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Un amigo de León

Verdades como puños, ¿o no?

Como estamos en pleno verano, y en vísperas de que este periódico se tome las merecidas vacaciones en el mes de agosto, quiero dedicar esta última columnas al buen humor y a vivencias pasadas que nunca se olvidan.

Archivado en: Maximino Cañón, Escuela de Turismo, Puerto del Manzanal

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Maximino Cañón
29/7/2022 - 02:20

En este caso, me apetece compartir con ustedes una anécdota que, en compañía de unos amigos, disfruté de lo lindo. Estos amigos en los descansos entre clase y clase, que eran más largos que las mismas clases, venían al bar que mi padre tenía en las cercanías de la Escuela de Turismo, donde ambos estudiaban. A esa edad, en la que aparte de tomarte una consumición o jugar una partida de cartas, gustaban las bromas a todas las horas, quiero relatar una anécdota que presencié y que todavía me hacer reír cuando la recuerdo.
Estaban los dos amigos en la barra del bar cuando llegó un conocido cliente del bar muy amigo a contar aventuras fantasiosas. Le preguntaron: "Hombre Manuel, (nombre ficticio), ¿qué nos cuentas, hace que no te vemos el pelo...?. A lo que contestó: "Callar hombre, que parece que todo me pasa a mí. Como os había comentado tuve que comprarme un camión, ya que el que tenía no aguantaba más el pobre y cuando me lo entregaron tuve la idea de ir a probarlo hasta Ponferrada. En ello estaba y cuando bajaba el puerto del Manzanal, e intenté frenar, con el freno de pie y noté que no obedecía. Ya empezaba a ponerme nervioso cuando al echar el freno de mano aprecié que tampoco frenaba, todo ello bajando el puerto. Entonces, dijo, tuve una idea, y con el martillo que llevaba en la cabina, rompí el cristal que comunicaba con la caja del camión para, acto seguido, colarme por el hueco y, con los nervios que tenía al ver que el vehículo bajaba sin conductor, me descolgué por la caja y, con la fuerza de las manos, le fui sujetando y dirigiéndole hasta que lo orille y al dar con la parte de monte".
Ni que decir tiene que mis amigos, ante tan increíble fantasía, se agacharon detrás del mostrador para que, llorando de risa, Manuel no lo notara. La conversación terminó tomándose una copa de orujo en guindas cada uno. No me abstengo de manifestar que yo, en los años que tengo, que ya son unos cuantos, no creo haber escuchado una genialidad como aquella de la manera más natural mientras el narrador daba unas chupadas al pitillo de caldo de gallina en aquellos años permitido
A mí cuñado Fernando Rubio (que entonces no lo era) y a nuestro amigo Bernardino Glez. Cuevas (Nin) que, aunque ya no está con nosotros, sí lo está en nuestros recuerdos. Feliz Verano y que sea para bien.

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