En torno a Nuestra Generación Perdida
Archivado en: Literatura, Juan Martín Guerra
Semblanza sobre Las tribulaciones de un gallo herido, novela espectacular de alboradas inexistentes escrita por Juan Martín Guerra, el autor canario más creativo y poliédrico de cuantos conoce la historia literaria de aquel alejado Archipiélago macaronésico.
"Existen otros mundos, pero están en éste". Brillante frase de Paul Éluard que agnósticos universales, empedernidos ateos, creyentes infinitos, disidentes abatidos, cínicos abades, jerarcas destronados, rígidos escolapios y espécimen variopintos han revertido ya en máxima orientadora de sus embaucadores rituales. Pero Juan Martín Guerra, Juanele para siempre, va más allá en su primera novela, no su ópera prima, descabalgando tópicos y dándole a cada detalle narrado el fulgor que merece el gran mundo de las pequeñas cosas.
Pepita Aurora de mis amores, nuestra cariñosa y común amiga de fraternidades irrevocables, encantadora cual es, fue y será no sólo en su brillantez intelectual, sino en su referencial dignidad, forjada durante cursos a través de su indestructible compromiso, me cogió la delantera en los quehaceres encomendados por Juanele. Por tanto, suscribo su magnífico prólogo que ha escrito para este libro, desde la a hasta la zeta, y firmo con celo cariñoso todo cuanto afirma, replicando, en primer lugar, como Pepita, el pasaje de aquel "encuentro con un gallo kíkere herido y los cuidados que prestó para salvarlo" y que "sirven de excusa (a Juanele) para tramar una narración repleta de historias que podrían ser lejanas y alejadas del lector si no reflejaran la infancia. De toda una época".
Lo hago con absoluta ternura, aunque sin quedarme de brazos cruzados frente a la desamortización recordatoria que Juanele expone con sus afinados trazos que plasma en Las tribulaciones de un gallo herido, novela coral sobre sucesivas generaciones encadenadas que él, Juanele, resuelve enlazando unas a las otras con solución de continuidad literaria en tomos narrados que entregará posteriormente. Pepita Aurora afirma que Juanele recurre a modismos y expresiones del lenguaje rural canario, por lo que me siento obligado a indicarle que utilizarlos es una reivindicación histórica más y que debemos ganar esta batalla tan singular para fortalecer la característica personalidad de nuestra colectividad isleña o, si quieren, de nuestra insularidad o, en otra acepción conceptual, zanjar ya nuestro ancestral e insultante aislamiento. Por eso, quiero sugerirle a Juanele que no tendría por qué entrecomillar los vocablos de ascendiente rural o campesino, de los que se han apropiado, indecentemente, tantos resabiados escribas urbanos que pueblan la presuntuosa Academia Canaria de la Lengua, revirtiendo pomposamente palabras jergales utilizadas por siervos, criadas, plebeyos, súbditos, vasallos y aparceros en su seña capitular de identidad, incluyéndolas en sus lotes lexicales acumulados para su ventaja y provecho engrosando el fatuo casticismo macaronésico cual contribución suya al carretón etimológico que, en su falacia genética, pretenden entroncarlo con el lenguaje romance clásico, una estafa más perpetrada por la decadente aristocracia intelectual canariense. Juanele, sin embargo, ha mamado su sabiduria en carne propia, enriquecida en sus conversaciones con quienes son administradores de erudiciones seculares, tradición oral, saberes puntuales, declaraciones infinitas, confidencias precisas o transmisiones documentales que para Juanele forman su materia prima y que, ya pulidas en el abstracto laboratorio inteligente de su cerebro inescrutable, utiliza en la elaboración de sus ensayos, poemas o relatos, reciclando la sabiduría de maestros analfabetos y sus inigualables quehaceres, que le han transmitido informaciones sorprendentes, exclusivas e inequívocas heredadas de dignos y acreditados antecesores. "Pues si la Cultura en la dimensión del conocimiento retórico es una prolongación de la propiedad, la Cultura en la dimensión universal del comportamiento es la savia esencial que nutre el progreso humano en sus concepciones clave y su constante evolución", tal cual asegurae Pere Revuelta en Los gérmenes del discernimiento.
Debatí con Juanele que cualquier término, palabra, vocablo, argot, jerga o jerigonza que nosotros entrecomillemos, los utilizarán aquéllos para sustentar y potenciar el síndrome de inferioridad que pretendieron inocularnos en nuestra infancia, aunque sean datados en épocas inmemoriales. Porque la Cultura Rural, Juanele, en el espacio de la auténtica sabiduría, siempre ha sido más creativa y creadora que la Cultura Urbana, puesto que ellos instrumentalizan esa palabra cuando está ya consolidada en el acervo popular, desde muchas centurias precedentes, tratando de legitimar el lema clasista que grabaron en el frontispicio innoble de la Real Academia de la Lengua (RAE) para establecer que fija, brilla y da esplendor pero sólo cuando ellos dictan sentencia. Nunca antes. Hago constar que no es un axioma mío, sino de prestigiosos escritores, reflexivos investigadores e ilustrados eruditos, como Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Julio Casares, María Moliner, Lázaro Carreter, Juan Ignacio Laínez, Joan Corominas, Pascual Rodríguez y hasta el mismísimo Ramón Menéndez Pidal con sus aborrecibles conjeturas heterodoxas.
Porque distinguir nuestros modismos, jerga rural, giros, jerigonzas, decires, argot, locuciones, dichos y expresiones características que nos peculiarizan del que mal denominan lenguaje culto, podría degradar cuanto podamos escribir o cuanto estemos pronunciando. Mucho más ahora, desde que el extraordinario lingüista y pensador estadounidense Avram Noam Chomsky enunció el principal fundamento de la gramática generativa (Generative Grammar), afirmando "que cualquier hablante puede producir, en su particular expresión oral, una frase nueva en un instante determinado, y quienes le escuchen, pueden comprenderla en ese mismo instante, incluso siendo igualmente nueva para ellos". Todas las tesis sobre el lenguaje que descuiden ese aspecto creador, sólo tendrán, si acaso, algún interés arqueológico.
