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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

La quiniela de los Oscar

Archivado en: Oscar, Cine

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Este año no son cinco, sino diez, las candidatas a mejor película en la ceremonia de los Oscar que se celebra hoy de madrugada. Ganará seguramente una de las peores, como suele ser habitual, de modo que si me desahogo ahora, antes del veredicto, lo haré con menos ira y menos mal humor.

Avatar, de James Cameron, es la gran favorita. Uno de los productores dijo, al parecer, que habían tardado diez años en hacer la película y quince días en escribir el guión. Seguramente es una más de las declaraciones encaminadas a hacer bulla y vender la película, aunque sea denigrándola, pero la verdad es que resulta particularmente sincera. Ñoña, cursi, trivialmente violenta, con un ecologismo de manual de boy scout y con un dibujo de personajes propio de culebrón venezolano. Ni una gota de ironía ni una gota de literatura. En 3D, eso sí. Si nadie lo remedia, engordará la lista de las mejores películas ignominiosas.

The Blind Side, protagonizada por Sandra Bullock, es también una película ñoña. Pertenece a un subgénero muy del gusto estadounidense: la superación personal. Un negro gordo y asocial es acogido (inverosímilmente) en una familia de ricos que le dan el afecto y los medios que necesita para triunfar. El negro deja poco a poco de ser asocial (gordo no, pero con su agilidad eso es una ventaja en el football americano, donde brilla) y logra que las universidades se disputen su ingreso. El conflicto que surge entonces es casi fallero, pero permite que afloren los buenos sentimientos y que el llanto de corazón esté servido. Sería una broma increíble que pudiera ganar.

Es una alegría que District 9 esté entre las finalistas. Antítesis de Avatar, es una película en la que, al modo clásico, la ciencia ficción no se usa para contar una historia de indios y vaqueros, sino para hurgar en el futuro y en la moralidad de las sociedades en las que vivimos. Los extraterrestres no son en este caso malos ni buenos, sino simplemente distintos. Y justamente por ello sufren la persecución y el extrañamiento. No va a ganar, pero es bueno que esté en la final.

An education tiene un par de torpezas de guión, pero es una película sobresaliente. Resulta asombroso que hoy, en 2010, cuando todo está ya dicho, podamos ver una película o leer un libro que, hablando de lo mismo una vez más, nos parezcan casi nuevos.An education An education habla de la educación sentimental de una niña que, en los años sesenta, sueña con vivir intensamente, con comerse el mundo, con cometer todos los excesos de la juventud al precio que sea. Estúdiese en las escuelas de cine cómo se consigue que en cada momento adoptemos el punto de vista emocional de la niña: cuando enaltece la vida y cuando moraliza, al final. Una película triste, desengañada, que debería ganar.

The Hurt Locker (que en España se ha traducido por En tierra hostil) no me gustó demasiado. Es la otra gran favorita, y su directora es la ex esposa de James Cameron, de modo que en la apertura del sobre habrá también una rivalidad de alcoba. Cuenta el trabajo de una patrulla de desactivación de bombas en la guerra de Irak. El horror, la brutalidad, la fatalidad del destino. Las miserias de la guerra. La locura que trae. Todo eso está en sus fotogramas. Pero le falta emoción, carne, corazón. Es una película fría que probablemente quiso ser fría. A mí esa distancia intelectual entre el narrador y lo narrado me aburre. No me escandalizaría que ganase, pero no debería hacerlo.

Malditos bastardos es cine en estado puro. Es quizás el mejor Tarantino. Imágenes que cortan la respiración, que abruman. Sólo la primera secuencia bastaría para darle el Oscar. No escamotea el salvajismo visual de sus películas, pero su mayor violencia es la que se siente, no la que se ve. El campesino que tiene bajo sí a una familia judía y va siendo presionado por el oficial nazi, o la escena en la que éste conversa en el restaurante con la joven judía, masticando sonoramente los bocados de su tarta, son secuencias antológicas. Y además muere Hitler. ¿Quién, sino Tarantino, podría atreverse a hacer todo esto?

