El insolidario - Blog de Javier Memba http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/ Tue, 18 Jun 2024 16:14:18 +0100 FeedCreator 1.7.2 Que la tierra le sea leve a la maravillosa Françoise Hardy http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12302/que-la-tierra-le-sea-leve-a-la-maravillosa-francoise-hardy/ (Sirva este texto, publicado en Zenda Libros el pasado 17 de enero, a modo de último tributo a la maravillosa Françoise Hardy)

Otro 17 de enero, el de 1944, nacía en París la chica con los ojos más grandes y tristes del mundo. Fue un momento estelar de la humanidad, porque, si, como nos dice Fernando Pessoa, en El libro del desasosiego -publicación póstuma de 1982-, la humanidad es “una mera idea biológica que no significa más que la especie animal humana”, con Françoise Hardy, la entonces neonata que hoy cumple ochenta años y pide a Macron de regalo una muerte asistida, nació un milagro de la biología: un ideal de la feminidad etérea. Una biología que hoy se extingue en una terrible agonía que ya se prolonga durante seis años. Dicen que hay veces que se le nubla la vista hasta el punto de cegarla.

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Su destino ya estaba escrito en algún lugar aquel 17 de enero de 1944. Habría de dar comienzo en 1962, el año en que acabó la Guerra de Argelia. El domingo 28 de octubre -30 según otras fuentes-, Francia fue convocada a un referéndum. Cerrados los colegios electorales, el país se agolpaba frente a los receptores de televisión, en los domicilios particulares y en los establecimientos públicos, a la espera de noticias sobre el recuento de las papeletas. En una de las pausas del informativo correspondiente, la joven Françoise, sin más compañía que la guitarra acústica que le habían regalado en su casa unos años antes, cuando acabó el bachillerato, interpretó Tous les garçons et les filles. Aquella fue la noche en que Charles de Gaulle se convirtió en el primer presidente de la República Francesa elegido por sufragio, y nació un ideal, más que un ídolo, de la juventud. Ídolos son los políticos en su inexorable ignominia; los dioses con testa de bestia, adorados en sus altares por los paganos.

Françoise Hardy fue -y por haberlo sido lo será siempre- el ideal de la nueva chica urbana de los años 60: una chica yeyé. Acaso la primera. Y las chicas yeyés nunca fueron una broma, por mucho que puedan parecerlo a tenor de las observaciones de los comentaristas de la canción en la que Concha Velasco las parodiaba. Fueron, ya digo, un milagro de la biología, un ideal femenino. Luchaban contra la sociedad heteropatriarcal hace más de medio siglo, al rebelarse contra su padre, cuando no las dejaba salir de casa “vestidas como fulanas”, y cuando el energúmeno de turno, encendido en su represión sexual por las medias de color y la minifalda, las jaleaba como una bestia desde la acera de enfrente. Por no hablar de la posición hegemónica de aquellas muchachas en el cotarro musical de aquellos días.

El 29 de octubre de 1962 -o 31 según las fuentes-, los jóvenes que pululaban tan solitarios y desorientados por Saint Germain como decía estarlo Françoise en la letra de Tous les garçons et les filles, ya se habían aprendido la canción. Algunos la conocían de verla cantar por los clubes parisinos, otros de la facultad de Ciencias Políticas de la Sorbona, donde estaba matriculada, aunque acabaría licenciándose en Literatura. Como tantas chicas tristes, siempre fue una lectora apasionada. Simone de Beauvoir -a la que, curiosamente, descubrió en Austria, durante las vacaciones estivales, aprendiendo alemán en casa de unos parientes-, mientras pudo leer -hasta eso le ha quitado la agonía-, fue una de sus grandes pasiones.

Pero hemos de recordarla en los días de Tous les garçons et les filles. Cómo podían imaginar entonces, sus compañeros en las aulas de La Sorbona, que aquella canción de la chica triste, con el tiempo, habría de ser una pieza sobresaliente en la banda sonora de sus vidas. Qué pensarían de Françoise, al verla brillar junto a su antiguo vecino Johnny Halliday en los años de gloria del rock & roll francés y el universo yeyé, sus antiguas compañeras en el internado de las trinitarias. Fueron ellas las que asistieron al origen de su proverbial timidez, que dicen se encuentra en su dificultad para relacionarse con las monjas y con las otras niñas. Tenía problemas con el resto del mundo. ¡Cuánta belleza! ¡Qué hermoso y conmovedor es siempre el individualismo!

Llegó tan lejos la impronta de Françoise y sus canciones tristes, que Bob Dylan -habrá que recordar una vez más- fue el primero en dedicarle un poema. Aún puede leerse reproducido en la contraportada de Another Side of Bob Dylan (1964). En aquellos versos, la visualizó al borde del Sena. Puede que París aún fuera la ciudad del amor y Françoise, que también inspiró las líricas de Jacques Prevert y Manuel Vázquez Montalbán, con su languidez exquisita y su extremada delicadeza, se convirtió en el prototipo de la nueva parisina. Une parisienne tituló el escritor y músico Stan Cuesta la canción que le dedica. Debutó en el cine de la mano de Roger Vadin en Château en Suède (1963). Para Godard, el gran Godard, hizo una colaboración episódica en Masculino, femenino (1966). Pero lo suyo eran las canciones tristes en los días que empezaba a despuntar la monserga de la canción comprometida.

Si hubo una cámara a la que Françoise Hardy enamoró de veras, ésa fue la del fotógrafo Jean-Marie Périer, uno de los fundamentales de la revista musical Salut de copains, algo así como el órgano de expresión de la cultura yeyé. Ella y Sylvie Vartan se repartieron las portadas de aquella publicación que habrían de hacer historia. En fin, hablamos de la musa de toda una generación y una época, cuyo encanto irradió a las siguientes.

Sus canciones tristes -Mon amie la rose, Toi, je ne t’oublierai pas, L’ amour ne dure pas toujours…-, casi siempre composiciones de la propia Françoise, se escuchaban cuando aún no se había terminado de democratizar la música -sólo era el esparcimiento para las horas de asueto de quienes tenían tocadiscos; no ese aspecto más de la vida cotidiana, que, afortunadamente, es ahora- y mientras su voz dulce arrullaba al oyente con el magnetismo de las pesadumbres sentimentales de tan singular cantautora, quien la escuchaba la admiraba en esas fotos de Périer que la mostraban en las carátulas de los sencillos. Hasta los elepés eran menos frecuentes.

Era tanta su elegancia que fue musa de diseñadores como André Courrèges, Yves Saint Laurent y Paco Rabanne. Y, sin embargo, yo sostengo que fue una chica tan rebelde como las mejores de los años 60. Verla interpretar Comment te dire adieu?, la memorable pieza del gran Serge Gainsbourg, con un vestido de Paco Rabanne -creo tener entendido- aún levanta los corazones. También creo tener entendido que el 15 de mayo de 1968, justo en mitad de la revuelta, Françoise presentó otra creación de Rabanne en una feria de joyería celebrada en París. Era un mono de pletinas de oro con incrustaciones de diamantes anunciado como el vestido más caro del mundo. Tal y como estaban las cosas, su director artístico le aconsejó que se alejase, cuanto más, mejor, de las barricadas que, según pintaban en los muros sus antiguos compañeros de La Sorbona, “cerraban la calle, pero abrían el camino”.

Como tantos burgueses del París de aquella primavera, Françoise Hardy dejó la capital y marchó a lo que Balzac llamó, en uno de los epígrafes bajo los que organizó La comedia humana, “la vida de provincias”. Se refugió en su casa de la Provenza con su chico de entonces: Jacques Dutronc. No volvió a París hasta que De Gaulle volvió a ganar en junio, esta vez unas elecciones.

En los años 70 aún se hizo notar con sus canciones tristes. Su versión de Suzanne de Leonard Cohen es conmovedora. Al igual que su dueto con Georges Moustaki -L’ Habit- en Message personal, su álbum de 1973 producido por Gainsbourg. A decir de la afición, es su mejor grabación de los años 70. Pero el tiempo de Françoise Hardy había pasado, su estrella se iba apagando. Comenzó a retirarse lentamente en la siguiente década.

Ya convertida en un recuerdo, en uno de los más gratos recuerdos de cuantos admiraron a las chicas yeyés y gustaron de las canciones tristes; ya elevada al panteón de la memoria de varias generaciones, todo parecía indicar que a Françoise Hardy sólo le restaba marcharse entre aplausos. Pero lo peor aún estaba por llegar.

Publicó sus memorias -Le Désespoir des singes… et autres bagatelles- en 2007. En aquellas páginas hubo muchas sorpresas. Entre otras cosas, contaba sobre su participación en el final de los días de su madre -a petición de ella misma- baldada por el dolor y sin posibilidad de cura.

La chica triste empezó a luchar con un linfoma a los 60 años, que superó al cumplir los 70. Tras mucho tiempo componiendo para otros, en 2018, al presentar su último álbum, ya andaba y lucía como una entrañable viejecita. Sus ojos tristes habían dado paso a una sonrisa agradable y sincera. Se había convertido en una de esas señoras de antes, elegantes y distinguidas, de las que ya apenas se ven. De aquellos años yo me quedo con su versión de True Love Ways, el tema de Buddy Holly, porque me demuestra que Françoise Hardy amó tanto el rock & roll -Brenda Lee, los Everly Brothers..- como algunas chicas de mi época.

Pero la enfermedad no atiende a sentimentalismos. En 2019 anunció en una entrevista que padecía un nuevo cáncer -éste en la laringe- que la había dejado sorda de un oído. Cantar se había acabado para ella. Desde entonces todo ha sido sufrimiento. No hay cura posible, no puede tragar, no puede respirar y no la alivian los cuidados paliativos. Es tanto su dolor que, en esa carta abierta a Macron, le ha pedido “la intervención rápida para evitar el sufrimiento de las personas que así lo deseen”. Convertida en una abanderada de la eutanasia en Francia, en una entrevista concedida a Paris Match el pasado 14 de diciembre, asegura que el regalo que espera para hoy es marcharse “a la otra dimensión lo más pronto, lo más rápido y lo menos dolorosamente que sea posible”.

 

Su historia ya está escrita en lo más profundo de nuestros corazones. Si ella lo quiere así: ¡Ojalá podamos darle pronto los aplausos de despedida y desearle que la tierra le sea leve!

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Javier Memba Wed, 12 Jun 2024 11:00:00 +0100
In memoriam: Fernando Suárez http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12301/in-memoriam-fernando-suarez/             Llega un tiempo en el que todo son recuerdos. Ya estando en esos días con aire postrero, cuando te encuentras con alguien conocido del pasado, verificas en esos primeros signos de su decrepitud esa vejez que también se ha apoderado de ti. Es lógico, ante semejante panorama, considerar que no sería raro que aquélla, la del encuentro fortuito con alguien del pasado, sea la última vez que ves a esa persona que, igual que tú, nunca ha de ser un rey entrando triunfante en Persépolis y ya cuenta en las nóminas de quienes pueden morir en breve. Cualquiera puede irse mañana, bien es cierto. Pero cuando llega esa edad de guardar treinta, cuarenta, cincuenta años de recuerdos, ya se está entre los primeros que va a llamar La Parca.

            Llega un momento en que, esa fugacidad del tiempo que como obedeciendo a artes nigrománticas desvencija la belleza, se acelera. Es entonces cuando deja de ser un dicho que el devenir de los días discurre más rápido cuantos menos quedan. Como por arte de magia, las fotografías no interesan tanto por su calidad artística y empiezan a hacerlo por su carácter documental. Ya en esa sazón, todo son derrotas. Contra el destino nadie da la talla y “envejecer y después morir”, como escribe el gran Jaime Gil de Biedma en No volveré a ser joven, resulta ser el único argumento de la obra.

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            No sirve de nada llevar escuchándolo desde que, recién acabada la infancia -quizás el único periodo de la existencia en que se esconde al ser humano la fugacidad de todo porque lo es la vida misma-, cuando, de pronto, te sientes de lleno en la senectud y las fuerzas te empiezan a fallar. Los más bellos versos de los poetas lascivos, los conjuros de quienes dieron vueltas a las artes nigrománticas durante siglos, son tan inútiles -y necios- como todo ese discurso del buen rollo de los más simplistas que va desde llamar “tercera edad” a la vejez y decir que la ancianidad es un estado mental. La senectud es el comienzo del fin de la vida, la antesala de la muerte y nada más.

            Yo, que ya de niño -en mi necedad de entonces- ansiaba cumplir años para tener recuerdos y darme al placer de la nostalgia, que siempre es mucho más dulce de lo que imaginan quienes nunca se acuerdan de nada, he encontrado en la memoria un solaz mucho mayor del que esperaba para esa ancianidad que, pese a ser una expresión tomada del lenguaje del fútbol -que aborrezco como todos los deportes-, bien podríamos definir como “el tiempo de descuento” de nuestra existencia. En fin, una memoria que estos días se ha visto aguijoneada por el reciente óbito de Fernando Suárez González. Hombre bueno, siempre de trato afable y jurista excelente, fue uno de los artífices de la Transición política que puso fin a la dictadura, pese a que, en los titulares de las noticias necrológicas publicadas tras su fallecimiento el pasado veintinueve de abril, se hayan limitado a decir que fue el último ministro de Franco que quedaba vivo.

