Gente Blogs http://www.gentedigital.es/blogs/ Sat, 24 Oct 2020 20:52:54 +0100 FeedCreator 1.7.2 Lefranc en los años 80 http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12169/lefranc-en-los-anos-80/  

            Cualquier cómic concebido por un discípulo del gran Hergé, cuyo asunto verse sobre un secuestro aéreo, inevitablemente, se tenderá a comparar con Vuelo 714 para Sídney (1968), mi favorita de las últimas aventuras de Tintín. El Oasis (1981), la séptima de las de Lefranc, no es la excepción a esta regla. De entrada, me ha parecido mucho más apegada a la realidad que el modelo. Aquí no hay extraterrestres para llevarse a nadie en su nave, tal y como les sucede a Rastapopoulos, Allan y el resto de los malotes de Vuelo 714.

            Aquí los secuestradores, a los que apenas se ve, se les supone miembros de alguna de las organizaciones terroristas que operaron a finales de los años 70. Ahora bien, Martin se cuida mucho de dar nombres. De hecho, una de las cosas que más me han llamado la atención ha sido lo fino que hila para ser en todo momento políticamente correcto. Y eso que, a comienzos de los años 80, la corrección política era un concepto inexistente, las palabras injuriosas eran un sustituto a los puños. Afortunadamente, estos sí que se habían dejado de usar.

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            Antes que en ese detalle de no querer asociar a los secuestradores con ninguna causa, la buena voluntad de Jacques Martin se hace notar en el personaje de Rahim. La única ayuda con la que contará Lefranc en este nuevo lance, será este nativo del desierto -un trasunto del Sáhara- donde se encuentra el oasis que da título al álbum. A ese lugar llevan el Airbus los malhechores, vaya -lo de "malhechores"- como se decía en los tebeos de antes.

            Tengo la sensación de que el traductor -omito deliberadamente su nombre- se equivoca al llamar al avión "aereobús" (tercera viñeta, pág. 5). Aerobús es un sistema de transporte que se vale de cabinas -semejantes a autobuses- que avanzan merced a unos cables suspendidos entre torres. El avión de transporte de pasajeros toma su nombre de la marca comercial, Airbus, igual que el número de vuelo del avión de Tintín a Sídney aludía a un modelo de Boeing que realizó su primer vuelo en 1970. Como el prototipo empezaría a fabricarse varios años antes y sabiendo como sabemos lo riguroso que era Hergé con sus documentaciones, me atreveré a sostener que el número del vuelo de los de Moulinsart a Sídney alude a este prototipo. De hecho, Roger Leloup, el creador de Yoko Tsuno, colaborador de Martin en algunos de los Alix de los 50 y del gran Hergé en Vuelo 714, como ese ingeniero aeronáutico que también era, estaba al corriente de los últimos modelos de los aviones de transporte y, a buen seguro, aconsejó al maestro a este respecto.

            Pero hoy vengo a hablar del afán de modernidad que subyace en El Oasis. Para empezar, Lefranc ya no es aquel héroe, tan de los años 50, que fue en sus primeras entregas. Ahora es un tipo de los 80. A fe mía, el personaje más representativo de aquellos años de toda la bande designée es XIII, ese trasunto de Bourne concebido por Jean Van Hamme (guion) y William Vance (dibujo). Pero, a decir verdad, en lo que al comic se refiere, no me gusta que estén ambientados en los años 80. De ahí que XIII no sea un santo de mi devoción. Lo mío, de entrada, son los tebeos ambientados en los años 60, cuando el Noveno Arte me ganó siendo un niño. En los 80 fue cuando, llevado por la nostalgia de aquellas primeras lecturas de las aventuras de Tintín en mi infancia, descubrí a los discípulos de Hergé.

            Con todo, este Lefranc de los 80, que va al rescate de Jeanean apenas le sabe entre el pasaje del avión secuestrado, me seduce mucho más que cualquier personaje de aquellos tiempos. Como ya he dicho en estos comentarios que estoy dedicando a sus relecturas, Lefranc es un discípulo de Tintín al igual que Jacques Martin lo es del gran Hergé. Por así decirlo, es como un Tintín adulto. Al igual que el infatigable reportero de Le Petit Vingtième es un hombre de paz que prefiere dejar a sus enemigos dormidos -que no muertos-, gracias al prodigioso fusil que le proporciona el mismo inventor que le aprovisiona antes de salir.

            Como siempre, ha sido un pacer.

 

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Javier Memba Thu, 08 Oct 2020 22:30:00 +0100
Nuevos apuntes sobre la cartelera perdida http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12168/nuevos-apuntes-sobre-la-cartelera-perdida/  

            Tras una agonía de casi cuarenta años, parece que con el coronavirus la exhibición cinematográfica a la antigua usanza -eso que otrora se decía "ir al cine"- va a quedar definitivamente finiquitada. Puesto a echar las cuentas del balance final, y sin querer caer en la ya manida sensiblería de Giuseppe Tornatore y su Cinema Paradiso (1988), debo reconocer que a esa vieja costumbre de ir al cine le ha ocurrido como a los amores perdidos, cuyo recuerdo siempre es más duradero que el sentimiento en sí. Resulta que he estado más tiempo evocando aquel placer antiguo que practicándolo. Ir al cine como se iba antes -cuando mi madre compraba en el quiosco una pequeña guía impresa en papel de periódico llamada Cartelera, consultaba en sus páginas la programación de las casi dos mil salas que había en el Madrid de hace medio siglo, elegía un título e íbamos a ver la cinta- dejó de estilarse a finales de los 70. Yo diría que fue cuando la Guía del ocio sustituyó a aquella queridísima Cartelera y las salas de reestreno en programa doble y sesión continua, al amparo del fin de la censura, empezaron a programar filmes de destape y otras procacidades -desde violencia extrema, hasta alusiones religiosas y políticas-, que acabaron por echar a su público natural -las familias- de aquellas sesiones. Un lustro todo lo más, pero aún faltaban unos años para que el video se popularizase y los cines de barrio comenzasen a cerrarse a mansalva, marcando así el principio del fin de esa exhibición cinematográfica.

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            "Vamos al cine a distraernos", me proponía mi madre cuando nos baqueteaba la vida o simplemente porque le apetecía. De una u otra manera, las películas y comer fuera, siempre fueron nuestras mayores alegrías. Además de por lo estrechamente ligada que está mi afición al cine a la de mi madre -coincido en eso con Guillermo Cabrera Infante-, supongo que son mis sesenta y un años -la senectud- los que, de un tiempo a esta parte, me llevan a volver con insistencia sobre los recuerdos que guardo de ella. Aún me parece verla entre las sombras de la sesión continua -que tanto placer nos dio en aquellas primeras tardes, cuando el presupuesto no nos llegaba para ese pequeño lujo que eran las salas de Fuencarral o la Gran Via-, haciéndome notar que proyectaban la secuencia que nos recibió. "A esto llegamos", me decía. Acto seguido nos levantábamos para volver a casa. Si insisto en que fui el niño más feliz del mundo es por veladas como aquellas. Atesoro los Fantomas de André Hunebelle, las dos primeras entregas del gendarme de Saint-Tropez, y otras comedias de Louis de Funes de escaso valor fílmico, únicamente porque las vi en aquellas dulces tardes junto a ella.

 

            El cine a ese nivel pretérito era un placer para sociedades mucho más ingenuas y sencillas que la nuestra, capaces de reírse a carcajadas con las comedias de Louis de Funes y tantas otras simplezas. Ahora bien, no por ello era un acto menos placentero ni dejaba de ser la manifestación cultural más importante del amado siglo XX. Recuerdo especialmente las sesiones estivales en las salas del madrileño paseo de Extremadura: Astoria, Chiky, Condado, Lisboa y Extremadura. Esas eran las cinco que hubo en el esplendor de los años 60. Al estar refrigeradas, mi madre, que era de La Coruña y no soportaba el calor -en eso sí que no me parezco a ella-, se encontraba en ellas "de maravilla".

            En fin, cuando aquel pequeño paraíso que fue la sesión continua acabó, yo ya estaba en otra onda. Los últimos programas dobles a los que asistí fueron los proyectados en los llamados cinestudios -el Lenx, el Griffith, el Ideal- que eran antiguos cines de barrio, gestionados por jóvenes cinéfilos. En su programación se mezclaban las cintas de mi dilecto Barbet Schroeder -More (1969), El valle (1972)- con los primeros títulos del nuevo cine alemán -Herzog, Wenders, Fassbinder- y el Truffaut de aquella época -Diario íntimo de Adele H. (1976), El amante del amor (1977)-. En otras palabras, proyectaban cine de autor, algo inconcebible en los cines de barrio. Para dejar constancia de su inquietud, editaban las hojas de sala, con diversos apuntes sobre las películas programadas. Allí fueron los albores de mi cinefilia, esa quimera que es intentar saciar un apetito insaciable: la necesidad imperante de ver películas que, en buena medida, satisfice durante cuatro décadas en la Filmoteca. Pero ésa es otra historia. Hoy vengo a llorar aquello de ir al cine a la antigua usanza.

            De modo que, a lo que voy, es a esos brindis por la "muerte del video", que pronunciamos al final del primer rodaje en que participé. Eso fue en 1980. El gran Truffaut acababa de anunciar que cuando el video desplazase al cine él se retiraría. ¡Vaya si fue cierto! Cuatro años después La Parca se llevaba prematuramente al más romántico de los cineastas de la Nouvelle Vague. Desde entonces, desde aquel brindis con el que dimos fe de la amenaza que el video suponía para la exhibición cinematográfica, si las matemáticas no fallan han pasado cuarenta años. Ése el tiempo que llevo anhelando ese placer pretérito que era ir al cine, que, en puridad, sólo duró mis primeros veinte años de vida, yendo a comenzar su declinar a comienzos de los 80. Así que, por ahora, llevo llorándolo justo el doble de lo que duró aquel placer antiguo. "Es tan corto el amor y es tan largo el olvido", escribe Pablo Neruda en su célebre Poema 20.

