Marta en el espejo

Hace tiempo escribí dos novelas sobre un chico de Vigo y una chica de Barcelona que cambiaba de ciudad y se matriculaba en el instituto del muchacho. Intenté pintar el paisaje y la vida de un grupo de amigos jóvenes, con sus típicas relaciones. Reconozco que escribí con esmero, pues pretendía un canto a la amistad y una historia de amor. Después llegaron las cartas y correos de los lectores, sobre todo adolescentes que se veían reflejados en esas páginas. En algunos casos, tan reflejados como en un espejo. Marta, por ejemplo, que también era nueva en un instituto, escribía: “Supongo que no me va a creer si le digo que me ha pasado lo mismo que a Paula en su novela: hay un chico muy especial que me llena con las miradas furtivas que me lanza en clase”. Marta resumía toda la intensidad de su sentimiento con una frase mínima y magnífica: “Dios mío, nunca pensé que fuera a sentir tanto con tan poco”.

El sello del Artista
A mí, que siempre me han gustado los matices, me gustó especialmente ese “Dios mío”. Quizá de forma inconsciente, esa espontánea invocación daba la clave de todo lo que el amor tiene de complejo y misterioso. Si por sus obras consideramos geniales a Mozart y a Leonardo, a Vivaldi y a Goya, la persona que amamos, tierna o apasionadamente, se nos presenta como una obra maestra del mismísimo Creador del mundo. Ante nuestros ojos deslumbrados, ese primer amor, ese hijo, esa esposa, llevan impreso el sello del Artista con mayúscula, y verlos de otra manera nos parecería rebajarlos de forma inaceptable.

Los ejemplos que se podrían aportar son innumerables. Un día de otoño de 1896, Chesterton conoció a Frances Blogg y se enamoró de ella. Aquella noche escribió, en la soledad de su habitación, que Frances sería la delicia de un príncipe, y que Dios creó el mundo y puso en él reyes, pueblos y naciones sólo para que así se lo encontrara Frances. Después escribió a la muchacha para decirle que “cualquier actriz conseguiría parecerse a Helena de Troya con una barra de labios y un poco de maquillaje, pero ninguna podría parecerse a ti sin ser una bendición de Dios”. Lo curioso es que Chesterton, en aquellos años, se declaraba agnóstico.
Un regalo inmerecido
Aunque la expresión de Chesterton sea muy propia, su sentimiento es universal. Lo que escribe nos sugiere, además, una segunda razón para entender el amor en clave divina. Experimentamos la amistad íntima y el amor profundo como regalos inmerecidos -¿por qué a mí?-, que proceden de una generosidad imposible entre los hombres. Ana Frank se enamoró de Peter Van Daan en su escondrijo. Ella tenía catorce años, tres menos que él, pero la vivacidad de la chiquilla y la timidez del muchacho compensaban la diferencia de edad. En páginas encantadoras de su Diario, Ana
interpreta esa amistad y ese amor como un regalo divino. El 7 de marzo de 1944 escribe que “por las noches, cuando termino mis oraciones dando gracias por todas las cosas buenas, queridas y hermosas, oigo gritos de júbilo dentro de mí, porque pienso en esas cosas buenas como nuestro refugio, mi buena salud o mi propio ser, y en las cosas queridas como Peter”.

Podríamos demostrar esa generosidad divina, de forma indirecta, al constatar que en el nacimiento de una amistad profunda o de un amor intenso hubo siempre un encuentro que bien podría no haberse producido. Bastaría con haber nacido en otra calle y haber estudiado en otro colegio, en otra universidad, para que no hubiéramos conocido a nuestros mejores amigos, para que no concurrieran las casualidades que nos han unido. Aunque es muy posible que las casualidades no existan. Chesterton, Marta y Ana Frank vienen a decirnos que casualidad es el nombre que damos a la Providencia cuando no hablamos con propiedad. En su célebre ensayo sobre la amistad, C. S. Lewis sospecha que un invisible Maestro de Ceremonias es quien nos ha presentado a nuestros mejores amigos, y de ellos quiere valerse para revelarnos la belleza de las personas: una belleza que procede de Él y a Él debe llevarnos.

La promesa incumplida
Sentimos que el amor despierta en nosotros una sed de felicidad que no puede aplacarse. De hecho, la inflamación amorosa provocada por la belleza corporal deja siempre el sabor agridulce de una promesa incumplida. Por eso, los griegos nos dicen que el amor es hijo de la riqueza y la pobreza, con esa doble herencia: rico en deseos y pobre en resultados. Es también un griego quien interpreta esa contradictoria naturaleza en clave divina. Platón afirma que el Ser Sagrado tiembla en el ser querido. Por eso estaba convencido de que el amor es, en
el fondo, una llamada de los dioses, una forma sutil de hacernos entender que, después de la muerte, nos espera otro mundo donde se colmará nuestra sed de plenitud.

Concluyo con unos versos que resumen lo que he intentado explicar: las tres razones que nos llevan a interpretar el amor en clave divina. Pertenecen al poema Esposa, de Miguel d’Ors:

Con tu mirada tibia
alguien que no eres tú me está mirando: siento
confundido en el tuyo otro amor indecible.
Alguien me quiere en tus te quiero, alguien
acaricia mi vida con tus manos y pone
en cada beso tuyo su latido.
Alguien que está fuera del tiempo, siempre
detrás del invisible umbral del aire.

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