Deliciosa y tramposa

Mamma Mia es Hollywood en estado puro: una multinacional de producir historias tan deliciosas como tramposas, donde el sentimiento -siempre que sea intenso- se eleva a la categoría de suma verdad y sumo bien, ocultando lo que sucede en la vida real cuando se toma ese camino. A Carver me remito.

Pero hay en la película 5 segundos de lucidez, cuando la novia se enfrenta a su madre y le suelta la única verdad que se le escapa al guionista: “Yo quiero casarme y que mis hijos conozcan a su padre, porque lo que tú has hecho es una mierda”.

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Matar a un ruiseñor

La magnífica historia con la que Harper Lee gana el premio Pulitzer sirve para que Gregory Peck, dando vida al abogado Átticus Finch, logre el Óscar al mejor actor y nos deje una película antológica. En un Estado sureño con fuertes prejuicios racistas, Átticus acepta la defensa de un muchacho negro, acusado de haber violado a una chica blanca. Nadie había llegado tan lejos, y él lo sabe. También sabe que se juega la vida, pero se emplea a fondo y solo pierde el caso. Gana, en cambio, el respeto de todo el mundo, y deja a sus hijos una lección inolvidable de integridad y valentía. Átticus es joven y está viudo. Tiene que educar en solitario a Jem y Sccout, un juicioso muchacho de 12 años y una despierta chiquilla de 6, traviesa como un diablillo. Y ahí, aportando cariño, equilibrio y buen sentido a un hogar donde falta la madre, conquista al espectador. Y también al periodista que, al cubrir la noticia de la muerte del actor, escribe lo que todos pensábamos: Átticus es el padre que a todos nos gustaría haber tenido y, más aún, el padre que todos querríamos ser.

La verdad es que, para desempeñar su papel de padre, Átticus tiene a su favor un mundo mucho menos revuelto que el nuestro. Si alguien lo duda, le aconsejo que eche un vistazo a esa rediografía de la juventud actual, escrita por Carlos Goñi y Pilar Guembe, que lleva por título “No se lo digas a mis padres”. Bastaría con leer el índice para comprobar que los problemas se han multiplicado y complicado en las últimas décadas. Átticus no necesitó estar preparado para enfrentarse a patologías y desórdenes que en su época afectaban a un mínimo porcentaje de jóvenes o, simplemente, no existían: la movida del fin de semana y las drogas de diseño, la navegación por Internet, la anorexia, la fiebre consumista, la cocaína y el alcohol, la depresión, la elección de tendencia sexual, la adicción a los viedojuegos y a los teléfonos móviles… Décadas después, tampoco los padres de Guille y Mafalda tuvieron que ser expertos en educación para ejercer su tarea con solvencia. Vivían en un mundo fácil de entender, con referencias estables y comunes. Hoy, ese mundo ya no existe. En su lugar, lo que encontramos es complejidad y fragmentación. El subjetivismo intelectual y el relativismo moral disuelven la verdad, y sin verdad -lo afirma Savater- es imposible educar. Hoy, los padres de Mafalda tendrían que leer libros de psicología, hacer cursos de orientación familiar y poner en práctica el consejo de San Agustín: “Haz lo que puedas y pide lo que no puedas”. Porque hoy, Guille y Mafalda serían más hijos de su época que de sus padres.

En cualquier caso, Harper Lee y Gregory Peck no han podido reflejar mejor lo que significa educar y ser padre: esa delicada mezcla de autoridad y cariño, de exigencia razonable y confianza, de respeto a la libertad y apelación a la responsabilidad, de disponibilidad y buen humor. Sospecho que Harper Lee pudo inspirarse en la personalidad de otro padre y abogado genial: Tomás Moro.

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Homero y Brad Pitt

Es posible que, gracias a Brad Pitt, nuestros bachilleres ya no confundan a Homero con Homer, el de los Simpson. Gracias a Pitt sabrán que Homero es griego y escribió la Ilíada y la Odisea. Lo que no se imaginan, porque no lo van a ver en la pantalla ni en los libros de texto, es que sin Homero no estaríamos aquí: ni los españoles, ni los franceses, ni los polacos, ni los rusos, ni los lectores de esta columna, ni Brad Pitt. Por su crónica de la guerra de Troya -la Ilíada-, Homero es el primer periodista del mundo, el primer cronista de guerra. Pero es mucho más que eso. Por una de las consecuencias de esa guerra -el accidentado regreso de Ulises contado en la Odisea- Europa y América existen. Ya sé que es una afirmación muy contundente, pero puede ser argumentada.

