Gente Blogs http://www.gentedigital.es/blogs/ Wed, 18 May 2022 03:01:16 +0100 FeedCreator 1.7.2 La coda de Layla http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12235/la-coda-de-layla/             Hoy vengo a hablar de la coda de Layla, una de las grandes canciones de amor que ha dado el rock. Hace apenas un par de semanas, documentándome para un artículo sobre Layla, escrito para Zenda Libros con motivo del cumpleaños de Eric Clapton, supe de la historia de Jim Gordon, autor de esa célebre coda del piano. Al parecer, se ha llegado a decir que es una melodía original de Rita Coolidge, novia de Gordon hasta unos meses antes de la grabación de Layla and Other Assorted Love Songs en noviembre de 1970, el elepé de Derek and the Dominos donde -como su propio título indica-, se incluye la canción.

            Pero también se dijo, al menos me lo dijo a mí un compañero de mis últimas borracheras, el último con el que hablé de rock, que, en lugar de un piano, el instrumento de la "fuga", que durante mucho tiempo llamé a la coda y todo el mundo me entendía por la ruptura que supone con el resto de la pieza, es un mellotrón.

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            Sea cual sea el teclado que se utiliza, a mí, la coda de Layla se me antoja la "fuga" al subidón con el que Clapton expresa el enamoramiento de Pattie Boyd, en el que también se me antoja el mejor ejemplo de la sonoridad de la Fender Stratocaster, la guitarra por antonomasia del rock. En fin, que la coda, a fe mía con trazas de fuga, me conmueve tanto como a Martin Scorsese, quien la incluye en la banda sonora de Uno de los nuestros (1990) para acompañar esos planos en que los cadáveres de unos hampones aparecen entre la carga que vuelca en el vertedero un camión de la basura.

            Lo que, ya digo, desconocía por completo, es la historia de Gordon tras Layla. Su trayectoria, como uno de los más brillantes baterías -me cuesta escribir "baterista" como también se apunta ahora-, es impresionante. Venía de grabar junto a Duane Allman -otra de las leyendas de Layla and Other Assorted Love Songs-, Jackson Browne o The Byrds. Después, tras la disolución de los Dominos, banda de un solo álbum, llegaron sesiones para Crosby, Stills, Nash & Young, Everly Brothers o Leon Russell. Y siempre, antes y después, borracho. Borracho como se estaba cuando se era una estrella del rock, se creía en el don de la ebriedad y todas esas cosas en las que yo mismo creí hasta que cumplí cincuenta años y me di cuenta, mucho tiempo después de que lo hubiera hecho hasta Eric Clapton, de que la vida consiste en envejecer estando sobrio. "Envejecer, morir, es el único/ argumento de la obra", escribe Jaime Gil de Biedma en su poema más célebre y tan adecuado para el tema que me ocupa: No volveré a ser joven.

            Jim Gordon tampoco volverá a ser joven y no tuvo tiempo de dejar la priva. Cuando su afán de ebriedad empezó a ser un problema -incluso en un ambiente tan permisivo como el backstage del rock-, comenzó a escuchar voces y fue diagnosticado de alcoholismo. Era alcohólico, en efecto. Bebía como si no hubiera un mañana inexorable al que regresar sobrio. Pero según se convino con posterioridad, lo que en verdad padecía era esquizofrenia. Lo malo fue que esto se dictaminó después de que el autor de la coda de Layla, atendiendo a las voces que susurraban en su oído, hubiese matado a su madre en 1983. Todavía, casi cuarenta años después, sigue confinado en un psiquiátrico penitenciario. Cumple cadena perpetua. Seguro que, en esos momentos de lucidez, que tienen todos los alienados, su propia conciencia le aflige tanto como la ley lleva haciéndolo durante esos treinta y nueve años,

 

            Aunque ahora escucho más jazz, como a Hunter S Thompson, una de las cosas que más me gustan en el mundo sigue siendo escribir sobre rock. Y ya digo, en ello estaba cuando supe de la triste historia de Gordon. No tengo por costumbre contestar a quienes expresan su opinión, amparándose en el anonimato, en esos foros que se abren al pie de las publicaciones digitales invitando a los lectores a hacerlo. Pero cada vez que uno de estos anónimos defiende las mismas teorías sobre los dones de la ebriedad, en su concepción más amplia, que defendí yo mismo hasta dejar de beber con cincuenta otoños -el resto de los placeres a los que me di con la misma avidez ya estaban olvidados para entonces-, me acuerdo del autor de la coda de Layla. Muy probablemente, si Gordon no hubiera bebido, ese desequilibrio que le convirtió en parricida no se hubiese manifestado y la coda a su ebriedad no hubiera sido la prisión  a perpetuidad. Lo que sí que tengo claro es que si yo no hubiese dejado la priva al cumplir el medio siglo, nunca hubiese llegado a ser ese anciano que soy y tanta satisfacción me procura serlo. 

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Javier Memba Fri, 29 Apr 2022 13:30:00 +0100
Un artista legendario en la Sevilla contracultural de los años 70 http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12234/un-artista-legendario-en-la-sevilla-contracultural-de-los-anos-70/             En cierta ocasión, Toto Estirado, autor y protagonista de Notas e imágenes de un poeta confuso, la nueva entrega de Serie Gong en coedición con El Paseo Editorial, se definió a sí mismo como un "artista urgente" porque la vida está por encima de la creación. De modo que, llegado el caso, no tenía ningún problema en cambiar su obra por bocadillos que paliasen los largos ayunos que impone la bohemia o unas copitas que le permitiesen soñar. A menudo, los bares fueron sus galerías.

            Ahora bien, su estética, a decir de la crítica, está más cerca de las vanguardias parisinas -el fauvismo y el impresionismo fueron sus grandes influencias- que de los esquizos de Madrid, aquel grupo de artistas españoles que, a partir de 1970 y a lo largo de todo el tardofranquismo, se distanciaron de la transvanguardia italiana, el neofauvismo francés y el informalismo, que se venía enseñoreando de la escena artística desde la segunda posguerra mundial. Ciertamente hay algunas concomitancias entre Estirado y los esquizos. Pero poco más.

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            En cualquier caso, el aficionado al arte puede sacar ahora sus propias conclusiones con estas Notas e imágenes de un poeta confuso, editadas por Manuel Sordo Osuna -uno de los principales galeristas de Badajoz- y Manuel Sordo Vicente -crítico y creador de narrativas entre el arte y el activismo-. Se trata de un libro singular pues no es ni un catálogo al uso, ni una biografía. Ni por supuesto un dossier, algo inconcebible en un artista tan bohemio. Quizás, lo más pertinente sea definir estas notas como tributo a un amigo que sintetizó un tiempo, un lugar e incluso una opción vital.