            Como es bien sabido, González es uno de los apellidos más frecuentes en España, pero el segundo suyo era el mismo que el segundo mío. Su madre y mi madre eran primas en segundo grado. Por eso él y yo guardábamos tan grato recuerdo de nuestra tía Upe (Guadalupe), que tenía un estanco en el barrio Húmedo de León, donde ayudarla a despachar tabaco era una “institución familiar”, como él decía. Aún me reconforta la evocación de la disposición de las cajetillas de cigarrillos sobre una mesa camilla, que había tras el mostrador, a la cual nos sentábamos. Aquella era la España de las señoras de antes, que te ofrecían gentilmente meter las piernas bajo los faldones de la mesa camilla para acercar los pies al calor del infernillo que allí había. Aquella era la España en la que fui el niño más feliz del mundo.

Mi familia, como la mayor parte de las familias españolas de entonces, aunque ahora lo nieguen, era franquista y Fernando Suárez -junto a su hermano José María- uno de sus orgullos. Su brillante paso por la universidad de Bolonia -donde se doctoró en Derecho con la tesis L’eccesiva onerositá sopravvenuta della prestazione del datore di lavoro- tenía a mi madre y a mis tías fascinadas. Recuerdo perfectamente cuando le conocí: fue una mañana en los años 60, en la madrileña Estación del Norte. Era muy alto, recuerdo su estatura -al igual que su altura moral- y sus iniciales bordadas en sus camisas. Era todo un señor de los del siglo pasado. Entonces, cuando le vi por primera vez, dirigía el colegio mayor Covarrubias en la Complutense. Había entrado en política, en sus años de estudiante en Oviedo, como delegado del SEU. Pero debió de ser, ya durante su etapa madrileña, cuando fue nombrado jefe central de enseñanzas de la Delegación Nacional de Juventudes. En este cargo, jugó un papel fundamental en la reforma de la Formación del Espíritu Nacional, aquella asignatura que estudiábamos en libros de la editorial Doncel, de la que aún se queja el presunto José Luis Ábalos.

Yo no solo estudié Formación del Espíritu Nacional con sumo agrado, también fui de la OJE, la Organización Juvenil Española, nacida de los restos del Frente de Juventudes. Recuerdo un campamento en La Vecilla, un pueblo de León. El hermano de Fernando, José María Suárez, un alto cargo del Movimiento en aquella región donde siempre me ha querido tanto mi familia, consciente de que yo sólo como lo que me gusta, había dado orden de que al flecha de Madrid -es decir, a mí-, le sirvieran aparte la comida.

Eran más, pero aquellos dos hermanos Suárez González fueron especialmente buenos con mi madre y conmigo. Jamás olvidaré cuánto agradeció la autora de mis días -esos mismos a cuyo fin ya empiezo a aproximarme- que en 1970 Fernando Suárez le buscase un trabajo en la Organización Sindical Española. Aquel empleo, que empezó a simultanear con el de aquel colegio del “final de la calle del Bosque”, donde por las tardes daba clases de inglés, trajo a nuestra casa una prosperidad desconocida hasta entonces. Sin olvidar esas primeras lecciones de la lengua de Shakespeare, que mi progenitora siguió dando al acabar la jornada en el colegio a alumnos particulares y en una academia de mi barrio (Aluche) hasta que la enfermedad, que al cabo de siete años la llevaría a la tumba, le impidió seguir trabajando en tres sitios para sacarme a mí adelante. Nunca haré honor a aquellos esfuerzos. Pero sí quiero dejar constancia de lo bueno que fue con nosotros el último franquista.

Ya andando los años 70, la carrera política de Fernando Suárez, que desde el 67 se venía desarrollando como procurador en las cortes por el tercio familiar de la provincia de León, conoció todo un despegue cuando en 1973 fue nombrado director general del Instituto Español de Emigración. Yo entonces era hippie y no me enteraba de nada. Pero, ya en este tiempo de descuento de mi vida, aún recuerdo a mi madre y a mis tías elogiando la magnífica labor, que estaba llevando a cabo Fernando Suárez, para mejorar las condiciones de aquellos compatriotas que se veían obligados a emigrar por la necesidad y eran tratados poco menos que como animales en los países de acogida. Aquellas naciones que por despreciar aquella España en la que fui el niño más feliz del mundo, decían que África acababa en los Pirineos.

Y sí que debió ser buena su labor de entonces porque, a raíz de ella, fue nombrado ministro de Trabajo del último gobierno de Franco. Y fue entonces cuando en aquella España, Fernando Suárez legalizó la huelga. Al menos eso era lo que decían mi madre y mis tías. Tras la muerte del dictador fue cesado a petición propia cuando se incluyó el presupuesto de la Seguridad Social en los presupuestos generales del Estado y jugó un papel destacadísimo en la Transición, como miembro de la ponencia que defendió, en las antiguas cortes, aún franquistas, el famoso Proyecto de Ley para la Reforma Política. En realidad, Fernando Suárez venía siendo un reformista desde que contribuyó a cambiar el paradigma de la Formación del Espíritu Nacional, que, con anterioridad a su reforma, obedecía a los mismos parámetros impuestos tras la Guerra Civil.

“La dictadura por la ventana”, tituló la prensa en sus portadas en la mañana que siguió al día de aquella histórica votación, cuando esa ley, que habría de acabar con el antiguo régimen, el Movimiento, comenzó a ponerse en marcha por los franquistas más ponderados, los que sabían que la España de Franco había acabado inexorablemente. “Un pasado que nunca va a volver”, recuerdo que dijo Adolfo Suárez. Sus antiguos compañeros, los franquistas más recalcitrantes, que empezaron a ser conocidos como “el búnker”, despreciaron a los reformistas tanto como lo hace ahora esta gente que nos gobierna en base a sus mentiras y a su falta de escrúpulos. Estos que han aprendido la historia de España en las casas del pueblo, en el odio que les inculcaron sus padres y sus abuelos y en la lectura de esos hispanistas británicos, que escriben al dictado de los nietos de quienes, habiendo perdido sus abuelos la guerra, han decidido ganarla por ellos ahora, abriendo las tumbas de los muertos de entonces.

Corría 1980 cuando yo personalmente traté más a Fernando Suárez. En aquel tiempo, él era diputado de Alianza Popular. En la nueva España seguía siendo ese familiar muy importante, y siempre bien dispuesto para ayudar a quien lo merecía, que había sido en aquella España en la que fui el niño más feliz del mundo, en cierto modo gracias a él. Llegado ya el momento de orientar mi vida, resolví dedicarla al muy noble y siempre improductivo oficio de las letras. Ante semejante drama, a mi madre -que en buena medida me había predispuesto a tan desatinado oficio al inculcarme su amor a los libros desde antes de saber leer- no se le ocurrió nada mejor que llamar a Fernando Suárez y él, que probablemente fue profesor del Derecho del Trabajo, antes que nada -acabó siendo catedrático emérito de esta disciplina por la UNED-, y que, como cualquier docente que se precie, siempre gustó del trato con la juventud, le dijo que yo le fuera a ver.

En efecto, comencé a visitarle en su despacho de la calle Serrano Jover, justo detrás de El Corte Inglés de Princesa. Todas las semanas, durante varios años, fui gustoso allí a hablar con él. Escuché sus consejos -que tanto me ayudaron cuando yo empezaba a publicar- con la misma buena disposición que él mis desatinos. Hablamos largo y tendido de poesía. De César Vallejo, su España, aparta de mí ese cáliz (1939) era su título favorito. Recuerdo su forma de contar con una mano las sílabas de los endecasílabos, “el verso por antonomasia”, sostenía. Me hizo ver que Hemingway fue el primer mercader de la gran literatura, así como la grandeza de esa estrofa de El libro del buen amor (1330-1343) en la que Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, cita a Aristóteles. Era tan grato departir con él sobre literatura -y hablar de literatura, como hablar de cine, no es otra cosa que hablar de la vida-, que fue una de las pocas personas que he ido a ver al hospital, al Ramón y Cajal, el Piramidón, cuando fue ingresado por no sé qué dolencia en los riñones.

Dejé de visitarle regularmente en su despacho de Serrano Jover allá por el 86. Debió de cerrarlo entonces porque aquel fue el año en que le eligieron democráticamente diputado por España en el Parlamento Europeo. Unos meses después yo publicaba mis primeras novelas y empezaba a escribir en algunos periódicos y revistas de finales de los años 80, en la prensa de la Movida -Madrid Me Mata- venía haciéndolo desde comienzos de esa misma época. Una de las últimas veces que le vi, me comentó que había leído una colaboración mía en El país imaginario de Moncho Alpuente.

Pero lo que recuerdo con más emoción es cuando, ya andando los años 90, me llamó a casa para decirme que había comprado en un Vips la novela que escribí sobre mi madre aguijoneado tras su fallecimiento -God Bye, señorita Julia (Mondadori, 1993)- y que “la vieja España se daba por aludida” y agradecía mi recuerdo. En efecto, en aquellas páginas yo reconocía la ayuda que un “familiar nuestro, muy importante en la vieja España” nos había prestado siempre a mi madre y a mí. Aquella llamada fue para celebrar el buen recuerdo que yo guardaba de su bonhomía y comentarme que leía mis artículos en El Mundo. Se congratuló de que, pese a la dificultad, había conseguido ganarme la vida escribiendo. Aquella llamada fue la última alegría que me dio Fernando Suárez.

Por lo que a mí respecta, más que el último franquista, con él se fue el último de los hombres buenos de la vieja España -no quiero olvidar a mi padrino de bautismo, Carlos Urgoiti, al escribir estas palabras- que se portaron conmigo mucho mejor que mi padre, quien pertenecía a una de esas culturas alternativas que tanto gustan a esta gente que nos gobierna en base a las mentiras, las inmoralidades, las ordinarieces y las corrupciones.

Todavía fue en la primavera pasada, al visitar a los últimos dos primos que me quedan en León, mis queridos hermanos Becker, cuando ellos me dijeron que siempre que Fernando Suárez volvía por la ciudad -lo que hacía con frecuencia para recibir premios y homenajes pues fue uno de los leoneses más notables de su tiempo- les preguntaba por mí. ¡Qué gran persona!

 

Puesto que Fernando Suárez creía en Dios, que Dios le tenga en su gloria.

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Javier Memba Wed, 29 May 2024 16:30:00 +0100
Que la tierra le sea leve a Roger Corman http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12300/que-la-tierra-le-sea-leve-a-roger-corman/  

 

(Acusada  la noticia del fallecimiento de Roger Corman, sirva este artítulo, publicado el treinta y uno de octubre de 2021 en Zenda Libros, a modo de tributo. Que la tierra le sea leve al paradigma del cine de serie B.)

Casi setenta años después de su primera y ya brillante realización -Cinco pistolas (1955)- y a treinta y cuatro de la última -La resurrección de Frankenstein (1990)- cuando puede darse por concluida su filmografía, todavía cabe preguntarse si la verdadera vocación de Roger Corman -uno de los grandes paradigmas de la serie B- fue la producción o la realización. No faltan quienes sostienen que, cuando emplazó su cámara por primera vez, lo hizo para ahorrarse el sueldo de un director bajo contrato. Dicha teoría podría desmentirse aludiendo al vigor narrativo que Roger Corman supo imprimir a todas y cada una de sus películas, porque contaba tan bien las historias que conseguía que el espectador no reparara en todas las carencias inherentes a los bajos presupuestos con los que trabajaba.

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            Sin embargo, no es menos cierto que su actividad como realizador se reduce a poco más de quince años (1955-1971). Otros diecinueve después, firma el ya citado Frankenstein y desde entonces hasta ahora sólo ha dirigido un episodio de la serie de televisión Masters of Horror -Haeckel's Tale (2006)- mientras ha seguido produciendo al ritmo infatigable que le ha caracterizado desde sus comienzos. Es más, ateniéndonos a la dudosa elocuencia de las estadísticas, la filmografía del Corman realizador comprende 56 títulos, frente a los 362 del Corman productor. Tal vez tengan razón quienes apuntan que las primeras inquietudes de este impagable mercenario de la AIP le encaminaban a la producción, que no a la realización cinematográfica.

            En cualquier caso, fuera cual fuese la verdadera vocación de este maestro de los rodajes bajo mínimos, el cinéfilo ha de agradecer a Corman un buen número de maravillas, al igual que la forja de una buena parte de esa generación que cambió Hollywood a comienzos de los años 70.

