Gente Blogs http://www.gentedigital.es/blogs/ Mon, 11 Nov 2019 22:52:41 +0100 FeedCreator 1.7.2 Que la tierra sea leve a Marie Lafôret http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12117/que-la-tierra-sea-leve-a-marie-laforet/             No exagero al afirmar que, si ya de niño supe que de mayor me iban a gustar las flacas tristes, fue por Marie Lafôret. Aún no tenía edad para ser consciente de que unos años después me iba a quedar maravillado con las chicas así, cuando la vi por primera vez en una cinta de Don Taylor: Jack de diamantes (1967). Si es que entonces lo llegué a saber, no fui capaz de aprenderme su nombre. Por el contrario, su imagen quedó grabada de un modo indeleble en mi memoria. La de Taylor era la historia de un ladrón de guante blanco que nunca he vuelto a ver. Sin embargo, recuerdo que, en base a su argumento, la sublime aflicción de Marie devenía en la ironía del cinismo. La que se estilaba entonces era la pantalla de las primeras aventuras cínicas: Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967), Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969) ... Empero la belleza de Marie, aunque no triste en aquella ocasión, más bien etérea y elegante como imagino la de las damiselas que protagonizan la novela decimonónica rusa, me cautivó incluso antes -ya digo- de que, ya metido en los juegos galantes, las chicas flacas y tristes fuesen mi gran ilusión.

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            De modo que esta mujer maravillosa que hoy despido entristecido, con anterioridad a ese mito que las actrices que me atraen son para mí, fue una premonición. Y lo fue hasta el punto de que ahora, cuando de todo hace tanto tiempo -un tiempo que me ha llevado al umbral de la senectud-, la noticia de su fallecimiento me conmueve y aguijonea mi memoria. Pero a la vez me devuelve aquel candor primigenio, más de medio siglo después de aquella primera visión, cuando inconscientemente decidí que de mayor me iban a gustar las chicas como Marie Lafôret.

 

            Supe su nombre a comienzos de los años 80, en los albores de mi cinefilia, cuando vi por primera vez A pleno sol (1960), la obra maestra de René Clément sobre la novela de Patricia Highsmith. Marge Duval, el papel de Marie en aquella ocasión supuso su debut en el cine. Al cabo, también ha quedado como su personaje por excelencia. Seducida por Tom Ripley (Alain Delon), el asesino de su novio, Phillipe Greenleaf (Maurice Ronet), Marge/Marie languidecía junto a Ripley en la isla de Isquia, en el archipiélago napolitano, cuando me di cuenta de que esa actriz también era la Olga Vodkine que me cautivó en Jack de diamantes.

 

            Como ya dejaba adivinar con aquella guitarra que paseaba melancólica por las secuencias de A pleno sol, no mucho después la supe la más triste de las yeyés francesas y, volviendo sobre mis recuerdos -que siempre han sido toda mi fortuna- también la localicé en el hit parade y la televisión de mi niñez. Si bien compartió esta última grandeza -la de ser la más triste de las yeyés francesas- con la también maravillosa Françoise Hardy, a Marie Lafôret se deben piezas como Les Vendanges de l'Amour (1963), La plage (1965) y Manchester et Liverpool (1966). Canciones, todas ellas, que forman parte de la banda sonora de mi infancia y de los espacios musicales de la primera televisión en aquella España en que los niños venían de París y yo fui el niño más feliz del mundo. Me sorprendo al comprobar la forma en que Marie va y viene de mi parnaso cinéfilo a mi mitología personal.

 

            Ocupó el destino de su hermana, a quien en 1959 sustituyó en un concurso radiofónico de promesas y ganó. Pero, allende las fronteras francesas, nunca fue una estrella rutilante. Diríase que lo suyo fue lo de esas chicas cuya tristeza y delgadez te cautivaban y dejabas de ver sin haber llegado a conocer su nombre. Mi amigo, el escritor Eduardo Chamorro, le dedicó unas líneas muy bonitas en un artículo sobre A pleno sol en el que se lamentaba de no recordar cómo se llamaba.

 

            En la pantalla internacional, la gloria de Marie Lafôret pudo haber sido como la de la igualmente admirada Anouk Aimée; en la canción, como la de Françoise Hardy. En ambas actividades, su tiempo fueron los años 60. De entonces datan cintas como Marie Chantal contra el Dr. Kha (1965), un desvarío sobre el cine de agentes secretos de Claude Chabrol. Lo mejor de aquel despropósito era la siempre grata presencia de Marie Lafôret.

 

            Recientemente he tenido oportunidad de volver a admirarla incorporando a la Gisèle de La caza del hombre (1964), una de esas deliciosas comedias de Édouard Molinaro que a veces, siempre con sumo agrado, descubro en mis búsquedas de cine antiguo por Internet.

 

            Niego esas fotos que muestran a Marie Lafôret de anciana en las atropelladas noticias que hoy dan cuenta de su fallecimiento. Prefiero recordarla como era cuando decidí que de mayor me iban a gustar las chicas como ella. Que la tierra sea leve a la que tanto me inspiró.

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Javier Memba Mon, 04 Nov 2019 10:45:00 +0100
Un apunte sobre "A Love Supreme" y otros artículos de F. J. González (autoficción) (y III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12116/un-apunte-sobre-a-love-supreme-y-otros-articulos-de-f-j-gonzalez-autoficcion-y-iii/ (viene del asiento anterior)

 

            Llevaría estudiada una cincuentena de piezas, del par de centenares de textos que, entre artículos, presentaciones de conciertos e incluso contraportadas de discos mi mentor dedicó al jazz, cuando le llegó el turno a aquel que habría de encabezar mi edición. Un acólito de H. P. Lovecraft, un tal T.E.D. Klein, incluyó en una antología dedicada a celebrar los mitos de Cthulhu, publicada por Arkham House 1999, un cuento titulado Un negro con una trompeta. El "negro" aludido no era otro que John Coltrane; la trompeta, su saxofón. A Klein no se le había ocurrido otra cosa que presentar a un misionero, que temía por su vida tras haber sufrido un conjuro en un recóndito lugar de la jungla malaya hasta donde le llevó su misión evangelizadora. Mientras el brujo obraba en él el sortilegio, soplaba un pífano que le daba una imagen que al predicador del relato de Klein se le antojaba tal que la de Coltrane tocando un saxo en el dibujo de Victor Kalim que ilustra el interior de la carpeta de A Love Supreme (1964), que nos muestra al saxofonista haciendo lo propio.

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            Apenas tuve noticia del asunto, González me remitió un PDF de Un apunte sobre "A Love Supreme", un artículo de opinión que por entonces desconocía. Había sido publicado en la revista Ajoblanco, en enero de 2000, como una columna de opinión que acompañaba a la crítica del libro que recogía Un negro con una trompeta.

            Aquel cuento de Klein lo tenía todo para que F J. le hubiese dedicado una de sus piezas de desagravio. Había que volver a reparar la secular desconsideración del jazz por parte de la sociedad estadounidense, el inmemorial racismo padecido por la comunidad afroamericana, la injerencia de los catecúmenos en culturas ajenas y algunas otras cuestiones no por consabidas menos execrables. En fin, Un negro con una trompeta tenía todo para que Un apunte sobre "A Love Supreme" fuera otro de esos artículos airados de mi mentor.

            Sin embargo, fue la primera vez que F. J. González afirmó que le gustaba el jazz, escribió única y exclusivamente sobre música: la relación entre el contrabajo (Jimmy Garrison), con el batería (Elvin Jones), el piano de Alfred McCoy Tyner, la espiritualidad del propio Coltrane -al que convertía en una figura poética, como Cortázar a su Charlie Parker y Kerouac a Lester Young- que concibió el disco como una suite de acción de gracias por haber superado la toxicomanía. Naturalmente, mi mentor seguía considerando ignominioso lo sugerido por Klein en su apología del odio. Pero había decidido dedicarle la mayor indiferencia. Como Miles Davis y John Coltrane en el 61, cuando ajenos al concepto de la Disney de la comunidad afroamericana, grabaron su memorable versión de Some Day My Prince Will Come. Era como si F. J. hubiera puesto en práctica aquel adagio que reza que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

            Al principio creí que González comenzó a decir que le gustaba el jazz -que en realidad le venía gustando desde que empezó a escribir sobre él- a raíz de esa América postracial que pareció atisbarse tras la llegada al poder de Barack Obama. Me equivocaba. Fue mucho mejor: mi mentor comenzó a decir que le gustaba el jazz cuando dejó de considerarlo la épica de la comunidad afroamericana para entenderlo como la lírica de Charlie Parker, John Coltrane, Miles Davis... Una música que es patrimonio de quienes quieran disfrutar con ella al margen de comunidades y de razas. Lo contrario es perpetuar el estigma, seguir cumpliendo con lo que dispusieron quienes la bailaban como una bufonada.

 

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Javier Memba Tue, 22 Oct 2019 08:30:00 +0100
Un apunte sobre "A Love Supreme" y otros artículos de F. J. González (autoficción) (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12114/un-apunte-sobre-a-love-supreme-y-otros-articulos-de-f-j-gonzalez-autoficcion-ii/             (viene del asiento anterior)

            Más adelante, González continuaba: "Mientras en el mítico Cotton Club de Nueva York Duke Ellington, Count Bassie o Louis Armstrong entraban por la puerta de atrás y una vez dentro se limitaban a animar con su música la velada, cuando el Hot Club les invitaba a actuar en los escenarios galos, eran recibidos por los aficionados franceses con toda la entusiasta admiración que les dispensaban. En 1927, el gran Jean Renoir, uno de los pilares del cine francés, realiza un cortometraje titulado Charleston. En sus secuencias nos presenta a un sabio negro, algo impensable en la pantalla estadounidense, donde los afroamericanos no eran más que payasos, delincuentes o, en el mejor de los casos, ignorados. En esa misma cinta, Renoir fotografía a Josephine Baker con mucho más cariño que sensualidad. Casi noventa años después aún nos conmueve. La diáspora parisina de la gente del jazz, que como poco se prolonga desde que Josephine Baker y Sidney Bechet arribaron a París en 1925, hasta que lo hicieron Lester Young y Bud Powell en los años 50, era inevitable. En Francia no había pueblos del atardecer, en los que, si al caer la noche era sorprendido un afroamericano foráneo, perfectamente podía aparecer el Ku Klux Klan presto a lincharlo.