Badajoz y Sevilla

            A decir de Ricardo Pachón -productor musical de La leyenda del tiempo, el hoy clásico álbum de Camarón- Toto Estirado fue el más hippie de los hippies que se vieron en la Sevilla de los años 60 y 70, la de la Glorieta de los Lotos y Smash. Pero el futuro artista ya venía haciendo historia desde tiempo atrás. Nacido en Usagre (Badajoz) en 1939, José Antonio (Toto) Estirado Cruz fue y no fue profeta en su tierra. Así, estas Notas nos recuerdan que su reivindicación como un artista local arrancó con él ya muerto. Fue, básicamente, a raíz de la adquisición en 2011 de algunos de sus dibujos por parte del Museo Nacional Reina Sofía. Mientras aún vivía, fueron pocos los halagos y las efusiones que se le dispensaron en cierta ocasión que regresó a Usagre para plasmar en sus trabajos algunos paisajes y otras vistas del lugar. Aquel torpe aliño indumentario, común a los hippies, hizo desconfiar a sus paisanos. Si bien no es menos cierto que ya hacía muchos años que Toto había abandonado Usagre.

Mala salud

            Y ya entonces, cuando dejó el solar natal, se le había manifestado esa mala salud, que, cada vez más deteriorada por sus adicciones, habría de acompañarle hasta la tumba. Su última exposición -por cierto, la única en que lo vendió todo-, la celebró en el hospital de Badajoz donde esperaba a La Parca.

            Aunque su mala salud, tan de poeta romántico, le hizo padecer con cierta frecuencia desde la más tierna edad, la biografía de Toto Estirado, concebida como un poema exaltado, arranca a finales de los años 50, con el artista en Valencia. Enviado allí por su padre para que estudie Derecho, el joven Estirado decide que lo suyo es la lidia. De modo que se gasta el dinero que su progenitor le ha confiado para la matrícula y demás gastos para el curso en alquilar una plaza de toros portátil con la que demostrar su valía.

Polifonía para un creador polifacético

 

            A Sevilla llega en 1961. Todavía habrán de pasar algunos años antes de que se produzca la eclosión contracultural, sin duda la edad de oro de su existencia. Mientras llegan los hippies, Toto ya se hace notar en las tertulias y en los cenáculos artísticos y culturales de la capital hispalense. Quienes le recuerdan de aquellos días y aquellas noches, también tienen su voz en estas notas. Definidas con sumo acierto como una polifonía -la segunda que llega al catálogo de Serie Gong ya que Azul, de Augusto F Prieto, puede entenderse como una polifonía marroquí- en las páginas de este texto se reúnen apuntes del dietario que Estirado llevó entre 1992 y 1993, entremezclados con noticias publicadas en la prensa sobre su vida y su obra -esquizo o no, ni puede ni debe separarse una de otra- y testimonios de los muchos amigos que dejó, tanto en Sevilla como en Badajoz.

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Javier Memba Tue, 26 Apr 2022 22:00:00 +0100
Que la tierra le sea leve a Catherine Spaak http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12233/que-la-tierra-le-sea-leve-a-catherine-spaak/         (Tras la noticia de la muerte de Catherine Spaak, reproduzco a continuación una segunda versión, algo retocada, del asiento que le dediqué el quince de noviembre de 2010 en esta misma bitácora)   

Hay películas que atesoro porque las vi por primera vez en una sala que, como tantas, guardaba las maravillas del cine de los sábados, pero que, sin embargo, estaba llamada a formar parte de mi mitología personal. Otras porque asistí a su proyección junto mi madre; y unas terceras, porque están interpretadas por Catherine Spaak. Fue en uno de aquellos programas dobles donde la descubrí y quedé prendado de su belleza. Creo recordar que fue en el cine Condado, que era a la Vía Carpetana algo así como el Astoria al paseo de Extremadura: una ventana al universo del suroeste de Madrid. La cinta en cuestión -sobre esto no me cabe duda- fue Los pájaros de Baden-Baden, la adaptación del relato homónimo de Ignacio Aldecoa llevada a cabo por Mario Camus en 1975. Ella interpretaba a Elisa, la joven que enamoraba al fotógrafo separado en aquel Madrid estival retratado en el filme.

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            Como todas aquellas musas, discretas, pero tan reales de las películas del siglo pasado, casi siempre italianas y de género, Catherine Spaak te cautivaba por su naturalidad, por su proximidad. Nada que ver con esas actrices despampanantes -que se las llamaba entonces-, reinas del erotismo de la pantalla estadounidense de la época. Todas muy sugerentes, muy exuberantes, muy de buen ver. Pero tan lejanas como California de la Vía Carpetana, donde yo descubrí a Catherine.

            Los programas dobles eran como los discos de vinilo y tantas otras cosas de antaño, que tenían cara "A", la del tema principal, y cara "B", la del relleno, la comparsa. Las películas americanas, de actrices también guapas pero distantes como las selenitas de las novelas de Julio Verne y H.G. Wells, eran la cara "A" de la sesión; las italianas de género o españolas, la "B". Pero, igual que el single de Come Together, de The Beatles, incluía en su cara "B" Something, otra canción igualmente memorable, había algo en Catherine, algo en su manera de moverse -"something in the way she moves", vaya evocando el primer verso de la hermosa canción que George Harrison le dedicó a Patty Boyd- que te llevaba de su mano de la "B" a la "A". Una "A" que además era versal y gótica. Como las chicas imposibles, como las grandes ilusiones, nada más verla, Catherine Spaak ya tenía forma de recuerdo.

            Al igual que Carol André y Mimsy Farmer, mis otras dos musas discretas por excelencia, Catherine me magnetizó adolescente aún. No creo que haya otra edad en la que pueda amarse a una ilusión. En cualquier caso, quiere esto decir que aún no me había hecho cinéfilo, que fue a posteriori cuando supe que era sobrina [*], ni más ni menos, que de Charles Spaak, el guionista de Jacques Feyder -La Kermesse heroica (1935)-, Jean Renoir -Los bajos fondos (1936), La gran ilusión (1939)- o Marcel Carné -Teresa Ranquin (1953)-, entre otros grandes del realismo poético y del cine francés en general.

            Aunque Spaak (1903-1975) era belga de origen -como Hergé y el gran Tintín- y su gentil sobrina habría de brillar en la pantalla y la televisión trasalpinas, la dulce Catherine nació en París en 1945, un año después que su hermana Agnés. Al hilo del éxito de mi favorita, la mayor de las Spaak también habría de probar fortuna en la pantalla, yendo a colaborar -entre otros- con Jesús Franco en El secreto del doctor Orloff (1963). Pero la suerte habría de serle adversa.

