El insolidario - Blog de Javier Memba http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/ Tue, 19 Mar 2019 11:46:23 +0100 FeedCreator 1.7.2 Una lectura de Bertrand Russell (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12078/una-lectura-de-bertrand-russell-i/             Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell no es ese texto grave e inaccesible para el profano, que supuse durante las cuatro décadas en que mi desconocimiento de la filosofía en general -occidental, oriental o de cualquier otro sitio- me hizo desistir en el intento de acometer su lectura. Mucho más divulgativa de lo que imaginé -ésa es la causa de que fuera denostada en su momento por los eruditos-, han tenido que pasar cuarenta años desde que mi madre me regaló esta obra y el momento en que, hace unos meses, me decidí a leerla. El interés que me ha despertado la filosofía desde que la suspendía mientras cursaba el bachillerato me llevó a hojear el libro en varias ocasiones. Hasta que llegó aquella que me hizo a adentrarme en el que hasta ahora ha sido uno de los mayores desafíos de mi experiencia como lector.

###LEER_MAS###

            A decir de Russell, no hay nada tan sorprendente en toda la historia de la humanidad como el surgimiento de la civilización en Grecia. Hubo atisbos en Egipto y Mesopotamia. Pero la civilización propiamente dicha, nace en Grecia. "El hombre civilizado se distingue del salvaje por la prudencia o, para emplear un término más amplio, por la previsión" (pág. 35).

 

            A tanta gloria cabría apostillar que también nacen en Grecia el etnocentrismo y el eurocentrismo: para el pensador heleno no hay más medida del universo que su propio punto de vista. Todavía es ahora cuando el surgir de la civilización griega -y el etnocentrismo y eurocentrismo, por descontado- nos hacen mirar a la Grecia clásica maravillados y con cierto misticismo (pág. 23). Como el propio autor señala, los egipcios y los mesopotámicos tenían algunas nociones de aritmética y de geometría. Pero también fueron los helenos quienes "inventaron las matemáticas, la ciencia y la filosofía" (ibidem)[1]. Si señor, debemos a los griegos el cálculo y el arte del razonamiento por deducción, dos pilares de nuestra civilización.

 

            A renglón seguido, Russell sostiene que los griegos también "fueron los primeros que escribieron historia en vez de meros anales, especularon libremente sobre la naturaleza del mundo y las finalidades de la vida sin estar encadenados a ninguna ortodoxia heredada". Algo, esto último, con lo que no han contado los pensadores que les sucedieron en la filosofía occidental ya que la ortodoxia con la que se encontraron venía marcada por los propios griegos. Pero, en la filosofía occidental, principalmente, por la idea de Dios que ha presidido el pensamiento de los filósofos occidentales, muy probablemente hasta las primeras fisuras con la divinidad, que imagino surgieron en la Edad de la Razón.

 

            Y la metafísica cifrada en torno a la divinidad, existente en todos aquellos pueblos que desde la noche de los tiempos se dedicaron a las labores del campo -la fertilidad se creía un regalo de los dioses-, no acaba de valer ni en el caso de los tracios. Éstos adoraron a Dioniso -el Baco de los romanos-, quien merced al orfismo, una corriente religiosa surgida en torno a Orfeo, llegó a tener cierta influencia en los orígenes del pensamiento griego. En contra de lo creído comúnmente, el orfismo fue como una religión primitiva griega, que se desarrolló con independencia de la mitología. Rusell duda de la existencia de Orfeo, pero no de la importancia de la escritura en el surgir de la civilización.

 

            Homero es el primer "gran producto" de la cultura griega.

 

 

Orígenes del fascismo

 

            La poca consideración que los griegos tenían a los tracios nos da la medida exacta de hasta qué punto, el racismo y el concepto de superioridad, que inspiró a la civilización occidental hasta mediados del amado siglo XX, también tiene su origen en Grecia. El fascismo, sin ir más lejos, no ha llegado a los pueblos helenos con Amanecer Dorado. Como señala Russell, tiene su origen en el militarismo espartano, la ciudad estado que hizo de la guerra su razón de ser.

 

            Esparta es ajena a la contribución de Grecia a la civilización del mundo. He de reconocer que el de Cambridge es el primer autor que ha llamado mi atención sobre el particular. Los inconvenientes que pone a la sublime perfección de la civilización griega son los mismos que argüían aquellos mentores que no consiguieron enseñarme casi nada en el bachillerato: esclavitud, machismo, clasismo. Pero lo de hablar de Esparta como de los primeros individuos al servicio del estado, pese a ese culto a la guerra y el heroísmo con el que pinta inexorablemente el péplum a la ciudad, he reparado por primera vez con esta lectura (págs. 119-122). El propio Aristóteles, que vivió cuando Esparta ya estaba en decadencia, no se refiere a ella como el romano Plutarco, a quien obedece el mito de Esparta como la Arcadia de los guerreros. Pero no tiene nada que ver con la influencia que la Grecia clásica ha ejercido en "la fantasía, ideales y esperanzas de los hombres".

 

            Empero el Premio Nobel de literatura, que se le otorgó en 1950, y esa veneración por su activismo social con que le contempla la historia de la centuria pasada, he creído ver cierto racismo en Russell que al punto enmiendo. Ha sido cuando, puesto a explicar que el silogismo es la obra más importante en la lógica de Aristóteles, no duda en apuntar, en el que propone a modo de ejemplo del conocido por Ferio: "Ningún griego es negro" (pág. 218). Creo no equivocarme al sugerir que la premisa mayor del ejemplo del silogismo ha de coincidir plenamente con las tesis de Amanecer Dorado.

 

            Ahora bien, no hay que olvidar que el texto está escrito durante la guerra. Tiene su origen en unas conferencias pronunciadas por Russell en una fundación de Filadelfia entre 1941 y 1942. Conoció su primera edición en 1946 para ser exactos. Cinco años después Russell sería uno de los primeros abanderados de la igualdad racial en New Hopes for a Changing World (1951). Fue allí donde escribió: "A veces se estipula que la mezcla racial es indeseable. No existe evidencia alguna para tal opinión. No existe, aparentemente, ninguna razón para pensar que los negros son congénitamente menos inteligentes que los blancos, pero eso será difícil de juzgar hasta que ellos tengan las mismas oportunidades y buenas condiciones sociales".

 

 

 

La escuela de Mileto

 

            Pero intentemos, en la medida de lo posible, evitar las digresiones y seguir un orden cronológico. La Filosofía que se estudia, aquella que yo suspendía en sexto de bachillerato, nace con Tales de Mileto. El primero de los presocráticos también está considerado el primero que cultivó la especulación científica y utilizó el pensamiento deductivo aplicado a la geometría. En cuanto a la astronomía, su gran hazaña fue la predicción exacta de un eclipse para el 28 de mayo de 585 a. de C. Este dato, sostiene Russell, nos permite situar sus días entre c. 624 a. de C. y c. 546 a. de C. Tales quien también ejerció como legislador de su ciudad natal, Mileto, es el más célebre de los siete sabios de Grecia incluidos por Platón en uno de sus diálogos de juventud, Protágoras. Mi queridísima Gran enciclopedia del mundo lo considera el fundador de las matemáticas merced a sus pruebas sobre algunas "proposiciones elementales de geometría".

 

            La escuela de Mileto prosigue con Anaximandro y Anaxímenes. Uno y otro coincidieron en que el principio de todas las cosas es infinito.

 

            Y Russell avanza en su relato con Pitágoras, "intelectualmente uno de los hombres más importantes que han existido. (...). La influencia de las matemáticas en la filosofía, en parte debida a él, ha sido desde entonces tan importante como funesta" (pág. 49). Discípulo de Tales y Anaximandro, Pitágoras fue a visitar a quienes tenía por sus maestros a Mileto. La ciudad de quien la historia habría de considerar el primer matemático puro era otra: Samos. Independientemente de su teorema, Russell concluye que la combinación entre teología y matemáticas, que arranca con Pitágoras, caracterizará la filosofía religiosa de Grecia, de la Edad Media "y en los tiempos modernos hasta Kant" (pág. 57).

 


 

[1] En lo que a mí respecta, una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la conexión existente entre las Matemáticas, la ciencia exacta por antonomasia, y la Filosofía, que diserta sobre los problemas fundamentales con procedimientos no empíricos. Sin embargo, esta sintonía viene dada porque las matemáticas parten de un axioma, es decir: de una proposición asumida dentro de un cuerpo teórico sobre la cual descansan otros razonamientos y proposiciones deducidas de esas premisas. Hablando en plata, un número en sí mismo, es algo metafísico.


]]>
Javier Memba Mon, 18 Mar 2019 10:30:00 +0100
Que la tierra sea leve a Stanley Donen http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12077/que-la-tierra-sea-leve-a-stanley-donen/  

            Entre los compañeros ocasionales de mis últimas borracheras hubo uno, no recuerdo su nombre, que, al percatarse de mi constante búsqueda de expresiones afortunadas, entre copa y copa me dio una: "jornalero de la gloria". Me dijo que era de uso frecuente entre los comentaristas de las competiciones ciclísticas. Para mí fue todo un hallazgo, otra forma de denominar, con todo el lirismo que se merecen, a los mercenarios de la puesta en escena del viejo Hollywood. La parca se ha llevado a uno de los últimos, el gran Stanley Donen, mientras el Hollywood agotado de nuestros días se disponía a celebrar su reparto de estatuillas.