El libro de Juanele, descriptivo a más poder, lleva a la lectura gráfica y a las interpretaciones que deseaba el autor. Planos sencillos, aunque de profunda hondura en la complejidad dialéctica de su estructura renovadora, resaltada con su exquisitez por Pepita Aurora al traernos a nuestras respectivas memorias unas actuaciones infantiles compartidas, entrañables e inevitablemente enternecedoras. Juanele engarza en la sutil habilidad del prestigioso joyero literario un serial de episodios inolvidables e instantes sublimes que han marcado nuestra vida, aderezados con sobresalientes anécdotas e iniciáticas liturgias de aquella pubertad compungida que, cual fijación permanente, en paralelo soñaba con metas y objetivos inalcanzables en sus cándidas aspiraciones primorosas. Juanele inició, él solo, la recuperación de tantas memorias históricas de hornadas generacionales, respondiendo a sus desorientadas infancias correspondientes, cuyos recursos lúdicos consistían en espantar las continentales plagas de cigarras saharianas, enfrentar al equipo de los amarillos contra los azules, cazar pajarillos indefensos para asarlos en infantiles comilonas, averiguar, recoger y atesorar, cual oro en paños, iconos, aperos, calaveras o huesos de aborígenes (que prefirieron inmolarse en sus oquedades esponjáricas antes de ser sometidos por el invasor imperial), lograr algunas piezas del fuselaje del avión militar estrellado frente al colegio, hurtar en algún cercado, o en La Cañada, la fruta precisa para festejar el día de los finados y, en suma, hacer inocuas diabluras, así las llamaban, de tal esencia y semejanza, pecadillos que confesábamos al cura para que éste estuviera descojonándose de risa toda la semana, que Juan Martín Guerra describe ahora con todo lujo de detalles, y que Pepita Aurora destaca en su prólogo, como pautas ingenuas de aquella infancia que presuntos próceres infames querían desmerecer con su prepotencia, gestos lacayunos y sus lisonjas incesantes, arrodillándose hasta la cervical ante poderosos caciques decadentes, por lo que usaban falseados dictámenes que elaboraban los amanuenses remunerados que estaban a su disposición.
Leyendo Las tribulaciones de un gallo herido, primer libro en prosa de Juan Martín Guerra, atraca en mi memoria, y resulta inevitable, la ópera prima de Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens), novela que él tituló, tras rebuscar por doquier, sustituyéndolo catorce veces por otros tantos, The celebrated jumping frog of Calaveras county, traducido en su literalidad como La célebre rana saltarina del condado de Calaveras, en la que el expresivo, elocuente y extraordinario escritor norteamericano relata pasajes infantiles, ajustados a sus reflexiones íntimas actualizadas. Es decir, retratando escenas de la convivencia cotidiana que él mismo protagonizó o que contaban en sus épocas infantiles y juveniles, pero ya con la perspectiva y la objetividad del observador subjetivo que, desde su pubertad, siempre fue. "Para escribir y existir, debemos ser rigurosamente subjetivos al reflejar nuestra visión de los cercanos acontecimientos vitales en su auténtica verdad, sin manipular ni hacer concesiones de ningún tipo, pero tomando partido en cualquier ocasión". En Las tribulaciones de un gallo herido, Juanele aviva pasajes y materiales en su singular exposición de hechos, con nombres y datos rescatados por él con sus envidiables facultades, referidos a diligentes porciones de cada uno de los variados capítulos que integran su patrimonial conexión histórica, de los que extrae para después seleccionar y escoger, actuaciones pretéritas que, a la postre, resultan incidentes o sucesos imperecederos del futuro, aunque con necesarias distorsiones, promovidas por su enorme respeto hacia todos los demás, sin introducir regates imaginarios como coartada de sus evasiones. Incluye los necesarios para poder concatenar pasajes del antipreciosista collar narrativo en su autobiográfico relato, conector para potenciar episodios infantiles y juveniles de su literaria expresión cronológica, donde fluyen por sí mismo aspectos y caracterizaciones del dramatis personae que habita en la extensa galería de su sorprendente novela que, a mí, no sólo me ha causado admiración exclamativa, sino todavía muchísimo más, pues ha logrado entusiasmarme y emocionarme hasta límites insospechados.
Porque Juanele relata verdades como puños e irrebatibles certidumbres históricas, quizás enriquecidas por quienes le conocen, dado su afable carácter y sus sinceras relaciones con todos los vivientes, clave en su prolija existencia. Aunque cuando a Juan Martín Guerra le corroe la congoja, incrementa la genialidad de su clarividencia hasta fronteras incógnitas, adornadas con texturas repletas del preciso coraje, enorme cordura y arrestos sin par para proyectar sus pesadillas o, quizás, cada uno de sus neofreudianos sueños. Angustia que retiene de sus excitantes experiencias, incorporadas a la reflexión permanente de su quehacer inabarcable, prosaico o lírico, condimentado perpetuamente con inéditos trazados de culturas ambientales diferentes, adquiridos donde debió recalar, aquí, allá y acullá (Gran Tarajal, La Línea, Agüimes, Madrid y, de nuevo, Agüimes), en una crisis persistente por necesidades del servicio. Crisis en el sentido etomológico griego del término, referida a la agudeza crítica, los criterios intelectuales y el atemperado equilibrio de quien, como Juanele, observa y disecciona todos los acontecimientos protagonizados en su presencia, incluso siendo, en algunos instantes, partícipe de bastantes apenamientos. Las otras crisis provienen de íntimas decepciones y sinrazones inevitables, como las producidas por despecho afectivo, final desolador o fallecimientos encadenados de quienes han sido rocas familiares clave en el cariño y los reproches. Juanele ha curtido su arrolladora sensibilidad en las penurias singulares de posguerra, con la ingenuidad de cualquier infancia, alegrías inesperadas y amarguras irremediables estimuladas por demasiados carnívoros cuchillos de alas dulces y homicidas, hasta cuestionar profunda y reflexivamente los credos existenciales en sus íntimas pesadumbres que, a él, lejos de haberle hecho enloquecer, le han servido para enriquecer sus visiones universales de cualesquiera que fuere el acaecimiento, cuerdo siempre para que su sensible razonamiento revista de prudencia cuanto pueda y deba emprender cada jornada. Juanele sabe muy bien que, aceptando la evolución del pensamiento, nadie tendría que visitar el corredor sin retorno. Quien se aferra a sus obsesiones, está alejándose en todo momento del universo auténtico, mientras que su misma introspección estática potenciará su esterilidad.
