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un amigo de león

Pero, ¿de qué coñac me das?

Entonces no se hablaba de política, excepto si era para alabar al régimen establecido. El fútbol (como ahora) era el rey de las conversaciones, junto con la partida de cartas o el dominó. En aquellos años, cuando León contaba con una amplia implantación de pequeño comercio (antes del asentamiento de las llamadas grandes superficies), así como de entidades bancarias y de ahorro, era costumbre jugar una ‘partidina' rápida antes de entrar a trabajar.

Maximino Cañón
22/3/2019 - 04:40

El caso que hoy nos ocupa, y que a voy intentar plasmar con el fin suavizar un poco los efectos de lo que se no viene encima con la política como protagonista, versa sobre lo siguiente. Eran dos amigos que cada día, a eso de las tres de la tarde, y con los restos de la comida entre los dientes, se encontraban en el bar del barrio para disputar una partida de cartas, generalmente a la escoba. Siempre manteniendo un amistoso duelo por ver quién ganaba y le metía el café, la copa y, si procedía, la faria al coleto del perdedor, adornado todo ello de un cierto recochineo. La partida trascurría en un mano a mano sin que nadie, salvo los mirones de rigor, intervinieran en la misma respetando la regla no escrita de que ‘los mirones no hablan y dan tabaco'. Esta anécdota viene originada porque el dueño del bar, avisado días antes por un cliente ferroviario de un decomiso de coñac a granel en la estación de RENFE, había adquirido, a un precio más asequible que los de marca, sendos garrafones de la preciada bebida alcohólica. La bebida, debidamente procesada científicamente del garrafón a la botella, era servida y consumida en copas a diario por los dos fieles jugadores que se daban cita para echar la partida antes de dirigirse cada uno al trabajo. De esta guisa trascurría el tiempo hasta que un día, habiéndose acabado del coñac de garrafón que hasta la fecha habían venido tomando, el dueño del bar no tuvo más remedio que echar coñac del de marca (del bueno en teoría) cuando se vio reprendido por los dos clientes de la siguiente manera: "Pero, Pepe, ¿qué mierda de coñac nos has echado hoy?. Este es del más puro garrafón que según pasa te quema las entrañas. Se nota en el paladar nada mas meterlo en la boca". Y es que, como pasa muchas veces, la imitación del algunos productos supera al original.

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