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Blog de José Luis Gutiérrez Muñoz

Sonrisas de colores

Sinfonía nocturna

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Hace unos diez días tropecé en mi habitación. Inmediatamente comprendí que aquello no sería un simple traspié, sino que ineludiblemente terminaría una vez más con mi cuerpo en el suelo, y en ese instante emití un tenue grito de alarma, algo que no me gusta, que me parece ridículo, pero nunca logró reprimir, como si esa expresión, similar a la de los actores cuando son alcanzados en el cine por una bala, fuera consustancial a la caída. Amortigüé el impacto con los brazos, que instintivamente planté en una mesa que tengo a los pies de mi cama, y gracias a ello no me golpeé la cabeza, pero en cambio forcé una torsión hacia atrás de la espalda, que aún me mantiene dolorida la zona lumbar. Afortunadamente el incidente no ha tenido más consecuencias que esta especie de lumbago que no termina de desaparecer. Las innumerables caídas de estos últimos años me hacen ser cauto, por eso nunca cierro la puerta de mi habitación con cerrojo, y llevó siempre un teléfono móvil en el bolsillo con el que, desde el suelo telefoneé a mi hija Roshní, que estaba en el cuarto contiguo, y rápidamente vino a socorrerme. Una de las cuestiones más enojosas de las caídas es que, cuando estoy en el suelo, aunque no me haya hecho daño, soy incapaz de levantarme por mí mismo.

Pocos días después volví a tener un nuevo incidente. En esta ocasión fue en la planta baja, en un cuartito donde guardamos el material y tenemos un portátil con conexión a Internet. Me disponía a sentarme frente al ordenador, para enviar uno de estos correos en los que informo a los amigos de mis vivencias en Matruchhaya. Coloqué las muletas contra la pared, y con mucho cuidado avancé un poco con la intención de arrimar la silla, pero en ese momento apareció como un rayo mi querido Roni, un niño de 14 años de edad, que vino corriendo para ayudarme, pero fue tal su ímpetu que tropecé con él, caí aparatosamente y mi cabeza chocó contra el suelo. Una vez más, mi garganta emitió esa absurda exclamación. Rápidamente vinieron varios niños y niñas para socorrerme. Roshní tuvo que enviarles a todos fuera, porque la habitación era realmente pequeña. Ella y Alberto me pusieron en pie. No me hice más que un pequeño chichón, pero en cambio Roni estaba tan afligido, que tuve que esforzarme en consolarle disipando su sentimiento de culpa.

De esta última caída ya no queda prácticamente ni huella en la memoria, pero la primera aún se hace presente por las noches, cuando llevo un rato tumbado en la cama y empieza a dolerme la zona lumbar, lo que me obliga a levantarme, ya que de pie o sentado la molestia desaparece. Gracias a esta circunstancia, he descubierto todo un universo de sonidos nocturnos que hasta ahora me habían pasado un tanto desapercibidos, probablemente envueltos en la nebulosa del sueño.

Aunque en los últimos días ha empezado a refrescar, aquí todavía hace mucho calor, por lo que duermo con la ventana de mi habitación, en la segunda planta del orfanato, abierta de par en par, separado de la calle únicamente por una malla mosquitera que cubre el hueco de la ventana. Por ello, si estoy despierto, oigo perfectamente todo lo que ocurre en el exterior. A poco más de cien metros de mi ventana está el barrio de chabolas, una fuente inagotable de sonidos variopintos.

Con cierta frecuencia se pueden escuchar broncas descomunales entre hombres y mujeres, a quienes desde mi ventana no puedo ver por la oscuridad de la noche, ni entender porque discuten en gujarati, pero a juzgar por los gritos, parecen verdaderas batallas en las que pueden intervenir al tiempo más de veinte voces distintas, que se chillan unas a otras hasta la extenuación. La primera vez que escuché una trifulca de estas características, hace años, salí de la habitación sobresaltado para comunicárselo a alguien que pudiera dar aviso a la policía, pero la monja a quien se lo conté, sonrió y me dijo que aquello era habitual entre los bagris. Me explicó que aunque la bebida alcohólica está prohibida en Gujarat, los varones habitantes de esas viviendas precarias se emborrachan con frecuencia, y al regresar a casa se organiza el escándalo, y como prácticamente viven en la calle, todos los vecinos participan de la reyerta. Anoche escuché una de esas algarabías verdaderamente apoteósica. Me sorprendía que, después de una hora de contienda verbal, no se hubieran matado ya unos a otros, porque la vehemencia con que se desgañitaban, no parecía presagiar otra cosa.