            A lo largo del fin de siglo, los videoclubes llevaron al cierre a todos los cines de programa doble en sesión continua. Al menos en Madrid, prácticamente el único escenario de mi vida, y por tanto también de mi obra. Aquello trastornó y dejó maltrecha a toda la exhibición fílmica. La versión original se mantuvo merced al cine de autor. Mientras, las grandes salas, los palacios de la exhibición de Fuencarral y la Gran vía, hacían otro tanto programando los estrenos impuestos por Hollywood. Dejaron de tener cabida en la cartelera comercial las cintas europeas, o lo que es lo mismo, las comedias francesas e italianas.

            Y esos estrenos de las cintas comerciales estadounidenses, en Fuencarral y la Gran Vía, eran las que veía junto a mi madre a lo largo de los años 80. A decir verdad, veníamos haciéndolo desde principios de los 70, cuando con su pluriempleo -el funcionariado por la mañana, la enseñanza por la tarde- el presupuesto empezó a darnos para ir a los cines de la Gran Vía siempre que nos apetecía. Negocios de familia (1989), un drama muy ramplón de Sidney Lumet estrenado en el Capitol, fue la última película que vi con ella. "Ya no podemos ir al cine a distraernos", le dije, apenas unas semanas después, estando ya ella en su lecho de muerte.

            Tras su óbito, haciendo el balance del camino que anduvimos juntos, comprendí que aquella antigua costumbre de ir al cine a ver una película, que como todo lo bueno que pueda haber en mí me inculcó ella, era lo que más me gustaba a hacer en la vida. Ya atesoraba una considerable colección de videos. Pero el VHS no tenía ni punto de comparación con la calidad de las últimas proyecciones analógicas, que se fueron diversificando en multicines y magnificando en megaplex -lo más parecido a los antiguos palacios de la exhibición de nuestros días- de dieciséis o más salas. Ni siquiera el DVD, infinitamente mejor que el rudimentario VHS, que con posterioridad ahondó en la herida abierta en la antigua cartelera por lo que bien podrían llamarse las proyecciones -acaso emisiones- domésticas. El Blu-ray, al cabo, fue más de lo mismo.

            Ya andando nuestro funesto tiempo, observé que el 35 mm., el formato por excelencia del cine a la antigua usanza, se había convertido en un mito para las nuevas generaciones de cinéfilos. Resistió como algo residual hasta que fue desplazado por la proyección digital a comienzos de la segunda década de nuestro nefasto siglo. Cuando las películas dejaron de serlo para convertirse en un archivo de datos, como el resto de los soportes de la información de nuestra era, escribí varios reportajes al respecto. "Ha sido por el 3D", me comentó el representante de los exhibidores madrileños en una de aquellas entregas.

            De los casi dos mil cines que hubo otrora en Madrid, cuando se iba a ellos a ver una película, sólo quedan 70 sumando los de la capital y los de la provincia. Y eso que ahora se ve más cine que nunca. Pero se ve en casa, mediante los múltiples procedimientos domésticos. Recientemente se han inaugurado unas salas en la glorieta de Santa María de la Cabeza, los Embajadores, y han sido noticia porque, en la actualidad, lo normal es que cierren los pocos cines que quedan. Y abrieron, además, unos días antes de que la pandemia viniera a cambiar tantas cosas en nuestras vidas. Entre ellas, lo poco que quedaba de aquella antigua dicha, para mí la mejor del mundo, que era salir para ver una película.

 

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Javier Memba Fri, 02 Oct 2020 00:15:00 +0100
El regreso de Axel Borg http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12167/el-regreso-de-axel-borg/  

            Lo primero que se agradece en Operación Thor (1979) es que el villano vuelva a ser el inefable y nunca bien ponderado Axel Borg. El enemigo del mundo entero, que, sin embargo -oh paradoja- nunca ceja en su vano empeño de brindar su amistad a Lefranc. Como si entre ellos todo fuera un duelo entre caballeros que se deben a un antiguo código de honor. Quiero recordar El duelo (1920), mi favorito de todos los relatos de Joseph Conrad, el inspirador de Los duelistas (1977), la primera y una de las mejores películas de Ridley Scott. A medida que avanzo en mis relecturas de las aventuras de Lefranc, publicadas por Ediciones Junior en los años 80, me reafirmo en mi idea de que Axel Borg es el más distinguido de esa terna de grandes malotes -del que el doctor Müller de las aventuras de Tintín y el coronel Olrik de las de Blake y Mortimer serían los otros dos triunviros- que preside la villanía de la bande designée.

            Tras echarle tanto de menos en las dos entregas anteriores -La guarida del lobo (1974) y Las puertas del infierno (1978)-, el gran Axel -tras referirnos su fuga de la prisión veneciana en el flashback de la pág. 10- vuelve ahora dispuesto a llevar a la quiebra a los Estados Unidos reventando su moneda. El primero de los ingenios de los que se vale para ello, es un submarino, a bordo del cual tiene cautivos -a modo de invitados a los que él mismo lleva el desayuno- a Lefranc y Jeanjean. Los ha secuestrado en un fiordo de la costa noruega, donde los amigos se disponían a pasar unas vacaciones.

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            Como ya he anotado en anteriores asientos de estas relecturas, sigo registrando varias concomitancias entre estas queridas entregas y las primeras de la saga Bond, las únicas que conozco y otrora me interesaron. En La amenaza y Huracán de fuego se me antojaron en las batallas finales entre las fuerzas armadas francesas y los esbirros del gran Borg. Aquí, amén de en la cortesía con la que Axel trata a Lefranc, que bien podía ser la del Dr. No o Goldfinger con Bond antes de que 007 intentase destruir sus instalaciones, he visto dichas analogías entre el sumergible de Borg, el Audax, y el Orion, el buque a cuya quilla se ensambla. Un prodigio, qué duda cabe, digno de cualquier aventura del agente inglés.

            En las viñetas de Operación Thor -hasta el título recuerda al de Operación Trueno, una de mis entregas favoritas del agente inglés-, el submarino es utilizado para descargar en él los billetes falsos, introducidos en unos torpedos inteligentes.

            Como siempre en estos apuntes, más que consignar el argumento, lo que me interesa es dar noticia de lo que ha supuesto mi reencuentro con él. Fui el niño más feliz del mundo. De hecho, la dulce idolatría que rindo a Tintín es porque me procura el don de la infancia infinita, mi lectura primera y sistemática de aquellos años tempranos. En gran medida, la dádiva es extensiva a todo el cómic belga. Ahora bien, esa visión jovial del universo de mis primeros días, que ya entonces me parecían las viñetas de Hergé, sólo es consustancial a los álbumes de finales de los años 50 y los 60 -Tintín en el Tíbet, Las joyas de la Castafiore, Vuelo 714 para Sidney-, que me parecían una caricatura del mundo real que yo veía. Los anteriores no alcanzaba a situarlos cronológicamente y eso me desconcertaba. Pero aquellos de Tintín, al igual que dos entregas de Spirou y Fantasio -La mina y el gorila (1956) y El viajero del Mesozoico[1] (1957), del gran André Franquin- me magnetizaban por su feliz reflejo de la imagen del mundo de mis primeros días. Sin olvidar a Steve Pops, del también belga Jacques Devos, cuya primera entrega, Contra el doctor Yes (1966) conoció en 1967 una primera edición española en Okius Tau -la misma casa que publicó las primeras traducciones de algunas aventuras de Alix-. Trasunto meridiano de aquel primer Bond, también es otro ejemplo de esa visión jovial del mundo de mi infancia de la bande designée. Aún lo recuerdo en el escaparate de la librería de mi barrio -Progreso se llamaba-, aún me recuerdo a mí ahorrando para comprármelo, cuando todos los días iba a verlo esperándome en el escaparate; y aún me arrepiento de haber vendido aquel Steve Pops ante una de las contingencias de mi adolescencia. No he de morir sin haber vuelto a recuperarlo.

            Algo más mayor, cuando descubrí a Blake y Mortimer, con veintitantos años, en sus primeras traducciones españolas -también de Ediciones Junior, en los años 80- encontré ese mismo reflejo jovial del mundo de mi infancia en los álbumes de los ingleses ambientados en aquellos días: La trampa diabólica (1960), El caso del collar (1965), Las tres fórmulas del profesor Sato (1970). También fue en los 80 cuando descubrí las aventuras de Lefranc. Siempre he estado convencido de que se publicaron a raíz del éxito de las de Blake y Mortímer -y de la exaltación que vivió la bande designée- tras la célebre polémica de la Línea Clara.

            Una vez más, fue un verdadero placer descubrir esa jovial reproducción de la imagen del mundo de los años 60 en los álbumes correspondientes. En esa ocasión fueron Huracán de fuego (1961) y El misterio Borg (1965). En La guarida del lobo se mantiene por esa impronta de Bob de Moor que le imprime cierta homogeneidad con las viñetas de Las tres fórmulas del profesor Sato. En Las puertas del infierno ya se pierde, pero como buena parte del álbum -todos los flashback- está ambientado en la Guerra de los cien años, apenas se percibe. De modo que es en esta Operación Thor donde Lefranc -es decir, Gilles Chaillet, el dibujante de Jacques Martin- adopta por completo la estética de finales de los años 70 y a mí -sin que afirmarlo suponga menos cabo alguno del álbum- me resulta como una pérdida de la inocencia.

 


[1] El turista del mesozoico en mi edición.

 

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Javier Memba Thu, 17 Sep 2020 08:45:00 +0100
Que la tierra sea leve a Diana Rigg http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12166/que-la-tierra-sea-leve-a-diana-rigg/  

            Ciertamente. De las dos pantallas, la de Diana Rigg fue la pequeña. Pero recordarla como a la Olena Tyrell de Juego de Tronos (2013-2017) tras la noticia de su fallecimiento es menoscabarla. No sólo porque es evocar como a una actriz secundaria a una interprete protagonista de una serie paradigmática de la televisión de los años 60. La infamia es aún mayor porque Emma Peel, la chica de Los vengadores (1965-1968), el personaje por el que en verdad cumple rememorarla, fue una de las grandes musas del Swinging London. Tanto como pudieran serlo Twiggy, Marianne Faithfull o la maravillosa Pattie Boyd.

