El insolidario - Blog de Javier Memba http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/ Mon, 14 Oct 2019 06:22:10 +0100 FeedCreator 1.7.2 Un apunte sobre "A Love Supreme" y otros artículos de F. J. González (autoficción) (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12113/un-apunte-sobre-a-love-supreme-y-otros-articulos-de-f-j-gonzalez-autoficcion-i/  

            En su último email, F. J. González, un verdadero experto, aunque asegurase que el jazz no le gustaba, fue a cifrarme este misterio en un trayecto abstracto que le llevó de la épica a la lírica. Le respondí al punto, el tiempo que me llevó teclear un ruego de concreción: "¿Puedes ser más preciso?". Supuse que su respuesta tardaría lo que se demorase abundando en el tema. González siempre me contestaba con una diligencia inimaginable en un periodista de su prestigio. Nunca le faltó tiempo para perder conmigo. Pero en aquella ocasión no habría respuesta alguna: la mañana siguiente leí su obituario en Lester. Esta última era la web en la que F. J. firmó sus artículos postreros. "Llamada así en un claro tributo a Lester Young", puntualizaba siempre el ya finado.

            A mí me gusta el jazz por un relato que publicó Jaime Rosal en 1976 -Debo al jazz- y la pasión con la que F.J. González y otros autores, que tan a menudo él me descubrió, escribieron sobre esta música. Mi tradición, como la del propio González, es el rock. Pero el amor al rock, como el don poético, es un fulgor juvenil. De modo que no es raro, incluso puede decirse que es frecuente, que cuando los ánimos se apaciguan con la edad adulta y el rock deja de conmover, los antiguos amantes de El ritmo del Diablo descubran con sumo deleite el bebop y luego el cool, yendo a volar así desde la costa oeste a la este.

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          No sé por qué será, pero sucede muy a menudo. Supongo que cuando la melomanía del amante del rock alcanza los últimos estadios de su evolución tiende a llevarle al jazz. Hablamos de músicas de complejidades semejantes, no se pueden silbar distraídamente bajo la ducha. Para quien no está iniciado en ellas, no son más que ruido. Sin embargo, su audición es una experiencia grave y elevada. No una distracción para pasar el rato. González, como tantas otras cosas a este respecto, lo explicaba muy bien: "El jazz es una música culta y adulta", me apuntó en una de nuestras correspondencias electrónicas. "Es muy difícil que, a un niño, o a alguien que no se haya acercado nunca a la música -si es que aún queda alguno en nuestro nefasto siglo XXI-, así de repente, sin más, le guste A Love Supreme, la célebre suite de John Coltrane del 64. O esa versión del 46 de A Night in Tunisia de Dizzy Guillespie. Lo más normal es acercase a la música con canciones. Que no por sencillas dejan de ser hermosas. ¡Por supuesto! Pero, en su sencillez, su primera audición las hace mucho más accesibles para el profano.

            Ahora bien, a alguien ahíto de escuchar a Jethro Tull, King Crimson o rock psicodélico en su conjunto, A Love Supreme bien le puede seducir desde una primera audición por venir con el oído habituado a complejidades sonoras de magnitudes similares. De hecho, ése fue el camino de Soft Machine, formación señera de un rock tan evolucionado como el progresivo, que acabó haciendo jazz-fusión. "Miles Davis recorrió un camino muy parecido, pero a la inversa, el que le llevó desde Birth of the Cool (1954) a Bitches Brew (1970), el álbum fundacional del jazz-rock, donde comienza el Davis que menos me atrae a mí", solía apostillar González, siempre abundando en su misterio.

            Sí señor. Venía del rock, pero el Miles Davis que se acercó al Ritmo del Diablo era el que menos le interesaba. Me confundía. Desde mucho antes de la épica y la lírica, la duda final, ya me enredaba. Su interés por el jazz nunca dejó de provocarme cierto desconcierto. Se quedaba con el Miles de los 50 y primeros 60, hasta el del Quiets Nights (1963), aproximadamente.

            El jazz es una música culta, entre otras cosas, por lo que F. J. González escribió sobre él. Eso está por encima de cualquier género de dudas. Sin embargo, no quita para que sus textos, piezas hermosas como una canción sencilla, siempre se alzasen, o apuntasen, a alguna incertidumbre. Despejar esas incógnitas fue el motivo de nuestra correspondencia. Nunca llegamos a conocernos personalmente. Pero tras diez años de "explicaciones electrónicas" consideraba a F. J. González mi mentor en la literatura jazzística. Aunque aquella última incógnita, aquella oscilación entre la épica y la lírica, ineluctable, tuviera toda la pinta de ir a quedar sin respuesta. Pero las cosas siempre son más de lo que parecen: en aquella postrera incertidumbre tiene su origen mi edición anotada de sus más bellas colaboraciones en prensa.

            En otra ocasión fue a homenajear a Boris Vian en un artículo titulado Lo que el jazz debe al Desertor. A nadie se le escapa que Le déserteur es la canción más celebrada del gran Boris. Lo que ya es menos conocido es aquel texto de mi mentor. Apareció en la revista del colegio mayor San Juan Evangelista de Madrid. Por lo tanto, aunque aquella residencia impulsó uno de los mejores clubes de jazz españoles, la tirada de sus publicaciones fue siempre reducida. Ésa debió de ser la causa de que la lucidez de la teoría de F. J. no alcanzase la difusión que merecía. Entre otras afirmaciones, en aquel artículo, mi mentor sostenía que fue Francia, "con las mismas que se inventó la Libertad, el cine de autor y otras grandezas, el primer país que dio carta de identidad cultural al jazz". Volviendo sobre aquella pieza, comencé a atisbar un procedimiento para resolver la última duda, aquella explicación que La Parca me dejó entre la épica y la lírica.

            "Antes de la fundación del Jazz Hot Club, por parte de un grupo de universitarios parisinos -a quienes no tardarían en sumarse músicos de la talla de Django Reinhardt y Stéphane Grappelli, creadores de ese quinteto del club llamado a hacer historia-, el jazz para los americanos no era más que una música de negros", continuaba en Lo que el jazz debe al Desertor. "Les divertía, bien es cierto. Las alegres flappers bailando jazz (charlestón), son una de las imágenes más representativas de lo felices que fueron los años 20 en los Estados Unidos y otros lugares del occidente cristiano. Aquella fue la Era del jazz, que la llamó Francis Scott Fitzgerald en la colección de cuentos ambientados en aquellos años y reunidos bajo dicho título. Pero esto no significa que considerasen el jazz como una manifestación cultural. De hecho, Scott Fitzgerald era un racista notable, bastante más de lo que era normal serlo en su tiempo. Su odio a los afroamericanos quedó expreso de forma meridiana en las aseveraciones del Tom Buchanan de El gran Gatsby (1925) sobre los días venideros que traerían esos matrimonios interraciales que vemos sin ningún escándalo en nuestro tiempo. Habrá que recordar que la ideología de sus autores no contamina sus obras. Si Hitler o Stalin hubieran escrito una buena novela, no sería censurable por su actividad criminal. No podemos condenar una canción tan hermosa como Lili Marleen por que fuera una de las favoritas de los nazis.

            »Ahora bien, pese a que el racismo de Scott Fitzgerald no contamine la calidad de su narrativa, sí nos demuestra que la América que inspiró la Era del jazz, de la que el escritor fue su más genuino cronista, difícilmente iba a considerar el jazz una manifestación cultural. Muy por el contrario, para ella el jazz era una alegre habilidad de los negros, poco más o menos que los juegos malabares que pudieran hacer los monos, con quienes comparaban a los afroamericanos sin contemplación alguna. De hecho, en la forma de bailar el charlestón de las flappers y sus admiradores, gravita un aire de burla de los bailes afroamericanos. Secularmente, la única redención que las razas dominantes reservaron a las marginadas fue el folclore. El flamenco de los gitanos en España, el jazz -junto al blues y el sumiso góspel- de los negros en Estados Unidos... El don de la música les liberaba del trabajo cuando eran esclavos y era casi lo único que les podía salvar de la delincuencia cuando fueron libres".

            En uno de los correos que intercambiamos acerca de Lo que el jazz debe al Desertor volvió a asegurarme que no le gustaba el jazz -cuando lo cierto era que le seguía gustando mucho- por no caer en eso de la bufonada. Le objeté que ese papel, en nuestro nefasto siglo XXI, lo había ocupado el soul, el funky, la disco y otras nuevas músicas que se nos escapaban, yendo ya como íbamos para viejos. No le convencí y no esperaba hacerlo. Nunca le convencí de nada.

(continuará)

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Javier Memba Wed, 09 Oct 2019 20:15:00 +0100
Continúa mi lectura de Bertrand Russell (y III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12110/continua-mi-lectura-de-bertrand-russell-y-iii/ (Viene del aseinto del 10 de septiembre)

Un filósofo literario

 

            Otra de las cosas que me han llamado la atención es la distinción que hace el autor entre filósofos académicos -Kant, Hegel- y literarios. Nietzsche pertenece a estos últimos porque, aun siendo profesor, no "inventó nuevas teorías técnicas en ontología o epistemología; su importancia radica principalmente en la ética y, en segundo lugar, como crítico histórico agudo".

 

            Lo que pasa es que la crítica de Nietzsche da miedo. Su teoría del superhombre es todo un precedente del biologicismo de los nazis. Si bien su machismo, aunque mayor que el de Schopenhauer, apenas se conoce -Nietzsche no trató a más mujeres que a su hermana, su colaboración con Lou Andreas-Salome fue meramente profesional-, su espeluznante inclinación supremacista era harto conocida. Lo que me sorprende es que, en su momento, durante la Transición española a la democracia, cuando yo me interesaba por estos temas, hubiese gente que afirmase que el autor de Más allá del bien y del mal (1886) también presenta una lectura ácrata. Algo así como el antimilitarismo de Céline en Viaje al fin de la noche empero sus posteriores panfletos antisemitas durante la ocupación alemana de Francia.

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            Ciertamente, Nietzsche murió cuarenta años antes de que las tropas de la Wehrmacht entrasen en París. Pero de haberlo visto, el filósofo las hubiese vitoreado sin ambages.

 

            "La moral de Nietzsche no es de indulgencia consigo mismo en ningún sentido corriente; cree en la disciplina espartana y en la capacidad de soportar el dolor, lo mismo que la de causarlo para fines importantes". A decir de Russell, para el alemán, el budismo y el cristianismo son religiones nihilistas. No acabo de entenderlo. En lo que no hay duda es en esa coincidencia del cristianismo y el socialismo en su afán igualitario. No obstante, Russell nos advierte de la megalomanía del autor de Así habló Zaratustra (1883).

