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La lealtad de un diputado y señor

Pablo Montesinos es un diputado nacional del Partido Popular, que dentro de tres semanas, día arriba o día abajo, dejará de serlo por voluntad propia. Sin presión alguna. En el momento en que se clausure el congreso extraordinario del partido a primeros de abril, en Sevilla, para ratificar a Núñez Feijóo como presidente de la organización conservadora, Montesinos devolverá su acta y su bagaje a la Cámara Baja, en un gesto de lealtad y honradez casi imposible de ver en ese mundo de cuitados.

Archivado en: Julio Cayón, Pablo Montesinos, Pablo Casado, Partido Popular, Teodoro García Ege,

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Julio Cayón
11/3/2022 - 01:10

Montesinos se va junto con Pablo Casado, su valedor, a quien, después del escándalo que alentó contra Ayuso, la líder de la Comunidad de Madrid, han desplazado a empellones los mismos que veinticuatro horas antes le aclamaban por todas las esquinas. Sin entrar en otras valoraciones, la indigencia política no tiene límites.
Montesinos es periodista de profesión. Hasta la llamada de Casado para que se presentara a las Cortes por la demarcación de Málaga -que aunque nacido en Almería se crió en la llamada Capital del Sol y de ahí su vinculación con la ciudad- desempeñaba su cometido profesional en un periódico digital de ámbito nacional. Hombre pausado y pautado -durante un tiempo fue, a la vez, tertuliano en diversos programas de televisión-, jamás tuvo un comportamiento inadecuado. Y nunca elevó el tono de la voz durante sus intervenciones. Por naturaleza, una persona educada.
Y, ahora, después de la debacle del partido, de la verbena que se orquestó desde Génova 13 para vergüenza de la militancia, simpatizantes y votantes, él es el único que abandona el cargo -ya se verá qué hace el propio Casado y su colega y ‘consejero' Teodoro García Egea- y vuelve a las tareas para las que se formó en la Complutense de Madrid. Deja una responsabilidad política -quizás incómoda, eso sí- que, como al resto de los diputados, le reportaba, cuando menos, un salario de entre 55.000 y 70.000 euros anuales, cantidades que, una vez reintegrado a su actividad, no se le acercarán ni de lejos. Es un juicio de valor adelantarlo, pero es lo que se baraja en los ambientes periodísticos madrileños. Total, mayor mérito por su parte.
En estos tiempos líquidos, donde la lealtad (política) brilla por su ausencia; donde los navajazos son habituales e incluso blanqueados, resulta gratificante saber que aún queda alguien en ese proceloso escenario con un mínimo de dignidad. Que no agacha la cerviz. Y que el honor es lo primero. Lástima que en vez de aplaudirle haya quien se lo critique. Que ya está ocurriendo.

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