Gente Blogs http://www.gentedigital.es/blogs/ Thu, 22 Aug 2019 19:10:31 +0100 FeedCreator 1.7.2 Un apunte sobre "Easy Rider" http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12100/un-apunte-sobre-easy-rider/             Sostiene Bertrand Russell que muchos hombres eminentes fueron más importantes por su mito que por lo que fueron en realidad. Si esta teoría también puede aplicarse a las películas, Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) es uno de sus ejemplos incontestables. El reciente óbito de Peter Fonda, su productor y coprotagonista junto al propio Hopper, no ha de nublar el juicio sobre esta cinta medio siglo después de su estreno: Easy Rider -inútil referirse a ella como Buscando mi destino, su absurdo título español- es un mito por su banda sonora -The Band, The Byrds, The Jimi Hendrix Experience, Steppenwolf- y por su apología de la sedición juvenil de la época. Pero cinematográficamente deja mucho que desear.

 

            Puestos a hablar de filmes de hippies, la obra maestra es Zabriskie Point (1970), del gran Michelangelo Antonioni. Ambientada en los disturbios del campus de Berkeley, Mark (Mark Frechette), su protagonista, era un joven que, tras matar a un policía en una refriega, emprende la huida. En su evasión se encuentra con la bella Daría (Daria Halprin) y juntos llegan al este del Valle de la muerte, a esa parte de la sierra Amargosa conocida como Zabriskie Point. Allí, entre las dunas sedimentadas caprichosamente durante milenios, la pareja tendrá esa experiencia lisérgica correspondiente a cualquier cinta de hippies que se precie. Como la del Mardi Gras de Nueva Orleans de Easy Rider. Pero plásticamente, mucho más bonita. Las fantásticas formas que adopta el desierto en Zabriskie Point son mucho más sugerentes que los burdeles de Nueva Orleans, por donde alucinan Wyatt (Fonda) y Billy (Hopper), a los que nos ha llevado el cine con tanta frecuencia.

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            Diré más, puestos a hablar de road movies de hippies, la obra maestra es Two-Lane Blacktop (Monte Hellman, 1971). Ésta sí admite su título español: Carretera asfaltada en dos direcciones. Como Fonda, Hellman también fue acólito del gran Roger Corman, el maestro de la serie B, el mago del cine barato. Pero el nervio de Hellman fue mayor, y más atinado que el de Hopper, puesto a contar la experiencia de un conductor -incorporado por el mismísimo James Taylor- y un mecánico -a quien da vida Dennis Wilson, el batería de The Beach Boys- buscándose la vida en carreras ilegales, a través del sudoeste de Estados Unidos, en las que participan con su Chevrolet del 55.

 

            Desde que Kerouac la mitificase en On the Road (1957), una de las novelas fundamentales del amado siglo XX, la carretera era uno de los caminos principales de la sedición juvenil. Aunque, muy a menudo, se tratase de un viaje a ninguna parte, estaba claro que en la propuesta de Hellman era toda una exaltación de la contracultura estadounidense. De hecho, Laurie Bird, la chica que se sube al coche de Taylor y Wilson, era una de las musas de aquel tiempo y de aquella contestación. Novia de Hellman en aquellos días, Laurie habría de quitarse la vida ocho años después, siendo la chica de Art Garfunkel. El propio Wilson murió en extrañas circunstancias en el 83, tras una larga experiencia con las drogas, aquella liberación en la sedición juvenil.

 

            En fin, incluso dentro de la filmografía de Hopper, The Last Movie (1971) o Caído del cielo (1980) son cintas de mucha más enjundia que Easy Rider. Eso sí, la emoción que nos procuraba la secuencia de Wyatt y Billy, avanzando con sus choppers por la carretera mientras el Born to Be Wilde de los Steppenwolf ocupaba la banda sonora, no tiene parangón. Icono de una cinta que es en sí misma uno de los mayores símbolos de la contestación juvenil del amado siglo XX, dicha imagen, convertida en uno de aquellos posters que decoraban los billares y los primeros bares de juventud, a los que estábamos en el ajo -el "rollo" que se decía entonces- ya nos agitaba la conciencia incluso antes del estreno español de Easy Rider, que no se produjo hasta 1974. Los afortunados que ya la habían visto, en esos viajes que se hacían a Londres o a Ámsterdam -a Londres para comprar discos, a Ámsterdam para lo que ya sabe el buen entendedor- nos la contaban a los infelices que teníamos que conformarnos con el poster.

 

             Y así, antes de ver la película, ya sabíamos algo que parecen ignorar todos los que hoy han escrito alegremente sobre ella: en la América profunda, mataban a los hippies no sólo porque llevasen el pelo largo, se drogasen y escuchasen rock & roll. También porque intuían que esa sedición juvenil que traían consigo habría de poner en marcha un nuevo entendimiento. La tolerancia y la ecología, entre algunos otros, son dos dogmas de fe de nuestro tiempo que tienen su origen en aquella sedición juvenil mostrada en Easy Rider.

 

            A Peter Fonda, que protagonizó para Corman Los ángeles del infierno (1965) y El viaje (1967), esta última sobre una experiencia con LSD, no hay que recordarle por su chopper tuneada a lo Capitán América, como los comentaristas más superficiales están haciendo. Lo que cumple es evocarle como al impulsor de la primera apología de la sedición juvenil que habría de traer un nuevo entendimiento a la sociedad occidental. Esa fue la grandeza de Easy Rider, no sus valores cinematográficos.

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Javier Memba Sat, 17 Aug 2019 16:00:00 +0100
ENORME ENCIERRO DE ANTONIO BAÑUELOS AYER EN BRIVIESCA http://www.gentedigital.es/blogs/taurino/16/blog-post/12099/enorme-encierro-de-antonio-banuelos-ayer-en-briviesca/ Ayer jueves día 15,celebró la capital de la Bureba burgalesa su festejo taurino principal con un extraordinario encierro de Antonio Bañuelos.
Seis toros, los seis ,de excelente presentación y juego ,bravura y de una clase excepcional. Dos de ellos, segundo y sexto fueron premiados con la vuelta al ruedo y no hubiera sido descabellado el indulto del segundo toro al que José Garrido cortó las dos orejas.
Tarde importante también de David Galván que cortó una oreja a su segundo toro, tras fuerte petición de otra a su primer oponente pero el usía no consideró oportuno conceder.
El peruano Joaquín Galdós fue el triunfador de la tarde al cortar tres orejas a sus dos toros de excelente condición. A su segundo, como decimos ,se le dio la vuelta al ruedo.
Poco más de media entrada registró el coso burebano en una corrida que se recordará por mucho tiempo. No suele ser normal presenciar un encierro en el que los seis toros destaquen por su clase y bravura y tres toreros con un exquisito concepto del toreo.
A la salida a hombros de Garrido y Galdós, les acompañó el mayoral de la ganadería de Antonio Bañuelos.
Hay que felicitar también al empresario Francisco Javier Chacón que repetía gestión en el coso briviescano y a fe que acertó, visto el resultado, en la elección de ganadería y toreros.