            Tras realizar estudios de ingeniería y servir en la armada, se emplea como encargado del correo en la 20th Century-Fox. Sin embargo, en 1953, cuando vende su primer argumento, se lo compra la competencia: Allied Artists. Se dice que para su primera producción -cifrada en 12.000 dólares y dirigida por Wyott Ordung en 1954 con el título de The Monster From the Ocean Floor-, Corman hubo de convencer al inventor del submarino monoplaza que aparece en escena de la publicidad que supondría para el aparato salir en la película para que el sujeto en cuestión se lo dejara gratis durante la filmación. Fuera como fuese, de lo que no hay duda es que, antes de que acabe el año 54, el incipiente productor, dando ya muestras de su futura capacidad de trabajo, pondrá en marcha dos cintas más basadas en sendos argumentos suyos. The Fast and the Furious, dirigida por John Ireland y Edward Sampson, y Highway Dragnet, de Nathan Juran, son sus títulos respectivamente.

            Tras demostrar que puede ser rápido, barato y bueno en Cinco pistolas, western que inaugura esa línea en la que Budd Boetticher y Randolph Scott -ya maestros en el género- vendrán a abundar a partir de 1956, no duda en subirse a una avioneta y viajar en ella a todos los autocines y las salas de reestreno del país, enseñando Cinco pistolas a los gerentes de los distintos establecimientos. Su objetivo es convencerles para que contraten su siguiente realización. En muchos casos lo consigue porque el cine de Corman -que entonces oscila invariablemente entre el western y la fantaciencia- sintoniza a la perfección con los jóvenes de la época.

            Sean o no sean conscientes de ello sus primeros espectadores, el Corman de aquellos años es el realizador por antonomasia de los jóvenes que se dan los primeros besos en el viejo Chevy frente a la pantalla del autocine y bailan al ritmo de Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Gene Vincent y los primeros intérpretes de rock & roll. Más aún, ese Corman es uno de los realizadores más representativos del cine de los años 50.

            Antes de que acabe la década que le ha visto nacer como cineasta, el maestro de la estrechez y la carencia ha dirigido más de 20 películas. Esto significa que rueda un mínimo de cuatro filmes al año. Entre ellos cuentan títulos como The Day the World Ended (1955), un acercamiento al miedo al holocausto nuclear que atenaza a la Norteamérica de aquel tiempo; Attack of the Crab Monsters (1957), una de sus primeras propuestas encuadradas en esa pantalla de terror de la que será un maestro indiscutible en la siguiente década, pero realizada desde esos planteamientos fantaciéntificos en los que aún se encuentra; o I mobster (1958), un insólito melodrama entre hampones, de fotografía llamativa, que demuestra que Corman, como el buen mercenario de la puesta en escena que es, se mueve con idéntica soltura en todos los géneros. Porque, si hay algo común a esa veintena de títulos que inauguran su filmografía, eso es el brío que sabe imponer a la hora y poco más que duran sus realizaciones.

            Con tales antecedentes, no es de extrañar que nuestro cineasta encuentre abiertas de par en par las puertas de la AIP. No en vano, en 1954, cuando sus amigos y a veces productores James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff han fundado el estudio, lo han hecho con la firme decisión de impulsar ese cine adolescente del que Corman ya es -junto a Jack Arnold- uno de sus directores más brillantes.

            Así las cosas, el entendimiento entre el realizador y la casa llega a ser tan grande que suele considerarse a Corman fundador de la AIP. Con dicha marca el cineasta realiza el ciclo de Poe, lo mejor de su filmografía. En los siete títulos que integran la serie -La caída de la casa Usher (1960), El péndulo de la muerte (1961) La obsesión, Historias de terror (ambas de 1962), El cuervo (1963), La máscara de la muerte roja (1964) y La tumba de Ligeia (1965)-, el maestro del bajo presupuesto demuestra ser uno de los mejores adaptadores de Edgar Allan Poe.

            En estrecha colaboración con Vicent Price -protagonista de todas ellas-, el guionista Richard Matheson, el director artístico Daniel Haller, el director de fotografía Floyd Crosby y el resto de lo que bien puede llamarse su compañía estable, se convierte en el artífice del vigor narrativo, el cromatismo y las angulaciones de cámara que llegarán a ser las principales señas de identidad de la AIP. Haciendo virtud de la necesidad, Corman, lejos de dejarse llevar por esas truculencias y esos efectos especiales que tanto tientan a los cineastas que trabajan con producciones de más envergadura, crea su espanto y su inquietud en base a sutilezas.

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            Que sus presupuestos comiencen a ser más holgados no significa que su ritmo de rodaje decrezca. Es tanta la complicidad que existe entre Corman y sus colaboradores que el cineasta puede seguir trabajando a la velocidad que le caracteriza. Así, rodar el ciclo de Poe -uno de los capítulos principales de la historia del cine de terror, al que de alguna manera se puede unir The Haunted Palace (1963), adaptación de El extraño caso de Charles Dexter Ward (1943), novela corta y póstuma, de H. P. Lovecraft-, no le ha impedido con anterioridad realizar una notabilísima parodia del género en The Little Shop of Horrors (1960). El rodaje de esta última le ocupa durante un par de días y una noche, después de haber empleado una semana en la redacción del guión. A esta serie, siempre protagonizada por Price, también cabe añadir El cuervo, que a la larga es una parodia del más célebre poema de Poe.

            The intruder (1962) es una denuncia del racismo reinante en los estados sudistas. Además de ser considerada por la crítica su primera película "importante y personal", también es una de las primeras manifestaciones de esa nueva sensibilidad que el problema racial inspira a la juventud rebelde de la Norteamérica de los años 60. En efecto, diez años después de sus primeras realizaciones, Corman sigue en sintonía con los adolescentes. De hecho, serán obra suya algunas de las primeras películas sobre la juventud de la época. Así, Los ángeles del infierno (1966) es un acercamiento a los motoristas aludidos en el título, en tanto que The Trip (1967) retrata, cuando la pantalla apenas ha dado noticia de ello, una experiencia con ácido lisérgico.

            Unos años antes, en el 63, Roger Corman ha vuelto a esa ciencia ficción bajo mínimos en El hombre con rayos X en los ojos, una delicia protagonizada por Ray Milland.

            Aunque la proximidad a los planteamientos contraculturales de algunas de sus propuestas juveniles le haya valido la crítica de los sectores conservadores, mediados los años 60, a Roger Corman ya se le aplaude hasta en los grandes estudios, los mismos que le cerraron la puerta cuando iba a visitar a los exhibidores con su avioneta. De ahí que cuando vuelve a interesarse por el gansterismo sea la Fox quien le produce La matanza del día de san Valentín (1967). Fue aquella una impecable recreación, con trazas de documental, de la matanza ordenada por Al Capone el Día de los Enamorados de 1929, cuando los sicarios de Caracortada -acaso el gánster que más cine ha inspirado- asesinaron en un garaje a siete miembros de la banda de Bugs Moran, última batalla de las guerras mafiosas que convirtió a Capone en rey del hampa de Chicago.

            Tres años después, tras un primer paréntesis insospechado anteriormente, abunda en el drama criminal con Mamá sangrienta (1970), basada en la verdadera historia de Kate Bake, también conocida como Ma Baker, la mujer que enseñó a robar, secuestrar y asesinar a sus cuatro hijos, escribiendo al hacerlo todo un capítulo en la historia criminal estadounidense. Mamá sangrienta, donde la crueldad sucede a la ternura y la violencia al patetismo, en opinión de algunos críticos es la obra maestra de Corman. Cuando llega a las pantallas, las horas del realizador en la AIP ya están contadas.

            Es en 1971, cuando la que fue su productora por antonomasia intenta cambiar el montaje de Gas-s-s-s, una comedia de anticipación, cuando Corman parte con la AIP y decide fundar su propia empresa. Con su marca se estrena El barón rojo (1971), extraña película bélica donde se nos refieren las hazañas de Manfred von Richtofen, el héroe de guerra alemán en los cielos de la Gran Guerra.

            La resurrección de Frankenstein, lejos de esa nueva incursión en el terror que aparenta ser a tenor de su título, lo es en la ciencia ficción. Basada en la celebrada novela que Brian Aldiss da a la estampa en 1973 con el título de Frankenstein desencadenado, más que una vuelta a ese moderno Prometeo que es la abominación del barón Frankenstein, lo que se nos propone es un viaje en el tiempo, el de Joe Buchanan (John Hurt), desde un futuro sombrío a la Suiza decimonónica donde un joven científico, el doctor Victor Frankenstein, se debate entre el tormento y la inspiración.

            Como productor, Roger Corman ha sido responsable de títulos tan notables como A través del huracán (1965) y El tiroteo (1967), los dos inolvidables westerns de Monte Hellman; conviene asimismo señalar El horror de Dunwich (Daniel Haller, 1970), Humanoides en el abismo (Barbara Peters, 1980), por citar sólo algunas de esas 362 producciones aludidas.

            Es el Corman productor quien pone en marcha lo que Johnatahn Demme, uno de sus acólitos, fue a llamar la "Academia de Técnica Cinematográfica de Corman". En efecto, nuestro hombre también será el productor de Francis Ford Coppola -Dementia 13 (1963)-, Martin Scorsese -Boxcar Bertha (1972)- Peter Bogdanovich -Saint Jack (1979)- y tantos otros de aquellos cineastas que cambiaron Hollywood al filo de los años 70.

            Al igual que aquellos realizadores, muchos de los cuales colaboraron con él como directores de la segunda unidad, ayudantes de dirección o guionistas, gracias a este antiguo mercenario de la AIP, actores como Jack Nicholson, Robert de Niro, Bruce Dern o Dennis Hooper pudieron interpretar algunos de los mejores personajes de los comienzos de su filmografía.

 

            Distribuidor en Estados Unidos de los grandes títulos de realizadores europeos como Federico Fellini, François Truffaut, Joseph Losey, e incluso del japonés Akira Kurosawa, he ahí otra prueba de que para Roger Corman el cine es más que un negocio como podría serlo cualquier otro. No hay duda de que es uno de los cineastas más sobresalientes que dio la pantalla estadounidense en la segunda mitad del pasado siglo.

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Javier Memba Sun, 12 May 2024 12:00:00 +0100
La bandera de Madrid (IV) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12299/la-bandera-de-madrid-iv/ Goya el tres de mayo de 1808

(viene de la entrada del doce de marzo de 2024)

            El pintor figurativo, sostiene Antonio López, ha de crear su obra en base al paisaje que ve. De ahí que este maestro del hiperrealismo sea uno de los artistas que, de un tiempo a esta parte, más ha pintado Madrid. Como ese vecino de nuestra amada ciudad que es, a menudo puede vérsele en la Puerta del Sol con su caballete, tomando unas vistas de tan querido paisaje.

Puede que lo único cierto que dice esta gente que nos gobierna sea su empeño en la descapitalización de nuestra amada ciudad. “Mientras nosotros gobernemos no se abrirá ningún organismo ni ningún museo en Madrid”, anunció en su momento Miquel Iceta. Su sucesor, Ernest Urtasun, ya prepara el espolio del patrimonio museístico madrileño con lo que él llama “descolonización del relato de las salas” a su cargo. La indignación de los madrileños se ha hecho notar, ha sido una de las grandes polémicas de tan desafortunada cartera. El espolio empezará por El Prado, que, como es sabido, tiene su origen en las espléndidas colecciones reales. Luego, está en Madrid porque así lo dispuso la corona española, principal donante de la pinacoteca en su momento. Llevarse sus fondos a otro lugar de España, sin más motivo que restar a Madrid de un patrimonio que le pertenece, es volver a injuriar nuestra ciudad por ese infausto afán de descapitalizarla y restarle atractivo turístico, pues de eso se trata, al fin y al cabo: acabar con la industria madrileña a favor de las de otras partes de España.

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Este expolio, en el caso de la obra de Goya es especialmente injurioso e indignante. Aunque aragonés de nacimiento (Fuendetodos, 30 de marzo de 1796), nuestro amado e injuriado Madrid fue para el maestro el escenario de su obra más celebrada. En la villa -la pradera de San Isidro, el heroísmo del paisanaje- y en la corte -los retratos de la familia real, las majas-, don Francisco encontró su mejor inspiración y fue aquí, en la Quinta del Sordo -que se alzó en el antiguo término municipal de Carabanchel Bajo- donde realizó las Pinturas negras, un conjunto de frescos -pasados con posterioridad a lienzos- que, en cierto sentido, pueden entenderse como el pórtico a toda la pintura que vino después, especialmente a la de algunas vanguardias: impresionismo, expresionismo, surrealismo…

Hasta donde yo sé, ni siquiera Picasso -que era más comunista que esta gente que nos gobierna- se llevó fondos de la pinacoteca madrileña -objetivamente hablando, hasta el arte del siglo XX, que no se incluyó en su tesoro hasta épocas recientes, una de las mejores del mundo- a otras partes de España. Nadie ha odiado Madrid tanto como esta gente que nos gobierna, que no ceja en su afán de descapitalizarlo.