 

            El relato vuelve a las postrimerías del siglo XVIII para hablarnos del utilitarismo inglés. En su introducción a ellos, respecto a la ética utilitaria, se afirma su necesidad porque los deseos de los hombres pugnan entre sí. "La causa principal del conflicto es el egoísmo" (pág. 402).

 

            Avanzando en la lectura, reparo que ya hace mucho tiempo que el autor sólo atiende al pensamiento francés, alemán y británico. Es de suponer que también hubo filósofos en otras latitudes. Pero a Russell no le merecen interés. Prefiere referirse a un naturalista: Charles Darwin. Viene a demostrar con ello que la ciencia también es cultura -no sólo las humanidades- y nunca han faltado científicos entre los grandes pensadores que ha dado la historia. Huelga decir que los argumentos del autor de El origen de las especies (1859) fueron utilizados por Nietzche -que siempre desdeñó a Darwin- en sus teorías sobre el superhombre y los derechos de los fuertes. Más divulgativa que ninguna otra cosa, he buscado en esta Historia de la filosofía occidental una explicación del mundo accesible para quienes sabemos poco más que el nombre de la mayoría de los sistemas filosóficos. En ese aspecto, el texto cumple su función hablando de muchas sin llegar a profundizar en ninguna. Russell invita a sus lectores a que lo hagan por su propia cuenta. Para ello, no le hace falta más que dar el título y unos apuntes sobre la obra

 

            Respecto a Marx -cuya obra, con la posteridad, habría de cobrar más trascendencia que la de ningún otro de los jóvenes hegelianos-, Russell estima que acomoda su filosofía de la Historia a un patrón de la dialéctica su maestro. Lo que para Hegel son las naciones, para aquél son las clases sociales. Pero a Marx "solo había un trío que le interesaba: el feudalismo, representado por el terrateniente; el capitalismo, representado por el propietario industrial, y el socialismo, representado por el asalariado. Esta observación me ha recordado la obsesión con la lucha de clases de los jóvenes que militaban en las organizaciones marxistas de mi juventud. Convertida la monomanía en una auténtica cosmovisión, a mí, aquello de que todo tuviera que estar en función de "los explotadores y explotados" y la redención del proletariado mediante la puesta en marcha de su propia dictadura, me daba tanto miedo como la represión franquista. De modo que me complace que Russell venga a acusar a Marx de ser "demasiado práctico, está atado en exceso a los problemas de su tiempo". Tiempo que ahora, que ya hay proletariado, se ha quedado tan lejano como la canción protesta.

 

            Henri Bergson es el último filósofo francés al que alude el autor para comentar la importancia que tiene la visión en sus teorías. Habrá que recordar que el texto sólo abraca desde los presocráticos hasta mediados del siglo XX y que dedica mucho más espacio al pensamiento antiguo y medieval que a la moderna. La contemporánea, directamente la obvia. Considerando que Russell murió en 1970, tiempo no le faltó para volver sobre una obra, que fue su gran éxito editorial, y ampliarla con capítulo con un capítulo dedicado a los existencialistas franceses. Es de suponer que para no entrar en polémicas con sus colegas. Pero lo cierto es que, con mucha delicadeza -parte de la base de que son amigos- sí que en las últimas páginas acaba refutando en algunos asuntos al psicólogo John Dewey, uno de los filósofos estadounidenses más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX.

 

            "La función de la filosofía", sostiene William James, "es hallar qué diferencia se produce en ti o en mí si ésta o la otra fórmula es verdadera. En este sentido, las teorías se convierten en instrumentos, no en respuestas a enigmas". (pág. 439). William James es otro de esos psicólogos filósofos norteamericanos a los que se refiere Russell en las últimas páginas de su libro. Más concretamente, James es un pragmático que, en buena lógica con esta última condición sostiene: "Una idea es verdadera mientras se crea que es provechosa para nuestras vidas".

 

            Volviendo a Dewey, que en vida fue considerado el pensador más destacado del panorama estadounidense y aún ahora lo sigue siendo en lo que a la primera mitad del siglo XX se refiere, en capítulo que le dedica, Russell apunta que, para "los filósofos profesionales, es estática y final, perfecta y eterna" (pág. 443). De ahí que algunos la identifiquen con los pensamientos de Dios. El autor de esta historia, que osciló entre el agnosticismo y el ateísmo, pone como ejemplo de verdad la tabla de multiplicar, "precisa y cierta, libre de escoria temporal". En mi supina ignorancia, que esta lectura despeja tantos sentidos, recuerdo que las matemáticas son la ciencia exacta por excelencia.

 

            A las matemáticas precisamente, a sus comienzos en los días de Pitágoras se remonta el texto en su último capítulo, La filosofía del análisis lógico para hablarnos de cómo ya entonces, los pensadores podían dividirse en los influidos por las matemáticas y los empíricos. Entre los primeros destaca a Platón, Santo Tomás de Aquino, Spinoza y Kant; entre los segundos, a Demócrito, Aristóteles y los empiristas modernos hasta John Locke.

 

            Ya al final, no falta un comentario sobre la teoría de la relatividad (pág. 455). Pero entre las últimas conclusiones, me conmueve especialmente un párrafo posterior, que a la vez me demuestra la honestidad de Russell, tanto personal como en su afán divulgativo: "La filosofía, a lo largo de su historia, ha constado de dos partes mezcladas inarmónicamente: por un lado, una teoría sobre la naturaleza del mundo; por otro, una doctrina ética o política sobre el mejor modo de vida. El no haber logrado separar los dos con claridad ha sido el origen de mucho pensamiento confuso. Los filósofos, desde Platón hasta William James, han dejado que sus opiniones sobre la constitución del Universo fueran influidas por el deseo de edificación moral; sabiendo, según ellos suponían, qué creencias harían virtuosos a los hombres, han inventado argumentos, con frecuencia muy sofísticos, para probar que estas creencias eran verdaderas. Por mi parte, repruebo esta tendencia, tanto por razones morales como intelectuales. Moralmente, un filósofo que emplea su competencia profesional para algo que no sea la búsqueda desinteresada de la verdad, es reo de una especia de traición. Y, cuando da por supuestas, antes de haberlas indagado, que ciertas creencias, verdaderas o falsas, son capaces de fomentar la buena conducta, está limitando de ese modo el alcance de la especulación filosófica y haciendo filosofía trivial (pág. 458).

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Javier Memba Mon, 30 Sep 2019 07:45:00 +0100
El valle de los inmortales, nuevo díptico de Blake y Mortimer http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12109/el-valle-de-los-inmortales-nuevo-diptico-de-blake-y-mortimer/  

            Las aventuras de Blake y Mortimer son una de las muchas cosas en las que nunca soy objetivo: a mi juicio siempre son arte mayor. Sean quienes sean sus responsables, abro cada nuevo álbum con una disposición del ánimo que no dispenso a ningún otro cómic. Ahora bien, cuando la entrega viene a celebrar el universo de su creador original, el gran Edgar P. Jacobs, el júbilo es aún mayor. Me gusta ver a los dos amigos en el Centaur Club o en su residencia de Park Lane. Una vez allí, reencontrarme con la señora Benson, la viuda del mayor Benson, quien encargó a Blake la misión de La vara de Plutarco (Yves Sente y André Juillard, 2015), salvando así el desembarco aliado en Normandía y librando a la vez al mundo de una nueva amenaza.

 

            Me gusta volver a ver a Sharky, el secuaz estadounidense del coronel Olrik, y comprobar otra vez cómo este último, junto con el Rastapopoulos de Las aventuras de Tintín, es el villano más grande de toda la historia del Noveno Arte. Y, por supuesto, me gusta reencontrarme con el fiel Ahmed Nassir, el sargento hindú de los Makram Levy Corps en el tríptico del espadón (1947). Rencontrado como mayordomo de Mortimer en el díctico de El misterio de la gran pirámide (1950), Nassir desapareció de las viñetas posteriores de la colección como lo fue haciendo el imperio británico de la escena internacional. Volver a verle aquí, en El valle de los inmortales, primer tomo de la última aventura de Blake y Mortimer, ha sido toda una alegría. Bien es cierto que su aparición es fugaz (págs. 18 y 19), pero promete ser mayor en la segunda parte.

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            Sobre un guión de Yves Sente -uno de los libretistas más veteranos de la serie-, Teun Berserik y Peter van Dongen dibujan un álbum canónico, entendiendo por canónico esa celebración del universo original de Jacobs al que me refiero. Del que no participan ni El juramento de los cinco lores (Yves Sente y André Juillard, 2014) que nos remite al de Lawrence de Arabia y ni siquiera aparece el inefable Olrik, ni El testamento de William S. (Yves Sente y André Juillard, 2017), que nos traslada a una intriga en torno a Shakespeare y el Londres de los primeros teddy boys. Algún día habrá que escribir sobre cierta paradoja de la aportación a la serie del trabajo de Sente y Juillard: ellos han sido los que más apartaron estas aventuras del canon de Jacobs, pero también han contribuido a ampliarla convirtiendo a la señora Benson en la viuda del mayor. De esto puede seguirse que de una u otra manera, canónica o no, todo es gracia, todo es epifanía en esta colección.

 

            Aunque localizado principalmente en la China que se debate en los últimos días de la guerra librada entre el Kuomintang de Chiang Kai-shek y el ejército rojo de Mao Zedon (1949), El valle de los inmortales arranca con el hundimiento del imperio amarillo de Basam Damdu. Vuelve a llamarme la atención que este terrible dictador -mitad Hitler, mitad Stalin- tuviese su capital en un lugar tan asociado a la paz, la espiritualidad y tantas otras bondades -incluso en la tradición de la Línea clara- como la capital del Tíbet. No hará falta recordar que fue en aquel país donde el queridísimo Tintín vivió una de sus aventuras más entrañables y de las que tocaron más de cerca su creador, el gran Hergé. Pero en esta ocasión, la Lhasa de Basam Damdu abarca poco más que unas viñetas.