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Cañaveralejo Fri, 16 Aug 2019 06:45:00 +0100
Sesenta cumpleaños http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12098/sesenta-cumpleanos/  

            Hoy cumplo sesenta años tan campante, pese a que la mía es una edad a la que no se llega impunemente. Apenas puedo correr. Por no hablar del esfuerzo que me cuesta agacharme. Pero no repetiré la cantinela, tan vana como manida, del tan joven y tan viejo: like a Rolling Stone, nunca mejor dicho. Soy un anciano y me gusta serlo. Quienes ocultan su edad no engañan a nadie, empezando por ellos mismos.

            Pienso en mí hace treinta años, cuando la sobriedad me aburría y era un joven apasionado. Amante del rock & roll ni más ni menos. Buscar la embriaguez a toda costa era una urgencia constante en mi vida. Habiendo dado tanto a semejante afán -todo el año 87 me lo pasé borracho-, hoy me parece imposible haber llegado tan lejos. Ahora soy ese anciano, que nunca creí llegaría a ser. Y lo mejor es que me gusta serlo. Soy de otra época, la del cine, el rock & roll y la edad de oro del periodismo: el amado siglo XX. El XXI es un tiempo nefasto, sus días me son hostiles.

            El poco futuro que me queda no es precisamente halagüeño. Pero yo sigo tan campante: todo está indeciso, no cesa el combate. Me he acostumbrado a hacer fotos con el teléfono, a ver películas en el ordenador y a sostener que la verdadera dimensión de las cosas es su recuerdo. Soy feliz, como cuando publicaba tres y cuatro artículos al día, aunque aparentemente no tenga motivos para ello. Soy feliz por envejecer al lado de mi esposa, la santa junto a la que, hace ya tres décadas, encontré el equilibrio. Soy feliz por mantener incólumes todos mis recuerdos.

            Esta dicha de la senectud se me asemeja a una mucho más remota: la que experimenté cuando perdí ese miedo a salir de Madrid, que me abrumaba al abandonar la ciudad, en cuya calle Cartagena vi la luz por primera vez, un día como hoy de hace sesenta años. Creo entender que, en el fondo, se trata de ir perdiéndole el miedo a la Parca, como se pierde el miedo a la oscuridad al ir dejando atrás la infancia. Y eso también pasa por todo lo que me gusta hacerme fotos empezando a estar decrépito.

 

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Javier Memba Sun, 11 Aug 2019 07:30:00 +0100
La cartelera perdida (III) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12097/la-cartelera-perdida-iii/             (viene del asiento del 23 de julio)

            Que en marzo de 1985 las proyecciones de la Filmoteca encontrasen su nuevo acomodo en la sala Torre de Madrid fue una alegría. No carente, eso sí, de un poso de pena. Alegría porque, junto a los Alphaville de Martín de los Heros, la Filmoteca ya era mi sala favorita. Y no sólo volvía a funcionar, sino que lo hacía además relativamente cerca de mi casa. Campamento, mi barrio, no queda lejos de la Plaza de España, donde estaba el Torre. Entonces, además, tenía metro directo. Así las cosas, de haber prisa y suerte con el suburbano, sin olvidar que de joven era capaz de correr, aunque bebía y fumaba, en un momento dado podía ponerme en media hora o poco más frente a la pantalla.

 

            El poso de tristeza de aquella alegría vino dado por esa nostalgia de ir al cine a la antigua usanza, como se hacía en mi infancia y adolescencia, cuyo crepúsculo acababa de empezar inexorable. Nunca he querido caer en la sensiblería, en ese sentimiento fácil de Giuseppe Tornatore, que deja ciego a Alfredo (Philippe Noiret), el proyeccionista de su Cinema Paradiso (1988), en uno de esos incendios que con tanta frecuencia se declaraban en las cabinas de proyección anteriores al filme de seguridad. Pero en esencia, la nostalgia de mi cartelera perdida es algo muy parecido.

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             El Torre de Madrid, que se decía cuando se llamaban "cines" a las salas de proyección, era una prolongación de sus pares de la Gran Vía. Así rezaba su publicidad y así ha quedado en mis evocaciones. Dicho de otra manera, el Torre de Madrid era una sala de estreno, de aquellas de mis primeros años con cortinones cubriendo la pantalla -que siempre era en scope-, confortables butacas forradas de terciopelo, alfombras en los pasillos y dorados por doquier. Allí vi por primera vez La gran evasión (John Sturges, 1963), por poner un ejemplo.

 

            No importa que en algunos casos haya pasado más de medio siglo, aún recuerdo con exactitud las salas donde descubrí las cintas que, siendo todavía un mero espectador, ya me dejaron maravillado: El puente sobre el río Kwai (David Lean, 1957) fue en el Argüelles, que estaba en la calle Tutor; El Álamo (John Wayne, 1960) en el Conde Duque, que todavía sigue en los primeros números de la de Alberto Aguilera; Blade Runner (Ridley Scott, 1982), en el Avenida. Tengo todos aquellos cines como los lugares en los que he pasado algunos de los momentos más felices de mi vida.

 

            El Torre de Madrid también pertenecía a esa categoría de la sesión numerada de riguroso estreno, la de los caros. El hecho de que acogiera en su pantalla las proyecciones de la Filmoteca sólo podía significar una cosa: el comienzo del ocaso de sus mejores tardes, aquellas en las que sus espectadores se vestían de domingo, aunque no lo fuera, porque era un pequeño lujo asistir a sus sesiones. Naturalmente, la Filmoteca pagaba un alquiler por la sala y estaba claro que a sus dueños le resultaba más rentable que los beneficios obtenidos en la taquilla. Esto significaba que no sólo eran los cines de programa doble en sesión continua, los cines de barrio, los baratos, los que asistían a su inexorable declinar desde la popularización de los videoclubes. Los de la Gran Vía también empezaban a entonar su canto del cisne. Su agonía habría de ser algo más larga de lo que entonces se pensaba, pero nada la habría de parar. Comenzaba a soplar sobre ellos el viento de la Historia. Ni más ni menos.