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            »Pero no sólo era eso, mientras Lester Young podía beber en París buscando la muerte, sin que ninguna multitud le ahorrase el trabajo, Boris Vian escribía en la revista del Jazz Hot Club o en Combat -dirigida por Albert Camus, ni más ni menos- sobre la inquietud de los músicos afroamericanos por el arte y la teoría musical, conscientes de la grandeza de su cultura. Sólo después de que los estadounidenses caucásicos descubriesen en la altísima estima que Francia tenía al jazz, comprendieron que éste era una de las manifestaciones culturales más representativas de los Estados Unidos y empezaron a conservar debidamente sus grabaciones en la Biblioteca del Congreso".

 

            Volviendo sobre nuestra correspondencia, y los diferentes textos de González, que desde el principio pasaron a engrosar mi archivo, me parecía una simpleza apabullante haber contactado con él por primera vez para saber cuál es el cuento que Julio Cortázar dedicó a Charlie Parker. Siempre fui consciente de que sus artículos estaban encriptados como los mensajes que lanzan los políticos tras sus manifestaciones en las ruedas de prensa. Mi mentor, que al fin y al cabo fue periodista, estaba muy hecho a ese sentido oculto de las afirmaciones.

 

            "El perseguidor, ése es el cuento de Cortázar al que te refieres. Johnny Carter, su protagonista, es un trasunto de Bird. Data de 1959 y está incluido en Las armas secretas", me respondió en aquel primer mensaje mientras yo aún dudaba de que lo hiciera. Saber que Bird era el apodo por el que se conocía a Parker en el mundillo jazzístico fue a ratificarme en el convencimiento de ser todo un experto de la proyección del jazz en otras disciplinas artísticas. Y no lo era. Con frecuencia pienso que si González, toda una autoridad en las relaciones del jazz con otras artes, no me respondió con el desdén que los verdaderos expertos dedican a un profano cuando les pregunta algo harto sabido sobre esa materia que dominan, fue porque -salvo error u omisión- mi mentor fue el único mortal que confesó abiertamente su indiferencia ante la obra de Julio Cortázar.

 

            Lo que tampoco fue óbice para que su mensaje continuara: "Y Las babas del diablo, el siguiente de los cuentos reunidos en Las armas secretas, inspiró Blow-up (1966), la cinta que marcó un antes y un después en la filmografía de Michelangelo Antonioni. Hay en ella cierta impronta jazzística -la música es de Herbie Hancock-, sin embargo, prevalece el rock. Está ambientada en el Swinging London...

 

            »Y ya puestos a hablar de cine, volviendo a El perseguidor, tengo la impresión de que Alrededor de la medianoche, la celebrada película de Bertrand Tavernier de 1986, que pasa por ser una mezcla de las experiencias parisinas de Lester Young y Bud Powell, debe mucho más al Johnny Carter de Cortázar de lo que se dice. Eso de querer autodestruirse en el París del jazz, mientras un admirador de la música del suicida paulatino le quiere salvar, se vio antes en el relato del argentino que en el filme del francés. Bruno, el biógrafo de Carter es un precedente del Francis Borler (François Cluzet) de Alrededor de la medianoche".

 

            Cortázar precisamente también hablaba de lo que hay al otro lado de las cosas, en esa dimensión que nos ocultan. Algo así como la metafísica de los entes y los objetos. Ya en nuestros primeros intercambios de mensajes, aprendí a leer entre las líneas de los de F. J. González, vengo diciendo. Puntualizaré: más concretamente, lo que aprendí fue a descubrir la metafísica de su erudición. Todos los datos que aportaba, además de alimentar su vanagloria, remitían al lector a otra cuestión. Naturalmente, estas sutilezas eran mucho mayores en sus artículos que en sus emails. Sin embargo, por mucho que me invitara a ello en los primeros correos que me envió, estaba siendo ahora, metido de lleno en la edición de su obra para la prensa, cuando empezaba a alcanzar la destreza en estos procedimientos escondidos. Eran, para entendernos, como esos versos que preceden a un texto, a modo de cita alusiva a lo que se va a leer a continuación.

 

            Esa mecánica oculta, esa lectura entre líneas me dio a entender que tampoco era del todo cierta esa indiferencia que Julio Cortázar inspiraba a mi mentor. Si no dispensó nunca ningún elogio al argentino era porque ya lo exaltaban bastante quienes le impidieron el acceso al tinglado editorial. En efecto, F. J. González quiso ser novelista. Como no llegó a encontrar ningún editor que apostase por sus ficciones, se convirtió en uno de los mejores periodistas culturales de su tiempo. Época la suya que, en la escena editorial, estuvo marcada por los adoradores de Julio Cortázar. En buena lógica, F. J. nunca aplaudió a Cortázar por no alabarles el gusto a quienes le rechazaron sus novelas.

 

            Por lo demás, me consta que consideraba al autor de El perseguidor uno de los intelectuales que habían dignificado el jazz. "Lo hizo al presentar a su Johnny como un artista enemigo de sí mismo, que no como uno de esos monos en busca del fuego, que integran la orquesta de jazz que nos muestra Wolfgang Reitherman en su adaptación de 1967 de El libro de la selva".

 

            Esas animaciones de la Disney, como la citada por F. J. en aquella ocasión, fueron un ejemplo meridiano de la concepción del jazz -y la comunidad afroamericana en su conjunto- como una más de sus sinfonías tontas. Esa idea de la bufonada, que venía desde la Era del jazz, imperó en los estudios Disney como en el resto de la sociedad estadounidense. Tanto fue así que, en épocas recientes, para no herir la nueva sensibilidad, se han retirado de la circulación cintas como Canción del sur (Harve Foster y Wilfred Jackson, 1946) y tiene serios problemas la secuencia de los cuervos de Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941).

 

            Sin embargo, la música de la Disney ha inspirado a los jazzmen más que la de ningún otro estudio. Las versiones de Louis Armstrong y Dave Brubeck, por no hablar de las mil y una grabaciones de Some Day My Prince Will Come, la inmortal composición de Larry Morey y Frank Chuchill incluida en el score de Blancanieves y los siete enanitos (VV. AA., 1937), todo un clásico en el repertorio estándar del jazz moderno desde que Miles Davis y John Coltrane la grabasen en 1961".

 

            Pero en aquel correo estábamos con el autor de Rayuela (1963). Tiendo a pensar que F. J. consideraba que Cortázar escribió sobre jazz después de haber leído algo de lo mucho que Jack Kerouac dedicó a esta música. Se apoyaba en un dato: El perseguidor es posterior a En la carretera (1957). En cualquier caso, jamás dudó de la sinceridad de la afición del argentino. "Cortázar, que vivió más en Francia que en ningún otro sitio, probablemente fue uno de esos existencialistas parisinos que alternaban las audiciones de Duke Ellington con las de Juliette Gréco y Georges Brassens en los establecimientos de Saint-Germain-des-Prés. Dicho de otra manera, fue uno de esos jóvenes que tuvieron en el jazz una seña de su rebeldía. Como nos pasaría a nosotros con el rock con el correr del tiempo. El caso es que fue uno de los primeros intelectuales que convirtió a un músico de jazz, Charlie Parker, en una figura poética. ¿Qué es sino un artista, siempre en liza consigo mismo, buscando en su autodestrucción inspiración para su arte? Sí señor, Julio Cortázar elevó a su saxofonista al mismo parnaso -léase "infierno"- que guarda a Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe o Malcolm Lowry... A todos los escritores, artistas, creadores en general, estigmatizados por el canon estético de su tiempo y perseguidos por los moradores invisibles de sus cabezas.

 

            El jazz dejó de ser una música popular, en Estados Unidos y en el resto del mundo, con el final de la Era del Swing. El bebop, el nuevo estilo, resultó caótico, incomprensible, para quienes bailaban el anterior. Desde entonces, el jazz no ha vuelto a ser una música de baile, el ritmo popular que fue en la Era del jazz, cuando todo occidente bailaba el charlestón. Cuenta con aficionados que lo aman en el mundo entero, pero no dejan de ser unos pocos. Como los aficionados que pueda tener la música de cámara.

 

            Charlie Parker fue el heraldo de ese regreso a las minorías. Más o menos inmensas, pero minorías al cabo desde la perspectiva del pop, la verdadera música popular desde mediados del amado silo XX, o, incluso, el rock. De modo que tanto González como yo, que preferiríamos la muerte a la grey -a él, de hecho, se le llevó La Parca sin tener nunca nada que ver con algo mínimamente popular- admiramos a Parker de un modo especial. Fue en aquel email sobre El perseguidor, donde leí por primera vez, entre líneas naturalmente, una sugerencia al lirismo, el que Cortázar atribuye a su saxofonista.

 

            "A Kerouac también le gustaba Charlie Parker. El bebop no sólo fue la banda sonora de la Beat Generation, en muchos aspectos fue una pauta para su escritura. La célebre prosa espontánea, casi automática, de Kerouac tiene mucho que ver con el jazz", sostuvo F. J. en un artículo publicado en la revista Tiempo en 2017, con motivo de los 60 años de la primera edición de En la carretera. Billie Holiday, Stan Getz, Lee Konitz eran otros de los nombres traídos a colación en aquella pieza. Pero el favorito de Kerouac, era Lester Young. A este otro saxofonista triste dedica Jack las últimas páginas de Visiones de Cody (1960).

 

            Con los artículos inspirados en lo que Kerouac escribió sobre el jazz acabé de comprender el concepto del lirismo en mi mentor. Para F. J., lo lírico era la exaltación hasta el paroxismo del sentimiento individual. Para mí, que lo que más admiro en un texto -independientemente de su asunto- es la exacerbación de la subjetividad de su autor, más o menos también. Frente a lo lírico oponía lo épico, que, en base a ese conjunto de héroes que protagonizaban la poesía lírica clásica, siempre entendía como el canto de una colectividad, de un pueblo. Demasiada gente en cualquier caso para los individualistas como Charlie Parker, mi mentor o yo mismo.

