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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Haikus japoneses, coda final: Españoles en el mundo

Archivado en: Japón, Turismo, Españoles, José Manuel Soria

España es un país con fama de paleto, y la fama desgraciadamente no es demasiado injustificada (baste ver los niveles de lectura, de compra de prensa escrita o de asistencia a determinados espectáculos culturales). España es además un país en bancarrota, un país en el que la deuda privada (no la pública, aprovecho para repetirlo) es desorbitada, lo que quiere decir, en román paladino, que los ciudadanos se han gastado anticipadamente sus ingresos del futuro. España, en fin, tiene al 25% de su población en paro.
Axier

¿Cómo es posible, con un retrato así, que los cuatros confines del mundo estén llenos de españoles? ¿Cómo es posible que seamos la primera potencia exportadora de viajeros (nombre honorable) y de turistas (nombre desacreditado)? Desde hace años, allá donde voy, desde la Patagonia chilena hasta el Extremo Oriente, pasando por Siria, Centroeuropa o Colombia, voy encontrando una disputa reñida entre españoles e italianos en ese liderazgo turístico. A buena distancia, los franceses (aunque en algunos destinos despuntan algo más). Más lejos, casi inapreciables, los alemanes. Y ni rastro de británicos. Los estadounidenses, con sus modos, también tienen presencia. Y los rusos son un claro valor en alza.

No consigo entenderlo. Viajar es una de las actividades más placenteras, más enriquecedoras culturalmente y más caras. Es decir, todo lo que el perfil de la Marca España contradice. Ya lo ha dicho este verano el ministro Soria (otro del Gobierno de los mejores): los españoles viajan demasiado al extranjero, y no deberían, habiendo como hay cosas tan bonitas en España. ¿Para qué irse a Japón, como yo, sin haber estado nunca, por ejemplo, en Huelva?

Pero, ministros iluminados al margen, ¿hay alguna explicación razonable?

 

Publicado el 14 de septiembre de 2012 a las 18:45.

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Haikus japoneses V: La responsabilidad y el autocontrol

Archivado en: Japón, Seguridad, Responsabilidad

Los japoneses tienen también fama de responsables, honestos y entregados a la colectividad. De respetar las normas por algo parecido al Imperativo Categórico kantiano: porque así debe ser. Durante el terremoto del año pasado, no hubo ni un saqueo, ni un solo robo, cosa impensable en cualquier otro país, del primer o del tercer mundo.

Por eso sorprende la sobreabundancia de control casi policial en algunos ámbitos. Colarse en el metro o en los trenes es absolutamente imposible, por ejemplo. Hay que meter el billete por el torno al entrar y al salir. Además hay vigilantes en casi todas las salidas (que son infinitas). Y por si acaso quedaba alguna posibilidad, hay cámaras apuntando. ¿Por qué todo este despliegue para una sociedad convencida o sumisa? ¿O van sólo a la caza de turistas?

 

Publicado el 11 de septiembre de 2012 a las 23:00.

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Haikus japoneses IV: Los superjobs

Archivado en: Japón, Trabajo, Mercado laboral

La vida de un turista es muy limitada. Usa los transportes, visita las atracciones turísticas de todo tipo (no sólo monumentos), hace compras y come en restaurantes. No va a fábricas ni visita las escuelas. No entra en oficinas. Por eso es imposible llevarse una visión cabal de algunos aspectos del país, salvo, como siempre, preguntando o leyendo, cosa que se podría hacer sin viajar.

Con estas limitaciones preventivas, debo decir que resulta llamativa la estructura laboral de Japón. Recuerdan ese modelo soviético en el que al pie de cada escalera mecánica del metro había una garita con una empleada cuya única misión era vigilar y avisar si se estropeaba.
Uno tiene la idea de que Japón usa poca mano de obraMercado y de que la productividad es muy amplia. Sin embargo, las áreas que quedan a la vista del turista desmienten esto. En cada andén de ferrocarril hay varios ferroviarios con sus banderines y sus libretas. En el metro, a pesar de la mecanización, existen abundantes empleados que vigilan, revisan y pasean. En los autobuses hay conductores y a veces cobradores. En cualquier obra callejera hay cuatro alrededor de un hoyo. En los restaurantes, en los comercios, hay en ocasiones más dependientes que clientes.

¿No dicen que las sociedades ricas deben ir abandonando la mano de obra? ¿Por qué Japón es rico? ¿Cómo se puede rentabilizar toda esa mano de obra que, además, tiene sueldos decentes? Japón es así.

Publicado el 6 de septiembre de 2012 a las 18:00.

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Haikus japoneses II: Las mujeres y el amor

Archivado en: Japón, Mujeres, Relaciones de Pareja

Máscaras

Quizá Japón sea el único ejemplo de sociedad moderna, económicamente avanzada, en el que el machismo campea por sus fueros tan desvergonzadamente. Conocimos a una mujer de mediana edad que trabajaba sólo dos días por semana porque a su marido no le gustaba que lo hiciera. No tienen hijos, de modo que ni siquiera existe el reparto de tareas tradicionales. Los fines de semana, él, amante de los trenes y de viajar, se levanta, avisa de cuándo volverá y se va.

