¡Viven!

Frank Marshall, 1993. En octubre de 1972, el avión en que viajaban los componentes de un equipo uruguayo de rugby se estrelló en los Andes. Al cabo de unos días, los supervivientes comprendieron que la operación de rescate había sido abandonada, y los pasajeros dados por muertos. Si querían sobrevivir tendrían que arreglárselas por sus propios medios. Entre esos medios, una decisión que más tarde conmocionaría al mundo: alimentarse de los cadáveres de los fallecidos.

Estos sucesos reales inspiraron un libro de Piers Paul Read. Frank Marshall, productor de muchas películas de Spielberg, ha enriquecido la historia hablando con los supervivientes, y nos la cuenta con el mayor realismo posible, sin ceder al sentimentalismo ni recrearse en aspectos morbosos. Lo más importante de esta película está en la riqueza de su enfoque antropológico. En palabras del propio Marshall: “El instinto de supervivencia de unas personas, la solidaridad del ser humano, el trabajo en equipo, la hermandad del hombre en una situación límite, que puede ayudarle a sobreponerse a las circunstancias”.

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