 

            Y ya sentado que la Experiencia Kerouac, que la llamaban los traductores argentinos de las primeras traducciones de On the Road que llegaron a España, no era otra cosa que viajes, embriaguez, literatura y jazz, González recordaba que fue el propio Kerouac quien, en relación con la literatura beat, declaró: "hay que escribir sin intervalos que rompan las estructuras de la frase, ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles. Hay que utilizar vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios, como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases. Así han de ser las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso".

 

            A veces era una sugerencia; otras, una sutileza. Pero lo más frecuente era que la mecánica subrepticia de la prosa de González se tratase de una inversión, un procedimiento por el que los valores eran sustituidos por los defectos y viceversa. Ya hecho, en cualquier caso, a las agudezas de su obra, avanzaba con placer en mi edición anotada de los artículos de mi mentor, aun a sabiendas de lo difícil que resultaría encontrar a alguien dispuesto a publicarla. Un apunte sobre "A Love Supreme" y otros artículos de F. J. González se habría de titular.

            (continúa en el asiento siguiente)

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Javier Memba Mon, 14 Oct 2019 07:00:00 +0100
Un apunte sobre "A Love Supreme" y otros artículos de F. J. González (autoficción) (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12113/un-apunte-sobre-a-love-supreme-y-otros-articulos-de-f-j-gonzalez-autoficcion-i/  

            En su último email, F. J. González, un verdadero experto, aunque asegurase que el jazz no le gustaba, fue a cifrarme este misterio en un trayecto abstracto que le llevó de la épica a la lírica. Le respondí al punto, el tiempo que me llevó teclear un ruego de concreción: "¿Puedes ser más preciso?". Supuse que su respuesta tardaría lo que se demorase abundando en el tema. González siempre me contestaba con una diligencia inimaginable en un periodista de su prestigio. Nunca le faltó tiempo para perder conmigo. Pero en aquella ocasión no habría respuesta alguna: la mañana siguiente leí su obituario en Lester. Esta última era la web en la que F. J. firmó sus artículos postreros. "Llamada así en un claro tributo a Lester Young", puntualizaba siempre el ya finado.

            A mí me gusta el jazz por un relato que publicó Jaime Rosal en 1976 -Debo al jazz- y la pasión con la que F.J. González y otros autores, que tan a menudo él me descubrió, escribieron sobre esta música. Mi tradición, como la del propio González, es el rock. Pero el amor al rock, como el don poético, es un fulgor juvenil. De modo que no es raro, incluso puede decirse que es frecuente, que cuando los ánimos se apaciguan con la edad adulta y el rock deja de conmover, los antiguos amantes de El ritmo del Diablo descubran con sumo deleite el bebop y luego el cool, yendo a volar así desde la costa oeste a la este.

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          No sé por qué será, pero sucede muy a menudo. Supongo que cuando la melomanía del amante del rock alcanza los últimos estadios de su evolución tiende a llevarle al jazz. Hablamos de músicas de complejidades semejantes, no se pueden silbar distraídamente bajo la ducha. Para quien no está iniciado en ellas, no son más que ruido. Sin embargo, su audición es una experiencia grave y elevada. No una distracción para pasar el rato. González, como tantas otras cosas a este respecto, lo explicaba muy bien: "El jazz es una música culta y adulta", me apuntó en una de nuestras correspondencias electrónicas. "Es muy difícil que, a un niño, o a alguien que no se haya acercado nunca a la música -si es que aún queda alguno en nuestro nefasto siglo XXI-, así de repente, sin más, le guste A Love Supreme, la célebre suite de John Coltrane del 64. O esa versión del 46 de A Night in Tunisia de Dizzy Guillespie. Lo más normal es acercase a la música con canciones. Que no por sencillas dejan de ser hermosas. ¡Por supuesto! Pero, en su sencillez, su primera audición las hace mucho más accesibles para el profano.

            Ahora bien, a alguien ahíto de escuchar a Jethro Tull, King Crimson o rock psicodélico en su conjunto, A Love Supreme bien le puede seducir desde una primera audición por venir con el oído habituado a complejidades sonoras de magnitudes similares. De hecho, ése fue el camino de Soft Machine, formación señera de un rock tan evolucionado como el progresivo, que acabó haciendo jazz-fusión. "Miles Davis recorrió un camino muy parecido, pero a la inversa, el que le llevó desde Birth of the Cool (1954) a Bitches Brew (1970), el álbum fundacional del jazz-rock, donde comienza el Davis que menos me atrae a mí", solía apostillar González, siempre abundando en su misterio.

            Sí señor. Venía del rock, pero el Miles Davis que se acercó al Ritmo del Diablo era el que menos le interesaba. Me confundía. Desde mucho antes de la épica y la lírica, la duda final, ya me enredaba. Su interés por el jazz nunca dejó de provocarme cierto desconcierto. Se quedaba con el Miles de los 50 y primeros 60, hasta el del Quiets Nights (1963), aproximadamente.

            El jazz es una música culta, entre otras cosas, por lo que F. J. González escribió sobre él. Eso está por encima de cualquier género de dudas. Sin embargo, no quita para que sus textos, piezas hermosas como una canción sencilla, siempre se alzasen, o apuntasen, a alguna incertidumbre. Despejar esas incógnitas fue el motivo de nuestra correspondencia. Nunca llegamos a conocernos personalmente. Pero tras diez años de "explicaciones electrónicas" consideraba a F. J. González mi mentor en la literatura jazzística. Aunque aquella última incógnita, aquella oscilación entre la épica y la lírica, ineluctable, tuviera toda la pinta de ir a quedar sin respuesta. Pero las cosas siempre son más de lo que parecen: en aquella postrera incertidumbre tiene su origen mi edición anotada de sus más bellas colaboraciones en prensa.

            En otra ocasión fue a homenajear a Boris Vian en un artículo titulado Lo que el jazz debe al Desertor. A nadie se le escapa que Le déserteur es la canción más celebrada del gran Boris. Lo que ya es menos conocido es aquel texto de mi mentor. Apareció en la revista del colegio mayor San Juan Evangelista de Madrid. Por lo tanto, aunque aquella residencia impulsó uno de los mejores clubes de jazz españoles, la tirada de sus publicaciones fue siempre reducida. Ésa debió de ser la causa de que la lucidez de la teoría de F. J. no alcanzase la difusión que merecía. Entre otras afirmaciones, en aquel artículo, mi mentor sostenía que fue Francia, "con las mismas que se inventó la Libertad, el cine de autor y otras grandezas, el primer país que dio carta de identidad cultural al jazz". Volviendo sobre aquella pieza, comencé a atisbar un procedimiento para resolver la última duda, aquella explicación que La Parca me dejó entre la épica y la lírica.

            "Antes de la fundación del Jazz Hot Club, por parte de un grupo de universitarios parisinos -a quienes no tardarían en sumarse músicos de la talla de Django Reinhardt y Stéphane Grappelli, creadores de ese quinteto del club llamado a hacer historia-, el jazz para los americanos no era más que una música de negros", continuaba en Lo que el jazz debe al Desertor. "Les divertía, bien es cierto. Las alegres flappers bailando jazz (charlestón), son una de las imágenes más representativas de lo felices que fueron los años 20 en los Estados Unidos y otros lugares del occidente cristiano. Aquella fue la Era del jazz, que la llamó Francis Scott Fitzgerald en la colección de cuentos ambientados en aquellos años y reunidos bajo dicho título. Pero esto no significa que considerasen el jazz como una manifestación cultural. De hecho, Scott Fitzgerald era un racista notable, bastante más de lo que era normal serlo en su tiempo. Su odio a los afroamericanos quedó expreso de forma meridiana en las aseveraciones del Tom Buchanan de El gran Gatsby (1925) sobre los días venideros que traerían esos matrimonios interraciales que vemos sin ningún escándalo en nuestro tiempo. Habrá que recordar que la ideología de sus autores no contamina sus obras. Si Hitler o Stalin hubieran escrito una buena novela, no sería censurable por su actividad criminal. No podemos condenar una canción tan hermosa como Lili Marleen por que fuera una de las favoritas de los nazis.

            »Ahora bien, pese a que el racismo de Scott Fitzgerald no contamine la calidad de su narrativa, sí nos demuestra que la América que inspiró la Era del jazz, de la que el escritor fue su más genuino cronista, difícilmente iba a considerar el jazz una manifestación cultural. Muy por el contrario, para ella el jazz era una alegre habilidad de los negros, poco más o menos que los juegos malabares que pudieran hacer los monos, con quienes comparaban a los afroamericanos sin contemplación alguna. De hecho, en la forma de bailar el charlestón de las flappers y sus admiradores, gravita un aire de burla de los bailes afroamericanos. Secularmente, la única redención que las razas dominantes reservaron a las marginadas fue el folclore. El flamenco de los gitanos en España, el jazz -junto al blues y el sumiso góspel- de los negros en Estados Unidos... El don de la música les liberaba del trabajo cuando eran esclavos y era casi lo único que les podía salvar de la delincuencia cuando fueron libres".

            En uno de los correos que intercambiamos acerca de Lo que el jazz debe al Desertor volvió a asegurarme que no le gustaba el jazz -cuando lo cierto era que le seguía gustando mucho- por no caer en eso de la bufonada. Le objeté que ese papel, en nuestro nefasto siglo XXI, lo había ocupado el soul, el funky, la disco y otras nuevas músicas que se nos escapaban, yendo ya como íbamos para viejos. No le convencí y no esperaba hacerlo. Nunca le convencí de nada.

(continúa en la entrada siguiente)

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Javier Memba Wed, 09 Oct 2019 20:15:00 +0100
Continúa mi lectura de Bertrand Russell (y III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12110/continua-mi-lectura-de-bertrand-russell-y-iii/ (Viene del aseinto del 10 de septiembre)

Un filósofo literario

 

            Otra de las cosas que me han llamado la atención es la distinción que hace el autor entre filósofos académicos -Kant, Hegel- y literarios. Nietzsche pertenece a estos últimos porque, aun siendo profesor, no "inventó nuevas teorías técnicas en ontología o epistemología; su importancia radica principalmente en la ética y, en segundo lugar, como crítico histórico agudo".