            No es menos cierto que, siendo desde que se la recuerda una shakespeariana de pro -debutó en la antena dentro de una adaptación de El sueño de una noche de verano realizada por Peter Hall en 1959- siempre marcó cierta distancia con el resto de las musas de aquel Londres que irradiaba a todo el Occidente cristiano música, jovialidad y juventud. Las otras, o eran modelos o provenían del backstage del rock. Aunque el esplendor de todas ellas iluminaba desde Carnaby Street hasta King's Road, a Diana solo podía vérsela incorporando a Emma Peel. Es más, de las distintas intérpretes que acompañaron a Patrick McNee (John Steed) en aquella singular pareja catódica de agentes secretos -Honor Blackman (Cathy Gale), Julie Stevens (Venus Smith), Linda Thorson (Tara King)-, la que hizo historia fue Diana Rigg.

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            Es en ella en la que se piensa al evocar Los vengadores, la serie creada por Brian Clemens y Sydney Newman en 1961 -Diana se incorporó en la cuarta temporada, la que arrancó en el 65- que es, en sí misma, una referencia obligada en la historia de la televisión universal. Y no sólo por la modernidad de su estilo visual, también por lo singular de su discurso en unos días en que abundaban los personajes que odiaban a las mujeres que hacían cosas de hombres. Emma Peel -todas las vengadoras- siempre estaban en igualdad de condiciones que Steed. Uno y otras eran igual de eficientes, diestros y sofisticados. Pero nadie daba los golpes de kárate como la maravillosa Emma Peel. Me atreveré a decir que, cuantos tuvimos la inmensa fortuna de admirarla en las primeras emisiones españolas de Los vengadores, mediados los años 60, la adoramos desde entonces como se adoraba a la Ayesha de Rider Haggard, como a una mujer de belleza incólume, cuya imagen no envejece. Por eso nos ofende que se la recuerde como a una anciana.

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            Al igual que Honor Blackman, Diana también fue una chica Bond: Teresa di Vincenzo, Tracy, la única que le llevó al altar. Lástima que la ametrallasen durante la luna de miel. Lástima que para la finada el cine siempre fuese poco menos que accesorio, la tercera opción. Lo suyo fue el teatro -su trabajo en un montaje de Medea le valió un Tony en 1994- y después la televisión. Aún así, quiero recordarla en un par de comedias negras: El club de los asesinos (Basil Dearden, 1969) y Matar o no matar, este es el problema (Douglas Hickox, 1973). Como el título español de esta última sugiere -el original es Theater of Blood-, fue aquella una parodia de su pasión por Shakespeare. Coprotagonizada por el gran Vincent Price, entre los dos recrean a un padre y una hija, ambos actores, que han decidido dar muerte a los críticos que han ninguneado su trabajo recreando algunas escenas de los dramas del Bardo de Avon.

            Solo queda llorar su belleza incólume Qué la tierra sea leve a la maravillosa Diana Rigg.

 

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Javier Memba Thu, 10 Sep 2020 19:00:00 +0100
Los relatos más bellos del mundo VIII http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12165/los-relatos-mas-bellos-del-mundo-viii/  

           (Viene del asiento del 6 de mayo de 2020)

           Perdí el poco sentido del humor que me quedaba cuando dejé de beber, hace ya diez años. Desde entonces, más o menos, soy como Fernando Fernán Gómez cuando se dirigían a él los reporteros de Caiga quien caiga, el popular espacio televisivo cuyo final coincidió con el de mi sed. Eso de que todo tenga que ir acompañado de una gracia me carga. Si acaso, la ironía, el sarcasmo y los trallazos que recibía impasible Buster Keaton y el resto de los grandes del slapstick. Pero la imitación, la burla, el chiste fácil, la guasa popular no van conmigo, que soy -y además me gusta serlo- un tipo sombrío, taciturno y apesadumbrado. Ante este panorama, comprenderá el lector que la literatura humorística no revista para mí interés alguno. Atesoró desde hace más de cuarenta años la edición de los cuentos de Poe en el Libro Amigo de Alianza Editorial. Es decir, la traducida por Julio Cortázar. El tomo primero, el de los cuentos de miedo, los cuentos de Poe por antonomasia, es uno de mis textos más queridos. El segundo, el de los cuentos de humor, una lectura que acometí con mucho esfuerzo por ser obra del maestro. De ser originales de cualquier otro autor, ni lo hubiera abierto.

            Con tales antecedentes, cuando, prosiguiendo con mi lectura de Los relatos más bellos del mundo, le llegó el turno a los reunidos bajo el epígrafe de Humor e infancia, todo fueron recelos. Sin embargo, como tantas veces con tantas cosas acometidas desde una visión premeditada, su lectura ha sido un grato descubrimiento. Como contaba mi admirado Jaime Gil de Biedma en la solapa de la segunda edición de Las personas del verbo (1982) que fue para él Sevilla, a la que había desdeñado frente a Manila en la solapa de Colección particular (1969). Resumiendo, esta del humor y la infancia, ha sido una de las selecciones que más me han gustado.

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            Hay algo en El muñeco de nieve, primero de esos relatos infantiles que me ocupan que ha venido a recordarme las explicaciones de uno de los más execrables humoristas televisivos, lamentándose frente a una cámara de lo restringido que iba quedando su espacio para la burla cruel -su especialidad- ante la nueva corrección política. Original del polaco Sławomir Mrożek, su asunto gira en torno a las concomitancias y significados que diferentes vecinos de una ciudad sin precisar sacan a un muñeco de nieve que unos niños hacen en una plaza inocentemente.

            El primero en presentarse en casa de los muchachos para protestar al padre es el quiosquero de la glorieta en cuestión. Se ha dado por aludido con la zanahoria que los muchachos han colocado a su monigote. El padre acepta sus argumentos de buen grado. Todavía no ha terminado de llamar la atención a sus retoños cuando viene a quejarse el jefe de un sindicato que tiene su sede en la plaza. Éste ha entendido que los pequeños, al colocar una encima de otra las tres bolas de nieve que dan forma al muñeco, han querido referirse a los ladrones que se amontonan en su organización. El interpelado vuelve a tomárselo todo con la corrección debida.

            Totalmente convencido de las figuraciones de los escandalizados con el muñeco, el padre vuelve a regañar a sus hijos cuando es el mismo presidente del Consejo Nacional quien le viene con la queja correspondiente. A su juicio, los botones que han colocado al monigote le ridiculizan a él, canciller del "estado de obreros y campesinos" en cuyo territorio se encuentra nuestra ciudad, porque, por distracción hay veces que sale a la calle con los pantalones desabrochados.

             "¿Por qué no van sus hijos y colocan un hombre de nieve al pie de la ventana de Adenauer?" Y es entonces precisamente, cuando empiezan las referencias inequívocas de Mrożek. Porque, como es harto sabido, Adenauer, además de un ferviente anticomunista, fue canciller de la República Federal Alemana entre 1949 y 1963. De modo que la plaza donde se encuentra el muñeco bien pudiera estar en Berlín Este.

            Pese a que el humor de Sławomir Mrożek suele considerarse surrealista, El muñeco de nieve, más que surreal me ha parecido una suerte de alegoría de la perversión del estalinismo, que en cualquier nimiedad podía ver una expresión de los enemigos del estado de obreros y campesinos. Mrożek militó en el Partido Obrero Unificado Polaco hasta que, en 1963, siendo ya un dramaturgo de renombre internacional, se convirtió en uno de los desertores más sonados de la Polonia comunista. Si, independientemente de su significado político, el texto me ha recordado a ese humorista televisivo ha sido porque aquel miserable, en su lamento, fue a decir que se burlara de quien se burlase en sus chistes, siempre iba a molestarse alguien.

            Sí señor, El muñeco de nieve es un buen relato desde la perspectiva del tiempo de la selección, 1969. Es decir, aún en la guerra fría. Ahora bien, si admitimos eso que sostenía Scott Fitzgerald de que el más mínimo apunte político contamina una creación literaria hasta descalificarla por completo, opinión que comparto sin matiz alguno, El muñeco de nieve tiene el mismo valor que los dibujos de Mingote que ilustran esta sección de la antología. No es otro que el testimonial. El texto es un documento de la polarización política del mundo hace cincuenta años; el dibujo, de la jovial sencillez de la ilustración popular de aquellos días.

***

            Lo mío con Tagore debe de ser un problema semántico. Leído por primera vez en mi adolescencia, cuando el sentimentalismo propio de la edad me abocaba a la poesía, ya entonces no acabé de enterarme del significado último de sus versos.

            Eso exactamente es lo que me ha pasado ahora con el escepticismo de la senectud, tampoco he cogido el sentido último de su prosa. Más infantil que de humor, la incluida en esta selección bajo el título de El héroe cuenta la historia de un niño que imagina para su madre cómo la protegería de unos salteadores de caminos durante un viaje. En dicha hipótesis, que es todo el cuento, el pequeño sería un valiente jinete y su progenitora la viajera de un palanquín perdido en algún camino de Oriente, "peligroso y desconocido". Más que lo contado -ésa es otra, cuanto a la infancia concierne se me queda tan lejano como mi propia niñez-, que además de no entender en su última instancia me resulta indiferente en la primera, lo que me interesa es cómo se nos cuenta. La forma antes que el fondo. Eso de narrar en potencial me seduce mucho más que el deseo del niño de tener una oportunidad de ser valiente para salvar a su madre.

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            La tinaja de Luigi Pirandello es un cuento previsible. Sin embargo, no me lo ha parecido tanto el pintoresquismo en que se enmarca. Me explico, Loló Zirafa, su protagonista, dueño de un olivar en Sicilia, entre Quote y Primosole, es un tipo tan obtuso como suele pintar la literatura pintoresca a la gente rústica. Vaya por delante que, aunque urbano a ultranza, no comparto esa opinión. Además de defensor de la ciudad como el hábitat natural del ser humano, sería un impostor si, después de haber empezado estas líneas criticando a los humoristas televisivos que se burlan de los demás -quienes, por cierto, aún tienen en la gente agreste una inagotable fuente de inspiración-, ahora viniese yo a reírme del Zirafa de Pirandello por su rusticidad.