Estas últimas noches he descubierto que los perros tienen una vida nocturna muy intensa, al menos aquí en India. Durante el día permanecen aletargados, tumbados en cualquier lugar donde no peligre su vida por el tránsito de vehículos, y apartados también de las zonas de paso de personas, que aunque no les agreden, tampoco les tratan con cariño. En cambio, por la noche se escuchan infinidad de ladridos, aullidos y quejidos con matices sonoros muy diversos, como si se hubieran contagiado de la exaltación verbal de los bagris, y también ellos quisieran sumarse a esa impresionante sinfonía nocturna.

Por otro lado, aunque ya va decreciendo, todavía perdura el petardeo, que supongo que sigue celebrando el Diwali. Anoche, cada vez que escuchaba una nueva explosión pirotécnica, y comprobaba que eran las tres o las cuatro de la madrugada, me preguntaba quién permanecería despierto a esas horas para encender la mecha de un nuevo petardo, y pensaba si no le llamarían la atención sus familiares o vecinos, pero a juzgar por la proliferación de este tipo de estallidos, ello debe contar con la bendición de toda la comunidad.

El tren, que desfila a unos quinientos metros de Matruchhaya, avisando de su paso con su pitido ronco y profundo, enriquece la gama de sonidos nocturnos. Anoche también llegaban hasta mi cuarto los ecos de unos cánticos monótonos y repetitivos, que debían provenir de algún templo hinduista. Además, a cualquier hora de la noche se puede escuchar el llanto de alguno de los bebés que duermen en una habitación próxima a la mía. A menudo, los demás se despiertan, se contagian del lloro del primero, y terminan todos berreando al tiempo. Muy temprano, hacia las cuatro de la madrugada, empieza a cacarear el primer gallo del poblado de chabolas, y poco a poco van sumándose otros, al tiempo que se van incorporando los balidos de las cabras de los bagris, el graznido de los cuervos, y el canto de diversas aves que quieren celebrar la proximidad del amanecer.

Hacia las cinco empiezan a escucharse los primeros sonidos humanos. Es muy frecuente el carraspeo insistente y escandaloso de algún vecino, hasta que consigue expectorar la flema que parece atascarle la garganta, y la escupe sin miramientos. A esas horas se comienza a oír en el orfanato el trasiego de cubos metálicos que son llenados de agua y trasladados de un lugar a otro. Muy pronto se oyen las primeras voces de los niños y niñas de Matruchhaya, que son la más hermosa señal acústica del comienzo del nuevo día.

 

Publicado el 7 de enero de 2011 a las 16:30.

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Calendario 2011 con los niños y niñas de Bal Mandir

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Nuestros amigos Blanqui y Alejandro, de Cabezón de la Sal, han impreso unos preciosos calendarios de 2011, con fotografías de niños y niñas de Bal Mandir tomadas durante el proyecto de este año. El precio del calendario es de 6 euros, y con el dinero recaudado intentarán ampliar la ayuda a los menores de este orfanato.

Además, cada vez hay más chicos y chicas que al hacerse mayores de edad y salir de Bal Mandir, encontrándose sin ningún tipo de apoyo, solicitan nuestra ayuda económica para poder finalizar sus estudios. A continuación facilito el correo electrónico y el teléfono de Blanqui, para que, quienes lo deseéis, podáis hacerle pedido a ella directamente:

blanca.prensa@gmail.com

620 40 50 12

 

Publicado el 6 de enero de 2011 a las 16:15.

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Stuti y Kinnari

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A principios de 2004 sabía que tenía que replantearme mi actividad artística, de hecho ya había cerrado mi taller de escultura, un lugar sagrado para mí, que durante muchos años había sido mi guarida. Desde sus escasos 20 m², traté de explorar el universo a través de una actividad creativa frenética e insaciable sobre cualquier material, pero preferiblemente sobre piedra, como si un simple bloque de mármol, caliza o arenisca, pudiera encerrar todos los misterios del cosmos. Ansiaba explorar la poética de los materiales, pero la realidad se empeñó en contrariar mis intenciones.

La esclerosis múltiple que me diagnosticaron en 1998 avanzaba lenta pero inexorablemente. Perdí fuerza en los brazos, también destreza, pese a lo cual, intenté aferrarme a mi vocación como pude. Utilicé todo tipo de materiales y herramientas, e incluso hubo un tiempo en el que creí que mi trabajo físico en el taller de escultura podría ser una buena terapia para frenar la progresión de la enfermedad, pero lo cierto es que aquel esfuerzo por oponerme a lo ineludible, me dejaba agotado, y me llenaba de impotencia y frustración.