 

            Lo que pasa es que la crítica de Nietzsche da miedo. Su teoría del superhombre es todo un precedente del biologicismo de los nazis. Si bien su machismo, aunque mayor que el de Schopenhauer, apenas se conoce -Nietzsche no trató a más mujeres que a su hermana, su colaboración con Lou Andreas-Salome fue meramente profesional-, su espeluznante inclinación supremacista era harto conocida. Lo que me sorprende es que, en su momento, durante la Transición española a la democracia, cuando yo me interesaba por estos temas, hubiese gente que afirmase que el autor de Más allá del bien y del mal (1886) también presenta una lectura ácrata. Algo así como el antimilitarismo de Céline en Viaje al fin de la noche empero sus posteriores panfletos antisemitas durante la ocupación alemana de Francia.

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            Ciertamente, Nietzsche murió cuarenta años antes de que las tropas de la Wehrmacht entrasen en París. Pero de haberlo visto, el filósofo las hubiese vitoreado sin ambages.

 

            "La moral de Nietzsche no es de indulgencia consigo mismo en ningún sentido corriente; cree en la disciplina espartana y en la capacidad de soportar el dolor, lo mismo que la de causarlo para fines importantes". A decir de Russell, para el alemán, el budismo y el cristianismo son religiones nihilistas. No acabo de entenderlo. En lo que no hay duda es en esa coincidencia del cristianismo y el socialismo en su afán igualitario. No obstante, Russell nos advierte de la megalomanía del autor de Así habló Zaratustra (1883).

 

            El relato vuelve a las postrimerías del siglo XVIII para hablarnos del utilitarismo inglés. En su introducción a ellos, respecto a la ética utilitaria, se afirma su necesidad porque los deseos de los hombres pugnan entre sí. "La causa principal del conflicto es el egoísmo" (pág. 402).

 

            Avanzando en la lectura, reparo que ya hace mucho tiempo que el autor sólo atiende al pensamiento francés, alemán y británico. Es de suponer que también hubo filósofos en otras latitudes. Pero a Russell no le merecen interés. Prefiere referirse a un naturalista: Charles Darwin. Viene a demostrar con ello que la ciencia también es cultura -no sólo las humanidades- y nunca han faltado científicos entre los grandes pensadores que ha dado la historia. Huelga decir que los argumentos del autor de El origen de las especies (1859) fueron utilizados por Nietzche -que siempre desdeñó a Darwin- en sus teorías sobre el superhombre y los derechos de los fuertes. Más divulgativa que ninguna otra cosa, he buscado en esta Historia de la filosofía occidental una explicación del mundo accesible para quienes sabemos poco más que el nombre de la mayoría de los sistemas filosóficos. En ese aspecto, el texto cumple su función hablando de muchas sin llegar a profundizar en ninguna. Russell invita a sus lectores a que lo hagan por su propia cuenta. Para ello, no le hace falta más que dar el título y unos apuntes sobre la obra

 

            Respecto a Marx -cuya obra, con la posteridad, habría de cobrar más trascendencia que la de ningún otro de los jóvenes hegelianos-, Russell estima que acomoda su filosofía de la Historia a un patrón de la dialéctica su maestro. Lo que para Hegel son las naciones, para aquél son las clases sociales. Pero a Marx "solo había un trío que le interesaba: el feudalismo, representado por el terrateniente; el capitalismo, representado por el propietario industrial, y el socialismo, representado por el asalariado. Esta observación me ha recordado la obsesión con la lucha de clases de los jóvenes que militaban en las organizaciones marxistas de mi juventud. Convertida la monomanía en una auténtica cosmovisión, a mí, aquello de que todo tuviera que estar en función de "los explotadores y explotados" y la redención del proletariado mediante la puesta en marcha de su propia dictadura, me daba tanto miedo como la represión franquista. De modo que me complace que Russell venga a acusar a Marx de ser "demasiado práctico, está atado en exceso a los problemas de su tiempo". Tiempo que ahora, que ya hay proletariado, se ha quedado tan lejano como la canción protesta.

 

            Henri Bergson es el último filósofo francés al que alude el autor para comentar la importancia que tiene la visión en sus teorías. Habrá que recordar que el texto sólo abraca desde los presocráticos hasta mediados del siglo XX y que dedica mucho más espacio al pensamiento antiguo y medieval que a la moderna. La contemporánea, directamente la obvia. Considerando que Russell murió en 1970, tiempo no le faltó para volver sobre una obra, que fue su gran éxito editorial, y ampliarla con capítulo con un capítulo dedicado a los existencialistas franceses. Es de suponer que para no entrar en polémicas con sus colegas. Pero lo cierto es que, con mucha delicadeza -parte de la base de que son amigos- sí que en las últimas páginas acaba refutando en algunos asuntos al psicólogo John Dewey, uno de los filósofos estadounidenses más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX.

 

            "La función de la filosofía", sostiene William James, "es hallar qué diferencia se produce en ti o en mí si ésta o la otra fórmula es verdadera. En este sentido, las teorías se convierten en instrumentos, no en respuestas a enigmas". (pág. 439). William James es otro de esos psicólogos filósofos norteamericanos a los que se refiere Russell en las últimas páginas de su libro. Más concretamente, James es un pragmático que, en buena lógica con esta última condición sostiene: "Una idea es verdadera mientras se crea que es provechosa para nuestras vidas".

 

            Volviendo a Dewey, que en vida fue considerado el pensador más destacado del panorama estadounidense y aún ahora lo sigue siendo en lo que a la primera mitad del siglo XX se refiere, en capítulo que le dedica, Russell apunta que, para "los filósofos profesionales, es estática y final, perfecta y eterna" (pág. 443). De ahí que algunos la identifiquen con los pensamientos de Dios. El autor de esta historia, que osciló entre el agnosticismo y el ateísmo, pone como ejemplo de verdad la tabla de multiplicar, "precisa y cierta, libre de escoria temporal". En mi supina ignorancia, que esta lectura despeja tantos sentidos, recuerdo que las matemáticas son la ciencia exacta por excelencia.

 

            A las matemáticas precisamente, a sus comienzos en los días de Pitágoras se remonta el texto en su último capítulo, La filosofía del análisis lógico para hablarnos de cómo ya entonces, los pensadores podían dividirse en los influidos por las matemáticas y los empíricos. Entre los primeros destaca a Platón, Santo Tomás de Aquino, Spinoza y Kant; entre los segundos, a Demócrito, Aristóteles y los empiristas modernos hasta John Locke.

 

            Ya al final, no falta un comentario sobre la teoría de la relatividad (pág. 455). Pero entre las últimas conclusiones, me conmueve especialmente un párrafo posterior, que a la vez me demuestra la honestidad de Russell, tanto personal como en su afán divulgativo: "La filosofía, a lo largo de su historia, ha constado de dos partes mezcladas inarmónicamente: por un lado, una teoría sobre la naturaleza del mundo; por otro, una doctrina ética o política sobre el mejor modo de vida. El no haber logrado separar los dos con claridad ha sido el origen de mucho pensamiento confuso. Los filósofos, desde Platón hasta William James, han dejado que sus opiniones sobre la constitución del Universo fueran influidas por el deseo de edificación moral; sabiendo, según ellos suponían, qué creencias harían virtuosos a los hombres, han inventado argumentos, con frecuencia muy sofísticos, para probar que estas creencias eran verdaderas. Por mi parte, repruebo esta tendencia, tanto por razones morales como intelectuales. Moralmente, un filósofo que emplea su competencia profesional para algo que no sea la búsqueda desinteresada de la verdad, es reo de una especia de traición. Y, cuando da por supuestas, antes de haberlas indagado, que ciertas creencias, verdaderas o falsas, son capaces de fomentar la buena conducta, está limitando de ese modo el alcance de la especulación filosófica y haciendo filosofía trivial (pág. 458).

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Javier Memba Mon, 30 Sep 2019 07:45:00 +0100
El valle de los inmortales, nuevo díptico de Blake y Mortimer http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12109/el-valle-de-los-inmortales-nuevo-diptico-de-blake-y-mortimer/  

            Las aventuras de Blake y Mortimer son una de las muchas cosas en las que nunca soy objetivo: a mi juicio siempre son arte mayor. Sean quienes sean sus responsables, abro cada nuevo álbum con una disposición del ánimo que no dispenso a ningún otro cómic. Ahora bien, cuando la entrega viene a celebrar el universo de su creador original, el gran Edgar P. Jacobs, el júbilo es aún mayor. Me gusta ver a los dos amigos en el Centaur Club o en su residencia de Park Lane. Una vez allí, reencontrarme con la señora Benson, la viuda del mayor Benson, quien encargó a Blake la misión de La vara de Plutarco (Yves Sente y André Juillard, 2015), salvando así el desembarco aliado en Normandía y librando a la vez al mundo de una nueva amenaza.

 

            Me gusta volver a ver a Sharky, el secuaz estadounidense del coronel Olrik, y comprobar otra vez cómo este último, junto con el Rastapopoulos de Las aventuras de Tintín, es el villano más grande de toda la historia del Noveno Arte. Y, por supuesto, me gusta reencontrarme con el fiel Ahmed Nassir, el sargento hindú de los Makram Levy Corps en el tríptico del espadón (1947). Rencontrado como mayordomo de Mortimer en el díctico de El misterio de la gran pirámide (1950), Nassir desapareció de las viñetas posteriores de la colección como lo fue haciendo el imperio británico de la escena internacional. Volver a verle aquí, en El valle de los inmortales, primer tomo de la última aventura de Blake y Mortimer, ha sido toda una alegría. Bien es cierto que su aparición es fugaz (págs. 18 y 19), pero promete ser mayor en la segunda parte.

