El insolidario - Blog de Javier Memba http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/ Thu, 23 Sep 2021 00:40:05 +0100 FeedCreator 1.7.2 Que la tierra le sea leve a Jean-Paul Belmondo http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12212/que-la-tierra-le-sea-leve-a-jean-paul-belmondo/                    Cuando Godard lo descubrió en un escenario y le convirtió en protagonista de su cortometraje Charlotte et son Jules (1958), Jean-Paul Belmondo ya tenía la nariz rota a consecuencia de su efímera experiencia como boxeador. Pese a que en los montajes teatrales en los que participaba siempre daba vida a personajes secundarios, el realizador, tan intuitivo como genial, vio en Belmondo al que habría de ser el más típico de los antihéroes presentados por la Nouvelle Vague.

                   Hijo rebelde del prestigioso escultor Paul Belmondo, el futuro actor vio la luz por primera vez en Neully-sur-Seine (París) el 9 de abril de 1933. Estudiante en el Conservatorio parisino antes de participar en giras teatrales que le llevan a provincias, ya en su debut en la pantalla interpretaba un célebre monólogo en el que se encuentra el origen de Michael Poiccard. Colaborador, a raíz de aquel trabajo, de algunos representantes del "cine de papá" -Marc Allégret (Una rubia peligrosa, 1958), Marcel Carné (Les tricheurs, 1958)-, que llamó el gran Truffaut, con un injusto despreció a la pantalla francesa que se aplaudía entonces, el nuevo cine que fue la Nouvelle Vague vuelve a reclamarle en la persona de Chabrol, quien le incluye en el reparto de Una doble vida (1959).

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                   Pero será con su descubridor con quien Belmondo protagonice la mejor cinta de toda su filmografía: Al final de la escapada (1960). Concebido a imitación del Jean Gabin de El muelle de las brumas (1938), aunque en sus tics abunden las referencias explícitas a Humphrey Bogart, Poiccard -el personaje en cuestión- es a la vez el mejor representante del joven de su tiempo. Encarnado con una frescura y una espontaneidad inusitadas, Belmondo no tarda en convertirse en la primera estrella masculina de la Nouvelle Vague.

                   Reclamado por de Sica -Dos mujeres (1960)-, vuelve a colaborar con Godard en Une femme est une femme (1961) y Pierrot, el loco (1965). Su absoluta falta de retórica, radicalmente opuesta a la interpretación al uso en el cine de qualité, le convierte en la mejor imagen masculina de la nueva pantalla. Entre medias, tiene tiempo para participar en tres colaboraciones con el gran Jean-Pierre Melville: Léon Morin, prêtre (1961), El confidente (1962) y El guardaespaldas (1963). Las dos primeras son dos obras maestras absolutas.

                   Pero la espontaneidad interpretativa no tardará en verse sacrificada en aras de los imperativos comerciales. Mediados los años 60, Belmondo ya es una de las estrellas más rutilantes del cine francés. No tardará en llegar a ser el mejor junto a Alain Delon. De ahí que, en 1970, Jacques Deray realizase Borsalino para el lucimiento de los dos.

                   Y en ese estatus, que podría definirse como de estrella dinámica, se mantuvo hasta el final de su filmografía. Frecuentó un polar semiparódico -Yo impongo mi ley a sangre y fuego (Georges Lautner, 1979), El profesional (George Lautner, 1981), El marginal (Jacques Deray, 1983)- que solía escorarse hacia la parodia antes que hacia el thriller. Eso sí, debía de dar mucho dinero. Incluso se estrenaba en la cartelera comercial española cuando el gran cine francés, si es que llegaba, ya se distribuía en el circuito de la versión original.

                   Pero no es menos cierto que, desde que lo crematístico comenzó a primar en su filmografía, Belmondo siempre encontró tiempo para participar en algunas de las deliciosas comedias de Philippe de Broca -Las tribulaciones de un chino en China (1965), Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo (1973)- que, siendo un niño, aún ajeno al culto cinéfilo, yo veía con sumo agrado en los cines del madrileño paseo de Extremadura.

                   Con el gran Truffaut, Jean-Paul Belmondo se estrenó tarde. Eso sí, lo hizo en una cinta del calibre de La sirena del Mississippi (1969). Para Alain Resnais, el más genuino representante de lo que los estudios más rigurosos sobre la Nouvelle Vague fueron a llamar la Rive Gauche, protagonizó Stavisky (1974), la historia de un estafador, sobre un libreto de Jorge Semprún.

                   Cuánto buen cine nos brindó Jean Paul-Belmondo. También quiero recordarle en Gracias y desgracias de un casado del año II (1971), espléndida comedia de Jean-Paul Rappeneau ambientada en la Guerra de los Chuanes, la que asoló la primera república francesa en el segundo año de su revolución. Durante su rodaje, el gran Belmondo, conoció a Laura Antonelli, su gran amor de los años 70. Aún la recuerdo, en la pantalla del Real Cinema, sentada en su montura como una amazona, cabalgando contra la república.

 

                   Ni Belmondo ni el Real Cinema, ni Laura Antonelli. No queda nada de aquella cartelera que, incluso antes de ser cinéfilo, tanto amé. Que la tierra le sea leve al inolvidable actor que incorporó a Michael Poiccard.

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Javier Memba Mon, 06 Sep 2021 20:15:00 +0100
Que la tierra le sea leve a Mikis Theodorakis http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12211/que-la-tierra-le-sea-leve-a-mikis-theodorakis/             Yo también admiré a Mikis Theodorakis, básicamente por sus scores para la gran pantalla. Tras la noticia de su óbito, sirvan estos apuntes -extraídos de un texto antiguo, no impreso y de mayor extensión- de tributo a uno de los grandes músicos del siglo XX.

            Además de haber nacido en el mismo año -1925- son muchas las concomitancias que se registran entre la biografía y la obra de Mikis Theodorakis, el otro gran nombre del paquete griego, y Manos Hadjidakis. Ambos fueron autodidactas, ambos trabajaron con Jules Dassin y Georges Moustaki y la inquietud por difundir la música popular helena es la misma en los dos compositores. Pero en Theodorakis tuvo una mayor resonancia habida cuenta de su compromiso político, muy en la línea del que en los años 30 exaltó a Maurice Jaubert.

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            En efecto, el mismo año que el mundo entero bailaba el sirtaki de Zorba, el griego (Michael Cacoyannis, 1964), Theodorakis, su autor, era elegido diputado por el partido Lambrakis Democratic Youth, que él mismo había fundado. Hombre muy significado políticamente, cuando en abril de 1967 se produjo el golpe de estado del coronel Papadopoulos, la música de Theodorakis fue prohibida y el compositor y su familia, internados en un campo de concentración. Para el músico la experiencia no era nueva. Adolescente aún, cuando los alemanes invadieron su país, se echó al monte con la resistencia y fue detenido y torturado.

            La liberación de su segundo cautiverio fue gracias a la presión ejercida, entre otros, por Leonard Bernstein. Una vez desterrado, se convirtió -junto con Melina Mercouri, que corrió su misma suerte- en el adalid del exilio griego. Esa fue la causa de que colaborara con otro de sus paladines, Konstantin Costa-Gavras en Z (1969), todo un puntal del cine de denuncia, al que Theodorakis volverá en Estado de sitio (Konstantin Costa-Gavras, 1972) y Actas de Marusia (Miguel Littin, 1976).

 

            Paralelamente a su compromiso político y a su actividad como compositor de bandas sonoras, Theodorakis desarrolla una ingente labor como autor de canciones, siempre enraizadas en el folclore de su país, que le lleva a escribir temas tan populares como Agapi mou o Kaimos. La primera fue uno de los grandes éxitos de Ana Belén, Kaimos lo fue de la italiana Iva Zanicchi, quien también tradujo a la lengua de Petrarca Unchained melody, otras de las grandes canciones que un músico de la pantalla, Alex North, aportó a la banda sonora del siglo XX. Pero estamos con Theodorakis. Que la tierra le sea leve a este gran compositor, referencia obligada del amado siglo XX.