Finalmente comprendí que debía tratar de satisfacer mi anhelo creativo por otras vías. Al poco de cerrar mi taller, me encontré con la primera convocatoria de proyectos de cooperación al desarrollo que hacía pública mi Universidad, y pensé que era una buena ocasión para intentar hacer realidad una idea que hacía años venía rondándome por la cabeza. Diseñé un proyecto que proponía trabajar simultáneamente en los orfanatos indios denominados Shishu Bhavan y Matruchhaya durante las Navidades de 2004, desarrollando actividades artísticas con los huérfanos de ambos hospicios. Impliqué a siete alumnos de mi Facultad de Bellas Artes, cuatro para trabajar en el orfanato de Calcuta, y tres en el de Nadiad. Yo repartí el tiempo entre ambos.

Seis años después, cuando veo la pintura mural que hicimos sobre las paredes del patio de recreo de Matruchhaya, donde representamos a todos los internos del orfanato de más de tres años de edad, y a nosotros mismos, me doy cuenta de cómo hemos cambiado todos. Yo aparezco pintado en la pared con un bastón, ahora paso la mayor parte del tiempo en silla de ruedas, a lo sumo puedo caminar distancias cortas, ayudado de dos muletas. Algunas de las niñas y niños que se pueden ver en el mural, ya no están aquí; porque han salido en adopción, en el mejor de los casos, o porque se han hecho mayores y han tenido que abandonar el orfanato. Dos de las que figuraban en ese mural inaugural, y aun continúan viviendo aquí, son las hermanas Stuti y Kinnari. Ayer las acercamos a la pared para comprobar lo que habían crecido, ya que esa representación se hizo a tamaño real, silueteando su figura sobre la pared.

En todas las ocasiones, Stuti y Kinnari han participado en nuestras actividades con alegría y entusiasmo, colaborando para que todo salga bien. Gracias a niñas como ellas, el trabajo en Matruchhaya es fácil y agradable, porque asumen generosamente la responsabilidad del cuidado y vigilancia de los más pequeños, la limpieza y el orden. Realmente, Stuti y Kinnari siempre me han parecido dos niñas adorables. Es injusto que criaturas como ellas tengan que crecer entre las paredes de un orfanato, por bueno que sea, privadas del afecto de unos padres.

Cuando llegaron a Matruchhaya, en 2001, Kinnari tenía cinco años de edad y Stuti siete, ahora tienen catorce y dieciséis. Sus padres habían fallecido hacía menos de un año, dejándolas huérfanas a ellas y a un hermano mayor que Kinnari y menor que Stuti. En principio los tres fueron recogidos por una de las cuatro hermanas del padre, pero pasados unos meses, la familia de esa tía que les había acogido en su casa, decidió quedarse sólo con el varón, y enviar a las dos niñas a Matruchhaya.

Con esa edad podrían haber salido fácilmente en adopción. Las cuatro hermanas del padre, que las visitaban de vez en cuando, estaban de acuerdo, pero no lograron convencer a su padre, el abuelo de Kinnari y Stuti, para que diera su consentimiento. En una ocasión, ante la insistencia de sus cuatro hijas, el abuelo llegó a decir que antes prefería morir que dar en adopción a sus dos nietas. Lo cruel del asunto es que él no estaba dispuesto a hacerse cargo de ellas, y probablemente ni siquiera podía.

Nunca nadie explicó nada sobre las causas del fallecimiento de los padres de Stuti y Kinnari, pero resultaba sorprendente que los dos hubieran muerto el mismo día. En cierta ocasión, una de las tías, que las visitó en Matruchhaya, contó a una monja que la pareja se había suicidado por envenenamiento. Stuti y Kinnari no saben nada de esto, ni creo que deban saberlo, al menos por el momento, ya que no podrían comprender la razón por la que sus padres decidieron quitarse la vida, dejando huérfanos a los tres hermanos, y seguramente ese interrogante les atormentaría más aún su propia orfandad.

 

 

Publicado el 5 de enero de 2011 a las 16:15.

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José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz

José Luis Gutiérrez Muñoz (Madrid, 1963), pofesor Titular y Director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Grupo de Investigación UCM "Arte al servicio de la sociedad". Responsable de diversos proyectos de cooperación al desarrollo que desde 2004 vienen llevándose a cabo en orfanatos de India, Nepal y Ecuador.

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