            Lo que me ha llamado la atención es leer sobre Sicilia sin ninguna referencia a la consabida, manida y ya cansina mafia. E, incluso, la fijación del olivarero con el código civil, obsequio de su abogado después de que, durante años, le visitase tres o cuatro veces por semana con otros tantos asuntos por los que pleitear. Don Loló, como le llaman sus peones, se me antoja más un tipo de cerrar tratos de palabra que de leyes escritas. Cuando le conocemos, está muy disgustado porque dos de sus trabajadores le han roto una tinaja nueva. No le queda otra que avisar a un especialista en la reparación de estos recipientes, un lañador, que al perecer se llamaban. El de Pirandello es conocido como el tío Dimas. Si apunto que el cuento me ha parecido previsible es porque, nada más saber de este personaje, me imaginé que iba a acabar encerrado en la tinaja en cuestión.

            En efecto, eso es exactamente lo que pasa. La supuesta gracia está en que, cuando don Loló, tras consultar a su abogado, le anuncia al tío Dimas que si rompe la tinaja para salir tendrá que pagársela, éste prefiere quedarse dentro. Al cabo, ya entrada la madrugada, el lañador, desde dentro de la tinaja se ha puesto a cantar con unos borrachos que la rodean y entre todos despiertan a don Lolò. El olivarero baja enfurecido para dar un golpe al dichoso recipiente, yendo éste a rodar hasta estrellarse, liberando así al lañador.

***

            No hay duda de que la obra de Mark Twain es la prueba irrefutable de que la literatura humorística puede ser tan admirable como cualquier otra. No seré yo -¡mísero de mí!- quien se atreva a poner en duda ese magisterio de la narrativa estadounidense que le atribuyeron Hemingway y Faulkner. Más aún, incluso escribiré que harían falta muchos hombres de la buena voluntad de Twain para que su país salga felizmente de la encrucijada en la que se encuentra actualmente. Pero, quizás se deba a mi falta de sentido del humor, el caso es que el siglo de Twain -la centuria decimonónica- también es el del esplendor de la narrativa norteamericana, el de Henry David Thoreau, Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe y Herman Melville. Por no hablar de Ambrose Bierce o Bret Harte y algún otro de los "menores", que a veces no lo son tanto, de esos cien años en que las letras estadounidenses irrumpieron brillantemente en la historia de la literatura universal. El caso es que puesto a elegir uno entre tanta excelencia, yo me quedo con mi siempre admirado Edgar Allan Poe.

            Esto no impide que me descubra ante el ingenio demostrado por Twain en El pobre novio de Aurelia, su relato más bello del mundo, que se nos presenta como la consulta que le hace una novia desolada al escritor. La muchacha en cuestión, Aurelia, se prometió con dieciséis años a un joven apuesto, Williamson Breckinridge Caruthers, quien perdió todo su atractivo personal tras contraer unas viruelas. Aurelia consideró la posibilidad de abandonarlo. Pero, como hubiera hecho cualquier muchacha buena, decidió permanecer a su lado. Eso sí, pospuso unos días la boda. En ese tiempo, Williamson perdió un ojo. En un nuevo retraso de las nupcias, se cayó a un pozo y perdió una pierna. Y así, sucesivamente, por diversas vicisitudes, a cuál más insólita, perdió un brazo, luego otro y hasta la cabellera. Aurelia pide consejo al narrador acerca de si debe ir o no con él al altar.

            Twain responde a su corresponsal que retrase la boda una vez más. Como a su prometido, dado su inexorable destino, sólo le queda perder la vida, es muy probable que no llegue al desposorio. Y, aun así, si llega a celebrar sin contratiempos los esponsales, es muy probable que el marido no le viva mucho. De ser así, cuando muera, podrá vender todas las prótesis por un dineral.

            Reconozco que El pobre novio de Aurelia es un cuento sumamente ingenioso. Incluso podría apuntarse que, habida cuenta de las fantásticas amputaciones que sufre Williamson, la influencia de Twain irradia hasta el Italo Calvino de El vizconde demediado (1952). Pero a mí lo que me gusta son los cuentos de miedo. ¡Qué le voy a hacer!

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            Como ese tipo apesadumbrado que soy, también me gusta el cuento triste. Y pocos cuentos tan tristes como Adiós Cordera de Leopoldo Alas Clarín. Bien es verdad que está protagonizado por dos niños, pero puede que sea demasiado triste para las edades más tempranas. Siendo uno de los cuentos más hermosos escritos en español -particularmente ya lo había leído varias veces- su argumento es del dominio público.

            Felizmente casado desde hace tres décadas con una asturiana, suelo recorrer varias veces al año el trayecto que va de Oviedo a Gijón. Allí sitúa Clarín el prado de Somonte, donde jugaban Pinín, Rosa y La Cordera. Desde 1990, cuando hice ese camino por primera vez, no ha habido ni siquiera una ocasión que no haya evocado a tan entrañables personajes. Primero jugando con la vaca, luego al despedirse de la pobre res, cuando el tren la lleva al matadero y pronuncian ese "Adiós Cordera" que da título al relato que, para mi humilde juicio, es la cumbre de la narrativa naturalista española.

            Y si hay algo más triste que esa pobreza que obliga al padre, Antón de Chinta, a vender a la Cordera para que se la coman el cura y los ricos, eso es la despedida de Rosa a su hermano, al que también se lleva un tren que circula por las mismas vías que se llevaron a la vaca. A su modo también va a el matadero, pues se lo lleva el rey a una guerra carlista.

            Antes hablaba de Tagore. Pues bien, llegué a ese poeta bengalí que no acabo de entender ni en verso ni en prosa por la amistad que le unió a Juan Ramón Jiménez y a su esposa, Zenobia de Camprubí -su traductora del inglés-. Jiménez siempre ha contado con toda mi admiración por dos libros, Diario de un poeta recién casado y Platero y yo, ambos de 1917. Tengo el convencimiento de que las mayores expresiones que ha dado el amor franciscano a los animales en la literatura española han sido Adiós cordera -por cierto, publicado originalmente en el Madrid de 1893- y Platero y yo. Después, pero ya a cierta distancia, iría un poema del Alberti surrealista: Buster Keaton busca a su novia, que es una verdadera vaca. Basado en la cinta del gran Cara de Palo El rey de los cowboys (1925), estaba incluido en Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929).

            Diré más, esta obra maestra de Clarín, junto con Un corazón simple (1877) de Flaubert, es la máxima expresión de ese amor franciscano a los animales de toda la historia de la literatura universal. Al menos de lo poco que yo he leído. Todas estas piezas, deberían ser de referencia obligada para el nuevo animalismo.

 

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Javier Memba Wed, 09 Sep 2020 02:00:00 +0100
Lefranc entre la fantasía y la realidad http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12164/lefranc-entre-la-fantasia-y-la-realidad/  

            Las historias realistas horadadas por la fantasía suelen tener un encanto especial. Las puertas del infierno (1978), quinta entrega de las aventuras de Lefranc, es una de ellas. La realidad viene dada por las pruebas que realiza el ejército francés cuando Lefranc y Jeanjean, ignorantes de ello, se adentran en el teatro de operaciones de los militares pilotando una avioneta con la que se estrellarán sobre una altiplanicie. La fantasía, además de unas insólitas nubes que rodean el altiplano tras una serie de explosiones, la aporta el relato de la abuela de Lisa, la muchacha que les recoge cuando el aparato de nuestros amigos deja de responder y cae. La anciana nos remite en su narración, ilustrada con las viñetas correspondientes al final de la Guerra de los Cien Años o, lo que es lo mismo: a la Francia de mediados del siglo XV, a "un pueblo siniestro, en los dominios de los señores de Crans, donde nadie vivía feliz y todos, guiados por un siniestro fuenteovejunismo, sacrificaban muchachas al Maligno".

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            Siendo el propósito de mis relecturas de las aventuras de Lefranc el estudio del personaje, y de la obra de su creador con todo el detenimiento que se merece, el relato de la anciana se me ha antojado un precedente de esa Francia del siglo XV que también será el universo de Jehn, a fe mía el tercero de los grandes personajes de Jacques Martin. A este respecto hay que recordar que, El oro de la muerte, la primera aventura de Jhen, con dibujos de Jean Pleyers, también llegó a las librerías en 1978. De esto puede seguirse que el interés de Martin por el medievo data de algunos meses antes. Como poco, del tiempo que le llevase la escritura de los dos guiones.

            Las puertas del infierno también es el álbum en que Chaillet se incorpora como dibujante a la serie. Permanecerá en ella hasta la entrega número 13. A partir de la 10 me son desconocidas. Desgraciadamente no he tenido oportunidad de leer ninguna aventura de Vasco, la colección en la que el arte de Chaillet -fallecido en 2011- alcanzó su máxima expresión: él era el autor de los dibujos y de los libretos. Como todos los grandes de la Línea Clara, este parisino también creció leyendo las aventuras de Tintín. Está claro, Hergé es a los grandes de la bande dessinée lo que Elvis a los grandes del rock británico de los años 60: deidad y referencia. Pero en el caso de Chaillet la admiración, la dulce idolatría era extensible a Alix, el primer personaje de Martin. De modo que excusaré decir lo que debió de ser para Chaillet tener la oportunidad de colaborar con su admirado maestro. Podría jurarse que se convirtió de buen grado en el mejor intérprete de sus designios. Esto me lleva a pensar que el Lefranc de Chaillet es más representativo del arte de Martin que las aventuras de Arno, su también personaje de la Francia napoleónica dibujado por André Juillard. Sin querer decir con esto que no tenga también en la más alta estima a Juillard.

            Por lo demás, en Las puertas del infierno he echado de menos al comisario Renard, el apoyo profesional de Lefranc. Pero, sobre todo, uno de esos secundarios que gusta volver a ver en el universo de un personaje. Y, por supuesto, al gran Axel Borg, siempre en liza con el mundo entero. Lo que no es óbice para que se comporte con distinción y elegancia con Lefranc. Se diría que, tal y como le asegura una y otra vez, quiere ser su amigo de verdad. Al recordarlo en su ausencia, he comprendido que la caballerosidad con que Borg trata a Lefranc -y las batallas finales que organiza-, tan a lo de los miembros de la Spectra que apresaban a James Bond en las novelas de Ian Fleming y en las películas protagonizadas por Sean Connery -las únicas que fueron de mi interés-, son las que dan a las entregas de Lefranc en las que aparece Axel Borg esos colofones a lo 007, meridianos en La gran amenaza (1954) y Huracán de fuego (1961). En cualquier caso, volver a Guy Lefranc siempre es un verdadero placer.