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Javier Memba Thu, 02 Sep 2021 21:30:00 +0100
Una gran novela de Brian Aldiss http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12209/una-gran-novela-de-brian-aldiss/             Tengo constancia de una primera edición española de Frankenstein desencadenado (Brian Aldiss, 1973) editada por Minotauro en 1990. Pero aún no he tenido oportunidad de leerla y, tras lo halagüeña que ha sido la lectura de Drácula desencadenado (1990), ya empiezo a tener ganas de dar cuenta de esa primera entrega de lo que me permitiré llamar el díptico de Joe Bodenland. Sí vi -¡faltaría más!- la adaptación a la pantalla, llevada a cabo por el gran Roger Corman, también el año 90, cuya distribuidora española tuvo a bien traducir el título de Corman, que conservó el de la novela original, como La resurrección de Frankenstein. Ellos, los responsables autóctonos de su distribución, sí que no debieron ver la película ya que, en sus secuencias, Frankenstein no resucita, como -creo recordar- sí lo hacía en alguna de las delicias del gran Terence Fisher para la Hammer. En líneas generales, lo que ocurre es que Bodenland viaja desde nuestros días a las gloriosas jornadas de Villa Diodati, tiene un lío con la gran Mary Shelley -entusiasta del amor libre- e intenta acabar con los crímenes que la abominación del barón lleva a cabo en la primera parte de la novela. Aunque el viajero del tiempo de Corman -interpretado por John Hurt- responde al nombre del Buchanan, la documentación que sí he podido leer sobre la novela original sostiene que también es Bodenland.

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            En esta ocasión, en esta vuelta a Drácula, Bodenland -prominente científico y empresario de la Dallas de 1999- acaba de celebrar la boda de su hijo Larry con Kylie. Eso es lo que hay cuando el profesor Bernard Clift, quien se afana junto a sus alumnos en unas excavaciones paleontológicas en el desierto de Utah, buscando restos del periodo carbonífero en una falla pedregosa, le llama asegurando que han dado con algo sorprendente.

            Antes de entrar propiamente en materia, lo que se hace con la noticia de los dos extraños ataúdes a los que se refiere Clift -y los cadáveres de sendos humanoides que guardan-, Aldiss echa una mirada ácida a las costumbres de la burguesía finisecular estadounidenses: alcoholismo, pérdida de valores -los divorcios se presentan como un alegre jalón en una biografía. Verbigracia, los de Elsa Schatzman (pág. 25), quien va por el tercero y ocupa la secretaría de estado del Departamento de Medioambiente de Washington. No volverá a salir en toda la novela más que en esa primera y única vez, con motivo de una visita que hace a la fábrica de Bodenland.Pero su descripción me ha resultado el paradigma de esa crítica a la burguesía a la que me refiero. Nada nuevo por otro lado. Lo nuevo sería dar con una novela que exaltase a la burguesía. Por no hablar del deseo sexual que su joven nuera despierta en Bodenland

            Lo que sí es nuevo es la reinterpretación del mito del no muerto. Los vampiros, aquí los voladores, son una suerte de demonios -el debate entre el bien y el mal es otra de las constantes de la pieza- que tienen en Drácula a su cruel caudillo. La especie se remonta a los días de los grandes saurios. De entre estos, algunas especies herbívoras, a las que pastoreaban, fueron su primer alimento. Así pues, los voladores, que tienen su origen 65 millones de años atrás, son una especie anterior a los humanos. No quiero aventurarme a dar fechas, máxime considerando que la ciencia ficción lo es precisamente porque los datos, aparentemente rigurosos o técnicos, basta con que sean verosímiles. Pero, con todas las cautelas que la afirmación requiere, he creído entender que los voladores son anteriores a la formación de la Bahía de Hudson. Aldiss nos los presenta como la evolución de un depredador alado de sangre fría que vivió en las verdes llanuras del mesozoico (pág. 223).

            Tras descubrir que los dos humanoides encontrados en la fosa de las excavaciones no están tan muertos como parecía, Bodenland y Clift acaban yendo a parar al tren del tiempo. Bodenland, creador de una máquina capaz de detener la entropía, también lo será de ese tren prodigioso, que puede viajar a través de los años y las eras. Pero lo será en lo venidero y él lo ignora. No así Drácula quien por eso precisamente, le deja con vida cuando puede matarlo. Gracias a su máquina del tiempo, los voladores viajarán entre las épocas. Drácula intenta razonar con Bodenland. Puesto a dar noticia de ello, el autor lleva a cabo una exaltación del individualismo -"Tuvo que haber una época en que la individualidad apareciese para iluminarlo todo (la individualidad es el rasgo que diferencia a la humanidad incluso de los mamíferos más desarrollados)" (pág. 174)- que aplaudo y comparto.

            En ese mismo trance con Bodenland, Drácula le recordará que fue él, con su magnetismo, en uno de los transportes que procura, quien hizo que se le ofreciese su nuera. Drácula, en fin, convertido en ese seductor, que es en su forma más frecuente en las películas y en las novelas, será quien chupe la sangre a la señora Bodenland. Y no es baladí que ella responda al nombre de Mina. El conde precisa del tren del tiempo para seguir reuniendo a los vampiros de todos los siglos y acabar de una vez por todas con los humanos. Bodenland, quien considera a los voladores "criaturas frustradas, extinguidas de la naturaleza al igual que los grandes herbívoros" no se dejará convencer por el conde (pág.227).

            Desde la nota preliminar, donde se nos habla de una edición de Drácula posterior a la muerte de Stoker, empero firmada por éste, se nos está anticipando que una buena parte de la narración va a tener lugar en los días del autor de Drácula (1897). Como la primera entrega del díptico de Bodenland la tuvo en el verano de Villa Diodati. Ya muerto entre crueles torturas Clift, nuestro protagonista viaja a la Inglaterra victoriana. Renfield, como en la novela original, es un alienado que come insectos en busca de sus pequeñas vidas y espera la llegada de su señor alabándole en la celda del psiquiátrico donde está confinado. El sanatorio es una casa contigua a la de los Stoker y el novelista le visita en busca de datos. En la propuesta de Aldiss, Van Helsing es el médico de Stoker y le está tratando de una sífilis galopante. Muy por el contrario, está completamente solo cuando el vampiro decide darle muerte. Puesto a describir el atuendo del conde en ese momento, el autor escribe la que, a fe mía, es la frase más hermosa de todo el texto: "A veces la muerte llega con aspecto de payaso" (pág. 173).

            Lo que más me ha sorprendido de esta recreación del mundo de Stoker, es que nos presenta al autor de Drácula como todo un lord victoriano. Nunca lo imaginé así. Antes, al contrario, se me antojaba un tipo sin muchos recursos económicos, como tiendo a imaginar a los representantes de actores y a los escritores. Estaba equivocado. Sin duda influido por la antipatía que me inspira el autor de Drácula, nunca me había detenido en una lectura en profundidad de su biografía. Resulta que provenía de una familia burguesa y, más que representante del actor Henry Irving, era su secretario particular y gerente de un teatro de Londres. En fin, el Stoker de Bodenland es todo un gentleman del imperio británico y como tal, un clasista que se niega a que su jardinero, Spinks -quien le acompaña en el viaje en el tren del tiempo que realiza con nuestro protagonista- brinde junto a ellos por la muerte de los voladores. Sutilmente, como son las mejores críticas, Aldiss se muestra igual de escéptico ante los burgueses victorianos que ante los de la Norteamérica finisecular. Pero no le mueve la crítica social. Los suyo es la ciencia ficción y esta es una de las mejores novelas del género que he leído en los últimos años.

            Antes de que eso ocurra, Bodenland habrá de convencer a Stoker de la existencia de los vampiros y de lo necesario que es enmendar su historia desde el comienzo. El capítulo XI me ha llamado la atención por sus elipsis. La narración avanza de forma admirable. De un párrafo a otro se nos lleva a otro lugar y otro momento de un viaje hacia el futuro. Corre el año 2599. Son los días del Imperio del silencio. La humanidad, la que aún no ha sido sojuzgada por los vampiros, se ve reducida a la que vive en el desierto de Libia. Creo entender que, por ser un lugar a fuer de luminoso, menos propicio para los voladores. Más eso tampoco es del todo cierto.

            Sí lo es que el verdadero viaje es el que lleva a Bodenland, su nuera y su hijo, junto a Stoker y su jardinero, al mesozoico. Allí, los humanos harán estallar la bomba F, el mayor de los ingenios atómicos ideados en Estados Unidos en la llanura donde se juntan los voladores y su alimento. Nuestro protagonista está convencido de que la misión ha sido un éxito porque, uno de los accidentes geológicos de la bahía de Hudson de nuestros días, es un efecto de la deflagración que provocaron en su viaje al mesozoico. La bomba F también habría sido la causa de que se extinguiesen los grandes saurios.

 

            Sin embargo, cuando Spink -quien con mucho acierto se quedará a vivir en el siglo XX- recuerda a Bodenland que, a lo largo de su misión se han encontrado con algunos voladores que no padecían la clásica fotofobia, el creador del tren del tiempo admite que pudiera ser que, algunos vampiros, sobreviviesen a la explosión de la bomba F y perdieran el miedo a la luz tras resistir el poderosísimo resplandor que provocó la deflagración. Así pues, volvemos al mismo punto en que nos encontrábamos al principio. Aunque sin Clift, la única víctima de los voladores a la que no se resucita en el último capítulo. Aquí, la fotofobia de los no muertos, tampoco es tanta como cuenta el mito. 

