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Un amigo de León

Las fotos

En este caso, me voy a parar en aquellos fotógrafos que, con cámaras de mano colgadas en el cuello o de las sostenidas con un trípode con visillos para preservar la oscuridad, se daban cita en la Plaza de Botines o en la de Las Palomas en busca de clientes que les proporcionaran unas pesetas en aquellos difíciles años. Es raro encontrar a gente con unos cuantos años que no tenga una fotografía en esos entornos.

Archivado en: Maximino Cañón, Plaza de Botines, Plaza de las Palomas, fotos

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Maximino Cañón
25/3/2022 - 03:30

Lo más normal era sacarte fotos cuando surgía alguna celebración familiar, o de estudio, para perpetuar una relación amorosa que si se rompía con el tiempo, también se rompía la foto, junto con las cartas, si las hubiera.
Siempre la juventud mira de reojon y sin prestar demasiada atención a los relatos de los mayores. Una máquina de hacer fotos no se tenía así como así, quizás como premio a las buenas notas en aquellas familias que se lo podían permitir. El hacer una foto de estudio requería unas instalaciones apropiadas: pequeño decorado y, sobre todo, una potente luz que hacía llorar. Como para ir al médico solías hacer cola hasta que te llegaba la vez y el fotógrafo, con bata y todo, te daba las instrucciones para posicionarte de la mejor manera posible y salir más "guapo o guapa", todo esto con tus mejores galas. La foto de estudio se guardaba, enmarcaba y se exhibía en el mejor sitio de casa de tus padres, o como reserva para cuando llegara el momento hacer el trueque con la futura pareja o novio/a; entonces lo de pareja no se llevaba.
Había otro tipo de compromisos como era el de perpetuar situaciones en fechas determinadas. Aquí se llevaban la palma las de primera comunión y las de la boda. En el fragor de la boda, con los contrayentes, se llevaba a cabo la foto de rigor así como en la euforia del banquete. El problema, para los sufridos fotógrafos venía a los pocos días cuando, casa por casa, se presentaban a entregarte y cobrarte la foto y la persona fotografiada no se veía agraciada y la rechazaba. Entonces eran muy pocas las fotografías que uno se hacía a lo largo de una vida, mientras que ahora se fotografía a todo lo que se ponga por delante con la incursión de los teléfonos móviles de nueva generación.
En recuerdo de mi desaparecido amigo Alejandro Fernández, y de aquellos que se gastaban las suelas de los zapatos esperando que alguien dijera que sí al ofrecimiento de una fotografía.

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