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            Sobre un guión de Yves Sente -uno de los libretistas más veteranos de la serie-, Teun Berserik y Peter van Dongen dibujan un álbum canónico, entendiendo por canónico esa celebración del universo original de Jacobs al que me refiero. Del que no participan ni El juramento de los cinco lores (Yves Sente y André Juillard, 2014) que nos remite al de Lawrence de Arabia y ni siquiera aparece el inefable Olrik, ni El testamento de William S. (Yves Sente y André Juillard, 2017), que nos traslada a una intriga en torno a Shakespeare y el Londres de los primeros teddy boys. Algún día habrá que escribir sobre cierta paradoja de la aportación a la serie del trabajo de Sente y Juillard: ellos han sido los que más apartaron estas aventuras del canon de Jacobs, pero también han contribuido a ampliarla convirtiendo a la señora Benson en la viuda del mayor. De esto puede seguirse que de una u otra manera, canónica o no, todo es gracia, todo es epifanía en esta colección.

 

            Aunque localizado principalmente en la China que se debate en los últimos días de la guerra librada entre el Kuomintang de Chiang Kai-shek y el ejército rojo de Mao Zedon (1949), El valle de los inmortales arranca con el hundimiento del imperio amarillo de Basam Damdu. Vuelve a llamarme la atención que este terrible dictador -mitad Hitler, mitad Stalin- tuviese su capital en un lugar tan asociado a la paz, la espiritualidad y tantas otras bondades -incluso en la tradición de la Línea clara- como la capital del Tíbet. No hará falta recordar que fue en aquel país donde el queridísimo Tintín vivió una de sus aventuras más entrañables y de las que tocaron más de cerca su creador, el gran Hergé. Pero en esta ocasión, la Lhasa de Basam Damdu abarca poco más que unas viñetas.

            El grueso de la acción sucede en otras partes de China. Los nacionalistas intentan sacar del puerto de Nankín los tesoros del museo del Palacio Imperial. El fuerte temporal, que asola la tarde en que todo empieza el mar de China, hace que uno de los barcos que se llevan del país las antigüedades naufrague. Su preciado cargamento caiga en manos de uno de los señores de la guerra, surgidos tras la derrota del imperio amarillo al que se combatió en el tríptico del espadón- que campan a sus anchas en Yunnan: el general Xi-Li. Más concretamente se trata de un guerrero -cuya similitud con los Guerreros de Terracota no deja lugar a dudas- en cuyas entrañas se guarda un pergamino de la corte de Qin Shi Huang, el primer emperador de China. Con todo, para completar la profecía que le acreditaría como el elegido por los cielos para gobernar el país, Xi-Li precisa de otro pergamino, complementario con el que obra en su poder, que sigue al cuidado de los responsables del Museo Imperial y se exhibe en una exposición temporal del Museo Británico. Olrik, prisionero de Xi-Li tras escapar del hundimiento de la Lhasa de Basam-Damdu, no duda en ofrecerse a su nuevo tirano para hacerse con el pergamino y volverse así a enfrentar a sus archienemigos: el profesor Mortimer y el capitán Blake.

 

            Lo que viene después es una de esas tramas policiacas que suelen articular las entregas de los amigos del Centaur Club. En esta ocasión se nos lleva del Hong Kong colonial al Londres derruido de postguerra, de los aviones prodigiosos que pilota Blake a los disfraces de Olrik, arte -el de la caracterización- en el que el coronel no tiene más parangón que aquel Fantomas al que yo descubrí maravillado, hace la friolera de cincuenta y cuatro años, en las películas de André Hunebelle. Porque, aunque suele creerse que las aventuras de Blake y Mortimer canónicas siempre están ambientadas en los años 40 y 50 del amado siglo XX, lo cierto es que El caso del collar (1965) -la que más me recuerda a las aventuras de Fantomas- lo está en los 60 y Las tres fórmulas del profesor Sato (1970-1990), el díptico de Sato, en los 70.

 

            Pero no divaguemos. Hay en este Hong Kong del nuevo díptico de Blake y Mortimer una clara referencia al Shanghái de El loto azul (1934), otra de las obras maestras del gran Hergé. Sí señor, no es otro que el mismo W. R. Gibbons, el colérico norteamericano al que Tintín rompe su bastón cuando se dispone a pegar con él a un culi chino. Aquí volvemos a encontrarle, recién llegado de Shanghái, entre la colonia anglosajona que le es presentada a Mortimer en el Península Hotel (pág. 37). En efecto, El valle de los inmortales no sólo comulga con el canon de Jacobs, lo hace también con el de Hergé, deidad y referencia de cuanto a la Línea clara se refiere. Qué más se puede pedir.

 

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Javier Memba Thu, 26 Sep 2019 13:30:00 +0100
Los relatos más bellos del mundo (V) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12108/los-relatos-mas-bellos-del-mundo-v/ (viene de la entrada de 23 de abril de 2019)

 

            Publicado por primera vez en 1930, acaso sea Una rosa para Emily el relato más conocido de William Faulkner, y acaso también sea un cuento de miedo. De hecho, es el que abre el capítulo dedicado al terror y al suspense de Los relatos más bellos del mundo. Particularmente me parece más acertada la elección de Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs, quienes lo incluyeron en su célebre Antología del cuento triste (1990). Su asunto -que a grandes rasgos puede resumirse en una mujer que ha convivido durante cuarenta años con el cadáver de el único pretendiente que le conocieron sus paisanos- da para cualquiera de las dos elecciones. Hasta cierto punto, en eso de encontrarse en la linde que separa el miedo de la tristeza, Una rosa para Emily coincide con Un extraño suceso en la vida Schalken el pintor, el predilecto de entre mis terrores favoritos (1).

            Antes de descubrírsenos el cadáver de Homer Barron -el capataz yanqui que arribó a la población "con mulas y negros" para pavimentar las calles y acabó convirtiéndose en el pretendiente de Emily Grierson- la historia se nos comienza a contar con un flashback que se abre en el entierro de nuestra protagonista, una mujer que ha envejecido sola, hasta convertirse en uno de esos "monumentos derribados" prototípicos en Faulkner.

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            En realidad, aunque es triste como los cuentos sobre solteronas -quiero recordar Un alma de Dios, de Flaubert, Un corazón simple en la traducción de Mauro Armiño- el texto es una celebración del universo de su autor. Bien es verdad que no se hace referencia alguna a Yoknapatawpha -trasunto del Lafayette (Mississippi) que fuera la residencia más frecuente de Faulkner-, mas todo parece indicar que la población que ve envejecer sola a la altiva miss Grierson podría ser Jefferson. De hecho, fue el coronel Sartoris -cuyo recuerdo preside la novela homónima de 1929, primera localizada en Yoknapatawpha- quien dispuso que Emily no pagase impuestos de por vida con las mismas que emitió un bando por el que "ninguna mujer negra podía salir a la calle sin su delantal de faena".

            Condenada a la soledad por su propio padre, quien probablemente la quiso soltera para que le cuidase en sus últimos días, miss Grierson no tiene más trato con sus vecinos que el estrictamente necesario cuando deja de impartir clases de pintura sobre porcelana en su casa. Y en la población, pese a las murmuraciones sobre ella, la respetan. De ahí que, empero las protestas, se aguanten con el hedor que desprende el cadáver de Homer sin imaginar siquiera el origen de semejante pestilencia. De ahí también que nadie sospeche cuando la señorita compra arsénico.

            Estamos en el profundo sur estadounidense, cuando éste era uno de los sitios más puritanos de todo el planeta. Así que lo único que consiguen las arpías del lugar, cuando consideran que la relación de la señorita con su yanqui comienza a ser indecorosa, es que unas primas, unas Grierson de Alabama, se instalen en la casa de nuestra protagonista. Naturalmente, aún no ha llegado el mal olor. Su origen será descubierto ya en el cierre del flashback, cuando Tobe, el cocinero, jardinero y cómplice de Emily -no le quedó más remedio puesto que era "su negro"-, abre la puerta a los vecinos para el velatorio y abandona la casa sin que nunca se vuelva a saber de él. Es entonces cuando se descubre el cadáver de Homer, metido en la cama de un cuarto cerrado durante más de cuarenta años.

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            Si la Dirección General de Tráfico precisase un cuento para la prevención de los atropellos en las poblaciones rurales, Matar un niño, del sueco Stig Dagerman, sería el más indicado. Es más, cuenta el antólogo que el texto le fue encargado a su autor por una compañía aseguradora para concienciar a los conductores sobre el drama que desatas en quienes los sufren y quienes los provocan estos siniestros.

            Mas de sesenta años después del suicidio de Dagerman en 1952, Matar a un niño se antoja como un buen ejemplo de cómo la vida puede cambiar radicalmente en unos segundos. Texto descriptivo más que ninguna otra cosa -anuncia su final desde el principio-, está ambientado en un soleado y jubiloso domingo, "una mañana feliz de un día desgraciado" en que un hombre matará a un niño. El homicida nos es presentado mientras termina de llenar el depósito de gasolina de su coche, tres pueblos antes de llegar al de autos. Entretanto, el niño termina de vestirse y su madre le manda a por un poco de azúcar, que hace falta para el desayuno de su padre, a casa de unos vecinos. El resto son las descripciones de las dos acciones: la del conductor avanzando por la carretera y la del niño dirigiéndose a ella. Referidas así, en paralelo, dan lugar un montaje cinematográfico que se mantiene ante la conclusión, ya anunciada, y la exposición de cómo las dos vidas han quedado truncadas. El niño, la ha perdido, pero la existencia del conductor también ha quedado trastocada para siempre.

            Debo confesar que el apunte biográfico de Dagerman -periodista, anarquista y suicida con 31 otoños- me ha interesado más que su relato. Con todo, hay algo en su obra que hace, aún ahora, 65 años después de que se diera muerte en 1954, sigue interesando a los editores españoles. La isla de los condenados (Sexto Piso, 2016) es su última edición patria.

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            Más que un relato propiamente dicho, Las tumbas de Saint-Denis -la siguiente de las piezas seleccionadas, de Alejandro Dumas padre, es un capítulo de una novela, Fontenay de las rosas (1849). Pero no es menos cierto que suele incluirse como una pieza independiente entre las selecciones de cuentos de miedo, de las que es todo un clásico del que ya he tenido oportunidad de dar cuenta en asientos anteriores de esta bitácora. Más de lo mismo cabe decir respecto a La verdad en el caso del señor Valdemar, que viene a titularse aquí el clásico relato de Edgar Allan Poe (2).

