Homero y Brad Pitt

Es posible que, gracias a Brad Pitt, nuestros bachilleres ya no confundan a Homero con Homer, el de los Simpson. Gracias a Pitt sabrán que Homero es griego y escribió la Ilíada y la Odisea. Lo que no se imaginan, porque no lo van a ver en la pantalla ni en los libros de texto, es que sin Homero no estaríamos aquí: ni los españoles, ni los franceses, ni los polacos, ni los rusos, ni los lectores de esta columna, ni Brad Pitt. Por su crónica de la guerra de Troya -la Ilíada-, Homero es el primer periodista del mundo, el primer cronista de guerra. Pero es mucho más que eso. Por una de las consecuencias de esa guerra -el accidentado regreso de Ulises contado en la Odisea- Europa y América existen. Ya sé que es una afirmación muy contundente, pero puede ser argumentada.

Se dice que la diferencia entre el tercer mundo y el primero no la determinan las materias primas. Más bien, parece una diferencia marcada por la diversa concepción del ser humano. En concreto, por la forma de entender qué tipo de conducta es capaz de construir una sociedad donde sean posibles la justicia, la paz y el progreso. Si no se da con esa clave, la superlativa complejidad de la vida social no logra salir del caos, de la ley de la selva. Homero es el primero en entender a fondo esa complejidad y en descubrir las líneas maestras que debe trazar la lógica de la libertad inteligente. Su gran creación se llama Ulises. Mucho más que Aquiles o Héctor, Ulises es la respuesta de Homero a la más urgente de las preguntas: qué significa ser hombre. Una respuesta articulada sobre cuatro rasgos fundamentales: la justicia, la prudencia, la templanza y la fortaleza.

Justicia porque el ser humano es social por naturaleza, y la conviviencia necesita el respeto a unas normas de circulación: las leyes. Prudencia porque el mejor uso de la razón es llevar las riendas de la propia conducta, conducirse y acertar en cada caso concreto. Templanza porque nuestra animalidad constitutiva tiende naturalmente al placer, y ese resorte debe ser siempre moderado por la razón, como explica Platón en el célebre mito del carro alado. Las tres virtudes mencionadas no se ponen en práctica de forma espontánea y fácil, sino que necesitan la presencia de una cuarta: la fortaleza, que consiste en aceptar el sacrificio y el sufrimiento por conquistar o defender lo que merece la pena.

Este planteamiento, que discurre por Grecia y Roma y se suma al modelo cristiano, es la triple herencia que constituye la civilización occidental. El tercer mundo es, sobre todo, esa triple carencia. Sospecho que si Homero hubiera sido director de cine, no hubiera filmado la trepidante y anecdótica guerra de Troya, sino el periplo humanísimo e inolvidable del rey de Ítaca. Entre el Aquiles de la Ilíada y el Ulises de la Odisea hay una gran diferencia. El héroe de los pies ligeros es también el guerrero caprichoso y vengativo, capaz de cualquier desmesura irresponsable. Ulises, en cambio, es otra cosa. Tiene la fuerza y el poder de Aquiles, pero ambos resortes están ordenados por la prudencia y un sentido irrenunciable de la justicia. De paso, Homero lo presenta más atractivo que Brad Pitt y lo maquilla con un toque de sensibilidad que le lleva a ponderar su islote abrupto y pedregoso -eso es Ítaca- como una isla “hermosa al atardecer”.

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