Jiménez Lozano

buscando un amo

 

 

Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, sentenció Ortega. Algunos sí lo saben. Se diría que el periodista que siempre ha sido Jiménez Lozano se ha tomado esa difícil tarea explicativa como un reto muy personal. “Buscando un amo” nos brinda una antología de sesenta textos publicados desde el año 2000 en periódicos españoles. Un estupendo mural impresionista de los tiempos modernos y posmodernos, con su nihilismo lúdico y sus deconstrucciones, con sus caras más problemáticas y sus raíces.

 Estamos ante un diagnóstico en toda regla, necesariamente interesante y sorprendentemente ameno, pues nunca falta la anécdota sabrosa, la lección de historia antigua o reciente, el escorzo de un personaje atractivo, la ironía benévola… Ahora que abundan los alumnos y escasean los maestros, estos sesenta artículos son otras tantas lecciones de civilidad, pequeñas solo en extensión, profundas y permanentes en su contenido.

 Jiménez Lozano gusta de interpretar el presente a la luz del pasado. Convoca para ello a Homero y Lao Tse, a Carlos V y Adriano de Utrecht, Alarico y Napoleón, Lenin y Stalin, Mao y Hitler, Rousseau y Bartolomé Carranza, Horacio y Cervantes… Después, por el puente de la comparación nos habla de la decadencia de Europa, se ríe de la palabrería posmoderna, denuncia la tiranía de lo políticamente correcto y su pensamiento único, desenmascara imposturas del arte actual, lamenta la torpeza de nuestros planes de estudio…

 

Algunas frases

 Me parece oportuno añadir, pensando en los lectores que no conozcan a Jiménez Lozano, que es probablemente, entre los escritores españoles en activo, el intelectual con más enjundia. Dice, entre otras cosas:

 La enseñanza antigua daba una gran importancia a la poesía porque aportaba el conocimiento necesario, a través del fulgor de la belleza, sobre la realidad del mundo y la frágil y perversa consistencia de la condición humana. Pág. 58

 Dramática necedad de las pedagogías y las campañas de lectura, que proclaman que lo importante es leer, sin que importe lo que se lea. Porque lo cierto es que siempre somos hijos de una palabra oída o leída, e importa absolutamente todo qué clase de palabra sea. 138

 Diderot dijo con todas las letras que Rousseau era “un bandido”, y Voltaire aseguró que no solo debían ser quemadas sus obras, sino que él mismo debía desaparecer con un castigo capital. Así que, en realidad, solo la posteridad, y especialmente nuestro mundo, parecen haber comprendido a este señor como resumen de bondades y maestro y espejo de educadores, aunque él llevó a sus hijos a una inclusa para que se los educasen los demás. 140

 La liquidación de la civilización occidental podemos simbolizarla en la honorabilidad artística que adquiere cualquier cosa, enseguida valorada por encima de una virgencita del Duccio, con tal de que magnifique la instintividad contra la cultura, e inaugure como gran estilo el pisoteamiento de lo hermoso, lo verdadero, y desde luego de la bondad humana, que sería igualmente una consideración subjetiva. 172

 Por atroz que haya sido y siga siendo la Historia humana, lo cierto es que ha dado bastantes muestras de individuos absolutamente extraordinarios, y bastantes miles o millones muy aceptables, que han hecho, y hacen, que el planeta no sea un puro corral de vacas, si las vacas me perdonan la comparación. 188

 Ya estamos, y parece que se va a estar más plenamente, en un régimen de enseñanza de baja intensidad, igual para todos; en la que se acabaría con las excelencias y los méritos que se nos asegura que son algo sumamente perjudicial para los menos económicamente favorecidos, porque parece partirse del supuesto de que todos los pobres son idiotas. 199

 En la China del señor Mao, gentes perfectamente analfabetas enseñaban historia o medicina, y hasta hacían intervenciones quirúrgicas a su manera, con la única guía de los pensamientos y poemas del Presidente Mao, aunque este llamaba a un médico occidental en cuanto le dolía alguna cosa, claro está. 200

 Este tiempo nuevo es una visión del mundo, según la cual deben ser destruidos treinta siglos de cultura, y, desde luego, el sentido ético y religioso, la tradición familiar y la noción misma de belleza, y toda esa destrucción debe ser considerada una conquista frente al pasado. 212

 Lo que vemos y tocamos cada día es que las cosas ya no son lo que son, sino lo que se decide que sean en cada momento; la verdad es diseñada, cada vez, por un supuesto consenso de opiniones, aunque en realidad sea una decisión por parte de quienes tienen el poder para ello. No podemos saber, entonces, lo que es justo o injusto, verdadero o falso, hermoso o espantoso, humano o inhumano, hasta que eso no se nos señala en cada caso, autoritariamente; y eso, comenzando por el mismo lenguaje.

