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El insolidario

Una obra maestra de Cothias y Juillard (y II)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Pluma al viento", de Patrick Cothias y André Juillard

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(viene del asiento anterior)         

   Pluma al viento, integrada por cuatro álbumes publicados entre 1995 y 2002, es la continuación de Las 7 vidas del Gavilán, pero no es una aventura de capa y espada. Muy por el contrario, es un western ecológico ambientado en esa parte de la Nueva Francia que actualmente ocupa el Canadá. Antes de llevarnos al otro lado del Atlántico, Cothias y Juillard dedican unas secuencias a mostrarnos la suerte de Ariane tras el duelo en que creímos verla morir. Y estaba en trance de muerte cuando fue recogida por la ronda y entregada a unas religiosas, que la recluyeron en su institución. También estaba embarazada de Grandpin, a quien se entregó voluntaria y apasionadamente antes de ir al que pareció su último combate.

            El asilo donde nuestra heroína halla cobijo es una casa de salud frecuentada por el hermano del rey y sus amigos. Entre aquellos muros, la justiciera que otrora se ocultó tras la máscara roja, languidece entre las desquiciadas. Ha salvado la vida tras la estocada, pero no ha vuelto a decir ni una palabra.

 

            Los petimetres pagan a la madre superiora para tener trato carnal con las lunáticas. Tan nefasto comercio -a buen seguro harto frecuente en todos los manicomios de antaño-, ya se sugirió en algunas novelas góticas y en películas como Bedlam (1946), la más conmovedora de las cintas de miedo dirigidas por Mark Robson para el ciclo producido por el gran Val Lewton para la RKO. Sin embargo, la venta de las internas para el placer de los señoritos que pudieran pagarlo era algo inédito entre las narraciones de espadachines, ya fueran novelas, películas o tebeos. Y Pluma al viento, en La roca y el asesino, el primero de los cuatro álbumes que integran este nuevo ciclo, aún es una historia de capa y espada. En fin, son los detalles como éste los que me llevan a sostener que Cothias y Juillard hacen gala de un escepticismo infrecuente en el género.

 

            Cuando uno de los petimetres comienza a manosear a Ariane, la baronesa le arranca la nariz de un mordisco. El hermano del rey no tarda en reconocerla como la antigua enmascarada y la lleva a su palacio, del que nuestra intrépida heroína no tarda en huir. Cuando la singular madre da a luz, se le hace creer que su hijo ha muerto. Lo cierto es que se lo han quitado los criados de la casa para abandonarlo en la nieve. La suerte del recién nacido se parece mucho al primer lance de su madre. Pero la del hijo de la última Masquerouge, adoptado por unos señores que se lo encuentran en el bosque donde lo abandonan los sirvientes del hermano del rey, es otra historia. La que se nos va a contar es la de Pluma al viento en América.

 

            Pluma al viento llamarán los indios a Ariane. La joven, puesta al corriente de sus orígenes tras leer la carta que su verdadero padre le dejó al final de Las 7 vidas del Gavilán, parte hacia el Nuevo Mundo en busca de él. Su compañero en la travesía no es otro que Taillefer, el antiguo capataz de Thibaud de Bruantfou. Pese a todo, Taillefer es un hombre de honor que se ha propuesto matar al verdadero Gavilán, ésa es la causa de que acompañe a su hija a Nueva Francia.

            El pájaro trueno es el primero de los álbumes de ambientación americana propiamente dicho, se abre con Pluma al viento ya viviendo entre los nativos. Un flashback nos remite a su llegada al Nuevo Mundo en julio de 1626. Entre los indios, pese a que al principio la intentan cambiar por un hacha inglesa, la baronesa encontrará la paz y los autores darán rienda suelta a su indigenismo.

