publicado el 5 de octubre de 2009 a las 10:30.

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José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz (Madrid, 1963), pofesor Titular y Director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Grupo de Investigación UCM "Arte al servicio de la sociedad". Responsable de diversos proyectos de cooperación al desarrollo que desde 2004 vienen llevándose a cabo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador.

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