            No fue ése el caso de la gran Catherine. Sólo contaba trece primaveras cuando intervino en el cortometraje L'hiver de Jacques Gauthier. Y aún era una adolescente cuando incorporó a la Nicole de La evasión (Jacques Becker, 1959). Esa creación fue la cinta que puso en marcha una filmografía que habría de extenderse a lo largo de 87 títulos, el último -La vacanza-, un drama de Enrico Iannaccone fechado en 2019. Carla, aquel último personaje, era una anciana que empieza a padecer los primeros síntomas del mal de Alzheimer. De aquella chica yeyé canónica que fue Catherine Spaak en los años 60 -su versión italiana del Tous les garçons et les filles, el gran éxito de Françoise Hardy, destaca entre su discografía de la época- no quedaba ni el recuerdo.

            Tras perder su rastro después del visionado de Por la senda más dura (1975), extraño western rodado por ese gran mercenario del cine italiano de género que fue Antonio Margheriti con el seudónimo de Anthony M. Dawson, reencontré a Catherine al hacerme con La evasión. Ya cinéfilo, ávido de atesorar películas, la recuperé con el entusiasmo que se renueva una ilusión. Y como esos deseos que pasaron sin cumplirse de los que nos habla Kavafis, para mí no había envejecido. Otra cosa habría de ser para los telespectadores italianos, en cuya antena fue una presencia frecuente.

            Para cuantos la guardamos entre los deseos que pasaron sin cumplirse, Catherine Spaak -empero la noticia de su fallecimiento el pasado día diecisiete- sigue siendo esa chica que tocaba la guitarra en esa misma antena italiana junto a su segundo marido, Johny Dorelli, con un estilo que no distaba mucho del practicado por las pupilas de las monjas al interpretar el Romance anónimo y el Vals en sol. Esa chica de "picante ingenuidad, de espontánea y provocativa femineidad, a la que dio un valor de símbolo", que la definió la crítica en sus primeras películas.

            Mi rencuentro con ella se afianzó con la adquisición de El gato de las nueve colas (Darío Argento, 1971), la cinta en que dejó de ser yeyé y perdió su celebrada ingenuidad con un desnudo forzado. Ni ella ni sus admiradores nos lo creímos.

            No hacía mucho tiempo que Catherine, también periodista como su tío en sus comienzos, había empezado a colaborar en El corriere della sera, entre otros medios de comunicación italianos. Allá por el año 10, en una de esas ediciones que se venden en los quioscos, me hice con La escapada (Dino Risi, 1962), donde esa ingenuidad alcanza su máxima expresión. Película que, además, fue la causa de que me reencontrase con Risi, a quien tuve olvidado durante treinta y cinco años después del entusiasmo con que descubrí su impagable Perfume de mujer (1974). Atesoro igualmente Madamigella de Maupin (1966), una delicia de Mauro Bolognini basada en un relato de Teophile Gautier, y Por la senda más dura.

            Hace doce años que busco dos coproducciones hispano-italianas que cuentan con ella: No hago la guerra... prefiero el amor (Franco Rosi, 1966) y Aquí robamos todos (Giorgio Capitani, 1968). Son dos cintas que, cinematográficamente hablando, dejarán mucho que desear. Pero en la segunda, Catherine incluso nos brinda un pequeño baile junto a Philippe Leroy. Sólo vi fugazmente esa secuencia, pero su forma de mover las manos -como las coristas del viejo Hollywood- me cautivó.

             Qué la tierra le sea leve a Catherine Spaak una de esas chicas/actrices que convertía en buenas las películas malas con su sola presencia.

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Javier Memba Tue, 19 Apr 2022 00:15:00 +0100
Gracias de ser un anciano http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12232/gracias-de-ser-un-anciano/             "Actúa como el viejo que eres y relájate: no va a doler", rezan las últimas palabras que escribió el gran Hunter S. Thompson antes de pegarse un tiro en la cabeza. En el 78, cuando publiqué mis primeros artículos, ya admiraba a Thompson, al que descubrí por aquel entonces, en la primera traducción española de Miedo y asco en Las Vegas, publicada en Star Books, también en 1978, sólo siete años después de la edición príncipe estadunidense.

            Cuando Producciones Editoriales finiquitó Star Books, el de Thompson fue uno de los títulos de aquella colección recuperados por Anagrama y ésa es la que pasa por ser la primera traducción española del legendario texto. Pero hoy no vengo a dar cuenta de las iniciativas editoriales de mi juventud; todo lo contrario, hoy vengo a hablar de mi vejez, en la que estoy hallando tanta satisfacción como sosiego.

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            Al igual que Thompson, el creador del periodismo gonzo, fue uno de mis principales guías en la ebriedad -siempre que escribía borracho quería ser como él- me complace reconocer que eso de "actúa como el viejo que eres", que extraigo ahora de sus palabras postreras, bien podría ser la máxima por la que se rige mi vida desde que, cada vez que me agacho, me cuesta más trabajo volver a levantarme. Así mismo, compruebo de un modo irrefutable como voy perdiendo la memoria inmediata -se me olvida lo que iba a hacer, cuando ya he empezado a hacerlo- y percibo cómo se potencia mi memoria remota como nunca lo había hecho antes. Es decir, comienzo a experimentar lo que yo llamo la paradoja de la memoria en la senectud: eso de recordar la infancia como si fuera ayer y olvidar lo que, efectivamente, fue unas horas antes. Seguro que los expertos se refieren a ella de otro modo.

            Quien a mis sesenta y dos años niegue que es un anciano, además de viejo será un necio que no conseguirá engañarse ni a sí mismo, como pretenden quienes ocultan su edad y evitan colgar las fotos que la evidencian en Facebook. Allá ellos. Yo no soy quién para hacerles reproche alguno. Eso sí, está demostrado que asumir la finitud de la vida le hace a uno más feliz porque se disfruta más de lo inmediato al percibir el tiempo limitado. Al menos, eso es lo que sostiene Laura Carstensen, directora del Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford (California).

             A mí, particularmente, me gusta ser un sesentón con creces por esa memoria remota disparada. Entregado a ella, vuelvo a corroborar el acierto de Agnès Varda cuando sostiene que la verdadera dicha es el recuerdo. Estos días lo hago al escuchar las mismas canciones de Léo Ferré que descubrí en mi primer viaje a París, en el verano del año 80, y su evocación me parece más cierta que la realidad. Todo es mucho más apacible de lo que era mi vida entonces. Bastaba con que una chica me gustase y no saber cómo abordarla para sentirme agobiado. Y después las borracheras. Siempre había un motivo para emborracharse. Siendo como fui, apasionadamente joven, nunca imaginé llegar a viejo. Y menos aún todo el gozo que me está procurando haberlo legado.

