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La gran musa de las vanguardias

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "Kiki de Montparnasse" de Catel Muller y José-Louis Bocquet

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El "Violon d’ Ingrés", de Man Ray

            La mujer cuyo cuerpo habría de dar forma al Violon d' Ingrés, la célebre fotografía publicada por Man Ray en el número de la revista Littérature aparecido el 13 de junio de 1924, vino al mundo el 2 de octubre 1901 en Châtgillon-sur-Seine (Borgoña) con el nombre de Alice Ernestina Prin. Fue una hija adulterina de Marie Ernestina Prin, una tipógrafa seducida y abandonada por un carbonero de su calle que se marchó a París para ocultar su vergüenza, confiando a su madre el cuidado de su hija. La pequeña Alice creció así pasando hambre junto a su abuela y sus primos. Todos ellos eran bastardos, como se empeñaban en recordarles los vecinos cuando los niños les hacían objeto de sus travesuras e incluso como les llamaba cariñosamente su propia abuela. Al menos así lo estiman Catel Muller y José-Louis Bocquet en las viñetas de su esplendida novela gráfica Kiki de Montparnasse (Ediciones, Sins entido), uno de los grandes éxitos de este nuevo cómic en los últimos años.

            Ahijada de un traficante de alcohol que quiso a la madre de Alice platónicamente, con su padrino la niña aprendió a beber y a cantar en los tugurios. El licor y las canciones le acompañarían desde el principio hasta el final de sus días. Sin más equipaje que una botella de tintorro y un salchichón de ajo que apestaba el compartimiento, su abuela la puso en el tren que la llevó a París para reunirse con su madre. Cuando la joven Alice llegó a la ciudad donde habría de ser la musa de las vanguardias, contaba 12 años y estaba borracha como una cuba. A buen seguro que la impresión que causó entonces la muchacha en su progenitora fue a abundar en esa vergüenza que siempre le inspiró su hija a Marie Ernestina Prin, tanto por no querida como por aldeana.

            Aunque en un principio Alice fue matriculada por su madre en una escuela de la calle Vaugirard con el propósito de que perfeccionara su ortografía y hacer de ella después otra tipógrafa, las enseñanzas sólo duraron un año. Adolescente aún, apenas tuvo la desdichada Alice edad laboral, la autora de sus días la empleó como aprendiza de diversos oficios. Invariablemente, la muchacha fue despedida de todos sus trabajos. Ya en 1917, empleada en una pastelería, su cuerpo -especialmente sus senos- empezaron a llamar poderosamente la atención de los hombres. Fue entonces cuando, tras enfrentarse a su patrona y volver a ser despedida, posó por primera vez para un artista. Su madre, al enterarse de su nueva ocupación, la repudió. Alice se entregó entonces a la bohemia de Montparnasse.

            Corría 1918 cuando empezó a alternar entre delincuentes y artistas como el expresionista Chaïm Soutine, el primero de los grandes creadores de los que fue musa. Su sueño de entonces era ser una de esas mujeres con sombrero, prenda que distinguía a las señoras de las prostitutas. Esta última, y no ninguna otra, era la consideración que recibían a la sazón las modelos de los artistas. Salvo para hacerla ver hasta qué punto estaba abocada a vivir de mostrar su cuerpo, de nada servían las pruebas a las que se presentaba desnuda, junto a decenas de muchachas, para ser corista en los espectáculos musicales que animaban el París del momento. La que estaba llamada a ser Kiki de Montparnasse seguía peleándose con sus posibles patronos incluso antes de que la contrataran.

              Aunque aquella Alice de 17 años prefería enseñar sus senos por unos francos cuando algún burgués se lo pedía, también ejercía la prostitución ocasionalmente para pagarse un cuarto donde dormir. Junto a alguno de aquellos clientes empezó a consumir cocaína. Acababa de abrir la puerta a lo que Baudelaire fue a llamar "los paraísos artificiales". Así las cosas, cuando Amadeo Modigliani le ofreció esa mantequilla con cannabis, con la que el maestro de Montparnasse 19 se deleitaba, la joven ya sabía lo que era el hachís.

                También sabía quién era Modigliani, Alice, como la mayoría de las mujeres que conocieron al italiano, estaba prendada de él. No obstante, le daba miedo la vehemencia de sus borracheras. Todo Montparnasse sabía de los excesos del más torturado de sus artistas. La modelo y el autor de Madame Zborowska coincidieron sólo una vez. Fue en Chez Rosalie, un restaurante que Rosalie -quien antaño también fuera modelo- regentaba en la calle Campagne-Première. Aquella noche, Modigliani se hallaba en compañía de Maurice Utrillo, para quien Alice ya había posado. No obstante, Muller y Bocquet sostienen que fue Rosalie quien presentó al pintor de las líneas ondulantes, planas y alargadas a su efímera modelo.

             De nuevo borracho y sin dinero para la comida, Modi -como le llamaban las que tanto le querían- se ofreció a pagar, una vez más, mediante un dibujo. Rosalie volvió a aceptar el trato. Eso sí, a condición de que la protagonista del apunte fuera Alice. Parece ser que data de esa velada un dibujo a lápiz de Modigliani que podría ser el de Alice. Cabe asimismo una reflexión sobre el artista y su breve musa. Ya en 1926, seis años después de muerto el italiano, Man Ray publicó otra de sus más célebres fotografías. Noire et Blanche es su título y sorprende comprobar lo deudora que resulta de la estética de Modigliani. El noire en cuestión no es otra cosa que una máscara africana que Kiki -el Blanche- sujeta formando un ángulo de 90 grados con su cara. Kiki, mujer robusta, de proporciones contundentes como todos los que pueden comer a placer después de haber arrastrado hambre durante años, muestra en Noire et Blanche una simplicidad de contornos infrecuente en ella. Sabido es que tanto la influencia de las máscaras africanas como la simplicidad de los contornos de los rostros femeninos y ovalados fueron dos de los parámetros entre los que osciló la obra de Modigliani. A buen seguro que quiere decir algo que Man Ray aluda a él en ese retrato de su musa y amante.