 

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Javier Memba Thu, 20 Aug 2020 11:15:00 +0100
Las memorias de John Dos Passos (y III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12163/las-memorias-de-john-dos-passos-y-iii/ (viene del asiento anterior)

 

            Sinbad, titula Dos Passos el tercer capítulo de sus Años inolvidables y bien es cierto que se lee con el deleite que procura una novela de aventuras. Sin embargo, más que a los viajes del marino de Las mil y una noches, estas páginas han venido a recordarme a las de Los siete pilares de la sabiduría (1926) de Thomas Edward Lawrence. Dicho de otra manera: el universo de Lawrence de Arabia. Y el afán de Oriente que llevó al estadounidense a cruzar el desierto que separa Damasco de Bagdad en 1921, no dista mucho de la inquietud del inglés. Puede que Dos Passos no quisiera tanto a los árabes como Lawrence, pero se hace notar por el respeto que muestra a sus costumbres. Sin más ayuda que la de Jassem -un guía perteneciente a los agail, una confederación de tribus encargada de guiar las caravanas entre las dunas interminables-, el escritor, aproximadamente, se adentró en las mismas arenas que el militar y, aunque el imperio otomano contra el que alzó Lawrence a los árabes ya había sido derrotado, la región seguía siendo una de las más inestables del mundo. En aquel viaje -que arranca en la pág. 138-, Dos Passos pasó más hambre que nunca.

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            Al volver ahora sobre aquellas privaciones, me llama la atención su fijación con la comida. Con la bebida me parece más normal. Aunque sin engañarnos: Dos Passos, en ningún momento fue un borracho, como pasaba por serlo Hemingway ¡y no digamos Faulkner y Scott Fitzgerald! Puede que sea por la indiferencia que le inspira la priva, pero Dos Passos tampoco hace referencia alguna a ese supuesto alcoholismo de Hemingway. Recuerda menús de los que dio cuenta treinta o cuarenta años antes. Más aún: la primera evocación, al principio del libro, es la de su padre partiendo un melón. Seguro que esta insistencia con los alimentos significa algo. A mí, de entrada, el respeto que demuestra por las dietas más exóticas viene a abundar en el respeto que le inspiran sus comensales. Y esto sí que es infrecuente en los viajeros occidentales por las rutas de Oriente de hace ahora cien años.

            Corría 1922 cuando el gran John se encontró en aquel París que para Hemingway era una fiesta. En sus calles, a Dos Passos los recuerdos le "hacían muecas desde todas las esquinas". Sin embargo, el capítulo, cuyo título no deja lugar a dudas -La vie Littéraire-, se ha abierto en otoño en Nueva York, con una comida junto a los Fitzgerald, cuando estos se alojaban en una suite del Plaza. En esa velada conoció a Sherwood Anderson y sus anfitriones le acosaron con preguntas para hacerle quedar mal. "Cuando hablaba sobre literatura, su mente, que parecía llena de absurdas ideas sobre la mayor parte de las cosas, se hacía tan clara y cortante como un diamante", (pág. 159) apunta sobre el autor de El gran Gatsby (1925). No le interesaba nunca el paisaje, tenía un gusto pésimo para la comida, para el vino y muy poco oído para la música a excepción de las canciones populares más rudimentarias, pero en cuanto a la literatura era un profesional nato. Todo lo que decía merecía la pena escucharse".

            Ya en las páginas dedicadas a París, hay que convenir que aquello era una fiesta. Más aún, en lo que a la literatura se refiere, una auténtica epifanía. Dos Passos tuvo oportunidad de comprar un ejemplar de la primera edición de Ulises "E incluso estreché la flácida mano de un individuo pálido e indiferente, con gafas oscuras, sentado junto a la estufa en la trastienda de Shakespeare & Company; miss Beach me aseguró que era James Joyce" (pág. 161). Leído Ulises de un tirón, durante un acceso de gripe que le tuvo postrado en la cama de un camarote de "las zonas más escondidas de la tercera clase de un gran transatlántico", su opinión sobre este pilar de la novelística del amado siglo XX es tan ponderada como las expresadas en el resto de sus evocaciones. No cae en ese elogio, porque es lo debido, con el que se suele escribir sobre Joyce. "Algunos pasajes de la novela me aburrieron y otros me parecieron magníficos. Aunque Ulysses no consiguiera otra cosa -para mí al menos-, el libro echaba, sin duda, por tierra la teoría tan de moda entonces de que la novela inglesa estaba muerta".

            El tiempo de John Dos Passos, sus años inolvidables, fueron aquellos en que el Atlántico se cruzaba en transatlántico. Los vuelos transoceánicos no empezaron a generalizarse hasta los años 60. Tengo la sensación de que también fue por aquel entonces cuando Londres y Nueva York -alternativamente o primero una y luego otra- empezaron a desplazar a París en esa capitalidad cultural del planeta entero que ostentó la capital francesa hasta comienzos de los años 50, cuando los existencialistas, el gran Boris Vian y el Barrio Latino. Sea o no sea esta última una apreciación mía, Dos Passos y Hemingway volvieron a encontrarse en el París de 1922, el de la fiesta. Ciertamente, ya se conocían de la guerra, de cuando coincidieron en el servicio de ambulancias de Richard Norton en el frente italiano, pero trabaron esa amistad, que en buena medida inspira estas páginas, cuando "Hem" trabajaba en París para el Toronto Star. Dos Passos, que en su juventud acarició la idea de dedicarse a la pintura, en la pág. 177 recuerda al autor de Por quién doblan las campanas al comprar La Masía, de Joan Miró: "creo que fue el último cuadro objetivo que pintó".

            A los Fitzgerald vuelve a presentárnoslos en la Costa Azul, instalados en Antibes, justo entre esa gente a quienes los Fitzgerald querían pertenecer: "los Afortunados por antonomasia". Pero el alcohol -que a Zelda, quien parecía una esquizofrenia, acabaría por llevarla al manicomio[1]-, ya empezaba a hacer estragos en ellos. Se emborrachaban y se ponían a andar a cuatro patas en las casas de las marquesas que les invitaban a cenar (pág. 187).

            De nuevo en París, aquel París de los felices años 20 en el que los americanos estaban tan de moda como en el resto de Europa, que bailaba alegre el Charleston y comenzaba a saber, fascinadita, de los rascacielos levantados en las prósperas ciudades de Estados Unidos. De nuevo en aquel París que dio carta de identidad cultural al jazz[2], Hemingway es recordado como el "héroe del olimpo literario. Era amigo de Ezra Pound[3], comía con Joyce, era el protegido de Gertrude Stein y estaba preparando un libro que ilustraría Picasso. Incluso Scott Fitzgerald pensaba que Hem podía ser el Byron de aquellos días (pág. 194).

            Ya en los últimos párrafos de La vie Littéraire le llega el turno al recuerdo de Pierre Drieu La Rochelle. Sorprende por la amistad que entonces unía a este último -futuro autor de Socialisme fasciste (1934) y colaboracionista con los nazis durante la invasión alemana de Francia- con Louis Aragon -uno de los surrealistas que acabaron militando en el comunismo ortodoxo (léase estalinismo). Recordado como un "joven alto y aristocrático (...), me pareció el escritor con más porvenir de Francia (pág. 197). Pero el pobre Drieu, como bastantes de sus compatriotas más exigentes, se hizo fascista y acabó saltándose la tapa de los sesos".

            A excepción de la que hubo entre La Rochelle y Aragón, aquellos aún eran los días en que las ideologías acababan con las amistades. Dos Passos perdió a algunas a raíz de su decidido apoyo a la campaña por la liberación de Sacco y Vanzetti (págs. 202-208), pese a que Fitzgerald le advirtió sobre los peligros de contaminar la creación literaria con el compromiso político puesto que, el más mínimo ápice de propaganda, pude arruinar cualquier obra. No es que John Dos Passos fuera anarquista. Pero no tiene ningún problema en denunciar la táctica habitual de los comunistas para capitalizar las acciones de los anarquistas. Algo ya visto en la Ucrania de Nestor Majno (1919-1921) y que volvería a verse en la represión comunista al movimiento libertario en la Barcelona de 1937. Respecto a Sacco y Vanzetti, militantes anarquistas y ejecutados por ello y por ser emigrantes -como es harto sabido- escribe: "La protesta generalizada, que empezó como una manifestación de los ideales y odios de los anarquistas, terminó casi por completo bajo el control del partido comunista" (pág. 207). Más adelante continuará: "Los comunistas dedicaban tanto tiempo a torpedear los proyectos de los rivales como a ayudar a los mineros" (pág. 254).

            Si acaso, pudiera definirse a John Dos Passos como un hombre de izquierda por su inquietud social. Desde luego, no comparto esa opinión de la crítica que le define como un "conservador nostálgico del pasado mítico estadounidense" o algo así. Lo de conservador debe deberse a que la crítica ha estado tan mediatizada por el comunismo mítico que todo el que difiere de esta ortodoxia pasa a ser, en el mejor de los casos, un conservador. Desencantado del comunismo desde su primera visita a la URSS -es decir, a la Georgia de la guerra civil- volvió al paraíso del proletariado en 1928, cuando San Petersburgo ya era Leningrado, el estalinismo empezaba a hacerse notar y algunos héroes de la revolución de octubre comenzaban a ser detenidos, acusados de contrarrevolucionarios, torturados y ejecutados (págs. 216-220).