###LEER_MAS###

            El cine musical, junto con el western y el cine negro uno de los géneros más genuinos del Hollywood clásico -amén de uno de sus pilares más firmes-, alcanzó la perfección con los títulos que Vincente Minnelli rodó en los años 40 y 50 para la Metro: El pirata (1948), Un americano en París (1951), Melodías de Broadway 1955 (1953) y el largo etcétera. El camino que le llevó de ese estado de gracia que conoció con Minnelli a la decadencia representada por Bob Fosse en cintas como Noches en la ciudad (1969), Cabaret (1972) o Empieza el espectáculo (1979) fue trazado brillantemente por Donen. Huelga decir que no pongo en duda la maestría de las películas de Fosse. A lo que voy es que esa jovialidad que rezuma Minnelli, en Fosse no solo desaparece, sino que se convierte en desesperanza. Basta un somero apunte del asunto de cada una de ellas, para reconocer ese pesimismo al que me refiero. Noches de la ciudad, como el remake que es de Las noches de Cabiria (Federico Fellini, 1957), cuenta la historia de una ingenua robada y abandonada por su novio; Cabaret, el ascenso del nazismo, ¡casi nada!; Empieza el espectáculo, la catarsis que supone en la vida de un coreógrafo que el corazón le dé el primer aviso.

            Antes de llegar a tanto drama musical, Donen, en su última colaboración con Gene Kelly, rodó uno tragicómico cuyo título, desde que leí sobre él por primera vez, es capaz de elevarme el ánimo con su mera mención. Me refiero a Siempre hace buen tiempo (1955), traducción al español, prácticamente literal, del It's Always Fair Weather original. Al margen de su argumento -el de Siempre hace buen tiempo no es especialmente optimista pues nos cuenta cómo han cambiado unos camaradas de la guerra que prometieron volver a encontrarse diez años después de la separación- el musical, incluso por encima de la comedia, es el único género capaz de levantarme el ánimo. Me basta con ver bailar claqué a Fred Astaire y Ginger Rogers para ser feliz. Al menos tanto como lo era cuando bebía hasta encontrarme "a gustito", que decía otro compadre de las últimas borracheras.

            La comparación no es en balde. Bebí como uno de esos escritores que nos presenta Minnelli y esa buena disposición del ánimo que me procura el musical, alcanzó el paroxismo en el visionado de Siempre hace buen tiempo en uno de mis primeros años de abstinencia. Muy especialmente, en esa secuencia de Gene Kelly patinando por una acera mientras canta I like myself. Aquel número fue a dotarme de la indolencia necesaria para deslizarme, silbando yo también, por esa pesadumbre que me abrumaba tras todos los desastres y desdichas, acarreados en treinta años de borracheras.

            Dicha dádiva, aun siendo inmensa, sólo es la última que tengo que agradecer al gran Stanley. El primer don que me procuró su gloria fue un éxtasis: el alcanzado al contemplar la imagen de la maravillosa Audrey Hepburn mostrada bajo la música de Henry Mancini. También huelga escribir que la elegancia de Audrey, al compás de los scores de Mancini, proporcionó a la gran pantalla momentos de la altura de la secuencia de los créditos de Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), donde la estrella más rutilante del Hollywood de su tiempo va a comerse su croissant al escaparate de Tiffany's. Qué lejos se ha quedado aquel encanto de la vulgaridad del Hollywood de nuestros días. Esa vulgaridad, sobre la que ya nos prevenía Fellini a comienzos de los 90, es uno de los signos de nuestro tiempo. Como el populismo, al que toca tan de cerca.

            Con todo, yo me quedo con la Audrey que se mueve por el sur de Francia, arrullada por la música de Mancini, en Dos en la carretera (1967). Ahora que el gran Stanley duerme su sueño eterno, a mi juicio, éste último título es su obra maestra. Y lo es porque, allende el éxtasis que procura la contemplación de tanta belleza, entraña una de las reflexiones sobre el matrimonio más acertadas de toda la historia del cine. Por no hablar de los prodigios de su técnica narrativa, en la que los flashbacks y los flash-forwards se suceden, llevándonos así del pasado al futuro con un acierto que debería estudiarse -si es que no se hace ya- en las escuelas de cine.

            Cuando vi Dos en la carretera por primera vez, el matrimonio se me quedaba tan lejano como mi juventud hoy en día. Ya en los últimos visionados, tras veintinueve años felizmente casado -empero las borracheras- he comprendido que la belleza de esta cinta va más allá de la de Audrey al compás de Mancini. Se trata, ni más ni menos, que de todo un retrato del envejecimiento junto a la compañera de tu vida.

            "Duerme, no queda nada", escribe Federico García Lorca en su Oda a Walt Whitman. "Duerme viejo Stanley", concluiré yo con la venia del poeta, el lector y el respetable. "Duerme, viejo Stanley. No queda nada de tu impronta en ese Hollywood agotado y adocenado, vendido a la vulgaridad y el oportunismo, de nuestros días. Duerme tu sueño eterno y que la tierra te sea leve. Muchas gracias por tanta dicha".

 

]]>
Javier Memba Tue, 26 Feb 2019 10:15:00 +0100
Un mito de la novela del amado siglo XX (III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12076/un-mito-de-la-novela-del-amado-siglo-xx-iii/             A buen seguro se debe a que Mountolive, tercera novela de El cuarteto de Alejandría, a diferencia de sus dos predecesoras, está contada por un narrador omnisciente. El caso es que esa nostalgia de la ciudad que a las dos entregas anteriores les confiere un lirismo próximo a los versos de Kavafis, aquí no se aprecia. Más aún, la acción tarda en situarse en Alejandría y el Cenáculo, formado por los protagonistas de El cuarteto..., tarda en hacer su aparición. De Darley -el narrador mediante sus recuerdos de la primera entrega- no hay referencia hasta la página 116, donde es descrito como el amante de Justine, y de Balthazar -cuyas acotaciones al manuscrito de Darley articulan la segunda novela- no se habla hasta algo después.

###LEER_MAS###

            David Mountolive es un joven inglés que, por sus conocimientos del árabe y el prometedor futuro que se le augura, es destinado a Egipto para ocupar un puesto en la embajada británica. Hospedado en casa de los Hosnani, no tarda en convertirse en el amante de Leila, la madre de Nessin, que en este primer capítulo de Mountolive ocupa el mismo lugar que Justine en la primera novela de la serie. Al igual que su futura nuera, mantendrá amores extraconyugales que, más o menos serán sabidos y consentidos por su marido -el padre de Nessin-, mucho mayor que ella. Anciano e imposibilitado, no le queda otro remedio que tragar, como al marido de Connie Chatterley, la Lady Chatterley de D. H. Lawrence, del que Durrell, también a buen seguro, fue un aplicado lector.

 

Los Hosnani son coptos y, como tales, mantienen una relación de amor/odio con los ingleses: les odian porque se sienten despreciados por ellos desde las cruzadas y los quieren porque, al fin y al cabo, son cristianos en medio de un mundo islámico que ya les empieza a perseguir. La fascinación que ejerce sobre Leila todo lo europeo también juega un papel muy importante en su lío con Mountolive. Todo este primer capítulo viene a referir esos amores entre el joven diplomático y la dama copta. Sin embargo, su posición en la casa no quita para que Mountolive repare en ese feudalismo en que viven los Hosnani.

 

Todo el segundo capítulo nos da noticia de la relación epistolar que mantienen tras la separación, cuando Mountolive debe atender a los nuevos destinos de su carrera, a veces tan lejanos de Egipto como Moscú. En esas cartas, su relación pasa de aquel amor, adulterino e imposible que alumbraron cuando se conocieron, a una sincera amistad. Su camaradería es tan franca que él incluso le da noticia de sus nuevos amantes. Se dice que semejante hermandad es el resultado de un sentimiento que no quiere acabar, pero sabe que tampoco puede ser un amor pleno. Observaciones como éstas, de las que están cuajadas las páginas del segundo capítulo, llenan de sabiduría el libro. Con ellas también se entiende que El cuarteto... fuera un mito en los últimos días de la revolución sexual. Finalmente, Leila sufre esa viruela que se lleva su legendaria belleza, y decide no volver a ver a Mountolive, quien sí se ha encontrado en París y en otras capitales del Viejo Continente con Nessin.

 

La enfermedad de Leila es uno de esos asuntos, con calidad de hitos en la tetralogía, que se repiten en los diferentes volúmenes como el disparo de Burroughs a su esposa Joan en la bibliografía Beat: Visiones de Cody, de Kerouac, Queer y El almuerzo desnudo del propio Burroughs...

 

Antes de que Mountolive vuelva a ser destinado a Egipto, se nos habla de sus encuentros con Pursewarden y su hermana ciega, todavía en Inglaterra. Todo el capítulo V es una larga carta de Pursewarden a Mountolive poniéndole en antecedentes sobre lo que le espera en Egipto. Pero también es un certero análisis -al menos lo parece- de la situación en aquel país tras el fin del protectorado británico en 1918 (pág. 110): griegos, judíos y coptos intentan sobrevivir al creciente nacionalismo árabe.

 

Esta tercera entrega de El cuarteto..., además de la menos lírica -y quizás por eso precisamente- también es la más apegada a la realidad histórica. Más aún, aquí hasta se justifica esa trama sionista de la Justine que nos presenta Cukor en su atropellada adaptación de la primera novela. Nessin es consciente de que cuando los ingleses se vayan de Palestina, no va a quedar nadie allí para defender a todos los ajenos al mundo árabe -griegos, coptos, armenios...-, nadie excepto el futuro estado de Israel (pág.209). De ahí que esté pasando armas a los sionistas habiendo invertido toda su fortuna en ello. Esto explica el verdadero motivo de su matrimonio con Justine, para la que Darley -en esta entrega se ve mucho más claro- no es más que un admirador -uno de esos que nunca les faltan a las mujeres con atractivo- cuya compañía no le desagrada. Aunque incluso, hay veces, desde estas nuevas perspectivas de las acciones comunes que proporciona Mountolive, que también se pone pesado.