 

            Aunque suelen pasarlo por alto los mentecatos que repiten la cantinela de que Hergé era facha, lo cierto es que el maestro fue el primer indigenista del cómic europeo y, probablemente, del cómic mundial. Con todo, no creo que el indigenismo de Cothias y Juillard sea una herencia de Hergé. A mi juicio es una de las características de la generación a la que pertenecen. Tanto el guionista como el dibujante nacieron en el París de 1948. Quiere ello decir que pertenecen a la generación que veinte años después puso en marcha esa sedición juvenil que impulsaría un nuevo entendimiento en todo el occidente cristiano, una nueva forma de ver la vida radicalmente opuesta a la que concibió la sociedad occidental que puso en marcha el colonialismo.

 

            Puestos a exaltar la cultura de los nativos norteamericanos, los autores encuentran en la relación de éstos con los espíritus de sus muertos y sus antepasados la mejor manera de traspasar a Pluma al viento toda esa nigromancia que horada Las 7 vidas del Gavilán. Con las mismas que se presenta a los jesuitas como a los mayores mezquinos de Nueva Francia, se nos demuestra el acierto de la dimensión que cobran nuestros protagonistas entre los iroqueses, que llaman a nuestro Cóndor "Pájaro-Trueno" porque, pese a que sólo le queda un ojo, su mirada es fulminante. Sí señor, Pluma al viento es un western ecológico, pero también proindio.

 

            Naturalmente, entre los iroqueses, Ariane no tarda en prendar a uno de sus jefes, Umak, quien ya tiene a otra francesa entre sus esposas: Angelique. Las viñetas en que las dos mujeres se bañan desnudas, además de por la sugerencia de los dibujos, merecen un comentario especial.

 

            Como ya sabrán los lectores habituales de esta bitácora, tengo la teoría de que el erotismo entró en la Línea clara con las últimas entregas de las aventuras de Alix dibujadas por Jacques Martin. Mucho se ha escrito sobre la insistencia en que Hergé obvió el más mínimo apunte erótico. Tintín no tiene una Seccotine, la chica creada por Franquin para Spirou. En la larga entrevista que concedió a Numa Sadoul, recogida con posterioridad en Conversaciones con Hergé (1983) -texto canónico de la bibliografía tintinófila- el maestro sostiene que no incluyó a ninguna muchacha en el universo del infatigable reportero para no distraer la atención de los lectores del hilo argumental. Así pues, Tintin se quedó sin su Seccotine por Ariadna, el "hilo de Ariadna" llamaba Hergé al argumento de las historias. Y bien es cierto que todavía es ahora cuando los admiradores de Spirou y Fantasio -entre los que también me encuentro- seguimos preguntándonos si hubo o no hubo insinuaciones amorosas entre Spirou y Seccotine en El cuerno del rinoceronte (1953), La mina y el gorila (1956) y el resto de los álbumes donde coincidió la pareja. La hubiera o no, lo que está claro es que especular sobre ello supone una distracción del argumento.

 

            No quisiera olvidar a Cerecita, la encantadora secretaria de Gil Pupila. Pero lo cierto es que, con anterioridad a Natacha, la azafata creada por Gos y François Walthéry que apareció por primera vez en las páginas de la revista Spirou en 1970 luciendo más curvas de las debidas, puede decirse que el erotismo brillaba por su ausencia en la bande dessinne. Al fin y al cabo, no hay que olvidar que aquellos tebeos, iban dirigidos a un lector adolescente y el sexo se evitaba todavía más que el retrato realista de la violencia.

 

            Ni que decir tiene que en aquella edad de oro del tebeo había historieta erótica. Pero ajena al cómic franco-belga hoy mítico. Yo leí las primeras viñetas sicalípticas -la dulce Gwendoline y algunas propuestas de Robert Crumb- siendo ya un joven freak. Cuando descubrí el cómic underground, el comix que se escribe por llevar la contraria. Ésa ha de ser la causa de que asocie la historieta erótica a la Línea chunga, tan cercana siempre al underground.