Juanele estudió en el Colegio La Salle el primer bachiller, como yo, pero su exquisita educación autodidacta la ha ido forjando él mismo a lo largo de sus contradictorios, únicos, excelentes, extraordinarios y privados estados vivenciales. Para muchos de nosotros, Juanele siempre ha sido el buen consejero heterodoxo. Apasionado por el conocimiento y por los avances progresistas a favor de la humanidad, Juan Martín Guerra ha sido él mismo en la constante juventud de sus infatigables aficiones cultivando con esmero sus ciclópeas genialidades, gigante cual el barbudo de un solo ojo y orejas puntiagudas, ese sátiro Polifemo que Homero perfiló con excelencia en su Odisea. Juanele es también gigantesco, disímil del Polifemo homérico, pues sus acciones están encaminadas hacia el ideal de la convivencia pacífica, con justicia al tiempo, a favor de los seres humanos y, sobre todo, solidarizándose con los excluidos y los parias terrenales. En el libro autobiográfico que comento, extenso e intenso relato cronológico lineal, Juanele sugiere que él es mi alter ego, y yo, disculpen la inmodestia, soy el suyo. En esta ópera prima en prosa nos enseña su cara amable y, ocasionalmente, sus estados de ánimo indeseados, los suyos propios, los que le diferencian o creo que le distinguen de los demás mortales humanos. Pues su enorme sentido crítico en tal especial perspicacia le lleva a compartir las consideraciones que Pepita Aurora retrata con acierto en su prólogo para Las tribulaciones de un gallo herido que, partiendo de su señera autobiografía, radiografía (cacofónico preciso), diferentes épocas, de su generación y las siguientes en tan particulares entornos, parcializándolas alguna vez, como corresponde a cualquier análisis literario, aunque en escasas parcelas del propio Juanele, pues él, sólo relata los primeros catorce años de su avivamiento.
Excepto a los vivientes precoces, la preconciencia asalta a los seres humanos vivos cuando tienen cinco o quizá seis años. En buena lógica, Juanele describe en su novela sólo una década emotiva de las sustantividades que registra su carnalidad indómita y, si hacemos cálculos, únicamente es una sexta parte de sus floridas esencias. Sé que Juanele amontona manuscritos y materiales en agendas y diarios, con capítulos inéditos de sus odiseas, sus desgarros, sus aventuras, sueños, alegrías y desesperanzas. Por tanto, debo anticipar que esta narración es el primer tomo de su autobiográfica enciclopedia, concluida cada día, pues él la a punto una jornada tras otra con su cartesiana disciplina. La inequívoca pasión intelectual que tiene Juanele le ha llevado a extender sus estudios a la historia, la lógica, la psicología empírica, la arqueología, la pintura, la escultura, el coleccionismo, la catalogación de piezas antiguas, muchas de ellas únicas, la invención, la reparación de artilugios singulares, la aeronáutica y los viajes, entre otros empeños suyos, además de su trabajo clínico profesional en el que ha ganado a pulso el prestigio que atesora, aunque él haga caso omiso de halagos y parabienes. Juanele conoce, además, bastante mejor que la media, las enseñanzas socráticas, y sabe que, aunque el conocimiento humano sea muy limitado, las posibilidades de tal conocimiento son infinitas; y que las fuentes de esta sabiduría racional son innumerables. Juanele acude, no iba a ser de otra forma, a la observación, al quehacer aplicado, a la discusión del su derivado etimológico griega clásico; es decir, al sujeto de discurrir juntos en las conversaciones precisas. De manera especial, recurre al estudio de sus lecturas, parece contradictorio, al compromiso, íntimo o abierto y siempre resuelto. "No sólo debemos estudiar, que también debemos, pero debemos fijar nuestros propósitos, sobre todo en aprender aquello que estudiemos. Además, no sólo tenemos que pretender obtener un título, un pergamino al fin y al cabo, aunque también sea preciso, puesto que lo más importante será siempre que logremos una formación profesional, cientítica y humana que nos avale y que podamos utilizar para afianzar nuestro compromiso frente a los retos y a las necesidades que tengan los seres humanos".
Afirmaba el propio Sócrates que una las fuentes más importantes del saber es el aprendizaje derivado del error, propio o ajeno, cuya enmienda voluntaria ha legado principios inconmensurables y advertencias inéditas a toda la humanidad. La aspiración fundamental de Juanele, en esta trama suya, es describir e inventariar esta extensa panorámica en esta inacabada novela, cuyo primer tomo ha titulado ‘Las tribulaciones de un gallo herido', escudriñando diligentemente que sobrevivir sin objetivos siempre es catastrófico. En su libro, el indudable personaje principal es él, Juanele, a veces un antihéroe sobre fondo rojo, y otras, minucioso restaurador de infancias en plena crisis. Las tribulaciones de un gallo herido sorprenderá a cualquier lector por avezado que sea. Para mí, es una de las obras narrativas más ambiciosas del siglo XXI, con hermosas dosis experimentales y renovaciones sintácticas que ensalzan a Juanele como el gigantesco escritor que combina de manera excepcional ironía y utopía, verdad y ficción en el exhaustivo análisis de honduras proyectadas sobre la crisis intelectual de esa época y de la absoluta degradación de quienes fueran intocables promotores, que todavía hoy añoran sus banderas victoriosas de tan mal gusto, a pesar del desprecio e impostadas prolepsis que patrocinaban, remedando a sus incalificables y desahuciados mentores.