 

            Según la carta que deja a Mountolive (pág. 193), Pursewarden se quita la vida cuando se confirma que Nessin está introduciendo armas en Palestina, de lo que el suicida no ha informado debidamente al Foreing Ofice. Todos los prohombres de la comunidad copta están entregados a la causa sionista, lo que, a la larga, viene a abundar en esa teoría de que el estado de Israel no sólo es el estado de Israel. También es un bastión de la civilización judeocristiana en medio del mundo árabe. Algo así como la última fortaleza de las cruzadas.

 

En cualquier caso, los coptos de El cuarteto están tan implicados en el arsenal sionista que cuando las exaltadas salidas de tono de Naruz empiezan a comprometer su causa, Nessin pese al dolor que le causa condenar a muerte a su propio hermano, parece hacerlo. Como también parece que es Justine la que la organiza. Su trance de muerte, en el que Naruz insiste en ver a Clea -que llega cuando ya ha expirado- pondrá fin a la novela.

 

Con anterioridad hemos asistido a momentos en verdad hermosos, que tampoco faltan en Mountolive por mucho que sea menos lírica que sus predecesoras. Ése es el caso de la historia de Amaril, referida por Clea a Mountolive (pág. 157). Fue éste un médico perdidamente enamorado de la virtuosa Semira, una mujer que siempre ocultaba su rostro tras una máscara. Al cabo, cuando descubrió su cara, resultó que no tenía nariz.

 

También es especialmente emotivo el fragmento en que Pursewarden compra los servicios como prostituta de Melissa, tras rivalizar por ella en un baile con un sirio. Sin embargo, cuando se la lleva a su casa, no hace nada con ella. Ella presiente que la muerte ronda al diplomático y él -ya acariciando la idea de su próximo suicidio- se lo confirma. Pero lo más sorprendente de este fragmento, es la confesión por parte de Pursewarden de que fue el amante de su hermana ciega (pág. 185). Allende la novela, habida cuenta que una hija del propio Durrell -Sappho- habría de suicidarse en 1991 tras acusar a su padre de haber mantenido con él una relación incestuosa, este dato da que pensar por más que, en su momento, los allegados a la familia lo desmintieran.


]]>
Javier Memba Wed, 20 Feb 2019 17:30:00 +0100
Recordando a Jonas Mekas http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12075/recordando-a-jonas-mekas/             Pese a la brevedad de mis apuntes, el óbito de Jonas Mekas hace algunas semanas me obliga a dejar constancia de la admiración que el finado me inspiró. Antes que por su filmografía -sólo he visto Walden (Diaries, Notes, and Sketches) (1969), Reminiscences of a Journey to Lithuania (1972) y algún cortometraje- estimé a Mekas por sus textos sobre cine. Aparecidos originalmente, desde comienzos de los años 60, en la revista Voice -una modesta publicación del Greenwich Village neoyorquino- yo los leí en Diario de cine (Fundamentos, 1975), uno de los primeros libros cinéfilos que atesoré.

###LEER_MAS###

            En aquellas páginas, Jonas Mekas se descubrió como un defensor apasionado del cine experimental en oposición al de Hollywood y a mí, que tengo en la más alta estima a cuantos saben escribir sobre cine más allá de la consabida pantalla estadounidense, me emocionó. Junto a su hermano Adolfas, Jonás se había establecido en Estados Unidos en 1950 tras una experiencia traumática en su Lituania natal durante la Segunda Guerra Mundial. Fundador de la revista Film Culture (1954), antes de convertirse en realizador él mismo a comienzos de los años 60, andando esta última década le correspondió ser el cronista de un nuevo cine hecho por jóvenes que apenas contaban con presupuesto. Siempre sin estrellas, a menudo incluso sin actores -protagonizado por quienes se encontraban delante del tomavistas durante la filmación-, estaba rodado invariablemente en formatos menores: 8, Súper 8 y 16 mm.

 

            Acusado continuamente de pornográfico, este cine sobre el que llamaba la atención Mekas nunca contaba con licencia de exhibición. De modo que la policía lo perseguía para llevarlo ante los mismos tribunales que le habían negado previamente los permisos para el estreno. Aunque sus autores -Bruce Baillie, Stan Brakhage, Shirley Clarke...- no aceptaban la denominación, comenzaba a ser conocido como el cine undeground. Se trataba de una pantalla eminentemente artística, que se oponía a las producciones de la colosal industria de Hollywood cuya lenta agonía acababa de empezar.

 

            Cuando se habla de la paternidad del cine independiente norteamericano, suele atribuírsele a John Cassavetes. Yo, que aborrezco sobre todas las cosas la contaminación del cine por el teatro -si la pantalla no hubiera roto con la escena jamás hubiera encontrado su propio lenguaje: la articulación de la narración en planos-, pongo en duda dicha paternidad por la inquietud teatral de Cassavetes. Bien es cierto que Mekas también tuvo cierta tendencia hacia las tablas -sin ir más lejos, basó alguna de sus películas en montajes del Living Theatre-, pero, a mi juicio, cuenta más el cine de su propia realidad.

 

            Sí señor, admiré al Mekas articulista. Y ahora, que el setenta o el ochenta por ciento de mi actividad literaria está dedicada al cine -ahora que sé lo que es escribir sobre la pantalla- le tengo en una estima aún mayor. Pero también aplaudo al Jonas Mekas cineasta porque -ahora que sólo me interesa la vida vista a través del cine- él siempre supo hacer cine de su realidad. Se rodaba un montaje del Linving Theatre lo hacía como espectador del espectáculo, no como adaptador a la pantalla de un montaje teatral.


]]>
Javier Memba Thu, 14 Feb 2019 17:15:00 +0100
Un encuentro con Barbet Schroeder http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12074/un-encuentro-con-barbet-schroeder/  

            Hace ahora cuarenta años, en una de aquellas queridísimas sesiones dobles del cinestudio Griffith de la plaza de San Pol de Mar, descubrí una película que, transcendiendo mi itinerario cinéfilo, tocó de lleno mi experiencia personal. Se titulaba More, databa de 1969 y, en un principio, me llamó la atención porque su banda sonora era el tercer álbum de Pink Floyd, que ya entonces era mi preferido, como lo sigue siendo. "Fue en 1968, aún no se había muerto Franco y la rodé en mi casa de Ibiza en la clandestinidad", recordó el domingo su realizador, el gran Barbet Schroeder, en el encuentro que mantuvo con los espectadores en el Doré como preámbulo a la retrospectiva que le dedica este mes la Filmoteca -alabado sea su nombre-.

            "Cuando la acabé, ya en 1969, llamé a Pink Floyd porque eran mi banda favorita de entonces", continuó Schroeder. "A ellos, que habían pasado el verano anterior en Formentera, el filme les gustó mucho y les pareció una buena idea componer la música, lo que hicieron en apenas una semana. Después les dio rabia que el disco en que la grabaron se vendiera mucho más que The Piper at the Gates of Dawn y A Saucerful of Secrets, sus dos primeros álbumes en los que habían estado trabajando un año".

###LEER_MAS###

            Llegado a More por su música, en sus secuencias descubrí una historia de amor fatal: el que Stelle Miller (Mimsy Farmer) inspira a Stefan (Stefan Brückner) en la Ibiza de los hippies auténticos, mientras la toxicomanía -que aún se creía una experiencia liberadora- va apoderándose de sus vidas.

            Muy por el contrario, el que Stelle me inspiró a mí mismo en aquellos planos fue un amor platónico, como acostumbran a serlo los de sus admiradores por las actrices. Pero también como aquel con el que me magnetizaban algunas chicas de finales de los años 70. Porque fue el caso de que en la vida real me gustaban las jóvenes como ella, que olían a pachulí -aquel aroma embriagador de puro dulzón- y fumaban hachís. Lo de llamar "costo" al cannabis vino después con las masas de fumadores y su correspondiente vulgarización. Fue un proceso muy semejante al ocurrido con la música de Pink Floyd.

            Aunque cuando se hicieron populares negué a la banda londinense como se niega a un dios, aquella primera proyección en el Griffith de More -la cinta- me caló tan profundamente que Mimsy Farmer, Ibiza -o más concretamente Formentera- y el propio Schoreder ya ocupaban un lugar en el Olimpo de mi mitología personal. Aún recuerdo la voz en off de Charlie (Michel Chanderli) siguiendo al ataúd de Stefan cuando éste se convierte en la última víctima de Stelle tras ser encontrado muerto de una sobredosis en Dalt Vila: "Aquellos bastardos se creyeron que se suicidó y le negaron un entierro religioso. Era invierno, pero el sol brillaba como en verano".

            El italiano Alberto Moravia, que como el comunista a carta cabal que fue abominaba del rock, de los hippies auténticos porque a su juicio no eran revolucionarios y de la deriva hedonista de la sociedad occidental a partir de los años 60, puso reparos a More. Aun así, en un volumen en el que criticaba "ciento cuarenta y ocho películas de autor" bajo el título de En el cine (Plaza & Janés, Barcelona 1979, pág. 191), estima: "En realidad, los dos amantes no se destruyen con la droga, sino con el amor, que es notoriamente un hecho destructivo si se lleva hasta determinados extremos (...).Vale [More] como descripción veraz de un tipo particular de pasión basada sobre una forma de vida extrema y decadente que precisamente en las Baleares tuvo, con la pareja Sand-Chopin, una primera manifestación ejemplar hace más de un siglo".