 Y no hay posibilidad de referencia a algún tipo de verdad, porque la realidad es una realidad construida (…), donde las palabras se sostienen con su mera enunciación, y siempre significan lo que se nos ordene (212), y componen un argot ininteligible y polisémico, que parece decir todo de manera intelectualmente inapelable, y no quiere decir nada. 240

 La dictadura de lo “políticamente correcto” lleva  cabo un acondicionamiento continuo de las mentes, en un mundo en que solo resuenan la política y la comercialidad, donde resulta arduo que pueda brotar un discurso sobre otra realidad, porque esa realidad es desconocida para la mayoría, o ha sido estigmatizada y suscita temor a ser rechazada en un océano de unanimidad. 236

Porque pensar por cuenta propia es un signo de un individualismo insolidario, verdaderamente intolerable a estas alturas tan sociales. 241

 El adagio en latín que nos pinta la soledad transfiguradora y feliz, tal y como la imaginaban los antiguos, dice: “In angulo cum libro”, esto es, “con un libro en un rincón”; pero no el Día del Libro o en la Feria del Libro, sino siempre. 251

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La Isabel de Walsh

Isabel

Ahora que media España ha visto la serie “Isabel” en televisión, puede ser oportuno recomendar una de sus mejores biografías. La vida de la reina castellana, tan rica y cargada de aventura durante medio siglo, supera la imaginación del mejor guionista o novelista. Supo mantener su integridad moral en la corrompida corte de Enrique IV, su hermanastro. Contra la voluntad del rey, se casó a los dieciocho años con Fernando, rey de Sicilia y heredero de la corona de Aragón. A los veintitrés era reina de un territorio empobrecido, esquilmado y ensangrentado por los nobles. Treinta años más tarde, a su muerte, Castilla era el primer y más poderoso Estado moderno, organizado y pacificado, protagonista de la increíble aventura americana.

Isabel poseía una educación esmerada, una inteligencia despierta, un carácter fuerte y un encanto difícil de resistir. Los testimonios sobre su gran belleza son unánimes. Como casi todos los Trastámara, era rubia y de ojos claros. Entre sus aficiones estaban la caza y los caballos, la poesía y la música. A todos sus rasgos y aficiones anteponía su sentido del deber y su profunda religiosidad. Sin esa personalidad excepcional, le hubiera resultado imposible llevar a buen fin sus propósitos.

William Thomas Walsh estudió en la Universidad de Yale, ejerció el periodismo y fue profesor de lengua inglesa. En 1930 publicó en inglés Isabel de España. La primera edición castellana vio la luz en Burgos, siete años más tarde. Entre los muchos méritos de esta biografía yo destacaría su respeto a la verdad, su amenidad y su claridad expositiva. Esa claridad brilla especialmente cuando muestra el contexto de ideas y circunstancias que explican las difíciles decisiones de los protagonistas. Si tuviera que destacar tres ejemplos, las páginas dedicadas a los musulmanes, a los judíos y a la Inquisición me parecen difícilmente superables.

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La negación de lo evidente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bauman, icono de la izquierda posmoderna, murió hace dos meses con la conciencia tranquila, después de llamar corruptos y estúpidos a los políticos europeos, y de repetir que el saldo de Internet es negativo por la proliferación del “odio anónimo”. Lo estamos viendo, una vez más, a propósito de la campaña que Hazteoír ha lanzado contra la matraca Trans, en defensa de lo evidente. Consiste en la contratación de un autobús que recorre varias ciudades españolas mostrando la diferencia corporal entre niños y niñas. Algo tan de sentido común ha levantado en armas a Cristina Cifuentes y a los nuevos censores sexuales, que se mosquean cada vez que se pronuncia a secas la palabra hombre o mujer, y se ponen histéricos cuando oyen hablar de sexo natural o de ciencia, ya sea biología o medicina.