            El verdadero motivo de ese viaje había sido una visita al Teatro del Arte de Moscú de Konstantín Stanislavski. Entonces, más que nunca, ejercía un poderoso magnetismo en la escena alternativa estadounidense y Dos Passos aún albergaba sus últimas inquietudes teatrales. Años después, Frances Farmer también visitaría el centro moscovita. Aquel fue el primer estigma de su carrera ya que, huelga apuntar, en Estados Unidos, todos los que iban allí, pese a que el viaje siempre era por motivos escénicos, eran considerados comunistas. Dos Passos, quien sería el guionista de Josef von Sternberg en El diablo es una mujer (1935), tuvo oportunidad de conocer en aquella ocasión a Pudovkin y Eisenstein. "Las personas más interesantes y llenas de vida que he encontrado en Leningrado y Moscú son los directores de cine" (pág. 220). También fue entonces cuando tuvo noticia de las atrocidades perpetradas por los comunistas para sofocar el motín anarquista de Kronstadt (1921). El escritor, al igual que todos los occidentales que la visitaron -incluso los militantes comunistas de buena fe, ajenos al estalinismo-, abandonó la Unión Soviética con la sensación de haber salido de una cárcel.

            La sombra de Hemingway gravita por todo el libro, pero -como ya he dicho en las anteriores entregas de estos comentarios-, el capítulo titulado Bajo los trópicos es un canto del cisne a la amistad que les unió. Arranca en la primavera de 1929, cuando Hem aún "era el compañero más agradable del mundo si las cosas salían según sus deseos" (pág. 247). "Habíamos terminado por llamar a Hem el maestro ya que básicamente era él quien dictaba las leyes" (pág. 259) Aunque, principalmente, este capítulo está ambientado en la residencia de Hemingway en Key West, entre aquellas evocaciones no faltan nuevas visitas a París -el autor también fue amigo de Dorothy Parker y Blaise Cendars (pág. 250)- o incluso una enfermedad pasada en Baltimore, en la que aprovechó para dar cuenta de En busca del tiempo perdido (1913-1927): "Proust es la lectura adecuada para cuando se está enfermo. Nunca había tenido paciencia suficiente mientras disfrutaba de buena salud" (pág. 257).

            Pero el protagonista absoluto del capítulo es Hemingway. Tanto es así que incluso se nos refiere cierta jornada de pesca (pág. 162) en la que tuvo su origen El viejo y el mar (1952). Al igual que su el anciano de su futura novela, Hemingway tuvo que lidiar durante varias horas con un atún que acabaría siendo pasto de los tiburones.

            No mucho después llegaron esos problemas, propios del envejecimiento -ya referidos en la primera entrega de estos comentarios-, que van apartando a un hombre de sus amigos.

            El último de sus años inolvidables trajo a Dos Passos de nuevo a España en un tiempo crucial para nuestro país: 1931. Unos días antes de la proclamación de la II República tuvo oportunidad de asistir a una recepción de Alfonso XIII. Esas páginas precisamente fueron las que más me llamaron la atención antes de haber leído el texto. Tengo la sensación de que Rocinante vuelve al camino (1922)[4], como su propio título indica el gran estudio que Dos Passos dedicó a España, ya era conocido por la intelectualidad autóctona. El caso es que también le recibió Manuel Azaña en su despacho del Ateneo madrileño, el viejo cenáculo cultural -y del republicanismo- al que el escritor iba a trabajar para no pasar frío en su primera visita a Madrid. Es en ese pasaje donde se refiere a una vieja costumbre de mi ciudad, la de beber el agua endulzada con azucarillos. Yo no la conocí, pero me suena por una zarzuela de Miguel Ramos Carrión y Federico Chueca de la que me hablaba mi madre: Agua, azucarillos y aguardiente (1897). Unamuno fue otro de los que recibieron al estadounidense, pero a mí, el autor de La tía Tula (1921), desde que supe de su condena a Ferrer Guardia y su desprecio a Ruben Darío, siempre me resulta un personaje antipático.

            Admiro al cabo la lucidez de John Dos Passos cuando parece presagiar el drama de la Guerra Civil, al rememorar el odio con que los burgueses de Santander observaban en el paseo marítimo de la ciudad a los trabajadores que regresaban de los mítines de sus organizaciones. Al consignarlo yo ahora, caigo en la cuenta de que Años inolvidables fue el último libro que su autor publicó en vida. Considerando que La cucarachita, su último capítulo, versa sobre sus recuerdos de aquella visita a España, cabe decir que John Dos Passos dedicó a mi país su último texto. Si he de tomar partido entre él y Hemingway, no tengo ninguna duda, John Dos Passos es para mí el maestro.

 


[1] Mas adelante, en un nuevo encuentro con Scott Fitzgerald, nos hablará de la capacidad de este último para dejar de beber cuando quiso enmendar su vida. Algo insospechado en lo que no se suele reparar.

[2] A tenor de la opinión sobre los afroamericanos del joven Patch de Hermosos y malditos (1922) y Tony Tom Buchanan de El gran Gatsby (1925), de entre todos sus personajes dos de los más representativos de su autor, no creo que Francis Scott Fitzgerald, aunque la suya fuera la era del jazz y así tituló su más célebre colección de cuentos, tuviese al jazz por mucho más que una alegre música de negros

[3] Ya en la postguerra, cuando Ezra Pound fue acusado de traición a su país por su adhesión a la Italia fascista, en base a la admiración que, como poeta, sentía por cultura italiana, Hemingway intercedió para que las condiciones de la prisión le fueran suavizadas. No es solo la vanagloria del fantasmón. Todo hay que decirlo.

[4] Una búsqueda del "gesto" que resumiese la esencia española, "lo maravilloso de España", durante un viaje a pie de Madrid a Toledo, basado en los recuerdos de sus primeras experiencias españolas.

 

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Javier Memba Thu, 13 Aug 2020 15:00:00 +0100
Las memorias de John Dos Passos (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12162/las-memorias-de-john-dos-passos-ii/ (viene del asiento anterior)

 

            Es curioso comprobar cómo difiere la percepción de la Gran Guerra entre la cultura francesa y la estadounidense. Al otro lado de los Pirineos suele considerarse la primera guerra sucia, de grandes matanzas, el apocalipsis desatado entre la batalla del Marne (1914) y la de Verdún (1916); al otro lado del Atlántico, la del 14 fue la primera de las últimas guerras románticas, en la que había que participar.

            Sin embargo, tenía que haber algo en los aún aprendices de escritores estadounidenses que, indignados con los imperios centrales en aquel conflicto y antes de que entrara en él su país (1917), los llevaba a alistarse en las unidades sanitarias antes que en las tropas mercenarias. A buen seguro que también se batieron en aquel infierno o en aquel campo del honor, según se mire, soldados de fortuna. La legión extranjera francesa, sin ir más lejos, combatió en aquellas trincheras y en sus filas, bien es cierto, menudeaban los jóvenes norteamericanos más temperamentales, quienes se la juraron al káiser cuando invadió la dulce Francia. Aun así, John Dos Passos se refiere a cierto pacifismo que llevó a muchos de sus compañeros -y a él mismo- a ayudar a los aliados sin mancharse las manos con la sangre de sus enemigos. Pero también nos habla de uno al que no le dio tiempo a hacerlo: Roland Jackson, quien sirvió en un regimiento de artillería. Muerto a los pocos días de llegar al frente, su amigo John le recordó en su segunda visita a Madrid, al beber una cerveza en El oro del Rhin (pág. 101). Si yo aún le diera al frasco y la cervecería aludida aún animara mi ciudad, hoy me hubiera emborrachado en ella conmovido por la lectura de semejante recuerdo.

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            En un primer momento, a él, al joven Dos Passos, le quitó la idea de alistarse en el legendario cuerpo de ambulancias de Richard Norton -que ya adscrito a la Cruz Roja sería trasladado al frente italiano, contando entre sus conductores con Ernest Hemingway- su padre. El comodoro, como llama al autor de sus días en el primer capítulo de Años inolvidables, convino con su hijo que, si desistía a sus afanes de la guerra en Europa, como premio le enviaría a pasar un invierno en nuestro país, aprendiendo el español y estudiando nuestra arquitectura (pág. 35). Y fue así como España se ganó a uno de los extranjeros que más la quisieron en el amado siglo XX.

            Corría 1916 cuando John Dos Passos se instaló en la pensión Boston, de la madrileña Puerta del Sol, para encontrarlo "todo delicioso: los serenos con sus linternas y largas capas, que abren la puerta por la noche, los sonidos roncos y los fuertes olores de la ciudad" (pág. 40).

            Y yo, que nací en el Madrid de los serenos -aún les recuerdo pidiendo el aguinaldo de puerta a puerta por navidades y a mi madre llamando al de mi calle para que nos abriera el portal cuando llegábamos a casa tarde-, no he podido dejar de conmoverme ante la evocación de mi ciudad por parte del maestro.

            Provisto de algunas cartas de recomendación -su padre, John Roderigo Dos Passos fue un jurista y político notable en la Nueva York de su tiempo-, en aquella primera visita a Madrid, el joven Dos Passos tuvo oportunidad de conocer a Juan Ramón Jiménez, quien le pareció "como pintado por El Greco". Una madrugada cambió impresiones con Valle-Inclán y en otra se apasionó con el arte de Pastora Imperio. "Aunque me gustaba mucho Italia, España seguía siendo mi favorita" (pág. 86), anotará recordando una estancia posterior en Roma, sobre la recomendación de visitar nuestro país que le hizo a un compañero de entonces.

            Muerto su padre en enero del 17, Dos Passos quedó libre del compromiso adquirido con él y acabó por alistarse en el cuerpo de ambulancias estadounidense. A las experiencias de entonces dedicará el segundo capítulo: Veinticuatro horas de servicio y veinticuatro de descanso. Con otros jóvenes compatriotas, también con veleidades literarias, asistirá a los combatientes franceses en la batalla de Verdún. No sé si será extensivo a todos los miembros de la Generación perdida que participaron en la Gran Guerra, e incluso a todos los estadounidenses, escritores o no, que buscaron en aquellos frentes su bautismo de fuego. Pero en una de las cartas que envió entonces a un amigo, que no en vano reproduce, puede haber algo parecido a una explicación de aquella actitud. "Siempre he querido desembarazarme de mi clase social y de los privilegios del dinero. El ejército parecía el mejor medio para ello" (pág. 93).

