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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Aquí está el espectro

Archivado en: Philip Roth, Literatura

A mediados del mes de agosto del año que acaba de terminar, mientras dormitaba, recibí un sms de Miguel Munárriz -amigo y hombre sabio- preguntándome si había leído la novela de Philip Roth Sale el espectro. Le respondí que no la había leído. "Me recuerda mucho a ti", me escribió. Como Axier, mi marido, es fan de Philip Roth, la novela estaba en las estanterías de casa. La ojeé y comencé a leerla enseguida, sin haber terminado el libro que tenía entre manos: me picaba la curiosidad de saber qué había de mí en esas páginas.Philip Roth

Sale el espectro cuenta la historia de un hombre anciano -Zuckerman, el espejo del propio Roth- que regresa a Nueva York  para revisar su próstata cancerosa y buscar un tratamiento que le permita vivir sin llevar pañales. Zuckerman ha vivido desde hace años en un pueblecito apartado, y ahora, al volver a Nueva York, a la ciudad en la que son posibles todos los prodigios, a la capital del mundo, comienza a sentir de nuevo el hormigueo de la vida. Por azar, se cruza con una ex novia de Lonoff -un escritor ya muerto al que admiró en su juventud- y con un joven lechuguino que está escribiendo la biografía póstuma de ese Lonoff para rescatarle de su olvido. Se cruza también con un matrimonio joven de escritores que desean intercambiar durante una temporada su casa de Manhattan por una casa rural tranquila en la que poder escribir sin agobios, y, en el trato con ellos, se va enamorando perdidamente de la mujer, envolviéndose en ensoñaciones eróticas que su próstata tullida no podrá cumplir. Zuckerman, por fin, se ve envuelto en el ambiente de la campaña electoral para la reelección de Bush en 2004: las grandes palabras, las ideas graves, el compromiso.

Todo es muy tentador para Zuckerman. Las luces de Nueva York le deslumbran y, con la coartada del tratamiento médico, decide regresar durante un año a la ciudad, intercambiando su casa con el matrimonio de escritores. ¿No es tentador volver a amar a una mujer joven que tiene los senos duros y que habla con labios sin cuartear? ¿No resulta gratificante discutir con los sabios y con los prominentes, codearse con los prebostes? ¿No es sublime contribuir al logro de la Libertad y desterrar por propia mano a los caudillos? La vida: el bullicio de las calles, el relumbro del trato social, la seducción de la carne, la lucha por la justicia. Lo que tuvo y ya no tiene.

Pero poco a poco, en apenas unos días, Zuckerman se da cuenta de que todo es una gran impostura. De que quienes le rodean sólo son majaderos. De que las llamas de aquella hoguera son, como lo fueron antes, sólo de vanidades. Se da cuenta otra vez de lo ridículas que son las ambiciones de los hombres: se imagina a sí mismo quitándose los pañales de anciano para amar a esa mujer de treinta años; se imagina al lechuguino, envanecido, dando conferencias sobre Lonoff en cenáculos de iniciados; piensa en la imbecilidad del arrebato político, en la impotencia que hay detrás de cada énfasis. Se da cuenta, en suma, de que todo eso que le ha deslumbrado durante un instante, la vida bullente de Nueva York, no le devuelve la felicidad, sino el malestar. Se da cuenta de que todo eso es solamente el oropel con que tratamos de olvidar que la vida y nosotros mismos somos poca cosa: hombres que se mean en los pantalones.

Zuckerman en Times Square, el centro del infierno. La fotografía es de Marta Sanz.

Zuckerman en Times Square, el centro mismo del infierno. La fotografía es de Marta Sanz

Tenía razón Munárriz: Sale el espectro habla de mí. Estoy en vísperas de cumplir 48 años. Mi próstata, aunque ya sin el vigor juvenil, funciona convenientemente. La política -la alta y la baja, la parlamentaria y la de mi patio de vecinos- me fascina. Me enfrento a casi todo lo que hago con un entusiasmo exaltado, converso con los demás de cualquier nadería con el ardor de las riñas de taberna. Y si pudiera irme a vivir un año a Nueva York me iría sin dudarlo. Pero esa pasión, que antes era rejuvenecedora y fértil, ahora es patógena. Ya no me estimula: me enferma. Mire para donde mire (incluso si miro a un espejo) sólo veo pánfilos llenos de vanagloria, mentecatos fastidiosos o imbéciles dañinos. La ancianita que da codazos en la cola del supermercado, el peluquero que me cuenta su vida mientras me tiene inmóvil en la silla de barbero, el escritor borracho que pontifica sobre la fragmentareidad de la nueva novela, el vecino que escucha los discos de Lady Gaga a volumen de discoteca, el compañero de oficina que me envía espontáneamente las fotografías de sus vacaciones, la señorita que me pone el cigarrillo encendido en la punta de la nariz mientras espero el autobús, el taxista que me desmigaja su sabiduría política.

El infierno, indudablemente, son los otros. Y yo he empezado a hacer planes ya para comprar, con mis ahorros, una isla desierta. Allí me quedaré sin material para escribir un blog, pero el hígado no se me inflamará tanto.

Publicado el 1 de enero de 2010 a las 12:00.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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