Dehesa y Yorick

Con la muerte de Germán Dehesa me vienen a la cabeza, insistentes, las palabras de Hamlet ante la calavera de un famoso bufón del rey:

-¡Ah, pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio. Era un hombre de una gracia infinita y de una fantasía portentosa.

Dehesa, además de tener un cráneo inconfundible, era el mejor bufón de México, el que alegraba cada mañana a todo un país con su kilométrica columna en el diario Reforma. No sé de ningún columnista hispano que posea o haya poseído la mitad de su gracia, ni su amor encendido a la apagada patria, ni su enorme corazón. Tampoco conozco libro que te obligue a reír como No basta ser padre. Por eso, yo también te pregunto, Germán, como Hamlet y Manrique, dónde están ahora tu cordialidad y tu chispa inagotable, tu ironía, tus juegos de palabras, tu defensa incansable de los desheredados, tu pasión por la vida. Yo no te conocí, por los pelos, pues a punto estuvo de llevarme a tu casa Jorge Flores, hace unos meses. Y bien que me arrepiento. Porque ya me dirás qué aliciente tiene, a partir de ahora, volver a México para no encontrarte en el desayuno.

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Un pintor sobre el Miño

José Ramón Trigo pinta desde hace años en La Guardia, y en sus pinceles apreciamos la sensibilidad de Rosalía y la precisión del que ha estudiado análisis de formas. Desde Pensilvania, su sobrino Álvaro le ha montado una magnífica exposición virtual en jrtrigo.es y me invita a curiosear. Confieso que me encantan sus campos y marinas, pero prefiero sus retratos, con esos ojos por donde siempre asoma un alma o una almeja. Cualquier día le encargo uno.

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