Se dice que la diferencia entre el tercer mundo y el primero no la determinan las materias primas. Más bien, parece una diferencia marcada por la diversa concepción del ser humano. En concreto, por la forma de entender qué tipo de conducta es capaz de construir una sociedad donde sean posibles la justicia, la paz y el progreso. Si no se da con esa clave, la superlativa complejidad de la vida social no logra salir del caos, de la ley de la selva. Homero es el primero en entender a fondo esa complejidad y en descubrir las líneas maestras que debe trazar la lógica de la libertad inteligente. Su gran creación se llama Ulises. Mucho más que Aquiles o Héctor, Ulises es la respuesta de Homero a la más urgente de las preguntas: qué significa ser hombre. Una respuesta articulada sobre cuatro rasgos fundamentales: la justicia, la prudencia, la templanza y la fortaleza.

Justicia porque el ser humano es social por naturaleza, y la conviviencia necesita el respeto a unas normas de circulación: las leyes. Prudencia porque el mejor uso de la razón es llevar las riendas de la propia conducta, conducirse y acertar en cada caso concreto. Templanza porque nuestra animalidad constitutiva tiende naturalmente al placer, y ese resorte debe ser siempre moderado por la razón, como explica Platón en el célebre mito del carro alado. Las tres virtudes mencionadas no se ponen en práctica de forma espontánea y fácil, sino que necesitan la presencia de una cuarta: la fortaleza, que consiste en aceptar el sacrificio y el sufrimiento por conquistar o defender lo que merece la pena.

Este planteamiento, que discurre por Grecia y Roma y se suma al modelo cristiano, es la triple herencia que constituye la civilización occidental. El tercer mundo es, sobre todo, esa triple carencia. Sospecho que si Homero hubiera sido director de cine, no hubiera filmado la trepidante y anecdótica guerra de Troya, sino el periplo humanísimo e inolvidable del rey de Ítaca. Entre el Aquiles de la Ilíada y el Ulises de la Odisea hay una gran diferencia. El héroe de los pies ligeros es también el guerrero caprichoso y vengativo, capaz de cualquier desmesura irresponsable. Ulises, en cambio, es otra cosa. Tiene la fuerza y el poder de Aquiles, pero ambos resortes están ordenados por la prudencia y un sentido irrenunciable de la justicia. De paso, Homero lo presenta más atractivo que Brad Pitt y lo maquilla con un toque de sensibilidad que le lleva a ponderar su islote abrupto y pedregoso -eso es Ítaca- como una isla “hermosa al atardecer”.

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Woody Allen y el dragón

“Existe un feroz dragón llamado tú debes, pero contra él arroja el superhombre las palabras yo quiero”. Durante un siglo, esta pretensión de Nietzsche ha ido calando en los países occidentales hasta provocar una profunda inversión de la moral pensada y vivida. Un ejemplo elocuente lo encontramos en Woody Allen y en cualquiera de sus películas. Como Melinda y Melinda, nombre que se repite en el título quizá para subrayar que su creador también se repite y nos cuenta lo mismo en todos sus guiones: una inteligente y risueña justificación del sinsentido existencial y la infidelidad conyugal. Porque los personajes de casi todas sus películas se casan, se lían, se divorcian, se deprimen…, se casan de nuevo, se lían de nuevo, se divorcian de nuevo, se deprimen de nuevo… Son vidas donde cualquier idea sobre el deber o la responsabilidad es sofocada por una maleza de deseos y sentimientos que crecen sin control. Hace tiempo, en la contraportada del guión de Hannah y sus hermanas, publicado por Tusquets, encontré la expresión exacta de esa completa amoralidad. La perla decía: “Nada de lo que aquí hacen o dejan de hacer los personajes está bien o mal hecho, pues todos se conducen según sus propias debilidades”.

En Melinda y Melinda, ya digo, encontramos más de lo mismo. Personajes que son marionetas de sus impulsos y podrían decir, como el Felipe de Mafalda: “Hasta mis debilidades son más fuertes que yo”. Hombres y mujeres incapaces de llevar las riendas de sus vidas, abandonados al escapismo inmaduro del carpe diem. El amor es -para su creador- una quimera imposible, y lo sustituye por el sexo sin compromiso y los pequeños caprichos de una vida burguesa. En Woody Allen, la debilidad humana justifica casi todo en el terreno sexual, y eso también nos recuerda al Nietzsche que escoge al dios griego Dionisos como exponente máximo de un modo de vida que desea embriagarse en los instintos vitales.

Igual que Nietzsche, Woody Allen tiene alergia al deber moral. Una aversión que le incapacita para ese compromiso estable que llamamos fidelidad. Y esa incapacidad pasa una enojosa factura: el guionista y sus personajes suelen acabar en el sillón del psiquiatra, mareados por los vientos cambiantes de sus propios caprichos. Quieren ser felices -como todo el mundo-, pero lo quieren a toda costa y a costa de los demás, que van a ser usados y manoseados como objetos de placer. Woody Allen intuye que la clave de la felicidad es el amor, y no se equivoca, pero su cabeza freudiana entiende por amor hacer el amor y poco más. Así -de forma irrefutable y sin pretenderlo-, Woody Allen nos demuestra que el placer es solo un ingrediente de la felicidad. Un ingrediente que ni siquiera es necesario, porque cuando pretendemos alcanzar la plenitud por el atajo del placer, esa plenitud se nos escapa. Woody Allen sabe que estamos hechos para la felicidad, pero parece desconocer que esa delicada sustancia se amasa con amor sacrificado y amistad generosa, con servicio a los demás y sentido trascendente de la vida. A pesar de todo, ese señor que dice ser lo suficientemente bajo y feo como para triunfar por sí mismo, nos desarma a menudo. Sus personajes, empeñados en ser personajillos a fuerza de cinismo, nos conmueven. Porque nosotros somos como ellos. O podríamos serlo.

