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El insolidario

Dos recuerdos de mi bohemia

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            Creo que vi a Ceesepe por última vez en diciembre de 2001, en la inauguración de la retrospectiva que dedicó a El Hortelano el Conde Duque. Ya tenía esa forma de recuerdo que tienen las personas que otrora se trataron con regularidad y luego se dejaron de ver, para volver a encontrarlas fugazmente al cabo de los años. Había pasado toda una década desde que lo traté con más frecuencia en La Mala Fama, el Cuatro Rosas y el resto de los bares al uso en el Madrid finisecular.

 

            Sí señor, aquel Ceesepe postrero ya tenía forma de recuerdo. Un recuerdo tan bueno como el que guardo de aquel cartel que pintó para la revista El canto de la tripulación, el último original suyo que vi. Colgaba en una de las paredes del Travelling de la calle del Olivar, donde me cogí tantas curdas.

            A Julio Bullón, Julito el del Cañí para la afición, me lo encontré por última vez una tarde de 2005 en El Elefante Güin, un bar de la calle Imperial, en los aledaños de la Plaza Mayor, que fue uno de mis favoritos en el Madrid de los años 00.

 

            "En París, un poco después de que apareciese allí mi primer álbum de dibujos, Barcelona by Night, en el 82, empecé a cobrar fama de pintor noctámbulo, de pintor borracho, de pintor drogadicto, violador, asesino y elegante en la guarrería", escribe Ceesepe en El difícil arte de la mentira (Arnao, Madrid, 1986). "Al principio, yo, pobre ingenuo, me lo creí y voy de tumbo en tumbo, de barra en barra intentando dar credibilidad a tan flamantes adjetivos".

 

            Supongo que, puesto a ello, Ceesepe, vecino de la calle Mayor, tan cerca de la de Santiago, donde estaba el Cañí, lo visitó con asiduidad. Pero nunca coincidí allí con él. Si tras su reciente óbito su recuerdo se me antoja unido al de Julito, es debido a que uno y otro, en diferentes épocas, fueron protagonistas de mi bohemia, del Madrid de mi juventud. Y ahora, que todo se ha quedado en el amado siglo XX, tiendo a la asociación nostálgica.

 

            Como de tantos otros artistas y escritores, supe de Ceesepe por primera vez mediados los años 70. Fue en las páginas de la revista Star, donde él publicaba las aventuras de Slober, uno de sus cómics más celebrados. Aquellas viñetas le convirtieron en un artista admirado. Ya se hablaba de Ceesepe en los primeros bares, que por aquellas fechas empezaron a abrirse en Malasaña. Ya es historia -y una de las primeras referencias del Madrid de mi juventud- la Cascorro Factory, el puesto que Ceesepe y Alberto García-Alix tenían en El Rastro. Del piso que por aquel entonces compartían Ceesepe y El Hortelano en El Paseo Imperial -que no en la calle donde estuvo El Elefante Güin- me habló por primera vez mi buena amiga Margarita Palacios.

 

            Finalmente, cuando conocí en persona a Ceesepe en 1983, descubrí a un tipo afable, nada afectado por su éxito. Pese a ser uno de los artistas más vendidos en las primeras ediciones de ARCO, favorito del Madrid de los 80, le recuerdo hablando de rock & roll con franca camaradería.

 

            Más tarde, en el 88, coincidimos en el rodaje de La pupila del éxtasis, el mediometraje que dirigió Luis Eduardo Aute para la serie Delirios de amor. Ceesepe era el protagonista y yo llevé a cabo una pequeña figuración.

 

            También recuerdo que me recibió gentilmente en su casa en 1990, y contestó a todas mis preguntas, cuando le entrevisté para un reportaje sobre La Movida que escribí para Interviú. Quienes le conocieron mejor que yo señalan la generosidad como una de sus virtudes. Doy fe de que la tenía.

            Tampoco le faltaba generosidad a Julito. Raro era que alguien se tomase una copa en el Cañí y no le invitase a otra. Le recuerdo hablando de nuestro queridísimo Carabanchel y de su hija Cibeles, que estaba aprendiendo a tocar el violín. La llamó así porque quería para ella un nombre muy madrileño que no fuera católico. En el Cañí pasé algunas de las mejores noches de mi bohemia. Aunque lo frecuenté a lo largo de todos los 90, abrió sus puertas a finales de la década anterior y siempre lo he considerado como el último bar del Madrid de los 80.

 

            Dejé de visitarlo cuando empezaron a ser frecuentes las conversaciones sobre política. La política -de cualquier lado- siempre me ha parecido la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano. Su capacidad para corromper cuanto toca va desde la docencia universitaria hasta las charlas de bar. Ahora bien, ni siquiera los aprendices de mesías consiguieron empañar el gratísimo recuerdo que guardo del Cañí.

 

            Supe del fallecimiento de Julito en Facebook, por un antiguo parroquiano de su establecimiento. Al punto le recordé bebiendo su Fernet Branca y echando humo por la boca sin estar fumando. Juro que es cierto, como cualquiera que le conociera podrá corroborar. Era su forma de demostrar a su interlocutor el arraigo del tabaco en sus entrañas.

 

            Ha sido ahora, dos décadas después, al descubrir en uno de esos paseos, que dicen son tan saludables a mis cincuenta y nueve años, la placa a imitación de las municipales, que los antiguos clientes han colgado donde estuviera el Cañí, cuando el recuerdo de aquel bar -unido al de Ceesepe- me ha hecho reparar en que ya tengo mucho más pasado que futuro. La muerte de mis contemporáneos me confirma que yo también empiezo a estar en edad de morir. Todo cuanto fue mi época, mi bohemia, mi juventud, ha quedado tan lejano como el amado siglo XX. Atrás, sin remisión.

 

 

       

Publicado el 18 de septiembre de 2018 a las 08:30.

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Comentarios - 1

1 | Gedeonín - 26/9/2018 - 09:02

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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El gran amor de Max Coyote (final)


El gran amor de Max Coyote en la web de RTVE

 

 

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