Siendo hoy el día de nuestra comunidad, permítaseme reproducir a continuación un texto -publicado originalmente hace ahora un año en Zenda Libros- alusivo al más célebre lienzo que inspiró Madrid, el heroísmo de los madrileños que se amotinaron contra el ejército invasor de mi ciudad, al maestro de la pintura moderna. Un coraje que hizo que Goya, afrancesado como todos los ilustrados, se convirtiese en el mayor apologeta del heroísmo de cuantos se amotinaron en aquella jornada gloriosa que hoy conmemoramos. Va por aquellos valientes:

            Otro tres de mayo, el de 1808, hace hoy 216 años, fue martes. Francisco de Goya, por aquel entonces vecino de la madrileña Puerta del Sol, donde a las diez y media de la mañana del lunes Madrid se alzó contra sus invasores, se debate en una de las grandes dudas de su existencia. Afrancesado, como el buen ilustrado que es, todas esas esperanzas, que el aún reciente Siglo de las Luces fue a depositar en la nueva Francia, se han ido viniendo abajo con el duelo que Napoleón mantiene contra toda Europa.

La atrocidad con que las tropas del general Murat han reprimido el levantamiento en las últimas horas, y el coraje con que los madrileños se han enfrentado a la Grande Armée -que, en efecto, es uno de los mayores ejércitos que ha conocido la historia-, con poco más que navajas, tijeras y macetas -los tiestos y el agua hirviendo que las madrileñas tiraban desde los balcones a los gabachos-, han encendido el patriotismo de Goya. Tanta bravura, en breve enardecerá a España entera.

En la tarde de ayer, los que han huido de Madrid, buscando refugio en Móstoles, han puesto al corriente de la brutalidad con que los invasores y sus mercenarios reprimen a los madrileños. Los alcaldes de Móstoles -Andrés Torrejón y Simón Hernández- ya han firmado el Bando de la Independencia por el que se llama a todos los españoles a coger las armas, para acudir en defensa de Madrid y a luchar por la patria. Como lo hicieron quienes levantaron la primera barricada en la calle de Toledo, cuando los mamelucos, y los mercenarios polacos, acabaron con la mayor parte de los madrileños que, al grito de José Blas de Molina -un cerrajero que unos meses antes se había hecho notar en el motín de Aranjuez- se enfrentaron a los invasores.

Casi puede decirse que, aquellas luces de la razón de antaño, se han tornado sombras: las crueldades y los sueños venideros de la razón -diríase delirios-; esa razón que produce monstruos. Todo es visceralidad en el amor a la patria de los madrileños. Ese Goya, que en el número 33 de Los desastres de la guerra (1810-1815) dibujará a dos invasores descuartizando a un cautivo, se gesta en las gloriosas jornadas madrileñas del dos y el tres de mayo. Como comprendió Beethoven, quien pensó dedicar su Sinfonía nº 3, La heroica, a Bonaparte, y cuando éste se autoproclamó emperador, acabó dedicándosela a la memoria de “un gran hombre” -el melómano Joseph Franz von Lobkowit-, Francisco de Goya descubre hoy, de un modo fehaciente, la forma que tiene Napoleón de expandir por Europa las ideas de la Revolución Francesa.

El republicanismo español, que cuando habla de España la llama “este país”, 216 años después aún duda de la gloria madrileña. Dicen que la libertad, como formulación política, es un invento francés y que las tropas francesas la traían. Dicen que fueron los curas quienes alentaron a los chisperos del barrio de Maravillas, a las manolas de Lavapiés y a las majas de La Latina a enfrentarse, con poco más que algún trabuco y las ya ennoblecidas tijeras y navajas, a los mamelucos, una de las tropas más aguerridas que han combatido en Europa.

Pobres madrileños, no les llegan ni al caballo a sus invasores. Pero el artista les sabe enaltecidos por el amor a España. Ya en 1814, cuando pinte uno de sus más célebres óleos, El dos de mayo de 1808 en Madrid (vulgo La carga de los mamelucos), en el primer término presentará a un madrileño, uno de esos valientes que no llegaban ni al caballo de los invasores de España, aguijoneando a la montura. Así es como aguijonea al propio Goya el amor a la patria. Ya no hay afrancesamiento; ya no hay dudas, ni razón que valga. No hay más dialéctica que la de las tijeras y las navajas.

Ante los invasores, que marcan las casas desde donde las manolas les tiran los tiestos, para volver por la noche a quemar la vivienda y llevarse a los hombres para pasarlos por las armas, Goya -madrileño de adopción, aunque aragonés de origen-, no tiene duda. Son tan vividas las imágenes que le inspiran los dos óleos capitalinos -El tres de mayo de 1808 en Madrid (1814), también conocido como Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío, será el segundo- que todo parece indicar que Goya es testigo directo del heroísmo de los madrileños.

Desde las cuatro de la mañana se escuchan en Madrid las descargas que evidencian los fusilamientos de los patriotas en La Moncloa, en los paseos del Prado y Recoletos. Y en la Puerta del Sol, por supuesto. En aquel tiempo, aún se encontraba ahí la iglesia del Buen Suceso -actualmente reconstruida en la calle de la Princesa-. Algunos de los primeros alzados buscaron refugio en aquel templo. Los franceses tardaron en darles muerte lo que tardaron en sacarles. Goya sabe que mueren vitoreando a España. Eso es lo que nos da a entender el chispero que destaca en la escena de El tres de mayo… enfrentando al pelotón exaltado, alzando los brazos frente a los fusiles.

Cuando se escriba la historia, Isidoro Trucha, jardinero del artista, dará fe a los primeros cronistas de que acompañó a don Francisco, la misma noche de las matanzas, a estudiar los cuerpos de los fusilados. “En medio de un charco de sangre vimos varios cadáveres: unos boca abajo; otros boca arriba en la postura del que, estando arrodillado, besa la tierra”. Ése debió caer mordiendo el polvo, lo que le honra doblemente. Expiró como los guerreros de antaño, que sabiendo que iban a morir lejos de casa llevaban un puñado de tierra de su solar natal para llevárselo a la boca antes de exhalar el último aliento.

Goya también sabe de Manuela Malasaña -que acabará dando nombre al barrio de Maravillas-. Al igual que Clara del Rey y tantas otras madrileñas, que se enfrentaron con las tijeras de sus labores a los dragones franceses y a los mercenarios polacos, se dice que cayó en el cuartel de Monteleón, cuya entrada aún se honra en la plaza del Dos de Mayo. El ejército tenía órdenes de no defender a la patria, siempre gobernada por felones, y en Monteleón predominaban las madrileñas, las famosas majas. Los valientes defensores de aquel parque de artillería -el único que los españoles pudieron sustraer a los invasores, que ocupaban Madrid con el beneplácito de la corona española desde el 23 de marzo- se batieron a las órdenes de los capitanes Daoiz y Velarde, los únicos que comprendieron que había que armar a los madrileños y decidieron hacerlo contraviniendo las órdenes de sus superiores. Murieron al pie del cañón. El teniente Ruiz, de infantería, que estaba convaleciente, se levantó de la cama al escuchar las primeras descargas de fusilería y corrió a unírseles. Salió mal herido de aquel trance.

Goya sabe que los 400 madrileños que han caído en el motín, que no ha durado ni 24 horas, han levantado a España entera. Lo que ha visto va a cambiar radicalmente su obra. El tenebrismo de La romería de San Isidro (1819-1823), una de las más sobrecogedoras de las Pinturas negras, es radicalmente opuesto a la jovialidad de La pradera de San Isidro, el cartón para tapiz que el mismo paraje madrileño le inspiró en 1788. El Goya, que para pintar a las grandes damas de la corte las disfrazaba de majas y manolas, ya es espurio. El gran Goya, el de los monstruos que produce la razón, nace ante la gloria madrileña.

Ha sido un momento estelar de la humanidad porque todo ese tenebrismo que gravitará en su pintura a partir de ahora, influirá a buena parte del arte posterior. Sin ir más lejos, tanto en Manet -La ejecución del emperador Maximiliano (1868-1869)-, como en Picasso -Masacre en Corea (1951)- se registrarán influencias de ese óleo que da noticia de que unos días como ayer y hoy cuatrocientos madrileños y madrileñas, cayeron por alzarse contra los invasores y la felonía que tiranizaba a España. ¡Honor y gloria a todos ellos! Así se escribe la historia.

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Javier Memba Thu, 02 May 2024 11:00:00 +0100
Los cuentos de Lord Dunsany http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12298/los-cuentos-de-lord-dunsany/             “Inigualable en el embrujo de la prosa cristalina y musical, único en la creación de un mundo espléndido y lánguido”, escribe, sobre Lord Dunsany, H. P. Lovecraft, en El horror en la literatura*. Poco después, se refiere a sus cuentos como: “un elemento casi único en nuestras letras. Inventor de una nueva mitología y tejedor de un folclore sorprendente, Lord Dunsany se ha consagrado a un extraño mundo de fantástica belleza, empleado en una guerra eterna contra la terquedad y fealdad de las realidades diurnas”.

            No sé si sobrestimé el criterio del Outsider de Providence sobre su admirado colega y mentor inglés o si aún me tiene fascinado la lectura de J. R. R. Tolkien -junto a Lovecraft, el otro gran discípulo de Dunsany-, especialmente del Tolkien de El Silmarillion (1977), donde acomete toda la complejidad mitológica de Arda -allí donde surgirá la Tierra Media con el despertar de los elfos- tan espléndidamente explicada -de un modo mucho más divulgativo- en La enciclopedia de Tolkien**, otra de esas lecturas que me maravillaron mediados los años 90. El caso es que, leído finalmente En el país del tiempo***, de Dunsany, me ha resultado algo decepcionante. Todo me predisponía favorablemente a esta “selección incompleta”, según su copilador, mi admirado Francisco Torres Oliver, de los cuentos del lord publicados entre 1905 y 1919. Pero, ya digo, no ha sido el caso.

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Sí señor, todo en él me atraía antes de abrir En el país del tiempo. Desde su antólogo hasta su inclusión en la colección El ojo sin párpado de Ediciones Siruela, una de las que más me sedujeron a finales de los años 80. Y desde entonces lo he tenido en lo más alto de esas lecturas que aguardan, a veces durante décadas, a que las acometa. Cuando finalmente ha llegado el momento, no ha satisfecho las esperanzas puestas en sus páginas.

            En el país del tiempo -la mayor parte de la selección- se cuenta la genealogía de un mundo mítico, Pegana, la tierra de los dioses de Dunsany, en cuyas montañas habitan. Pero el autor, en dichos relatos, no va más allá de la descripción de las diferentes divinidades que integran este Olimpo -una por epígrafe-, de las que Yonath es su profeta –“vi a los dioses junto a mí como puede ver uno las cosas cotidianas” (pág. 46)-, al igual que quienes inspiran los tres capítulos siguientes. Ciertamente hay destellos de un bello lirismo. Así, de Dorozhand (pág. 38), uno de los dioses, en el paréntesis alusivo a su don, leemos: “cuyos ojos observan el final”. O ese destino de otro de los profetas: “Y Alhireth-Hotep pasó a formar parte de las cosas que fueron” (pág. 49). Pero cualquiera de las mitologías herederas de las de Dunsany -Los mitos de Cthulhu de Lovecraft y otros, entre cuyos precursores también se encuentra el lord; el ya citado universo de Tolkien- ha superado con creces la riqueza que pueda tener la de los dioses de Pegana.

Cualquier muestra de esa fantasía épica, que publicaba entonces Timun Mas y yo descubrí a raíz de mi fascinación con Tolkien en el verano del 96, me resulta mucho más sugerente que la mitología de Pegana, de la que sin duda es heredera. Tanto es así que he resuelto que, cuando termine la lectura que me ocupa estos días -El mito de Frankenstein (VV. AA, 1996), otra de esas delicias de Timun Mas-, acometeré la de Ala de dragón (1990), primera entrega del ciclo de La puerta de la muerte (1990-1994) de Margaret Weis y Tracy Hickman.

            De momento, voy a seguir con estos comentarios de En el país del tiempo. Ya en la segunda parte, Los espectros, se nos refieren cuentos propiamente dichos. Los de la primera parte, Los dioses, también lo son, pero su forma de crónica genealógica hace que no lo parezcan. La espada de Welleran, primero de estos espectros, es el que daba título al libro en el que estaba éste y todas las piezas siguientes, publicado en 1908. No tengo noticia de la editorial, pero nos habla de Rold, un habitante de la ciudad de Merimna. Acuciado por los sueños, coge la espada de Welleran, un héroe local y defiende la villa que guarda a su casa de unos ejércitos invasores. Los héroes locales, son conscientes de “una remota angustia, como percibe el durmiente que alguien está frío y aterido, aunque no sabe que es él” (pág. 145) y acuden en ayuda del paladín de Merimna.

            El bandido, a fe mía, es la mejor pieza de toda la selección. Nos habla del espectro de un ahorcado, que sigue penando en el cementerio, junto al árbol donde el forajido fue colgado, mientras las almas de los justos, los buenos y los piadosos, abandonan la “tierra consagrada” con destino al Paraíso. Hasta que los antiguos compinches del malhechor –“Will, Joe, y Puglioni el gitano”-, en una de sus borracheras en una taberna de mala reputación, deciden cambiar los restos de su camarada con los del arzobispo de Alois y Vayence: “un pecado ante el cual los Ángeles habían sonreído”.