            More, junto con Los amantes crucificados (Kenji Mizoguchi, 1954), es mi película de amor favorita. Ya desde los comienzos de mi itinerario cinéfilo, Schroeder se convirtió en uno de mis cineastas de cabecera. No había acabado de descubrirle como realizador en cintas tal que El Valle (1972) -también musicalizada por Pink Floyd, con el Oscured by Clouds ni más ni menos-, Maîtresse (1976) y otras maravillas de antaño cuando supe de él como el gran epígono de la Nouvelle Vague junto a Jean Eustache. Productor de Eric Rohmer, Jacques Rivette y el propio Eustache, es una lástima que a la cartelera comercial española -siempre al servicio del adocenado agotamiento del Hollywood de las últimas décadas-, haya llegado poco más que su derrotero estadounidense.

            Sí señor, el gran Schroeder cruzó el Atlántico para emplazar su tomavistas por primera vez en Barfly (1987). A mi juicio, aquella adaptación de Bukowsky es lo mejor de su experiencia norteamericana. "La rodamos en tal sólo veinte días porque Menahem Golan puso mucho menos dinero del que prometió", recordó Schroeder en su visita a Madrid. "Tuve que reducir el guión a lo esencial. Afortunadamente, ya tenía cierta práctica en estos rodajes rápidos, adquirida durante unos trabajos previos para la televisión".

            El resto del Schroeder americano -El misterio Von Bullow (1990), Mujer blanca, soltera, busca (1992), Asesinato 1, 2, 3 (2002) ...- ya me interesa menos. De nuevo en Europa, su carrera transcurrió por cintas próximas a sus primeras inquietudes. Así llegó el documental El abogado del terror (2007), un acercamiento a un personaje inquietante que, en cierto sentido, viene a ser lo que Général Idi Amin Dada: Autoportrait (1974), sobre el abominable dictador ugandés a los comienzos de la filmografía del gran Schroeder. Incluso he creído entender, sin haber tenido aún oportunidad de verla, que Inju, la bête dans l'ombre (2008), podría ser parangonable con Maîtresse.

            Pero la más sorprendente de todas estas concomitancias, que se registran entre el final y el principio de la filmografía de Barbet Schroeder, es el regreso a su casa de Ibiza, donde rodó More, para la filmación de Amnesia (2015), su testamento fílmico. Hombre cosmopolita donde los haya, nació en Teherán en 1941 porque su padre, un geólogo francés, estaba empleado en Irán. Mas la infancia del cineasta transcurrió en Colombia. De ahí que una de sus cintas más celebradas sea La virgen de los sicarios (2000). De ahí también que hable español. Fue la madre de Schroeder una violonchelista alemana que abandonó la patria del Reich de los mil años antes de la guerra y se negó a volver a hablar la lengua de Goethe porque para ella era la lengua de los nazis. Instalada en Ibiza, junto al resto de la numerosa colonia alemana que siempre ha habido allí, llegó mucho antes que los primeros hippies. A finales de los años 40 he creído entender.

            En cualquier caso, la madre de Schroeder no volvió a hablar alemán. Olvidó deliberadamente cuanto a su país se refería. Esa es la amnesia a la que alude el título de la última película de su hijo. Pero también a la famosa discoteca de la isla. Ya en las postrimerías del amado siglo XX, su sintonía con un joven compatriota, contratado para pinchar discos allí, hizo que la ya anciana antinazi se reconciliara con su idioma volviéndolo a hablar.

            Aunque no podía ser de otra manera, pues el tiempo discurre inexorable para todos, era todo tan rabiosamente joven en More -"los jóvenes han cambiado el mundo rechazándolo", escribe Moravia al comienzo de su crítica- que no se me pasó por alto que el propio Schroeder ya sea un anciano. Como lo es Mimsy Famer y habrán de serlo los que aún quedan vivos de Pink Floyd. Como lo es todo lo que admiré en mi juventud, como empiezo a serlo yo. Pero fue todo un placer ir a su encuentro, oírle a hablar de su película y recomendar, como el cinéfilo que también es, La casa de bambú (1955): "La vi en su momento, en un cine perdido de París y me quedé impresionado por el uso que hace Samuel Fuller del cinemascope".

            Sí señor, el encuentro con Schroeder el domingo en la Filmoteca fue un placer tan grato como el que me procuró, hace ya la friolera de treinta y ocho años, asistir a uno con Godard, en los legendarios cines Alphaville, con motivo del estreno de Sauve la vie (qui peut) (1981).

 

]]>
Javier Memba Tue, 05 Feb 2019 10:30:00 +0100
Que la tierra sea leve a Michel Legrand http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12073/que-la-tierra-sea-leve-a-michel-legrand/  

            El cine musical, básicamente, es un género estadounidense. Ello no fue óbice para que el francés Jacques Demy, guiado por su afición a él, pusiera en marcha Los paraguas de Cherburgo (1964), una de las producciones más singulares de la Nouvelle Vague. Distinguida con el Gran Premio del Festival de Cannes, entre otros prestigiosos galardones, su singularidad consistió en ser la primera película cantada de principio a fin de toda la historia del cine. De más está apuntar la importancia de la música, original de Michel Legrand. A partir de entonces, este compositor -fallecido en París el pasado viernes- se convirtió en uno de los más solicitados por la pantalla de los años sesenta y setenta. El evocador tema principal de Los paraguas de Cherburgo no tardó en pasar a formar parte de la música ambiental de la época, que hoy llamaríamos lounge y entonces era una especie de honor último para una banda sonora.

###LEER_MAS###

            Ya escuchábamos Los paraguas de Cherburgo en el hilo musical de hoteles y cafeterías cuando Legrand y Demy volvieron a colaborar en Las señoritas de Rochefort (1967), también cantada de principio a fin. A raíz del éxito cosechado en la anterior, en esta nueva entrega, Demy contó con el apoyo de Gene Kelly, quien aquí incorporaba a un músico: Andy Miller. Convertido el propio Legrand en el músico romántico por excelencia de la gran pantalla de los sesenta y setenta -seguido muy de cerca por otro compatriota también fallecido recientemente, Francis Lai-, fueron obra suya los scores de El caso de Thomas Crown (Norman Jewison, 1968) y El verano del 42 (Robert Mulligan, 1971). Antes del salto a Hollywood, cuando aún trabajaba para la Nouvelle Vague, su primera colaboración con Demy fue la partitura de Lola (1961). Con Godard se estrenó ese mismo año en Una mujer es una mujer y volvería a hacerlo en Vivir su vida (1962). Meses después escribió para Agnès Varda la música de Cleo de 5 a 7 (1962)...

            Pero la sensibilidad actual, al parecer sólo atenta a las fanfarrias de John Williams, ha hecho que la escasez de noticias sobre el fallecimiento de Legrand no guarde correspondencia con la magnitud de su obra: doscientas seis composiciones para el cine. Muchas de ellas llegaron a ser tan populares en los años 60 -sin ir más lejos el tema principal de Los paraguas de Cherburgo- que yo las tarareaba antes de haber visto la película. Diré más, fueron el primer reclamó para que me acercase a esas cintas, antes que todas las páginas que leí sobre ellas.

            Y ha sido ahora, en épocas más recientes, cuando he descubierto la faceta jazzística de Legrand. El jazz fue su primera vocación y fue uno de los grandes del jazz francés. Lo que es mucho decir si se considera que fue en Francia donde se dio al jazz esa carta de identidad cultural que se le negaba en Estados Unidos por sus orígenes afroamericanos. Sí señor, Legrand como el belga Django Reinhart, Stéphane Grappelli o Sacha Distel fue uno de los grandes del jazz francés. Grabó junto a Miles Davis, John Coltrane, Ben Webster y algunos otros de los mejores un álbum legendario: Legrand Jazz (1958). Aunque como Sacha Distel -quien fue guitarrista ocasional de Dizzy Gillespie y Tony Bennett- acabó por rendirse a la evidencia de que la música romántica era más comercial que el jazz.

            Sirvan estas líneas como despedida a un músico que me descubrió al gran Jacques Demy y me procuró idéntico placer con sus composiciones para el cine que con su jazz.

 

]]>
Javier Memba Sun, 27 Jan 2019 18:15:00 +0100
Los relatos más bellos del mundo (III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12071/los-relatos-mas-bellos-del-mundo-iii/ (viene del asiento anterior)

            Hoichi el desorejado, el primero de los textos reunidos bajo el epígrafe dedicado a la fantasía, me descubre a su autor, Lafcadio Hearn, un griego de padre irlandés que acabó nacionalizándose japonés, adoptando el nombre de Yakumo Koizumi. En Wikipedia se dice que fue quien dio a conocer la cultura japonesa en Occidente. Aunque quizás sea mucho decir, el orientalismo de Hearn está por encima de toda duda. Es más, como recuerda el anónimo compilador de estos relatos más bellos del mundo, Hoichi el desorejado es uno de los cuatro cuentos de este singular autor llevados a la pantalla en 1964 por Masaki Kobayashi en El más allá, una de las más celebradas cintas de fantasmas japonesas. Lo que es todo un elogio considerando que el cine de fantasmas japonés destaca entre el mejor cine de terror del mundo.

            Estamos ante un cuento de miedo en verdad brillante. Tras referirnos la última batalla librada entre los heikés y los jenjís, un combate naval en el que perdieron la vida todos los heikés, sus almas han estado vagando durante siete siglos en la costa del lugar, Shimonoseki. Se dice que los cangrejos que allí moran, en su caparazón, dibujan los rostros de los finados. Para aplacarles, se levantó allí un templo budista.

###LEER_MAS###

            Mucho tiempo atrás, también hace siglos, vivió en Shimonoseki un joven ciego y muy pobre que respondía al nombre de Hoichi. Destacado rapsoda y tañedor del biwa -el laúd local-, su arte le granjeó la simpatía de un monje budista, que le dio hospedaje en el templo. Una noche que Hoichi se encontraba solo, una voz imperiosa, de un samurái, le conminó a acompañarle. "Kaimon" -el título original de El más allá- es la palabra que utiliza el samurái para entrar en el misterioso señorío.