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Javier Memba Thu, 14 Apr 2022 21:45:00 +0100
Yo también escuché "Dioptría" http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12231/yo-tambien-escuche-dioptria/             Pau Riba y Grabielet -un artista local- eran dos referencias fundamentales en la mitología de la Formentera que yo conocí y viví algunos de los momentos más felices de mi vida. Hablo de aquella isla finisecular, la posterior a la de los hippies. Ya sabía de Riba como el más ácido de aquel rock catalán, el "rock layetano", que fue a llamarse, de comienzos de los años 70. Aún recuerdo a un camarero de la Fonda Platé, uno de mis bares favoritos de mi Formentera, jactándose -hace veintitantos años- de haber sido novio de una chica que fue novia de Pau Riba. Yo nunca conocí ni a aquella novia ni a Pau Riba. Pero sí supe de Dioptría, todo un mito del rock y el underground español -dos referencias fundamentales de mi vida- desde mediados de los años 70. De modo que he acusado la muerte de Riba como la de alguien cercano. Sirvan estas líneas que siguen -extraídas de mi libro Vinilos Rock Español (2009)- a modo de tributo a su memoria:

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            Pau Riba fue uno de los grandes artífices de la ceremonia de aquel tiempo y aquel lugar, que Pau Malvido -evocándolo en una serie de artículos publicados en la revista Star- habría de definir como el de "los alucinados en masa". No en vano fue el ácido lisérgico el principal artífice de esa liturgia. Los comienzos de Riba registran no pocas concomitancias con los de Sisa y los hermanos Batiste. Tras ganar algún concurso de poesía y ser rechazado por Els Setze Jutges, ingresa en el Grup de Folk. Ese mismo año -hablamos de 1967- aparece su primer ep -Taxista / El mati de St. Esteve / Aquest carrera m'és prohibit-. También publicado por Concentric, el año siguiente aparece Els morts de l'any 40 / Noia de porcelana, está última pieza será la primera que llame la atención de los alucinados en masa.

            Aunque la estética de Pau Riba está mucho más cerca del rock ácido de California que de esa chanson francesa que es ley entre Els Setze Jutges, es el eco de los sucesos que están teniendo lugar en París lo que, en mayo del 68, lleva al Grup de Folk a organizar un concierto en el Parque de la Ciudadela de Barcelona. La convocatoria se convierte en uno de los primeros hitos del underground catalán, de la contracultura española y de la larga serie de happenings que Riba, artista tan polifacético como singular, pondrá en marcha. Él mismo será quien en 1978 diseñe el último Canet Rock. Entre medias, han quedado atrás toda una serie de festivales -invariablemente "invasiones de la cochambre" para la prensa del Movimiento-, a imitación del de Woodstock original que tendrá lugar entre el 15 y 17 de agosto del 69. Pau Riba será un artista de presencia obligada en todos ellos. No en vano, es el abanderado de los alucinados en masa, el hippie por antonomasia del siempre vapuleado rock español.

            Buena prueba de esa precariedad, que salvo excepciones agobiará con constancia precisa al rock español, será la peripecia de Dioptría 1 (1969), el primer elepé de Riba. Concebido como un doble álbum que hubiera debido llamarse Dioptría, sin numeración, Concentric, la discográfica que lo comercializa, se queda sin dinero para el lanzamiento y, aunque la carpeta es doble, solo contiene un elepé. Huelga decir que ni el Palau de la Música ni el Liceo de Barcelona consienten en presentarlo. Dioptría 2 aparece en 1970. Ese mismo año, Riba y su esposa, otra hippie mítica, Mercé Pastor, forman una comuna en el Tibidabo. Al socaire del estado de excepción declarado a raíz del Proceso de Burgos, el propietario del piso que habitan los hippies aprovecha para denunciarles y echarles a la calle mediante una intervención policial. Será un apunte más en la leyenda del más alucinado del rock layetano.

            Ahora bien, tras las detenciones de rigor y los fracasos de las primeras grabaciones, Pau Riba partirá Laietana abajo, yendo a instalarse en Formentera. La misma Formentera que en 1967 acogiera a un Bob Dylan anhelante de sosiego y algunos años después a los King Crimson de Islands (1971). Afincado en una cueva en la pitiusa menor -que junto con Ibiza ya es un enclave contracultural internacional de primerísimo orden- el polifacético Riba -además de multiinstrumentista es escritor e ilustrador reconocido- asistirá al parto de sus hijos y grabará al aire libre y con un magnetófono su segundo elepé: Jo, la Donya y el Gripau (1971).

 

 

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Javier Memba Fri, 11 Mar 2022 12:30:00 +0100
Muertos que reviven en la enseñanza media http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12230/muertos-que-reviven-en-la-ensenanza-media/             Que nadie se llame a engaño, aunque Crimen y Parranda, la primera novela de Paco López, un nuevo título de Serie Gong, arranca en un instituto y el propio autor es profesor en uno de estos centros, no estamos ante una de esas intrigas con la enseñanza media como telón de fondo. En mayor o menor medida, dentro del apartado "juvenil", estas piezas también tienen su hueco en esa eclosión que ha convertido el relato criminal en la narrativa social más representativa de nuestro tiempo. Pero Crimen y parranda sólo lo toca tangencialmente.###LEER_MAS###

Lugares imaginarios en una geografía real

            El Colegio San Hilario, donde es asesinado brutalmente Guillermo Pérez Encinas -entre sus compañeros "Tintín"- se encuentra en Campolid. Es ésta una ciudad imaginaria, de una supuesta comunidad autónoma española llamada Pastilla y Peón. Hasta la fonética de los nombres de estos territorios míticos nos invita a ver en ellos un trasunto de Valladolid y de Castilla y León. Este juego, de trufar la realidad con elementos fingidos, será uno de los pilares de esta ficción que, aunque fantástica, tiene fuertes asideros en lo cierto y tangible, en las referencias a hechos, asuntos y lugares verdaderos, existentes.

Calendario revolucionario francés

            En cuanto al tiempo, tampoco parece ser real. Los nombres de los meses son los del calendario revolucionario francés -pluvioso, germinal, ventoso-, y el cómputo de los años, en efecto, parece haberse iniciado en esa nueva calenda que arrancó con la revolución francesa, el 22 de septiembre de 1792 para ser exactos. Toda la historia aquí referida transcurre entre los años 219 y 233. Pero en ellos se hace referencia a sucesos como los graves atentados terroristas sufridos el 11 M en Madrid (2004). Se diría que estamos, pues en un mundo paralelo que interactúa con este.