            El grueso de la acción sucede en otras partes de China. Los nacionalistas intentan sacar del puerto de Nankín los tesoros del museo del Palacio Imperial. El fuerte temporal, que asola la tarde en que todo empieza el mar de China, hace que uno de los barcos que se llevan del país las antigüedades naufrague. Su preciado cargamento caiga en manos de uno de los señores de la guerra, surgidos tras la derrota del imperio amarillo al que se combatió en el tríptico del espadón- que campan a sus anchas en Yunnan: el general Xi-Li. Más concretamente se trata de un guerrero -cuya similitud con los Guerreros de Terracota no deja lugar a dudas- en cuyas entrañas se guarda un pergamino de la corte de Qin Shi Huang, el primer emperador de China. Con todo, para completar la profecía que le acreditaría como el elegido por los cielos para gobernar el país, Xi-Li precisa de otro pergamino, complementario con el que obra en su poder, que sigue al cuidado de los responsables del Museo Imperial y se exhibe en una exposición temporal del Museo Británico. Olrik, prisionero de Xi-Li tras escapar del hundimiento de la Lhasa de Basam-Damdu, no duda en ofrecerse a su nuevo tirano para hacerse con el pergamino y volverse así a enfrentar a sus archienemigos: el profesor Mortimer y el capitán Blake.

 

            Lo que viene después es una de esas tramas policiacas que suelen articular las entregas de los amigos del Centaur Club. En esta ocasión se nos lleva del Hong Kong colonial al Londres derruido de postguerra, de los aviones prodigiosos que pilota Blake a los disfraces de Olrik, arte -el de la caracterización- en el que el coronel no tiene más parangón que aquel Fantomas al que yo descubrí maravillado, hace la friolera de cincuenta y cuatro años, en las películas de André Hunebelle. Porque, aunque suele creerse que las aventuras de Blake y Mortimer canónicas siempre están ambientadas en los años 40 y 50 del amado siglo XX, lo cierto es que El caso del collar (1965) -la que más me recuerda a las aventuras de Fantomas- lo está en los 60 y Las tres fórmulas del profesor Sato (1970-1990), el díptico de Sato, en los 70.

 

            Pero no divaguemos. Hay en este Hong Kong del nuevo díptico de Blake y Mortimer una clara referencia al Shanghái de El loto azul (1934), otra de las obras maestras del gran Hergé. Sí señor, no es otro que el mismo W. R. Gibbons, el colérico norteamericano al que Tintín rompe su bastón cuando se dispone a pegar con él a un culi chino. Aquí volvemos a encontrarle, recién llegado de Shanghái, entre la colonia anglosajona que le es presentada a Mortimer en el Península Hotel (pág. 37). En efecto, El valle de los inmortales no sólo comulga con el canon de Jacobs, lo hace también con el de Hergé, deidad y referencia de cuanto a la Línea clara se refiere. Qué más se puede pedir.

 

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Javier Memba Thu, 26 Sep 2019 13:30:00 +0100
Los relatos más bellos del mundo (V) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12108/los-relatos-mas-bellos-del-mundo-v/ (viene de la entrada de 23 de abril de 2019)

 

            Publicado por primera vez en 1930, acaso sea Una rosa para Emily el relato más conocido de William Faulkner, y acaso también sea un cuento de miedo. De hecho, es el que abre el capítulo dedicado al terror y al suspense de Los relatos más bellos del mundo. Particularmente me parece más acertada la elección de Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs, quienes lo incluyeron en su célebre Antología del cuento triste (1990). Su asunto -que a grandes rasgos puede resumirse en una mujer que ha convivido durante cuarenta años con el cadáver de el único pretendiente que le conocieron sus paisanos- da para cualquiera de las dos elecciones. Hasta cierto punto, en eso de encontrarse en la linde que separa el miedo de la tristeza, Una rosa para Emily coincide con Un extraño suceso en la vida Schalken el pintor, el predilecto de entre mis terrores favoritos (1).

            Antes de descubrírsenos el cadáver de Homer Barron -el capataz yanqui que arribó a la población "con mulas y negros" para pavimentar las calles y acabó convirtiéndose en el pretendiente de Emily Grierson- la historia se nos comienza a contar con un flashback que se abre en el entierro de nuestra protagonista, una mujer que ha envejecido sola, hasta convertirse en uno de esos "monumentos derribados" prototípicos en Faulkner.

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            En realidad, aunque es triste como los cuentos sobre solteronas -quiero recordar Un alma de Dios, de Flaubert, Un corazón simple en la traducción de Mauro Armiño- el texto es una celebración del universo de su autor. Bien es verdad que no se hace referencia alguna a Yoknapatawpha -trasunto del Lafayette (Mississippi) que fuera la residencia más frecuente de Faulkner-, mas todo parece indicar que la población que ve envejecer sola a la altiva miss Grierson podría ser Jefferson. De hecho, fue el coronel Sartoris -cuyo recuerdo preside la novela homónima de 1929, primera localizada en Yoknapatawpha- quien dispuso que Emily no pagase impuestos de por vida con las mismas que emitió un bando por el que "ninguna mujer negra podía salir a la calle sin su delantal de faena".

            Condenada a la soledad por su propio padre, quien probablemente la quiso soltera para que le cuidase en sus últimos días, miss Grierson no tiene más trato con sus vecinos que el estrictamente necesario cuando deja de impartir clases de pintura sobre porcelana en su casa. Y en la población, pese a las murmuraciones sobre ella, la respetan. De ahí que, empero las protestas, se aguanten con el hedor que desprende el cadáver de Homer sin imaginar siquiera el origen de semejante pestilencia. De ahí también que nadie sospeche cuando la señorita compra arsénico.

            Estamos en el profundo sur estadounidense, cuando éste era uno de los sitios más puritanos de todo el planeta. Así que lo único que consiguen las arpías del lugar, cuando consideran que la relación de la señorita con su yanqui comienza a ser indecorosa, es que unas primas, unas Grierson de Alabama, se instalen en la casa de nuestra protagonista. Naturalmente, aún no ha llegado el mal olor. Su origen será descubierto ya en el cierre del flashback, cuando Tobe, el cocinero, jardinero y cómplice de Emily -no le quedó más remedio puesto que era "su negro"-, abre la puerta a los vecinos para el velatorio y abandona la casa sin que nunca se vuelva a saber de él. Es entonces cuando se descubre el cadáver de Homer, metido en la cama de un cuarto cerrado durante más de cuarenta años.

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            Si la Dirección General de Tráfico precisase un cuento para la prevención de los atropellos en las poblaciones rurales, Matar un niño, del sueco Stig Dagerman, sería el más indicado. Es más, cuenta el antólogo que el texto le fue encargado a su autor por una compañía aseguradora para concienciar a los conductores sobre el drama que desatas en quienes los sufren y quienes los provocan estos siniestros.

            Mas de sesenta años después del suicidio de Dagerman en 1952, Matar a un niño se antoja como un buen ejemplo de cómo la vida puede cambiar radicalmente en unos segundos. Texto descriptivo más que ninguna otra cosa -anuncia su final desde el principio-, está ambientado en un soleado y jubiloso domingo, "una mañana feliz de un día desgraciado" en que un hombre matará a un niño. El homicida nos es presentado mientras termina de llenar el depósito de gasolina de su coche, tres pueblos antes de llegar al de autos. Entretanto, el niño termina de vestirse y su madre le manda a por un poco de azúcar, que hace falta para el desayuno de su padre, a casa de unos vecinos. El resto son las descripciones de las dos acciones: la del conductor avanzando por la carretera y la del niño dirigiéndose a ella. Referidas así, en paralelo, dan lugar un montaje cinematográfico que se mantiene ante la conclusión, ya anunciada, y la exposición de cómo las dos vidas han quedado truncadas. El niño, la ha perdido, pero la existencia del conductor también ha quedado trastocada para siempre.

            Debo confesar que el apunte biográfico de Dagerman -periodista, anarquista y suicida con 31 otoños- me ha interesado más que su relato. Con todo, hay algo en su obra que hace, aún ahora, 65 años después de que se diera muerte en 1954, sigue interesando a los editores españoles. La isla de los condenados (Sexto Piso, 2016) es su última edición patria.

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            Más que un relato propiamente dicho, Las tumbas de Saint-Denis -la siguiente de las piezas seleccionadas, de Alejandro Dumas padre, es un capítulo de una novela, Fontenay de las rosas (1849). Pero no es menos cierto que suele incluirse como una pieza independiente entre las selecciones de cuentos de miedo, de las que es todo un clásico del que ya he tenido oportunidad de dar cuenta en asientos anteriores de esta bitácora. Más de lo mismo cabe decir respecto a La verdad en el caso del señor Valdemar, que viene a titularse aquí el clásico relato de Edgar Allan Poe (2).

            El visitante, el cuento de Mario Vargas Llosa -un Mario Vargas Llosa que, en 1969, cuando apareció Los relatos más bellos del mundo, sólo había publicado La ciudad y los perros y La casa verde y ya era "uno de los diez o doce autores más difundidos de la vigorosa narrativa hispanoamericana"- es todo un ejercicio de suspense.

            Ambientado en el Perú natal del escritor, Jamaiquino, el protagonista de La visita, "es un negro sucio" según doña Merceditas, la anciana visitada. Hace medio siglo, en el 69 cuando se puso a la venta la primera edición de Los relatos más bellos del mundo, la corrección política en el lenguaje ni se imaginaba. De modo que, por más que a lector de nuestros días le chirríe, a los personajes de color, igual que a las personas, se les llamaba "negros" sin más contemplaciones. Pero no divaguemos.

            A medida que el diálogo entre uno y otra avanza, se descubre que la visita no es de cortesía. Muy por el contrario, si Jamaiquino se ha acercado hasta la cabaña de doña Merceditas, a la que pide un vaso de leche, ha sido para llevar hasta allí al ejército. Los militares buscan a Numa, el hijo de la vieja, un peligroso criminal. De modo que la anciana repite al delator que Numa va a matarle.

            Sin embargo, no será Numa quien dará muerte a Jamaiquino: imaginamos que serán sus compinches. Los militares desprecian al delator, que los ha conducido hasta el proscrito, tanto o más que doña Merceditas. Así pues, en vez de llevarle con ellos como le habían prometido, le dejan solo en la cabaña cuando en el bosquecillo colindante, los ruidos entre las ramas y las hojas dan a entender que los secuaces de Numa se acercan para vengar a su jefe en el infeliz que lo ha delatado. Sí señor, un cuento en verdad notable.

 


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(1) Un extraño suceso en la vida de Schalken el pintor es arte mayor. Leído en un par de ocasiones con anterioridad, esta tercera me reafirma en mi idea de que Sheridan Le Fanu es uno de los mejores escritores de novela de miedo de todos los tiempos. Más aún, Un extraño suceso... es el mejor relato de terror de cuantos he leído al margen de autores y géneros. Gótica pura, el autor mezcla en ella el tema del alma en pena, lo sobrenatural en definitiva, con algo tan terreno como los amores que se lleva el paso del tiempo a cuenta de una simple palabra mal dicha en un momento dado.