Juanele tiene la cabeza bien amueblada. Siempre la ha tenido. Ahí habita el mejor Juanele. Su enorme desacierto, grandioso error, fue hacer maravillas de la nada con sólo doce años, por lo que la personalidad de su labor posee la pátina refrescante de las grandezas clásicas. Por eso mismo, rememoro la poliédrica dimensión de todas y cada una de las actuaciones universales de insigne Leonardo da Vinci al pensar en Juanele, pues, como aquél, inventar, reproducir, crear, restaurar o rehabilitar continúa siendo la pauta cadenciosa del existencial amigo, quien nos ofrece los ecos rasgados de sus ancestros. Melancolía, gratitudes, tristeza, amores orfeónicos, fértiles travesuras, respuestas satisfactorias, desagravios mínimos e impropios paramentos (casulla, estola, levita, solideo o bonete incluidos) en infantiles misas teatralizadas que oficiábamos en graneros que disponíamos para nuestros pueriles enredos, están puntualmente reflejados en esta novela titulada Las tribulaciones de un gallo herido.
Quería añadir, con la venia del autor, un hecho curioso, quizás irrelevante para quienes lean su libro, que Juanele ha olvidado, seguramente por carecer de significado. Como su solidaria actuación incondicional durante la irrecordable persecución a la fui sometido por un fraile, del que siempre evito mencionar sus patronímicos, por hacer causa común con Juan Martín Guerra aunque pesaran sobre mí los vehementes interrogatorios, tipo Gestapo, que debí soportar hasta desgarrarme en mi esperanzada desesperación. Jamás logró lo que pretendía, martirizándome hasta límites imposibles, sobre todo cuando comprobó su impotencia para poder sonsacarme arteramente alguna palabra contra mi fraternal amigo Juanele. Tal y tanta tortura continuada supuso para mí el mayor trauma infantil que, con mi memoria selectiva, llevaré estampado a fuego hasta el final de mis días. Debo hacer constar que nunca desvelaré la identidad del instructor, puesto que no es mi estilo, y porque, aun viniendo al caso, siempre he manifestado que yo odio mucho más a los chivatos que a la misma policía.
Tampoco mencionaré las circunstancias que habían motivado el tremendo acoso, iniciado por el adoctrinador al acusar a Juanele de haber divulgado lo que era vox pópuli entre quienes integrábamos aquel primer curso de bachillerato. Ni él ni yo, nunca diríamos ‘esta boca es mía' sobre lo que había pasado, puesto que nos conjuramos para guardar silencio absoluto a costa de lo que fuese, incluso pagando el precio tan desproporcionado por algo que jamás hicimos, como después ocurriría, aunque supiéramos de qué se trataba. En tan tensa atmósfera, física y moral, viajamos a Las Palmas para los exámenes finales del primer curso de bachiller, en el viejo Instituto Pérez Galdós, situado en la calle Canalejas cercano a la de Tomás Morales, donde está el nuevo. Varias jornadas después, no lo sé con exactitud, dieron las notas. Retornaré a la inmodestia para revelar que obtuve unas excelentes calificaciones que, a la postre, serían las mejores del alumnado, incluyendo matrículas de honor que hoy engalanan una pared del atrio colegial en la entrada príncipe de la institución en la que estudiamos por unánime decisión complaciente de los albaceas que administraban el patrimonio de la escandalosamente multimillonaria doña María Jesús Melián Alvarado. Transito itinerarios vanidosos, sin ninguna gratuidad, para exponer las crueles consecuencias del acuerdo suscrito tácitamente entre Juanele y yo en nuestro pacto de sangre, lealtad mutua, fidelidad, honor y dignidad que nos unirían para siempre. A pesar de todo, las maquinaciones del imputado iban hacia adelante. Por eso pretendo resumir lo que pasó después. Un mes antes de iniciar las vacaciones estivales, estando en el aula, el fraile referido ordenó que me levantase y me dirigiera a su mesa. Entonces orientó su discurso al resto de los alumnos, diciendo que tenía "sobradas razones para castigar a José Luis Morales porque durante el curso ha tenido un comportamiento que no podemos pasar por alto". Asimismo, que "como muchos otros, debe estudiar durante las vacaciones", con las tareas que él nos dictaba cada lunes. Poco antes de salir, ingenuo de mí, me dirigí a él para preguntarle, con un miedo atroz, qué había yo hecho mal durante aquel curso. Sin mediar palabra, me da un puñetazo en la cara, con tal fuerza, que no sólo me rompió la nariz, sangrando en abundancia, sino que caí sobre el pupitre y perdí el conocimiento. El propio hermano me trasladó a la cocina colegial para detener la sangría de mi nariz, parcheando otras heridas con esparadrapo aséptico. Allí recuperé el conocimiento y, todavía aturdido, supe que aún estaba vivo. Juanito el Cocinero me acompañó hasta cerca de mi casa y allí me dejó, diciéndome que el hermano le ordenó que me dijera que, sin falta, fuese al colegio al día siguiente, como todos los demás. A mi madre le mentí al decirle que me había caído en el patio del colegio, y ella, sin proferir ningún comentario, como siempre, me curó la nariz con la amorosa habilidad que caracterizó su atribulada existencia en el tiempo que sobrevivió por años de estos siglos. Orosia Suárez Suárez era y seguirá siendo su patronímico, nombre y apellidos de mi amorosa, inolvidable, hermosa e inigualable madre, y para mí está siempre viviendo en mi corazón y mis pensamientos. Doña Orosia, como la llamaban, fue comadrona en muchos nacimientos cuando en Agüimes no había partera aún. Mi madre hizo todo lo que pudo por atender a cualquiera que lo necesitara. Me referiré solamente a uno de los episodios que ella protagonizó para describir su constante disposición. Al