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            En el crepúsculo juega con esas últimas imágenes de nuestra existencia, que quienes han tenido experiencias próximas a la muerte, dicen que asaltan a aquél a quien la Parca ya se está llevando. He creído entender, aunque no se explica, que el protagonista se debate entre los supervivientes del hundimiento de un barco. Tras intentar subir a la superficie en dos ocasiones y golpearse en ambas contra la quilla de un bote en donde se está poniendo a salvo otra gente -al menos a mi entender-, sabemos que el narrador entra en trance de muerte cuando comienza a hundirse porque empieza a evocar un lugar de su infancia, de indiscutible buen nombre -la ciénaga de Allen- y a encontrarse allí con un amigo de sus primeros días, de cuya muerte tuvo noticia años atrás.

            Prosiguiendo con esa serie de prodigios que escapan a la ciencia consagrada, Los fantasmas nos es narrado por un tipo que está discutiendo con su hermano acerca de estos espectros mientras se encuentran en una vieja casona de la supuesta región de Oneleigh, un lugar donde el tiempo hace mucho que se detuvo. A punto de dar las doce en la estancia donde el narrador se ha quedado solo, el sueño comienza a vencerle frente a la chimenea cuando empiezan a aparecer damas y caballeros vestidos a la usanza de los tiempos del rey Jacobo. El lord debe referirse a Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, cuyo reinado se extendió entre los siglos XVI y XVII. La magia, ese prodigio que se escapa a la ciencia consagrada, han de ser esos monstruos, que simbolizan los pecados que cometieron en vida los fantasmas, a quienes comienzan a olisquear ajenos a ese testigo que es el narrador. Sin embargo, el tipo, en base a un cálculo geométrico, resuelve que ha de matar a su hermano. Ya ha cogido el arma para el crimen cuando desaparece la extraña visión. La pieza apunta maneras. Pero, a mi humilde juicio, poco más.

            El hombre de la ventana maravillosa es aquel que compra a un extraño comerciante -acaso en el londinense Limehouse- una ventana que le permite ver, con independencia de la pared donde la coloque, la Ciudad de los dragones de oro.

            El hombre de la ventana maravillosa se me ha antojado uno de esos textos que no responde a las expectativas que él mismo despierta. Muy por el contrario, El tesoro de los gibelinos entraña un interesante final, aunque muy poco romántico. Siempre dentro de uno de esos reinos de fantasía en los que penan los espectros, esta pieza nos habla de un paladín que ha de hacerse con una gema fabulosa por un motivo imperioso. El problema está en que los gibelinos son antropófagos y nadie ha conseguido nunca hacerse con su joya, cuantos lo han intentado, siempre han sido atrapados en el foso que rodea su castillo. Todo parece indicar que el narrador, que tiene un plan perfecto para el robo, será el primero. Sin embargo, en contra de lo que es habitual en los cuentos de héroes, en esta ocasión es capturado por los gibelinos. Ya sabemos la suerte que le aguarda. Lo que me sorprende, y muy gratamente, bien es cierto, es que acabe mal. Aquí, Milord sí que parece haber inspirado más el fatalismo de Lovecraft que los finales felices de Tolkien y toda la fantasía épica que en él nace.

            El hombre de los pendientes de oro, sobre un tipo condenado a no morir por “haber pecado demasiado en los mares de los españoles” me ha sorprendido a dos niveles. Por uno, el reconocimiento implícito que lleva la pena del protagonista -a quien conocemos en una taberna siniestra de un puerto- de los excesos cometidos por los ingleses en las aguas del imperio español; por el otro, por las analogías que detecto con la leyenda del Holandés errante, uno de los mitos que más me sugieren desde que tuve mi primera noticia de él en los años 70, en mis primeros acercamientos al misterio. Mito del que, sin embargo, no he conseguido aún ver una ficción completa, ni novela ni película. Éste es uno de los cuentos aquí reunidos que más me han gustado. Lo malo es que me ha sabido a poco.

            La cita nos cuenta de un poeta que busca la fama errando por los caminos y, cuando la encuentra, ésta le dice que le visitará cuando muera. Se trata pues de toda una alegoría sobre esa gloria, que, tras haberles sido negada en vida, alcanza a tantos literatos tras su muerte. Pero está escrita de una forma tan pretendidamente poética que raya en la cursilada.

            La torre del vigía, en cierto sentido, me ha recordado al Desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. Descubierto hace treinta y ocho años en la Biblioteca de Borges, aquella impagable colección semanal de Orbis, sigue siendo una de las lecturas que más me han gustado en mi ya larga experiencia entre las páginas. En esta ocasión, Dunsany nos habla de un espíritu en verdad singular, el de la construcción aludida en el título, que permanece alerta ante una eventual llegada de los sarracenos, aunque hace cuatrocientos años que no arriba ninguna invasión árabe ni a España ni a Francia.

            El gambito de los tres Marineros es una variación del pacto diabólico. Esta vez, se firma en Cuba, cuando uno de los tres marineros antedichos vende su alma a cambio de un fabuloso cristal –“una bola con forma de huevo, si el huevo fuese redondo”- que les permite vislumbrar un tablero de ajedrez y en él, la mejor jugada de la partida que están disputando. Desde entonces recorren las tabernas jugando al ajedrez por dinero. Siempre van juntos. Hasta que un día el cristal se les rompe en una borrachera y vuelven al mar, cada uno por su lado.

            El pájaro del ojo difícil nos habla de un joyero de Bond Street que recurre a un ladrón, para que le robe ciertas esmeraldas que crecen en los huevos de unos pájaros exóticos. Tiene interés, no cabe duda. Pero quizás sea más -por lo insólito que resulta- esa llamada al pie de la pág. 251 en la que el autor nos insta a buscar una palabra de su invención –“husgularon”- para comprobar que no figura en diccionario alguno.

            De El club de los exiliados podría decirse que es un canto a la derrota, al menos con uno de esos destellos de bello lirismo que aparecen esporádicamente en estas piezas: “El que ha conocido tiempos mejores tiene por lo general una penosa historia que contar: algo mezquino y vulgar le ha acarreado la ruina” (pág. 258).

Leídas finalmente una cantidad considerable de narraciones de Dunsany -anteriormente solo había tenido oportunidad de dar cuenta de Días de ocio en el país del Yann, su relato incluido en Los mitos de Cthulhu, que ahora recuerdo tan parecido a estos-, he de decir que ha sido el autor que menos me ha interesado de los elogiados por Lovecraft en El horror en la literatura. Nada que ver con el placer que me produjo el descubrimiento de Arthur Machen, Algernon Blackwood o Robert E. Howard

Debí leer al lord antes que a sus discípulos, quienes, a mi juicio, le superan. Aunque me hubiera sido difícil ya que, como vengo diciendo, tuve noticia de Dunsany por el más devoto de sus acólitos: Lovecraft.

 



* Alianza editorial (Madrid, 1984). Pág. 97.

** David Day, Timun Mas (Barcelona, 1992).

*** Ediciones Siruela (Madrid, 1987).

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Javier Memba Thu, 11 Apr 2024 04:30:00 +0100
La Bandera de Madrid (III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12297/la-bandera-de-madrid-iii/ (viene del asiento anterior)

La ira de los frustrados (y frustradas)

Ya sea esa suerte de Commonwealth ibérica, ya una unión de estados independientes a la americana, la destrucción de la España que conocimos los que ya estamos en el otoño de nuestros días, que esta gente que hoy nos gobierna trama, empieza por esa advertencia del bueno de Miquel Iceta, cuando ocupaba la cartera de cultura, que no tuvo ningún problema en declarar: “Mientras nosotros gobernemos, no se abrirán más organismos ni museos en Madrid”. Ernest Urtasun, su sucesor -un antiguo comunista, venido de allí donde más odian al Foro, como Iceta-, se ha propuesto llevar esa idea a la práctica y profundizar aún más en ella: ya trabaja para demediar nuestro patrimonio museístico. Qué lejos se queda este acólito de Yolanda Díaz, la enemiga del comercio -como enemigos del comercio, describió Antonio Escohotado a los comunistas- de Jorge Semprún, otro ministro de cultura con un pasado político semejante. Urtasun quiere llevarse de Madrid una buena parte de El Prado. Semprún, sobre el que yo escribía hace unos días en Zenda Libros, jugó un papel determinante en la llegada del Thyssen a nuestra ciudad. Urtasun también es ecologista -fue vicepresidente del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo- y, siendo el caso de que en este infausto tiempo las juventudes ecologistas se han descubierto como las grandes enemigas del patrimonio museístico del Viejo Continente -agreden físicamente, casi a diario, las obras de arte-, nada mejor que poner a un comunista, verde y oriundo de una de las comunidades donde más se odia a Madrid, a desmantelar El Prado.

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La animadversión hacia la capital viene de antiguo. No se reduce ni se remonta a esta gente que nos gobierna. En realidad, el gabinete del Mentiroso Compulsivo, también ha sabido recoger y canalizar el sentir del ruralismo más recalcitrante, siempre convencido de que en la aldea se vive mejor por la ausencia de contaminación, de las grandes distancias y de las prisas madrileñas. Al cabo no es otra cosa que la ira de los frustrados.

Cuando era un niño me daba miedo salir de mi ciudad, fuera de ella extrañaba hasta el agua. Ahora soy un anciano y debo confesar que, todo lo más que he conseguido estar fuera han sido tres semanas y en contadas ocasiones. Ya en aquellos días que se nublaba mi feliz infancia porque me sacaban de Madrid, detecté enemigos de mi ciudad de la ralea a la que me refiero. Aún no me daba el descernimiento para comprender a qué se debía la fobia con la que arremetían algunos, en provincias, contra una ciudad que defiende un niño fuera de ella. Ese niño -ya digo-, era yo. Con el tiempo he comprendido que esa saña se debe a la frustración de quienes, por uno u otro motivo, no pueden formar parte de la grandeza de la capital, organizar aquí su vida.

A esta animadversión apeló la vicepresidenta Yolanda Díaz -abierta enemiga de la noche madrileña-, cuando, allí en su pueblo, para referirse a la presidenta de nuestra comunidad -Isabel Díaz Ayuso-, en la última campaña electoral la llamaba “la madrileña” con ese tono que percibo desde mi edad más temprana, cuando estoy lejos del Foro, entre aquellos que nos odian, solo por ser madrileños, porque envidian nuestro modo de vida.

Eso sí, por mucho que interpeló al odio a Madrid entre quienes la escuchaban, la buena de Yolanda Díaz no obtuvo los votos suficientes para que su partido entrase en el parlamento gallego. No “suma”, como dice ella, ni en su pueblo; solo en las cuentas del Felón. Ni en su solar natal quieren a esta enemiga de Madrid que, como la republicana que es, odia tanto la actual configuración de España, que prefiere referirse a ella como “este país”.

Madrid es para mí tres cosas: mi solar natal, mi territorio mítico y mi casa. En efecto, siendo ese niño que se compraba los cucuruchos de helado italiano en el Gran Café Universal y tenía otro placer en el agua de cebada -ni cerveza ni granizado de café, repito siempre-, que bebí hasta bien entrados los años 70 en los quioscos de la calle Eloy Gonzalo, cuando mi nostalgia madrileña me delataba en aquellos quince días estivales que me llevaban lejos de casa, siempre había alguien que me hablaba de lo insoportable que es el calor de Madrid… Inaccesible a sus sandeces, yo soñaba con mi agua de cebada y los cuarenta grados a la sombra de finales de julio en el amado Foro.

Ruralistas, fracasados que odian a Madrid porque no pudieron sacar adelante aquí el proyecto de vida que soñaron, enemigos del supuesto centralismo, los ha habido siempre. Yo los agrupo bajo un epígrafe: La ira de los frustrados. El espectro de la animadversión a mi ciudad siempre ha sido variado. Pero nunca se vio a nadie como el bueno de Ximo Puig, en sus días al frente del gobierno autónomo de Valencia, cuando fue a decir que Madrid atraía el talento de otras partes de España a su seno y que, por lo tanto, debería ser penalizada con un impuesto especial, solo para los madrileños. Al gabinete del adorado entre eructos en la alfombra roja por la comentarista de RTVE play no le quedó más remedio que frenar semejante desatino. De haber podido, lo habría hecho.Imagen

Bajo el pintoresquismo de personajes como Mónica García, a mitad del camino entre el pastoreo de las masas y la indignación de la vecina que se pone flamenca en la junta de la comunidad de propietarios, su vehemencia, claramente obsesiva, monomaniática, siempre en contra de la presidenta Ayuso -ha promovido diecinueve querellas contra ella, siendo todas archivadas-, ha sido el mejor mérito para entrar en el gobierno del Enemigo de Madrid. Aunque se ponga una parpusa para visitar la pradera en las fiestas de San Isidro, tras ella se esconde una de esas lideresas con un afán de protagonismo que mete miedo. Traía a la gente de Valencia y el resto de las provincias, para pastorearla por las calles en contra de la sanidad madrileña, que, además de totalmente ajena a los manifestantes llegados de otras comunidades autónomas, es una de las mejores del mundo.