Tras hablarnos de una misteriosa mujer que aparece en una extraña obra de Schalken, propiedad de la familia del narrador desde que el artista se la regalará al bisabuelo del conductor del relato -como se ve, el procedimiento narrativo es muy parecido a la pieza anterior, si bien en está ocasión esta al servicio de una nueva genialidad-, se nos remite a los días en que el artista era aprendiz de un tal Gerard Douw. Estando enamorado de la sobrina de éste, cierta tarde que se ha quedado solo en el estudio, maldice ante las dificultades que le plantea un trabajo. Acto seguido escucha una carcajada y aparece tras él un hombre vestido a la antigua usanza de Flandes. Pese a que el ala de su sombrero cónico oculta su rostro, no es difícil imaginar en el misterioso intruso -que dice haber llegado para verse con Douw- al Diablo.

La noche siguiente, cuando Vanderhausen, el insólito visitante se encuentra con Douw, el joven Schalken es enviado a vender unos lingotes de oro del misterioso personaje. Será la exorbitante cantidad que Vanderhausen entregue a Douw por la mano de su sobrina. La única condición para cerrar tan fabuloso trato es que el artista acepte inmediatamente, lo que hace tras superar ciertas dudas. Una vez cerrado el acuerdo, cuando Schalken se asoma a la ventana para ver marcharse al curioso personaje, para su asombro y fascinación mía, pues éste me ha parecido uno de los detalles más inquietantes del texto, no ve salir a nadie.

Una semana después de la primera entrevista, Rose parte con el que habrá de ser su esposo. Schalken -en otra observación digna del talento del autor- tras dos o tres días sin ir por el taller regresa a él para conseguir "trabajar con mucho mayor empeño que antes: el estímulo del amor había dejado paso al estímulo de la ambición".

Los meses se suceden sin que Douw tenga noticias de su sobrina, cuando extrañado pregunta por Vanderhausen en la dirección de Rotterdam que éste les dejara, allí nadie sabe nada de él. Las únicas noticias que obtiene de su espeluznante sobrino político se las das un cochero. Este asegura que vio perderse a Vanderhausen y su bella dama -quien tenía los ojos llenos de lágrimas y "las manos encogidas por el miedo"- junto a una siniestra comitiva que vino a buscarles en las sombras de la noche.

Tiempo después, cuando el maestro y su discípulo se encuentran cenando en su estudio, Rose irrumpe precipitadamente en él. Esta muy asustada. Tiene mucha hambre, mucha sed y dice que los muertos y los vivos no pueden estar juntos. Pero sobre todo, les suplica que no la dejen sola ni un momento. En un instante de debilidad, que es olvidada esta última advertencia, la puerta de la alcoba, donde la reaparecida descansa junto a cierta horrorosa presencia, se cierra. Schalken y su maestro intentan en vano abrirla. Cuando, después de forcejear azuzados por los terribles gritos que escuchan al otro lado, consiguen volver a entrar, la alcoba está vacía.

Al cabo de los años, al asistir al entierro de su padre en Rotterdam, nuestro pintor se queda dormido en la iglesia donde se encuentra la cripta que habrá de acoger los restos mortales de su progenitor. El espectro de Rose le visita en sueños. "No había nada horrible, ni siquiera tristeza en su semblante. Esbozaba aquella misma sonrisa picaruela que había seducido al artista en los años felices de su primera juventud", escribe Sheridan Le Fanu. Tras seguir a la aparición hasta una cama, Schalken descubrirá a Vanderhausen en el lecho.

La mañana siguiente, nuestro hombre es encontrado en una cripta de similares características a la cama en cuestión.

Además de la belleza de su argumento, que al igual que en La habitación viene a conjugar lo sobrenatural con las miserias más terrenas -en este caso la fácil renuncia al amor-, el autor, que aquí demuestra ser uno de los grandes góticos -hay que insistir-, es capaz de crear una atmósfera en verdad inquietante mediante sugerencias, sin truculencia alguna.

(2) Poco cabe decir de Los hechos en el caso del señor Valdemar (1845), que no se haya dicho hasta la saciedad por plumas más doctas que la mía. La experiencia de Valdemar, que en los días del auge del mesmerismo se deja magnetizar al entrar en trance de muerte, es un auténtico clásico del cuento de miedo. Todo el mundo sabe que cuando el narrador trata de despertarlo, el cuerpo de Valdemar comienza a pudrirse hasta llegar a ser "una masa casi líquida de horrorosa y repugnante descomposición". La singularidad es que Felices pesadillas nos presenta este clásico en una traducción de Mauro Armiño, que no esa de Julio Cortázar, el más celebrado traductor de los cuentos de Poe al español, publicada en España en 1970 dentro de dos tomos legendarios de la colección El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. Armiño, uno de los más prestigiosos traductores literarios del francés -y en menor medida del inglés- del panorama editorial actual, marca las distancias desde el principio. Así, el título que nos propone difiere del de Cortázar -La verdad sobre el caso del señor Valdemar-, pero se ajusta más a la literalidad.

 

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Javier Memba Sat, 21 Sep 2019 15:45:00 +0100
Una epopeya en viñetas http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12105/una-epopeya-en-vinetas/             Llegado el momento de hacer el balance de los cómics leídos este verano, he de destacar las aventuras de Aymar de Bois-Maury, todo un ciclo narrativo. En los álbumes que lo integran, bajo el título genérico de Las torres de Bois Maury, se nos cuentan las hazañas de Aymar, un caballero andante en la Francia de las postrimerías del siglo XI y los albores de la centuria siguiente, siempre en pos del regreso y la recuperación de su solar natal: las fortificaciones aludidas.

 

            Original de Hermann -guión y dibujo-, su primera entrega, Babette -una de las pocas que aún no he leído- apareció en 1984. En los treinta y cinco años transcurridos desde entonces, Aymar y su fiel escudero, Olivier, han cabalgado desde la Cataluña de Eloïse de Montgrí (1985) hasta la Tierra Santa de las cruzadas de Khaled (1994). Y lo han hecho pasando por el Camino de Santiago referido en Germán (1986) y Reinhardt (1987) o la Bizancio de El selyúcida (1992). Tanto en el occidente cristiano como en el oriente sarraceno, Aymar ha intentado deshacer cuantos entuertos han precisado de su acción con la justicia de los caballeros andantes.

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            Hasta que la muerte pone fin a su quimera en Olivier (1994). En aquellas páginas, después de tantos lances, Aymar se dispone a presentar la batalla final para recuperar sus tierras cuando una flecha pone fin a ese empeño que horada todo el ciclo con trazas de quimera. El lirismo de este detalle -permítaseme la expresión, aunque Las torres de Bois Maury son una epopeya meridiana-, fue lo que acabó por ganarme para una colección que en sus entregas posteriores será protagonizada por los descendientes del caballero: Assunta (1998), Rodrigo (2001)... Dado el entusiasmo que me lleva a elogiarla ahora -que no es sino el que cumple puesto a escribir sobre una gesta impulsada por la nobleza de la empresa de su héroe, sea cual sea el formato en que su historia se nos cuenta-, nadie diría que empecé rechazando esta serie por su dibujo: demasiado dramático para esa legibilidad y jovialidad a ultranza que, como lector formado con la queridísima Línea clara, tiendo a exigir a las viñetas.

 

            Legibilidad y jovialidad que sí encuentro en las aventuras de Jhen (Jacques Martin y Jean Pleyers, 1978), ambientadas en una Francia muy posterior, la de la Doncella de Orleans y Gilles de Rais (siglo XV), pero también en el medievo. Quién sabe si Germán, el constructor de catedrales de Las torres de Bois Maury, que morirá ajusticiado tras convertirse en salteador de caminos, no debe su primer empleo al de Jhen, también arquitecto de estos templos.

            Sea como fuere, el espíritu de ambas series -al igual que su dibujo- no guarda ninguna relación. Jhen es una auténtica aventura. Por así decirlo, una novela histórica; por el contrario, Las torres de Bois Maury son una novela de caballería o mejor aún: una canción de gesta. Considerando la importancia que tienen los Pirineos en su propuesta, a los que Aymar vuelve en varias ocasiones, es muy probable que el Cantar de Roldán ejerciera en Hermann mucha más influencia que Jhen cuando se puso a concebir a su héroe.

            Debo asimismo reconocer que tuve noticia bastante tarde de Las torres de Bois Maury. No fue hasta mi lectura de La historia en los cómics, el interesante trabajo de Sergi Vich, publicado en 1997 por la editorial Glénat. En aquel texto, del que di cuenta con sumo agrado algunos años después de la citada edición, se hablaba de esta serie como la más apegada a lo que debió ser la realidad del medievo. Supongo que ese afán de realidad es el que inspira el dramatismo de sus estampas, tan próximas a las imágenes que nos sugiere La balada de los ahorcados (1463), el poema de François Villon, el poeta ladrón.

 

            Pese al primer rechazo que sentí ante ese afán de realidad, he acabado por acogerlo de buen grado. Ha de deberse a que empiezo a estar ahíto de esa fantasía épica que, desde la popularización del universo de Tolkien, parece preceptiva a todo relato de ambientación medieval. En Las torres de Bois Maury, la magia sólo hace acto de presencia en Sigurd (1990). El resto es tan real como lo fueron la peste, el hambre y la barbarie en la Europa medieval.

 

            Esta serie también me ha ganado por esas idas y venidas de los personajes -cuyos nombres dan título a los distintos álbumes- en las sucesivas entregas, ese trasiego de los actores de reparto entre los protagonistas que tanto estimo en todos los ciclos narrativos, desde La comedia humana de Balzac hasta las aventuras de Tintín del gran Hergé.

 

            Treinta y cinco años después de su primera entrega Las torres de Bois Maury son uno de los grandes clásicos de la bande dessiné del que personalmente, he de reconocerlo, he dado cuenta bastante tarde.