            El visitante, el cuento de Mario Vargas Llosa -un Mario Vargas Llosa que, en 1969, cuando apareció Los relatos más bellos del mundo, sólo había publicado La ciudad y los perros y La casa verde y ya era "uno de los diez o doce autores más difundidos de la vigorosa narrativa hispanoamericana"- es todo un ejercicio de suspense.

            Ambientado en el Perú natal del escritor, Jamaiquino, el protagonista de La visita, "es un negro sucio" según doña Merceditas, la anciana visitada. Hace medio siglo, en el 69 cuando se puso a la venta la primera edición de Los relatos más bellos del mundo, la corrección política en el lenguaje ni se imaginaba. De modo que, por más que a lector de nuestros días le chirríe, a los personajes de color, igual que a las personas, se les llamaba "negros" sin más contemplaciones. Pero no divaguemos.

            A medida que el diálogo entre uno y otra avanza, se descubre que la visita no es de cortesía. Muy por el contrario, si Jamaiquino se ha acercado hasta la cabaña de doña Merceditas, a la que pide un vaso de leche, ha sido para llevar hasta allí al ejército. Los militares buscan a Numa, el hijo de la vieja, un peligroso criminal. De modo que la anciana repite al delator que Numa va a matarle.

            Sin embargo, no será Numa quien dará muerte a Jamaiquino: imaginamos que serán sus compinches. Los militares desprecian al delator, que los ha conducido hasta el proscrito, tanto o más que doña Merceditas. Así pues, en vez de llevarle con ellos como le habían prometido, le dejan solo en la cabaña cuando en el bosquecillo colindante, los ruidos entre las ramas y las hojas dan a entender que los secuaces de Numa se acercan para vengar a su jefe en el infeliz que lo ha delatado. Sí señor, un cuento en verdad notable.

 


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(1) Un extraño suceso en la vida de Schalken el pintor es arte mayor. Leído en un par de ocasiones con anterioridad, esta tercera me reafirma en mi idea de que Sheridan Le Fanu es uno de los mejores escritores de novela de miedo de todos los tiempos. Más aún, Un extraño suceso... es el mejor relato de terror de cuantos he leído al margen de autores y géneros. Gótica pura, el autor mezcla en ella el tema del alma en pena, lo sobrenatural en definitiva, con algo tan terreno como los amores que se lleva el paso del tiempo a cuenta de una simple palabra mal dicha en un momento dado.

Tras hablarnos de una misteriosa mujer que aparece en una extraña obra de Schalken, propiedad de la familia del narrador desde que el artista se la regalará al bisabuelo del conductor del relato -como se ve, el procedimiento narrativo es muy parecido a la pieza anterior, si bien en está ocasión esta al servicio de una nueva genialidad-, se nos remite a los días en que el artista era aprendiz de un tal Gerard Douw. Estando enamorado de la sobrina de éste, cierta tarde que se ha quedado solo en el estudio, maldice ante las dificultades que le plantea un trabajo. Acto seguido escucha una carcajada y aparece tras él un hombre vestido a la antigua usanza de Flandes. Pese a que el ala de su sombrero cónico oculta su rostro, no es difícil imaginar en el misterioso intruso -que dice haber llegado para verse con Douw- al Diablo.

La noche siguiente, cuando Vanderhausen, el insólito visitante se encuentra con Douw, el joven Schalken es enviado a vender unos lingotes de oro del misterioso personaje. Será la exorbitante cantidad que Vanderhausen entregue a Douw por la mano de su sobrina. La única condición para cerrar tan fabuloso trato es que el artista acepte inmediatamente, lo que hace tras superar ciertas dudas. Una vez cerrado el acuerdo, cuando Schalken se asoma a la ventana para ver marcharse al curioso personaje, para su asombro y fascinación mía, pues éste me ha parecido uno de los detalles más inquietantes del texto, no ve salir a nadie.

Una semana después de la primera entrevista, Rose parte con el que habrá de ser su esposo. Schalken -en otra observación digna del talento del autor- tras dos o tres días sin ir por el taller regresa a él para conseguir "trabajar con mucho mayor empeño que antes: el estímulo del amor había dejado paso al estímulo de la ambición".

Los meses se suceden sin que Douw tenga noticias de su sobrina, cuando extrañado pregunta por Vanderhausen en la dirección de Rotterdam que éste les dejara, allí nadie sabe nada de él. Las únicas noticias que obtiene de su espeluznante sobrino político se las das un cochero. Este asegura que vio perderse a Vanderhausen y su bella dama -quien tenía los ojos llenos de lágrimas y "las manos encogidas por el miedo"- junto a una siniestra comitiva que vino a buscarles en las sombras de la noche.

Tiempo después, cuando el maestro y su discípulo se encuentran cenando en su estudio, Rose irrumpe precipitadamente en él. Esta muy asustada. Tiene mucha hambre, mucha sed y dice que los muertos y los vivos no pueden estar juntos. Pero sobre todo, les suplica que no la dejen sola ni un momento. En un instante de debilidad, que es olvidada esta última advertencia, la puerta de la alcoba, donde la reaparecida descansa junto a cierta horrorosa presencia, se cierra. Schalken y su maestro intentan en vano abrirla. Cuando, después de forcejear azuzados por los terribles gritos que escuchan al otro lado, consiguen volver a entrar, la alcoba está vacía.

Al cabo de los años, al asistir al entierro de su padre en Rotterdam, nuestro pintor se queda dormido en la iglesia donde se encuentra la cripta que habrá de acoger los restos mortales de su progenitor. El espectro de Rose le visita en sueños. "No había nada horrible, ni siquiera tristeza en su semblante. Esbozaba aquella misma sonrisa picaruela que había seducido al artista en los años felices de su primera juventud", escribe Sheridan Le Fanu. Tras seguir a la aparición hasta una cama, Schalken descubrirá a Vanderhausen en el lecho.

La mañana siguiente, nuestro hombre es encontrado en una cripta de similares características a la cama en cuestión.

Además de la belleza de su argumento, que al igual que en La habitación viene a conjugar lo sobrenatural con las miserias más terrenas -en este caso la fácil renuncia al amor-, el autor, que aquí demuestra ser uno de los grandes góticos -hay que insistir-, es capaz de crear una atmósfera en verdad inquietante mediante sugerencias, sin truculencia alguna.

(2) Poco cabe decir de Los hechos en el caso del señor Valdemar (1845), que no se haya dicho hasta la saciedad por plumas más doctas que la mía. La experiencia de Valdemar, que en los días del auge del mesmerismo se deja magnetizar al entrar en trance de muerte, es un auténtico clásico del cuento de miedo. Todo el mundo sabe que cuando el narrador trata de despertarlo, el cuerpo de Valdemar comienza a pudrirse hasta llegar a ser "una masa casi líquida de horrorosa y repugnante descomposición". La singularidad es que Felices pesadillas nos presenta este clásico en una traducción de Mauro Armiño, que no esa de Julio Cortázar, el más celebrado traductor de los cuentos de Poe al español, publicada en España en 1970 dentro de dos tomos legendarios de la colección El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. Armiño, uno de los más prestigiosos traductores literarios del francés -y en menor medida del inglés- del panorama editorial actual, marca las distancias desde el principio. Así, el título que nos propone difiere del de Cortázar -La verdad sobre el caso del señor Valdemar-, pero se ajusta más a la literalidad.

 

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Javier Memba Sat, 21 Sep 2019 15:45:00 +0100
ARANDA DE DUERO:LOS POLITICOS Y LOS TOROS http://www.gentedigital.es/blogs/taurino/16/blog-post/12107/aranda-de-duerolos-politicos-y-los-toros/ Está en curso a día de hoy 18 de septiembre-sólo falta un festejo para el sábado 21- la feria taurina de Aranda de Duero.
Sucede que la empresa organizadora propietaria del coso, a la sazón Toros Ricor, había en un principio previsto con buen criterio celebrar los cuatro festejos taurinos en dos fines de semana. La empresa pensaba no sólo en tener un mejor resultado económico, sino que también el comercio, la hostelería y los servicios de Aranda se hubieran beneficiado.
Sucede, que en virtud de no sé qué pliego o contrato???- volvemos a recordar que el coso arandino no es municipal sino privado- se obliga a la empresa a dar un festejo el día 17, martes, día de la fiesta grande en Aranda.
Y sucede también que la empresa Toros Ricor, por evitar polémicas, "traga" con las fecha propuestas por los políticos de turno, es decir eliminar un festejo de un fin de semana y programarlo un martes.
Con esta decisión se perjudica no sólo a la empresa, sino como hemos apuntado antes, a los servicios en Aranda de Duero y a los aficionados habituales de provincias limítrofes(Burgos, Madrid, Valladolid, Palencia...) que se hubieran desplazado hasta la capital arandina no solo para desgustar el buen lechazo y los caldos de Ribera, sino para degustar también una cartel atractivo como el que se programaba para ese día: El Fandi, Román y Ginés Marín con toros de Hnos. García Giménez. La escasa asistencia de público y la falta de gente en las calles lo demuestran.
Nosotros pulsamos la opinión de diferentes sectores, sobretodo hostelería, pues nos chocó el no ver en las calles la animación propia de un día de fiesta, y todos coincidían en los mismo: "es absurdo, nos han reventado un buen fin de semana"
Ustedes, señores políticos que van gratis a los toros, necesitan tener otra sensibilidad, pues los empresarios se juegan su dinero para dar un espectáculo taurino que es un acto fundamental dentro del programa de fiestas. Revisen por favor, esos "pliegos" que perjudican tanto a la Fiesta, o en otro caso elimínenlos, pues merman la asistencia de público que paga y que es el que la mantiene. Dejen los "pliegos" o sea, la programación de la feria en manos del propietario del coso y organizador del festejo, porque pensándolo bien, porqué un empresario no puede dar toros en lo que es su plaza el día que le venga en gana?. Esto no es un concurso al uso en el que el ayuntamiento es propietario y saca a concurso las ferias . Recuerden que es una plaza de toros privada y respeten la voluntad del propietario que seguro no actuará contra el pueblo porque sería actuar contra sí mismo.