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Javier Memba Sat, 28 Aug 2021 05:45:00 +0100
Un Lefranc digno de le Carré http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12208/un-lefranc-digno-de-le-carre/             Considerando lo variados que son los avatares de los protagonistas de las grandes series de la bande dessinée, no debería sorprenderme que en El niño Stalin -la entrega de Lefranc del año 2013- este otro gran periodista del cómic belga resulte más próximo a la gente de Smiley, los agentes del Circus -la organización del servicio de inteligencia británico de las novelas de John le Carré-, que de esos grandes reporteros de la viñeta francófona: Ric Hochet Fantasio, también Spirou -tras ascender de su empleo original como botones, al comienzo de la serie, a reportero free lance de las entregas posteriores- y, por encima de todos ellos, el magisterio de Tintín.

            En efecto, el infatigable reportero de Le Petit Vingtième también se las vio con esa alegoría del estalinismo, que es la Borduria de Plekszy-Gladz, cuyo parecido con El zar rojo es sobresaliente en la estatua de Szohôd, la capital bordura que se nos muestra en las viñetas de El asunto Tornasol (1956).

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            Ya puesto a recordar las veces que el Noveno Arte ha aludido al estalinismo sin alegorías ni contemplaciones, me ha venido a la cabeza Partida de caza (1981) de Enki Bilal sobre un guión de Pierre Christin -una de las obras maestras del cómic de los 80- y los Cuadernos ucranianos (2011), del italiano Igort. Los Cuadernos rusos (2014), de este mismo autor, no los he podido leer aún.

            De momento, he acabado de dar cuenta de la entrega vigesimocuarta de las aventuras de Lefranc con tanto agrado como sorpresa. Bien es cierto que su asunto -un clon de Stalin- me ha recordado el de Los niños del Brasil (1978), la película de Franklin J Schaffner sobre un clon de Hitler. Pero hasta cierto punto me ha parecido que Thierry Robberecht (guión) y Régric (dibujo) han llevado a cabo un ejercicio de equidad al dotar al único asesino parangonable con el del Reich de los mil años, con un supuesto clon creado por sus fanáticos. Por lo demás, la labor de Jacques Martin -fallecido en 2010- en estas páginas, no va más allá de esa mención a su nombre en la portada, como creador original del personaje que fue.

            Ya desde el comienzo, con la desaparición de un eminente genetista soviético recién acaba de mandar a su camarada chofer a comprar vodka para una cena en la dacha, esta historieta parece una novela de le Carré. En sus viñetas, Lefranc forma parte de un grupo de periodistas y escritores occidentales, invitados por las autoridades soviéticas a conocer la URSS. Entre sus compañeros de viaje hay un inglés, que bien podría ser un hombre de Smiley, Byrne, encargado de coger un dosier llamado "Hermanito" que le entrega una científica soviética, Paulina Tikhonov. Un comunista francés que viaja entre los periodistas, Debaussy -espía al servicio de Moscú-, se da cuenta de la operación y pone sobre aviso a la seguridad del estado soviético. Cuando Byrne muere torturado por los estalinistas y Paulina es enviada a Siberia, Lefranc, como era previsible, ocupa su lugar.

            El clon de Stalin no es más que un adolescente cuando muere El zar rojo. Aunque ya a punta maneras en la crueldad y perversión del original, el joven muestra una fisura por la que asoma un rastro de humanidad. Y allí está Guy Lefranc para ayudarle en la huida a Occidente.

 

            Capturado por los estalinistas, Lefranc pasará un par de meses en sus prisiones. Al cabo, será liberado en un canje de prisioneros llevado a cabo en un puente entre Potsdam y Berlín. Occidente, a cambio, entregará a Debaussy. Incluso el final es digno de una novela de le Carré. 

Una última postilla: Ese fax, del que se habla en la últioma viñeta de la segunda fila de la página 28, es un anacronismo. El fax, tal y como ahora lo conocemos, se popularizó en los años 80, no en los 50 en los que estña ambientada esta historia.

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Javier Memba Fri, 13 Aug 2021 23:45:00 +0100
Nueva comunión con el universo de Blake y Mortimer http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12206/nueva-comunion-con-el-universo-de-blake-y-mortimer/  

            En los seis años que han pasado entre mi lectura de La onda Septimus, en la primavera de 2015, y esta de estos días de El grito del Moloch, he tenido tiempo de descubrir la valía como guionista de Jean Dufaux en una buena parte de la serie Djinn y alguna que otra propuesta. Verbigracia, las aventuras de Lucius Murena, de las que sólo he tenido oportunidad de leer los dos primeros álbumes. Que me hayan sabido a poco es la demostración de que me han interesado de veras. No hay duda de que estamos ante uno de los grandes guionistas de la bande dessinée (BD) de nuestro tiempo.

            Belga como Hergé, Jacobs y de Mor. Dufaux -quien salvo error u omisión nunca ha dibujado- es un escritor diverso como el alsaciano Jacques Martin, quien inevitablemente -luego de haber sido el tercero de los grandes discípulos de Hergé- concibió tantas series que acabó dedicándose únicamente a los libretos. Desde que supe que el creador de Alix y Lefranc terminó sus días ciego, tiendo a pensar que Martín pudo haber ido perdiendo la vista paulatinamente, que, a medida que las sombras iban nublando sus ojos, se fue dedicando más a los guiones. Un texto, se puede dictar o grabar en un magnetófono para que alguien lo transcriba. Ese fue, sin ir más lejos, el método de trabajo seguido por Marcel Allain, uno de los creadores de la otrora célebre serie de novelas policiacas de Fantômas. Una ilustración no se puede dictar de ninguna manera.

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            Pero, de momento, estamos con Dufaux. De todos los álbumes por él escritos que he leído, los que me han calado más hondo son la serie Dixie Road, unas aventuras que nos trasladan, y además brillantemente, a la América de la Gran Depresión, la que John Steinbeck nos describe en Las uvas de la ira (1939). Cuatro álbumes brutales, como sin duda fue la vida de aquellos infelices, "okies" los llamaban, aquellos que recorrían los Estados Unidos de costa a costa en busca de trabajos temporales. En medio de ese mundo despiadado de los parias de la Gran Depresión, la mujer que protagoniza la serie, Dixie Jones, va en busca de su marido.

            Como mi descubrimiento de ella fue en la infancia, tiendo a pensar que la actual BD es una lectura infantil y hace décadas que dejó de serlo. Seguramente, de haber considerado estas viñetas como esa lectura de adultos que hoy son, Dixie Road no me hubiera impactado tanto como me satisfizo. No es frecuente ver tanta violencia. Mi siempre admirado John Ford, que retrató ese mismo mundo en Las uvas de la ira -su magistral adaptación de Steinbeck- y en La ruta del tabaco (1941) se muestra mucho más comedido.

            Ahora bien, como comunión con uno de los escenarios más frecuentes de la narrativa estadounidense del siglo XX, Dixie road me pareció todo un ejercicio de estilo. Como también lo es, para los grandes autores de la BD actual dibujar una aventura de Blake y Mortimer dentro de esa prolongación de los títulos debidos a Jacobs, los que habrá que ir empezando a considerar los álbumes canónicos. Étienne Schréder ya es todo un veterano en estas lides. Llegó a ella en 2010, colaborando con Antoine Aubin en el entintado de La maldición de los treinta denarios. También con Aubin dibujó La onda septimus mientras que en La vara de Plutarco -aunque no aparece acreditado en la portada- colaboró con André Juillard, sin duda otro de los grandes de la BD.

            En esta ocasión, se une al equipo Christian Cailleaux, quien, aunque nuevo en la serie, viene avalado por una publicación en Casterman en 2004, Les imposteurs. Cualquier amante de la BD convendrá conmigo que haber colaborado con la editorial original de las aventuras de Tintín es suficiente para despertar el interés, como poco, de todos los amantes del cómic belga.