            Una vez dentro, el ciego siente que es rodeado por una muchedumbre. La voz de una mujer le pide que cuente la historia de la última batalla de los heikés. La audiencia escucha muy complacida y con suma atención. Prometiéndole una fabulosa recompensa, le invita a volver durante seis noches seguidas.

            A la mañana siguiente, cuando el monje sabe de la salida de su protegido, se preocupa. De modo que lo dispone todo para que esa noche sea vigilado por si las cosas se repiten. En efecto, Hoichi vuelve a abandonar el templo. Sin embargo, aunque él cree que lo hace acompañado del samurái, los criados que le vigilan dan fe de que se va solo. Son las almas en pena de los heikés las que se llevan al rapsoda para que les cante la crónica de su última batalla.

            Para que el prodigio no vuelva a producirse, el sacerdote y un acólito escriben en todo el cuerpo de Hoichi un texto sagrado. A excepción de las orejas, todo el cuerpo del ciego queda cubierto por esa frase mágica que le salva de los espectros. Y las orejas son lo único del rapsoda que se encuentra el samurái fantasma cuando acude a buscarle por tercera vez. De modo que decide llevárselas a su señor para dejar constancia de que ha cumplido su recado y sólo ha encontrado eso de Hoichi. Al punto, en el mundo real, el rapsoda queda desorejado.

***

            Que recuerde, ya había leído Un artista del hambre, de Kafka, al menos una vez. Pero la memoria que guardo de esta pieza es tan vaga, que ha sido satisfactorio volverla a leer. Si clásico es aquello que perdura como ejemplo, este cuento lo es de la primera a la última palabra. Su asunto versa sobre un oficio que se extingue, y en él yo he querido ver un trasunto del periodismo, que ha sido mi profesión en los últimos treinta años.

            El protagonista de Kafka es un ayunador en los tiempos en los que el interés por los ayunadores decae. Como su propio nombre indica, tan insólito empleo consiste en pasar hambre dentro de una jaula como una atracción más de la feria. El público observa con la misma fascinación que ve a los felinos devorar su carne. Se trata de no ingerir alimento alguno durante un máximo de cuarenta días. El empresario anota todos los días en la pizarra correspondiente el tiempo transcurrido mientras el artista tiene sus propios trucos para matar el hambre.

            Cuando la feria para la que trabaja se cansa de su espectáculo, el ayunador consigue colocarse en un gran circo. Pero allí, tras algunas muestras iniciales de interés, la indiferencia del público será aún mayor. Lo que le gusta a la gente es ver a la pantera devorando su carne. Tanto es así que al encargado de anotar los días que nuestro protagonista lleva ayunando se le olvida hacerlo. La paja de la jaula se va estropeando y, hasta que no llega el momento de tirarla porque está podrida, no vuelven a acordarse de él. Antes de morir de inanición, en un tour de force de Kafka, el ayunador, con su último aliento, confiesa al inspector del circo que si se ha dedicado a pasar hambre ha sido porque nunca llegó a encontrar comidas que le gustaran. De este modo, se queda en nada toda esa parábola sobre el hambre, la indiferencia de la gente ante el dolor de los demás y otras cuestiones de altura, a las que parece apuntar el cuento.

***

            De cómo el ratón llegó a ser ratón, anónimo popular canadiense, es de una simpleza tan grande que no merece estar entre estos supuestos relatos más bellos del mundo. Lo que se cuenta es sencillo, en la América precolombina el ratón era el animal más grande. Pero, cuando tras un cónclave de los moradores del bosque que pretendían cazar el sol, el ratón puso tanto empeño en la empresa que el astro rey le chamuscó su antiguo pelo blanco y le redujo hasta convertirlo en un ser menudo e insignificante. Sus "dichosos dientes, que todo lo roen", es cuanto le resta de su antigua fuerza.

            Lo que sí es verdaderamente insignificante es esta pieza, de la que sólo cabe destacar esos animales antropomorfizados, prototípicos de las fábulas clásicas, cuya altura no alcanza esta tontería ni de lejos.

***

            El guardagujas de Juan José Arreola, es, con mucho, la pieza que más me ha gustado de todas las reunidas en el tercer epígrafe, el dedicado a la Fantasía. Su asunto es una propuesta surreal sobre el desconcierto de un viajero. "El forastero", que el autor le llama, llega una estación ferroviaria desierta para coger un tren que lo saque del país con destino a un lugar llamado "T". Empieza a angustiarse a medida que comienza a preguntar a un anciano con trazas de guardagujas -"vago aspecto ferrocarrilero", escribe Arreola- y éste le responde con vaguedades: aunque hay raíles los trenes por allí no pasan, que los billetes adquiridos por los viajeros no guardan relación con los trayectos de los convoyes, y que hay una fonda -que parece una cárcel- para quienes languidecen desde tiempo inmemorial deseando subirse a uno de los trenes que nunca llegan.

            Se dice que, por esa mecánica de los ferrocarriles que van a cualquier parte, han surgido poblaciones en los sitios donde se apearon los viajeros. También se dice que, cuando al cabo llega algún convoy, hay aplastamientos para subir a él. Con todo, cuando al final llega un tren a la extraña estación, es el propio forastero quien le dice que va a otro destino, un lugar llamado "X", que no a aquel "T" del principio.

            Más que surreal, como acabo de apuntar, El guardagujas es una propuesta kafkiana. Su ambiente ferroviario ha venido a recordarme Nunca cometemos errores de Aleksandr Solzhenitsyn. Pero sólo ha sido en una primera apreciación. La verdadera influencia de Arreola es Juan Rulfo, con quien, mediados los años 40 del amado siglo XX, colaboró en la publicación de la revista Pan.

***

            Entre las alabanzas que como un mono de repetición dispensan a Hans Christian Andersen los comentaristas de sus cuentos, todos coinciden en ensalzar su simpleza. A mi juicio, en lo que a El ruiseñor se refiere, no es digna de tanto encomio. Aquí, ese hallazgo magistral que supone que el protagonista de El patito feo -el cuento más famoso del danés- resulte ser un cisne, se queda en nada. El ruiseñor en cuestión puede entenderse como la voz de la conciencia del emperador de China, o también podría creerse que el cuentista alude a ese "pajarito", al que antaño se referían algunos que decían saber una cosa sin querer revelar la identidad de quien se la había contado.

            En cualquier caso, Andersen comienza hablándonos de un ruiseñor de los jardines del castillo del emperador de China -es de suponer que hablar de la Ciudad Prohibida, el complejo palaciego donde moró la familia real de aquel país durante quinientos años es demasiado complicado para la simplicidad de Andersen- cuyo canto es la maravilla de cuantos van a escucharlo de todos los rincones del planeta. De hecho, el propio emperador sabe del ave por la noticia que se da de ella en un libro que le remite el emperador japonés. Cuando, al cabo, su majestad ordena que el pájaro cante en sus salones, queda tan impresionado que llora.

            Todo Pekín está maravillado con el ruiseñor, hasta que alguien regala un ruiseñor mecánico al emperador. Cuando les ponen a cantar juntos, el ruiseñor verdadero se marcha. A partir de entonces no hay más canto que el del autómata, hasta que su mecanismo se gasta. Pasados cinco años, ya en trance de muerte, el emperador es agobiado por la visión de unas cabezas que simbolizan sus malas acciones. Implora música para mitigar su agonía, el verdadero ruiseñor se acerca a su ventana. La belleza de su canto cautiva a la misma Parca, que devuelve al emperador su sable, su pendón y el resto de los símbolos de su vida que ya se le llevaba.

            Ya repuesto el soberano, el pájaro le asegura que volverá para cantarle y "obligarle a pensar" cuando lo crea conveniente. Porque va a cantarle "por los felices y también por los que sufren". A cambio le hace prometer que no comentará a nadie que tiene un pajarito que se lo cuenta todo.

***

            El milagro secreto de Borges es una pieza genuinamente representativa del universo y los procedimientos de su autor. Así pues, tras décadas de alabanzas constantes a la obra del argentino, resulta previsible. Jaromir Hladik, su protagonista, es un autor hebreo del que tiene puntual información la Gestapo. En marzo de 1939, mientras "las blindadas vanguardias del Tercer Reich entran en Praga" sueña que pertenece a una de las familias que disputan una partida de ajedrez que se extiende durante siglos. Algunos apócrifos y otros textos judaizantes, así como un manifiesto contra la Anschulss firmado en su momento, son bastante para que Hladik sea detenido y condenado a muerte.

            A medida que se acerca el día de su fusilamiento, hace un balance de su obra y le infunde un "complejo arrepentimiento". Llegada su noche postrera, Hladik sueña que se ha escondido en el Clementium, el conjunto de edificios históricos -casi todos bibliotecas- de Praga. En ello está cuando se despierta consultando un mapa de la India y una voz ubicua le anuncia que el tiempo de su labor le ha sido otorgado. El universo físico se detiene cuando las balas de los alemanes van a abatirle y, en la mente de Hladik, transcurre un año entre que los soldados reciben la orden y las descargadas de sus fusiles le matan. La gracia le es concedida al reo para que enmiende su obra literaria.

            Si no fuera por todo el biblioencandilamiento eso de querer dar trazas de verosimilitud a lo imposible convirtiéndolo en una experiencia onírica sería impresentable. Sin embargo, la erudición del argentino oculta lo rudimentario de su artificio.

            En cualquier caso, a Borges sí que le han adulado como monos de repetición todos los comentaristas de su obra y poco más cabe añadir en ese sentido. Seguro que, entre los muchos estudiosos de su obra, no han faltado quienes hayan señalado la influencia de La verdad sobre el caso del señor Valdemar de Poe -esa muerte retrasada por el mesmerismo- en este texto. Particularmente, esa concomitancia me ha interesado mucho más que la inserción de la intriga en el consabido universo libresco del autor. También me ha llamado la atención un apunte de la breve noticia introductoria. En él se dice que Borges, junto a Pablo Neruda, era el escritor hispanoamericano más traducido mundialmente. Está escrito hace cincuenta años, cuando se empezaba a mitificar a estos dos autores.