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Javier Memba Wed, 18 Sep 2019 06:30:00 +0100
Continúa mi lectura de Bertrand Russell (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12104/continua-mi-lectura-de-bertrand-russell-ii/ (viene del asiento anterior)

 

 

El Renacimiento y la ciencia

            Del Renacimiento suele destacarse su interés por la antigüedad clásica tras el oscurantismo y la barbarie medievales. A lo que suele hacerse menos referencia -al menos a mí me lo parece en mi supina ignorancia sobre el tema- es al interés por la ciencia de este periodo en que Europa volverá a ser grande merced a su emancipación del poder de la Iglesia y su interés por la ciencia aplicada. Hasta aquí, la filosofía ha contemplado a la ciencia de una forma que Russell define como "teórica". A partir de ahora lo hará de una manera "práctica" para cambiar el mundo, que no para explicarlo. Naturalmente, la Iglesia se opone a esta nueva inquietud: persigue a Galileo. Más aún, la Inquisición pone fin a la ciencia en Italia, que no volverá florecer en aquel país durante siglos. El clero, dogmático por definición, siempre está en contra de la ciencia, empírica por naturaleza. De modo que la ciencia sólo avanzará donde la Iglesia no controla al estado.

 

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            La guerra -que paradoja- será el primer incentivo de esta nueva concepción de la ciencia. Tanto Galileo como Leonardo -dos de los pilares indiscutibles del Renacimiento- son empleados por los gobiernos de sus localidades para perfeccionar la artillería. "El triunfo de la ciencia se debió, principalmente, a su utilidad práctica, y hubo un intento de disociar este aspecto del de la teoría, haciendo así de la ciencia, cada vez más, una técnica y, cada vez menos, una doctrina sobre la naturaleza del mundo" (pág. 113).

 

 

 

            "Las filosofías inspiradas por la técnica científica son filosofías del Poder y tienden a considerar todo lo humano como mera materia prima", continúa Russell (pág.114). "Los fines no se toman ya en consideración; sólo se aprecia la habilidad del procedimiento. Esto es también una forma de locura. Es, en nuestra época, la más peligrosa, contra la cual una sana filosofía debía facilitar un antídoto".

 

 

 

             No es gratuito que sea en el Renacimiento cuando Maquiavelo escribe El príncipe (1513). Aunque su edición definitiva, póstuma, no aparecerá hasta 1533, ya en vida Maquiavelo fue juzgado con la misma hipocresía que se le sigue juzgando ahora porque, entre otras barbaridades para nuestro pensamiento, afirmó en aquellas páginas que los gobernantes no tienen porqué ser buenos constantemente. "Pero es necesario saber disimular bien esta condición y ser un gran fingidor y disimulador; y los hombres son tan simples y dispuestos a obedecer a las necesidades presentes, que uno que engaña siempre encontrará quienes estén dispuestos a ser engañados" (Maquiavelo).

 

 

 

            En cuanto a la Reforma y a la Contrarreforma (Cap. V), Russell sostiene que aquélla fue alemana y ésta española. Más allá de la perogrullada -Lutero era alemán y su país fue el primero en que impulsó la reforma protestante contra las corrupciones de la Iglesia de Roma-, hay que reparar en cómo sostiene el autor que fue un violento debate entre las naciones menos civilizadas -en aquel tiempo las del norte de Europa- contra el dominio intelectual de Italia y la hegemonía de España -impulsora de la Contrarreforma- en el orden internacional. Esa también es la causa de la frecuencia con que son italianos los villanos que nos presenta Shakespeare. Desde que leo novela gótica tengo el convencimiento de que la insistencia con que sus asuntos están localizados en instituciones religiosas italianas o españolas obedece a la animadversión luterana a los papistas. Russell me demuestra que esa misma fobia se remonta al Bardo de Avon.

 

 

 

            Con todo, a medida que la ciencia avanza, la magia y la hechicería -en las que prácticamente creía toda la gente en la Edad Media- comienzan a ser supercherías. "En 1700, la actitud mental de los hombres educados era completamente moderna; en 1600, a excepción de muy pocos, era aún, en gran parte, medieval" (pág. 157).

 

 

 

            Librado el pensamiento de ese sentimiento de que en todo había pecado, verdadera opresión de la Edad Media, con la revolución científica del Renacimiento cambiaron hasta las leyes del movimiento. Esa antigua idea de que Dios es el primer motor fue refutada por Galileo. La ciencia también obró una profunda transformación en la posición del ser humano en el universo. La Tierra dejó de ser el centro de los cielos para ocupar un lugar más en ellos. Más aún, el planeta dejó de estar al servicio del ser humano. Sorprende que el polaco Nicolás Copérnico -el primero en observar que la Tierra y los planetas se mueven alrededor del sol- fuese otro de los grandes científicos del Renacimiento. Sorprende porque, además de un astrónomo, matemático y precursor de algunos de los grandes cambios científicos venideros, fue un monje católico. Bien es cierto que su Sobre los giros de los orbes celestes (1543) no fue publicado -según su deseo- hasta el año de su muerte. Con todo, fue incluido por la Iglesia en su Index librorum prohibitorum (1564), el primer índice de libros prohibidos por la Iglesia.

 

 

 

            Naturalmente, en esa primera nómina de libros malditos no podía faltar Francis Bacon, el primero de los filósofos científicos que primó la inducción frente a la deducción. "Ídolos" (pág. 165) llamó a los malos hábitos que hacen errar el pensamiento. Ídolos que pueden ser "de la tribu -inherentes a la naturaleza humana-, de la "plaza del mercado" -relacionados con la imposibilidad de librarse de la influencia de las palabras en el pensamiento-, "del teatro" -debidos al pensamiento heredado- y de la "escuela" -consistentes en creer que una regla ciega, verbigracia: el silogismo- puede ocupar el lugar del juicio en la investigación.

 

 

 

            "El temor al poder invisible, si es admitido públicamente, es religión", sostiene el empirista inglés Thomas Hobbs, para quien Dios está por encima del entendimiento humano. Creo entender que la filosofía política comienza a desplazar a la escolástica -o teología tal vez sea mejor apuntar- en el debate del siglo XVII, Leibniz "arguye que, en el mundo, toda cosa particular es contingente, es decir, que sería lógicamente posible que no existiera; y esto es verdad, no sólo de cada cosa en particular, sino de todo el Universo. Aun en el caso de que supongamos que el Universo ha existido siempre, no hay nada dentro del Universo que lo demuestre. Pero todo debe tener una razón suficiente, según la filosofía de Leibniz; por consiguiente, el Universo como conjunto debe tener una razón suficiente. Esta razón suficiente es Dios". Y Russell sostiene que es mejor que el argumento de Dios como la causa primera de todas las cosas (pág. 209).

 

 

 

            De John Locke me quedo con una conclusión extraída del Ensayo sobre el entendimiento humano (1690): "Hay razón para pensar que si los hombres estuvieran mejor instruidos tendrían menos afán de imponerse a los otros", que Russell trae a colación en la pág. 231.

 

 

 

            El relato cobra un nuevo brío, y su lectura me ha resultado mucho más interesante en el capítulo XVIII: El movimiento romántico. El autor afirma que la gente cultivada de la Francia dieciochesca ya admiraba sobremanera la predisposición a la emoción. Una persona sensible, ya entonces, era capaz de llorar ante el infortunio de una familia campesina. Pero se mostraría indiferente ante un proyecto para mejorar las condiciones del campesinado como clase social.

 

 

 

            Esto, con las correspondientes variaciones, puede extrapolarse perfectamente al afán de redimir a los pobres que, desde entonces, aún irradia a nuestros días. Y esto también viene a ser el mejor ejemplo para dejar constancia de cómo el movimiento romántico sigue inspirando a nuestro nefasto siglo XXI, en que llamamos romántica a la exaltación sentimental, sobre todo del sentimiento de la simpatía. El romanticismo, en puridad, es la preponderancia del sentimiento frente a la razón.

 

 

 

            Para Russell, Rousseau es la gran figura del romanticismo, aunque otros autores prefieran adscribir al ilustrado al prerromanticismo. Sin embargo, El contrato social (1762), donde Rousseau expone su teoría política, el razonamiento prima sobre el sentimentalismo. Sostiene Russell que las doctrinas de Rousseau en dicho texto, "aunque sirven insinceramente a la democracia, tienden a la justificación del estado totalitario".

 

 

 

 

 

 

 

            Los prusianos

 

 

 

            La importancia del prusiano Immanuel Kant, el ilustrado que fuera el precursor del idealismo alemán y uno de los autores más transcendentes de toda la historia de la filosofía, es su doctrina del espacio y del tiempo. La expuso en su célebre Crítica de la razón pura (1787), que Russell comenta en l pág. 335. Para Kant, ni espacio ni tiempo son conceptos empíricos, sino "intuiciones puras" y éstas son aquello en lo que no aparece nada de la sensación que es el comienzo de la actividad cognitiva.

 

 

 

            Ya entrando en el Idealismo alemán -la escuela inspirada por el pensamiento de Kant entre las postrimerías del siglo XVIII y los albores del siglo XIX-, el artículo dedicado a Hegel, uno de los mayores exponentes de dicho idealismo, es toda una refutación del que fuera definido como el último filósofo de la Modernidad, entendida ésta como aquel periodo del pensamiento en que la razón se antepone a la religión. Russell nos habla de cómo ese otro prusiano que fue Hegel supedita el individuo al estado y yo debo apuntar que, empero la sorpresa que me ha causado el tono de la refutación, me ha puesto en antecedentes sobre la poca importancia del individuo en los estados marxistas. Remontándose al teólogo David F. Strauss, el primero en hablar de hegelianos de izquierdas y de derechas como los políticos en su espectro, Russell nos presenta a estos últimos, también llamados "viejos hegelianos", como aquellos que estimaban que la dialéctica hegeliana había alcanzado la perfección en el estado prusiano. No en vano, los viejos hegelianos contaban entre sus prohombres. Uno de ellos fue Karl F. Göschel, uno de los grandes juristas de la Prusia de su tiempo. De aquí se sigue que los hegelianos de derechas eran los conservadores, los convencidos de que el estado prusiano era el perfecto y querían que todo siguiese siendo igual.

 

 

 

            Indiscutiblemente, los hegelianos de izquierdas o jóvenes hegelianos, tuvieron mucha más transcendencia en la historia de la humanidad. Cuentan entre ellos mis dilectos Mijaíl Bakunin y Max Steiner. Dos lecturas de adolescencia de las que, naturalmente, no me enteré. Me bastó con que en la solapa se apuntase que el primero era el principal teórico del anarquismo en tanto que el segundo lo era del anarcoindividualismo

 

 

 

            Eso sí, si para bien o para mal hubo un joven hegeliano verdaderamente transcendente, ése fue Karl Marx. El padre de la ciencia social que marcó el siglo XX, partiendo de esa teoría de Hegel, ideó un estado que sojuzgaba al individuo tanto como las dictaduras fascistas, que también tocan tan de cerca al idealismo alemán. Dictadura del proletariado la llamaban con orgullo los jóvenes que luchaban por ella en la España de los años 70, cuando yo leía a Bakunin y a Steiner sin enterarme de nada. Ahora bien, siendo ya consciente de que había que negar un estado así, pese a mi supina ignorancia.