El achilipú del Big Data

            Dicho mundo imaginario es el de los asesinados convertidos en "apóstoles flamencos", en "flam". Como tantas víctimas de asesinatos que nos presenta la novela gótica tradicional, serían auténticas almas en pena si no tuvieran sus propios asideros a nuestra realidad en objetos tan cotidianos como los teléfonos inteligentes. Aquí el primer flam del que tenemos noticia, Tintín, tras morir vuelve a la vida convertido en una suerte de Golem que desprende una especie de "incienso picante". Así, como a ese ser animado, propio del folclore centroeuropeo, surgido para vengar a los hebreos de las atrocidades cometidas con ellos, nos describe Paco López a Tintín tras el achilipú (la transformación). En efecto, el título de este antiguo éxito de Dolores Vargas, La Terremoto -destacada intérprete de flamenco y rumba catalana en los años 60- sirve al novelista para dar nombre al proceso mediante el que los asesinados de sus páginas vuelven a la vida. En el caso de Tintín, el primero de todos ellos, el prodigio existe merced al Big Data de su Huawei.

Narración polifónica

            Es tanta la fuerza que desprenden las narraciones focalizadas por un muerto -cabe recordar El crepúsculo de los dioses (1950), la célebre película de Billy Wilder- que, siendo ese el caso del primer capítulo de Crimen y parranda, nos creemos que Tintín -este Tintín totalmente ajeno al inmortal personaje de Hergé- va a ser quien nos conduzca a lo largo de todo el relato. No lo es.

            En cierto sentido, Crimen y parranda también es una novela coral. Al menos no está contada por un solo narrador. Cada uno de sus protagonistas nos cuenta su parte de la historia mediante un procedimiento, verbigracia, Absalón Salazar, el inocente a quien se acusará del asesinato de Tintín. Absalón registra para el juez su relato de los hechos en grabaciones en tabletas y demás aparatos, que aún se antojan modernos, aunque ya son de uso común; House, el verdadero asesino, toma el hilo de la narración mediante los distintos asientos que conforman su diario. Y luego está Elmer Mendoza, el jefe de estudios de 2º de la ESO que cursaban Tintín y Absalón.

Crítica implícita

            A veces, los gritos de angustia más desesperados también pueden encerrarse en los cuentos. Elmer, que puede entenderse como el primer narrador de la historia, aunque se nos descubre en el segundo capítulo, en las reflexiones que intercala en su crónica de los hechos, no faltan críticas, más o menos veladas, a un sistema educativo en que los interinos sustituyen a quienes están de baja por depresión. Su escepticismo respecto al alumnado es igualmente notorio.

            A House tampoco le falta crítica en esos asientos de su diario mediante los que se comunica con nosotros. Llamado así porque renquea como el protagonista de la serie homónima, después de haber sido atropellado por una moto cuando no tenía más edad que quienes le han puesto el mote, lo ha ido perdiendo todo, hasta un primer empleo como conserje en otro centro educativo. Cuando le conocemos, su escepticismo ya se ha transformado en odio hacia los jóvenes cuyos mingitorios tiene que limpiar. Cuando se encuentra en ellos con Tintín, obedeciendo a un impulso irrefrenable, lo mata de un hachazo.

            Pero en Crimen y parranda, los muertos resucitan. Es decir, regresan al mundo de los vivos convertidos en flamencos, una suerte de zombis -bastante más inteligentes que los también llamados caminantes- guiados por un afán de venganza antes que por un apetito voraz.

 

            Eso en cuanto al crimen, la parranda podría entenderse como un apocalipsis flamenco, que, una vez vencido en la Tierra, buscará acomodo en Marte. 

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Javier Memba Fri, 04 Mar 2022 06:45:00 +0100
Unas consideraciones sobre Proyecto Brainstorm http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12229/unas-consideraciones-sobre-proyecto-brainstorm/           (Sirvan estás líneas, además del artículo que publiqué el pasado domingo en Zenda Libros, a modo de tributo a Douglas Trumbull) 

          La muerte de Natalie Wood, a quien está dedicada Proyecto Brainstorm (Douglas Trumbull, 1983), recién finalizado el rodaje, no fue una bendición precisamente. Bien es cierto que su belleza de antaño ya estaba tan tocada por la edad como la de Audrey Hepburn en Robín y Marian (Richard Lester, 1976). Pero su fallecimiento en extrañas circunstancias fue toda una fatalidad que perjudicó a su última cinta, aun siendo la filmación totalmente ajena al óbito.

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            Incluso esos planos en scope, que nos refieren la visión de los que miran a través de la Invención, del Proyecto Brainstorn propiamente dicho, dan fe de cierto estigma que obró en el filme. Son, en efecto, una sabia implicación de la pantalla anamórfica en el asunto de la película. Pero debieron ser en Showscan[1] que no en ese scope puro y duro en el que los vemos. De hecho, esa supresión del procedimiento de proyección -que ideó el mismo Douglas Trumbull- de las copias finales de la cinta, parece ser que motivó un proceso legal que también acabó perjudicando a la película.

            Trumbull no fue Edgar G. Ulmer, maldito por Carl Laemmle en persona por un lío de faldas hasta el punto de verse obligado a abandonar Hollywood. Ni el propio Philip K. Dick, que murió sin llegar a ver cómo se le elevaba al rango de Verne o Wells. Pero tampoco es el bendito que hubiera podido ser. Nunca reconocido en su valía -"Una pobre mirada al traspaso de sensaciones de un cerebro a otro", apunta John Clute en su, por otro lado, espléndida Enciclopedia de la ciencia ficción (Ediciones B, 1996) sobre Proyecto Brainstorm- a nosotros, a diferencia de sus detractores -aunque algunos nos sean tan dilectos como Clute-, Proyecto Brainstorm nos parece el auténtico pórtico a la realidad virtual en el cine.

            Sí señor, a nuestro juicio, es en ese golpe en la rodilla que siente Brace (Christopher Walken) en la primera secuencia, aunque lo recibe uno de sus colaboradores, cuando, además de meternos de lleno en el argumento del filme, entra por primera vez en la gran pantalla esa realidad bastarda, que será el gran asunto del género en los años venideros.

            Pocos lo han reconocido. Pero Douglas Trumbull ya debía estar hecho a esas injusticias, habida cuenta de que fue idéntica la suerte corrida por Naves misteriosas, su primer largometraje, datado en 1972, en el que nadie quiso saludar a ese pórtico de la ciencia ficción ecológica que, sin embargo, es.

            La Invención, el Proyecto Brainstorm, es bueno cuando le sirve a Brace, tras ponerse el aparato, para vivir lo que su mujer piensa de él merced a lo que la máquina ha escrutado y grabado en el cerebro de Karen (Natalie Wood) cuando ella se lo ha puesto. Gracias a ello, recuperará su matrimonio y no le hará falta vender su fabulosa casa, en la que "puede enchufarse de todo", según anunciaba a los interesados en la compra.