 

]]>
Javier Memba Sat, 19 Jan 2019 15:00:00 +0100
Los relatos más bellos del mundo (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12069/los-relatos-mas-bellos-del-mundo-ii/  

            (viene del asiento del 14 de diciembre de 2018)

          A los compiladores de Los relatos más bellos del mundo, supongo que algún responsable anónimo de Selecciones del Reader’s Digest aunque su nombre no figura ni por el forro, debió parecerles obligado que la primera de las piezas reunidas bajo el segundo epígrafe -Investigación y delincuencia- estuviese protagonizada por Sherlock Holmes. Pero me parece excesivo que el detective consultor -como tal se nos presenta en Estudio en escarlata, su primera entrega- comience con sus deducciones desde las primeras líneas, apenas irrumpe en casa de Watson cuando el doctor ya da cuenta de la última pipa luego de una larga jornada de trabajo.

###LEER_MAS###

            A la postre, creo que esos alardes de las dotes para la observación de Holmes son los que han hecho que El jorobado, la pieza en cuestión, en cierto sentido, me resulte una obra que no responde a las expectativas que ella misma despierta. Al cabo, no se nos dan las pautas para que deduzcamos quien ha sido el asesino, como es el caso en las narraciones protagonizadas por el Auguste Dupin de Poe. Por el contrario, se nos explica que no ha sido el crimen que parece. Es decir, se nos dan unos datos equívocos, se conduce nuestra atención por otro lado.

 

            El asesinato que resolver es el del coronel Barclay, quien ha aparecido muerto en su domicilio. Su esposa, víctima de un fuerte estado de shock, está detenida y acusada de su asesinato. Se cree que el arma homicida es un singular bastón que ha sido encontrado en la escena del crimen. Hay un rastro de un extraño animal en la habitación que -además de cierta reminiscencia de Los crímenes de la calle Morgue de Poe- viene a sugerirnos que las cosas no son tan sencillas como parecen.

 

            Una amiga de la señora Barclay pone a Holmes y Watson en antecedentes sobre un encuentro que la detenida tuvo con anterioridad al crimen con un tipo mal encarado, un tal Henry Wood, el jorobado en cuestión. Cuando nuestros investigadores le interrogan, éste nos cuenta la historia por un procedimiento semejante al que el inspector Hércules Poirot, de Agatha Christie -uno de los discípulos de Holmes, por cierto-, al final de sus investigaciones reúne a todos los implicados en el caso para demostrarles cómo acontecieron los hechos.

 

            Treinta años antes, cuando todos estaban en la India, Wood era un soldado a las órdenes del sargento Barclay. Y también era el elegido por Nancy, la bella hija del sargento de color Devoy, la mujer más guapa de las militaras del regimiento en el que los dos prestaban servicio. El color, y la corrección política con que Conan Doyle hace alusión al dato, me han llamado más la atención que la conclusión del asunto. Barclay y Wood, rivalizaban por el amor de Nancy. De modo que, al sargento, cuando el regimiento se vio sitiado durante un motín acaecido en la India -y debió de ser muy importante, pues no creo que sea iniciativa del traductor que aparezca escrito con mayúscula- se le abrió el cielo al ofrecerse Wood como voluntario para llevar un mensaje a la columna de rescate.

 

            El entonces felón Barclay, no dudó en poner en conocimiento de ello a los nativos. Éstos, apenas abandonó Wood a los ingleses, le estaban esperando para capturarlo. El desdichado perdió la apostura que atrajo a Nancy durante el cautiverio. Mientras Barclay se casaba con ella, el infeliz que la hija del sargento de color había elegido era esclavizado y molido literalmente a palos. Su antigua gallardía dio paso a la joroba durante los tormentos. Cuando al fin pudo escapar, se ganó la vida en la India como ilusionista con una mangosta, el animal experto en cazar serpientes que dejará un rastro en la escena del crimen.

 

            Treinta años después de la traición, cuando Wood consigue el dinero suficiente para volver a Inglaterra, se encuentra fortuitamente con Nancy. Puesta ésta al corriente de todo, se lo reprocha a su marido durante esa discusión, que atestiguan los criados, por la que se la ha detenido. Pero Wood asegura que el coronel Barclay murió de un ataque de apoplejía al volver a verle a él al cabo de los años. Cuando el parte médico certifica que esa misma ha sido la causa del óbito, resulta que no ha habido asesinato.

 

            Así las cosas, el conjunto del relato se me hace como una de esas historias que prometen mucho y concluyen -porque no saben hacerlo de otra manera- con que todo ha sido un sueño de su protagonista.

***

 

            Ese hombre por las calles, de Georges Simenon, me ha interesado mucho más, aunque en realidad cuenta mucho menos, que la pieza de Conan Doyle. Empleado en resolver el reciente crimen de un atildado medico vienés, el comisario Maigret organiza una reconstrucción de los hechos en el Bosque de Bolonia, el conocido parque parisino. Parte de esa teoría de que un criminal siempre regresa al lugar del crimen. Pero a nosotros se nos da a entender mientras Maigret va preguntando, a cada uno de los agentes que tiene camuflados entre los curiosos, lo que han observado entre los asistentes a la reconstrucción.

 

            Cuando da con el que considera sospechoso del asesinato, comienza a seguirle personalmente. El tipo, quien resultará ser un polaco que responde al nombre de Esteban Strevzky, al descubrir que la policía le sigue, decide no volver a su casa. Se establece así un extraño duelo entre Maigret y él.

 

            Puestos a ver quién aguanta más en la calle, Maigret cuenta el dinero del que dispone el polaco. Es el que llevaba cuando salió de su casa en la idea de que iba a regresar ese mismo día. Total, que sólo le llega para mantenerse a base de croissants, huevos duros y cerveza, dormir en hostales baratos y matar el tiempo en cines de sesión continua. Lo que sea con tal de no volver a su domicilio, donde le aguardan todas las comodidades que corresponden a un arquitecto, su profesión. Mientras el comisario le sigue, asistimos a su degradación. Tanto es así que, cuando acaba por entregarse a la policía, Strevzky está a punto de dar cuenta de una escudilla de sopa en la beneficencia. Si al cabo decide ponerse voluntariamente a disposición de nuestro policía es debido a una noticia que lee en un periódico donde se da cuenta de la desaparición de su domicilio de su mujer, Dora, al igual que la del propio Esteban. No sabe que ha sido Maigret quien ha ordenado la publicación de dicha información.

 

            Ya en comisaría, Esteban le confiesa que ha estado haciendo tiempo y distrayéndoles, llevándolos a creer que el asesino era él, para que su mujer -a la que sabe autora del crimen del vienés, con quien estaba liada- pudiera huir. Pero Dora ya estaba detenida por el asesinato. Aun así, haciendo gala de esa comprensión, que según dicen sus admiradores tiene Maigret con tanta frecuencia con los culpables, la amistad que parece empezar a unir a perseguidor y perseguido mientras dura la vigilancia en las calles, acabará por nacer.

 

***

 

            Julieta y el mago, del argentino Manuel Peyrou, es un relato de construcción perfecta. Pero tanta perfección acaba por adelantar cuál será el único final posible del argumento. Prudencio Gómez es un ilusionista rioplatense que, cuando empieza a representar su espectáculo en Inglaterra y Escocia, se hace llamar Fang. El público cree que acaba de llegar de Shanghái. En los párrafos anteriores, el autor nos ha puesto en antecedentes sobre la genealogía del mago con tanta precisión que sabemos que de pequeño ayudaba en misa y que se compró los kimonos para convertirse en un falso chino con la herencia que le dejó su padre. Salvo que los kimonos son japoneses, que no chinos -y en este caso no hay error atribuible a la traducción que valga-, las descripciones son tan concisas como breves. Ya digo, perfectas.

 

            Tras cruzar el Canal de La Mancha, como el clásico argentino instalado en París, Fang no tarda en camelar a una francesa, la belle Juliette. La parisina tampoco tarda en abandonar a su compañero y algo más en los escenarios de Montmartre. Y cuando se traslada con Prudencio a Sudamérica, al comprobar que las ganancias junto a él no son las esperadas y no teniendo la bella más patrón sentimental que el dinero, la pasión que siente por Fang remite.

 

            Al punto, este apunte me ha recordado aquel tango escuchado en la voz de Carlos Acuña, Madame Ivonne. La peripecia de Ivonne y la de Julieta son la misma: una belleza del viejo Montmartre que “supo a los puntos del verso inspirar/ pero fue que un día llegó un argentino”. Julieta consideraba que haberse casado con el suyo era “el fracaso de su vida y se vengaba de él de forma minuciosa”. Debo insistir: las descripciones, uno de los pilares del estilo de Peyrou, son en verdad brillantes.

 

            Corre 1937 cuando Venancio, un hombre “humilde y fiel” según se presenta él mismo, comienza a colaborar con Fang y Julieta en el espectáculo. Tres años después, como el propio autor ya nos ha comunicado al anunciar que el infeliz demostrará su humildad y fidelidad con su vida, durante una función es asesinado en escena. “No culpen a nadie. Yo mismo me maté”, afirma con su último aliento.

 

            En efecto, como se ve venir desde que termina de plantearse la narración, corre 1940 cuando Prudencio y Venancio planean asesinar a Julieta de cara al público, simulando un accidente durante la ejecución de un truco. Mas la francesa, oliéndoselo, ocupa el lugar que debió haber ocupado Venancio y viceversa. De modo que el “humilde y fiel” es el asesinado.