 

 

 

            La centuria decimonónica no fue sólo un periodo de esplendor para la novela. "Toda la vida intelectual del siglo XIX fue más compleja que la de ninguna época precedente" (pág. 344). Entre las causas que contribuyeron a esta bonanza, el autor señala "una profunda rebelión, filosófica y política contra los sistemas tradicionales". Se vieron entonces ataques a instituciones que con anterioridad hubiera sido inimaginable atacar. Russell distingue dos formas en esa rebelión decimonónica: la romántica y la racionalista. "La rebelión romántica pasa por Byron, Schopenhauer y Nietzsche" para acabar en Mussolini y Hitler (ibidem). "La rebelión racionalista comienza en los filósofos franceses de la Revolución, pasa luego, algo suavizada, a los filósofos radicales de Inglaterra". Será Marx quien posteriormente dé profundidad a la tendencia racionalista, que encontrará su praxis en la Rusia soviética.

 

 

 

            He de reconocer que, recién leído el capítulo correspondiente a las corrientes del pensamiento en el siglo XIX, me ha chocado que el romanticismo se asocie al patriotismo y el racionalismo a la lucha de clases. Pero, dado que el romanticismo, en su primera acepción, es la primacía del sentimiento ante la razón y la técnica, es mucho más romántico exaltar a la patria, que afanarse por algo tan razonable como la justicia social.

 

 

 

            Byron, como el romántico por excelencia que es, muere luchando por la independencia de Grecia. La poca estima en que le tiene Russell me ha llamado la atención tanto como que le dedique un capítulo -el XXIII para ser exactos- entre los grandes filósofos del XIX. Como cabía esperar, no juzga sus versos, sino la proyección de su figura en el ideal romántico. Sostiene que el autor de Lara (1814) tuvo más trascendencia social en el continente que en Inglaterra. "El rebelde aristócrata, cuyo modelo fue Byron en su tiempo, es un tipo muy diferente del cabecilla de una sublevación campesina o proletaria. Los que tienen hambre no necesitan una filosofía complicada para estimular o excusar el descontento, y todo lo de esta especie les parece simplemente un entretenimiento del rico perezoso" (pág. 369). "Como muchos otros hombres eminentes, fue mucho más importante como mito que como lo que realmente era" (pág. 375).

 

 

 

            "El evangelio schopenhaueriano de la resignación no es muy convincente ni muy sincero", puede leerse en la pág. 381. En efecto, Schopenhauer también es objeto de la crítica de Russell y lo es principalmente por su célebre misoginia. Este otro pensador alemán odiaba a las mujeres por las desavenencias con su madre. "Si bien tuvo muchos lances triviales, sensuales, pero no apasionados" (ibidem). Imagino por tanto al autor de El mundo como voluntad y representación (1819) como a aquellos compañeros de la juventud, que deseaban a las chicas sin saber seducirlas y hablaban con entusiasmo de las teorías de Schopenhauer sobre las mujeres.

 

 

 

            Sin embargo, la influencia de este otro prusiano sobre el idealismo occidental se verifica en un detalle que ha ido cobrando mayor importancia con el curso de los siglos: fue el primer pensador intelectual que se interesó por el budismo. Y aunque no era excesivamente antisemita, abominaba del islam. Su pesimismo profundo transciende hasta el 98 español: Ganivet, Baroja, Unamuno... Pero lo que quizás le acerque más a nuestros días sea su simpatía por los seres irracionales. "Es difícil encontrar en su vida muestras de ninguna virtud, excepto su benevolencia para los animales" (íbidem). Con todo, Russell concluye: "Más importante que el pesimismo es la doctrina de la primacía de la voluntad (...). Por esa razón, a pesar de la inconsistencia y cierta superficialidad, su filosofía tiene considerable importancia como una etapa del desenvolvimiento histórico.

(sigue en la entrada del 30 de septiembre)

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Javier Memba Tue, 10 Sep 2019 04:30:00 +0100
Continúa mi lectura de Bertrand Russell (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12102/continua-mi-lectura-de-bertrand-russell-i/  

 

            La historia, no de la filosofía occidental, sino la historia de Occidente en su concepción más amplia ocupa en estas páginas un papel mucho mayor del que cabe esperar. Era previsible que la crónica del tiempo en que vivieron los pensadores traídos a colación sirviese a Russell para contextualizar su obra. Pero ya desde el primer tomo vengo arrastrando la sensación de que se trata de algo de más envergadura que el mero marco cronológico. Al cabo, parece ser la exégesis de por qué surge en ese periodo dicho pensamiento.

 

            Más aún, el propio Russell advierte en la introducción de ese primer tomo que la historia de la filosofía no hay que buscarla tanto en la dependencia de sus protagonistas de un sistema o de una doctrina, como en la historia social, cultural y política de la que proceden, es decir en la historia general de las civilizaciones, que también son aquellas en las que convergen las elaboraciones de los sistemas filosóficos. La teoría de las ideas de Platón, la lógica de Aristóteles o la moral del periodo helenístico hay que estudiarlas en la Grecia clásica, por mucho que su impronta o su esplendor sigan irradiando al Occidente de nuestros días. Una vez más hay que repetir que todas las cosas deben estudiarse en su contexto.

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            Aunque el segundo tomo de esta Historia de la filosofía occidental comprende la filosofía moderna, en mi edición -la dada a la estampa en el Madrid de 1971 por Espasa-Calpe- también incluye un primer capítulo dedicado a la Edad Media. Esto me lleva a pensar que mi querida edición, una traducción de Julio Gómez de la Serna y Antonio Dorta, no es todo lo buena que he estado imaginando durante esas cuatro décadas que he tardado en ponerme a leerla. Sin querer decir con ello que sea mala, también he de apuntar que, al capítulo dedicado a la Edad Media, incluido en el tomo de la filosofía moderna, hay que sumar la supresión de la última parte del título original. La historia de la filosofía occidental y su conexión con las relaciones políticas y sociales desde los orígenes hasta nuestros días, ése fue el título exacto con el que estos dos volúmenes de Russell fueron publicados en la Nueva York de 1945. Son dos minucias, pero esa apostilla final del título es harto significativa respecto a esa atención que el autor presta a la Historia en general y que a mí tanto me aguijonea.

 

            Es importante señalar el año de la edición príncipe: 1945. Eso explica las dudas de Russell, en aquella sazón uno de los precursores del pacifismo venidero, en la supervivencia de la civilización occidental. No en vano, el pensador acaba de ser testigo de la eficacia de la dialéctica de las armas para la imposición de los argumentos en la mayor guerra que la Historia ha registrado hasta la fecha. La gran fuerza militar demostrada por Rusia, China y Japón en la Segunda Guerra Mundial le hace dudar de la supremacía de la civilización occidental. "Todos estos países reúnen la técnica de Occidente con la ideología de Oriente: bizantina, confuciana o sintoísta". Ahora bien, Russell, hombre de probada buena voluntad no se muestra nada apesadumbrado por ese fin de la supremacía de la civilización Occidental, que ha venido imponiéndose en el mundo desde el Renacimiento. "A nosotros nos parece que la civilización europea de Occidente es la civilización, pero esto es un punto de vista muy estrecho" (pág. 20).

 

            La superioridad occidental, desde el Renacimiento hasta el amado siglo XX, se debe en buena medida a la ciencia y a la técnica científica. Pero también a las instituciones que se formaron paulatinamente durante la Edad Media. "Hay un imperialismo de la cultura que es más difícil de vencer que el del Poder (...). Toda la cultura europea conserva un tinte de imperialismo romano" (ibidem). Ya entonces, al publicar por primera vez estas brillantes páginas que tanto admiro, el británico propone que Asia sea admitida en un plano de igualdad respecto al pensamiento occidental, y también en el terreno cultural y político. Bien es cierto que en su momento fue todo un apunte para el fin del colonialismo. Pero, a mi entender, ha sido en épocas mucho más recientes cuando ese plano de igualdad respecto a Asia u Oriente -que aquí, a la postre es lo mismo- ha empezado a imponerse.

 

            Al margen de estas últimas grandezas me conmueve la atemporalidad de la sabiduría. Puestos a introducirnos en el Medievo, uno de los periodos más oscuros de la historia de Occidente -no así de China, Japón o el Califato de los Omeyas-, Bertrand Russell nos habla del nuevo entendimiento que ha de suceder a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, es ahora, en nuestro siglo XXI, cuando empieza a remitir ese imperialismo cultural, ese etnocentrismo que inspiró a Occidente desde el Renacimiento.

 

 

 

            La iglesia y la Edad Media

 

             El Papado, tras haber sido sometido a tremendas vicisitudes durante cuatro siglos, empezó a serlo propiamente cuando los pontífices se vieron liberados del poder de los emperadores bizantinos. He aquí un dato que bien podría definirse como una victoria en la derrota ya que acabó debiéndose a la conquista de Rávena, la capital de la Italia bizantina, por los lombardos. Corría, aproximadamente, el año 751. Hasta entonces, y desde el siglo V, en que el patriarcado de la Iglesia fue llevado a Constantinopla, el Papado siempre estuvo sometido a los distintos emperadores.

 

            Lo que en un principio fue una invasión bárbara libró a la Iglesia de sus últimos sometimientos. Cuando empezó a ejercer su autoridad, en la mayoría de los casos, ésta no tardó en alzarse sobre la de los reyes nacionales, que empezaron a serlo por la gracia de Dios. Fueron varios los asuntos que confluyeron para que la iglesia medieval adquiriese una fuerza como ninguna otra organización social había conocido hasta entonces: "El Viejo Testamento, las religiones de misterios, la filosofía griega, los métodos administrativos romanos" (pág. 99).

 

            La Iglesia vende la salvación y el cielo. Las simonías, el nepotismo y demás corrupciones enriquecen al clero. En contra de esas riquezas surgen las ordenes mendicantes: trinitarios, dominicos, franciscanos... Contra esa Iglesia, corrompida desde Roma hasta el último reino cristiano, se alzará la Reforma luterana que sacudirá a la cristiandad, ya en el Renacimiento.

