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Susana Fortes: "Es fascinante cómo la memoria selectiva nos ayuda a sobrevivir"

La escritora gallega afronta este asunto en su última novela, ‘Nada que perder', cuya trama gira en torno a la trágica desaparición de dos niños en una zona rural.

Archivado en: entrevistas, cultura, literatura, Susana Fortes

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"La costa gallega es muy sinuosa, una metáfora de la propia novela"

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F. Q. Soriano
21/10/2022 - 10:42

Como reza su subtítulo, ‘La verdad es escurridiza. Persíguela con cautela'. Ese es uno de los avisos a los que se enfrenta el lector cuando aborda ‘Nada que perder' (editorial Planeta), la nueva novela de Susana Fortes.

Aunque la localidad de As Covas realmente no exista, no es difícil imaginar un lugar así en Galicia. Ha decidido ambientar esta novela en un terreno conocido...
Sí, yo me crié en Galicia así que la novela es muy del Atlántico. La zona del estuario en la desembocadura del Miño es un paisaje imponente, también es la frontera con Portugal y ahí, en las fronteras, siempre pasan cosas. Me daba mucho juego. Es una novela de intriga en la que el paisaje y el paisanaje, esta forma de ser que tenemos los gallegos, esa ambigüedad, me venían muy bien. La propia costa gallega, que es muy sinuosa, también de alguna forma es una metáfora de la novela. No es solo una novela de intriga, la intriga es un ingrediente de todas las novelas: si no hay intriga, no hay novela. Sin el principio de incertidumbre es imposible que el lector se sienta atraído. Para mí también es una novela de personajes porque la intriga funciona cuando, como lector, consigues el apego con los personajes, cuando te importa qué les pasa o lo que les puede ocurrir.

El punto de partida de la historia es la desaparición de dos niños. ¿Ha habido algún suceso similar que fuera el hilo sobre el que articular la novela?
El tema de las desapariciones de niños, que es muy frecuente en esa zona del Miño, son tremendos, basta el ejemplo de Madeleine McCain. Recuerdo que el enfoque de la prensa era muy sensacionalista, había revistas que sacaban estos casos con fotos de niños vestidos de primera comunión. Luego, además, siempre surge gente que da pistas sobre un paradero, muchas veces de forma errónea. Todo ello es un trasfondo que está en la novela.

Blanca, la protagonista, atraviesa momentos emocionales complicados. ¿Cómo ha sido ese viaje de escribir sobre ella en primera persona?
Creo que es una de las marcas de diferencia de este 'thriller' respecto a otros tradicionales. Narrativamente está contado en voz de primera persona, que creo que llega más al lector porque es ella quien cuenta la historia. Cuando recibe la llamada del periodista se debate entre la razón y la voz del corazón que la hace volver al lugar de los hechos para enfrentarse a su pasado. Ella, durante toda su vida, ha intentado silenciar la voz de esa niña de ocho años. Es un proceso psicológico que hace que la novela tenga una profundidad mayor. Cuando empecé, entre los recortes de prensa que manejaba estaba una entrevista a un neurólogo, Oliver Sacks, que hablaba de la memoria y de sus mecanismos, sobre cómo se digieren los traumas. Sabía que en esa entrevista había algo esencial para mi novela.

¿Ha habido, entonces, una documentación sobre este mecanismo de la mente para protegernos y bloquear ciertos recuerdos?
Sí, he leído mucho sobre Oliver Sacks, pero también hay algo de indagación propia, todos hemos podido comprobar que la memoria tiene retazos, funciona como por pinceladas impresionistas: a veces un olor, un color o una frase nos trasladan a una etapa concreta de nuestra vida. Es fabuloso, me parece fascinante el mecanismo de supervivencia, la memoria es selectiva para ayudarnos a sobrevivir, hay cosas que borra y otras que fija.

Aunque el punto de partida es un hecho trágico, ¿hay un deseo de reivindicar esos veranos de los niños en los pueblos, llenos de juego y descubrimientos?
La infancia de este libro es de pan con chocolate, de ir en bicicleta entre los maízales, de caña de pescar, de cómics de Asterix, de libertad de movimientos... Los niños son seres inteligentes, con criterio, y también tienen miedos y se enfrentan a ellos de una forma diferente. He recreado los de Blanca en su infancia, por ejemplo, a través de las manchas de humedad en las paredes. Blanca, como todos los supervivientes, tiene un pequeño sentido de culpa, de pensar por qué le ha tocado a ella. Por eso idealiza una infancia que es alegre, pero que también tiene sus lados oscuros.

Llama la atención que, al contrario de lo que suele suceder en ficción, sobre todo ambientada en esos años, la niña se queda con el padre tras la separación.
Se me ocurrió así. Me parecía muy importante retratar algo que nos pasa a todos en algún momento de la vida, durante la infancia y adolescencia no pensamos en nuestros padres como seres humanos, pero llega un punto en el que los ves con sus debilidades y errores. También quería explicar cómo se vivió esa primera generación de padres divorciados, que ahora es el pan nuestro de cada día. El padre hace lo que puede para sacar adelante a Blanca, pero ella tampoco guarda rencor a su madre, que se fue. En realidad todo, lo feliz y lo grave, pasa en los universos pequeños como son las familias, sucede entre cuatro paredes de una casa y de un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce. Hay muchos silencios, no solo respecto al pasado reciente, con el tema del narcotráfico, sino también de la Guerra Civil. Todo es un magma muy evidente.

¿Por qué esas heridas están tan latentes en los pueblos y mucho menos en las ciudades?
Walter Benjamin decía aquello de que la ira de la ciudad nos hace libres. La gente va a su bola, se dispersa mucho más, para bien y para mal, porque los mecanismos de solidaridad también funcionan mejor en los pueblos. El ambiente en los sitios pequeños se enrarece antes que en los espacios más abiertos. Hay más cuentas pendientes, más venganzas, envidias y derrotas.

Si dos niños como Hugo y Nico desaparecieran ahora, en pleno 2022, ¿sería muy diferente la historia que surgiera?
Igual habría otros mecanismos, tecnológicos e informáticos, más desarrollados que los que había en 2004. Es un tema, el de las desapariciones de niños, que llega mucho a la gente, toca las fibras humanas.

¿Cómo lo enfocarían los medios de comunicación de la actualidad?
El personaje de Lois Lobo me encanta porque quería meter a un personaje de calle. Es un periodista todoterreno, forjado en la información local. Quería reivindicar el periodismo de investigación, este es un caso cerrado, que ha prescrito, pero hay un periodista que se encarga de retomarlo. También está en la novela una crítica a ese periodismo sensacionalista, de carnaza, el amarillismo de hacer morbo de determinados elementos.

Se suele mirar con cierta idolatría a los 'thriller' que vienen de otros países. ¿Nos falta reivindicar más las novelas que se hacen aquí?
Creo que aquí en España se hacen cosas muy buenas. Tengo muchos elementos de conexión con Domingo Villar, era un maestro absoluto, su última novela me gustó en especial. Esta novela no es un 'thriller' tan metódico como el que se suele hacer en los países nórdicos, es más intimista. He incluido Copenhague porque he estado allí muchas veces, quería un lugar que yo hubiera pisado y pateado, Vigo y Copenhague son dos escenarios muy familiares.

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