 

            Al margen del relato, en su introducción me ha llamado mucho la atención esa afirmación del antólogo en la que sostiene que, de todos “los países de habla española, la Argentina es el que más se ha distinguido en el cultivo del género detectivesco”.

 

            Y ya buscando documentación sobre Peyrou, me ha sorprendido de igual modo que en el artículo que se le dedica en Wikipedia, entre las dignidades merecedoras de su obra, se destaque la de estar recogida entre estas piezas reunidas bajo el título de Los relatos más bellos del mundo.

 

***

 

            Leí Una cama terriblemente extraña el verano pasado. Aunque esta narración de Wilkie Collins aquí aparece con el título de Una cama extraordinariamente rara, el año pasado no me interesó lo suficiente como para volverla a leer ahora. Así que remito estos apuntes a lo anotado entonces en el artículo titulado Una antología de Valdemar (II). Dicho esto, paso a la propuesta de Lord Dunsany, uno de los incluidos por Lovecraft en El horror en la literatura.

 

            Dos botellas de salsa, la pieza que trae a mi lord a estas páginas, viene a dar cuenta de un caso de canibalismo con una sutileza en verdad exquisita, considerando lo execrable del tema. Smithers, su protagonista, es “lo que podría llamarse un tipo insignificante que vive en un ambiente también insignificante”. Es representante de la Num-numo, que según él es la salsa para carne y otros platos más famosa del mundo. De hecho, será este condimento lo que dé la pista para resolver un caso que no ha resuelto Scotland Yard.

 

            Un tal Steeger es sospechoso de haber asesinado a una tal Nancy, una chica con la que se fue a vivir, para quedarse con su dinero. Ahora bien, como no ha parecido el cadáver de la infeliz, a la que se sospecha cortó con un hacha, no se le ha podido detener. La cosa cambia cuando Linley, el compañero de piso de Smithers, una mente preclara de cuya cabeza fluyen sin cesar las ideas, entra en escena. Será Linley, luego de que Smithers le comente todo lo referente al caso, y teniendo además conocimiento de que Steeger adquirió dos botellas de la susodicha salsa pese a ser un conocido vegetariano, quien nos dé a entender que su asesino se comió a Nancy después de matarla.

 

            No hay duda de que éste y el de Simenon son los dos mejores textos reunidos en ese segundo capítulo de Los relatos más bellos de mundo: Investigación y delincuencia.

(continúa en el asiento siguiente)

]]>
Javier Memba Thu, 10 Jan 2019 04:15:00 +0100
Un recuerdo del Thick as a Brick http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12068/un-recuerdo-del-thick-as-a-brick/             En la actualidad, mi banda sonora -por así llamar a la música que me acompaña en la actividad diaria que no requiere concentración- es jazz moderno. Es decir, jazz de los años 50 del amado siglo XX, que no contemporáneo. De la contemporaneidad sólo me interesan las nuevas tecnologías. Puesto a escuchar música, voy del bop de Nueva York al cool de San Francisco. Así, en esa suerte de viaje que me lleva desde la costa este a la oeste, encuentro ese confort y ese relax que ahora pido a la música.

            La exaltación, la euforia y la subversión que buscaba en el rock sólo son un recuerdo. El rock en su concepción más amplia, desde el rock & roll seminal de Gene Vicent hasta el punk militante de The Clash, desde el rock sinfónico de King Crimson a la psicodelia de los primeros Pink Floyd, es un recuerdo: memoria de una forma de vida a la que me di, un culto que profesé con devoción durante cuarenta años... Algo muy arraigado en lo más íntimo de mi ser, algo de lo que carece por completo el jazz que escucho ahora, nada más que un transporte para el relax, un confortable vuelo de costa a costa.

###LEER_MAS###

            Sólo regreso al rock cuando eso suyo que me toca tanto y aún late en mí me llama haciéndome evocar, sin que en apariencia venga a cuento, una letra o algunos compases: el estribillo de Death or Glory (1979) de The Clash, el grito de The Great Gig In The Sky (1973), de Pink Floyd -vuelto a oír fugazmente en el tráiler de la Roma (2018) de Cuarón, aunque en la película no se escucha en ninguna parte- o los primeros versos de Nowhere man (1965) de The Beatles: "He's a real nowhere man,/ sitting in his nowhere land,/ making all his nowhere plans for nobody"... Tengo tan claro por qué es el hombre de ninguna parte del cuarteto de Liverpool -que negué como se niega a un dios en algún que otro periodo de mi culto al rock por la popularidad de su música- que no me detendré en el asunto.

            Lo haré en el Thick as a Brick (1973), el segundo de los grandes álbumes de Jethro Tull, cuyos compases me han vuelto recientemente. Entonces sí, siempre que experimento una de estas evocaciones, en la primera ocasión que me lo permite mi actividad diaria, escucho el álbum correspondiente. Avanzando en ellas, estas audiciones no tardan en convertirse en un festín de la nostalgia: todo son recuerdos. Entre los suscitados por el Thick... el más destacado fue el de un amigo, uno de aquellos freaks junto a los que descubrí a Jethro Tull, que en el patio del colegio me hablaba de la dificultad de recordar su música. ¡Oh paradoja!

            Hace cuarenta y tantos años, cuando los de entonces descubrimos a Jethro Tull, el rock progresivo ya en la linde del sinfónico, que tuvo en la banda de Ian Anderson a uno de sus mejores exponentes, se expresaba en álbumes conceptuales, integrados, más que por canciones, por suites que perfectamente podían ocupar toda una cara del disco. En el caso del Thick... era una sola dividida en dos partes por cada una de las caras del elepé. La letra era un poema apócrifo de Gerald Bostock, un supuesto niño prodigio que a sus ocho primaveras había escrito dichos versos, tan bellos que le valieron el apodo del pequeño Milton. Ahora bien, según se contaba en las noticias del periódico que entrañaba la carpeta del álbum, el joven bardo fue reprobado por utilizar una palabra mal sonante y dejar embarazada a una niña. "Pero vuestros sabios no saben lo que se siente teniendo la cabeza tan dura como un ladrillo", concluía Bostock/Anderson en la paráfrasis que yo imaginaba entonces al "and your wise men don't know how it feels/ To be thick as a brick" que cerraba la introducción a la suite.

            Este somero apunte del concepto del disco puede darnos la medida de la complejidad de su música, a veces con trazas de sinfonía entre la que emergía la flauta de Anderson -que a los de entonces nos hechizaba como a las ratas el flautista de Hamelín- sobre todos los movimientos de la suite. De modo que, al día siguiente, en el colegio, con las declinaciones y el valor de π, no recordábamos aquella música embriagadora de Jethro Tull. La sentíamos porque la música -como el arte abstracto- no hace falta entenderla para sentirla en lo más profundo del corazón.

            Escuché por primera vez el Thick... en el año 74, cuando me lo dejó mi buen amigo Gonzalo Rodríguez Cao. Como no lo entendía y se me olvidaba lo grabé. Aquella casete me acompañó durante décadas. No sé cuánto tiempo. Pero sí que fue el suficiente para comprender que mi primera paráfrasis del "To be thick as a brick" de la introducción de Anderson -cuya traducción literal sería "denso como un ladrillo" y suele parafrasearse en "cabeza dura", "obtuso como un zoquete"- no erraba tanto. También fue bastante para que cualquiera de los movimientos de la suite, ya cerca de ser tan viejo como simulaban ser los Jethro Tull entonces, pueda volver a mí como uno de esos recuerdos tan poderosos que me devuelven al rock apenas puedo.

 

]]>
Javier Memba Sat, 22 Dec 2018 11:15:00 +0100
Los relatos más bellos del mundo (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12067/los-relatos-mas-bellos-del-mundo-i/  

            Entre los muchos recuerdos que guardo de mi madre, todos ellos entrañables, destaca el de verla leyendo Selecciones del Reader's Digest con sus gafas bifocales. Más aún, si tengo en la alta estima que tengo tan veterana revista es por lo mucho que le gustaba a ella. Pero también por un par de libros, una colección de discos y el primer tocadiscos que su afición a Selecciones, como se conoce la edición española, llevó a nuestra casa. Incluido todo ello entre las ofertas a sus lectores de la publicación, en la colección de discos, Gran carrusel de melodías mundiales se titulaba, escuché por primera vez Enamorándose de nuevo, la triste canción de El ángel azul (Josef von Stenrberg, 1930), y La marsellesa, el himno francés.

            En la primera toma de contacto, la música es más fácil. De modo que los libros tuvieron que esperar. En aquel tiempo, hace más de cincuenta años, sólo leía las aventuras de Tintín, los queridísimos tebeos y algunas novelas de Enid Blyton. Aun así, las dos antologías de Selecciones, pues de eso se trataba, llamaron poderosamente mi atención. Me cautivaron por sus títulos -Joyas del cuento norteamericano y Los relatos más bellos del mundo- y durante años me juré que habría de leerlos cuando fuera mayor.

###LEER_MAS###

            Dicho y hecho, ya era un adulto pleno cuando di cuenta de la primera de estas antologías. La segunda, al ser un auténtico volumen, un tocho de tomo y lomo que no puede abrirse en los trayectos en metro -donde leo más y mejor- ha requerido de ese tiempo más pausado con el que discurren los días -y las noches de insomnio- cuando se está al borde de la senectud. Puesto el lector de estas líneas en antecedentes sobre el lugar que ocupa en mi mitología personal el libro al que se refieren, paso a los apuntes sobre esa lectura tan largamente esperada.