               Aunque Picasso podría haber oír hablar de Kiki por primera vez a Henri-Pierre Roché, quien compró el primer dibujo conocido realizado por la modelo -un retrato del pintor japonés Fujita Tsuguharu- con el mismo entusiasmo que adquiría obras del malagueño -y de Matisse, De Chirico y Modigliani, entre otros vanguardistas- para el coleccionista estadounidense John Quinn, Muller y Bocquet afirman que fue Man Ray quien puso a Kiki en contacto con Picasso.

                Alice había comenzado a ser conocida como Kiki a raíz de que su nuevo amante, el pintor polaco Maurice Mendjisky, la apodara así. Corría entonces el año 1918. El amor se prolongaría hasta 1921. A la sazón, Kiki ya posaba para otro artista polaco, Moïse Kisling, y para el japonés Fujita Tsuguharu, entre otros de los pintores más aclamados. Kiki causaba sensación cada vez que se dejaba ver por La Rotonda, el café de moda en Montparnasse. Aunque por su pelo corto a lo chico, sus sombreros a la moda y su frivolidad pudiera parecerlo, nunca fue la clásica flapper, una de esas chicas al gusto de los alegres años 20 que dejaron fascinado al novelista Francis Scott Fitzgerald. La belleza de Kiki radicaba en su vitalidad, en la exaltación con la que vivía su bohemia.

             Las ironías del destino quisieron que fuera la rusa Marie Vassilieff -la antigua reina del barrio de los artistas, quien ya comenzaba a recelar de la modelo favorita de todos- quien le presentó a Man Ray en diciembre de 1921. Al principio, Kiki desconfiaba de la fotografía. Por así decirlo, la consideraba un arte harto figurativo para retratar un cuerpo como el suyo, del que no acababa de sentirse satisfecha. "Se ve todo", cuentan sus biógrafos que decía. Pero el fotógrafo estadounidense habría de ser otro de los grandes amantes -si no el amante por antonomasia- de la gran musa de las vanguardias. A comienzos de su romance, recién instalados en el Hôtel de Écoles de la calle de Delambre, Ray fotografiaba la obra de Picasso. Fue entonces cuando Kiki le conoció. Aunque no hay constancia de que el malagueño llegara a interesarse por ella ni como modelo ni como mujer, lo cierto es que ambos frecuentaron los mismos cenáculos artísticos en los días del Montparnasse glorioso. Man Ray era un artista admirado y apreciado por el español y Kiki, quemada aún por el fuego que prende a las pasiones en sus comienzos, le acompañaba a donde quiera que fuera.

                Picasso debió de coincidir con ella en el Jockey, el primer night-club de Montparnasse donde Kiki cantaba Les Filles de Camaret y bailaba el cancán con tanta entrega que todos podían comprobar que no llevaba ropa interior cuando levantaba las piernas. También la encontraría en el Dingo, el bar de la calle Delambre donde Kiki se codeó con Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. Pero si hubiera que destacar una, de las muchas veladas de gloria vanguardista que el español compartió con Kiki, esa seria la noche del 6 de julio de 1923, durante la exaltación dada de Le Coeur à Barbe que se celebró en el Théàtre Michel. Fue allí donde André Breton y los surrealistas la emprendieron a palos con Tristan Tzara y los dadistas. Tras la pelea se proyectó por primera vez Le retour à la raison, un cortometraje de Ray entre cuyas alucinadas imágenes sobresalía el famoso busto de Kiki. Parece ser que Picasso estaba sentado junto a ella y el fotógrafo mientras se proyectaba ese mito del cine vanguardista.

                     Traslada a Villfranche-sur-Mer en 1925, las prostitutas las toman por una de ellas. En efecto, Kiki alterna con marineros y cuando provoca una bronca con la dueña de un bar es encerrada en la cárcel. Man Ray y los surrealistas se movilizan para sacarla.

                 Kiki sigue consumiendo drogas, que la volverán a llevar a la cárcel en 1946. Mucho antes, en 1932, canta en Berlín para pagar los gastos de hospitalización de su madre, también borracha, que muere durante la estancia de la reina de Montparnasse en la capital alemana. Aunque ya ha tenido otros amantes mientras todavía seguía con Man Ray, se separa definitivamente de él en 1940. Los alemanes avanzan hacia París y la condición de judío del fotógrafo le aconseja regresar a América mientras ella tiene nuevos hombres y continúa cantando por los bares. Man y Kiki no se volverán a ver hasta 1951. Ella ya ha perdido la voz y está hinchada a consecuencia de la hidropesía. Vive de la generosidad de los antiguos amigos, pero su decadencia es inexorable. Muere el 23 de marzo de 1953.

(Una primera versión de este artículo, algo más reducida, fue publicada originalmente en el número de febrero de 2008 de la revista Descubrir el arte. Las fotos son del gran Man Ray)

 

 

Publicado el 16 de abril de 2014 a las 09:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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