            Aunque he echado de menos a la señora Benson en las viñetas del apartamento de Park Lane, no se me ha pasado por alto el homenaje a El secreto del espadón, cuya primera edición se subasta en la primera viñeta de la segunda fila de la página 24. En el reencuentro con lady Rowana, ésta se me ha antojado una rubia de Hitchcock -como lo es, en cierto sentido, la señora Clairmont de Las 7 bolas de cristal de Hergé-. Me descubro asimismo ante la expresividad que Cailleaux y Schréder han sabido imprimir al rostro del profesor Scaramian en la última viñeta de la página 11. También quiero hacer notar que Bedlam, que inspiró una de las legendarias producciones de Val Lewton, la dirigida por Mark Robson en 1946 con el nombre de esta institución por título, pasa por ser el primer hospital psiquiátrico del mundo. Una visita obligada en los turistas que pasean por el Támesis.

            Por lo demás, igual que para los grandes guionistas y dibujantes de la BD publicar un álbum dentro de la serie de Blake y Mortimer viene a ser algo así como una comunión con el canon, mi lectura de cada nueva entrega es un ejercicio similar: un acto, en cualquier caso, dogmático. No puedo, ni quiero, ser objetivo. El juramento de los cinco lores se me antoja la más floja de las entregas ajenas a Jacobs. Mas, en cualquier caso, leerla también fue un placer. De modo que ahora, la peripecia para salvar Londres de la invasión alienígena de la que el moloch hubiera debido ser el heraldo, cuenta mucho menos que volver a encontrarme con el capitán y el profesor. Rendido admirador de las aventuras de los amigos del Centaur Club, no estoy en condiciones de decir si ésta es buena o aquella es mala. Para mí, siempre son todas una dicha. 

 

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Javier Memba Sun, 25 Jul 2021 01:15:00 +0100
Cuando la musa es una niña http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12204/cuando-la-musa-es-una-nina/  

 

            La pieza que sigue es un artículo publicado originalmente en la revista Tiempo, en abril de 2015, con motivo del ciento cincuenta aniversario de la edición príncipe de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Cumpliéndose ahora ese siglo y medio de la aparición de Alicia a través del espejo, segunda entrega de las peripecias de la pequeña, dada a la estampa por Macmillan Publishers de Londres en 1871, y estando aún de actualidad el tema de fondo, lo recupero aquí tal y como apareció entonces:

            El próximo 24 de mayo se cumplirán 150 años de la publicación de las aventuras de Alicia en el país de las maravillas -escribí en 2015-. En el siglo y medio transcurrido desde entonces, este cuento de Lewis Carroll que conoció su primera edición en el Londres de 1865 con el sello de Macmillan and Co y 42 ilustraciones de John Tenniel, se ha convertido en un clásico de la literatura infantil. Sin embargo, sobre la peripecia de Alicia cuando decide seguir a su madriguera al conejo blanco que llega a tarde a su mundo -la historia referida en sus páginas- aún siguen pesando muchas sombras. Sin ir más lejos, las alucinaciones que sufre la muchacha, a decir de algunos comentaristas, vienen a hacer referencia a las sustancias psicotrópicas.

            Pero, si bien no hay ninguna evidencia concluyente sobre el uso de alucinógenos por parte del escritor, sí las hay sobre la otra gran sombra que se cierne sobre su obra: la dudosa amistad que unió a Charles Lutwidge Dodgson -Lewis Carroll era el seudónimo tras el que se escondía uno de los más brillantes matemáticos del Oxford de su tiempo, que también era diácono de la iglesia anglicana- y Alice Liddell, la niña que le inspiró. A la sazón, Carroll contaba 31 años y ella 9. Ya adulta, y hasta cierto punto cansada de ser la Alicia de las maravillas, Liddell siempre se refirió a la honestidad de la amistad que mantuvo con Carroll, quien, como tantos abusadores de menores, era amigo de la familia de la pequeña. Pero nunca consiguió acallar a los más suspicaces.

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¿Amores platónicos?

            Tras advertir que "es un disparate" hablar de la pederastia de Carroll porque, etimológicamente, "pederastia" es un término referido únicamente a los chicos, Luis Antonio de Villena propone "ninfulofilía", palabra acuñada por otro escritor -Vladimir Nabokov, en Lolita (1955)- para referirse a estas inquietantes amistades entre algunos autores y las niñas. Ninfulofilía o pedofilia, llámese como el lector prefiera. "Lo seguro es que Lewis Carroll la sintió por Alicia Liddell. Hizo infinidad de fotos a muchachitas desnudas o medio desnudas, enseñando la pierna o el semitorso que en aquella época era algo muy provocativo. Es evidente que a Lewis Carroll le gustaba estar en compañía de nínfulas, de Lolitas. Pero no tenemos ningún testimonio de que la cosa fuera a mayores. No obstante, la persona que investiga su vida se da cuenta de que las llevaba a su casa y les escribía largas cartas. Por lo que se conserva, da la sensación de que la relación, en ningún momento fue brutal. Aparentemente no tienen nada de malo. Es una cosa llena de ternura, de admiración por la belleza inmaculada. Pero quien estudie la biografía de Carroll, lea sus cartas a Alicia y alguna otra, y vea las fotos que les hizo, tiene que pensar si había algo más".

            En efecto, entre sus muchos talentos, Carroll fue uno de los mejores fotógrafos de su tiempo. Días aquellos en que, no obstante el puritanismo de la Inglaterra victoriana, las fotos de las niñas desnudas eran consideradas una alegoría de la pureza. Una de las más célebres, de las muchas que tomó a la pequeña Alice, la muestra disfrazada de vagabunda. Es una copia a la albúmina fechada en 1858. Ella tiene 6 años. Uno de los principales argumentos de quienes estiman que esa pureza inmaculada, que el escritor y fotógrafo admiraba en las niñas, era otra cosa muy diferente en lo que respectaba a él, es la repentina forma en que abandonó la fotografía en 1880, tras el escándalo suscitado por sus imágenes. Es más, la familia Liddell al completo acabó rompiendo con Carroll.

            "La Inglaterra victoriana era un lugar siniestro. Todo estaba prohibido. El puritanismo era enorme. Carroll, además, era clérigo. Cuando llegó a sus superiores que hacía ese tipo de cosas, dentro de la represión de la época, parece bastante lógico que le llamaran al orden y le prohibieran volver a hacer fotos. Pero, lo más probable, es que, por su propia represión, Carroll no hiciera nada con las niñas. Aunque para su época, tanto como para hoy, fuese muy llamativo que un clérigo anglicano las recibiera en su casa", estima de Villena.

            "Creo que la amistad de Lewis Carroll con Alice Liddell fue lúdica e inspiradora", sostiene la también escritora Irene Gracia, autora de un celebrado prólogo a Alicia en el país de las maravillas. "Siempre he pensado que todas esas niñas además de ser sus amigas eran sus musas, y sobre todo eran sus amores platónicos. Creo que se enamoraba de ellas como un niño se enamora de una niña, de forma sentimental e incluso sensual, pero con esa sensualidad infantil de las sonrisas, las bromas, las formas, los juegos, los olores... Es posible que Carroll cuando estaba junto a esas niñas sintiera que traspasaba el espejo del tiempo y regresaba al país de la infancia. Cuando leemos los libros que escribió para que los leyese Alice, o las cartas que les enviaba a sus otras amigas, descubrimos el esfuerzo de un enamorado. Carroll preparaba sus encuentros y juegos con sus amigas con la ilusión y el interés de un enamorado. Pero sinceramente creo que su amor siempre fue platónico".

 

La nínfula por antonomasia

            De lo que no hay duda es de la prohibición de la primera edición de Lolita, de la que ahora se cumplen 60 años. El libro que, antes que al término "nínfula", habría de dar nombre a las niñas que aún no han alcanzado la edad de consentimiento sexual aunque resultan muy atractivas para los hombres adultos, vio la luz en París, aunque en inglés, con el sello de Olympia Press. Editorial fundada en la capital francesa en 1953 por Maurice Girodias con el deseo expreso de publicar los textos pornográficos y vanguardistas censurados en Estados Unidos y el Reino Unido, a esta casa se deben ediciones legendarias del Marqués de Sade. Pero también las primeras de algunas obras maestras de la literatura del siglo XX. Tal es el caso de El almuerzo desnudo (1959), de William S. Burroughs. Con ese telón de fondo, Lolita consiguió lo que entonces parecía imposible: ser prohibida incluso en Francia.

            Y todavía es ahora cuando la crítica especializada se pregunta si es lícito encontrar belleza, placer y humor en una narración que éticamente es repugnante. Aunque las versiones cinematográficas tienden a suavizarlo, su asunto también es harto conocido: la violenta pasión erótica que una niña de doce años, Lolita -la nínfula por antonomasia- inspira en el protagonista y narrador. Éste, el profesor Humbert Humbert, para colmo, acabará siendo su padrastro. Si cabe, el tema cobra actualidad en una sociedad tan preocupada por la sexualización de los niños como la nuestra, que acaba de elevar la edad de consentimiento de los 13 a los 16 años -recuérdese que este artículo, originalmente, está publicado en abril de 2015-.