            La Invención es igualmente buena cuando sirve para experimentar un orgasmo. No hay duda de que el sexo será una de las aplicaciones más lucrativas cuando finalmente se comercialice la realidad virtual y se puedan simular cópulas con las estrellas del porno con la misma facilidad que actualmente se bajan sus fotos de Internet. Pero, así como la masturbación es buena hasta que se convierte en un vicio, la Invención se vuelve perniciosa cuando uno de los colaboradores de Brace se hace un bucle con el orgasmo virtual y se pasa la noche entera reproduciéndolo. A la mañana siguiente se lo encuentran con un colapso. Puede que el orgasmo entrañe tanto placer por su brevedad.

            Pero lo peor es cuando el Ejército quiere hacerse con la Invención. Esa milicia defensora, mostrada por el género en la Guerra Fría, quedó atrás con el pacifismo de los años 60. Ahora la ciencia ficción es antimilitarista y este primer argumento de Bruce Joel Rubin, el futuro guionista de La escalera de Jacob (Adryan Lane, 1990), Ghost (Jerry Zucker, 1990) o Deep Impact (Mimi Leder, 1998), entra de lleno en dicho canon.

            Así que nos creemos perfectamente ese afán anticastrense que inspira a Lillian Reynols. Lo que se hace más difícil es que sea Louis Fletcher, a la que aún recordamos por su creación de miss Ratched, aquella enfermera con trazas de sargento de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), quien la encarne.

            También será Lillian Reynols quien, ya en trance de muerte, decide utilizar la Invención para grabar y dejar para los vivos esa última secuencia en la que, dicen, nos son dados en un carrusel de imágenes los momentos estelares de nuestra existencia.

            Ese tramo final es un misterio y el último aliento, el único libro en que dicho enigma se lee. De ahí que Brace, aguijoneado en su curiosidad tras reproducirse en su cerebro la grabación de Lillian Reynols, aunque esté a punto de pararle su propio corazón durante unos segundos, decida seguir avanzando por ese último camino. Pero las cosas comienzan a complicarse. Uno de los que espían al científico muere en una de las reproducciones. Tampoco faltan episodios psicopáticos entre quienes se aventuran, con la natural curiosidad, a colocarse el aparato.

            Expulsado del Proyecto Brainstorm, expulsado de su Invención, Brace tiene oportunidad de descubrir el kit con el que piensa comercializarse. Ya reconciliado con Karen, ella será su principal ayuda para volver a la fundación en una peripecia similar a la de Kevin Flynn en Tron (Steven Lisberger, 1982). Antes habrán de poner en marcha una farsa. Hay que desconcertar a quienes les vigilan en la residencia, donde el matrimonio goza del "merecido descanso" que ha servido para apartar a Brace de su trabajo.

            De nuevo en la Fundación, tras volver loca la cadena de montaje, Brace volverá a colocarse la Invención y a reproducirse lo último que le pasó por la cabeza a Lillian Reynols. Entonces le es dado ese túnel, que al parecer vemos con nuestro último soplo de vida. Esa poderosa luz que, aseguran, es el preámbulo al abrazo de la Camarada Seca.

            Que la tierra le sea leve a Duglas Trumbull.

 


 

[1] Ideado por el propio Douglas Trumbull, el Showscan es un proceso en wide-screen que aumenta la velocidad de proyección de una copia de 70mm. de los tradicionales 24 fotogramas por segundo, a 60. Es decir, es dos veces y rápido. Con esta fluidez, semejante a la del video, es capaz de procesar una imagen con una resolución mucho mayor, mucho más próxima a la realidad.

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Javier Memba Tue, 22 Feb 2022 17:45:00 +0100
Entre Monterroso y Pessoa http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12228/entre-monterroso-y-pessoa/             El microrrelato es un género en boga que tiene su ejemplo más célebre en El dinosaurio (1959), del guatemalteco Augusto Monterroso. Emilio Porta no llega a ser tan breve, aunque en la segunda parte de Banderas rotas a veces le basta con un párrafo para contar un cuento. En estos relatos reunidos bajo el título genérico del primero, ese Banderas rotas, menudean las sutiles referencias a un sin fin de asuntos.

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Polisemia

            En El dinosaurio -cuyo texto, un simple enunciado, reza: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"- llegan a leerse alusiones al Partido Revolucionario Institucional, conocido como el Dinosaurio tras mantenerse siete décadas en el poder en Méjico. Los relatos de Porta no son menos pródigos en transportes a otros escenarios, ajenos a los descritos. Cabe llamar la atención sobre El juego (pág. 39). Su protagonista viene a lamentarse de la violencia de los videojuegos, y de lo lejanos que se les han quedado a aquellos niños de hace medio siglo, para quienes las consolas tenían "reminiscencias de mueble neoclásico".

Nostalgia

            Estamos ante un texto eminentemente misceláneo. A veces ficción; otras, no tanto. Aquí el lector se encuentra con cuentos como Altagracia (pág. 21). Es ésta la historia de una niña -acaso mejicana puesto que a veces la llaman "chamaquita"- que juega al fútbol tan bien como los niños y, por querer formar en un equipo masculino (los Águilas), perderá aquello que diferencia a las mujeres de las niñas. Pero, con igual deleite, en Banderas rotas también nos sorprende una visión racionalista del juicio final o un apócrifo de Kafka: Subconsciente (pág. 27). Si hay un nexo de unión entre todas las piezas que forman este sugerente y seductor cajón de sastre, además del fino estilo y la alta calidad de la prosa de Porta, esa cópula es la nostalgia. Todas las piezas aquí reunidas rezuman esa melancólica tristeza que procura la ausencia de lo que va dejando atrás el devenir de los días.

La vieja revolución

            Entre las múltiples lecturas que proponen estas páginas, como las de toda la literatura que se precie de serlo, escrutando en esa nostalgia que rezuman, puede llegar a atisbarse el perfil de uno de sus protagonistas. La primera pieza nos habla de la tristeza de un antiguo militante comunista -o simpatizante convencido- en un Moscú navideño, donde la gente consume como podría hacerlo en Nueva York. Suena un Noche de paz interpretado al acordeón, mientras las viejas insignias soviéticas se venden a los turistas, como las bolas y los adornos para el árbol se expenden en cualquier mercadillo navideño del otro lado del antiguo telón de acero.

Un protagonista

            Pues bien, ese antiguo comunista que ya no tiene "más que años" pero aún sigue creyendo en Cuba como si fuera ese paraíso del que nos hablaban los verdaderos comunistas, en su infancia bien pudo haber sido uno de aquellos que jugaban a ser soldados, indios o vaqueros, ladrones o policías en la sexta década del pasado siglo, antes de que empezase a estar mal vista una violencia, en verdad rudimentaria, en comparación con la de los "megacerix, butchers, marcilónagos" y otros pobladores de la videoconsola, que aún le suena a uno de aquellos muebles que aguardaban a los recién llegados a los pisos de cuando entonces. "Mocosos", que se les llamaba que, al crecer, al ser jóvenes, lo primero, lo más urgente, fue rebelarse contra todo. Y no había mayor rebelión que el comunismo.

