Deliciosa Martha

“Yo prefiero asarlo”. Martha tiene treinta y tantos años y está tumbada sobre un diván. Si la miras desde arriba, como hace la cámara, verás el óvalo blanco de su cara enmarcado por un cabello castaño que flota, muy largo, hacia la derecha. Y te recordará a la Venus de Boticelli. Le está contando una receta de cocina a un hombre joven y serio que escucha con desgana e inicia un breve diálogo:

– Martha, ¿por qué viene usted a verme todas las semanas?
– Porque mi jefa me ha dicho que me despedirá si no sigo una    terapia.
– ¿Y por qué cree que su jefa le ha dicho eso?

Entonces Martha se encoge de hombros, abre los brazos y, con la mirada y la voz más inocentes del mundo, desarma al psicólogo y empieza a cautivar al espectador:

– Pues…, no sé. No tengo ni idea.

Después la vemos en la cocina de un restaurante, entre una docena de hombres y mujeres de blanco, que cocinan o sirven a los clientes. Todos se dirigen a ella, y ella responde, ordena, coordina. Porque Martha es el chef del restaurante de Frida, uno de los mejores de Hamburgo. Nos parece meticulosa y perfeccionista, celosa del secreto de sus recetas exquisitas, halagada por una clientela que se deshace en elogios. Sabe que es la mejor y nunca baja la guardia: está en todos los detalles, maneja los ingredientes, los porcentajes y los tiempos, y controla una endiablada logística capaz de atender a la vez cuarenta y siete cubiertos.

Luego está la música: en el restaurante y en la película. Canciones italianas con un ritmo insistente y pegadizo que desborda alegría. O el susurro apagado del violín y del bajo, que parecen tocados sobre las cuerdas más sensibles de tu propio corazón para subrayar una muerte inesperada, una separación dolorosa, la soledad de Martha. Porque Martha vive sola y está sola. No tiene amigos. Tiene sabiduría culinaria para dirigir un restaurante exquisito, pero en la película queda claro que la coordinación del trabajo meticuloso y exigente de un prupo de personas requiere otro tipo de sabiduría. Además de competencia profesional, precisa competencia humana: algo así como un talante tejido de exigencia y flexibilidad, perspicacia y comprensión, confianza y diálogo. Porque trabajar es convivir, y la convivencia siempre pide acompasar sentimientos, limar asperezas, olvidarse un poco de uno mismo y ponerse en la piel de los colegas, asumir de alguna manera sus problemas.

Martha tiende a ser inflexible y cortante, desconfiada y suspicaz. Ni admite fallos ni se los permite. Tampoco encaja la más pequeña crítica, pues se cree perfecta. Así, todas sus recetas son sabrosas, pero ella misma resulta un plato difícil de tragar y digerir. Se diría que todo lo que Martha sabe de cocina lo desconoce del corazón humano y de sí misma. O tal vez no, porque Martha sufre la falta de unos amigos y un amor. Pero no sabe salir de su torpeza afectiva. Aunque le gustaría amar y ser amada, solo sabe representar el papel de erizo que va a su bola. Y por eso precisamente cae bien al espectador. En su dolorosa inmadurez, en su torpeza en el manejo de los sentimientos propios y ajenos, en su papel de mujer independiente, que ha cambiado su corazón por un manual de cocina, fuerte y frágil a la vez, Martha nos resulta conmovedora y deliciosa, como el título exacto de la película.

Sus días se nos presentan como una parábola sobre algunos aspectos típicos de la vida moderna, sobre el trabajo y las relaciones humanas, sobre los sentimientos y la necesidad de amar. Por eso, sus imágenes y sus dialógos, envueltos en una música magnífica, dicen mucho al que dirige una empresa y al que es dirigido, al que debe educar a sus hijos y al que es educado, al profesor y a sus alumnos.

Al final, ¿qué es lo que necesita esta joven mujer? No parece que el psicólogo pasmarote, que la escucha con cara de aburrimiento infinito, vaya a aportar algo. Martha necesita darse de bruces con alguien tan bueno en la cocina como ella, pero alegre y divertido, sencillo y locuaz, que sepa cantar y contar un chiste, hablar de fútbol y de música, escuchar y comprender. Martha necesita a Mario, y eso es lo que también nos regala la guionista y directora de esta deliciosa película, Deliciosa Martha.

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