 

            En cuanto a las proyecciones a las que asistí en el Torre, recuerdo sobre todas ellas la de Le point du nord (1981), del gran Jacques Rivette. La descubrí una tarde en la que esperaba algo ajeno a la pantalla que la suerte volvió a negarme. Aquella cinta fue mi consuelo a esa esperanza siempre defraudada. El cine de Rivette, que en España sólo comenzó a distribuirse -y muy tímidamente- en los años 90, tenía para mí el carácter de los mitos. Le point du nord ocupaba un lugar preferente en la leyenda por la malograda Pascale Ogier, quien la protagonizaba junto a su madre, la actriz Bulle Ogier, toda una referencia en el cine de autor europeo. Muerta con tan sólo veinticinco años a consecuencia de una sobredosis, Pascale -que para Érich Rohmer interpretó Las noches de luna llena (1984)- se me antoja como la más genuina representación en la pantalla de las chicas de mi generación que se llevó la heroína.

 

            Pero, a decir verdad, mi generación, el resto del mundo, todo lo que no fuera ver una película, ocupaba un segundo plano en mi vida. De hecho, como se desprende de las líneas precedentes, los recuerdos referidos no ya a la cinta en sí, sino a su visionado, empezaban a contar en mi memoria como cuentan en la del común de los mortales los de los prolegómenos a los grandes hitos de su existencia.

 

            Mi cinefilia ya era absoluta, en efecto. Sin embargo, aún estaba en sus primeros estadios. Prueba de ello es lo que aportó a mi experiencia, a mi itinerario como soñador del cine, el ciclo que la Filmoteca dedicó a John Ford en 1987. Ni que decir tiene que el Ford básico -La diligencia (1939), Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948)- ya me era conocido desde mis días de mero espectador. Pero el Ford que bien podríamos llamar "profundo" -Hombres intrépidos (1940), No eran imprescindibles (1945), El último hurra (1958)- me fue dado entonces.

            Al cabo, tengo la impresión de que con ese monográfico pasé del John Ford de los datos leídos a la verdadera admiración por la lírica de su discurso. Las emociones expresadas en el último plano de Hombres intrépidos, cuando en el periódico que Donkeyman (Arthur Shields) deja caer al agua leemos que el Amindra - el barco en el que han secuestrado a Driscoll (Thomas Mitchell) porque están faltos de tripulación- ha sido torpedeado en el canal, me llegaron al alma motu propio, no porque hubiera leído previamente sobre ellas en ningún sitio.

 

            Sí señor, en el 87 descubrí a John Ford por mí mismo. Que no por lo apuntado en la innumerable -y casi siempre encomiable- literatura sobre el maestro, que desde el John Ford (1971) de Peter Bogdanovich hasta el About John Ford (1981) de Lindsay Anderson, ya había tenido oportunidad de leer. Metido en tan grata faena, fue especialmente conmovedora esa secuencia de No eran imprescindibles en la que la teniente Sandy Davys -la maravillosa Donna Reed en una de sus grandes creaciones- se ciñe sobre el cuello un collar de perlas para cenar junto a los tenientes Brickley (Robert Montgomery) y Ryan (John Wayne) bajo un bombardeo japonés como si se encontraran en un restaurante de Pasadena.

 

            Y por supuesto el porche de Centauros del desierto (1956), cuanto le queda a Ethan (Wayne) luego de haber devuelto a su sobrina Debbie (Natalie Wood) con los suyos y que éstos le den con la puerta en las narices, ignorándole en la celebración del reencuentro.

 

            Creo que pasé a segundo de cinefilia cuando entendí por mí mismo -que no por las lecturas previas- el significado de la lírica de John Ford. Y eso fue con la Filmoteca en el Torre. Entonces concluí que una de las ideas principales que se desprenden de la filmografía del maestro es la de la victoria en la derrota. Latente de forma sublime en Escrito bajo el Sol (1957), cuyo protagonista Frank W. Wead (Wayne) encontrará su destino como guionista de Hollywood después de quedar imposibilitado para el servicio en la incipiente aviación de la armada de su país. Paradoja que, más cruelmente, también encontramos en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), en la que la derrota de Tom Doniphon -siempre Wayne- en el amor de Hallie (Vera Milles) y en la gloría de haber dado muerte a Valance (Lee Marvin) se convierte en la victoria de Ransom Sttodard (James Stewart).

 

            Aún le doy vueltas a lo que supuso en mi experiencia cinéfila aquel ciclo. Pero no es menos cierto que descubrí la grandeza de los westerns que Anthony Mann rodó en los años 50 -Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955)- en la pequeña pantalla. Después de dos años grabando todo el cine que era de mi interés de las emisiones televisivas, me impuse la tarea de ver varios de aquellos VHS todas las semanas. Esto determinó mi experiencia cinéfila de forma inmediata. Hasta entonces, incluso en mis días de mero espectador, ver el cine en la pequeña pantalla no me parecía serio.

 

            En general, la televisión de hace treinta y tantos años, además de analógica, era bastante rudimentaria. Cuando no había doble imagen, ésta aparecía nevada. Por no hablar de su escasa definición. El común de los telespectadores la veía tan campante, pero a mí me enervaba. En efecto, la imagen catódica de los años 80, respecto al cine, se me antojaba poco menos rudimentaria que el teatro. Y, sobre todo, muy pequeña. De modo que tomé la determinación de sentarme en la primera fila en el cine. Invariablemente, para que la gran pantalla fuera más grande. Fue un acercamiento paulatino -en la misma medida que iba abundando en mi cinefilia, me empezó a molestar la gente entre la pantalla y yo-, pero precipitado al final por la frecuencia con la que comencé a ver en televisión mis primeras grabaciones.