            Nabokov dedica la novela a su esposa, Vera, una reconocida traductora a la que sólo sacaba tres años. En principio, atribuirle los execrables apetitos de su Humbert es algo tan desatinado como acusar a Raymond Chandler de los crímenes que comenten sus personajes. No obstante lo cual, Javier Marías recuerda que Nabokov dictó clases de literatura durante muchos años en Nueva Inglaterra, en una de las pocas universidades exclusivamente femeninas que aún existen, el Wellesley College. "Aunque hay algunos varones, por el campus no se ven más que mujeres, la mayoría muy jóvenes y de familias conservadoras y adineradas", apunta el académico. "Allí existe la vana ilusión de que Nabokov debió de inspirarse algo en aquellas multitudes, cuasiadolescentes, para su más famosa creación, Lolita. Pero según él mismo explicó en numerosas ocasiones, el germen de esta obra maestra se encontraba ya en un relato de su época europea, El hechicero, todavía escrito en ruso".

            "Posiblemente ahora Nabokov tendría problemas para publicar su obra maestra", estima Irene Gracia. "Se haría una lectura superficial, torticera y polémica, y sería una novela profundamente y tristemente incomprendida. Una injusticia, y no solo literaria, porque Lolita a mí me parece una historia moral".

 

También la literatura española

            Nuestras letras no han sido ajenas a esa pedofilia que gravita en la historia de la literatura desde la antigüedad clásica. Luis Antonio de Villena nos recuerda que Rosa Chacel aseguraba que ella se jactaba de haber tocado el tema de Lolita antes que Nabokov en Memorias de Leticia Valle (1945). "Una de las primeras novelas que publicó al salir de España. Sucede en el pueblo de Simancas, entre un profesor y una muchachita. Al igual que en Nabokov es la chica la que hace que el adulto se enamore. Es decir, quien conduce la historia es ella. Por lo tanto, hay un factor nuevo. No es sólo que al adulto le gusten las púberes, sino que ellas son perversas porque son perfectamente conscientes de su atractivo y lo promueven".

            En el caso de Antonio Machado y su Leonor Izquierdo, se puede decir que la realidad superó a la ficción con creces. No hablamos de ningún personaje, sino de la esposa efímera -murió tres años después de la boda- y musa eterna de quien está considerado uno de los poetas con más trascendencia moral de nuestras letras. Ahora bien, su constante inquietud por la regeneración de España y su inquebrantable republicanismo no impidieron a Machado enamorarse perdidamente de una niña de 13 años. Ésa era la edad que tenía Leonor cuando el escritor se prendó de ella. Entonces, como tantos de los dados a estos apetitos, el poeta también era profesor, enseñaba francés en un instituto de Soria. Su niña era la primogénita de los dueños de la pensión donde se hospedaba. El enamoramiento fue tan grande que por primera vez su verso dejó de brotar de manantial sereno. Los biógrafos del poeta sostienen que aquella fue la única ocasión en que Machado mostró impaciencia en toda su vida. Una vez se hubo cerciorado de que la pequeña le correspondía, la pidió en matrimonio a sus padres. Naturalmente, la boda hubo de posponerse hasta que ella cumplió los 15 años. Aún así, hay algo que chirría en las fotos del matrimonio que han llegado hasta nuestros días. Salta a la vista que nos muestran a un hombre de 34 años casado con una niña de 15.

            "Entonces, la idea de que un señor mayor tuviese una relación con una chica muy joven era algo mucho más consentido que hoy", comenta de Villena. "Si en nuestros tiempos apareciese la noticia de que un escritor de cuarenta y tantos años se va a casar con una chica de quince, aunque fuera consentido y perfectamente normal, como en este caso, se armaría la marimorena. Pero en aquella época se seguía la norma de la iglesia católica, que siendo tan represiva y tan puritana, en esto, durante mucho tiempo, permitió los matrimonios siempre y cuando los contrayentes estuvieran en la edad de la nubilidad, que la chica ya hubiera menstruado y el chico hubiera tenido su primera polución".

 

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Javier Memba Fri, 16 Jul 2021 13:15:00 +0100
Escritores malditos españoles http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12201/escritores-malditos-espanoles/  

            (Publicado originalmente en la revista Tiempo en marzo de 2014, tras la noticia del fallecimiento de Leopoldo María Panero, recupero ahora este antiguo artículo tras comprobar que también ha dejado funcionar la página web de aquella publicación.)

            El escritor no es siempre ese intelectual admirado, premiado y respetado por la sociedad a la que pertenece. Cuanto a eso se refiere, es la literatura que bien podríamos llamar "bendita". Frente a ella se alza otra, igualmente cultivada pero rechazada, olvidada en los fallos de los premios, ignorada por el gran público. Es la literatura maldita. El óbito del poeta Leopoldo María Panero, uno de sus últimos representantes en nuestras letras, llama la atención sobre ella.

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            Puestos a buscar antecedentes de malditismo en la literatura española, cabría remontarse al Arcipreste de Hita quien, como recuerda Luis Antonio de Villena, fue "un personaje claramente rebelde. Un clérigo que al mismo tiempo habla de mujeres, del goce sexual". Dando por sentado que el olvido, que junto a la prisión es una de las principales características del estigma que condena a estos escritores, habrá caído inexorable sobre muchos de ellos, ya avanzando en el curso de los siglos, maldito podría considerarse al escritor naturalista vallisoletano Remigio Vega Armentero. Murió en una cárcel de Ceuta en 1893, donde estaba condenado a cadena perpetua por el asesinato de su mujer, Cecilia Ritter. Fue su esposa la amante reconocida de algunos de los más destacados prohombres del Madrid decimonónico, con quienes había urdido un plan para confinar al escritor en el manicomio del doctor Esquerdo. La publicación en 2001 por parte de la efímera Celeste Ediciones de ¿Loco o delincuente?, la novela de 1890 de Vega Armentero que constituyó un éxito y un escándalo a la vez, sacó a este autor del ostracismo en el que languideció a lo largo de todo el siglo XX. Pero Vega Armentero no fue un precedente del malditismo patrio por asesino. Lo fue por la inspiración de su obra, mucho más fatalista y blasfema de lo común en ese naturalismo al que suele adscribírsele. En una de sus novelas, La Venus granadina (1888), incluso llegó a telegrafiar -y justificar razonadamente- el asesinato que estaba a punto de cometer.

 

La bohemia finisecular madrileña

            En la historia de la literatura no faltan asesinos, ladrones y toda clase de delincuentes que también fueron grandes escritores. Pero su actividad criminal, aunque sí los maldijo socialmente, no les convierte en autores malditos. Puestos a hablar de literatura, en puridad, maldito es quien se alza deliberadamente contra el canon de su tiempo. El término fue acuñado por el francés Paul Verlaine en su libro Los poetas malditos (1884), un estudio sobre la obra de algunos líricos contemporáneos y de la generación anterior -Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Villiers de l'Isle-Adam y el mismo Verlaine bajo el seudónimo de Pauvre Lélian-, en quienes simbolizaba a los "verdaderos creadores". A decir de Verlaine, éstos "son siempre desconocidos en su tiempo y a través de sus sufrimientos, a menudo inauditos, encuentra la Humanidad el camino del progreso. Hoy son ellos los olvidados, mañana serán los triunfadores por su gusto y por su inteligencia".

            Adorado a este lado de los Pirineos por la bohemia finisecular madrileña, Verlaine encontró en aquellos desdichados, enemigos del agua y del jabón, que paseaban su hambre, sus versos y sus miserias por las tertulias de los cafés de la Puerta del Sol y la calle Preciados auténticos devotos. De entre todos ellos cumple dar noticia de Heliodoro Puché, a quien el alcoholismo acabó convirtiendo en un verdadero guiñapo; del tísico Armando Buscarini, que recitaba en la calle de Alcalá los poemas alucinados que dedicaba a los hampones para mofa del paisanaje; del antiguo mercenario en Grecia y ex recluso en el penal de Ocaña Pedro Luis de Gálvez, cínico borracho y amoral a la par que autor de hermosísimos sonetos.

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            Bohemios propiamente dichos se solapan en aquella amalgama madrileña de finales del siglo XIX con modernistas y decadentes. Destaca entre el resto del grupo Alejandro Sawa, quien llegó a conocer a Verlaine -al que tradujo, como era de ley entre la bohemia- en su experiencia parisina. En cuanto a su experiencia madrileña habría de recordar: "Un día de invierno que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme".