 

            En lo que Pluma al viento se refiere, su erotismo se me antoja tan delicioso como el de aquellas películas de los últimos años 70 y primeros 80 que, sin ser cintas softcore propiamente dichas, sí obsequiaban a sus espectadores con un desnudo de sus actrices en las secuencias en que se entregaban al placer. Juillard, especialmente dotado para el dibujo de mujeres, tiene en la Ariane más sensual uno de sus mayores registros. Pero me llama más la atención lo que subyace bajo los encantos de nuestra heroína. Y no es sólo la influencia del Martin último, del que Juillard fue uno de sus más estrechos colaboradores.

 

            A mi juicio, lo que entraña la belleza de Ariane al descubierto, esplendorosa, es esa sedición impulsada por la generación del 68, a la que Cothias y Juillard pertenecen, que tuvo en la libertad sexual una de sus principales reivindicaciones. La maravillosa actriz Marisa Berenson ha recordado en alguna ocasión el carácter de contestación, frente a la mojigatería imperante en todo el occidente cristiano, que tenía desnudarse en la pantalla de los años 70, los de la revolución sexual después de todo.

 

            Nuestros autores van aún más lejos y reivindican la libertad sexual en el personaje de Guapo. Es éste un iroqués homosexual que, pese a querer a Pluma al viento por franca camaradería, lucha por ella contra Umak como si fuera su amante. Tanto es así que cuando, en justa correspondencia Ariane se ofrece a ser la esclava de Umak para que perdone la vida a Guapo, Umak -conmovido por el gesto, perdona la vida a ambos y les deja marchar. Habiendo sido rechazada por su padre cuando, al cabo se encuentra con él, Ariane hallará la paz que no encontró en Francia junto a Guapo y los iroqueses.

 

            Como en todo western proindio que se precie, aquí también son los malos los caucásicos. Toda la paz y la armonía de la que disfruta Pluma al viento entre Guapo y su familia, serán cercenadas por los franceses, que no dudan en apresarla en ese fuerte que es el Quebec de 1629 para conseguir que se entregue su padre. Aunque cuando Ariane le encontró por primera vez entre los iroqueses, su padre la rechazó, esta vez sí acude en su ayuda. El antiguo Cóndor, que antes también fuera Masquerouge, se entrega para salvar a su hija. Rinde su espada después de dar muerte a Taillefer en un duelo.

            Sin embargo, todos acabarán presos. Incluso Grandpin, que regresa a América por segunda vez después de una primera visita al Nuevo Mundo en busca de Ariane. Se le acusa de estar en connivencia con los ingleses, quienes sitian Quebec dispuestos a que los franceses la abandonen por hambre.

 

            La magia vuelve a hacer acto de presencia descargando un rayo sobre el larguero del que penden las sogas que han de poner fin a los días del Cóndor -por soliviantar a los iroqueses en contra los franceses- y de Grandpain por la supuesta complicidad con los ingleses ya referida. Como, al parecer, las ejecuciones que no acaban con la vida del reo por causa fortuita no se pueden repetir, Grandpin y el caballero Cóndor, son indultados.

 

            Uno y otro, junto a Pluma al viento y Guapo, se hacen a la mar como piratas. Si bien más que corsarios propiamente dichos, asaltan los barcos negreros para liberar a los esclavos, con quienes viven en fraternal armonía en alguna isla caribeña. Este último dato también viene a abundar en mi teoría de que Pluma al viento está imbuido -bastante más que Las 7 vidas del Gavilán- por ese espíritu del 68, ácrata en una buena medida y, por lo tanto, afecto a la piratería.

 

            Entre esta suerte de hermanos de la costa, Ariane y Grandpain vivirán su amor, hasta que el Cóndor, sabiendo ya próxima su hora postrera, decide regresar a Francia a morir. Su hija, Grandpain y Guapo le acompañan. Han pasado cuarenta años desde el comienzo de la historia narrada en Las 7 vidas del Gavilán.


Publicado el 28 de agosto de 2018 a las 10:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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