Bona tarda

PujolUn día de Sant Jordi me crucé con Pujol en las Ramblas.
-Bona tarda, señor Pujol.
-Bona tarda, bona tarda.
Entonces yo le tenía por el más capaz de los políticos españoles. Ahora me quedo con dos párrafos.

De Gabriel Albiac
EL sórdido Pujol no es más que síntoma. Lo que fue siempre. La simbólica cabeza de una corrupción perfecta. De una corrupción que genera riqueza para los amigos. Para los enemigos, también. En la alícuota parte que les corresponda, conforme a la potencia que sea conveniente neutralizar en cada uno de ellos. Nadie, en la Cataluña posterior a Tarradellas, quedó al margen del reparto. Que vale decir del robo. Y eso diferencia el modelo catalán de otros más primitivos: del andaluz o del siciliano, por ejemplo. La racional regulación consensuada en los modos de burlar la ley beneficia a todos, a todos enriquece, a todos convierte en suntuosos hacedores de patria. Y permite alzar la risueña pantalla de una sociedad moderna y próspera. Mientras haya, por supuesto, un Estado (español) detrás que vaya aportando el inmenso chorro de dinero que una corrupción institucional de tales dimensiones exige para no venirse abajo. La Cataluña de después de Tarradellas ha sido esto. Pujol –y, junto al patriarca Pujol, su honorable familia– no es más que el síntoma. Está lo bastante viejo para no ir a la cárcel. Los otros, no.

De Enrique García-Máiquez
Y, al fondo, hay que tener en cuenta el invisible costo moral. La frase “De ahora en adelante, de ética y de moral hablaremos nosotros”, perpetrada por un Jordi Pujol de oscuros tejemanejes en la sombra desde un solemne balcón simbólico, resulta un paradigma insuperable. Pero retrata, mucho más que a un personaje, a todo un montaje. ¿Qué partido, qué oposición, qué prensa, qué fiscales, qué pactos ocultos, qué trampantojos han amparado semejantes actitudes? Se van conociendo muchos retazos, pero está por escribir una narración de todos estos años que conecte unos casos con otros. Podría llamarse El Puzzle. Será la mayor novela picaresca jamás contada. ¿Cómo iban a preocuparse de verdad éstos de ningún principio, del bien común, de la salud de la nación, del buen gobierno?
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