            Acabada la guerra, licenciado de sus obligaciones militares, tras disfrutar de las alegrías del París del armisticio, ya próximo ese París en el que Hemingway fue muy pobre y feliz, el París de París era una fiesta, Dos Passos tuvo tiempo de hacer una nueva visita a España. Entró aquí, "vadeando el Bidasoa" y recorrió a pie, junto a otro estadounidense, Dudley Poore, una buena parte de la cornisa cantábrica. Su afán no era otro que "empaparnos de España".

            Ya bajando hacia el centro, en Segovia paseó una noche de Luna llena junto a Antonio Machado. Por aquel tiempo, el prosista traducía al poeta y demuestra por él mucha más admiración que yo. "Era corpulento, andaba torpemente y vestía traje arrugado, con brillos en las rodillas. Su sombrero siempre tenía polvo. Daba la impresión de estar más desamparado que un niño ante los asuntos de la vida diaria (...). ՙMachado el bueno՚, le llamaban sus amigos" (pág. 101).

            Hoy le llamaríamos pederasta. Habrá que recordar que desposó a la Leonor de sus amores cuando sólo era una niña de trece años. E incluso entonces, que los hombres buenos y malos podían hacer con las mujeres y las niñas lo que les daba la gana, tuvo que pedir una dispensa especial para semejante barbaridad. Particularmente tengo un problema con la Generación del 98 en su conjunto: su regeneracionismo republicano me resulta, además de claramente carpetovetónico, tan romo y caduco como la monarquía contra la que se alzaba. Pero no desde las perspectivas de este tiempo de redes sociales, en que esas tertulias de café que tanto les gustaban no tienen más interés que el arqueológico, ya lo era entonces, en el fin de siglo decimonónico. Por no hablar del sentimiento fácil del que surge toda la obra de Machado o del racismo de Unamuno. Sí señor, don Miguel, quien ya con la república, en la última visita a España de Dos Passos, hablaba con el estadounidense de poesía portuguesa en base a las raíces lusas del visitante, en 1907 escribió que a Rubén Dario se le veían "las plumas de indio debajo del sombrero". Con las mismas, dos años después, el adalid del republicanismo -al igual que el bueno de Azorín- apoyó uno de los grandes crímenes del reinado de Alfonso XIII: el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Aquel pedagogo anarquista estaba llamado a ser uno de los pilares de la enseñanza racionalista en España. Por su perdón se desató toda una campaña internacional en la que participaron personalidades de la talla de Albert Einstein y Anatole France. En fin, cualquiera que haya leído mis Malditos, heterodoxos y alucinados sabe que mis intereses, son radicalmente opuestos a esa literatura bendita que representa el 98 en su conjunto. Si acaso Baroja -a quien, por cierto, Hemingway visitó en su lecho de muerte- y Ángel Ganivet en su suicidio. Pero todos en bloque, consideraban al cine -nacido para ser la manifestación cultural más importante del amado siglo XX- un espectáculo de feria. Por lo demás, de la literatura autóctona contemporánea al 98, mi favorita es la de la bohemia finisecular madrileña: Alejandro Sawa, Emilio Carrere...

            Pero hoy no estoy con mis fobias. Antes, al contrario, me ocupa mi última filia. Corría 1921 cuando Dos Passos visitó la aún incipiente Unión Soviética -como tal fue fundada en 1922-, ya en las postrimerías de la guerra civil rusa. Parece ser que en aquel tiempo -al menos es lo que comenta el propio John- había cierta simpatía por los estadounidenses: "Los americanos, casi todos los americanos eran populares aquellos días, y Pax probablemente les había dicho que yo era un amerikanski peesatyel, favorable a su causa" (pág. 116). Con Pax se refiere a Paxton Hibben, un legendario diplomático norteamericano, que sirvió en la guerra como capitán del ejército francés y había sido compañero de estudios del escritor.

            Dos Passos volvió a encontrarse con Pax en Estambul, cuando era Constantinopla y los asesinatos de los espías internacionales en el vestíbulo del famoso hotel Pera Palace -el legendario hospedaje de los viajeros del Orient Express- eran tan frecuentes que aún limpiaban la sangre del último cuando el gran John llego a la recepción por primera vez (pág. 114).

            Fue Pax, metido en el comité de ayuda de turno y encargado de las relaciones con los bolcheviques, quien consiguió a su amigo el visado preciso para visitar la República Democrática Federal de Transcaucasia. Entró en ella por el pueblo de Batum el mismo día que el ejército ponía fin a esta efímera república, integrada por territorios de Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Fue así como el gran John, tan aventurero como Hemingway, pero sin su fanfarronería, viniendo de conocer el legendario monte Ararat -símbolo de Armenia en suelo turco y lugar donde volvió a tocar tierra firme el arca de Noé, según las tres religiones que hablan de este navío- supo del hambre, la enfermedad y la checa, entre otros rigores de la emergente patria comunista: "Las casas que vi habían sido saqueadas. No quedaba rastro de los muebles. Di mucha importancia a la teoría de que la revolución había librado a la sociedad de la tiranía de las cosas (...). Tardé años en comprender que cuando un hombre pierde lo que le pertenece pierde también su libertad (pág. 116). Más adelante, ya en Tiflis, la capital de Georgia, escribe: "Hambre. Terror. Alrededor de veinte personas morían todos los días de cólera y dos veces más de tifus" (pág. 117). Ahora bien, todo aquello no contaba para la jerarquía bolchevique, que se mostró tan obsequiosa con el huésped norteamericano como hubiera podido estarlo la zarista: "No pude evitar sentir ciertos remordimientos ante la excelente comida que nos fue servida (...) mientras los soldados -los había visto yo mismo- se desmayaban de hambre por la calle. Y al menos los soldados tenían botas. La mayor parte de la población iba descalza (...).

            »Además estaban los grupos harapientos de los contrarrevolucionarios, empujados a punta de bayoneta hacia las calles apartadas. A mí no me parecían más culpables que los demás" (ibidem). 

(continúa en el asiento siguiente)

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Javier Memba Fri, 07 Aug 2020 00:45:00 +0100
Las memorias de John Dos Passos (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12161/las-memorias-de-john-dos-passos-i/  

            Ya atesoraba Años inolvidables (1966) en 1989 -mi edición es la impresa por Seix Barral en el 84-, cuando me decidí por Manhattan Transfer (1925). Además, por aquel entonces ya era un ávido lector de memorias. Empecé a serlo en el 87, tras dar cuenta de las de Raoul Walsh, La vida de un hombre (1974), entusiasmado. Sin embargo, algo tan peregrino como la secuencia de una película que nunca me ha interesado -Armas de mujer (Mike Nichols, 1988)-, protagonizada por una actriz que jamás me ha llamado la atención -Melanie Griffith- influyó de un modo determinante para que leyese por primera vez a Dos Passos en su primer experimento con las estructuras narrativas. Como el propio título sugiere, en las páginas de Manhattan Transfer, Nueva York, el conglomerado urbano de Manhattan, es concebido como un lugar de transbordo, como una estación de paso del variado paisanaje de la ciudad.

            Supe por primera vez del transbordador a Manhattan -el South Ferry- en esa secuencia de Armas de mujer en la que Tess McGill -el personaje de Melanie Griffith- lo toma para ir a medrar en su trabajo y poco después ese detalle me decidió. Fue un impulso espurio. En aquellos días -y no digamos en las noches- yo estaba siempre volado, como decían en las traducciones argentinas de Jack Kerouac de mi juventud. En ese estado, el esfuerzo que me constaba la concentración precisa para dar cuenta de una historia coral -coro que representa a un segmento considerable del paisanaje de Nueva York, demasiado numeroso en cualquier caso para alguien como yo entonces, que iba en busca del colocón definitivo- hizo que no disfrutase de mi descubrimiento de John Dos Passos. Ha sido ahora, con los sesenta años -ya vivido y aún más propenso a las memorias- cuando he disfrutado de la lectura de este autor, uno de los grandes de la literatura estadounidense del pasado siglo, como hacía tiempo no disfrutaba de ningún otro.

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            Los caminos de Dios serán inescrutables, a los de mis lecturas les basta con ser pintorescos. De un tiempo a esta parte empiezo a estar cansado de la omnipresencia de Hemingway en la novelística del pasado siglo, en la diáspora parisina de la Generación perdida estadounidense, en la Guerra Civil española, en las crónicas de los sanfermines, en La Habana y su Bodeguita del Medio... Salvo aquel gran cazador blanco en el África subsahariana, que también fue, aunque parece haber dejado de ostentar semejante dignidad por lo políticamente incorrecta que resulta en nuestros días, la de Hemingway parece una figura incuestionable desde cualquier punto de vista. Sin embargo, yo empiezo a ver varias fisuras. Sin ir más lejos, empiezo a poner en duda su compromiso con la II República. Es más, me inclino a pensar, como ya han manifestado algunas voces, que fue un quintacolumnista empero su aparente apoyo al estalinismo en 1937, justo el año que empezaba a enseñorearse de la dichosa República, expreso en aspectos mucho más sombríos que su aportación al cortometraje de Joris Ivens Tierra de España (1937). A este respecto, seguro que significa algo que su única obra de teatro, titulada precisamente La quinta columna, fuese escrita en el Madrid sitiado y bombardeado de aquel año, el mismo en que la represión comunista al movimiento libertario en Barcelona ponía fin al anarquismo que había frenado en un primer momento a los sublevados y el infausto Juan Negrín se convertía en un títere de la URSS. Pero todavía es más revelador -aunque desconcertante habida cuenta de ese sobresaliente apoyo al estalinismo- que el infatigable Hemingway volviese a los sanfermines en 1953, en pleno franquismo, con el beneplácito de las autoridades y el aplauso que ya le dispensaba la población cuanto entraba en los bares de Pamplona.

            En cualquier caso, Hemingway, además de ese primer traficante de la literatura que fue[1], merced a su constante exhibición de vigor, arrojo, valentía y demás cualidades -hoy casi todas en cuestión-, a mí me parece un verdadero fantasmón; todo un exhibicionista desde que llevaba la ambulancia en la Gran Guerra hasta que se pegó ese tiro, con el que puso fin a su vida siguiendo toda una tradición familiar.