Para zambullirnos de lleno en el esperpento, el Fiscal Superior de la Comunidad de Madrid, Caballero Klink, ha ordenado la apertura de diligencias de investigación por posible delito de incitación al odio, y no descarta la retirada de todos los libros de texto y manuales de anatomía y fisiología publicados hasta el momento. Si usted se pregunta qué puede hacer para frenar el sinsentido de este país kafkiano, recuerde el consejo de Orwell: “Hemos caído tan bajo que atreverse a proclamar lo obvio se ha convertido en el deber esencial de toda persona inteligente”.

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Antonin Scalia

Scalia Ginebra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hace justamente un año, en la noche del 12 al 13 de febrero de 2016, mientras dormía, falleció inesperadamente Antonin Scalia, juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Casado en 1960 y padre de nueve hijos, católico practicante y coherente, era uno de los más prestigiosos juristas del país, partidario de respetar la Constitución, de no forzarla cediendo a presiones ideológicas, como sucedió en las sentencias a favor del aborto y del matrimonio homosexual, a las que calificó de “golpe de Estado judicial”.

Su hijo Paul Scalia, sacerdote de la diócesis de Arlington, celebró en Washington la Misa de funeral, retransmitida en directo por varias cadena de televisión. En la homilía, en lugar de centrar la atención en su padre, proclamó las verdades esenciales de la fe cristiana. Sus palabras, todo un modelo de oratoria fúnebre, dieron pronto la vuelta al mundo. “Religión en Libertad” ofrece el texto íntegro, traducido por Helena Faccia y Carmelo López-Arias

Homilía del padre Paul Scalia

Eminencia cardenal Donald William Wuerl, arzobispo de Washington; excelencias arzobispo Carlo Maria Viganò, nuncio apostólico; obispo Paul Stephen Loverde, obispo de Arlington; obispo Richard Brendan Higgins, obispo auxiliar del Ordinariato Militar de los Estados Unidos; mis hermanos sacerdotes, diáconos, distinguidos invitados, queridos amigos y fieles reunidos aquí:

En nombre de mi madre y de toda la familia Scalia quiero agradecerles su presencia aquí, sus palabras de consuelo y, más aún, sus oraciones y misas por la muerte de nuestro padre, Antonin Scalia.

En especial quiero dar las gracias al cardenal Wuerl por haber venido tan rápida y amablemente para consolar a nuestra madre. Ha sido un consuelo para ella y, por consiguiente, también para nosotros. Agradezco también que nos hayan dejado celebrar la misa de funeral en esta basílica dedicada a Nuestra Señora. ¡Qué gran privilegio y consuelo permitir que nuestro padre atraviese estas puertas santas para que así gane la indulgencia prometida a todos los que las atraviesan con fe!

Agradezco la presencia de monseñor Loverde, obispo de nuestra diócesis de Arlington, a quien nuestro padre apreciaba y respetaba. Gracias, monseñor, por su rápida visita a nuestra madre, por sus palabras de consuelo y por sus oraciones.

Inmediatamente después de la misa, la familia celebrará el entierro de manera privada, por lo que deseo expresar ahora nuestro profundo agradecimiento a todos ustedes. En el programa habrán observado que el 1 de marzo se celebrará un memorial; esperamos verlos a ustedes en esa ocasión. Deseo que el Señor les devuelva la bondad que han demostrado hacia nosotros.

Estamos aquí reunidos por un hombre. Un hombre que muchos de nosotros conocíamos personalmente; otros sólo lo conocían por su reputación. Un hombre amado por muchos, despreciado por otros. Un hombre conocido por las grandes controversias y por su gran compasión. Este hombre, naturalmente, es Jesús de Nazaret.

Este es el Hombre que nosotros proclamamos. Jesucristo, hijo del Padre, nacido de la Virgen María, crucificado, sepultado, resucitado, sentado a la derecha del Padre. Es por Él, por su vida, su muerte y su resurrección por lo que no lloramos como los que no tienen esperanza y por lo que, confiados, encomendamos a Antonin Scalia a la misericordia de Dios.

La Escritura dice que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y esto nos indica un buen camino para nuestros pensamientos y oraciones aquí, hoy.

Efectivamente, miramos en tres direcciones: al pasado, con gratitud; al presente, pidiendo; y a la eternidad, con esperanza.

