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Asistencia social

Hace un par de meses, en un pueblo de Omaña los antidisturbios desplegaron su arsenal para reducir a un pobre solitario, empeñados en encerrarle en un centro asistencial del que se escapa en cuanto puede. Un tipo casi tan peligroso como un titiritero en Madrid, cuyos delitos por lo visto eran beber vino barato y andar por el monte de Marzán a su puta bola, un hombre que no se metía con nadie entre otras razones porque ya no queda nadie allí con quien meterse.

Archivado en: Javier Cuesta, asistencia social, pobreza

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Javier Cuesta
20/5/2016 - 04:40

Hace un mes leí una noticia que pasó desapercibida, lo cual ya dice mucho de nuestra decreciente sensibilidad. A mí me llamó la atención, la relacioné de inmediato con lo anterior y me recordó aquel verso de Vallejo "execrable sistema (...) la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre". Decía que en Vigo apareció un hombre que llevaba una semana muerto y que vivía sepultado entre toneladas de basura que almacenaba. Pero tenía 3.544 amigos virtuales en Internet -ninguno sabía que rebuscaba en los contenedores- y uno de ellos desde Canarias avisó a la Policía de que no respondía al wasap. Qué paradoja, y qué lástima que entre tantos amiguitos no estuvieran incluidos los servicios sociales de la comarca omañesa.
Ambos sucesos vienen a confirmar por lo menos tres certezas. Primera, que el valor real del concepto ‘amistad en la Red' es algo altamente cuestionable. Segunda, que la asistencia social pública nunca es muy equilibrada: o se queda corta o se pasa varios pueblos. En el caso leonés, los servicios sociales, los efectivos del GRS y los sanitarios del Sacyl se emplearon a fondo en su labor de tutela, sin medir muy bien causas, fines y medios, y fueron a buscar a un paisano no del todo desamparado y muy poco subversivo, en un rincón de la provincia a tomar por culo. Sin embargo, en el caso gallego la protección estatal nunca llegó, a pesar de ocurrir el drama en la gran ciudad y a diario y prolongado en el tiempo y a la vista de todos. Igual que sucede en tantos casos de gente que pide en la calle o duerme en los cajeros o come en asociaciones de caridad atendidas por voluntarios, sin que ahí las fuerzas encargadas de velar por ese engaño llamado Estado del Bienestar hagan nada, porque a los poderes públicos evidentemente lo social se la suda, diga lo que diga Montorito bravo. Y tercera certeza, que la hipocresía siempre es pertinaz, como la lluvia de ayer o la sequía de mañana.

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