La gran depuradora

Un amigo ingeniero me dice que la familia es la gran depuradora, capaz de reciclar y purificar la espesa capa de mugre y malicia que a todos se nos pega en la calle. Con su comparación ingenieril, él me da el título de esta columna y yo le doy la razón. Porque es verdad. Cuando las aguas bajan sucias, cuando la televisión envenena las fuentes de la verdad y del buen gusto, cuando se legisla contra la vida de los más débiles, cuando se quiere sumergir a los jóvenes en el hedonismo y el sinsentido, nos queda la familia.

En su seno suceden las cosas más importantes de la vida, pues el lugar donde todos nacemos y morimos no es una oficina o una fábrica. En la familia el ser humano nace, crece, se educa, se casa, educa a sus hijos y al final muere. En la familia se aprende y se enseña a vivir y a morir, y esa enseñanza realizada por amor es un trabajo social absolutamente necesario, imposible de realizar por dinero. A nuestro gobernantes socialistas les recordamos que la primera y más importante socialización se realiza en el hogar. No hay yo sin tú, y el primer tú que contempla el recién nacido, antes de reconocerse a sí mismo, es el semblante de su madre. Por eso, antes que ciudadanos, los hombres y las mujeres somos miembros de una familia, de una institución que aparece como la primera y más importante de las formas de convivencia, la tradición más antigua de la humanidad. De hecho, si la humanidad no se hubiera organizado en familias, no existirían los Estados y sus Gobiernos.

La especie humana no es viable sin la familia. Pero sería equivocado concebirla como célula de la sociedad tan sólo en sentido biológico, pues también lo es en el aspecto social, político, cultural y moral. Virtudes sociales tan importantes como la justicia y el respeto a los demás se aprenden principalmente en su seno, y también el ejercicio humano de la autoridad y su acatamiento. La familia es, por tanto, insustituible desde el punto de vista de la pedagogía social. Su propia estabilidad, por encima de los pequeños o grandes conflictos inevitables, es ya una escuela de esfuerzo y ayuda mutua. En esa escuela se forman los hijos en unos hábitos cuyo campo de aplicación puede fácilmente ampliarse a la convivencia ciudadana. De hecho la convivencia familiar es una enseñanza incomparablemente superior a la de cualquier razonamiento abstracto sobre la tolerancia o la paz social.

Espectadores de una crisis familiar sin precedentes, muchos analistas sociales llegan de nuevo a la vieja conclusión de que la familia es la más amable de las creaciones humanas, la más delicada mezcla de necesidad y libertad. Sólo ella es capaz de transimitir con eficacia valores fundamentales que dan sentido a la vida, y eso la hace especialmente valiosa en un mundo consagrado al pragmatismo. Poco hay que enseñar a una mariposa o a un pulpo, pero si los seres humanos quieren alcanzar la madurez personal deben estar bajo la protección de personas responsables durante largos años de crecimiento intelectual y moral. En este hecho natural y evidente descansa la tarea insistituible de la familia, y también es evidente que su desconocimiento está generando un coste social y unas patologías alarmantes. Me temo, por ello, que los Gobiernos que legislan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen.

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