(continuará)

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Javier Memba Tue, 06 Aug 2019 07:00:00 +0100
SÍ HAY TOROS EN EL PUERTO http://www.gentedigital.es/blogs/taurino/16/blog-post/12096/si-hay-toros-en-el-puerto/ Finalmente sí habrá toros este año en el Puerto de Santamaría. Al final ha podido salvarse una feria que ha estado en peligro hasta última hora, y que se no haber sido así se hubiera creado un precedente peligrosísimo para su continuidad en años venideros. Finalmente se impuso el sentido común y la empresa REYMA logró hace prevalecer su criterio y ha programado una feria corta pero interesantísima para el aficionado. Visitamos durante el pasado mes de julio la plaza de El Puerto y no podíamos dar crédito a que no hubiera feria este año debió al "estado de conservación" que por ningún lado vimos que corría peligro para la seguridad del espectador. Pero, en fin, como decimos en las negociaciones entre la empresa y la propiedad se decidió tirar p´alante con una feria ya tradicional en el circuito nacional.
Finalmente, los carteles quedan como sigue:
-Sábado 10 de agosto, toros de Juan Pedro Domecq para Enrique Ponce, Morante de la Puebla y José María Manzanares
-Sábado 17 de agosto, rejones de Fermín Bohórquez para Sergio Galán, Diego Ventura y Andrés Romero
-Viernes 23 de agosto, toros de Garcigrande y Domingo Hernández para El Juli, Manzanares y Pablo Aguado
-Sábado 7 de septiembre, novillada sin picadores de Hnos. Lavi Ortega
para las futuras promesas de la provincia de Cádiz.
Todos los festejos comenzarán a las 8 de la tarde.
Cañaveralejo

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Cañaveralejo Sat, 03 Aug 2019 16:00:00 +0100
Adiós a un poeta y soldado http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12094/adios-a-un-poeta-y-soldado/             Rutger Hauer no volverá a ver naves de combate ardiendo más allá de Orión. El intérprete de Roy Batty, el poeta soldado de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) -que es como decir el Garcilaso de la ciencia ficción-, lo fue antes de Erik, el escultor que protagonizaba la escatológica pero sobresaliente Delicias Turcas (1973), una historia de amor de Paul Verhoeven. Con ella, el cineasta y el actor, ambos holandeses, se dieron a conocer en la cartelera internacional. Hauer también fue otro Erik para Verhoeven, el aludido en el título de Erik, oficial de la reina (1977).

 

            Ya instalado en Hollywood, Sam Peckinpah le confió el John Tanner de Clave Omega (1983), su testamento cinematográfico. Pero fue de nuevo en Europa donde Hauer interpretaría su otro gran papel, el Andrés Kartak de La leyenda del santo bebedor (1988), del gran Ermanno Olmi. "Dios nos guarde a todos los borrachos una muerte tan dulce y tan hermosa", digámoslo evocando el final de aquella gran película, que hoy se impone para despedir al propio Rutger Hauer. Inolvidable intérprete de poetas soldados y de borrachos tan líricos como Batty el replicante, su recuerdo no habrá de disolverse como las lágrimas en la lluvia entre los amantes de la ciencia ficción.

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Javier Memba Wed, 24 Jul 2019 21:00:00 +0100
La cartelera perdida (II) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12093/la-cartelera-perdida-ii/ (viene del asiento anterior)

            Tomé conciencia del problema que suponía que la Filmoteca careciese de su propia sala de proyecciones a finales de 1981, cuando, ya instalada provisionalmente en la Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, los responsables de la entidad decidieron quitar la alfombra de las escaleras, que dan acceso al espacio donde encontraron su nuevo acomodo las sesiones de la Filmo. Tratándose de otra más de las muchas filigranas que embellecen el Círculo, retiraron la alfombra para evitar que los cinéfilos y los meros espectadores -que, por supuesto, tampoco faltan en las sesiones de la Filmo- la estropeasen mientras hacían cola para entrar a la proyección.

 

            A diferencia del Príncipe Pío, que era un cine de reestreno antes de acoger a la Filmoteca y a tal fin obedecía su arquitectura interior, la sala Fernando de Rojas bien podía considerarse como uno de aquellos palacios de la exhibición, que se llamaba a las suntuosas salas de estreno que conoció el cine desde las postrimerías de la imagen silente hasta la popularización del video. Unos espacios que en este nefasto siglo XXI se han convertido en una de las grandes nostalgias de mi vida. Cortinones cubriendo la pantalla -que siempre era en scope-, confortables butacas forradas de terciopelo, alfombras en los pasillos y dorados por doquier. Toda una serie de lujos inherentes a los establecimientos de la Gran Vía y la calle de Fuencarral de la cartelera que me había visto crecer.

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            Sin embargo, ahora que de todo hace tanto tiempo, el recuerdo de la Filmo en el Círculo de Bellas Artes no es tan bueno como el del Príncipe Pío. Desde entonces, los responsables del Círculo siempre me han parecido unos pedantes y unos sectarios. Todo un ejemplo de esa gestión para los amiguetes y los favoritismos que prima en la escena cultural española.

 

            De todas las cintas que vi en el Círculo, recuerdo especialmente Noches blancas (1957), de Luchino Visconti. Fue en una sesión a las cuatro de la tarde. En aquella época, hablamos del invierno del año 83, un error de concepción de mi cinefilia -me gusta ver películas, no hacerlas- me llevó a emplearme como auxiliar de montaje en unos estudios de la calle de Vallehermoso, Arcofón se llamaban. Terminé mi jornada laboral con el tiempo justo para comer un bocadillo en una de las cervecerías de la calle de Fuencarral -que como los cines entonces abundaban- y correr hasta la Filmo.

 

            Esa noche, al volver a casa, experimenté cierta satisfacción por haber consagrado la jornada entera al cine. Por la mañana, aprendiendo montaje; por la tarde, frente a la pantalla. Hasta cierto punto, fue una dicha vana. Todas las técnicas del montaje cinematográfico a la antigua usanza -con las bandas de sonido magnético y demás- no tardarían en quedar tan obsoletas como el revelado fotográfico, otra de las inutilidades de hoy en día en las que yo adquirí pericia cuando su ocaso arrancaba.

 

            Sin embargo, aún estaba por llegar la traducción simultánea a las películas. Mientras lo hacía, en aquel primer visionado de Noches blancas descubrí lo beneficioso que puede resultar, para el conocimiento de una lengua, ver las cintas en ella habladas en versión original, sin subtítulos. Con "lengua" quiero decir un idioma de nuestro entorno: inglés, francés e italiano, para ser exactos. Porque, ya en el Príncipe Pío, había visto algunos clásicos de la pantalla nipona en versión original, sin subtitulado alguno: naturalmente, no me había enterado de nada. Eso sí, sabía que estaba viendo algo muy bonito porque lo decían en El cine de Buru Lan.

 

            Me llevó algún tiempo y varias proyecciones acabar por descubrir por mí mismo la belleza de títulos como El intendente Sansho (Kenji Mizoguchi, 1954). Verificar personalmente las grandezas de los filmes de los que supe antes por la literatura que inspiraron que por sus secuencias fue una de las primeras tareas -y de las más gratificantes- que me ha deparado la cinefilia.

