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Y tras la Pasión, llega la esperanza

En un tris tras hemos pasado de la tenebrosa semana de pasión a la de la esperanza. Es lo que tiene el día de Resurrección. Y, bueno, la carne de buey de El Capricho, regada con un excelente prieto picudo tinto. Ése fue el menú que en pleno sábado de gloria degustaba el líder nacional del PSOE, Pedro Sánchez, en tierras leonesas. Un menú que favorece una larga sobremesa, cierto sopor, amena conversación y reflexiones profundas. Un excelente ambiente y un agradable entorno para aclarar ideas y ratificar convicciones días antes de verse, cara a cara, con el líder de Podemos, Pablo Iglesias.

Martínez Carrión
01/4/2016 - 03:30

Entre la carne de buey del páramo leonés y los aires nevados de los altos del Mampodre, en la montaña oriental leonesa, Pedro Sánchez ha recargado con eficacia las pilas y aclarado las ideas hasta tal punto de que esta semana, la de la esperanza, su reunión con el líder de Podemos ha dado sus frutos. Han caído muchas líneas rojas e Iglesias, aunque con algunas condiciones, aceptaría sentarse a la mesa de la negociación con Ciudadanos en busca de un pacto que concluya con la formación de un nuevo gobierno, presidido por el socialista Sánchez y en el que el propio Iglesias renuncia a estar. Lo dicho, debe haber sido el efecto de la carne de buey, de buey de verdad de El Capricho.
A un mes de que concluya el plazo para convocar nuevas elecciones generales, todo hace indicar que todos los partidos políticos temen más a la repetición electoral que a abrir nuevas formas de diálogo y alternativas de acuerdo por muy arriesgadas que éstas sean. Ya era hora. El mundo es de los valientes y de los arriesgados. Por eso, Rajoy sigue en plena semana de pasión. Enrocado en su eterno tancredismo. De ahí que el propio Aznar, quien en su día le designó a dedo como su heredero, le haya dado ahora un toque de atención al asegurar que es tiempo de nuevos liderazgos. Pero Rajoy está a gusto con su pose de Ecce Homo y de que le procesionen por todas las calles de España al son del tambor y la corneta. Va de víctima y no es precisamente lo que se esperaba de él. Sobre todo sus electores.
Pero no es sólo en la política donde se adivinan aires de cambios, algo parecido sucede en el mundo de la gran empresa. Quién iba a pensar que esta semana de esperanza se inaugurase con el anuncio de dimisión de César Alierta, el todopoderoso presidente de Telefónica, la primera multinacional española. Es cierto que se va con el riñón forrado: una jubilación de unos treinta millones de euros y que continua con el cargo de presidente de la Fundación Telefónica, pero es que en este país no estamos acostumbrados a dimisiones de ningún tipo y menos en la gran empresa, donde los patrones siempre han presumido de morir con las botas puestas.
César Alierta, listo y oportuno, ha aprovechado el vacío de poder existente con un gobierno en funciones en España, para dimitir y evitar que el Gobierno, gracias a su acción de oro, meta la mano y manipule en el nombramiento de su sucesor. Está bien que la gran empresa deje de mirar de reojo al gobierno de turno en busca de sus beneplácitos. Telefónica tiene hoy más intereses en países como Brasil que en España y su rentabilidad depende ya de los mercados internacionales. Telefónica retoma un camino más profesionalizado y menos politizado. Es lo que se espera de una gran corporación. Sobre todo si en el horizonte se adivina la coleta de Iglesias.

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