Aún recuerdo a aquellos que llamaban “gusanos” a los exiliados cubanos, como los que atendían el puesto de perritos calientes en el vestíbulo de la zapatería Los Guerrilleros, alabando a la sanidad cubana. Sin embargo, en 2014, cuando Fidel Castro, aquejado de cierta dolencia, requirió un médico para seguir tiranizando a Cuba, tuvo que ir un facultativo madrileño -a título personal, aunque adscrito a la sanidad madrileña- para tratar al comandante y guía de todo el comunismo latinoamericano. Me consta -entre ellos hubo gente a la que conozco, amigos míos-, que muchos de los que venían a manifestarse convocados por Mónica García, son de los adoradores de la sanidad cubana por su amor al estalinismo cubano, el sandinismo, la revolución bolivariana y el resto de los movimientos que han sojuzgado Sudamérica desde mediados del siglo XX hasta nuestros días.

Populista hasta el punto de referirse a las series de Netflix y los cromos de los yogures de sus hijos en sus declaraciones, Mónica García supo medrar entre las “mareas” por la sanidad pública, tras la pancarta. Aunque puesta a cobrar ayudas y prebendas es igual que los “fachas”. Así, en marzo de 2023 se vio envuelta en una controversia. Acusó al entonces vicepresidente del Gobierno regional, Enrique Ossorio, de recibir el bono social térmico, una ayuda que ella misma también recibía.

Lideresa de las mil pancartas, cumple reconocer que pocas tienen su capacidad para el pastoreo de las masas. Hizo del derribo de la presidenta Ayuso una cuestión personal, una monomanía enfermiza… Su obsesión también debe entenderse como esa ira de los frustrados a la que me refiero. Nadie mejor que ella para integrar el gabinete del Felón, que como ya se desprendía del anuncio de Iceta, tiene en la descapitalización de nuestra ciudad el objetivo previo a la destrucción de la España que conocimos.

Ese acomodo que se buscó a nuestra comunidad, cuando se puso en marcha la España de las autonomías, no va a servir de nada cuando se ponga en marcha esa España plurinacional que ya planean, en la que ya están trabajando.

El Enemigo de Madrid es un madrileño que, en cada nueva infamia contra nuestra ciudad, me recuerda más a aquellos niños de mi infancia, que, siendo tan madrileños como yo, decían ser del pueblo de su padre. Y el padre les había enseñado que, en el amado Foro, todos éramos funcionarios al servicio del centralismo.

A falta de los votos precisos en todos los sufragios, que le han llevado a la presidencia del Gabinete, el Felón ha sabido rodearse de otros perdedores, tan carentes de escrúpulos como él, e integrar esa amalgama nefasta que nos gobierna. Para su abominable gestión, el Mentiroso ha buscado en los medios de comunicación, entre sus amigos del baloncesto y en el municipalismo. Pero su cantera principal han sido los arribistas que medraron entre los ingenuos de la acampada en la Puerta del Sol -kilómetro cero de mi limbo- hasta erigirse como los líderes del 15 M. La buena de Yolanda Díaz, que dio a su proyecto personal de liderazgo -Sumar- trazas de proyecto colectivo y supo valerse de Irene Montero para medrar sobre ella y acabar echándola -¡casi nada!-, tiene ese odio a Madrid de la aldeana convencida de que aquí todos estamos prestos a engañarla.

El adorado entre los eructos de la comentarista de RTVE play, no hace mucho, tuvo a bien visitar FITUR. Es raro que vaya a nada en Madrid porque, apenas asoma en la capital su aborrecida estampa, los madrileños le insultan como se merece. Allí, en la Feria del Turismo le dio por anunciar que iba a hacer, de ese segundo aeropuerto que reclama nuestra ciudad hace ya muchos años, el más importante de Europa y uno de los mejores del mundo. Naturalmente, no le creyó nadie ¿Qué crédito vamos a dar a un mentiroso compulsivo -que además se cree filósofo y, puesto a justificar sus trufas, resuelve que no hay más verdad que la realidad?

En fin, no había acabado de decirlo cuando la inefable Yolanda Díaz, le desmintió recordando que “no se puede ser ecologista a ratos”. Hablamos de otra comunista de toda la vida, que acusa de machista a quien le diga que se viste y se peina como una burguesa. Olvida que con la misma ligereza podíamos acusarla de racista porque se tiñe de rubia siendo morena. Eso sí, se peina un moño para visitar al Papa con trazas de cura obrero. Desde que dejó el diletantismo de la política gallega y se vino a Madrid para medrar entre los indignados, no ha cejado ni un momento de moverse en contra de nuestra comunidad. Y bien que supo hacerlo -insisto-. Nada menos que para acabar con las lideresas de Podemos.

Pues bien, unas horas antes de lo de FITUR, esa misma vicepresidenta que desmentía al adorado entre eructos por la comentarista de RTVE play, había dicho que para ella era “una condena vivir en Madrid porque soy gallega y en Madrid no hay mar; en Barcelona sí y el mar te da una serie de matices”. Seguro que para ella es una condena vivir en Madrid, pero no porque aquí no tengamos mar. ¡Ni falta que nos hace! Para la vicepresidenta es una condena vivir en Madrid por lo mismo que, hasta hace poco, lo era, sencillamente, pronunciar el nombre de España. Ya digo, se refería a ella como “este país” porque le molestaba pronunciar su nombre. Exactamente igual que a quienes dicen que hablan castellano en lugar de español.

En lo que no tuvo ningún problema la vicepresidenta mejor peinada -tanto que las papeletas de Sumar de los últimos comicios iban presididas por su cara- fue en afirmar que el comunismo -que puso en marcha un auténtico genocidio de clase cuando su célebre asalto de los cielos consistía en exterminar físicamente a toda la burguesía-, fue “una ideología fraterna”. Tan fraterna que se calcula que los comunistas mataron a cien millones de personas a lo largo del siglo XX, sin distinción de clases, credos o razas.

 

Por todo esto, tengo que repetir una vez más que la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano. En buena lógica, con anterioridad, jamás había escrito sobre semejante infamia. Hacerlo me parecía una vulgaridad, una ordinariez en el mejor de los casos. Si he empezado a escribir sobre política en los textos reunidos en esta etiqueta, ha sido porque esta gente que nos gobierna, aunando rencores seculares con la ira de los frustrados, a los enemigos del comercio con los de la unidad de España, se ha propuesto acabar con la grandeza de mi amada ciudad, la prosperidad y la alegría de su paisanaje, antes de que acabe su infame legislatura. ¡Madrid nos llama! ¡Es objeto de la ira de los frustrados!

(sigue en la entrada del dos de mayo de 2024)

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Javier Memba Tue, 12 Mar 2024 05:45:00 +0100
La bandera de Madrid (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12296/la-bandera-de-madrid-ii/ (viene del asiento del 8 de febrero)

Mentían cuando decían que iban a redimir a los pobres, que la casta política no les representaba; su único interés era el medro personal, los metros cuadrados y la piscina de su casa: convertirse en la nueva casta cuando levantasen el campamento de la Puerta del Sol, ser ellos quienes pisasen las moquetas del poder. Ni siquiera el discurso había cambiado, venía siendo el mismo desde los días de la tediosa canción protesta, allá en los años 60. Si acaso, cambió la praxis: aquel caos en que sumieron el centro geográfico de España. Aquel caos del que -evocando a mi admirado Agustín García Calvo- anuncié que iba a hablar en el asiento anterior de esta etiqueta.

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Y la práctica tan solo cambió momentáneamente. Apenas concluyeron la acampada, volvieron a pastorear a las masas a voces por la calle. Los líderes cedieron el protagonismo a las lideresas, eso sí; del No nos moverán pasaron a la batucada.

Y así fue como el idealismo perroflauta -siempre bajo la égida del estalinismo residual; subvencionado e instruido, además, por todos los enemigos de nuestro modo de vida, desde Irán hasta los bolivarianos- se inició en la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano: la política. La imposibilidad de cuanto proclamaban era sabida, como poco desde 1968, el año de las últimas revoluciones truncadas. Los ingenuos a los que embaucaron, eso es cuanto hubo de nuevo en la llamada spanish revolution del movimiento 15-M.

Les abrió la puerta, para servirse de ellos, como hace con todo el mundo, el mayor felón que ha conocido nuestro país desde la restauración democrática: el Enemigo de Madrid. El adorado entre eructos, en las alfombras rojas, por los comentaristas de RTVE Play. Al fin y al cabo, eso: los malos modales, las ordinarieces, el acoso a voces al adversario por las calles -en la estela de la infausta Revolución Cultural maoísta- fue lo que trajeron a la escena política quienes dijeron ser el azote de su casta, hasta que pasaron a engrosarla y dejaron a un lado el idealismo, el perro, la flauta y la acampada en mi amada Puerta del Sol.

Aún me recuerdo en ella hace más de cincuenta años, cuando la descubría los sábados siendo yo un mocoso, comiendo aquellos perritos calientes que despachaban unos exiliados cubanos, en un pequeño puesto abierto en el vestíbulo de la zapatería Los Guerrilleros. Y también recuerdo aquella máquina de helados italianos, de cucurucho y dos sabores –“dos gustos” les llamábamos los niños de entonces-, que, con la llegada del buen tiempo, atendía un tipo a la entrada del Gran Café Universal. Uno de aquellos placeres de cinco pesetas, que tanto contribuyeron en mi remota infancia a ese amor desmesurado que profeso a mi ciudad.

Me bajó de ese limbo, de ese Madrid que me sé de memoria porque en él fui el niño más feliz del mundo y su mero recuerdo, aún ahora, ya anciano, me reconforta en horas de desaliento; me bajó de ese limbo -decía- la invasión de la cochambre en la Puerta del Sol. Nadie me creerá si confieso que he meditado mucho antes de expresarme así: “la invasión de la cochambre”. Sin embargo, lo he hecho.

(Me explicaré: “La invasión de la cochambre” llamó en el verano de 1975 La voz de Castilla -órgano del Movimiento en Burgos- a uno de los primeros festivales de rock que se organizaron en España, en la plaza de toros de aquella ciudad. Con un cartel que congregó a Triana, Burning o la Companyia Elèctrica Dharma, entre otros muchos, reunió a unos cuatro mil jóvenes. He escrito en numerosas ocasiones sobre aquello, e incluso -ya en épocas más recientes- he colaborado con su organizador. Siempre que me he referido a aquel Festival, lo he hecho con la admiración y la simpatía que me despierta la sedición juvenil fraguada en torno al rock en la centuria pasada, que en aquella cita burgalesa tuvo una referencia fundamental en su capítulo español. En estas líneas yo utilizo esa misma expresión porque, sencillamente, no he encontrado otra mejor. Pero aquellos cochambrosos del 15-M a los que me refiero no tenían nada que ver con el rock. Todo lo contrario, lo suyo era la canción protesta. Hubieran sido de los que abucheaban a Bob Dylan en los primeros conciertos a los que se presentó con su guitarra eléctrica.)

Así que ver a esa gente acampada en uno de los lugares más entrañables de mi ciudad me parecía como debió parecerles a los madrileños de 1808, que allí “riñeron la primera batalla contra las tropas francesas”, según reza la leyenda que les recuerda en uno de los muros de la Real Casa de Correos, ver a los mamelucos cargando contra ellos.

Fue el Enemigo de Madrid quien abrió la puerta de su gabinete a quienes supieron medrar entre aquellos ingenuos que nunca debían de haber salido del diletantismo político del 15-M, quienes debieron de haber vuelto a su casa cuando, finalmente, desalojaron la Puerta del Sol. Fueron además los más mezquinos, los que supieron aprovechar la ingenuidad de los acampados, para reconvertirla a las propuestas de un estalinismo renovado y utilizarla para el beneficio personal. Nada mejor que semejante patulea para el Mentiroso compulsivo que nos gobierna.

¿Tendría algún sentido recordar al Gran Embaucador que la bandera de Madrid, verdaderamente, no es otra que la de España porque Madrid, con independencia de la siempre nefasta política de las autonomías, no es otra cosa que la quintaesencia del país? El mismo Antonio Machado, que tanto alaba la izquierda autóctona, lo ve así: “Rompeolas de las Españas”, llama el poeta sevillano al amado Foro en Campos de Castilla (1912).

El Mentiroso lo sabe. Es consciente de que, para poner en marcha esa confederación de republicas ibéricas que preparan, esa mancomunidad de cantones o lo que maquinen, inexorablemente ha de empezar con el derribo de Madrid. Nada mejor para acabar con una nación que destruir su quintaesencia derribando su capital. La capital es lo primero que toman sus enemigos para derrotar a las naciones.

Por eso, el Felón, en el Consejo de Europa, votó a favor de Frankfurt para ser sede de la Autoridad Europea de la Lucha contra el Blanqueo de Capitales y Financiación del Terrorismo. Al hacerlo, privó con ello de cuatrocientos puestos de trabajo a la ciudad que le vio nacer. Y los antiguos líderes del 15-M que integran su gabinete, chitón con todo su buen rollo, su solidaridad y su populismo.