            De la bienamada en el Círculo de Bellas Artes, también recuerdo un ciclo de Antonioni. Al salir de una sesión de Zabriskie Point (1970), me encontré con mi buen amigo Gonzalo Rodríguez Cao. Compañero del colegio, y tan mal estudiante como yo, fue él quien me descubrió el surrealismo con un trabajo suyo sobre aquel "movimiento poético, revolucionario y moral", que lo llamó don Luis Buñuel. Cuando lo leyó en aquellas nefastas aulas de nuestra adolescencia, dejó boquiabiertos a quienes no entendían nuestro desdén por el valor de π y las declinaciones latinas. Y también recuerdo a Laíto, un compañero del barrio, un erudito del rock, saliendo de otra proyección del Círculo. Ahora, que de todo hace tanto tiempo, aquellos encuentros ratifican mi teoría de que el cine -al margen de aquellos a quienes habría de llamarnos la pantalla para rendirla culto- fue uno de los pilares de la educación sentimental de mi generación, incluso para los meros espectadores.

 

            En paralelo a aquellas proyecciones del Círculo, la cartelera comercial, tomada de un modo claramente imperialista por las producciones estadounidenses, proseguía en su inexorable declive. Se aplaudía a rabiar el infantilismo de Steven Spielberg y los pastiches de Robert Zemeckis -Tras el corazón verde (1984), La joya del Nilo (1985)-, pero, a medida que avanzaba en mi itinerario cinéfilo, toda esa suerte de remakes, segundas partes y demás remedos, se me antojaban una prueba irrefutable del agotamiento en el que había caído ese Hollywood que, como cinéfilo, tanto admiraba en su clasicismo. Es decir, desde los años 30 del amado siglo XX hasta la inquisición maccarthista, que puso fin a su edad de oro mediados los 50.

 

            El cine comercial estadounidense de los años 80 me apartó de la cartelera que me había visto crecer como mero espectador con las mismas que, diez años antes, el destape había echado a las señoras como mi madre. Por cierto, fue ella, la autora de mis días, la que, como a casi todo, también me aficionó al cine. "Vamos al cine a distraernos", me proponía desde que la recuerdo cuando la vida nos trataba mal. "Vamos al cine a celebrarlo", si las cosas iban bien. Fuera cual fuese el caso, siempre acabábamos frente a la pantalla. No me hice cinéfilo junto a ella. Pero sí fue ella la que me predispuso a ello al hacer de mí un espectador entusiasta y al acostumbrarme a buscar en la pantalla un refugio de la realidad. Desde mi más tierna infancia, me llevaba al cine una vez a la semana como poco. Las comedias francesas nos proporcionaron algunas de las mejores tardes de nuestra vida en común. Su afición al cine francés fue el origen de la mía. Hay cintas que tengo en la más alta estima sólo por lo bien que nos lo pasamos juntos en su proyección. Verbigracia, La mostaza se me sube a la nariz (Claude Zidi, 1974), vista en la sala Rialto de la Gran Vía.

 

            Cuando el cine comercial estadounidense de los años 80 me apartó de la cartelera que me había visto crecer como mero espectador, decía, me decanté por el circuito de la versión original, que entonces estaba copado por autores como el gran Éric Rohmer -que en España comenzó a distribuirse en aquella década-, el incipiente Jim Jarmusch o el ya olvidado Alan Rudolph. Todo me valía con tal de alejarme de una cartelera que tenía en realizadores tan dudosos como Adrian Layne, Alan Parker u Oliver Stone a tres de sus capitostes. Todo me valía, pero espacialmente el cine independiente. Al cabo de los años he comprendido que aquella distancia que marqué con el cine de la acción por la acción, rápido porque sí, comercial sin más ni más, fue uno de los recorridos medulares de mi itinerario cinéfilo. Las películas no tienen que empezar siempre por un terremoto y seguir subiendo como aseguraba Cecil B. deMille. Hay cintas lentas, como las del gran Michelangelo Antonioni -La aventura (1960), El eclipse (1962), El desierto rojo (1964)- que cinematográficamente tienen mucha más altura que los aventureros de pacotilla de Spielberg y Zemeckis.

 

            El Círculo de Bellas Artes dejó de acoger las proyecciones de la Filmoteca en junio de 1984. Hasta marzo de 1985, que empezaron a programarse en el cine Torre de Madrid, quedaron interrumpidas. En aquel paréntesis experimenté un auténtico vacío. Al fin y al cabo, ya era presa de una quimera. Esa que, en una primera instancia, es para mí la cinefilia: el intento de saciar un apetito que, de hecho, es insaciable: el de la necesidad imperante de ver películas.

 

            Grabé la primera -Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929)- en septiembre de 1984. Personalmente, fue el principio del fin de la cartelera que vengo a evocar aquí. Pero está enmarcado en una tendencia social. A comienzos de los años 80, el gran Truffaut anunció que cuando el video se generalizase él abandonaría el cine y lo cumplió. Sólo por eso, su prematuro óbito, acaecido el 21 de octubre de 1984, puede tomarse como el principio del fin de aquel cine que se iba a ver a una sala de proyección.

(continúa en la entrada del 6 de agosto de 2019)

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Javier Memba Tue, 23 Jul 2019 05:45:00 +0100
La cartelera perdida (I) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12092/la-cartelera-perdida-i/             Yo también quiero unirme a las celebraciones del treinta aniversario del cine Doré como sala de proyecciones de la Filmoteca Española. No estuve en su sesión inaugural, el primero de marzo del 89. Pero en la primavera de aquel año asistí por primera vez a uno de sus pases. Gentelman Jim (1942), de Raoul Walsh, fue el título en cuestión. Pese a las tres décadas que nos contemplan, aún recuerdo con nitidez, tal si hubiera sido ayer, aquella primera visita. Para quienes ya éramos asiduos a la Filmoteca, que la institución tuviese una sala de proyecciones propia era la materialización de un viejo anhelo. Como se dijo en su momento, en buena medida obedeció al empeño de Luis G. Berlanga, presidente de la institución entre 1979 y 1982.

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            Corría 1980 cuando comencé a frecuentar "la Filmo", que la llamaba entonces. Un año antes, en el 79, mientras cumplía con mis obligaciones militares como bibliotecario del colegio mayor Barberán, tuve oportunidad de conocer a un cinéfilo: el Fellini le llamaban sus compañeros. Naturalmente, era el encargado del cineclub de la casa. El afán con que llevaba su tarea me dejó impresionado. En aquel tiempo yo tenía veinte años, el momento de encaminar mi vida se imponía y me decidí de un modo irrevocable por la cinefilia. En fin, vuelvo a una historia que ya he contado muchas veces en muchos sitios.