Nostalgia cinéfila

            Y el cine. Por supuesto, el cine. Esa misma generación tuvo en el cine una buena parte de su educación sentimental. Y a Porta, si verdaderamente es él quien se encuentra tras ese narrador misterioso, que se puede adivinar el protagonista de varias piezas, la gran pantalla le toca más de cerca que al común de sus contemporáneos. Crítico en ejercicio, se detecta por primera vez su nostalgia de la cartelera pretérita -al igual que cierta querencia por el decadentismo- en Ludwig (pág. 30). Éste no es otro que Luis II, el rey loco de Baviera, quien inspiró a Visconti una de sus películas más esteticistas. Porta, tras trasladarnos al lago de Starnberg donde se ahogó el soberano, hace de la célebre secuencia del monarca, yendo a morir en extrañas circunstancias, su propio recuerdo. De idéntica forma reinterpreta a Fred Zinnemann y Carl Foreman -director y guionista, respectivamente, de Solo ante el peligro (1952) en la pieza que, bajo el mismo título, dedica a esta otra cinta. Ahora bien, la nostalgia cinéfila de Porta, no se consuma ni mediante el dato ni mediante la anécdota. Es un acto íntimo.

Pessoa

 

            Y entre la ficción y la no ficción, el cuento y el relato, en un texto tan bien escrito como éste, no podía faltar el homenaje a la gran literatura. Si Banderas rotas, en su capacidad para la sugerencia, puede compararse con El dinosaurio de Monterroso, respecto a su afán de miscelánea cabe otro tanto con El libro del desasosiego (1982) de Fernando Pessoa. Aquí los heterónimos del poeta del Chiado nos son presentados como sus amigos en la pieza dedicada al portugués. Cada uno nos muestra la personalidad que dispuso Pessoa para ellos. Los pocos nombres que da Porta no permiten dilucidar si nuestro autor también ha practicado esos desdoblamientos. Es lo más probable. De lo que no hay duda es de que en su nostalgia también hay algo de la que se percibe en la Lisboa de Pessoa.

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Javier Memba Thu, 10 Feb 2022 13:30:00 +0100
TAUROEMOCION REPITEN EN BURGOS EN 2022 http://www.gentedigital.es/blogs/taurino/16/blog-post/12227/tauroemocion-repiten-en-burgos-en-2022/ Una vez superados los trámites administrativos y mercantiles, la empresa TAUROEMOCION comandada por Alberto García continuará un años más gestionando el coso de El Plantío de Burgos. La última de las dos prórrogas a las que podía optar le empresa, que durante los últimos años ha programado la feria de San Pedro en Burgos, se ha hecho efectiva una vez oídos los informes favorables de los servicios jurídicos del ayuntamiento de la capital castellana. A fecha de hoy poco se puede adelantar en cuanto a carteles pues la situación pandémica que aún sufrimos impide programar cualquier tipo de espectáculo. Sí podemos adelantar, sin embargo, que la feria constará de 5 festejos mayores, cuatro de a pie y uno de rejones y que se desarrollará entre los días 25 y 29 de junio. Se programarán también concurso de recortes, suelta de vaquillas, Gran Prix y algún espectáculo más de los llamados populares.
Aunque se ha especulado mucho sobre la composición de los carteles, lo cierto es que como hemos expuesto más arriba, a fecha de hoy es imposible programar nada pues todo está pendiente entre otras cosas del aforo permitido para esas fechas. Lo importante es que la situación sanitaria mejore y Burgos vuelva a tener una gran feria en consonancia con la categoría de la plaza.
Cañaveralejo
Febrero ´22

 

 

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Cañaveralejo Tue, 01 Feb 2022 16:45:00 +0100
Los cuentos de Stephen King (IV) http://www.gentedigital.es/blogs/javiermemba/65/blog-post/12226/los-cuentos-de-stephen-king-iv/            (viene del asiento del 8.1.22)

          A excepción de los presentados por Victor Halperin en La legión de los hombres sin alma (1932) y Jacques Tourneur en Yo anduve con un zombie (1943), execro de la inclusión del zombi en la galería de los condenados del cine y la literatura de terror -el vampiro, el licántropo, la abominación de Frankenstein- porque estos muertos vivientes me parecen los más carentes de romanticismo de todos los malditos que ha dado el género. Es más, salvo error u omisión, carecen de toda esa base literaria que, en el caso del vampiro y la abominación de Frankenstein se remonta, ¡ni más ni menos!, que al glorioso verano de Villa Diodati.

            Sin más sentido en su condena que morder a los vivos, estos muertos vivientes, que tan prominente lugar ocupan en la pantalla de nuestros días no me parecen más que una disculpa que utilizan los realizadores contemporáneos -no George A. Romero, por supuesto- para dar rienda suelta a su afán de casquería que, a mi juicio, es el primero de los males que padece la ficción de horror en este infausto siglo XXI.

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            El otro mal que envilece al género es el humor. Desde que, siendo un niño, asistí por primera vez a la proyección de una cinta de la Hammer y escuché a unos necios, que por racionalismo se burlaban de lo que debería haberles dado miedo, comprendí que una de las peores cosas en las que puede caer la ficción lúgubre es no tomarse a sí misma en serio. En un vistazo rápido a la literatura de zombis actual, de la que se da noticia en Internet, he podido comprobar que dicho humor menudea en estos relatos, que no son sino bromas de mal gusto y sin gracia.

            Nada más digno y sugerente para el miedo que el romanticismo -recordemos una vez más que la narrativa romántica, en todas las lenguas, básicamente es gótica- y a ese romanticismo nos remite Stephen King en Parto en casa, la duodécima de las historias que reúne en Pesadillas y alucinaciones. Su protagonista, Maddie Pace, es una mujer embarazada durante un apocalipsis zombi. Estamos en el pueblo de Little Tall. No sé si el sitio en cuestión existe, pero volvemos a la costa de Maine, ese Maine que, aunque es su solar natal y un lugar que cualquiera que viaje hasta allí puede visitarlo, en la obra de Stephen King adquiere el carácter de los territorios míticos, como el Yoknapatawpha de Faulkner.

            Mientras los caminantes -que sé que también se llama a los zombis- dan cuenta de su insaciable apetito, el narrador nos habla de cómo la parturienta conoció, y cómo era, su marido. Se nos refiere el enamoramiento en detalles tan elocuentes como la afición de Jack -el nombre del padre del bebé que espera-, a determinados botes de sopa, que Maddi, al saberlo, se apresuró a satisfacer comprando todas las existencias que había en la tienda.

