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un amigo de león

Chulada frente al frío

Casi no recuerdan muchos leoneses el que en estas fechas tuviéramos las reservas de nuestros pantanos a los mínimos actuales. Antaño, la nieve nos solía visitar por las fiestas y ferias de Todos los Santos, dejando la cosecha climatológica arreglada. Eran tiempos en los que casi no se conocía lo del cambio climático.

Archivado en: Maximino Cañón, frío, bares, estufas de carbón, mus y julepe, chulada frente al frío

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Maximino Cañón
15/12/2017 - 03:30

De lo que quiero escribir hoy es de cómo, después de mucho esperar, han llegado las heladas y las nevadas, estas últimas en las alturas, lo cual nos abre una puerta a la esperanza de que las aguas, nunca mejor dicho, vuelvan a su cauce. En León ya casi se nos está olvidando cómo es la nieve, por las pocas veces que aparece. A lo mejor es porque ahora tenemos ‘fundentes' en cantidad para hacerla desaparecer. Lo cierto es que aunque no es aquel ‘maná' que les caía del cielo a los israelitas en su éxodo de Egipto por el desierto, la nieve constituía (y constituye) el motivo de divertimento para unas cuantas generaciones. Aquellos ‘resbaladizos' que se hacían pisoteando la nieve a la espera de que se convirtiera en pista para deslizarse a falta de las pistas de patinaje de hoy.
Este mes se nos presentó con bajas temperaturas, a la vez de con nieve en las cumbres, proporcionando temas de conversación en abundancia. Era un día cualquiera de invierno en los que lo de bajo cero era habitual. Sucedió en el ‘Bar Marisol' (ya desaparecido) de mi tío Pedro a eso de las once de la noche y con una helada de las de León de entonces (rondando los siete u ocho grados bajo cero) con el establecimiento lleno de clientes y las mesas, bajo una inmensa capa de humo derivada de los puros y cigarrillos que se fumaban, en donde alternaban partidas de mus, escoba, tute y julepe, al cobijo y disfrute de una buena estufa de carbón. En esto, se abrió la puerta y entró un conocido cliente, algo fanfarrón, con el abrigo en la mano y el jersey de lana remangado (como desafiando a la temperatura que reinaba en la noche) originando exclamaciones de sorpresa y admiración por la valentía y fortaleza que mostraba entre la clientela. Como en cualquier número de magia, el truco consistía en que al llegar a la puerta del bar bien abrigado, con las prendas invernales puestas, se quitó el abrigo y la bufanda mostrando su falsa inmunidad ante el frío con la única pretensión de impresionar a los presentes. Para chulo él y para coger catarros también.

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