hijo de uno de nuestros vecinos, en la misma calle donde vivíamos, lo detuvo la Guardia Civil por cazar un conejo en unas tierras que eran propiedad de la familia Betancor, unos caciques de la comarca. La madre de Juan el del Reloj llegó a mi casa desesperada y a lágrima viva para decirle a mi encantadora madre lo que había sucedido. Sin encomendarse a nadie, Doña Orosia se cubrió y salió pitando hacia el cuartelillo donde estaba detenido Juan el del Reloj y, sin más, le dijo al guardia de la puerta que estaba allí para hablar con el jefe de la comandancia. Afortunadamente, cuando ya estaban a punto de echarla, apareció el padre de Juanele, don Leoncio, e hizo que mi madre diera media vuelta para que, con él, fuera a explicarle al sargento lo que fue a decirle. Años después, el propio padre de Juanele, ya jubilado, me dijo que mi madre le pidió al sargento que soltara al "pobre Juanito, pues era el único que podría ganarse algún dinero para alimentar a toda su prolija familia". Cuando el sargento quiso reprender a mi madre antes de expulsarla de aquellas dependencias, el padre de Juanele, Don Leoncio, intervino con tal autoridad que hasta el sargento, que era su superior jerárquico, decidió liberar a Juan el del Reloj y decirle a mi madre que se lo llevara de una vez. Hablar o escribir de ella, de mi adorable madre, es obligarme a recordarla en todo lugar y cualquier circunstancia que si Máximo Gorki la hubiese conocido, La Madre habría tenido que publicarla en varios tomos más.
Pero voy a lo que íbamos en torno al cuestionado tutor. El día siguiente, fui al colegio, como los demás chicos, aterrorizado todavía, y me senté en la silla del pupitre que compartía con Juanele. Al acabar la jornada lectiva, el hermano en cuestión me mandó que esperase unos minutos porque quería hablarme de algo que te diré; quisiera reproducir su mensaje, aunque la literalidad de la frase no sea exacta, pues el suceso tuvo lugar hace más de medio siglo y la memoria consume demasiadas hormonas dada nuestra condición humana, cual significó André Malraux en su universal novela. Una vez solos él y yo, exclamó con tosquedad que, en los recientes exámenes, "tuviste unas notas excelentes, las mejores notas de todas sin duda alguna, porque la suerte estaba de tu lado. ¿Pero por qué te digo esto? Pues porque este curso no has estudiado nada de nada y, por tanto, mereces que te castigue. Es eso lo que voy a hace para obligarte a estudiar como debes hacerlo". En síntesis, mientras los demás compañeros estaban obligados a presentar sus deberes el lunes de cada semana, yo tenía que ir todos los días al aula vacía durante aquel periodo vacacional. En las tareas diarias que me exigía el innombrable fraile, fui siempre socorrido por mi amigo Juanele, hecho que aquel cruel adoctrinador sabía, pero que nunca lo comentó con nadie. Cuando el hermano ordenó que me fuera a mi casa, fui directo a la de Juanele en el cuartel de la Guardia Civil. Aunque sin mencionarlo, cada jornada volvería a preguntarme que quién hacía aquellos dibujos de mi tarea. Hasta que explotó, exclamando a grito pelado que estaba harto de tantas ofensas de "tu amigo, el que te ayuda en los dibujos y tú vas a decirme ahora mismo que cuanto yo estoy diciéndote es la verdad. Así que no continúes haciéndote el remolón y dímelo de una vez, para que yo pueda levantarte la pena que has merecido". Al responderle que no sabía de qué estaba hablándome, me cogió por los pelos para arrastrarme hasta su mesa a través del pasillo. Hincó las uñas de una mano en mi espalda para arrodillarme con su fuerza, profiriendo alaridos saturnales y expeliendo espuma salival por su boca, enrojecido y desbocado ya porque yo seguí reafirmando lo que le había dicho, repitiéndole hasta la saciedad que Juanele jamás divulgó nada de tales sucesos infundados que comentaban contra él en desatinadas habladurías. Sudaba a mares, rojo como un tomate, fuera de sí, cuando empezó a propinarme una paliza con una vara de nogal labrada que llevaba siempre consigo como si fuese la figurada insignia de su poderosa autoridad. Traté de protegerme, aunque en vano, cubriéndome la cara con ambos brazos. Inútil pretensión la mía ante la arrogancia a la que estaba enfrentándome. No paró ahí. Todavía arrodillado, me ordena que extendiera los brazos en paralelo dirigiéndolos a él, con las palmas de mis manos hacia el techo. Jamás supe si alguien estaba oyendo mis chirridos impotentes por el dolor progresivo que me producían las múltiples y sucesivas palmetadas con las que el sádico preceptor azotaba mis manos, ampliando las orgiásticas levitaciones de su placentero estado cuando más golpes propinaba en las palmas de mis manos, hecho que para él debía ser un festivalín pagano, pues jadeaba gustoso como lobo desatado. Aunque lo que más le fastidiaba fue no lograr que se me saltaran las lágrimas en ninguna ocasión. Casi no sentía mis manos, pareciéndome que habían dejado de dolerme, quizás porque empecé a marearme por aquellos exagerados castigos que habían recibido. Estaban hinchadas como sandías, cuarteadas y amoratadas de tantos leñazos, a más no poder, sangrando cual una vaca degollada. Fue tal paliza que, cuando dijo que podía irme, al sonar la campanita que avisaba a toda la comunidad para el rezo vespertino, no pude levantarme del suelo. Juanito el cocinero volvió a llenar mis manos con el mágico ungüento, cubriéndolas acto seguido con unas vendas caseras. Por orden del innombrable, Juanito el Cocinero debía acompañarme hasta mi casa. Pero fuera del colegio, le dije que no fuese conmigo, pues yo conocía bien la ruta y sabría arreglármelas solo. Disparado como