 

            De momento, en el medievo, la Iglesia, nos recuerda Russell, juega un papel determinante en la creación de los reinos en los que pueden distinguirse los primeros atisbos de estados europeos. Siempre he tenido el convencimiento de que la primera institución que unió a Europa entera fue la Iglesia en las Cruzadas, que a su vez también pueden entenderse como todo un precedente de la OTAN. La lectura de Russell me reafirma en mi certeza y me descubre hasta qué punto una Iglesia, que incluso estigmatiza la belleza pretendiendo que todo lo bello es obra del Diablo, es la culpable de todo el oscurantismo y las atrocidades en la que está sumida Europa en la Edad Media. No obstante la elasticidad que nos permiten las subjetividades, mucho habría que hablar sobre las analogías que se detectan entre esa pretensión de la Iglesia medieval de que todo lo bello era obra del Maligno y esa idea de la belleza real de nuestros días, que desde ciertos sectores se pretende imponer frente a la belleza canónica, si se me permite la expresión.

 

            En la Edad Media, la filosofía y la teología se separan. Pero los pensadores ya no son libres, como lo fueron los de la escuela de Mileto, que discurrían sin obedecer a ortodoxia alguna. Muy por el contrario, los escolásticos obedecen a una de las ortodoxias más férreas que se han conocido: la de la Iglesia. Su trabajo consistía en adaptar a los pensadores de la antigüedad -Aristóteles principalmente, al que estudian merced a sus traducciones al árabe- a la revelación cristiana. En su mundo todo era pecado, que sólo se redimía pagando o con el fuego. Entre los primeros escolásticos destaca mi dilecto Abelardo (pág. 56). Castrado a consecuencia de su amor por Eloísa, perseguido y estigmatizado por San Bernardo, particularmente le tengo como uno de los primeros malditos de la historia de la literatura.

 

            El apogeo de la escolástica se remonta al siglo XIII, que es cuando surgen los dominicos y los franciscanos. Sus mejores exponentes son el obispo alemán Alberto Magno, y los franciscanos, que además de los primeros escolásticos serán los primeros inquisidores. El Santo Oficio no nace en España, como se tiende a pensar habida cuenta del ahínco con el que se aplicaron aquí los tribunales eclesiásticos. Nace en el sur de Francia (Languedoc) para reprimir la herejía de los albigenses.

 

            Juan Escoto fue un franciscano escocés. Guillermo de Ockham, inglés, perteneció a esta misma orden. Son los dos escolásticos a los que dedica todo un capítulo Russell. Y naturalmente, a santo Tomás de Aquino, el más destacado de todos ellos. La primera de sus vías para demostrar la existencia de Dios -que aún recuerdo de esa asignatura de Filosofía que suspendía inexorablemente en 6º de bachillerato- es la de presentarnos al Hacedor como el motor inmóvil que está en el origen del movimiento del resto de las cosas. Russell sostiene que esa idea del motor inmóvil ya se ve en Aristóteles (pág. 75). Por otro lado, mucho menos dogmático que el santo, hace notar que la ética sexual de Santo Tomás obedece a "consideraciones puramente racionales" (pág. 79).

 

            Es curioso, el catolicismo en el que me educaron me lleva a seguir anteponiendo la santidad al nombre de este último sabio. Cosa que no hago con Alberto Magno, también elevado a los altares, como corresponde al primero en adaptar al canon eclesiástico los textos aristotélicos. Hombre prodigioso en múltiples saberes, fue todo un Leonardo del Medievo.

 

            Pero no hay que engañarse, la escolástica no alienta un pensamiento libre. Muy por el contrario, obedece a una ortodoxia tan férrea como la de la Iglesia.

(continúa en el asiento siguiente)

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Javier Memba Thu, 05 Sep 2019 05:45:00 +0100
La cartelera perdida (y IV) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12101/la-cartelera-perdida-y-iv/ (viene del asiento del 6 de agosto de 2019)

 

            Creo que mi cinefilia alcanzó la plenitud cuando empecé a ver -y atesorar- películas malas siendo consciente de que lo eran. Menuda paradoja. Sí señor, pasados los primeros estadios de mi pasión fílmica -el de las lecturas tempranas con los datos básicos, el del culto a los clásicos, el del descubrimiento del lirismo de John Ford, el de la fascinación ante la utilización de los recursos y procedimientos del lenguaje fílmico por parte del cineasta-, volviendo ahora sobre mi educación como soñador del cine, creo que mi formación quedó concluida cuando comencé a grabar el fantaterror español como si fueran las maravillas de la Hammer.

 

            No me refiero, por supuesto, a los títulos incuestionables de Narciso Ibáñez Serrador -La residencia (1969), ¿Quién puede matar a un niño? (1976)- o Jordi Grau -Ceremonia sangrienta (1973), No profanéis el sueño de los muertos (1974)-, cintas que forman parte de lo mejor del repertorio universal del cine de miedo. Hablo del fantaterror patrio que no es precisamente bueno. No fui un auténtico cinéfilo hasta que no disfruté con la tetralogía de los templarios zombis de Amando de Ossorio -La noche del terror ciego (1972), El ataque de los muertos sin ojos (1973), El buque maldito (1974), La noche de las gaviotas (1975)-, el licántropo Waldemar Danisky del gran Paul Naschy -La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968), La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1971), El retorno de Walpurgis (Carlos Aured, 1973)- y la serie del doctor Orloff del inefable Jesús Franco: Gritos en la noche (1961), El secreto del doctor Orloff (1964), Los siniestros ojos del doctor Orloff (1974)…

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            Aunque leído así pueda parecer un esnobismo, es algo rigurosamente cierto. Podría apuntar que interesarme por lo que el común de la crítica despreciaba fue la primera manifestación de mi propio criterio cinéfilo, que no la ratificación de lo que mis lecturas al respecto me habían dicho que era bueno. De hecho, fue esa primera manifestación de mi propio criterio. Pero Comencé a valorar el fantaterror español al margen de su calidad porque me remitía directamente a una buena parte de esa cartelera perdida, que vengo a evocar en estos artículos: la del programa doble en sesión continua desde las cuatro de la tarde. Delicia vespertina de tantos sábados de mis primeros años en las salas del paseo de Extremadura -Astoria, Lisboa, Extremadura-, en el España de mi barrio o en el San Ignacio, de San Ignacio de Loyola.

 

            Aquel cine como el fantaterror -aunque también podría haber sido el spaghetti western, el peplum o cualquier otro género carente por completo de ínfulas, sin más afán que entretener- me tocaba mucho más de cerca que la célebre incomunicabilitá del gran Michelangelo Antonioni. Sin que, por supuesto, sea menoscabar al maestro de Ferrara, que desde que le descubrí en los 80 siempre ha sido uno de mis cineastas favoritos, Antonioni me gustó intelectualmente, cuando entendí lo que había leído previamente sobre él. La maldición del licántropo me atrajo porque sí, siendo aún un mero espectador. Al volver a Waldemar Danisky a comienzos de los 90 me recordé a mí mismo a mis trece o catorce primaveras, cuando las chicas que pululaban alrededor del hombre lobo, siempre tan pródigas a insinuar lo que guardaban sus escotes y otras intimidades, despertaron algunas de mis primeras pulsiones eróticas entre ese encanto de los cuentos de miedo que rezuma el fantaterror. Era algo así como esas brujas que hechizaban al incrédulo que atravesaba su bosque bajo la forma de una mujer hermosa y, una vez lo tenían en su poder, descubrían su verdadera identidad.

 

            La cinefilia para mí es una quimera -saciar un apetito que de hecho es insaciable: el de ver películas-, pero su causa no es otra que una quimera aún mayor: la sustitución definitiva de la realidad por el cine. Pero el cine en su concepto más amplio, no sólo el cine bueno. Fue entonces cuando comprendí el afán de Jacques Chevalier (Jacques Dutronc), el cinéfilo de Lo importante es amar (Andrzej Zulawski, 1975) cuya prioridad en la vida es ver todos los peplum de Maciste.

 

            La cinefilia que sólo se nutre de obras maestras, no es completa. A mi entender, se queda en ese último estadio del aprendizaje filmófilo: la complacencia que produce comprobar la pericia del cineasta en la utilización del lenguaje cinematográfico para contarnos su historia. Pero quien necesita ver un número determinado de películas a la semana para no perder el equilibrio, no suele tener ningún problema en que algunas sean malas. Incluso puede pasar un rato agradable asistiendo a su proyección por cualquier otro motivo. A mí me basta con que la actriz me guste -veo cualquier cinta de las que interpretó Carole André sólo por eso- o, como en el caso del fantaterror español, con que me remita a mi cartelera perdida es suficiente.

            Admitir esta paradoja fue algo semejante a aquel impulso que, en 1986, tras dar cuenta fascinado de las memorias de mi dilecto Raoul Walsh -La vida de un hombre (Grijalbo, Barcelona 1982)- condujo mis lecturas de las historias, los estudios y demás textos cinéfilos, propiamente dichos, a las memorias de los cineastas. Cine y realidad -curiosa traducción al original Fun in a Chinese Laundry (Divirtiéndose en una lavandería china), que fue a titular Fernando Méndez-Leite von Hafe las memorias del gran Josef von Sternberg, impresas en Madrid en 1970 como una separata de la legendaria revista Film Ideal-; Memorias de un cineasta bolchevique (Labor, Barcelona, 1974), de Dziga Vertov, en las que supe de cómo la burocracia estalinista acabó con la vanguardia del cine soviético; o ¡Harpo habla! (Montesinos, Barcelona, 1988), la autobiografía de Harpo Marx, fueron algunos de aquellos textos. No podía faltar entre toda esa excelencia, Mi último suspiro (Plaza & Janés, Barcelona 1983), de don Luis Buñuel, uno de los grandes éxitos editoriales de los años 80, hoy ya un clásico de la literatura memorialística en español. En una primera instancia, el cine es el reflejo de la vida, esa vida que en mi quimera ha de vampirizar. ¡Cuánto cine aprendí leyendo sobre la vida de algunos grandes cineastas!, que no necesariamente sobre los detalles de la realización de sus películas. Buñuel dedica más espacio a contarnos la preparación del Dry Martini -incluso cuando ya había dejado de beberlo- que a dar noticia del rodaje de El ángel exterminador (1962).

 

            En efecto, alcancé mi plenitud cinéfila cuando, a cada uno en su medida, también comencé a valorar el cine malo y a incluirlo, siempre que se tercia, entre las cinco cintas que, como mínimo, veo semanalmente para no perder el equilibrio. Pero aquello no tuvo lugar en la Filmoteca. Lo fui comprendiendo a medida que ese cine malo también comenzó a engrosar mi colección de grabaciones.