Miramos a Jesucristo ayer, es decir, al pasado, con gratitud por las bendiciones que Dios le concedió a nuestro padre. La semana pasada muchos han relatado lo que nuestro padre hizo por ellos. Pero aquí, hoy, nosotros contamos lo que Dios hizo por nuestro padre, cómo lo bendijo.

Damos gracias ante todo por la muerte purificadora y la resurrección vivificadora de Jesucristo. Nuestro Señor murió y resucitó no sólo por todos nosotros, sino también por cada uno de nosotros. Y nosotros ahora miramos al pasado de su muerte y de su resurrección y damos gracias porque Él murió y resucitó por nuestro padre.

Además, le damos gracias porque le dio una nueva vida en el bautismo, lo alimentó con la Eucaristía y lo sanó con la confesión.

Le damos gracias porque Jesús le concedió 55 años de matrimonio con la mujer que amaba, una mujer que lo seguía en cada paso y lo consideraba responsable.

Dios bendijo a nuestro padre con una profunda fe católica: la convicción de que la presencia y el poder de Cristo continúan en el mundo hoy a través de Su cuerpo, la Iglesia. Amaba la claridad y la coherencia de la enseñanza de la Iglesia. Atesoraba en su corazón los ritos de la Iglesia, especialmente la belleza de su culto antiguo. Confiaba en el poder de sus sacramentos como medio de salvación, como acción de Cristo dentro de él para su salvación.

¡A pesar de que una vez, un sábado por la tarde, me regañó por haber estado en el confesionario esa misma tarde! Y si hay algún abogado presente, espero que le sirva de consuelo saber que el alzacuellos no era un escudo contra sus críticas.

La cuestión esa tarde no era el hecho de que yo hubiera estado confesando, sino de que se dio cuenta de repente de que estaba haciendo fila delante de mi confesionario. Rápidamente se fue. Como me dijo más tarde: “¡Para nada me confieso yo contigo!”

El sentimiento era mutuo. (Risas)

Como es bien conocido, Dios bendijo a papá con un gran amor a su patria. Él sabía bien hasta qué punto fue difícil la fundación de nuestra nación. Y vio en esa fundación, como en los fundadores mismos, una bendición, una bendición que se pierde cuando la fe es apartada de la plaza pública, o cuando rechazamos llevarla a ella. Él entendió que no hay conflicto entre amar a Dios y amar a la patria, entre la fe y el servicio público. Papá entendió que cuanto más profundizase en su fe católica, mejor ciudadano y servidor público sería. Dios lo bendijo con el deseo de ser un buen servidor de la patria porque, antes, lo era de Dios.

Los Scalia, sin embargo, damos gracias por una bendición particular concedida por Dios. Dios bendijo a papá con el amor a su familia. Nos ha emocionado leer y escuchar tantas palabras de alabanza y admiración hacia él, hacia su inteligencia, sus escritos, sus palabras, su influencia…

Pero lo más importante para nosotros -y para él- es que él era papá. Era el padre que Dios nos dio para la gran aventura de la vida familiar. Sin duda a veces olvidaba nuestros nombres o los confundía… ¡pero es que éramos nueve! (Risas.)

Él nos quería y procuraba mostrar ese amor. Y quería compartir la bendición de la fe, que veía como un tesoro. Y él nos dio unos a otros, para que nos apoyásemos mutuamente. Es el mayor bien que los padres pueden dar, y precisamente ahora les estamos especialmente agradecidos por él.

Así que miramos al pasado, al Jesucristo de ayer. Recordamos todas estas bendiciones, y honramos y glorificamos al Señor por ellas, porque son Su obra. Miramos a Jesús hoy, en petición, para el momento presente, aquí y ahora, como lloramos a alguien a quien queremos y admiramos, cuya ausencia nos duele. Hoy rezamos por él. Rezamos por el descanso de su alma. Agradecemos a Dios su generosidad con papá porque es justo y necesario. Pero también sabemos que, aunque papá creía, lo hacía imperfectamente, como el resto de nosotros. Él buscaba amar a Dios y al prójimo, pero como el resto de nosotros lo hacía imperfectamente.

Era un católico practicante: “practicante” en el sentido de que no era perfecto. O, mejor aún, de que Cristo aún no lo había hecho perfecto. Y sólo aquellos a quienes Cristo perfecciona pueden entrar en el cielo. Estamos pues aquí para elevar nuestras oraciones por ese perfeccionamiento, por esa obra final de la gracia de Dios, y para liberar a papá de toda carga de pecado.

