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El inexplorado Victoriano Crémer

Hace un mes -el 27 de junio último- se cumplía el décimo aniversario del fallecimiento de Victoriano Crémer, un personaje y brillante hacedor de las letras leonesas, pese a que la nacieran, como él mismo decía, en Burgos. El ‘accidente' físico fue ése, porque el definitivo, el que le marcó, tuvo lugar en la calle Puerta Moneda (Crémer siempre escribía Puertamoneda), en pleno barrio del Mercado, donde habitó -según sus palabras- en una vivienda que llegó a denominar como cueva. Y se da el caso de que el recurso literario o la ironía urbana era la justa.

Archivado en: Julio Cayón, Victoriano Crémer, calle Puerta Moneda

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Julio Cayón
26/7/2019 - 01:10

Cuando Crémer murió llegaron los elogios y los panegíricos. Y Las palabras dulces y hasta cierto punto empalagosas. Es verdad que mucho se escribió sobre el poeta y sobre el escritor -que son cosas diferentes- pero poco, apenas nada, sobre la persona. Y Victoriano, con ese carácter suyo y sólo suyo que arrasaba, tenía un corazón de acero por delante y de algodón por detrás.
Al margen de su familia, de sus hijos, en definitiva -Rosa y Paco- muy poca gente llegó a encetar el alma de Crémer. Y eso era lo importante. Quizá, quien mejor le conoció y le cumplió con creces en el día a día fue Pili, una mujer -una señora en el sentido más noble- que vivió pendiente de él los siete días de la semana. Y en esa relación se dio la circunstancia de que Crémer ejercía como padre y amo, y Pili como hija respondona si la ocasión lo requería. De tal manera, que entre ellos no había medias tintas. Si Victoriano se ponía un traje que a ella no le parecía apropiado, se armaba la marimorena. Y, después, aquí paz y allí gloria. Eso era así. Y así fue siempre.
Sin embargo, las cualidades humanas de Crémer son casi secretas. Sus cualidades como hombre y como esposo. Y en silencio. Y aquí entra quién era y cómo era. El gran amor de Crémer, de vida y de existencia, fue su mujer, Curra, a la que cuidó y veneró como si se tratara de un arcángel celestial. O la niña de sus ojos. O su reina coronada. Lo fue durante cincuenta años. Después, como le diría a Verónica Viñas, conocida periodista leonesa, el año 2002 "...y ahora estoy enamorado de su recuerdo".
Y cuando Curra cayó enferma, Crémer, sentado al pie de la cama, no se separó de ella ni un segundo. Las veinticuatro horas. Lo canceló todo. Hasta la escritura. Como refugio, es posible, alguna línea de un verso y poco más. Y fueron muchos los meses. Y lo dio todo por amor. Ese amor tan poco cantado y que diez años después es su rico tesoro y su legado definitivo. Su inmortalidad en seda.

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