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"La máscara de Cthulhu" de August Derleth

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "La máscara de Cthulhu", de August Derleth

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                   A excepción de Una talla en madera, todos los relatos aquí reunidos tienen un denominador común: su protagonista es un tipo que acaba de heredar o alquilar una casa en los alrededores de Innsmouth o Dunwich. Dicha vivienda siempre está cerca del camino de Aylesbury o en Aylesbury. August Derleth añade así otro lugar al Massachusetts mítico de Lovecraft: Aylesbury. Se trata de un villorrio próximo al Arrecife del Diablo (frente a Innsmouth), lugar, este último, sobradamente conocido por los avezados en el universo de El outsider de Providence. Fue allí donde, el 21 de septiembre de 1928, el gobierno dinamitó los túneles que unían la superficie con las profundidades marinas, de donde salían los profundos, matando a 371 de ellos y deteniendo “a cuantos delató el aspecto Marsh”.

                   A raíz de la toma de posesión de la casa en Aylesbury, comienza el descenso a los horrores de nuestro protagonista.

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                   El regreso de Hastur está narrado por Haddon. Amos Tuttle, en su lecho de muerte, le ha encomendado devolver el Necronomicon a la biblioteca de la Universidad de Miskatonic y destruir el resto de sus libros impíos -junto a toda su casa- antes de que su sobrino Paul lo herede. Pero tanto el ejecutor testamentario como su beneficiario acaban decidiendo que la cláusula no merece ser respetada y Paul toma posesión de su siniestro legado.

                   Tiempo después, el imprudente heredero ya se ha familiarizado con las anotaciones que su tío dejara. En ellas -entre las que se hace referencia a textos de Ambrose Bierce (Un habitante de Carcosa) y Lovecraft (El horror de Dunwich) a los que se hace pasar por documentos, que no ficciones-, Paul descubre que su tío había llegado a una inteligencia con Hastur, El que no Debe Ser Nombrado, que es al espacio lo que Cthulhu, su rival, a las profundidades marinas.

                   Hastur busca un lugar para instalarse en nuestro planeta. Puesto a servirle, Amos cavó una cueva que lleva al mar. Dicha excavación sirve a los adoradores de Cthulhu, pero no a Hastur. El Innombrable, como se descubrirá al final del relato, es un cuerpo humano. Será el de Paul Tuttle puesto que su tío había invocado conjuros que así lo dispusieron. A falta de dicho cuerpo, El que no Debe se Nombrado se adueñará del de Paul.

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                   Los whippoorwills de las colinas -otra constante en estos relatos- son los pájaros -chotacabras- que pían de un modo ensordecedor anunciando un horror.

                   En esta ocasión, Harrop, el inquilino, lo es merced a la desaparición de su primo, Abel Harrop. Al igual que en la pieza anterior, Abel era un estudioso de la bibliografía impía que se había ganado la enemistad de todos sus vecinos en Aylesbury. Los paisanos tenían el convencimiento de que los entendimientos de Abel con los profundos eran la causa de las muertes del ganado y de algunos de ellos.

                   Así las cosas, ahora dispensan a su heredero ese odio que, según nos muestra el cine y nos cuentan las novelas, es característico de los palurdos estadounidenses. Los únicos que le hablan, ordenan al heredero que se marche del lugar porque con él allí los horrores de antaño volverán a reproducirse.

                   Ya acusado de ser el culpable de las nuevas atrocidades, Harrop comienza a soñar con seres procedentes de las profundidades marinas. Ello le hace empezar a dudar de su propia inocencia. En efecto, finalmente, Harrop es detenido por dar muerte brutalmente a una de sus vecinas y, en un gran recurso de Derleth, se nos descubre que todo el relato es una confesión de su crimen. Crimen del que él, que se cree uno de los elegidos por los profundos, culpa a los whippoorwills.

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                   Una talla en madera -la excepción a la regla de Aylesbury - cuenta la experiencia de un crítico de arte -Jason Wecter- cuyos criterios cambian radicalmente después de hacerse cargo de una extraña pieza. En ella se reproduce un “Dios del mar, procedente de Ponapé”, que obra un extraño poder sobre su poseedor. Tanto es así que Wecter pide al narrador que, en caso de ocurrirle alguna desgracia, se deshaga de la talla arrojándola con un peso al mar en las aguas de Innsmouth.

                   Cuando el narrador se dispone a tirar la pieza al océano frente al Arrecife del Diablo, cree reconocer en un susurro procedente de ella la voz de Wecter, a la vez que descubre que la talla reproduce el cuerpo del crítico.

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                   El pacto de Sandwin es el que ata a Asa Sandwin con los profundos. Merced al nefasto acuerdo, las monstruosidades del océano le proporcionan el dinero necesario para poder vivir. Él, por su parte, se compromete a entregarles su cuerpo una vez muera. Estamos, pues, ante una variación del tema de Fausto.

                   Tras el óbito, los profundos dotarán al cadáver de “una vida antinatural”. El pacto, aunque obliga a Asa, fue suscrito por su padre, quien a su vez se vio impelido al trato por su abuelo. La historia nos es referida por un sobrino del desdichado, quien acude a la casa respondiendo a un angustiado llamamiento de Eldon, el hijo del infeliz y el primo del narrador.

                   Entre constantes referencias al olor a pescado y a aguas estancadas, humedades y plegarias tan impías como incomprensibles, el narrador nos va contando que Asa se niega renovar el pacto para que Eldon pueda verse así libre de tan terrible obligación. Como consecuencia, los monstruos de las profundidades le visitan para recordarle lo que le aguarda si se niega a firmar.