Pero no soy yo quien lo dice. Papá mismo, y no es sorprendente, tenía algo que decir al respecto. Escribiendo hace años a un ministro presbiteriano cuyo servicio funerario admiraba, resumió muy bien los inconvenientes de los funerales y por qué no le gustaban los panegíricos: “Incluso si el muerto era una persona admirable, es más, precisamente si el muerto era una persona admirable, elogiar sus virtudes puede hacernos olvidar que estamos pidiendo y dando gracias por la inexplicable misericordia de Dios hacia un pecador”.

Él no habría hecho ahora una excepción consigo mismo. Así que estamos aquí, como él quería, para pedir la misericordia inexplicable de Dios hacia un pecador. Hacia este pecador, Antonin Scalia. No le mostremos un falso amor y no consintamos que nuestra admiración lo prive de nuestras oraciones. Sigamos mostrándole cariño y haciéndole un bien rezando por él: que toda sombra de pecado sea lavada, que todas las heridas queden sanadas, que él sea purificado de todo lo que no sea Cristo. Y que así descanse en paz.

Finalmente miremos a Jesús para siempre, en la eternidad. O mejor, consideremos nuestro propio lugar en la eternidad y si será con el Señor. Aunque estemos rezando para que papá entre pronto en la gloria eterna, debemos preocuparnos de nosotros mismos. Cada funeral nos recuerda qué delgado es el velo entre este mundo y el venidero, entre el tiempo y la eternidad, entre la oportunidad de la conversión y el momento del juicio.

Así que no podemos irnos de aquí sin cambiar. No tiene sentido celebrar la generosidad y la misericordia de Dios hacia papá si no estamos atentos y sensibles a esas realidades en nuestra propia vida. Todos debemos permitir que este encuentro con la eternidad nos cambie, nos aleje del pecado y nos lleve a Dios.

El dominico inglés Bede Jarrett lo dijo con gran belleza en su oración: “¡Oh, poderoso hijo de Dios, mientras preparas un lugar para nosotros, prepáranos también para ese lugar feliz, y que estemos contigo y con aquellos a quienes amamos por toda la eternidad!”.

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Queridos amigos, eso es también la estructura de la misa, la mayor oración que podemos ofrecer por papá, porque no es nuestra oración, sino la oración del Señor. La misa mira a Jesús ayer. Llega hasta el pasado -hasta la Última Cena, la crucifixión y la resurrección- y hace presentes esos misterios y su poder sobre este altar. Jesús mismo se hace presente aquí hoy bajo las especies de pan y vino para que podamos unir todas nuestras oraciones de acción de gracias, de tristeza y de petición a la de Cristo mismo como ofrenda al Padre. Y todo esto con una visión de eternidad, estirándose hacia el Cielo, donde esperamos un día disfrutar de esa perfecta unión con Dios mismo y ver de nuevo a papá y, con él, regocijarnos en la comunión de los santos.

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Batalla por la familia

Familia BaltallaFrancisco Contreras, Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla, coordina este libro colectivo publicado por Sekotia. En sus páginas se dan cita los pesos pesados que defienden y luchan por la familia en Europa: Jean Sévillia, Ludovine de la Rochère, Jeanne Smits, Sophia Kuby, Paul Coleman, Birgit Kelle, Jorge Soley Climent, Luca Volonté, Jaime Mayor Oreja, Benigno Blanco, José María Ballester y Rubén Navarro.  Entre todos exponen la actualidad de la familia -las políticas injustas, sus demandas, los peligros que la acechan- y las estrategias de los principales grupos que la apoyan.

La batalla por la familia en Europa muestra a millones de familias decididas a no ceder ante los atropellos de las políticas que legislan contra ella, entre las que destaca una ideología de género que Naciones Unidas impulsa en Occidente e impone en países en vías de desarrollo.

Merece la pena leerse estas reseñas de Humberto Pérez-ToméCarlos López Díaz y Jorge Soley.

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Sophie con Urdaci

Sophie Urdaci

 

Entre las múltiples facetas de Alfredo Urdaci está su gusto por la filosofía, la historia y la literatura, ingredientes en la aventura de Sophie Scholl y sus amigos de la Rosa Blanca. Quizá por eso en 13tv.

Solo puedo añadir mi agradecimiento.

 

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