 

            Lo que es menos sabido es que me hice cinéfilo el primer día que asistí a una proyección en la Filmoteca. Hasta entonces sólo había sido un mero espectador, un buen aficionado, que apuntaba maneras con la lectura de El cine (1973), la enciclopedia de Buru Lan que fue el pilar de mi biblioteca cinéfila. Aquella primera proyección en la Filmo tuvo lugar en el cine Príncipe Pío, del entonces paseo de Onésimo Redondo 16 (actual cuesta de San Vicente), la sala a la sazón de la casa, que entonces se llamaba Filmoteca Nacional. Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) fue mi primer título como cinéfilo. Estaba tan hecho a la pantalla contemporánea, que aún me chocaba la textura del cine antiguo.

 

            Aquella primera proyección en la Filmo fue un acto solemne. Después llegaron los clásicos más básicos, esos que -como Ciudadano Kane sin ir más lejos- deben considerarse como de primero de cinefilia. Hubo una tarde en que asistí a tres proyecciones seguidas -El sargento York (Howard Hawks, 1941), El hombre tranquilo (John Ford, 1952) y Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952)- y aún la considero uno de los grandes momentos de mi vida.

 

            Aprendiz, como aún era, me daba cierto reparo adentrarme entre los verdaderos cinéfilos. De hecho, acostumbraba a sentarme en el anfiteatro. La timidez del neófito me impedía bajar al patio de butacas. Entre los habituales del Príncipe Pío del año 80, no era raro ver a Rafael Alberti con sus espléndidas camisas estampadas. Residía en la plaza de España y la sala le quedaba cerca. Supuse que era cinéfilo por los versos que dedicó a Buster Keaton en Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), su entrega más surrealista. De los de entonces, cuarenta años después, sólo sigue siendo un habitual de la Filmoteca mi buen amigo y editor Juan Carlos Rentero, que en aquellas tardes tenía un puesto de libros de cine en la entrada del Príncipe Pío. Y el también entrañable Jorge Martín Neira, que entonces editaba la revista de "viajes imaginarios" Mandrágora y el Pirata y hoy trabaja en la Filmoteca. En aquellas páginas publiqué mi primer artículo sobre la gran pantalla, una exaltación de Jean Vigo, el Rimbaud del realismo poético francés.

 

            Cuando lo leyó Luis G. Berlanga, me recibió en su despacho de la Filmo, que entonces estaba en la carretera de la Dehesa de la Villa s/n. Compartiendo espacio con el instituto de RTVE. Siempre se ha tendido a confundir la sede de la Filmo, que actualmente se encuentra en el Palacio del marqués de Perales, del número 10 de la calle de la Magdalena, con su sala de proyecciones. Pero estábamos con aquella mañana en que Berlanga me recibió para hablarme de mi artículo. Excuso decir lo que supuso para mí, aprendiz de cinéfilo como aún era, que uno de los grandes del cine español se pusiera a hablar conmigo de películas. A partir de entonces, siempre que coincidí con don Luis en algún estudio, alguna presentación o en cualquier otro sitio, el realizador tenía un rato para cambiar impresiones conmigo con esa simpatía que los cineastas dedican a los cinéfilos.

 

            Desde las primeras proyecciones filmófilas -"filmófilos" hubiera dicho don Florentino Soria, uno de los más entrañables directores de la Filmo, que llamaba filmófilos a los cinéfilos en las cintas de Berlanga- comprendí que la cinefilia tiene su máxima expresión en la literatura. Así que, entre mis primeros libros cinéfilos, empezaron a ocupar un lugar prominente los catálogos y folletos que acompañaban los ciclos de la ya bien amada Filmoteca. Destacaré El cine de terror de la Universal (1976) y el resto de los escritos por el fundador de la institución, Carlos Fernñandez Cuenca. Y, por supuesto, los programas de mano de la sala de proyecciones. De los editados entre 1980 y 1984 tengo la colección completa. Junto a El cine de Buru Lan y la mayor parte de los libros de cine adquiridos en aquellos años, cuentan entre los textos más preciados de cuantos atesoro.

            Itinerarios, la educación de un soñador del cine, tituló Noël Burch, uno de los teóricos que más admiro, el tomo en que reunió los artículos escritos entre 1970 y 1985. Mi itinerario de entonces también pasaba por las sesiones matinales de la ya bien amada filmoteca, que se celebraban en la sala de proyecciones del Museo Español de Arte Contemporáneo. Allí vi por primera vez El ejército de las sombras (1969), del gran Jean-Pierre Melville. Tres décadas después sigue siendo una de las películas de mi vida. Vaya ahora parafraseando el título bajo el que en 1975 reunió sus artículos el gran Truffaut, parafraseando a su vez al Henry Miller de Los libros en mi vida (1952).

 

             La exhibición cinematográfica, tal y como se conocía en los días en que yo me iniciaba en la cinefilia, comenzaba a entonar su canto del cisne. La sesión continua, el programa doble, aquellos procedimientos mediante los que el cine resultó gustarme más que nada en el mundo, empezaban a verse seriamente afectados por la popularización del video. Ante el nuevo panorama algunas salas dedicadas a la programación de restreno, -como lo fue el Doré hasta su cierre en 1963- dieron en reconvertirse en cinestudios. Por así decirlo, estos últimos eran como pequeñas filmotecas. Se prestaba más atención a los gustos de los jóvenes como yo entonces -tenía veintipocos años- que a la mera comercialidad de las salas de estreno. Pero aquella habría de ser una propuesta efímera, como lo eran entonces las diferentes salas de la Filmo.

 

            Asimismo, el circuito de la versión original, claramente heredero del conocido hasta entonces como de arte y ensayo, cobró un nuevo impulso entre la cinefilia. Entre esta última fórmula, destacaban los cines Alphaville, así llamados en evocación de Lemmy contra Alphaville (1965), la obra maestra que el gran Jean-Luc Godard aportó a la ciencia ficción europea. En aquellos multicines descubríamos a Wim Wenders, Chantal Akerman o Alain Tanner... Quienes acudían a presentar sus filmes entre los cinéfilos madrileños en los encuentros organizados en la cafetería de los Alphaville. Cuando fue el caso de Salve quien pueda, la vida (1980), tuve tan cerca de mí a su autor, el gran Godard, como tengo ahora la pantalla del ordenador en el que escribo esto. No me atreví a decirle nada. Con todo, buscando el tiempo perdido de mi cinefilia, resulta más entrañable el recuerdo de la librería de los Alphaville, regentada por José Flor, otro cinéfilo de pro.