                   Asa, en una conversación que a nosotros se nos ofrece mientras Eldon y el narrador la escuchan en una habitación contigua, responde a su terrible visitante que ha tomado las medidas oportunas para librarse de Cthulhu e Ithaqua. Sin embargo, cuando el profundo menciona el nombre de Lloigor, Asa no tiene nada que decir.

                   Será esta siniestra divinidad, “que puede extraer por partes su cuerpo de la tierra”, quien haga desaparecer a Asa. Tras el terrible grito que pronuncia, su hijo y su sobrino se dirigen al cuarto donde se hallaba. Pero sólo encuentran sus ropas, de las que Asa ha sido absorbido.

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                   Jefferson Bates, el protagonista y narrador de La casa del valle, nos refiere su experiencia a modo de confesión, sabiendo que sus horas están contadas.

                   En busca de la tranquilidad y la soledad necesarias para pintar sus lienzos, Bates alquiló una mansión próxima a Aylesbury. Al igual que el Harrop de Los whippoorwills de las colinas, desde el primer momento, Bates fue objeto del odio de sus vecinos, quienes creían que se iba a entregar a la mismas impiedades que ocuparon a Seth Bishop, el inquilino anterior de la casa, ahora desaparecido. Bishop gustaba anotar fragmentos de la bibliografía impía y cometió un espantoso crimen.

                   Paralelamente al recelo de sus vecinos, Bates comienza a sentir que no es el único habitante de la casa. Lo que en un principio sólo son imaginaciones se vuelven evidencias cuando descubre que alguien se ha puesto sus botas y bajado por la caverna que se abre bajo el suelo de la casa.

                   Acusado por la masa de la desaparición de un niño del lugar, Bates ha de dejar a la grey que registre su casa. Mientras lo hacen, nuestro protagonista, que es inocente aunque ya duda de sí mismo, teme que encuentren alguna prueba. Por las noches, los sueños con los profundos adorando a Cthulhu en la caverna que lleva al mar, abierta en el sótano de su casa, se siguen sucediendo. Sueños que, una vez despierto, resultan ser la realidad exacta que Bates está viviendo en ese momento.

                   Finalmente, en medio de una liturgia de los profundos, Bates sale horrorizado de su vivienda creyendo ir a buscar refugio al lado de un vecino que monta guardia fuera. Ante las monstruosidades que muestra el rito, alguien decide dinamitar la casa y Bates queda inconsciente.

                   Cuando vuelve en sí, se encuentra al lado del cadáver del vecino en el quien creyó encontrar refugio. Acusado de haberle asesinado, todo parece indicar que Bates también ha sido autor del resto de las muertes de las que hemos tenido noticia a lo largo de todo el relato. Sin embargo, él pretende que ha sido Bishop quien ha vuelto de la tumba para, apoderándose de su cuerpo y de su voluntad, cometer todas esas atrocidades.

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                   El sello R'lyeh es el texto de Derleth incluido en Los mitos de Cthulhu (1969), la legendaria selección -al menos en lo que al lector español se refiere- para Alianza Editorial de Rafael Llopis.

                   Marius Phillips -su protagonista-, al que se ha educado alejado del mar ex profeso, hereda una casa en Innsmouth. Una vez instalado, comienza a sentir cierta atracción por Ada Marsh, la chica que se la limpia: "encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros". He ahí la causa de que la principal sensación que me ha transmitido este bello cuento, a su modo singular dentro del conjunto de los mitos, sea cierto romanticismo.

                   En cualquier caso, el magnetismo que Ada ejerce sobre el joven Phillips es tal que él no reacciona con la contundencia debida cuando descubre a la extraña muchacha husmeando en sus cosas. Busca los escritos que Sylvan Phillips -tío del protagonista y dueño anterior de la casa- haya podido dejar. Puesto en antecedentes por Ada sobre lo que el mar es para ellos dos, Marius se muestra escéptico y la muchacha se enfada con él.

                   Estando reñidos, el narrador -lógicamente entre los apócrifos de la bibliografía impía- descubre los papeles de su difunto familiar, aunque en un principio no llegará a entender las anotaciones que en ellos constan.

                   Más adelante, Phillips dará con un anillo del difunto: el sello de R'lyeh, ciudad o reino en el que Cthulhu "espera que llegue el momento de rebelarse nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero". Al colocarse la joya en el dedo, acciona un mecanismo que, levantando el suelo de la estancia, da paso a una gruta por la que se desciende al mar.

                   Ya en las profundidades, el joven, en medio de una escena de "ensoñación", descubre a aquella que le inspira. Ada, que nada igual que un pez, quita a Marius su escafandra, quien, para su propia sorpresa, verá que también puede respirar a través del agua.

                   De ahí en adelante, la pareja se dedicará por entero a la búsqueda del mítico lugar. La empresa les llevará a arrendar un barco, con el que llegarán hasta las islas de Polinesia. Una vez allí, sus objetivos se verán satisfechos.

                   Como colofón, Derleth introduce un suelto aparecido en la prensa de Singapur, donde se da cuenta de la desaparición del matrimonio. Si unas líneas más arriba sostenía que este relato es singular dentro del conjunto de los mitos, se debe a que es el único que no nos presenta a los seres de las profundidades como monstruosidades.

                   Derleth sigue una fórmula habitual en Lovecraft, mediante la cual el narrador descubre horrorizado que su sangre está estigmatizada por las aberraciones de Innsmouth. Pero, a diferencia del maestro, hace que su personaje lo acepte tan positivamente que descubre el amor gracias a ello.

 

Diciembre, 2003

Publicado el 13 de julio de 2015 a las 17:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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