El argumento

Cuenta Jiménez Lozano que iban a fusilar al sacristán y a varios vecinos del pueblo. Ya los tenían contra la tapia, al amanecer, cuando llegó el cura en una burra como un castillo. Dio los buenos días en seco y quiso interceder ante los milicianos.<!–more–> Pero le contestaron de mala manera y le aconsejaron que se largara. Entonces se apeó de la burra y dijo mansamente a los fusiladores: “Que es que no me habéis entendido”. Ante sus carcajadas, el cura se puso nervioso y colorado, se arremangó un poco las mangas de la sotana, frunció las cejas negras como un tizón, aclaró el vozarrón de los grandes sermones y ordenó que soltaran a aquellos desgraciados. “¡En el acto!”, dijo. Y entonces se hizo el silencio y le hicieron caso. No por la orden tajante, ni por la navaja que abría. Obedecieron porque les miró de frente y sacó el argumento: “Que os lo digo yo…, que he sido capador”.
A los pocos días de leer esta historia, Ima Sanchís me preguntó en Barcelona por el argumento. Se refería a otra cosa, claro, pero a mí me hizo gracia por asociación. Con la prisa propia de los periodistas, había ojeado “Dios y los náufragos” y pedía a su autor una especie de silogismo irrefutable para llegar a Dios, un atajo directo y bien señalizado. Era en julio y hacía bochorno, pero en la redacción de La Vanguardia el aire acondicionado venía directamente del Polo. Ima se enfundó mi cazadora y la cerró hasta el cuello para no morir congelada. Después preparó la grabadora y disparó a bocajarro. Su pregunta, más allá de la legítima curiosidad intelectual, sonaba a súplica, a búsqueda sincera. Entonces le hablé de las grandes pruebas cosmológicas y escogí una de sus más bellas formulaciones:

Pregunta a la hermosura de la tierra, del mar, del aire dilatado y difuso. Pregunta a la magnificencia del cielo, al ritmo acelerado de los astros, al sol -dueño fulgurante del día- y a la luna -señora esplendente y temperante de la noche-. Pregunta a los animales que se mueven en el agua, a los que moran en la tierra y a los que vuelan en el aire. Pregunta a los espíritus que no ves, y a los cuerpos cuya evidencia te entra por los ojos. Pregunta al mundo visible, que necesita ser gobernado, y al invisible, que es quien gobierna. Pregúntales a todos, y todos te responderán: “míranos; somos hermosos”. Su hermosura es una confesión. ¿Quién hizo, en efecto, estas hermosuras imperfectas sino el que es la hermosura perfecta?

Es un célebre texto de San Agustín, y para que Ima no pensara que la argumentación sobre Dios es cosa de santos, leí el epitafio que don Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, escribió para su propia tumba:

Enamorado del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en él desearía vivir, morir y reposar eternamente. Pero esto último en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los cielos y de la tierra, allí donde pasé horas de admiración, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como a Supremo Artífice, allí donde la naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo.

A Ima, inteligente y guapa, el Dios de los filósofos le sabe a poco. Y más cuando son los mismos filósofos los que se niegan y contradicen entre sí. La periodista es hija de su tiempo, un tiempo de dudas e increencia, heredero al mismo tiempo de Voltaire y Descartes, de Comte y Nietzsche, de Marx y Darwin. Piensa con razón que un Dios concebido como Causa o Inteligencia suprema no da razón de la sinrazón humana, del dolor inmenso acumulado durante siglos de esclavitud y guerras, enfermedades e injusticia. “¿Por qué se convierten los conversos famosos? ¿Cómo responde el Dios de los conversos al misterio del mal, al escándalo del sufrimiento humano?”.

La pregunta no se podía formular mejor, y exigía una respuesta a la altura del problema. Ima se quedó sorprendida al escuchar que todos los conversos coinciden en su respuesta, y que no es precisamente un argumento sino una Persona. La diferencia entre entender un argumento y conocer a una persona es grande: no se conoce bien a nadie en dos minutos, ni en dos horas, ni en dos meses. Por eso los conversos se toman su tiempo. Mucho más tiempo del que dura una entrevista para la prensa. El tiempo que se tomó Dostoievski, preso en Siberia cinco años, para entender y resumir el argumento definitivo de los conversos, tan diferente al del capador:

Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero además -y lo digo con un amor entusiasta- no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad.

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