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Cuidado

Arriban a las costas de Europa los cadáveres de cientos de refugiados mientras ella, con su naturaleza displicente, se sacude el polvo del hombro y mira hacia otro lado. Después de saquear y forjar un continente con la sangre del latino, el sudor del asiático y las lágrimas del africano, después de fundar colonias, arrancar sus tesoros de las manos muertas del esclavo y olvidarlos a su suerte, vemos flotar en el Mediterráneo el rostro infantil del apátrida, del desposeído, de la mujer que no tiene nada.

Archivado en: Guillén Fernánez Ferreras, Tercer Mundo, emigración

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Guillén Fernández Ferreras
14/6/2019 - 01:10

Y apartamos la vista o justificamos los muros. Miedo. Miedo porque el despertar de del Tercer Mundo lo vuelve violento. Al principio contra sí mismo, luego ese odio visceral fraguado en el sometimiento y la guerra lo vuelve contra el colono, el impulsor de su desgracia, el saqueador de su tierra. ¿Acaso creen que el ISIS no es sino un movimiento de descolonización violento?
Pero no exigen la independencia de una nación concreta sino la lucha indiscriminada contra el invasor. Y en Europa tañen las campanas por los muertos del terror y no suenan nunca por los bombardeos en África, ni por los vientres hinchados de sus niños. ¿No exigimos a su vez, el pago por las colonias europeas que Alemania sometió en la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué retribución puede esperar el Sahel o América Latina de Europa, tiempo ha que olvidó su suerte? No esperan ninguna.
Y como no la esperan, como ya no existe el miedo a la muerte porque la muerte es la liberación del sufrimiento, llevarán (y llevan) el miedo al corazón de Occidente. Las bombas de Madrid, de París o de Londres son las mismas bombas que arrancaron la vida de sus padres, hermanos y hermanas, en Irak, Irán, Argel, Libia, Sudán, Angola, Bolivia, Vietnam...
Tenemos la ocasión, sin embargo, de devolver lo que les corresponde por derecho: la vida. Pero cerramos las fronteras, exploramos la misma esencia de su miedo y les dejamos morir ahogados en el Mare Nostrum. Cuando estallen de nuevo las calles, buscad culpables y miraos al espejo. Allí estará el cómplice de la barbarie, en vuestra mirada cargada de temor, en la suya, pletórica de odio.

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