Yurico, en cambio, es española de padre japonés. Se fue hace cuatro años a vivir a Tokyo. Sus rasgos son perfectamente japoneses. Cuando hace unos años alquiló un piso, discutió con el arrendador. A raíz de algún desacuerdo menor, ella hizo valer sus derechos y levantó un poco la voz en la disputa, como la habría levantado cualquier española medianamente asertiva. El arrendador, entonces, la detuvo y le dijo: "Por favor, sea usted un poco más japonesa".

Es Yurico quien me cuenta que el amor, en Japón, es como una empresa. Ella es psicóloga y hace terapia de parejas, o algo parecido. El amor, en aquel lejano oriente, es sólo un pequeño ingrediente, un estímulo secundario, que, además, se sabe que tiene fecha de caducidad. Los novios acuerdan casarse porque creen que juntos les va a ir mejor en la vida, porque complementan sus fuerzas o sus capacidades. Y el vínculo que se establece es parecido al que uno establece con su empresa (sobre todo en ese país, donde la fidelidad laboral es casi inextinguible). Por eso ese "compartir la vida", tal como lo entendemos nosotros, no tiene sentido. Cuando se agota el amor romántico (como cuando se agota la vocación profesional), uno sigue en la brecha. Poniendo la distancia que sea pertinente. No hay por qué pasar tiempo juntos, no hay por qué viajar juntos, no hay por qué compartir gustos o aficiones: lo que se comparte es un sentido mayor. Lo explico mal porque lo entiendo mal. Pero así es Japón.

 

 

Publicado el 31 de agosto de 2012 a las 19:00.

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Haikus japoneses I: El Mundo del Futuro

Archivado en: Japón, Tecnología, Progreso

TokioEn Japón todos los cuartos de baño tienen un retrete tecnológico, con un descargador de agua que te dispara agua tibia para lavarte las partes íntimas o con un termostato que regula a voluntad la temperatura del asiento para que las nalgas no se enfríen; pero es difícil encontrar un grifo con monomando. El Japón todo el mundo tiene teléfono móvil y lo usa para hablar, leer, consultar internet o ver la televisión, pero los modelos hegemónicos, con tapa, pantalla pequeña y desprovistos de cualquier tactilidad, parecen provenir del siglo pasado. En Japón el consumo es una de las tareas preferidas en el tiempo de ocio, pero en muchas tiendas o restaurantes no se puede pagar con tarjeta de crédito. En Japón inventaron el tren de alta velocidad (el tren bala), pero ahora esos trenes son AVES en versión descuidada. En Japón el gasto energético es extremado, pero los cables de alta tensión lucen por las calles, colgados de los postes y entrelazados con retorcimientos imposibles. En Japón todo está informatizado, pero en los puestos de información de los ferrocarriles los empleados usan todavía gruesas guías de timetables desgastadas.

Publicado el 26 de agosto de 2012 a las 18:00.

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Los palillos de Oriente

Archivado en: Japón, Cubiertos, Palillos, Etnocentrismo

Me voy de vacaciones a Japón para no reconocer nada de lo que veo: calles distintas, idioma incomprensible, rótulos ilegibles, comida diferente... Necesito olvidarme de Occidente y en concreto de España. Lamento, en este momento, la invención de Internet, porque por su culpa seguiré teniendo noticias regulares de Rajoy y de Cristóbal Montoro. Pero la felicidad perfecta, como sé hace tiempo, no existe.

Para preparar este viaje estoy leyendo libros japoneses, historia japonesa y guías de Japón. Uno de esos libros (un clásico) es Elogio de la sombra, de Tanizaki, que da vueltas una vez más al asunto del etnocentrismo y de las influencias de unas culturas sobre otras. Todo esto me coincide preparando un proyecto editorial de un exministro (del PP) que hablará justamente de los nuevos rumbos que tiene el mundo y del desplazamiento del centro de gravedad hacia Oriente.

Palillos

En esta tesitura, acomplejado como siempre por mi mirada etnocéntrica y por mi soberbia occidental, he caído en el error melancólico de creer, con convencimiento casi ontológico, que los cubiertos son mejores que los palillos. ¿Qué quiere decir "mejores"? Más cómodos, más versátiles, más limpios, más ambiciosos.

No sólo me manejo bien con los palillos sino que me divierte comer con ellos (ocasionalmente, claro). Hago esta advertencia para que nadie piense que lo que me mueve es el resentimiento del torpe, que, como la zorra con las uvas, abomina de todo aquello que no puede dominar. No es el caso. Y sin embargo, por más vueltas que le doy, por más humildad occidental que trato de poner en mi juicio, no consigo desprenderme de la idea de que los cubiertos son tecnológicamente superiores, desarrollos avanzados que permiten cumplir más eficazmente la misión para la que fueron creados.

Hay una cosa cierta e indiscutible: lo importante no es la eficacia, como tantas veces defiendo, sino la justicia o la felicidad. Por eso la tecnología, que a veces nos hace la vida más fácil -trinchar un filete en la mesa, sujetar un puñado de guisantes o apurar un cuenco de arroz sin llevárnoslo a la boca, por ejemplo-, no nos concede per se lo verdaderamente sustancial: una comida exquisita. Que se lo digan, sin ir más lejos, a los británicos, cuna de Occidente y poseedores de cuberterías paradigmáticas.

 

 

Publicado el 30 de julio de 2012 a las 18:30.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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