volador de fuegos artificiales, cogí rumbo a la casa cuartel de la Guardia Civil, en donde vivían Juanele y su familia. Su encantadora, admirable y siempre recordada madre, doña María, Mariquita para la gente cercana y querida, cariñosa y tierna como la mía, cortó con la tijera los trapillos enrollados en mis manos, para colocarlas en una palangana con agua tibia y sal. Permanecí un buen rato en aquella posición, hasta que Mariquita me dijo que las sacara del recipiente. Las limpió con primorosa y exquisita ternura, como quien conoce cada una de las heridas infligidas por seres deshumanizados a las existencias ajenas. Don Leoncio Martín Quesada, padre de Juanele, afectuoso y solícito cual muy pocos, estaba llegando a su casa cuando ya Mariquita había acabado de sanear mis heridas. Nada le faltó para poner el grito en el cielo. Juanele y su padre me acompañaron hasta la iglesia y, ya desde allí, me dirigí a donde vivía. Mi madre me preguntó qué lío tenía con los hermanos del colegio, pues cada día llegaba más tarde. Al reparar en mis manos vendadas, le mentí una vez más, asegurándole que me había raspado en el picón del patio jugando a balonmano. Nunca le comenté a mis padres lo que estaba pasándome, porque sabía que si se enteraba mi entrañable e inigualable padre, quien, a pesar su derrota, tribulaciones y congojas, era una persona maravillosa, adorable, entrañable, culta e inolvidable con el que hablábamos sin jamás temerle, y que nos inculcó con su lucidez la pasión por el estudio y los conocimientos permanentes. Nunca les dije la verdad por temor a no continuar estudiando en el colegio, pues sabía bien que, tanto mi madre como mi padre, a pesar de crisis y penurias, siempre se las ingeniaban para que sus hijas y sus hijos pudieran estudiar.
Pero retomo el relato de mis castigos donde lo dejé. Volví al colegio y entré en el aula estando ya el hermano que no dejó de atormentarme y, otra vez, me da una somanta de palos. Así, día tras día para convertirse en la tragedia más traumática que presidiría mi vida durante bastante tiempo. El siguiente lunes deberían asistir todos los alumnos, y fue el mismo día que empecé a ver el fin del siniestro túnel, en el que me tenía encastillado el funesto maestro al que siempre recuerdo. Con diligente inmediatez, tras el rezo matutino preceptivo, aquel agitado tutor con sotana y babero, nos dijo que pusiésemos encima de su mesa las tareas que nos dictó. Acto seguido, el innominado instructor se acercó al pupitre que me correspondía y, tirándome de una oreja, me llevó hasta cerca de la pizarra. "Este chico es el gran ejemplo de la desfachatez que pretende habitar en todos nosotros", diría el hermano baberil, "pero no permitiré, por nada del mundo, que le ocurra a ningún alumno mío. Las tareas que le mandé hacer no las ha hecho él y, por mucho que intente engañarme, no voy a tolerárselo. Tengo motivos suficientes para imponerle los castigos que se merece". Me ordenó una vez más que estirara los brazos, poniendo las palmas de mis manos hacia arriba, iniciando inmediatamente su ritual de varillazos con la sádica ira de quien está fuera de sí. Nunca entendió por qué no iba a delatar a Juanele que, tal cual decía, divulgaba acusaciones falsas contra él que corrían después de boca en boca entre las gentes del pueblo. Su calenturienta sesera, su particular recelo y sus frustraciones terrenales que roían sus entrañas provocaron aquel abierto rencor contra Juanele, mellando al mismo tiempo su compungida existencia. Señalo en este punto que yo tenía diez años recién cumplidos e informo también que mi inolvidable padre nos enseñó, las veces que estimó preciso, que no deberíamos tener relaciones con ningún cuentero ni con chivato alguno, y que nosotros mismos tendríamos que potenciar nuestra integridad en situaciones complejas y muy arriesgadas. "Porque la lealtad y la integridad están entre los importantes soportes de la decencia", repetiría mi inolvidable y cariñoso padre, Don José Morales Domínguez, ya fallecido, en sus temporales serenidades entrañables. Retomo de nuevo el episodio del lunes glorioso, cuando tan imperecedero maestro estaba zurrándome la undécima o duodécima palmetada. A cincuenta y seis años vista, no sé qué número era. Lo que recuerdo y está siempre en mi memoria es que Juanele fue acercándose al impío fraile con una aparente parsimonia y rabioso sigilo. Teniéndolo a mano, se abalanzó sobre él y le arrebató de un fuerte tirón la regleta que estaba utilizando para sus indecentes escarmientos contra mí, y contra cualquier acusado, en su arbitrariedad, por haberse comportado mal en algún momento determinado, aquella horrible palmeta con la que machacaba entonces mis azotadas manos sangrantes hasta que Juanele le paró los pies. Sucedió en un santiamén ante el asombro del alumnado que llenaba el aula, todos boquiabiertos con los ojos desorbitados y como queriendo salirse de sus cuencas, satisfechos y temerosos al tiempo pensando en las posibles consecuencias. Juanele colocó la regleta sobre la mesa del fratelo y regresó al pupitre con una serenidad incomprensible. El maestro, herido en su autoridad, lejos de irritarse aún más en su enloquecimiento y emprenderla a golpes con Juanele, se desplomó en la silla con actitud del derrotado, cabizbajo y con los brazos colgando como los pensantes de Auguste Rodin. Yo estaba con náuseas por los dolorosos varillazos, aunque pude percibí lo que había pasado. El tutor nunca más me infligiría agresiones físicas, como las que, hasta la valerosa e inédita actitud de Juanele en tan ejemplar gesto, me propinaba habitualmente en su continuo proceder, ni siquiera un pellizco