Si sostengo que la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano es por cosas así. Cuando al Amo de la Verdad le hizo falta gente para formar un gabinete que odiase lo suficiente a Madrid y a su bandera como para tragar con eso y lo que hiciera falta, fue a buscar entre los más arribistas, del caladero del 15 M, a las lideresas que supieron descollar en el movimiento vecinal, a las que despuntaron en las llamadas “mareas ciudadanas” como lo hace una rabanera en una junta de vecinos.

El traído y llevado bien común no cuenta para nadie: solo les mueve a todos el rédito político que cada uno pueda sacar en cada ocasión, el liderazgo personal. El Enemigo de Madrid no dudó en abrir viejas heridas, que parecían cerradas, y arramblar con el espíritu de concordia que contuvo el sempiterno enfrentamiento de esas dos Españas, de las que, entre otras muchas, nos habla su dilecto Antonio Machado.

Los gobernantes sin otro afán que el poder no tienen ideología. Franco -cuyos últimos monumentos ha derrumbado esta gente que nos gobierna, única y exclusivamente por los votos que los educados por sus padres y sus abuelos en el odio a la España franquista le puedan aportar- no tenía ideario alguno. Recurrió al falangista, que interpretó como le vino en gana, para dotar a su régimen de cierta filosofía. Pero en el fondo todo se reducía a dos conceptos: prohibición y obligación. Lo que no estaba prohibido era obligatorio. El actual presidente del Gobierno, tampoco tiene ideología. Ni socialdemócrata ni progresista, nada de nada. Es el más arribista de su gabinete -por eso lo preside- y como cualquier arribista, también es un oportunista al que, en un momento dado, le vino bien aferrarse al discurso de la España plurinacional, de la diversidad de la nación.

Abomino en bloque de la Generación del 98 -si acaso me quedo con el Baroja que escribe sobre mi amado Madrid-; Unamuno alentó y aplaudió el fusilamiento del gran Francisco Ferrer Guardia, quien murió vitoreando a la Escuela Moderna. Abomino en bloque de la Generación del 98 porque, también en bloque, denostaban el cine, la manifestación cultural más importante del amado siglo XX. Con todo, hay un verso de Antonio Machado -el favorito de todo el 98 de ese izquierdismo rancio- ante cuya lucidez me rindo. Es aquel de Campos de Castilla (1912) que reza: “Madrid, Madrid, ¡qué bien tu nombre suena/ rompeolas de todas las Españas!”, el poeta -insisto- apunta aquí a la misma idea de Hemingway, ya aludida en la entrega anterior de estos artículos: Madrid es la quintaesencia de nuestro país.

Pues bien, para satisfacer sus ansias de poder, a falta de otra ideología mejor, el adorado entre eructos por la comentarista de RVTE play, además de a quienes supieron escalar entre los ingenuos del 15-M y el estalinismo residual, ha hecho suyo el ideario separatista de todos los nacionalismos que conspiran contra la unidad de España. Y para que las mareas independentistas fluyan –“mareas”, así en plural, es una de las palabras, o expresiones, favoritas de los nuevos movimientos sociales- nada mejor que acabar con el rompeolas.

(continuará)

 

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Javier Memba Thu, 07 Mar 2024 06:30:00 +0100
Elogio de la fotografía digital (y II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12295/elogio-de-la-fotografia-digital-y-ii/ (viene del asiento anterior)

Adquirí mi primera cámara digital -una Canon PowerShot A-540- en agosto de 2006. La calidad de sus imágenes, muy superior a las tomadas en 35 mm. y en 6 x 6, los dos formatos de los que me valí durante mis casi cuarenta años de experiencia analógica, y el hecho de no tener que revelar los negativos y ampliarlos para su positivado en papel, hicieron que el verano siguiente, el del 2007, me entregase a la fotografía digital.

Además de esa calidad superior, infinitamente superior de la imagen digital, todo lo concerniente al cuarto oscuro -una de las tareas a las que he dedicado más tiempo en mi vida, ya que hice del revelado del negativo y su ampliación en papel un auténtico desafío personal- quedaba suprimida con el nuevo procedimiento. La toma de vistas es igual tanto en la analógica como en la digital. Ciertamente, ahora lo normal es que todo sea automático, hasta el enfoque. Pero si el fotógrafo prefiere trabajar manualmente -opción que permiten la mayoría de las cámaras- deberá abrir o cerrar el diafragma y cambiar la velocidad de obturación para obtener uno u otro efecto en su vista. Exactamente igual que se hacía en los tiempos de Cartier-Bresson.

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Me costó admitir que aquel antiguo afán de superación en el revelado ya no tenía sentido. Por eso seguí trabajando con mi segunda Yashica, y la Polaroid con carcasa sumergible, hasta el año 2010. Para entonces, el tiempo y el esfuerzo que requería el cuarto oscuro me dejó de compensar. Con mi Canon podía hacer todas las fotos que me venían en gana -que no las treinta y seis del carrete de 35 mm. o las doce del de 6 X 6- y al volver a casa las visualizaba en el ordenador. Llegado el caso, incluso podía trabajarlas a mi antojo con mi Photoshop e imprimirlas, en mi impresora o en establecimiento correspondiente, para su enmarcado.

De esta manera, cuando en 2012, acuciado por unas nuevas estrecheces me vi obligado a vender mi laboratorio fotográfico -después de dos años de no tocarlo, algo impensable en el fotógrafo que fui- y mi Yashica Mat 124-G, la pérdida me causó menos dolor que el que hubiera imaginado cuando pude comprarme aquella réflex, de dos objetivos, merced a la bolsa de un premio de novela, que gané en el 85 en la discoteca El Sol.

Mi experiencia de cuatro décadas afanándome en el cuarto oscuro se había convertido en la tercera de las cosas en las que adquirí cierta pericia que no sirven para nada. Las otras dos, por este orden, son: un repertorio de unas quince o veinte canciones -Bob Dylan, Neil Young, Paul Simon…-, que aprendí a tocar a la guitarra en los años 70; y el manejo de la moviola -vertical y horizontal-, así como la carga de los proyectores cinematográficos, con los que me formé como técnico de montaje en los años 80, cuando aquella ya era una técnica con las horas contadas. Si señor, puedo jactarme de saber tres cosas inútiles.

Con todo fue tanta mi fijación con el 35 mm., tanto fílmico como fotográfico, que, al desprenderme de mi laboratorio, para seguir en contacto con mis negativos, empecé a digitalizarlos todos, desde los primeros tomados en el ya remoto año 75. Para entonces, había dejado de creer en el dogma del blanco y negro, y en el del revelado. Mis clichés eran Tri X, una de las mejores emulsiones en blanco y negro -el Agfapan 400 tampoco estaba mal-, porque yo mismo podía revelar las emulsiones en este cromatismo y entonces me interesaba controlar mis imágenes hasta su ampliación, hasta la copia final. Hoy se puede hacer eso mismo accediendo a un menú de la cámara o del procesador de imágenes con el que se trabaje en el ordenador.

En 2024, la fotografía en blanco y negro me parece una impostura. Es más, quitar el color a una foto, pues de eso se trata, al fin y al cabo, para darle cierto sentido artístico, me resulta un artificio semejante a esos tules y esas gasas, que se aplicaban en los años 70, cuando marcaba la pauta el bueno de David Hamilton y los fotógrafos más cursis querían parecerse a él.

Merced a un escáner comprado con anterioridad a las estrecheces del año 2012 -que positivaba los negativos directamente- digitalicé todos mis cliches de 35 mm. Para los de 6 x 6 me serví del escáner de la impresora. Dedicaba a esta nueva tarea todo el tiempo que me dejaban mis textos, mis lecturas y mi necesidad imperante de ver películas. Creo que tardé tres años. Pero al acabar, por primera vez en mi vida, pude jactarme de haber dedicado a todas las vistas tomadas entre 1975 y 2010 la mirada que requerían. Algo que, con las sempiternas prisas con las que revelaba, nunca me fue posible. Siempre de noche porque, al hacerlo en el mismo lugar donde escribo esto, solo conseguía algo parecido a la oscuridad al caer las sombras. Era fácil que después de una sesión de cinco o seis horas, sólo hubiese sacado tres o cuatro ampliaciones que mereciesen la pena.

En esas condiciones, desdeñé muchos fotogramas sin apenas mirarlos. Al cabo de los años, en no pocos de ellos descubrí tomas buenas que copié satisfactoriamente en los quioscos fotográficos que me salieron al paso. En aquella tarea comencé a valorar mis instantáneas -que según iba digitalizando colgaba en mi cuenta de Facebook y las subía a mis tres nubes- en detrimento de su pretendido sentido artístico, que antaño, unido a las prisas del cuarto oscuro, me hizo desdeñar tantos clichés. Algunos, incluso llegué a tirarlos.

Aquella digitalización fue la primera parte de la epifanía de esta técnica fotográfica a la que asisto. La segunda son esos recuerdos que mis tres nubes -One Drive, Movistar Cloud, Google Fotos- me mandan a diario de las fotos de ese mismo día tomadas a lo largo de los años. Como el sistema se rige por la fecha de subida a la nube en cuestión, una de las alegrías del día es abrir los correos -o las aplicaciones de las nubes en el ordenador o en el móvil- y encontrarme con las distintas vistas que tomé, en otro día como el que estoy viviendo, a lo largo de los años. En el menú desplegable de la “información” también se me ofrece la fecha de la carpeta, en la que obran en mi disco duro, que en las fotos digitalizadas se corresponden con el día exacto, del año más pretérito, en que tomé dicha vista. Como todos sabemos, en la fotografía digital esto no es problema porque las instantáneas se fechan automáticamente de un modo fidedigno.

 

Las nubes, además, me ofrecen la posibilidad de reunir álbumes con las distintas imágenes y todo, ya digo me resulta esa segunda parte de la epifanía digital: bien con la Canon, bien con el teléfono, hago más fotos que nunca. He acabado con el problema de almacenamiento, de los positivos y los negativos, que tenía. Y lo que, quizás sea lo más importante, veo mis imágenes con más facilidad y asiduidad que antes, cuando se me iba una tarde volviendo sobre las fotos de una época. Ya digo. Todo es epifanía, mi epifanía digital.

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Javier Memba Mon, 26 Feb 2024 15:45:00 +0100
Elogio de la fotografía digital (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12294/elogio-de-la-fotografia-digital-i/             El once de junio de 1997, cuando el francés Philippe Kahn tomó una instantánea a su hija con una cámara digital, valiéndose con posterioridad de su teléfono móvil para retrasmitir el archivo con la imagen de la recién nacida a su ordenador, debieron de ser muy pocos los que comprendieron que la fotografía había marcado un hito parangonable al del diez de agosto de 1839, cuando otro francés -Louis Daguerre- presentó el daguerrotipo. Considerada esta última fecha como la del nacimiento de la fotografía, lo cierto es que la primera imagen del natural, que quedó fijada, fue tomada por Joseph-Nicephore Niepce en 1816 con el título de Vista desde la ventana en Le Gras. Ya he escrito sobre ello, con todo el entusiasmo que el nacimiento de la fotografía me despierta, en uno de mis Nuevos momentos estelares de la humanidad, artículo al que remiten los dos primeros enlaces de este texto. Hoy, a lo que voy, es al dato de 1997. Ya tengo edad para decir que “soy viejo, pero no tanto como para haber asistido a los gloriosos días del nacimiento del octavo arte”.

El antepenúltimo verano del amado siglo XX aún me valía de mi Yashica Mat 124-G para tomar las vistas que me salían al paso. Enviado especial del diario El Mundo a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) -aquellos aún eran los años en que los cursos de verano capitalizaban la actividad cultural en los estíos-, fotografié la península de la Magdalena, su palacio y, algo, pero muy poco, la ciudad de Santander.

Tanto por lo escuchado en las aulas de la UIMP, como entrevistando a expertos en comunicación para el suplemento Campus -las páginas que el periódico dedicaba entonces todas las semanas a la escena universitaria, donde también colaboraba con asiduidad-, tenía cierta idea de lo que habría de ser la inminente revolución digital. Pero ignoraba por completo que el once de junio de aquel año hubo dos neonatas que trasformaron radicalmente la fotografía: una fue la hija de Khan al protagonizar aquella primera imagen que inspiró a su padre; la otra, el procedimiento de envío -la inclusión de la foto en el teléfono hablando en plata- que aquel retrato inauguró.

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Yo, como el común de los mortales, por otra parte, no me enteré de nada. Por no saber, incluso ignoraba que el cliché -que aún se llamaba con relativa frecuencia a los negativos veintidós veranos antes, en 1975, cuando mi menda los empezaba a revelar-, tenía las horas contadas. Era tanta mi ignorancia que, al final de aquel verano, como Cristina y yo no pudimos irnos a Formentera -mi corresponsalía en Santander nos lo impidió-, con el dinero no gastado en aquellas vacaciones, que no tuvimos, me compre mi tercera Yashica, una FX 3 Super. Volví con ella al 35 mm. formato que abandoné a finales de los 80, cuando las estrecheces de entonces me obligaron a vender mi primera Yashica.