 

            Tras aquella primera sesión en la primavera de 1989, pasé algunos años sin frecuentar el Doré, ya la sala de proyecciones definitiva de la Filmo. Mis visitas de aquel tiempo fueron esporádicas, para asistir a la proyección de algún título concreto. Mi vida de entonces era demasiado desordenada para seguir sus ciclos con la atención que siempre merecen. De modo que alimenté mi cinefilia con mi ya considerable videoteca. El video, que ya había acabado con la sesión continua desde las cuatro de la tarde en programa doble, pese a ser tan rudimentario entonces como siempre me ha parecido el teatro respecto al cine, sólo fue el primero de los distintos procedimientos que acabarían por poner fin a aquella costumbre, tan del amado siglo XX, de ir a ver una película para pasar la tarde. Otra vez mi cartelera perdida.

 

            Y el video sólo fue el primero de los procedimientos que invirtieron el asunto. Antes de llegar al streaming de nuestros días, hubo unos cuantos que permitieron llevar y conservar el cine en casa: el DVD, el pay per view, los minúsculos pen drive, los frágiles discos duros... Mientras llegaban, me reencontré con la Filmoteca en 1996, a raíz del ciclo, organizado junto al Festival de San Sebastián, dedicado al gran Tod Browning. El carnaval de las tinieblas fue el lema elegido. Aquella colaboración, prolongada hasta nuestros días, ha llevado a los otoños del Doré a cineastas de la talla de Michael Powell & Emeric Pressburger, Anthony Mann o Jacques Demy, por citar algunos de los que he seguido con mayor interés.

 

            Entre los ciclos programados durante el resto del año, he de recordar los dedicados a Atom Egoyan, David Cronenberg o a mi dilecto Barbet Schroeder. El del gran Godard me permitió ver todo su cine militante, el que llevó a cabo desde que abandonó la pantalla comercial a raíz de los acontecimientos de mayo del 68 para volver a ella en el 72 con Todo va bien. Sin olvidar la cita anual con el cine coreano, o aquel repaso al Hitchcock silente. De este último recuerdo sobre todo sus proyecciones en la azotea, cuando ésta funcionaba como cine de verano. En fin, desde que la Filmoteca encontró su acomodo definitivo en el Doré, han sido tres décadas de buen cine, pese a que el cine mismo ha dejado de ser lo que era antes. Ya hace algunos años que las películas, ni en la Filmoteca, son aquel film de celuloide que representó al cine entero. Fue allí, en el Doré precisamente, donde vi la última. En la primera fila, por supuesto.

 

            Ahora, como cualquier otra información, las cintas son un archivo. Ir al cine a pasar la tarde, como se iba a mi cartelera perdida, en el amado siglo XX, es algo residual, como leer el periódico impreso o hacer fotos analógicas. Y con las mismas que me he acostumbrado a hacer fotos con el teléfono, veo las películas en el ordenador y las interrumpo, igual que una lectura, cuando me vence el sueño.

 



 

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Javier Memba Tue, 27 Aug 2019 09:15:00 +0100
Un apunte sobre "Easy Rider" http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12100/un-apunte-sobre-easy-rider/             Sostiene Bertrand Russell que muchos hombres eminentes fueron más importantes por su mito que por lo que fueron en realidad. Si esta teoría también puede aplicarse a las películas, Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) es uno de sus ejemplos incontestables. El reciente óbito de Peter Fonda, su productor y coprotagonista junto al propio Hopper, no ha de nublar el juicio sobre esta cinta medio siglo después de su estreno: Easy Rider -inútil referirse a ella como Buscando mi destino, su absurdo título español- es un mito por su banda sonora -The Band, The Byrds, The Jimi Hendrix Experience, Steppenwolf- y por su apología de la sedición juvenil de la época. Pero cinematográficamente deja mucho que desear.

 

            Puestos a hablar de filmes de hippies, la obra maestra es Zabriskie Point (1970), del gran Michelangelo Antonioni. Ambientada en los disturbios del campus de Berkeley, Mark (Mark Frechette), su protagonista, era un joven que, tras matar a un policía en una refriega, emprende la huida. En su evasión se encuentra con la bella Daría (Daria Halprin) y juntos llegan al este del Valle de la muerte, a esa parte de la sierra Amargosa conocida como Zabriskie Point. Allí, entre las dunas sedimentadas caprichosamente durante milenios, la pareja tendrá esa experiencia lisérgica correspondiente a cualquier cinta de hippies que se precie. Como la del Mardi Gras de Nueva Orleans de Easy Rider. Pero plásticamente, mucho más bonita. Las fantásticas formas que adopta el desierto en Zabriskie Point son mucho más sugerentes que los burdeles de Nueva Orleans, por donde alucinan Wyatt (Fonda) y Billy (Hopper), a los que nos ha llevado el cine con tanta frecuencia.

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            Diré más, puestos a hablar de road movies de hippies, la obra maestra es Two-Lane Blacktop (Monte Hellman, 1971). Ésta sí admite su título español: Carretera asfaltada en dos direcciones. Como Fonda, Hellman también fue acólito del gran Roger Corman, el maestro de la serie B, el mago del cine barato. Pero el nervio de Hellman fue mayor, y más atinado que el de Hopper, puesto a contar la experiencia de un conductor -incorporado por el mismísimo James Taylor- y un mecánico -a quien da vida Dennis Wilson, el batería de The Beach Boys- buscándose la vida en carreras ilegales, a través del sudoeste de Estados Unidos, en las que participan con su Chevrolet del 55.

 

            Desde que Kerouac la mitificase en On the Road (1957), una de las novelas fundamentales del amado siglo XX, la carretera era uno de los caminos principales de la sedición juvenil. Aunque, muy a menudo, se tratase de un viaje a ninguna parte, estaba claro que en la propuesta de Hellman era toda una exaltación de la contracultura estadounidense. De hecho, Laurie Bird, la chica que se sube al coche de Taylor y Wilson, era una de las musas de aquel tiempo y de aquella contestación. Novia de Hellman en aquellos días, Laurie habría de quitarse la vida ocho años después, siendo la chica de Art Garfunkel. El propio Wilson murió en extrañas circunstancias en el 83, tras una larga experiencia con las drogas, aquella liberación en la sedición juvenil.

 

            En fin, incluso dentro de la filmografía de Hopper, The Last Movie (1971) o Caído del cielo (1980) son cintas de mucha más enjundia que Easy Rider. Eso sí, la emoción que nos procuraba la secuencia de Wyatt y Billy, avanzando con sus choppers por la carretera mientras el Born to Be Wilde de los Steppenwolf ocupaba la banda sonora, no tiene parangón. Icono de una cinta que es en sí misma uno de los mayores símbolos de la contestación juvenil del amado siglo XX, dicha imagen, convertida en uno de aquellos posters que decoraban los billares y los primeros bares de juventud, a los que estábamos en el ajo -el "rollo" que se decía entonces- ya nos agitaba la conciencia incluso antes del estreno español de Easy Rider, que no se produjo hasta 1974. Los afortunados que ya la habían visto, en esos viajes que se hacían a Londres o a Ámsterdam -a Londres para comprar discos, a Ámsterdam para lo que ya sabe el buen entendedor- nos la contaban a los infelices que teníamos que conformarnos con el poster.

 

             Y así, antes de ver la película, ya sabíamos algo que parecen ignorar todos los que hoy han escrito alegremente sobre ella: en la América profunda, mataban a los hippies no sólo porque llevasen el pelo largo, se drogasen y escuchasen rock & roll. También porque intuían que esa sedición juvenil que traían consigo habría de poner en marcha un nuevo entendimiento. La tolerancia y la ecología, entre algunos otros, son dos dogmas de fe de nuestro tiempo que tienen su origen en aquella sedición juvenil mostrada en Easy Rider.

 

            A Peter Fonda, que protagonizó para Corman Los ángeles del infierno (1965) y El viaje (1967), esta última sobre una experiencia con LSD, no hay que recordarle por su chopper tuneada a lo Capitán América, como los comentaristas más superficiales están haciendo. Lo que cumple es evocarle como al impulsor de la primera apología de la sedición juvenil que habría de traer un nuevo entendimiento a la sociedad occidental. Esa fue la grandeza de Easy Rider, no sus valores cinematográficos.

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Javier Memba Sat, 17 Aug 2019 16:00:00 +0100
Sesenta cumpleaños http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12098/sesenta-cumpleanos/  

            Hoy cumplo sesenta años tan campante, pese a que la mía es una edad a la que no se llega impunemente. Apenas puedo correr. Por no hablar del esfuerzo que me cuesta agacharme. Pero no repetiré la cantinela, tan vana como manida, del tan joven y tan viejo: like a Rolling Stone, nunca mejor dicho. Soy un anciano y me gusta serlo. Quienes ocultan su edad no engañan a nadie, empezando por ellos mismos.

            Pienso en mí hace treinta años, cuando la sobriedad me aburría y era un joven apasionado. Amante del rock & roll ni más ni menos. Buscar la embriaguez a toda costa era una urgencia constante en mi vida. Habiendo dado tanto a semejante afán -todo el año 87 me lo pasé borracho-, hoy me parece imposible haber llegado tan lejos. Ahora soy ese anciano, que nunca creí llegaría a ser. Y lo mejor es que me gusta serlo. Soy de otra época, la del cine, el rock & roll y la edad de oro del periodismo: el amado siglo XX. El XXI es un tiempo nefasto, sus días me son hostiles.

            El poco futuro que me queda no es precisamente halagüeño. Pero yo sigo tan campante: todo está indeciso, no cesa el combate. Me he acostumbrado a hacer fotos con el teléfono, a ver películas en el ordenador y a sostener que la verdadera dimensión de las cosas es su recuerdo. Soy feliz, como cuando publicaba tres y cuatro artículos al día, aunque aparentemente no tenga motivos para ello. Soy feliz por envejecer al lado de mi esposa, la santa junto a la que, hace ya tres décadas, encontré el equilibrio. Soy feliz por mantener incólumes todos mis recuerdos.

            Esta dicha de la senectud se me asemeja a una mucho más remota: la que experimenté cuando perdí ese miedo a salir de Madrid, que me abrumaba al abandonar la ciudad, en cuya calle Cartagena vi la luz por primera vez, un día como hoy de hace sesenta años. Creo entender que, en el fondo, se trata de ir perdiéndole el miedo a la Parca, como se pierde el miedo a la oscuridad al ir dejando atrás la infancia. Y eso también pasa por todo lo que me gusta hacerme fotos empezando a estar decrépito.

 

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Javier Memba Sun, 11 Aug 2019 07:30:00 +0100