ni nada por el estilo, desde la jornada inolvidable en la que Juanele le había cortado las alas. Después ocurrieron bastantes episodios de otro jaez, aunque éstos los ha reflejado Juan Martín Guerra en el libro que estoy reseñando con su exquisita e indudable brillantez. Desde entonces, Juanele es un hermano más para mí, añadido a los seis que ya eran por sumas afectivas y biológicas. Un tándem que, sin duda, hemos reforzado cada día de nuestras sustantividades respectivas. Desde entonces, Juanele sería todo para mí. Ese nuevo hermano, amigo indeclinable, paño balsámico, solidario, leal, timonel de nuestra nave, personificación de la valentía de impetuoso coraje y fidelidad decidida. Fiel cual ningún otro y liberador puntual si la duda nos desconcierta durante inesperados idus septembrinos. Qué adjetivos más he de emplear para certificar que Juan Martín Guerra es inexcusable referencia humana, ética y cultural para bastantes generaciones, y que cada una de mis facturas gramaticales está colmada de sinceridad y exenta de lisonjas en este exordio manuscrito sobre Juanele, aun siendo para mí referente exclusivo en los tiempos de silencio, que continúa siéndolo, evocado por él con proyección universal en su didáctica y modélica novela Las tribulaciones de un gallo herido, enunciando cuanto formula en cada capítulo de la trama que él narra estupendamente. Nada tendría que reseñar, pero escrito queda. Mi oceánica descripción de las que fueron aletargadas páginas comunes en nuestras respectivas biografías hasta que Juan Martín Guerra las desenquistó, significan para mí una descarga histórica que solamente Juanele y yo podríamos entender. Pido disculpas anticipadas por alargar mis explicaciones sobre tan puntualísimo episodio, terrible por supuesto, del que, seguramente, todavía escribiré algunos detalles más, zanjando de manera definitiva el contencioso que marcaba las esencias de nuestras trayectorias.
Retorno a su producción literaria para asegurar que la Poesía (satírica sobre todo), es para nuestro amigo su vocación constante. Con calculada métrica irreverente, Juanele redondea sonetos, apotegmas, sonetillos, décimas o acrósticos. Este quehacer suyo llega a su cenit con sus incuestionables sonetos. Señalo eso porque sé que con la Poesía mayúscula, está para el amigo, para Juan Martín Guerra, su ascendida, sublime e inigualable pasión literaria, sin que su ingente prosa le vaya a la zaga del componedor poético que es Juanele, con millares de poemas en sus múltilples cuadernos de bitácora y, claro está, en cualquier hemeroteca pública. La exquisita novela de narraciones que Juanele entrega, atraviesa toda su infancia, quizá porque pretenda regresar a ella. Aunque lo importante es que Juan Martín Guerra tiene sobrados motivos para reír, escribir, gozar y recrear, cual don Quijote en sus andanzas. En Las tribulaciones del gallo herido, cuadra a la perfección aquel pasaje del Quijote, tal vez apócrifo, en el que Sancho Panza le pregunta "por qué gústale a usted tanto, maestro, las penas y los amores rimados que mal entonan esos decidores en recovas, calles y plazas, por qué disfruta tanto y más, riendo a batientes carcajadas, cuando pónese usted a escuchar con atención las desvergonzadas escenas de titiriteros y gentes de los teatrillos, y por qué le produce tantas alegres maravillas, maestro, cada uno de los que trovan procurándose el sustento de cada jornada", contestándole don Quijote que con tales representaciones él estaba encantado, "porque la poesía, el teatro y la música matan al miedo, querido Sancho, y el miedo es el único obstáculo que pudiéramos impedir querer ser libres". Juanele les dice a quienes lean esta primera novela suya lo que don Quijote responde a Sancho Panza. Si somos esclavos, deberemos batallar para conquistar la libertad, ya sea con nuestras creaciones o nuestras vivencias, pero siempre guiados por nuestros inalterables principios. El libro de Juanele no es un histórico relato clásico, riguroso y preciso, que sólo refleja lo que él pueda considerar el santa sanctórum que debe incluir, sino históricos deambulares sobre una serie de personas que Juanele ha estado perfilando con minuciosas verdades sin guardar nunca las apariencias, relatada con su enorme erudición cultural, armónica, histórica y castiza, ni tampoco con enredos ficticios extraídos de abundantes basureros mediáticos, magistralmente captadas por él, por Juanele, con exactitud verificable todas ellas. Juanele logra compaginar la excelencia literaria con la estética jergal, el argot apropiado y las variantes legitimadas por el uso de palabras características y peculiares, oficiadas en pequeños colectivos y, sobre todo, entre campesinos y sus familias, auspiciando sus vocablos a la valoración que se merecen, aunque jamás hayan aspirado a ellas. Las tribulaciones de un gallo herido es quehacer de toda su vida, puesto que, de hecho, Juanele ha pasado la suya pensando, leyendo, escribiendo, creando sin justificar qué debe hacer frente a tantos exigentes irracionales. Las tribulaciones de un gallo herido me parece a mí, no sólo lo mejor que ha escrito Juanele, sino una de los libros más importantes de la centuria que todavía no podido despojarse del cascarón ovárico. Cada uno de los pasajes de sus intersticios pivotan, en la novela de Juan Martín Guerra, sobre unas fábulas indagadas, diáfanas y libres, vinculando distintos estadios sociales, donde refleja pasajes gráficos sublimes, haciendo trepidar de emoción a quien lea su extraordinario contenido y tan acabado perfecto de su sabio magisterio, promoviendo palpitaciones para humedecer sensiblemente muchos ojos.