 

            Era tan previsible como es cierto que todo -hasta lo malo- toca a su fin. Pero quien hubiera dicho entonces que todos aquellos primeros pasos de mi itinerario cinéfilo, si no fuera por las cintas que vi entonces por primera vez que ahora atesoro, habrían de quedarse en poco más que esas célebres lágrimas disueltas en la lluvia a las que alude Roy Batty (Rutger Hauer) en ese dialogo de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) que forma parte del florilegio de nuestro tiempo.

 

            Al cabo, de mi cartelera perdida, sólo habría de sobrevivir la bien amada Filmoteca. De su paso por el Príncipe Pío recuerdo el ciclo dedicado al western que ocupó todo el verano del 80. Fue mi feliz reencuentro con el género de mi niñez, que también es el cine por excelencia. Tampoco olvido el monográfico dedicado al musical estadounidense, género que también amo porque es capaz de levantarme el ánimo como solo lo hiciera mi otrora querido ron. El musical ocupó el estío del 81. Y aún aplaudo la retrospectiva dedicada a los clásicos del cine francés, que se prolongó a lo largo del curso siguiente. En ella descubrí maravillas como La belleza del diablo (René Clair, 1950) y lo mejor del gran Jacques Becker.

(continúa en la entrada siguiente)

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Javier Memba Wed, 17 Jul 2019 08:30:00 +0100
El otro Arturo Fernández http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12091/el-otro-arturo-fernandez/             Que la dilatadísima carrera de Arturo Fernández, en los últimos años, se concretase a las comedias teatrales, no ha de hacer olvidar que sus primeros protagonistas se los brindó Julio Coll en Distrito quinto (1958) y Un vaso de whisky (1959), dos títulos canónicos del spanish noir barcelonés. Para Juan Bosch, Fernández encabezó los repartos de A sangre fría (1959) y Regresa un desconocido (1961). En fin, para Julio Buchs incorporó al Mario de El salario del crimen (1965). Porque, ya entonces, este interprete asturiano, respondía al arquetipo del dandi, taimado pero apuesto, un señorito del hampa que camelaba a las "chatinas".

 

            Y fue que andando los años 60, los comienzos cinematográficos de Arturo Fernández se fueron olvidando. Sin embargo, están tan ligados al cine policiaco barcelonés de los años 50 que su imagen de entonces sería la mejor ilustración para un cartel que anunciase un ciclo dedicado a tan querida pantalla. De alguna manera, José Luis Garci fue a recordar esos albores de la filmografía del actor al confiarle el don Gregorio de El crack II. Incluso el Gonzalo Miralles de Trúhanes (Miguel Hermoso, 1983) puede entenderse como una parodia del arquetipo que el azote de las "chatinas" representó en el policiaco barcelonés. Así camelando a las chicas y a los pardillos, con las mañas del hampa dorada, le recuerda tras la noticia de su fallecimiento el aficionado al noir español.

 

 

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Javier Memba Thu, 04 Jul 2019 13:00:00 +0100
Una serie de Krzysztof Kieślowski http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12090/una-serie-de-krzysztof-kie#347lowski/             Hace algunos meses, a raíz de mi libro sobre David Lynch, escribí varios artículos acerca de esa eclosión de las series a la que asistimos. Me referí a ella como la "nueva narrativa televisiva". Sostengo desde entonces que toda esa bonanza había arrancado con la primera temporada de Twin Peaks (1990), el gran éxito de Lynch para la pequeña pantalla.

 

            Más recientemente, hace algunas semanas, he visto El decálogo (1989), la serie del gran Krzysztof Kieslowski. Puesto a buscar un elogio que haga justicia a la calidad de esta obra maestra, sin duda imbuido por ese interés por el formato que me ha despertado la nueva narrativa televisiva, el primer encomio que se me ocurrió fue retrotraer a la emisión original de esta propuesta los antecedentes de esa nueva televisión. A poco que comencé a discurrir sobre ello, concluí que hacerlo sería tan gratuito como remontar ese amanecer de la nueva ficción catódica a En los límites de la realidad, el legendario serial creado por Rod Serling en 1959, todo un hito en la antena fantástica. Incluso cabría apuntar que se registran muchas más concomitancias entre Black Mirror -la encomiable creación de 2011 de Charlie Brooker que ya va por su quinta temporada, ejemplo meridiano del nuevo serial televisivo- y En los límites de la realidad, que entre El Decálogo y cualquiera de las propuestas señeras de la nueva narrativa televisiva.

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            Emitida hace ahora treinta años en la Telewizja Polska, la televisión pública polaca, El Decálogo no tiene un "creador" detrás de su puesta en escena como estos seriales de nueva factura. Tiene un cineasta inmenso: el gran Krzysztof Kieslowski quien, junto al guionista Krzysztof Piesiewicz, es autor de los diez libretos de la serie. Más o menos basada en los Diez mandamientos del cristianismo -también conocidos como El Decálogo-, hace algunos años tuve oportunidad de ver -y atesorar fascinado- No matarás, una versión de montaje algo más largo del quinto de estos preceptos que fue distribuida como una película. Y es que, más que entre los antecedentes de la nueva narrativa televisiva, El Decálogo de Kieslowski debe situarse en esa gran tradición del cine polaco que ha dado maestros de la talla de Jerzy Kawalerowicz, Wojciech Has o Andrzej Munk.

 

            Antes que entre los precedentes de la nueva narrativa televisiva, incluso sería más propio enmarcar esta versión de Las Tablas de la Ley de Dios -de eso se trata al fin y al cabo- dentro de cierta tendencia a la serie catódica de algunos grandes autores del cine finisecular europeo. La puso en marcha Rainer Werner Fassbinder en 1980 con su Berlin Alexanderplatz. Era aquella una serie sobre las dificultades de un expresidiario para adaptarse a la vida en libertad que fue a simbolizar la encrucijada en la que se encontraba la Alemania de entreguerras. Desde entonces, han sido varios los cineastas dispuestos a realizar un serial televisivo en algún momento de su filmografía. El filonazi Lars Von Trier -siempre tan interesante cinematográficamente como tan a menudo racista y otras cosas a cuál más fuera de tono con la sensibilidad de nuestros días-, ya andando los años 90, también se asomó a la pequeña pantalla en El reino (1994-1997), una propuesta en verdad sugerente sobre los misterios y los laberintos de un hospital que se alza en las inmediaciones de un pantano. Con anterioridad, en 1988, también había llevado a la pequeña pantalla una adaptación de Medea de Eurípides debida al mismísimo Carl Theodor Dreyer. Pero se quedó en un telefilme.