            John Dos Passos fue uno de sus grandes amigos. Acaso el colega que más le apreció. Su primera esposa, Katy, era una amiga de Hemingway desde niña. La amistad entre el autor de ¿Por quién doblan las campanas? (1940) y el de Manhattan Transfer empezó a romperse Bajo los trópicos, así titula Dos Passos el capítulo en el que da cuenta de ello. "Los problemas que surgen entre un hombre y sus amigos no son con frecuencia más que el resultado de hacerse viejo" (pág. 268)".

            Es muy probable que, si la amistad entre los dos autores nunca llegó a romperse del todo, como aseguró el nieto de Dos Passos -llamado exactamente igual que su abuelo- en una visita a Madrid con motivo del rodaje de Duelo al sol (2015), un documental de Sonia Tercero, fue porque París era una fiesta, el libro en el que Hemingway vilipendia a Dos Passos -"cada dólar que gana le desplaza un poco más a la derecha", escribe en dichas páginas- es un título póstumo. Aparecido en 1964, los comentaristas tienden a sostener que "Hem", como le llama Dos Passos, lo dispuso así porque no quería estar vivo cuando su amigo supiese de los insultos que le dedicaba.

            Si en verdad fue por eso, Dos Passos demuestra mucha más altura moral que el finado. Hemingway es un tema casi recurrente en Años inolvidables desde la página 77, cuando su amigo confiesa que empezó a apreciar Milán, tras "leer las deliciosas descripciones de la ciudad que hace Hemingway en Adiós a las armas". Sin embargo, en ningún momento le responde con la mezquindad que su colega le había ofendido a título póstumo. Puede que Dos Passos se contuviera porque los muertos no pueden defenderse o puede que evocase aquel adagio con que don Luis Buñuel atajó a Dalí cuando el pintor intentó rencontrarse con el cineasta años después de su ruptura -luego de que Dalí acusase a don Luis de ser comunista, haciéndole perder un ventajoso empleo en el MoMA neoyorquino-: "agua pasada no mueve molino".

            En cualquier caso, "las cosas no volvieron a ser como antes" entre los dos escritores cierto día en que Dos Passos y Katy llegaron a la célebre casa de Hemingway en Key West y al anfitrión no le hizo ninguna gracia que su visitante dejase su sombrero -un Panamá, naturalmente- en un busto, como había venido haciendo hasta entonces (pág. 271).

            Sin embargo, parece ser que fue en España, a la que uno y otro quisieron tanto, donde la ruptura llegó a consumarse. En ese documental de Sonia Tercero referido se investigaba sobre cómo la distancia entre los autores pudo haberse debido al asesinato del traductor al español de Manhattan Transfer, José Robles, profesor en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore. Hombre de buena voluntad, idealista, republicano convencido de que la república traería el progreso del país y el bienestar de sus gentes, Robles fue uno más de los muchos asesinados por la policía política de Stalin, que siempre contó con la aquiescencia del gabinete republicano, ya estuviera presidido por Largo Caballero (1936-1937) o por Negrín (1937-1939). A Robles, empleado como traductor en la embajada soviética, le fusilaron por pugnas de poder dentro de la propia delegación comunista. Cuando Dos Passos se lo comentó a Hemingway, parece ser que el autor de Adiós a las armas (1929) justificó aquel asesinato por el bien de la causa. Supongo que fue a partir de entonces cuando Hemingway empezó a decir que a Dos Passos no le movía más que el dinero con las mismas que los verdaderos estalinistas llaman "fascista" a todo el que no piensa como ellos. A partir de entonces, Dos Passos dejó de apoyar Tierra de España y la distancia entre los dos amigos se fue agrandando de forma inexorable.

            Dos Passos no se refiere al asunto en Años inolvidables. Pero las referencias a ello en Duelo al Sol, sí que hicieron que yo me decidiese a leer estas memorias de Dos Passos. Ahora bien, sigo sin saber si Hemingway fue ese apologeta del estalinismo que aparentaba ser o si fue un auténtico quintacolumnista.

 


[1] Así le definió, con sumo acierto, un primo mío muy importante en la vieja España, con quien cambiaba impresiones sobre libros hace más de cuarenta años. Y así viene a calificarle el propio Dos Passos en el pasaje que recuerda cómo Hemingway era capaz de vender a un editor incluso los artículos futuros que él, Dos Passos, iba a escribir.

(continúa en el asiento siguiente)

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Javier Memba Mon, 03 Aug 2020 22:45:00 +0100
El arte de Bob de Moor al servicio de Jacques Martin http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12160/el-arte-de-bob-de-moor-al-servicio-de-jacques-martin/  

            En estos días, revisando Arrebato puesto a escribir un artículo sobre Iván Zulueta, su realizador, he vuelto a escuchar esa pregunta que le formula Pedro (Will More) a Sirgado (Eusebio Poncela) sobre el tiempo que, siendo un niño, era capaz de estar mirando fijamente, sin levantar la vista, su cromo favorito.

             Fui coleccionista de cromos, pero debo reconocer que no muy aplicado. De hecho, recuerdo vagamente que sólo terminé una colección cuyo título he olvidado. A mí, las estampas que me arrebataban de esa manera en mis primeros años fueron las viñetas de las aventuras de Tintín. No podría precisar la favorita entre todas ellas. Recuerdo la portada de El asunto Tornasol (1956), con Tintín y Haddock ocultando a Tornasol de los motoristas bordurios tras una roca y aquellos cristales rotos ciñendo la escena, que siempre imaginé un plano imposible por creerla focalizada desde el interior del faro del coche despeñado, de ahí los cristales rotos; recuerdo, en muchos episodios, aquellas turbinas fabulosas entre las que asomaba un puño, una onomatopeya, una de aquellas estrellitas que expresaban el dolor, con las que Hergé -y algunos cartoon estadounidenses- daban cuenta de las peleas. Ya en la siguiente viñeta, el perdedor aparecía con un ojo amoratado, las ropas rotas e incluso algún esparadrapo en el rostro. Y recuerdo especialmente la portada de la segunda versión en color de La isla negra, es decir la de 1966.

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            La mía, en efecto, es la segunda traducción española de dicha versión, fechada en 1967. También atesoro el facsímil de esa primera edición en color de 1943, que fue publicada en España en 1986. Pero a lo que voy ahora esa a la segunda versión en color de La isla negra porque es en ella donde entré en contacto por primera vez con el arte de Bob de Moor. Naturalmente, siendo un niño, en aquellas lecturas arrebatadas de las aventuras de Tintín de mi infancia, no reparé en semejante detalle. Fue mucho después, siendo ya un tintinófilo aplicado cuando supe de la entrega de Bob de Moor al enriquecimiento de la obra de Hergé. Convertido en su primer ayudante en 1950, recién creados los estudios Hergé, de Moor fue el responsable de los decorados del díptico lunar, La isla negra y muy especialmente de Tintín y los pícaros (1976), donde su responsabilidad fue aún mayor. Se dice que, con las mismas que -a instancias de Hergé- llevó toda la contemporaneidad de los años 60 a la utilería que esparció por las viñetas de esa segunda versión en color de La isla negra, el gran Bob de Moor fue el responsable de que el infatigable reportero de Le Petit Vingtième cambiase sus eternos bombachos por esos pantalones campana, tan al gusto de la séptima década del pasado siglo, que viste en su última aventura latinoamericana: Tintín y los pícaros (1976).

            Toda esa modernidad setentera es la que he percibido en los dibujos de La guarida del lobo (1974), originales de Bob de Moor sobre un guión de Jacques Martin. En 1986, cuando leí por primera vez esta historieta, no observé más que esa evolución natural en el trazo de los personajes entre dos aventuras separadas por nueve años, El misterio Borg, la última debida a Jacques Martin en su totalidad data de 1965. Bien es cierto que en los 80, cuando procuraba comprarme todos los álbumes de Ediciones Junior de mi interés, tampoco era ese estudioso aplicado de la bande dessinée que procuro ser ahora. Entonces solo era un lector entusiasta. En esta ocasión he creído ver en esta cuarta aventura de Lefranc toda una celebración de Bob de Moor, aunque su nombre no aparezca ni por el forro.

            Tengo la teoría de que el arte de Bob de Moor, amén de por sus propias creaciones -Cori el grumete, el enigmático señor Barelli, Óscar y Julián, que por supuesto atesoro y me dispongo a releer cuando acabe con Lefranc- hay que estimarlo como un punto de encuentro entre lo más granado de la Línea Clara. No es para menos considerando que, además de sus aportaciones a las aventuras de Tintín, y de esta cuarta entrega de las de Lefranc, también fue el dibujante de la segunda parte del díptico de Sato de Jacobs, Mortimer en Tokio (1990). Es decir, el más abnegado de los discípulos de Hergé, también puso su arte al servicio de sus compañeros en el triunvirato rector de la Escuela de Bruselas: Jacobs y Martin.

            Por lo demás, la historia es tan eminentemente europea como las tres aventuras anteriores de Lefranc. Ambientada en el valle de Annifer, un lugar -creo que supuesto- de la Suiza profunda. Hasta allí llegó una familia inglesa -los Howard- en cuyo pico más alto construyeron un hotel a la espera de que subiera hasta esa cima -la montaña de los Diablones- un teleférico. Pero la mezquindad de los lugareños, que no quisieron que se enriquecieran los foráneos con los encantos de su pueblo, llevó a la ruina a los ingleses. Son sus hijos quienes ahora se vengan, desarrollando al hacerlo el enigma de la historia.

            Puede que Jacques Martin renunciase al dibujo de su segundo gran personaje a favor del guión. Desde luego, el libreto me ha resultado más denso y elaborado que el de los tres álbumes anteriores, aunque haya echado de menos al inefable Axel Borg, el antagonista por excelencia de Lefranc y uno de los grandes villanos de toda la Línea Clara. Si bien puede que sea su ausencia precisamente lo que ha redundado en esa mayor elaboración del libreto, que va mucho más allá del enfrentamiento, más o menos maniqueo, entre el bueno y el malo.

            Por otro lado, también se echa de menos a Jeanjean, quien sólo hace acto de presencia, junto al comisario Renard, en la última página.

 

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Javier Memba Mon, 27 Jul 2020 11:00:00 +0100