            A diferencia del resto de los bohemios, Sawa fue un prosista, no un poeta. Como novelista fue un destacado naturalista en títulos como La mujer de todo el mundo (1885), Declaración de un vencido (1887) o Criadero de curas (1888). Pero fue en la prensa donde alcanzó su mejor registro. Escribió en innumerables revistas y en algunos de los diarios más prestigiosos de la época: El imparcial, Abc, Heraldo de Madrid... Próximo al anarquismo, en todas sus piezas destacó como un auténtico azote de la clase política. Estigmatizado por todos aquellos contra los que arremetía, acabó por serle imposible seguir colaborando en la prensa. Llegó entonces la más absoluta de las miserias. Después perdió la cabeza y finalmente la vista. Murió en la indigencia en 1909. Valle-Inclán se inspiró en él para el Max Estrella de Luces de Bohemia (1920).

 

Malditos en la Edad de Plata

            Ya andando el siglo XX, Luis Antonio de Villena se refiere a Alfonso Vidal y Planas, otro asesino que fue maldito, no por haber dado muerte al también escritor Luis Antón del Olmet, sino por la inspiración de su novela más conocida, Santa Isabel de Ceres (1923). "Primero fue una novela, y luego una obra de teatro en la que santificaba a una prostituta. La calle Ceres, que fue una de las que destruyó la Gran Vía, era célebre por sus mancebías. Tras matar a Olmet, Vidal y Planas estuvo en la cárcel, se escapó, hizo la guerra en el bando republicano. Terminó exilado en Méjico, donde murió en 1965 y escribió un libro muy raro que yo busco: Cirios en los rascacielos (1963). Lo que le hizo maldito no fue su actitud vital a favor de los marginados. No asumir lo establecido. El maldito es alguien que está en contra del orden burgués".

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            También fue en 1923 cuando Andrés Carranque de Ríos se dio a conocer como poeta. Considerado por muchos comentaristas como un epígono de esa edad de plata de nuestras letras que tuvo su máxima expresión en el Grupo poético de 1927, Carranque no fue un burgués, como el común de los artistas y escritores del 27. Antes, al contrario. Fue un auténtico paria que, adolescente aún, atracaba tiendas de ultramarinos para poder comer y viajaba de polizón en los trenes. Fundador del grupo anarquista Espartacus, estuvo preso en varias ocasiones.

            Dejando a un lado la maldición social que obró sobre él desde su nacimiento en un hogar miserable del Madrid de 1902, cabe considerar a Carranque un maldito porque, cuando el canon era el culteranismo con el que se dieron a conocer los poetas del 27, él se decantaba por un nihilismo exacerbado en sus versos y en novelas como Uno (1931) y Cinematógrafo (1936). En esta última fue a dar noticia de cómo la incipiente industria del cine español es pasto de un puñado de explotadores, vividores y sinvergüenzas sin escrúpulos, siempre prestos a defraudar los anhelos artísticos de los más desdichados. Al poco tiempo de su publicación, Carranque moría de cáncer con 34 años en los primeros meses de la guerra. Camilo José Cela, quien afirmó haberle tratado en el Madrid de los años 30, habría de ser uno de sus principales valedores.

 

Los tres últimos malditos

            Como Carranque, la bohemia y el malditismo murieron con la guerra. Sobra recordar lo poco dado a cualquier extravagancia que fue el régimen surgido tras la contienda. Con todo, ya en los últimos años del franquismo, se dieron a conocer algunos malditos meridianos. Gonzalo Torrente Malvido, Leopoldo María Panero y Eduardo Haro Ibars eran sus nombres. Antonio Huerga y Sagrario Fierro, con su sello Huerga y Fierro, fueron editores de todos ellos. "Nuestra relación partió de una química. A Leopoldo le conocí a finales de los 70 y nunca tuvimos ningún mal rollo. Con Eduardo Haro Ibars pasó lo mismo", comenta Antonio Huerga. "Recuerdo que Eduardo era capaz de llamarme un domingo, cuando los bancos no abren, para decirme que tenía un cheque, que si le podía adelantar el dinero. Luego, al ir a cobrar el cheque el lunes, lo más probable era que no tuviera fondos. Pero él me llamaba con todo su candor".

            Los tres últimos malditos españoles fueron hijos de algunas de las plumas más sobresalientes de su tiempo. Torrente Malvido de Gonzalo Torrente Ballester; Panero, como tanto se ha dicho en estos días, de Leopoldo Panero y Haro Ibars, de los periodistas Eduardo Haro Tecglen y Pilar Ibars. Como Leopoldo María Panero -a quien le unió una estrecha amistad durante algunos años-, Haro Ibars pasó de la militancia antifranquista al consumo de drogas. Pero, a diferencia de él, conservó la lucidez hasta su prematura muerte en 1988. Fue uno de los primeros periodistas que reivindicaron la homosexualidad y las drogas. Sus versos inspiraron algunas canciones memorables del pop de los años 80. "Yo fui muy amigo de los dos", recuerda de Villena. "A Leopoldo lo traté mucho cuando aún se podía hablar con él. Después tuvo un breakdown del que no le curaron en los manicomios. Allí le contuvieron porque estaba muy medicado. Si no se hubiera autodestruido mucho antes. Eso era lo que él buscaba, la autodestrucción. Le gustaría que se le recordara como un maldito. Pero Haro Ibars lo era más. Le molestaba mucho que le compararan con Panero porque Leopoldo no tenía ninguna capacidad de razonamiento, de unir una frase con otra. Eduardo era tremendamente lúcido y, desde esa lucidez, buscó la autodestrucción".

            Entre otras muchas páginas, Haro Ibars es el protagonista de Madrid ha muerto, la novela que de Villena dedicó en 1999 a la Movida madrileña.

            Más de treinta años antes, Gonzalo Torrente Malvido ganó el premio Sésamo mientras cumplía condena en la prisión de Carabanchel por suplantación de personalidad. "Tenía elementos de malditismo que se mezclaban con otros de delincuente", estima Villena. "También estaba en contra de la sociedad en que vivía".

            Por su parte, Antonio Huerga recuerda el veto que algunos medios de comunicación ejercieron respecto a cuanto concernía a Haro Ibars y Torrente Malvido. Pero prima sobre todo la amistad que mantuvo con los tres últimos malditos, no eclipsada ni por los cheques sin fondos. "Para nosotros, un autor siempre es un amigo. Es nuestra manera de llevar la editorial".

 

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Javier Memba Fri, 02 Jul 2021 04:00:00 +0100
Primer final español de Lefranc http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12195/primer-final-espanol-de-lefranc/  

            Apocalipsis, la décima entrega de las aventuras de Lefranc, fue la que cerró la primera colección española dedicada al personaje. Iniciada en 1986 por Ediciones Junior, sus distintos títulos fueron llegando con regularidad a las librerías hasta que ésta, cuya relectura hoy me trae, puso fin a la iniciativa en 1989. Ese resurgimiento de la Línea Clara que conocieron los años 80, lo que posibilitó la reedición de sus clásicos, pareció entonces tocar a su fin.

            Yo aún estaba muy verde en estos deliciosos álbumes. Ese amor a las aventuras de Tintín, que me exaltaba desde esas primeras ediciones españolas que inauguraron mi tesoro bibliográfico y mi mitología personal en los primeros años 60; los recién descubiertos Blake y Mortimer y poco más. Aún me encontraba con mis primeras lecturas de la serie del gran Guy Lefranc cuando, esa pequeña ilusión, también se me quebró. Recuerdo lo abrupto que me pareció su final.

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            A los pocos meses me llegó la publicidad de un banco que, como obsequio al suscribir no sé qué producto financiero, ofrecía la colección al completo. Calculé que la editorial se la había vendido saldada a la entidad. Incluso llegué a pensar que este otro gran periodista de la bande dessinée finalizó sus aventuras en este décimo número. Me parece que, hasta la fecha, van treinta y un títulos. Aunque cabe pensar que, el personaje, habida cuenta de todos los dibujantes y guionistas que ha tenido, ya no sea este Lefranc que hoy me ocupa. Supongo que su evolución habrá sido como la de Blueberry. Pero no lo sé.

            En honor a la verdad, hay que reconocer que Juventud, ya entrados los años 90, comenzó a dar a la estampa las aventuras del señor Barelli y las de Cori el grumete, las dos grandes series de Bob de Moor que yo no tardé en atesorar. ¡Faltaría más! Pero para que Lefranc volviese a ser traducido a nuestra lengua habría que esperar hasta 2011, cuando NetCom2 retomó la colección junto al resto de las series de Jacques Martin.