            Y así, con la evocación de esos detalles tan sencillos y racionales, que, empero, constituyen una literatura infrecuente en las historias de zombis, se nos cuenta el día en que Jack perdió la vida en un naufragio. Maddie ya estaba embarazada de él.

            Cuando la epidemia se desata y los muertos que se llevó el mar vuelven de las profundidades, el zombi de Jack regresa a su casa -lo que me lleva a entender que es uno de los pocos muertos vivientes que discurren- su mujer le reconoce y, lo que es más sorprendente, él también la reconoce a ella y no le hace ningún dañor. Maddi ya ha empezado a seccionarle con un hacha cuando cree que él le sonríe. No he leído mucho sobre los caminantes, pero estoy por jurar que Parto en casa es de los mejores ejemplos que haya dado el género.

***

            Otro pueblo de Maine, Willow, sirve de escenario a Temporada de lluvias que a mí se me ha antojado en la estela de algunas piezas de Algernon Blackwood -uno de los precursores de los mitos de Cthulhu- o, quizás, en la Robert E. Howard -uno de los corresponsales de Lovecraft-. Su arranque, un matrimonio de San Luis (Misuri) que arriba Willow, me transporta a uno de esos pueblos misteriosos a los que nos trasladan varios relatos concernientes a los mitos.

            Eso de un matrimonio que tras un viaje en coche llega a un lugar maldito -cabe recordar ¿Sabes? Tienen un grupo de la leche- parece ser un tema recurrente en King. Considerando que el maestro lleva más de cincuenta años casado con la también autora de novelas fantásticas Tabitha King, seguro que eso del matrimonio que llega a un escenario misterioso es mucho más que un tic en el largo aliento narrativo del de Maine.

            En esta ocasión, John y Elise Graham, los protagonistas, son advertidos en una tienda extraña y ominosa de que pasen la noche fuera del pueblo porque en Willow, cada siete años, el diecisiete de junio lleven sapos. En efecto, desde que han llegado, a los Graham les parece que flota en el ambiente una amenaza de lluvia. Eso sí, no creen que vayan a caer sapos como les anuncian los lugareños.

            Sin embargo, eso es exactamente lo que sucede. Tengo entendido que esto es menos fantástico de lo que parece. Dadas las circunstancias -cierta combinación de las lluvias torrenciales con aires calientes-, pueden producirse vientos capaces de llevarse volando plantas y pequeños animales como sapos. Seres que, incluso sin caer del cielo, por repugnantes, ocupan un lugar prominente en el imaginario del miedo.

            Ahora bien, en esas noticias que se dan de lluvias de ranas y sapos, no creo que dichos batracios fueran carnívoros, tal es el caso de los que caen en Willow, ni tantos. Lo cierto es que, aunque los visitantes -ya instalados en la casa que han alquilado para pasar el verano-, buscan refugio en el sótano, la legión de sapos -que cubre por completo el pueblo hasta hacer que desaparezcan sus casas y el contorno de sus edificios- acaba por comérselos.

            Cuando, con el nuevo día, tras una ligera descomposición desaparecen los anfibios, los lugareños que advirtieron a los Graham recuerdan que, cada siete años, siempre sucede lo mismo: llegan unos forasteros, ellos les advierten que no se queden en el pueblo, pero los visitantes nunca se lo creen, se quedan a pasar la noche fatal en Willow y nunca más se vuelve a saber de ellos.

***

            No acaban de convencerme los escritores ajenos a la nostalgia. Dicho de otra manera, quienes se muestran indiferentes a lo que va dejando atrás el paso del tiempo, pueden interesarme por otras cuestiones -la intriga, la teoría, la exposición del asunto-, pero esa añoranza de lo perdido, aunque el texto en cuestión verse sobre otra cosa, a mi juicio, está por encima de cualquier otra consideración. Diré más, en mi escala de valores particular, los escritos construidos en base a la melancolía, ya sea manifiesta o latente, tienen ganado un elevadísimo tanto por ciento.

            Adentrándome en Pesadillas y alucinaciones -que, aun sin haber leído las otras, basándome en la abundante documentación que consulto sobre la narrativa breve del de Maine, se me antoja su mejor recopilación de relatos- compruebo con satisfacción como King también es un nostálgico. Del rock y cierto cine, es evidente. Pero también de innumerables aspectos de la cultura popular: marcas de productos, espacios televisivos, publicaciones. Sin ir más lejos, en la introducción nos descifra una de las claves de su fantasía en torno a una revista, Ripley's Belive It or Not! -una suerte de Selecciones de Reader's Digest sobre hechos insólitos-, lo que ya implica esa nostalgia a la que me refiero.

            En los relatos propiamente dichos, es evidente en Es algo que llega a gustarte y, aún más, en Mi bonito poni. Aquí se nos refieren los consejos que Clive, el protagonista, recibe de su abuelo el día que éste le regala un reloj y, entre otras cosas, le advierte que el curso del tiempo es algo totalmente ajeno a lo rápido que cuente su paso uno.

            En realidad, no soy nada de las consejas del abuelo, a no ser que éste sea un sabio y lo son muy pocos. El de Clive Baning es un tipo que ni siquiera es capaz de dejar de fumar -aprovecha para hacerlo mientras se encuentra a solas con su nieto-, lo que ya nos demuestra su necedad. Aun así, hay algo de verdadera injundia, más allá del saber vulgar, cuando empieza a referir con sencillez lo lento que nos parece el paso de los días cuando somos niños y estamos en el colegio.

            Después -mientras King, con una de sus brillantes comparaciones, nos lo describe como si fuera el pastor de la iglesia del pueblo, si dicho religioso supiera en verdad cómo es Dios en lugar de suponerlo-, su abuelo le habla a Clive de esa época de la vida en que el tiempo equilibra su paso. Él la cifra en torno a los catorce años, "cuando las dos mitades de la especie humana -el traductor escribe "raza", pero a mi me parece más apropiado especie- comienzan a conocerse". O lo que es lo mismo: cuando comienzan los juegos galantes. A ese tiempo, cuyo paso y la percepción de éste se equilibra, el anciano llama "Mi bonito poni". Finalmente está "el tiempo del dolor", ese tiempo que se acelera cuando uno se hace viejo.

            A mis sesenta y dos inviernos, tengo que reconocer que ese tercer tiempo es el mío desde hace ya varios años y aplaudir, con todo el entusiasmo que merece, esta pieza en la que el maestro de Maine describe con tanto acierto y tanta nostalgia, los consejos que Clive recibe de su abuelo la última vez que lo ve con vida.

 

            Execro de los zombis, de los graciosos y de quienes sin ser sabios dan consejos. Pero ante los relatos de Stephen King siempre me descubro y me rindo.

(continuará)

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Javier Memba Fri, 28 Jan 2022 23:00:00 +0100