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Con el ladrillo en la cama

El ladrillo siempre ha estado presente entre nosotros. Ya desde la baja Edad Media se utilizaban calienta-camas de metal en forma de sartenes con un largo mango y con tapa para evitar la caída de brasas en la cama. También era muy socorrido, por lo que nos ha llegado de entonces, el dormir varias personas juntas dándose calor unos a otros en los durísimos inviernos con temperaturas que nos hacían pensar que lo de bajo cero era la tónica habitual. Ello, acompañado de copiosas nevadas que perduraban en el tiempo.

Archivado en: Maximino Cañón, ladrillo, bolsa de agua, heladas, invierno

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Maximino Cañón
10/2/2017 - 02:20

Como sé que muchas de las personas que habitualmente tienen la amabilidad de seguir esta columna sabrán de lo que escribo, no les será difícil recordar los escasos medios con los que se contaba en aquellos años para protegerte contra el frío. Lo habitual entre la muchachada, y la no tanto, y que hoy de otras maneras permanecen en versiones más sofisticadas, eran los 'pasamontañas' que, acompañados de unos calcetines hechos en casa de 'pura lana de oveja', ibas abrigado de pies a cabeza haciéndote invulnerable a la dura climatología leonesa. Aunque aquí era menos habitual, por la mayor oferta que la capital ofrecía, en las tertulias que se producían en las cocinas de los pueblos cuando había juventud y habitantes, las partidas de cartas al calor se completaban, además de con unos 'pitos', o cigarros, de cuarterón de tabaco picado, con unos litros de vino caliente con azúcar que resultaba engañoso, a la hora de mantener el equilibrio, por lo bien que entraba. Y como complemento a la hora de acostarte daba muy buen resultado un ‘'adrillo de obra' caliente que, envuelto en una bolsa de tela, hacía las veces de calefacción casera en los pies. Después se generalizaron las bolsas de agua caliente que eran más flexibles al tacto manteniendo las calorías por más tiempo aún a riesgo de que a veces, al cerrarlas sin precisión, pareciera que te hubieras hecho aguas menores en la cama. Pero el 'ladrillo', como radiador del proletariado, era mucho más socorrido: 'niño' cuando pases por una obra, sin que te vean, trae uno o dos ladrillos que es menos costoso que las bolsas de goma y dan mucho calor.
Quién nos iba a decir que con el tiempo, casi todos, tendríamos calefacción en las casas y que los ladrillos, para algunos, seguirían siendo una fuente de calor, pero en sus bolsillos.

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