            Con una edición original de Casterman fechada en 1987 -solo dos años antes que su traducción española-, el asunto de Apocalipsis gira en torno a dos temas clásicos de la ciencia ficción: la pastoral poscatástrofe y el viaje en el tiempo.

            En esta ocasión, una humanidad más avanzada, llegada del futuro a ese final de los años 80 en los que está ambientada la historia dándose a conocer como una misteriosa organización llamada Pro Mundia, reúne a un grupo de elegidos en un hotel de montaña. Entre ellos se encuentran Lefranc y Borg. Su antiguo antagonismo ya sólo es un recuerdo, una de esas llamadas al pie de la página donde se invita a leer un álbum anterior que, desde que di cuenta de las primeras en las aventuras de Tintín, tanto me han llamado la atención. La vieja rivalidad -la más singular de toda la bande dessinée, he de insistir- ha dado paso abiertamente a la amistad. Y esta nueva relación es tan sincera que Borg se inquieta cuando Lefranc se retrasa en las citas con sus extraños anfitriones, e incluso teme que su actividad delictiva les vuelva a enfrentar.

            Tras ser sometidos a un entrenamiento, tan riguroso que Lefranc intenta en vano escapar, se introduce a los elegidos en unas cápsulas esféricas con trazas de nave espacial. Pero más que por el espacio -aunque también salen de la órbita terrestre- el viaje es por el tiempo. Ya acomodados en sus asientos, en ciertos monitores, dispuestos al efecto, se les propone un viaje por distintas escenas de la historia de la humanidad. Los dibujos ya son de Gilles Chaillet y su coloreado de Thierry Leberton. Pero no hay duda, estas estampas obedecen al interés por el cómic histórico de Jacques Martin, que sigue siendo el guionista. Dichas viñetas nos llevan al asesinato en el Nilo de Antinoo, el favorito del emperador romano Adriano. Si no fuera porque Gilles de Rais es uno de los protagonistas de Jhen, otra de las grandes series de Martin, resultarían chocantes las alusiones a las inclinaciones sexuales de Adriano. Máxime considerando que el autor volverá a incidir en tan execrable tema en una de las secuencias que lleva a otro de los invitados de Pro Mundia -G 179, según la denominación alfanumérica que la organización da a sus huéspedes-, a asistir en su monitor, en "un mísero barrio asiático de población escuálida", a la venta voluntaria de un adolescente, acompañado por su propia hermana, a un pederasta.

            Antes de llegar a esta denuncia, hemos visto un campo de exterminio nazi, donde murió la abuela de Carine Clerc, una actriz que coquetea con Lefranc, otra invitada de Pro Mundia. Quizás, la más singular de todas estas analepsis sea la que lleva a Borg a presenciar el asesinato de Luis II, el rey loco de Baviera. Esto viene a abundar en el interés que el cine de Luchino Visconti -autor de Ludwig (1973), el primer acercamiento de la pantalla a dicho soberano- despertó en Jacques Martin. El historietista ya ha puesto de manifiesto su admiración por el cineasta en una de las primeras viñetas, aquella en la que Lefranc -G 177 en la extraña residencia- enciende la televisión y se congratula de que se esté emitiendo El gatopardo, la célebre adaptación de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa estrenada por Visconti en 1963.

            Al cabo, el objeto de Pro Mundia es hacer ver a sus elegidos como será el mundo venidero. Aunque habrá las temidas guerras, el gran problema de la humanidad será la explosión demográfica.

            Puesto a recordar esas viejas ediciones que inevitablemente me traen a la memoria las relecturas, he evocado un título de la colección Grandes Temas, publicada en España por Salvat en 1973. Nunca supe su autor porque se trataba de uno de esos textos de divulgación que, como mucho, sólo citan a sus redactores entre los créditos y el copyright. Recuerdo su título, aunque entonces no me dijo nada: La explosión demográfica.

            Sin embargo, está claro que el problema del mundo no fue la amenaza nuclear, como creíamos durante tanto tiempo. La amenaza del futuro de nuestro planeta y nuestra especie es la superpoblación. En ese sentido apuntan estas viñetas de Lefranc. Llegó un tiempo en que los campos de la Tierra resultaron insuficientes para alimentar a la humanidad. Así que ésta decidió irse a vivir a unas cápsulas, más o menos parecidas a las que se nos han mostrado, derruir las ciudades y convertir toda la superficie terrestre en campos de cultivo para unos hombres -no hay mujeres son hermafroditas- que ya no viven en su planeta original.

            Menos mal que el motivo de que Pro Mundia haya decidido reunir a sus elegidos ha sido concienciarles para que adviertan a la humanidad del futuro que aguarda a la especie si no se toman medidas al respecto.

            Más que el fondo, que entra de lleno en una de las inquietudes de la ciencia ficción poscatástrofe atómica: la falta de recursos ante la superpoblación -quiero recordar ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, la célebre novela publicada por Harry Harrison en 1966 y Cuando el destino nos alcance, la aún más célebre película que inspiró a Richard Fleischer en el 73-, lo que vengo a alabar es la forma.

            Una vez más me maravilla la contemporaneidad -respecto a la época en que están concebidas- de las aventuras de Lefranc. A diferencia de las de Blake y Mortimer, casi siempre ambientadas en los años 50 o 60 -y que en lo que a mí respecta son de obligada comparación, puesto que leí por primera vez casi simultáneamente las dos colecciones, en aquella eclosión de la Línea Clara de los años 80-, las aventuras de Lefranc van evolucionando según la época que reflejan.

            Nacidas en 1954, con La amenaza -que, por cierto, arranca con un coche avanzando a gran velocidad, igual que ésta y algunas otras entregas de la serie- su ambientación de entonces era harto semejante a la de la obra maestra de Jacobs. Esta de Apocalipsis, me resulta más próxima a la de XIII, el personaje creado por Jean Van Hamme, Yves Sente y William Vance. Nunca llegué a contactar con él. Pero el universo que nos muestran sus viñetas, sí me resulta un fiel reflejo de la imagenería de los años 80, los de mi juventud y el boom de la Línea Clara en España.

 

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Javier Memba Thu, 10 Jun 2021 23:15:00 +0100
Otra lectura de Emilia Pardo Bazán http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12192/otra-lectura-de-emilia-pardo-bazan/  

                   Creo que ya he elogiado en estos mismos apuntes, con el debido encomio, la efímera, pero admirable, labor de Celeste Ediciones. Un proyecto que apenas duró unos años entre el fin de siglo y los albores del nuevo milenio, pero bastaron para legar a la posteridad un fondo sobresaliente, especialmente atento a la novela gótica y al cuento de miedo. Aún recuerdo su colección Minúscula, cuyo número 14 fue este Belcebú de Emilia Pardo Bazán, que hoy traigo. Publicado originalmente en el Madrid de 1912 -creo entender que dentro de una reunión de novelas cortas que tituló Cuentos Trágicos-, el colofón de esta edición mía, que en tan alta estima tengo, está fechado el 18 de marzo de 2000. Yo la leí con sumo agrado el mes de agosto de ese mismo año. Una vez más, lo que sigue son las notas que tomé entonces:

                   Paseando por los alrededores de un lúgubre edificio, un arqueólogo del lugar refiere a la autora que dicho inmueble acogió en tiempos un tribunal del Santo Oficio. Aguzada su curiosidad, doña Emilia urge a su interlocutor para que le refiera la historia del inmueble. Se abre entonces el flash-back en el que se desarrollará toda la narración.

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                   "Sepa que la historia empieza exactamente el 28 de febrero de 1689", comienza al punto el erudito (pág.14). Parece ser que fue en ese año cuando la reina, María Luisa de Orleans, murió envenenada por las pócimas de una cortesana italiana, Olimpia Mancini.

                   Dos semanas después llega a la localidad gallega de Estela, Rolando, un enigmático italiano, quien se presenta en la residencia del conde de Landoira, señor del mayorazgo.

                   El recién llegado no tarda en ganarse a todo el pueblo a excepción del inquisidor, fray Diego de las Llagas. En contra de lo que se pueda pensar, este último es un hombre bondadoso, "opuesto a toda crueldad inútil, y que disputaba a la justicia secular su presa, liberando de la hoguera a los que sólo habían pecado de ignorancia" (pág. 19).

                   El inquisidor -amén de uno de los más singulares miembros del Santo Oficio de toda la historia de la literatura- también es el cura de la casa Landoira. En este segundo empleo, no tarda en apreciar la subrepticia influencia que Rolando comienza a ejercer en todos, así como el parecido que el extranjero guarda con una efigie que se retuerce a los pies de una imagen de San Miguel, integrante de una pintura sita en una iglesia del lugar. Asímismo, el religioso percibirá una atracción naciente entre Columba -la hija del conde- y el italiano, con lo que exhortará a los padres de la muchacha para que la envíen a un colegio de señoritas.