Cañaveralejo .- Septiembre ´19

 

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Cañaveralejo Wed, 18 Sep 2019 14:15:00 +0100
Una epopeya en viñetas http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12105/una-epopeya-en-vinetas/             Llegado el momento de hacer el balance de los cómics leídos este verano, he de destacar las aventuras de Aymar de Bois-Maury, todo un ciclo narrativo. En los álbumes que lo integran, bajo el título genérico de Las torres de Bois Maury, se nos cuentan las hazañas de Aymar, un caballero andante en la Francia de las postrimerías del siglo XI y los albores de la centuria siguiente, siempre en pos del regreso y la recuperación de su solar natal: las fortificaciones aludidas.

 

            Original de Hermann -guión y dibujo-, su primera entrega, Babette -una de las pocas que aún no he leído- apareció en 1984. En los treinta y cinco años transcurridos desde entonces, Aymar y su fiel escudero, Olivier, han cabalgado desde la Cataluña de Eloïse de Montgrí (1985) hasta la Tierra Santa de las cruzadas de Khaled (1994). Y lo han hecho pasando por el Camino de Santiago referido en Germán (1986) y Reinhardt (1987) o la Bizancio de El selyúcida (1992). Tanto en el occidente cristiano como en el oriente sarraceno, Aymar ha intentado deshacer cuantos entuertos han precisado de su acción con la justicia de los caballeros andantes.

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            Hasta que la muerte pone fin a su quimera en Olivier (1994). En aquellas páginas, después de tantos lances, Aymar se dispone a presentar la batalla final para recuperar sus tierras cuando una flecha pone fin a ese empeño que horada todo el ciclo con trazas de quimera. El lirismo de este detalle -permítaseme la expresión, aunque Las torres de Bois Maury son una epopeya meridiana-, fue lo que acabó por ganarme para una colección que en sus entregas posteriores será protagonizada por los descendientes del caballero: Assunta (1998), Rodrigo (2001)... Dado el entusiasmo que me lleva a elogiarla ahora -que no es sino el que cumple puesto a escribir sobre una gesta impulsada por la nobleza de la empresa de su héroe, sea cual sea el formato en que su historia se nos cuenta-, nadie diría que empecé rechazando esta serie por su dibujo: demasiado dramático para esa legibilidad y jovialidad a ultranza que, como lector formado con la queridísima Línea clara, tiendo a exigir a las viñetas.

 

            Legibilidad y jovialidad que sí encuentro en las aventuras de Jhen (Jacques Martin y Jean Pleyers, 1978), ambientadas en una Francia muy posterior, la de la Doncella de Orleans y Gilles de Rais (siglo XV), pero también en el medievo. Quién sabe si Germán, el constructor de catedrales de Las torres de Bois Maury, que morirá ajusticiado tras convertirse en salteador de caminos, no debe su primer empleo al de Jhen, también arquitecto de estos templos.

            Sea como fuere, el espíritu de ambas series -al igual que su dibujo- no guarda ninguna relación. Jhen es una auténtica aventura. Por así decirlo, una novela histórica; por el contrario, Las torres de Bois Maury son una novela de caballería o mejor aún: una canción de gesta. Considerando la importancia que tienen los Pirineos en su propuesta, a los que Aymar vuelve en varias ocasiones, es muy probable que el Cantar de Roldán ejerciera en Hermann mucha más influencia que Jhen cuando se puso a concebir a su héroe.

            Debo asimismo reconocer que tuve noticia bastante tarde de Las torres de Bois Maury. No fue hasta mi lectura de La historia en los cómics, el interesante trabajo de Sergi Vich, publicado en 1997 por la editorial Glénat. En aquel texto, del que di cuenta con sumo agrado algunos años después de la citada edición, se hablaba de esta serie como la más apegada a lo que debió ser la realidad del medievo. Supongo que ese afán de realidad es el que inspira el dramatismo de sus estampas, tan próximas a las imágenes que nos sugiere La balada de los ahorcados (1463), el poema de François Villon, el poeta ladrón.

 

            Pese al primer rechazo que sentí ante ese afán de realidad, he acabado por acogerlo de buen grado. Ha de deberse a que empiezo a estar ahíto de esa fantasía épica que, desde la popularización del universo de Tolkien, parece preceptiva a todo relato de ambientación medieval. En Las torres de Bois Maury, la magia sólo hace acto de presencia en Sigurd (1990). El resto es tan real como lo fueron la peste, el hambre y la barbarie en la Europa medieval.

 

            Esta serie también me ha ganado por esas idas y venidas de los personajes -cuyos nombres dan título a los distintos álbumes- en las sucesivas entregas, ese trasiego de los actores de reparto entre los protagonistas que tanto estimo en todos los ciclos narrativos, desde La comedia humana de Balzac hasta las aventuras de Tintín del gran Hergé.

 

            Treinta y cinco años después de su primera entrega Las torres de Bois Maury son uno de los grandes clásicos de la bande dessiné del que personalmente, he de reconocerlo, he dado cuenta bastante tarde.

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Javier Memba Wed, 18 Sep 2019 06:30:00 +0100
Continúa mi lectura de Bertrand Russell (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12104/continua-mi-lectura-de-bertrand-russell-ii/ (viene del asiento anterior)

 

 

El Renacimiento y la ciencia

            Del Renacimiento suele destacarse su interés por la antigüedad clásica tras el oscurantismo y la barbarie medievales. A lo que suele hacerse menos referencia -al menos a mí me lo parece en mi supina ignorancia sobre el tema- es al interés por la ciencia de este periodo en que Europa volverá a ser grande merced a su emancipación del poder de la Iglesia y su interés por la ciencia aplicada. Hasta aquí, la filosofía ha contemplado a la ciencia de una forma que Russell define como "teórica". A partir de ahora lo hará de una manera "práctica" para cambiar el mundo, que no para explicarlo. Naturalmente, la Iglesia se opone a esta nueva inquietud: persigue a Galileo. Más aún, la Inquisición pone fin a la ciencia en Italia, que no volverá florecer en aquel país durante siglos. El clero, dogmático por definición, siempre está en contra de la ciencia, empírica por naturaleza. De modo que la ciencia sólo avanzará donde la Iglesia no controla al estado.

 

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            La guerra -que paradoja- será el primer incentivo de esta nueva concepción de la ciencia. Tanto Galileo como Leonardo -dos de los pilares indiscutibles del Renacimiento- son empleados por los gobiernos de sus localidades para perfeccionar la artillería. "El triunfo de la ciencia se debió, principalmente, a su utilidad práctica, y hubo un intento de disociar este aspecto del de la teoría, haciendo así de la ciencia, cada vez más, una técnica y, cada vez menos, una doctrina sobre la naturaleza del mundo" (pág. 113).

 

 

 

            "Las filosofías inspiradas por la técnica científica son filosofías del Poder y tienden a considerar todo lo humano como mera materia prima", continúa Russell (pág.114). "Los fines no se toman ya en consideración; sólo se aprecia la habilidad del procedimiento. Esto es también una forma de locura. Es, en nuestra época, la más peligrosa, contra la cual una sana filosofía debía facilitar un antídoto".

 

 

 

             No es gratuito que sea en el Renacimiento cuando Maquiavelo escribe El príncipe (1513). Aunque su edición definitiva, póstuma, no aparecerá hasta 1533, ya en vida Maquiavelo fue juzgado con la misma hipocresía que se le sigue juzgando ahora porque, entre otras barbaridades para nuestro pensamiento, afirmó en aquellas páginas que los gobernantes no tienen porqué ser buenos constantemente. "Pero es necesario saber disimular bien esta condición y ser un gran fingidor y disimulador; y los hombres son tan simples y dispuestos a obedecer a las necesidades presentes, que uno que engaña siempre encontrará quienes estén dispuestos a ser engañados" (Maquiavelo).

 

 

 

            En cuanto a la Reforma y a la Contrarreforma (Cap. V), Russell sostiene que aquélla fue alemana y ésta española. Más allá de la perogrullada -Lutero era alemán y su país fue el primero en que impulsó la reforma protestante contra las corrupciones de la Iglesia de Roma-, hay que reparar en cómo sostiene el autor que fue un violento debate entre las naciones menos civilizadas -en aquel tiempo las del norte de Europa- contra el dominio intelectual de Italia y la hegemonía de España -impulsora de la Contrarreforma- en el orden internacional. Esa también es la causa de la frecuencia con que son italianos los villanos que nos presenta Shakespeare. Desde que leo novela gótica tengo el convencimiento de que la insistencia con que sus asuntos están localizados en instituciones religiosas italianas o españolas obedece a la animadversión luterana a los papistas. Russell me demuestra que esa misma fobia se remonta al Bardo de Avon.

 

 

 

            Con todo, a medida que la ciencia avanza, la magia y la hechicería -en las que prácticamente creía toda la gente en la Edad Media- comienzan a ser supercherías. "En 1700, la actitud mental de los hombres educados era completamente moderna; en 1600, a excepción de muy pocos, era aún, en gran parte, medieval" (pág. 157).

 

 

 

            Librado el pensamiento de ese sentimiento de que en todo había pecado, verdadera opresión de la Edad Media, con la revolución científica del Renacimiento cambiaron hasta las leyes del movimiento. Esa antigua idea de que Dios es el primer motor fue refutada por Galileo. La ciencia también obró una profunda transformación en la posición del ser humano en el universo. La Tierra dejó de ser el centro de los cielos para ocupar un lugar más en ellos. Más aún, el planeta dejó de estar al servicio del ser humano. Sorprende que el polaco Nicolás Copérnico -el primero en observar que la Tierra y los planetas se mueven alrededor del sol- fuese otro de los grandes científicos del Renacimiento. Sorprende porque, además de un astrónomo, matemático y precursor de algunos de los grandes cambios científicos venideros, fue un monje católico. Bien es cierto que su Sobre los giros de los orbes celestes (1543) no fue publicado -según su deseo- hasta el año de su muerte. Con todo, fue incluido por la Iglesia en su Index librorum prohibitorum (1564), el primer índice de libros prohibidos por la Iglesia.