A principios de siglo, los fotógrafos del periódico -sobre todo uno, los demás se mostraban tan reticentes como cualquier profesional de cualquier cosa con cualquier aficionado puesto a hablarle de su oficio- me anunciaban que la fotografía analógica tenía las horas contadas. Aun así, yo me compré dos Polaroid. La primera, porque venía soñando con una cámara instantánea desde aquel 1975 en que comencé a impresionar mis primeros clichés; la segunda, porque tenía una carcasa que permitía hacer fotos en blanco y negro, bajo el agua en Formentera, ejercicio al que me había aficionado con ciertas cámaras desechables que Kodak comercializaba entonces. Mi presupuesto de los primeros años 2000 era lo bastante holgado como para permitirme gastar una cantidad considerable en fotografía.

El problema entonces no era el dinero, como sí lo fue a finales de los años 80, el problema eran mis dogmatismos -el de la autenticidad de la instantánea, el del revelado, el del blanco y negro…- y el atrevimiento de la ignorancia. El problema era todo lo que me hacía aferrarme a la fotografía analógica sin saber que la digital, nostalgias aparte, iba a ser en todos los aspectos mejor, infinitamente mejor.

La historia de la fotografía es una continua sucesión de procedimientos para el revelado y la fijación de la imagen: el daguerrotipo dio paso al calotipo, después llegó el colodión húmedo… El negativo, la emulsión fotosensible de la que yo me serví para obtener mis imágenes desde el 75 hasta el 2008, no llegó hasta que Kodak empezó a comercializar sus primeros carretes en 1888. Pero, a comienzos del siglo XXI, la emulsión fotosensible ya había tocado a su fin. Estaba llamada a ser lo que es ahora: un procedimiento residual.

Yo aún me aferraba al popular Tri X, convencido de que las imágenes tomadas con un teléfono nunca lo superarían en definición cuando, de aquella anécdota que fueron los primeros teléfonos que hacían fotos, fabricantes de cámaras fotográficas tan prestigiosos como Leica, o de objetivos como Zeiss, comenzaron a colaborar con Sony, Nokia y el resto de las grandes marcas de telefonía móvil para que eso de hacer fotos con el teléfono dejase de ser una mera anécdota para pasar a convertirse en una auténtica democratización de la fotografía como nunca se había visto.

 

Ahora todo el mundo hace fotos y lo normal es hacerlas bien. Esas tomas desenfocadas, sub o sobrexpuestas, con los encuadres descompensados o carentes de definición, que otrora menudeaban en los álbumes de tantos particulares, ya no se ven en las redes sociales, esas exposiciones universales -en toda la extensión de la palabra que tanto estimo-. Cierto que no falta quien no tiene ningún problema en subir a Facebook o a Instagram una foto mala como las de antes. Pero no es la tónica general. Hay un ejemplo muy gráfico sobre el particular. Quienes recuerden aquellos retratos de grupo, que se tomaban en aquellos estudios fotográficos de la vieja España para los carnés de familia numerosa recordarán la seriedad -cuando no cara de susto- con la que posaban tanto los padres como los hijos. Compárese con el desparpajo con el que se posa para los selfis, esas autofotos que son todo un icono de nuestros días, y sáquese la conclusión sobre cómo ha cambiado la percepción de la fotografía desde que yo empecé a interesarme por ella hasta hoy. Esa democratización se debe a los teléfonos que hacen fotos. Algunos dotados con cámaras Leica y objetivos Zeiss.

(continúa en el asiento siguiente)

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Javier Memba Sat, 24 Feb 2024 18:45:00 +0100
La bandera de Madrid (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12293/la-bandera-de-madrid-i/             Hace más de cuarenta años que recelo de la obra de Ernest Hemingway. Si he de ser exacto, desde que en 1983 terminé mi lectura de París era una fiesta (1964), publicación póstuma pues él mismo era consciente de las ampollas que iba a levantar. Con todo, esas memorias de juventud en aquel París fascinante que sucedió a la Gran Guerra, el de la Generación Perdida, donde el escritor fue “muy pobre y feliz” a mí siempre me ha interesado mucho más que la manida Por quién doblan las campanas (1940) o El viejo y el mar (1952) que, de puro buenrollista -es decir, sensiblera-, se me antoja poco menos que naif.

Más que de la bibliografía, de lo que yo recelo es del personaje que el propio Hemingway se creó: el del ególatra bravucón. Su culto a la aventura, a la acción, me carga como el Hollywood de nuestro infausto tiempo, que es como una canción con mucho ritmo, pero carente de melodía.

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Sin embargo, de lo que más dudo es de su postura respecto a España. Su complicidad con el más abyecto estalinismo quedó de manifiesto cuando el futuro premio Nobel, en el Madrid de la Guerra civil, defendió a los agentes soviéticos que asesinaron a José Robles, quien fuera traductor al español de mi dilecto John Dos Passos, con la vehemencia que se defienden los asesinatos políticos. Y fue tanto el arrebato, con el que Hemingway justificó a los sicarios españoles del Kremlin, que supuso el fin de la fraternal amistad que, hasta entonces, le había unido a Dos Passos. Si sólo hubiera sido eso, no hubiera hecho falta tener siquiera noticia de la simpatía que sintió por Fidel Castro para darle por un estalinista convencido, uno más, de los muchos que conoció el panteón de las letras del siglo XX.

Con todo, hay otro dato que me lleva a pensar que, en el fondo, el autor de Adiós a las armas (1929) fue todo lo contrario en el Madrid de la guerra: un quintacolumnista al servicio de los alzados. Y no es porque titulase así precisamente -La quinta columna (1937)- su única pieza teatral. Es porque eso es lo que parece desprenderse de la deferencia y las efusiones con las que le recibió en la frontera, en 1953, la guardia civil, cuando volvió a los sanfermines, ya en la España franquista. El propio Hemingway, que no se esperaba la bienvenida, recordó en más de una ocasión que, uno de los agentes que estaban a cargo del puesto fronterizo, se reconoció como un entusiasta lector suyo.

Estalinista o quintacolumnista, fuera lo que fuese Hemingway, a lo que voy en estas líneas es a su amor por Madrid, que, al cabo, a mi juicio, está por encima de cualquier otra consideración. En Muerte en la tarde (1932), la primera de sus obras dedicadas a la tauromaquia, escribe:

“Madrid, en cualquier caso, es un sitio curioso. No creo que llegue a gustar a nadie cuando se va por primera vez. No tiene la catadura que uno espera va a tener España. No es pintoresco, es más moderno que pintoresco, no hay trajes regionales, no hay sombreros cordobeses, como no sea en la cabeza de algunos chalados, no hay castañuelas ni esa repugnante farsa de las cuevas de gitanos de Granada, por ejemplo. No hay en la ciudad un solo lugar de color local para los turistas. Y, sin embargo, cuando se conoce Madrid, es la ciudad más española de todas, la más agradable para vivir, la de gente más simpática, y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Las otras grandes ciudades son grandes ciudades típicas de provincias, andaluzas o catalanas, vascas o aragonesas o de cualquier otro sitio. Sólo en Madrid se encuentra la esencia. Y la esencia, cuando realmente es la esencia, puede estar contenida en una botella de vidrio ordinario, no hacen falta etiquetas fantásticas; no hacen falta en Madrid trajes folklóricos”.

Leo, y cito, a menudo este texto. Siempre que tengo que escribir sobre mi amada ciudad vuelvo a él una y otra vez. Al seguir avanzando entre sus frases, la emoción me embarga cuando leo: “Aunque Madrid no tuviera más que su Museo de El Prado, valdría la pena de ir a pasar allí un mes todas las primaveras, si uno tiene dinero suficiente para pasarse un mes en una capital -recuérdese que escribe para estadounidenses-. Pero cuando se puede tener al mismo tiempo El Prado y los toros, con El Escorial a dos horas apenas al Norte y Toledo al Sur, con una buena carretera que os llevará a Ávila y otra buena carretera que os llevará a Segovia y, a un paso de Segovia, La Granja, se experimenta realmente una pena muy grande pensando que, al margen del problema de la inmortalidad, será preciso morirse algún día y no volverlo a ver”.

El pasado treinta y uno de enero hizo cuarenta años que se izó por primera vez la bandera de Madrid. Cuando, merced a la Constitución de 1978, se organizó una nueva división territorial de España, hubo que buscar un acomodo a la capital. Según la partición territorial de Javier de Burgos (1873), en regiones y provincias, que más o menos se mantuvo hasta 1978, Madrid -la capital- era provincia de Castilla la Nueva. Merced a la carta magna del 78, atendiendo a las inquietudes de las llamadas comunidades históricas, para no agraviar a ningún territorio, se decidió que todos quedasen adscritos a alguna comunidad autónoma, atendiendo, más o menos, a alguna tradición secular. Madrid, aun siendo la esencia de todas las regiones de España -como con tanto acierto señala Hemingway-, y quizás por eso, no pudo adscribirse a ninguna en concreto de las nuevas demarcaciones. Se decidió entonces que se constituyese en su propia comunidad. Lo que, en efecto, se produjo en 1983.

Así las cosas, el primer presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina -un buen madrileño, aunque nacido en Cantabria; como también lo fue Hemingway, otro buen madrileño, aunque oriundo de Illinois (EE UU)- dispuso que se dotara a nuestra comunidad de los símbolos correspondientes. “Yo estaba en el medio:/ giraban las otras en corro/ y yo era el centro. / Ya el corro se rompe,/ ya se hacen Estado los pueblos,/ y aquí de vacío girando/ sola me quedo”, rezan las primeras estrofas del himno de mi amada ciudad -comunidad, quiero decir-, un poema del filósofo y lingüista Agustín García Calvo que, aunque expresa mucho mejor de lo que nunca podría hacerlo yo cómo quedó Madrid cuando se puso en marcha el estado de las autonomías, debo reconocer que me era totalmente desconocido hasta que me he puesto a buscarlo para la redacción de este texto.

La bandera es otra cosa. Aunque particularmente sigo creyendo -por esa esencia a la que se refiere Hemingway y porque la juré dos veces-, que la verdadera bandera de Madrid no es otra que la de España. Entonces, cuando en mi infancia y mi juventud juré la enseña de mi país, en Madrid había pabellones municipales y provinciales, pero nada más. Leguina, con muy buen criterio, consciente de la inferioridad en que quedaba Madrid en la España de las autonomías, dispuso que se buscase la argumentación precisa para el estandarte de nuestra comunidad. Y otro poeta, éste además periodista, Santiago Amón, estuvo al cuidado de la definición. “Cada una de sus estrellas representa a las correspondientes estrellas principales de la constelación de la Osa Mayor, que se recorta sobre la sierra del Guadarrama, dominando de esta manera el cielo de las tierras que formaban el antiguo Concejo madrileño, creado en tiempos de la Reconquista y que abarcaba el territorio situado al sur de dicha sierra, hasta alcanzar el río Tajo”, sostiene Josefa Otero Ochaita en el primer volumen de su Aproximación histórica a la Comunidad de Madrid *

Respeto y me descubro ante todos esos argumentos, aunque para mi Madrid es la Plaza de los Mostenses -tan lejana de la Osa Mayor- en cuyo nuevo urbanismo -descubierto con emoción ayer mismo- verifico el paso del tiempo por el amado Foro, que llamábamos a Madrid sus incondicionales en mi juventud. Éramos como aquellos parisinos que llamaban Paname a la Ciudad de la Luz. En fin, verificada con mirada melancólica la nueva plaza de los Mostenses, concluyo que me emociona tanto como la de hace cincuenta y muchos años, cuando la hice mía siendo un niño maravillado con su mercado: aquellos puestos y aquel almacén de CB Films, al que iba tímidamente a pedir programas de mano, y entre los de otras cintas sobre las que he escrito largo y tendido, una vez me obsequiaron el de Besos robados (1958), del gran Truffaut.

Pero Madrid, al ser la quintaesencia de la España eterna, vino a menos con la puesta en marcha de la España de las autonomías, en la que se vio atrapado sin más nacionalismo histórico que el español, que, como con tanto acierto apunta Hemingway, acrisolaba como ningún otro lugar de nuestra geografía. Por no hablar de ese parnaso, de ese Olimpo, que es en mi mitología personal.

Y es hoy, con un gobierno de la nación que agravia sistemáticamente a todas las comunidades en beneficio de dos, para que un perdedor sin escrúpulos siga presidiéndolo, cuando la Comunidad de Madrid, con mi amada ciudad a la cabeza, es materia de derribo por parte del Gabinete. Nada más lógico considerando que, por motivos espurios, esta gente que nos gobierna -que debería levantarse y descubrirse cada vez que osase mencionar a mi ciudad- se ha propuesto llevar la política de las autonomías hasta sus últimas consecuencias y éstas no son otras que hacer de España una suerte de commonwealth sin capital.

“No te sofoques, camarada. Otro día te hablaré del caos”. Escribió, también, Agustín García Calvo.

(continúa en el asiento del 8 de marzo)

 

 

 



*Comunidad de Madrid, Consejería de Educación y Cultura, Dirección General de Educación. Madrid, 1994.

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Javier Memba Thu, 08 Feb 2024 03:30:00 +0100