                   Dos o tres años después de la partida del mayorazgo de la doncella, tiempo que lleva al fraile a un largo viaje, las costumbres se relajan en Landoira. Donde hubo recato, ahora hay disipación. La autoridad del conde pasa a manos de la condesa y ésta está totalmente dominada por Ronaldo.

                   Cuando el inquisidor regresa, el señor ha muerto y en sus antiguos dominios se celebran misas negras. Avisado el Santo Oficio de que allí se invoca al Maligno, que se dio muerte al conde por medio de hechicerías, los tribunales eclesiásticos entran en acción. Detenido Rolando es sometido a torturas -uno de los pasajes más interesantes del relato- en el mismo edificio que ha suscitado la narración.

                   Altivo e irreductible, durante los tormentos -en los que fray Diego, según confiesa él mismo tiene menos aguante que el diabólico italiano- anuncia que jamás podrán acabar con la influencia que ejerce sobre Columba. Cuando uno de los inquisidores -el maestrescuela- condena a la hoguera a Rolando, este vaticina que con ello no podrán impedir las catástrofes a las que el hechicero ha condenado a España.

                   Comprendiendo que enviar a la hoguera al italiano sería contraproducente, ya que el vulgo daría pábulo al caso, los inquisidores deciden seguir el ejemplo de Madrid y Versalles -donde también han muerto príncipes y reinas envenenados- y echar tierra sobre el asunto. Así, se condena a Ronaldo al confinamiento de por vida en una mazmorra del sórdido edificio que nos ocupa.

                   Respecto a la influencia que pese a ello sigue ejerciendo sobre Columba, fray Diego descubre que Ronaldo se vale para tal fin de la efigie de la estatua de San Miguel, con lo que decide destruirla, liberando así a la muchacha de su yugo sobrenatural.

                   Enmarcada en todo ese costumbrismo tenebroso gallego, tal vez sea ésta la pieza que menos me ha interesado de las tres de doña Emilia que he tenido oportunidad de leer. Sin que ello quiera decir que se me ha hecho un texto pesado u algo por el estilo. Todo lo contrario.

 

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Javier Memba Fri, 28 May 2021 17:00:00 +0100
Madrid y Emilia Pardo Bazán http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12189/madrid-y-emilia-pardo-bazan/  

                   Madrid recuerda a Emilia Pardo Bazán con el monumento alzado en su memoria, ante el palacio de Liria (Princesa, 20-22), desde 1926. Por no volver sobre todas las veces que se hablaba de ella en la España pretérita, cada vez que se hacía referencia al Pazo de Meirás. Ni que decir tiene el renovado interés que despertó su obra en 1986, tras la emisión en TVE de Los pazos de Ulloa, la celebrada serie de Gonzalo Suárez. Así las cosas, salvo puntualizar que nunca había caído en el olvido, no hay nada que objetar a todas esas conmemoraciones de las que está siendo objeto la escritora gallega con motivo del centenario de su óbito. La condesa ha sido leída, prácticamente sin interrupción, desde que empezó a publicar. Los clásicos son clásicos precisamente por eso, porque perduran como ejemplo. Otra cosa es que ahora se la reivindique desde nuevas perspectivas, contra lo que tampoco tengo nada que objetar.

                   En lo que a mí respecta, debo reconocer que ha sido la autora más alejada de mi universo personal a la que, sin embargo, he leído con agrado en tres ocasiones. Insolación (1989), la primera de mis lecturas de doña Emilia, me ganó por sus descripciones del parque de la Bombilla. Junto con los fragmentos que dedica Hemingway a este mismo espacio en Muerte en la tarde (1932), son las páginas que más me han calado de cuantas he leído sobre uno de mis rincones favoritos de Madrid.

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                   Haciendo memoria, creo que ha sido su casticismo -empero gallega, dos de las tres novelas que le he leído están localizadas en una visión pretérita pero verídica (naturalista) de mi amada ciudad- lo que me ha hecho sintonizar con una autora, en principio, tan ajena a mí. Lástima que, en abril del 96, cuando leí Insolación, no tomase aún nota de mis lecturas. Pero sí recuerdo que su visión del amor concuerda de maravilla con esa perspectiva feminista desde la que se vuelve a la autora en nuestros días: Asís, la marquesa que protagoniza aquellas páginas -acaso trasunto de la autora-, tal señala Barbara Zecchi en un artículo sobre la novela, publicado en el número de marzo de 2007 de la Hispanic Review de la universidad John Hopkins (Baltimore, Maryland), es un símbolo amén de un personaje. "Insolación no es una historia de amor al uso sino la superación de la feminización romántica de lo literario; el matrimonio al final de la novela no es el medio por el cual se realiza el destino de la mujer, sino un sacrificio necesario para poder llevar a cabo su verdadero destino: el disfrute físico".

                   La gota de sangre (1911), la lectura de doña Emilia que hoy me trae aquí, también tiene una perspectiva actual, tan actual que entronca de pleno con esa novela criminal que -ya no hay duda- es la novela social de nuestros días. La leí en el mes de agosto de hace veintiún años. Lo que sigue son las notas que tomé entonces:

                   Aquejado de aburrimiento -esplín lo llama la autora- Selva, un aristócrata del Madrid decimonónico, decide convertirse en detective privado. Puesto a ello, resulta que, al asistir a un espectáculo, yendo a acomodarse en su localidad, un tal Ariza, pretendiendo que Selva le ha importunado, le monta una bronca fenomenal. Apenas le reconoce, Ariza le pide disculpas. Ello no quita para que nuestro dandi -que no renunciará a las ropas de su condición social ni cuando las pesquisas en que se halla enfrascado requieran cierto camuflaje- repare en que Ariza lleva una gota de sangre en la pechera y desprende un fuerte olor a gardenias.

                   Horas después aparece un cadáver en el solar contiguo al ocupado por el hotel -"hotelito" se llamaba entonces en Madrid a las viviendas ajardinadas y unifamiliares- de nuestro hombre. Esta casualidad me resulta mucho más chocante que la actitud de la Policía: dada la alta alcurnia de Selva, la Ley decide no culparle del crimen.

                   Estando los investigadores profesionales husmeando en el domicilio del aficionado, un comprometedor paquete con las ropas del muerto aparece en la alcoba del señorito. Aduciendo éste que el hallazgo viene a demostrar su inocencia -razonable-, obtiene tres días de las autoridades para descubrir al verdadero asesino.

                   Puesto al corriente de la identidad del finado, Selva sabe que el desdichado era un rico heredero malagueño, venido a Madrid a cobrar unas deudas. Dando por sentado que ha de tratarse de un asunto de faldas -lo que también es mucho suponer, por otra parte- y habida cuenta del lugar donde apareció el cadáver, después de haberse hecho con una relación de cuantos viven en la zona, Selva decide que la culpable es una tal Chulita Ferna.

                   Hija de unos aristócratas, por supuesto, la dama en cuestión es la oveja negra de su familia. Lo es desde que se fugó a París con uno, con quien partió con posterioridad. En boca de toda la gente bien de la capital por su conducta disoluta y su precaria economía, todo parece indicar que Chula -el nombre es total- es la culpable.

                   Ciertamente, cuando Selva, ocultando su verdadera identidad la visita, el profundo olor a gardenias que desprende la delata. Acosada, la bella disoluta no tarde en confesar. El andaluz era un pobre ingenuo, a quien Chulita inspiraba, que cometió la imprudencia de decir a Ariza que había cobrado la última de sus deudas y no le había dado tiempo de ingresar el dinero en el banco. Así las cosas, estando de visita en casa de la bella, Ariza -también agobiado por las deudas- le dio muerte para robarle.

                   Como Selva es un caballero y, según la autora, le une a los asesinos cierta solidaridad de la clase a la que pertenecen, permitirá que Chula se escape a París -ella intentará en vano convencerle para que le acompañe a Francia- y dará a Ariza la oportunidad de que se suicide.

                   Una lectura todo lo agradable que me resultan las de la autora, por esas páginas plenas de referencias al Madrid pretérito.

                   Llama especialmente la atención el bajo concepto que doña Emilia tenía de los andaluces. Tanto en Insolación como aquí los presenta calcando los tópicos -alocados, inconstantes, desahogados- que la gente del Norte se ha creado acerca de ellos. Igualmente hay que llamar la atención sobre el clasismo de la escritora. Eso sí que son dos cosas que no encajan en el pensamiento actual.

 

 

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Javier Memba Wed, 19 May 2021 01:15:00 +0100