Me ha costado lo indecible poner en negro sobre blanco cada una de mis opiniones sobre la primera novela de Juanele, no su ópera prima, pues ya ha publicado dos libros de poemas en la clara demostración de lo que tendría que ser la dignidad en la trayectoria decente de cualquier humano. El libro refleja la supervivencia de unas generaciones posbélicas, la mía entre ellas, que también corresponde a la de Juan Martín Guerra, Juanele, entremezcladas con largos tiempos autárquicos, ambientes cargados, historias plomizas y cartillas de racionamiento en aquel páramo cultural atenazado por miserias, temores, alegrías, desesperaciones y aterrorizadoras secuelas de la contienda fratricida cuyo reflejo reproducíamos en guerritas de medio pelo, protagonizando nuestros ridículos enfrentamientos infantiles entre El Barrio y El Egido en burdas representaciones en las que, por nuestro total desconocimiento e inmadurez profunda, repetiríamos irracional e ingenuamente el tremendo error inhumano de la Guerra, hurtando detalles en tertulias donde conversaban, con sus comentarios impudorosos sobre bélicas hazañas, afirmando que ellos fueron héroes principales. "Malditas sean las guerras y los canallas que las provocan, las financian y las estimulan en sus afanes asesinos para su mayor enriquecimiento".
Juanele escribe con fondo panorámico en su meticulosa recreación de una mínima sociedad recoleta, en ocasiones solidaria, a veces mezquina, otras tantas temerosa y, debo decirlo, egoísta y primaria en tiempos de silencio, abarcando el final de los cuarenta y la mitad de la década siguiente. Porque, de hecho, este libro es un heterogéneo compendio de la biografía de Juanele en diferentes períodos y variados planos, el que relata cronológicamente la trilogía de situaciones que ha conocer, enlazadas todas con su meticulosidad matemática. Fuerteventura, La Línea, Madrid y Agüimes hasta aposentarse en "el pequeño gran pueblo" de sus amores, aunque moviéndose y viajando, fuera desde donde él y yo somos y seremos, o desde cualquier otro lugar geográfico en orden desordenado que nos recuerda "El hombre sin atributos", genial novela continua de Robert Mussil que no pudo acabar, por la belicosidad internacional, aunque trabajó en ella hasta el último instante de su angustiada existencia. El lector de la novela de Juanele sentirá la claridad con la que está escrita, a pesar de incluir algunas digresiones reflexivas e intelectuales precisas que mezcla con nombres, ideas y anécdotas que venían al caso, para renovar la decencia del Quijote apócrifo, ya sea del seudónimo Alonso Fernández de Avellaneda o quizá Jerónimo (Ginés) de Pasamonte, militar con Cervantes en la batalla de Lepanto, al que éste defenestra en un temario rememorado cual tal Ginés de Pasamonte. Para el caso, es igual, porque Juanele en su primera novela, sintetiza esta lección tan magistral cuando, dirigiéndose a Sancho, don Quijote declama que "la libertad, la justicia verdadera, no la de los togados jueces, la dignidad y la decencia, mi querido Sancho, son los dones más importantes que a las personas dieron la naturaleza y el conocimiento. Más importantes que todos los tesoros que la tierra encierra y la mar encubre. Por la libertad, la justicia verdadera, la dignidad y la decencia, se puede, y hasta se debe, aventurar la vida". Pues bien, el eje de la novela de Juanele gira en torno a los valores enunciados en El Quijoje apócrifo, fijando su atención en las actuaciones paralelas de su misma existencia, hechos escogidos que tienen singular importancia, contrapuestos a los escarceos adolescentes.
Pero antes de adentrarse en bellísimos episodios de añorados recuerdos y geniales evocaciones, el lector debería reparar en lo que Juanele relata con precisión milimétrica sobre sus estancias en poblaciones extrapoladas, sazonadas con la sal y la pimienta de enormes altibajos emocionales y singulares comportamientos fraternales, para dibujar los entrañables pasajes que Juanele, con su perspicacia sin parangón, narra como si fuesen episodios río, ajustando el producto de esta novela hasta alcanzar la glorificación con su sorprendente y reluciente trabajo, que engancha desde la primera línea y que resulta imposible dejar de leerla hasta el punto final. Saludo con entusiasmo profundo al que es ya un relato genial del joven escritor maduro que tiene muchas cosas, muchísimas, que debería decirnos, incluso por entregas. Mi emoción por la novela de Juanele no está enturbiada por el infinito cariño y la profunda admiración que yo le venero. Al leer Las tribulaciones de un gallo herido, verificarán la grandeza que les he comentando y que, desde el inicio, podrán saber que Juan Martín Guerra pone los pelos de punta, aunque no lo pretenda. Escritor magnífico de libros extraordinarios excelentemente escritos, esta primera novela de Juan Martín Guerra, Las tribulaciones de un gallo herido, es uno de los grandes y extraordinarios relatos de cuantos he leído enteramente en la última década de mi maltrecha existencia. Ni más ni menos. Presumo de batir el récord mundial de libros empezados que abandono en la página veinte o, a lo sumo, en la veinticinco. Porque Juanele ha logrado sintonizar con su generación y con la historia y, como en las Memorias de Adriano, de Margarita Youcenar, prefiere mil veces más la fiereza de los animales salvajes que las traiciones de los hombres. En su novela, Las tribulaciones de un gallo herido, lo revierte en una máxima de toda su existencia, cual un principio inexcusable para que nuestros actos enrumben paralelos a nuestras conductas, nuestra solidaridad y cada uno de los momentos que han de servirnos para no tener que reprocharnos que la vida no vale nada sin un minuto se ser.
Publicado el 22 de abril de 2009 a las 18:45.