 

            Hubo algo en Kieslowski que le llevaba a contar sus historias de forma seriada. De hecho, se dio a conocer en la cartelera española a comienzos de los años 90 con su trilogía Tres colores, referida a los tres tintes de la bandera francesa -Azul (1993), Blanco (1994), Rojo (1994)-, tan aplaudida por crítica y público en su momento. Su prematura muerte en 1996, con tan solo cincuenta y cuatro años y en la plenitud de su genio, despertó el lógico y legítimo interés por su obra. Se nos descubrió entonces que el cineasta, previamente, como Stanley Kubrick -uno de sus reconocidos admiradores-, también había sido un espléndido fotógrafo. Así, entre los homenajes que se le tributaron tras el óbito, me llamó especialmente la atención una exposición de sus instantáneas tomadas a los vecinos de Varsovia. Fechadas entre 1965 y 1966, como una práctica de su actividad en la legendaria Escuela Superior de Cine y Televisión de Lódz -toda una cantera de maestros de la pantalla polaca- tuve ocasión de ver esas fotos en 2006, dentro de las actividades organizadas por la 1ª Muestra de Cine Europeo Ciudad de Segovia. Me dejaron fascinado.

 

            Ha sido ahora, cuando he comprobado que, en dichas imágenes, ya apunta algunas de las maneras de El decálogo. Ambientada en una mancomunidad de bloques de viviendas de Varsovia, he de confesar que -amén de por el alto concepto del cine de Kieslowski que tengo-, la visioné con avidez cuando di con ella en Internet porque la ocasión ha coincidido con un embrollo al que se me ha obligado: ser presidente de la comunidad de vecinos de la torre en la que habito. Convencido desde que supe de sus primeras insidias de que es en estas comunidades donde la mezquindad inherente a la condición humana alcanza una de las cotas más altas -circunstancia que bien puede explicarse en aquello que concluye John Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690): "Si los hombres estuvieran mejor instruidos tendrían menos afán de imponerse a los otros"[1]- creí que Kieslowski iba a detenerse en los cotilleos, las ganas de fastidiar, los cotilleos, las viejas rencillas y el resto de las miserias inherentes a quienes cohabitan en una misma finca. Pero el maestro polaco es un gran cineasta, entre otras cosas, por su altura de miras. En esta ocasión, dirige su mirada los preceptos de la moral cristiana.

            Entre las muchas cosas que dijo Gustavo Bueno, hubo una que suscribo plenamente. Se refería a cómo su ateísmo no le impedía sentirse a gusto en un entorno católico. Estoy totalmente de acuerdo. Yo también soy ateo, pero no podría vivir lejos de un entorno católico como aún lo sigue siendo España, pese a que su estado sea aconfesional y su sociedad mayoritariamente agnóstica. Católico, que no cristiano porque la gravedad y el puritanismo luteranos me enervan. Recuerdo que cuando bebía, me resultaba sumamente grato ver a la gente salir de misa y entrar a tomar el aperitivo en el mismo bar donde yo me bebía esas copitas que venían a matar con un nuevo ciego la resaca. Aquella sensación me recordaba un júbilo antiguo, de mi infancia, cuando era yo quien salía de misa. Porque, como el noventa por ciento de los niños crecidos en la España de los años 60, que sí era católica, apostólica y romana, fui educado en su moral y en sus costumbres.

 

            Ya habrá tiempo para contar cómo comencé a negar todo aquello en la adolescencia. A lo que voy ahora es a cómo el gran Krzysztof Kieslowski supo hacer una obra maestra, dividida en diez partes, con los Diez mandamientos. Incluida en todas las listas del mejor cine del fin de siglo -además de en todas las historias de la televisión-, su propuesta satisfizo al Vaticano tanto como a Stanley Kubrick y los críticos más reputados. Entre los vecinos de los pisos que nos presenta Kieslowski hay adúlteros, ladrones y asesinos. Tampoco faltan los que no honran a sus padres, los que levantan falsos testimonios y quienes no santifican las fiestas. Cada uno de estos pecadores merece un episodio. A veces, los personajes de una entrega anterior se cruzan en el ascensor, o en cualquier otro de los espacios comunes, con los nuevos protagonistas. Pero nunca interactúan con ellos más allá de un saludo.

 

            Las historias se superponen, sólo tienen en común el edificio, el vecindario. Todas son geniales, pero la contada en No amarás -que corresponde al Noveno mandamiento: "No desearás a la mujer de tu prójimo"- es especialmente conmovedora. Su protagonista es Tomek (Olaf Lubaszenko) un joven empleado en la oficina de correos del barrio. Mirón nocturno, por las noches, con la óptica correspondiente, observa a Magda (Grażyna Szapołowska) entregarse a su amante (Rafal Imbro). Pero lo suyo, más que lascivia o concupiscencia, es verdadero amor. De hecho, será Tomek quien confiesa a Magda que la observa y que la manda avisos de certificados falsos para poder verla más de cerca en la oficina. Cuando su amante golpea al muchacho, ella se apiada de él, lo mete en su casa y se le ofrece. Tomek, azorado, no sabe cómo proceder. Magda entonces lo masturba y le dice que eso es el amor, que ese placer, tan efímero, es cuanto esperaba de ella. Tomek intentará suicidarse. Y ella, mientras su admirador se repone en el hospital, comenzará a echar de menos sus miradas.

 

            "El tono melancólico, único en la televisión de su época, y la escasez de líneas de diálogo, optando por narrar la historia a través de silencios, situó El Decálogo como la ficción europea de este periodo con un sello de autor más marcado", escribe Toni de la Torre en su Historia de las series[2]. Particularmente, comencé a verla en busca del retrato irónico de esas miserias de las comunidades de vecinos, en las que me estoy viendo envuelto en los últimos meses. Pero me fue dada una de las más sugerentes visiones sobre la moral cristiana, que, prácticamente, viene a ser como decir la civilización occidental. ¡Casi nada!

 


 

[1] Op. Cit. Lib.  IV, cap. XVI, sec. 4.

 

[2] Roca Editorial, Barcelona, 2016.


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Javier Memba Fri, 14 Jun 2019 22:00:00 +0100