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Deliciosa Martha

“Yo prefiero asarlo”. Martha tiene treinta y tantos años y está tumbada sobre un diván. Si la miras desde arriba, como hace la cámara, verás el óvalo blanco de su cara enmarcado por un cabello castaño que flota, muy largo, hacia la derecha. Y te recordará a la Venus de Boticelli. Le está contando una receta de cocina a un hombre joven y serio que escucha con desgana e inicia un breve diálogo:

– Martha, ¿por qué viene usted a verme todas las semanas?
– Porque mi jefa me ha dicho que me despedirá si no sigo una    terapia.
– ¿Y por qué cree que su jefa le ha dicho eso?

Entonces Martha se encoge de hombros, abre los brazos y, con la mirada y la voz más inocentes del mundo, desarma al psicólogo y empieza a cautivar al espectador:

– Pues…, no sé. No tengo ni idea.

Después la vemos en la cocina de un restaurante, entre una docena de hombres y mujeres de blanco, que cocinan o sirven a los clientes. Todos se dirigen a ella, y ella responde, ordena, coordina. Porque Martha es el chef del restaurante de Frida, uno de los mejores de Hamburgo. Nos parece meticulosa y perfeccionista, celosa del secreto de sus recetas exquisitas, halagada por una clientela que se deshace en elogios. Sabe que es la mejor y nunca baja la guardia: está en todos los detalles, maneja los ingredientes, los porcentajes y los tiempos, y controla una endiablada logística capaz de atender a la vez cuarenta y siete cubiertos.

Luego está la música: en el restaurante y en la película. Canciones italianas con un ritmo insistente y pegadizo que desborda alegría. O el susurro apagado del violín y del bajo, que parecen tocados sobre las cuerdas más sensibles de tu propio corazón para subrayar una muerte inesperada, una separación dolorosa, la soledad de Martha. Porque Martha vive sola y está sola. No tiene amigos. Tiene sabiduría culinaria para dirigir un restaurante exquisito, pero en la película queda claro que la coordinación del trabajo meticuloso y exigente de un prupo de personas requiere otro tipo de sabiduría. Además de competencia profesional, precisa competencia humana: algo así como un talante tejido de exigencia y flexibilidad, perspicacia y comprensión, confianza y diálogo. Porque trabajar es convivir, y la convivencia siempre pide acompasar sentimientos, limar asperezas, olvidarse un poco de uno mismo y ponerse en la piel de los colegas, asumir de alguna manera sus problemas.

Martha tiende a ser inflexible y cortante, desconfiada y suspicaz. Ni admite fallos ni se los permite. Tampoco encaja la más pequeña crítica, pues se cree perfecta. Así, todas sus recetas son sabrosas, pero ella misma resulta un plato difícil de tragar y digerir. Se diría que todo lo que Martha sabe de cocina lo desconoce del corazón humano y de sí misma. O tal vez no, porque Martha sufre la falta de unos amigos y un amor. Pero no sabe salir de su torpeza afectiva. Aunque le gustaría amar y ser amada, solo sabe representar el papel de erizo que va a su bola. Y por eso precisamente cae bien al espectador. En su dolorosa inmadurez, en su torpeza en el manejo de los sentimientos propios y ajenos, en su papel de mujer independiente, que ha cambiado su corazón por un manual de cocina, fuerte y frágil a la vez, Martha nos resulta conmovedora y deliciosa, como el título exacto de la película.

Sus días se nos presentan como una parábola sobre algunos aspectos típicos de la vida moderna, sobre el trabajo y las relaciones humanas, sobre los sentimientos y la necesidad de amar. Por eso, sus imágenes y sus dialógos, envueltos en una música magnífica, dicen mucho al que dirige una empresa y al que es dirigido, al que debe educar a sus hijos y al que es educado, al profesor y a sus alumnos.

Al final, ¿qué es lo que necesita esta joven mujer? No parece que el psicólogo pasmarote, que la escucha con cara de aburrimiento infinito, vaya a aportar algo. Martha necesita darse de bruces con alguien tan bueno en la cocina como ella, pero alegre y divertido, sencillo y locuaz, que sepa cantar y contar un chiste, hablar de fútbol y de música, escuchar y comprender. Martha necesita a Mario, y eso es lo que también nos regala la guionista y directora de esta deliciosa película, Deliciosa Martha.

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