            La venta de Saltanat, del turco Kemal Bilbasar, el primero de los relatos de amor reunidos, no merece la dignidad del título. Es decir, en modo alguno es uno de los relatos más bellos del mundo. De no ser porque Bilbasar fue un hombre del siglo XX y de no ser porque adolece de esa sorpresa -o cualquier otro de los encantos que han de tener las narraciones en verdad logradas-, podía haber sido uno de los cuentos que Sherezade ofrece al sultán en Las mil y una noches. Su asunto gira en torno a la belleza de Saltanat. Convertida en mujer con tan sólo doce años, su padre -el molinero- decide vendérsela al joven más valiente de la región. Éste deberá demostrar su arrojo separando a la muchacha del perro que la protege. Los jóvenes del lugar lo intentan en vano con sus respectivos canes. Apenas se acercan a Karakurt -el perro de Saltanat- se atemorizan ante su piel y su olor de lobo. Todos menos un criado llamado Mem, quien se aproxima con una loba. Así, cuando Karakurt se va tras la hembra de su especie totalmente encelado, el paso a Saltanat queda libre para Mem. Supongo que el asunto entraña una alegoría sobre los aspectos biológicos del amor, la inteligencia de los pobres o algo por el estilo. Pero a mí, desde luego, no me parece nada especialmente bueno.

***

            Muy por el contrario, el prólogo de Laín Entralgo sí que me ha llamado la atención. Fueron esas palabras preliminares, leídas al azar en su momento -no me acuerdo cuándo, pero hace mucho- las que me llevaron a recordar que este tomo estaba entre mis lecturas pendientes. Ahora, al dar cuenta del libro, veo que su sabiduría va más allá de esos apuntes sobre la función de la ficción en la vida cotidiana del ciudadano medio de nuestros días. Cuarenta y cinco años después de haber sido escrita la introducción (1969) siguen plenamente vigentes en ese final del día que ofrecen las ficciones televisivas, que vienen a ser algo así como un transporte a esos héroes que quisimos ser en mundos fabulosos: la autorrealización imaginativa.

            Naturalmente, en algunos aspectos, el prólogo es un texto arcaico. Se alude al compromiso del ciudadano con la nación, del padre de familia con la formación de sus hijos y los problemas cotidianos del hogar. Cuando éstos están encauzados, precisamente, es cuando hay tiempo para la ficción, sostiene Laín. Pero su sabiduría es eterna. Me rindo cuando recuerda cierta frase de Ramón Menéndez Pidal que rezaba: "No hay joven que no pueda morir al día siguiente, ni viejo que no pueda vivir un año más".

***

            No sé si El regalo de O'Henry ya me era conocido o de lo previsible que me ha resultado su asunto me lo ha parecido. Se trata de un matrimonio que está pasando estrecheces y no tienen dinero para hacerse los debidos regalos llegada la navidad. Así que ella, Delia, decide vender su espléndida melena para regalarle a Jim, su marido, una cadena para un reloj de bolsillo que tiene en la más alta estima. Cuando el joven esposo -sólo tiene 22 años se nos ha dicho- ve a su Delia sin pelo se queda perplejo. Por un instante ella cree que ha dejado de gustarle sin pelo. Nada de eso. Lo que sucede es que Jim ha vendido el reloj para regalarle a Delia un juego de peinetas de legitimo carey que "ella contempló largo rato con adoración en un escaparate de Broadway".

***

            Sabía de la alta estima en la que se tiene al Chéjov dramaturgo, pero del prestigio del que goza como cuentista -que al parecer no va a la zaga del de mi dilecto Guy de Maupassant-, no tenía más que una vaga noticia. Distinguido en la introducción como uno de los artífices del cuento moderno, E. L. Doctorow, que definió al ruso como la voz más natural de la ficción, dijo que "sus cuentos parecen esparcirse sobre la página sin arte, sin ninguna intención estética detrás de ellos. Y así uno ve la vida a través de sus frases". Creo que Polinka es un buen ejemplo.

            Ambientado en unos grandes almacenes de Moscú, Novedades de París, Polinka visita la sección de mercería preguntando por el dependiente que siempre le atiende: Nicolás Timofeich. Cuando el aludido va a su encuentro, resulta ser su novio. Bajo la disculpa de comprar cierto adorno del vestuario decimonónico -un agremán-, Polinka reprocha a Nicolás que el último jueves el dependiente se marchase de su casa.

            En efecto, más que dos conocidos son dos enamorados, o dos jóvenes que otrora tuvieron un proyecto de vida en común ya que aquí prima la conveniencia antes que el amor. Mediante un diálogo disimulado en el diálogo natural de la compra del agremán y otros artículos semejantes. Nicolás confiesa a Polinka que se marchó porque estaba harto de asistir al "teatro" de un estudiante que la ronda. Al borde del llanto, la joven confiesa que se ha enamorado del estudiante. Lo que me hace dudar es el origen de esas lágrimas que comienza a asomar al rostro de la muchacha. No sé decir si obedecen a que Polinka comprende el acierto de Nicolás, cuando le hace ver que ella no es mujer para el estudiante, que éste ni la quiere ni la considera, que si llega a casarse con ella será por su dote. Pero Polinka también podría estar empezando a llorar porque le gustaría que Nicolás, su dependiente, siguiera cortejándola como ha estado haciéndolo. El dilema en que parece debatirse me resulta tan real como la actividad de la sección de mercería de Novedades de París donde está enmarcado el relato.

***

            Gorgeon, de Edmond About, ha sido todo un hallazgo. No creo que su autor, a la vista del apunte biográfico que precede al texto y de esa definición -"clásico de las letras francesas (...). Pasado de moda"- que da de él Wikipedia, tenga ningún interés para mí. Pero el relato me ha satisfecho plenamente por la forma y por el fondo.

            La forma es una concatenación de frases ingeniosas y de lectura rápida, el fondo -al menos en los primeros párrafos- la descripción de un carácter acomodaticio. Gorgeon, el actor que lo protagoniza, el aludido en el título, no pudo ser un trágico con semejante nombre*. Así pues, tras un primer fracaso en las tablas protagonizando un dramón, se convenció de que ya no se iban a escribir tragedias tan buenas como las de Racine y se dedicó a la revista. En el teatro ligero triunfó, y las mieles del éxito le arrojaron a un tren de vida disipada. Pese a que Gorgeon ganaba mucho, no tardó en empezar a jugar y contraer deudas.

            Dispuesto a poner fin a su vida disoluta, el actor decide contraer matrimonio. "Fue así como se casó con la muchacha más coqueta de su teatro y de París entero". Paulina Riviére, la joven en cuestión, le es fiel en todo momento. Pero Gorgeon no puede con sus coqueterías. Al principio, todo es el entusiasmo del amor recién nacido; al volver de la luna de miel, cuando la temporada teatral comienza y los admiradores no cesan de revolotear alrededor de Paulina, los celos de Gorgeon no tardan en convertirle en la comidilla de la escena parisina. Ante este panorama, un buen día, sin más, anuncia a Paulina que no le volverá a ver. Dicho y hecho, la actriz, que realmente está muy enamorada de su marido, no vuelve a saber de él. Deja sus coqueteos y se sume en la pena. Pero ese extraño placer que da el desquite del amor despechado ya obsesiona a Gorgeon más que el amor mismo.

            Eso es lo que hay cuando el más entregado de sus admiradores, un aristócrata que también resulta ser el más miserable, comenta a Paulina que Gorgeon es la estrella más rutilante del teatro de San Petersburgo. No mucho después, el actor intentará acercarse a su mujer. Pero su unión ya está rota de un modo inexorable: ella le rechaza despechada. Más aún, cuando un aristócrata ruso se traslada a París para proponerla una sutil venganza, Paulina -aunque con serias dudas- acaba por aceptar.

            Gorgeon ha conocido la gloria en la escena de San Petersburgo interpretando una obra que ridiculiza a nuestro ruso, quien recientemente ha sido víctima de un agravio sentimental, que se ha hecho del dominio público. Tanto ha sido así que ha inspirado el argumento del éxito protagonizado por el francés. Para vengarse de la afrenta, el ruso ofrece a Paulina una pequeña fortuna con la única condición de que se siente a su lado, en su palco de un modo ostensible, durante ocho representaciones de la nueva obra de Gorgeon. Como aún sigue estando casada con él y eso también es del dominio público, el ruso se dará por satisfecho con que todo el mundo vea cómo la francesa se sienta y, en consecuencia, crea que están liados.

            Ya metida en el juego, la actriz se siente incomoda. Escribe un billete a su marido pidiendo que la salve de todo ello. Pero el recadero que elige para entregárselo está al servicio del ruso. El antiguo sentimiento, que tan espontánea y sinceramente unió a nuestro matrimonio, ya ha caído sin remisión en ese placer de hacer daño, por despecho, a quien se ha querido.

            En la obra que Gorgeon interpreta hay una escena en la que el personaje recreado por el francés se suicida. Quiere la suerte que la pistola de atrezo falle en una función. Tras bajarse el telón, nuestro protagonista se ofrece a llevar su propia arma el día siguiente. En esta ocasión no hay fallo pues el arma es de verdad. El tiro que descerraja a Paulina su marido la mata al instante. Al punto, Gorgeon vuelve la pistola contra su pecho y se suicida.

            "Y se casaron por amor", comenta finalmente About. Pero el amor, aunque se crea más poderoso que la vida, como parece el que une a nuestros actores durante su luna de miel, es tan frágil que puede romperlo una simple mirada, una palabra o cualquier otra nimiedad capaz de desatar los celos. No sé si el autor se refiere a esa fragilidad del sentimiento o al placer del desquite del despecho, pero Gorgeon es, con diferencia, el que más me ha conmovido de los relatos de amor más bellos del mundo.

***

 

 

________________________________

* "Sorbo" sería la traducción al español.

(continúa en el asiento del 10 de enero de 2019)

]]>
Javier Memba Fri, 14 Dec 2018 10:15:00 +0100