Dos cabalgan juntos

Lo mejor que tienen los centenarios es que nos invitan a releer lo mejor. En mi caso, el centenario cervantino está provocando un sabroso picoteo en El Quijote y sus alrededores: Francisco Rico, Martín de Riquer, Madariaga, Manel Mora… A todos ellos les parece que las largas y serenas cabaldadas del caballero y el escudero constituyen una excelente puesta en escena. A mí también. Son, además, un pretexto perfecto para el diálogo, el más humilde y humano de los puentes que atravesamos las personas. Hoy, atacados por variadas formas de incomunicación, quizá necesitamos más que nunca recuperar el arte de la conversación, que lleva consigo la predisposición a comprender y estimar, a responder y aconsejar, a compartir y ayudar. Con frecuencia comprobamos que escuchar y ser escuchado sienta muy bien, y eso es lo que nos enseña la mejor novela del mundo a través del más largo y sabroso diálogo que conocemos. Sin Sancho Panza, don Quijote sería un puro hazmerreír, un pobre loco a quien se engaña y apedrea. Gracias a su escudero, el caballero se sabe escuchado y estimado, y en ese clima amable nos muestra la riqueza insospechada de su alma y alcanza a nuestros ojos una notable estatura humana.

No hay yo sin tú. No hay persona sin diálogo. No hay don Quijote sin Sancho. Al famoso caballero le hubiera resultado insoportable vagar en solitario por los caminos de España, y a los lectores su soledad nos habría aburrido sin remedio. Por el diálogo surge ese profundo afecto entre dos personas tan dispares. Sancho Panza tendrá sobrados motivos para abandonar a su trastornado amo, pero el afecto que ha fraguado entre los dos se lo impide y le hace decir que su señor “no tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”.

En nuestros crispados días, la invocación al respeto multicultural es a menudo una coartada para desentendernos del otro, para que cada uno pueda seguir a su bola en su mundo confortable. Hoy, un Cervantes tocado por nuestro cinismo existencial bien podría escribir, con sus dos personajes más famosos, la gran comedia del desencuentro. Sin embargo, el idealismo más descabellado y el pragmatismo más ramplón se corrigen y compenetran de forma maravillosa por obra y gracia de dos charlatanes repletos de humanidad. Es verdad que hablando se entiende la gente, pero en las páginas de nuestra novela encontramos mucho más: ese diálogo constante da lugar a lo que Salvador de Madariaga ha llamado quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote, “una interinfluencia lenta y segura que es, en su inspiración como en su desarrollo, el mayor encanto y el más hondo acierto del libro”. Sabemos que la palabra, por estar cargada de significado, es capaz de conmover a fondo a quien la escucha. Woody Allen dice que las dos palabras más impactantes de un idioma son “cáncer” y “benigno”, siempre que se pronuncien juntas. Esta capacidad del lenguaje puede ser tan cordial que llega a ser terapéutica. Así es la verborrea de Sancho Panza, psicólogo analfabeto y por accidente que logra la curación de su señor.

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