 

 

 

            Naturalmente, en esa primera nómina de libros malditos no podía faltar Francis Bacon, el primero de los filósofos científicos que primó la inducción frente a la deducción. "Ídolos" (pág. 165) llamó a los malos hábitos que hacen errar el pensamiento. Ídolos que pueden ser "de la tribu -inherentes a la naturaleza humana-, de la "plaza del mercado" -relacionados con la imposibilidad de librarse de la influencia de las palabras en el pensamiento-, "del teatro" -debidos al pensamiento heredado- y de la "escuela" -consistentes en creer que una regla ciega, verbigracia: el silogismo- puede ocupar el lugar del juicio en la investigación.

 

 

 

            "El temor al poder invisible, si es admitido públicamente, es religión", sostiene el empirista inglés Thomas Hobbs, para quien Dios está por encima del entendimiento humano. Creo entender que la filosofía política comienza a desplazar a la escolástica -o teología tal vez sea mejor apuntar- en el debate del siglo XVII, Leibniz "arguye que, en el mundo, toda cosa particular es contingente, es decir, que sería lógicamente posible que no existiera; y esto es verdad, no sólo de cada cosa en particular, sino de todo el Universo. Aun en el caso de que supongamos que el Universo ha existido siempre, no hay nada dentro del Universo que lo demuestre. Pero todo debe tener una razón suficiente, según la filosofía de Leibniz; por consiguiente, el Universo como conjunto debe tener una razón suficiente. Esta razón suficiente es Dios". Y Russell sostiene que es mejor que el argumento de Dios como la causa primera de todas las cosas (pág. 209).

 

 

 

            De John Locke me quedo con una conclusión extraída del Ensayo sobre el entendimiento humano (1690): "Hay razón para pensar que si los hombres estuvieran mejor instruidos tendrían menos afán de imponerse a los otros", que Russell trae a colación en la pág. 231.

 

 

 

            El relato cobra un nuevo brío, y su lectura me ha resultado mucho más interesante en el capítulo XVIII: El movimiento romántico. El autor afirma que la gente cultivada de la Francia dieciochesca ya admiraba sobremanera la predisposición a la emoción. Una persona sensible, ya entonces, era capaz de llorar ante el infortunio de una familia campesina. Pero se mostraría indiferente ante un proyecto para mejorar las condiciones del campesinado como clase social.

 

 

 

            Esto, con las correspondientes variaciones, puede extrapolarse perfectamente al afán de redimir a los pobres que, desde entonces, aún irradia a nuestros días. Y esto también viene a ser el mejor ejemplo para dejar constancia de cómo el movimiento romántico sigue inspirando a nuestro nefasto siglo XXI, en que llamamos romántica a la exaltación sentimental, sobre todo del sentimiento de la simpatía. El romanticismo, en puridad, es la preponderancia del sentimiento frente a la razón.

 

 

 

            Para Russell, Rousseau es la gran figura del romanticismo, aunque otros autores prefieran adscribir al ilustrado al prerromanticismo. Sin embargo, El contrato social (1762), donde Rousseau expone su teoría política, el razonamiento prima sobre el sentimentalismo. Sostiene Russell que las doctrinas de Rousseau en dicho texto, "aunque sirven insinceramente a la democracia, tienden a la justificación del estado totalitario".

 

 

 

 

 

 

 

            Los prusianos

 

 

 

            La importancia del prusiano Immanuel Kant, el ilustrado que fuera el precursor del idealismo alemán y uno de los autores más transcendentes de toda la historia de la filosofía, es su doctrina del espacio y del tiempo. La expuso en su célebre Crítica de la razón pura (1787), que Russell comenta en l pág. 335. Para Kant, ni espacio ni tiempo son conceptos empíricos, sino "intuiciones puras" y éstas son aquello en lo que no aparece nada de la sensación que es el comienzo de la actividad cognitiva.

 

 

 

            Ya entrando en el Idealismo alemán -la escuela inspirada por el pensamiento de Kant entre las postrimerías del siglo XVIII y los albores del siglo XIX-, el artículo dedicado a Hegel, uno de los mayores exponentes de dicho idealismo, es toda una refutación del que fuera definido como el último filósofo de la Modernidad, entendida ésta como aquel periodo del pensamiento en que la razón se antepone a la religión. Russell nos habla de cómo ese otro prusiano que fue Hegel supedita el individuo al estado y yo debo apuntar que, empero la sorpresa que me ha causado el tono de la refutación, me ha puesto en antecedentes sobre la poca importancia del individuo en los estados marxistas. Remontándose al teólogo David F. Strauss, el primero en hablar de hegelianos de izquierdas y de derechas como los políticos en su espectro, Russell nos presenta a estos últimos, también llamados "viejos hegelianos", como aquellos que estimaban que la dialéctica hegeliana había alcanzado la perfección en el estado prusiano. No en vano, los viejos hegelianos contaban entre sus prohombres. Uno de ellos fue Karl F. Göschel, uno de los grandes juristas de la Prusia de su tiempo. De aquí se sigue que los hegelianos de derechas eran los conservadores, los convencidos de que el estado prusiano era el perfecto y querían que todo siguiese siendo igual.

 

 

 

            Indiscutiblemente, los hegelianos de izquierdas o jóvenes hegelianos, tuvieron mucha más transcendencia en la historia de la humanidad. Cuentan entre ellos mis dilectos Mijaíl Bakunin y Max Steiner. Dos lecturas de adolescencia de las que, naturalmente, no me enteré. Me bastó con que en la solapa se apuntase que el primero era el principal teórico del anarquismo en tanto que el segundo lo era del anarcoindividualismo

 

 

 

            Eso sí, si para bien o para mal hubo un joven hegeliano verdaderamente transcendente, ése fue Karl Marx. El padre de la ciencia social que marcó el siglo XX, partiendo de esa teoría de Hegel, ideó un estado que sojuzgaba al individuo tanto como las dictaduras fascistas, que también tocan tan de cerca al idealismo alemán. Dictadura del proletariado la llamaban con orgullo los jóvenes que luchaban por ella en la España de los años 70, cuando yo leía a Bakunin y a Steiner sin enterarme de nada. Ahora bien, siendo ya consciente de que había que negar un estado así, pese a mi supina ignorancia.

 

 

 

            La centuria decimonónica no fue sólo un periodo de esplendor para la novela. "Toda la vida intelectual del siglo XIX fue más compleja que la de ninguna época precedente" (pág. 344). Entre las causas que contribuyeron a esta bonanza, el autor señala "una profunda rebelión, filosófica y política contra los sistemas tradicionales". Se vieron entonces ataques a instituciones que con anterioridad hubiera sido inimaginable atacar. Russell distingue dos formas en esa rebelión decimonónica: la romántica y la racionalista. "La rebelión romántica pasa por Byron, Schopenhauer y Nietzsche" para acabar en Mussolini y Hitler (ibidem). "La rebelión racionalista comienza en los filósofos franceses de la Revolución, pasa luego, algo suavizada, a los filósofos radicales de Inglaterra". Será Marx quien posteriormente dé profundidad a la tendencia racionalista, que encontrará su praxis en la Rusia soviética.

 

 

 

            He de reconocer que, recién leído el capítulo correspondiente a las corrientes del pensamiento en el siglo XIX, me ha chocado que el romanticismo se asocie al patriotismo y el racionalismo a la lucha de clases. Pero, dado que el romanticismo, en su primera acepción, es la primacía del sentimiento ante la razón y la técnica, es mucho más romántico exaltar a la patria, que afanarse por algo tan razonable como la justicia social.

 

 

 

            Byron, como el romántico por excelencia que es, muere luchando por la independencia de Grecia. La poca estima en que le tiene Russell me ha llamado la atención tanto como que le dedique un capítulo -el XXIII para ser exactos- entre los grandes filósofos del XIX. Como cabía esperar, no juzga sus versos, sino la proyección de su figura en el ideal romántico. Sostiene que el autor de Lara (1814) tuvo más trascendencia social en el continente que en Inglaterra. "El rebelde aristócrata, cuyo modelo fue Byron en su tiempo, es un tipo muy diferente del cabecilla de una sublevación campesina o proletaria. Los que tienen hambre no necesitan una filosofía complicada para estimular o excusar el descontento, y todo lo de esta especie les parece simplemente un entretenimiento del rico perezoso" (pág. 369). "Como muchos otros hombres eminentes, fue mucho más importante como mito que como lo que realmente era" (pág. 375).

 

 

 

            "El evangelio schopenhaueriano de la resignación no es muy convincente ni muy sincero", puede leerse en la pág. 381. En efecto, Schopenhauer también es objeto de la crítica de Russell y lo es principalmente por su célebre misoginia. Este otro pensador alemán odiaba a las mujeres por las desavenencias con su madre. "Si bien tuvo muchos lances triviales, sensuales, pero no apasionados" (ibidem). Imagino por tanto al autor de El mundo como voluntad y representación (1819) como a aquellos compañeros de la juventud, que deseaban a las chicas sin saber seducirlas y hablaban con entusiasmo de las teorías de Schopenhauer sobre las mujeres.

 

 

 

            Sin embargo, la influencia de este otro prusiano sobre el idealismo occidental se verifica en un detalle que ha ido cobrando mayor importancia con el curso de los siglos: fue el primer pensador intelectual que se interesó por el budismo. Y aunque no era excesivamente antisemita, abominaba del islam. Su pesimismo profundo transciende hasta el 98 español: Ganivet, Baroja, Unamuno... Pero lo que quizás le acerque más a nuestros días sea su simpatía por los seres irracionales. "Es difícil encontrar en su vida muestras de ninguna virtud, excepto su benevolencia para los animales" (íbidem). Con todo, Russell concluye: "Más importante que el pesimismo es la doctrina de la primacía de la voluntad (...). Por esa razón, a pesar de la inconsistencia y cierta superficialidad, su filosofía tiene considerable importancia como una etapa del desenvolvimiento histórico.

(sigue en la entrada del 30 de septiembre)

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Javier Memba Tue, 10 Sep 2019 04:30:00 +0100