Precious pertenece al mismo subgénero que The Blind Side, y, como ella, ‘está basada en hechos reales'. Hay que ver los hechos reales tan lamentables que tienen los estadounidenses y el partido que les sacan. La película es convencional: está hecha con el tiralíneas de los modelos hollywoodienses. Pero está muy bien hecha. No inventa nada (no da la vuelta, como An education, a algunos tópicos), pero lo que cuenta lo cuenta sin flaquear y sin avergonzarse. Se le va la mano en el efectismo, quizá, pero yo, que tengo un corazón sensible (aunque trate de disimularlo ante ustedes), me conmoví. Podría ganar, y no habría lamentos.

A serious man, la última de los Coen, es a mi modo de ver una solemne tontería. No es ni carne ni pescado ni verdura. A lo mejor si fuera judío habría entendido cosas que no he entendido y le habría sacado más jugo, no lo descarto, pero habida cuenta de la imposibilidad de contar ya con ese bagaje, me pareció una banalidad colosal. Los Coen son célebres por dar una de cal y otra de arena. Ésta es claramente de arena, y no entiendo qué hace entre las mejores películas del año. En cualquier caso, no ganará.

Up, la película de animación de Pixar, ha conseguido colarse en este top ten. No es la mejor película de Píxar, pero es una buena noticia que se vayan rompiendo las barreras. La primera mitad es excelente. En la segunda se ven demasiadas deudas narrativas con Disney: la película se infantiliza sin remedio y se pierde esa fascinante creatividad que suele acompañar a los chicos de Píxar. Ganará sin duda en el apartado de Mejor Película de Animación, en el que también está nominada.

Y por último, la décima, mi otra bestia negra: Up in the air. Es verdad que ha gustado a espectadores de todo tipo, pero a mi modo de ver eso sólo muestra los grados de alienación mental a los que estamos llegando. La idea de un hombre que vive casi en los aeropuertos, que se dedica a despedir empleados de empresas ajenas y que ve amenazado su trabajo por una jovencita que ha descubierto la posibilidad de hacer eso mismo a través de ciberconferencias, son excelentes puntos de partida. Pero la película enseguida empieza a deslizarse por el más putrefacto y trillado basural de tópicos cinematográficos. El soltero de oro de repente se enamora sin que sepamos a qué se debe el cambio (porque chicas como ésa ha debido encontrar a cientos antes). No sólo se enamora, sino que lleva a su supuesta novia a la boda de su hermana. (La escena en la que el novio de la hermana se arrepiente de la boda y Clooney tiene que ir a convencerle debería estar en cualquier antología de aberraciones cinematográficas). El tramo final de la película no voy a comentarlo por respeto a los que no la hayan visto, pero es difícil acumular en tan poco metraje tantas incoherencias, tantos tópicos y tantas estupideces. No se sabe por qué él hace, no se sabe por qué ella no le dijo, no se sabe por qué él no la avisó. En fin, sería terrible que ganara.

La cinta blanca

En la categoría de actor hay tres merecidos ganadores: George Clooney, Jeff Bridges y Morgan Freeman, aunque mi favorito es éste último. Sin haber visto la película por la que Helen Mirren es candidata, mi elección para la mejor actriz es Carey Mulligan, que en An Education lo borda. El guión adaptado podría ganarlo cualquiera menos Up in the air, pero An Education o Precious serían buenas elecciones. El guión original debería llevárselo de calle Malditos bastardos. (En esta categoría aparece como candidato uno de los peores guiones que yo he visto filmados últimamente: The messenger). De las candidatas a Mejor Película Extranjera sólo he visto cuatro de las cinco. La teta asustada me aburrió sin pausa. Las otras tres -El secreto de sus ojos, de Campanella, Un profeta y La cinta blanca- son excelentes. Pero sería impensable que no ganara Haneke.

Pasen y vean.

Publicado el 7 de marzo de 2010 a las 12:45.

