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Mamotretos y fabulaciones

La pasada semana el director de este periódico escribía en su columna habitual, en la página dos, sobre el galimatías de los ofrecimientos electorales. Y, con mucha generosidad traslativa, titulaba el texto de ‘Mamotretos de programas'. Se quedó corto. Más que mamotretos -que por sistema y equivocadamente lo son- bien podría calificárseles, también, de fábulas o cuentos chinos porque, salvo honrosas excepciones y dentro de un orden, no señalan más que proyectos irrealizables.

Archivado en: Julio Cayón, programas electorales,

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Julio Cayón
24/5/2019 - 03:30

Y lo curioso es que cuando se están confeccionando y redactando, lo saben de antemano los propios autores y no les da ni la tos. Eso por un lado.
Por el otro -y, de igual forma, salvo respetables particularidades- tales engendros no los lee ni dios. Y tanto es así, que con un par de folios a doble espacio y en letra ‘Times New Roman', cuerpo doce -la más utilizada por la mayoría-, valdría y sobraba. Pero no. Hay que dar imagen y poderío a las propuestas, y los que se dedican a estas cosas de la divulgación política en tiempo de elecciones no se salen del carril. Algo que, además -y esa es otra- cuestan un dineral. Que lo de valer es un concepto diferente, explicación que invocaba a menudo un conocido economista leonés ya desaparecido.
Y aunque no fuera más que por echar una ojeada a los programas, sería bueno -y quizás obligado- compararlos con los de cuatro años atrás. Supondría un buen ejercicio de fiscalización para recordar -y denunciar, naturalmente- qué promesas se habían hecho y documentado en la ‘guía', y qué grado de cumplimiento era el real. Podrían saltar chispas sin necesidad de echar mano de la piedra de afilar de los gallegos del ramo.
El refranero español indica ese tan sabio y común que dice "ofrecer y no dar, no descompone casa". O ese otro un poco vulgarizado que asume "antes de meter, prometer; después de metido, nada de lo prometido". Pues eso es, en su generalidad, lo que ocultan los programas políticos en busca del voto. Prometer y prometer a sabiendas de la imposibilidad de sacar las trápalas adelante.
Si se desempolvaran los programas electorales desde que la democracia es un hecho, las ciudades y los pueblos semejarían paraísos ensoñados y oasis seductores. Una sinfonía urbana. Un escenario lo más parecido a la felicidad plena. ¿Es así? Ni de coña. Esta es la verdad y la cruda realidad de las cosas. "Por la boca, muere el pez", dice otro adagio popular que podría aplicarse a un buen número de políticos. Pero tampoco se cumple. Como lo de los programas.

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