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Para no dar crédito

Archivado en: Cine

Estoy seguro de que alguna vez, viendo una película, se ha enamorado usted de un muchacho desconocido que hacía un papel secundario. O de una chica monísima a la que nunca antes había visto en la pantalla pero por la que dejaría de inmediato a su mujer, si tuviera la oportunidad. Estoy seguro también de que en alguna ocasión se ha puesto a llorar conmovido en medio de la sala de proyecciones al escuchar una de las canciones de la banda sonora de la película. O de que ha decidido vender su casa esa misma noche y mudarse a vivir al pueblecito pintoresco en el que han sido filmadas alguna de las secuencias del film.

En todas esas ocasiones, al acabar la película se ha quedado clavado en la butaca tratando de ver cómo se llamaba el muchacho guapo, quién interpretaba la canción o cuál era el pueblecito. Pero su intento normalmente ha sido vano, pues los títulos de crédito de la película, a los que usted mira con una atención desmedida para que no se le escape lo que busca, pasan en rodillo a toda velocidad. El reparto corre como una bala de abajo hacia arriba, y usted, a pesar de que tiene una vista vigorosa, no alcanza a discernir si el postman se llamaba John Rushmore o Brad Taylor. El empeño se vuelve heroico si, por lujuria o por pura curiosidad cinéfila, quiere fijarse en el nombre de dos actores, el postman y la second floor neighbor: cuando ha reparado en uno ya se le está marchando la otra en la pantalla.

Ojear las canciones, que es lo que a usted más le interesaba, pues son tan hermosas que está deseando comprárselas o bajárselas con el emule para escucharlas con deleite, es una tarea imposible, quimérica: usted descubre que han sido maquetadas a dos columnas, que pasan en la pantalla de dos en dos, sin freno ni ralentí y emparejadas desigualmente, de modo que el intérprete de la canción izquierda está a la altura de la compañía discográfica de la canción derecha.

Cuando las luces se encienden, usted sale de la sala sin saber cómo se llama el chico del que se ha enamorado -cosa siempre dolorosa- y repitiendo sin pausa la melodía de la canción que le gustaba para tarareársela en los siguientes días a todos sus conocidos en busca del milagro de que alguien la conozca. A cambio, ha podido enterarse, eso sí, del nombre de la ayudante de maquillaje, de los carpinteros de los decorados, de los electricistas, del adiestrador del caniche en la escena del parque, del que le llevaba los cafés a Susan Sarandon durante el rodaje, del conductor del camión que trasladó los muebles y del banco que prestó el dinero para la producción (o incluso de la identidad exacta del director de la sucursal en la que se negoció efectivamente el préstamo).

Usted, que es un hombre culto (o sabihondo, da igual), saca un libro que llevaba en el bolsillo para leer en el autobús de camino al cine, y busca en sus páginas de delante o de detrás los nombres del auxiliar de imprenta, del maquetador del texto, del corrector, del conserje de la fotomecánica o de la peluquera del autor, pero no los encuentra: ni rastro. Ni siquiera viene el nombre del editor. Es verdad -se dice usted reflexivamente- que un libro se cierra y se pone en el estante sin otro tránsito: no hay que encender luces, ponerse el abrigo, comentar con los compañeros de sesión -con esa mujer a la que va a abandonar pronto por amor a la actriz secundaria- y salir de la sala. Pero usted se pregunta, con un cierto enfado, por qué no podían los productores haber gastado todo ese tiempo en mostrar detenidamente los datos de la película que le interesan a un espectador normal. Camina durante un trecho cavilando, irritado. Y de repente, al cabo de un rato, se da cuenta con tristeza de que se le ha ido de las mientes la melodía de la canción, que ya no se acuerda, que no podrá repetírsela a nadie al día siguiente. Y comienza a silbar los acordes de Candilejas, que es la música que, por pegadiza, se le quedó grabada en su infancia. Por azar se le viene a la cabeza el nombre de un técnico de iluminación: Donald Pickering.

Publicado el 9 de febrero de 2010 a las 23:45.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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